martes, enero 29, 2008

Datos del blog: estadísticas maniacas

Quien me conoce sabe que soy un maniaco de las estadísticas, y el descubrimiento de Google Analytics me ha llevado a revisar -con pasión digna de mejor causa- algunas variables respecto a quienes visitan este sitio.
Hoy se cumplen tres meses de que instalé el programa, y es hora de entregar algunos datos del blog.

En estos tres meses, este sitio ha tenido 1,861 visitas (poco más de 20 al día), provenientes de 387 ciudades de 41 países y cuatro continentes. Los visitantes han pasado aquí un poco más de 70 horas, visitando 203 páginas distintas.
La mayoría viene sólo una vez y se queda menos de 10 segundos, pero hay un poco más de 200 personas (211 para ser más exactos) que visitan el Blog de Piedras de manera regular, ya que han venido más de nueve ocasiones en estos tres meses. Unos cuantos vienen muy poco, pero se quedan largo rato.

El 69.8% de los visitantes llega a través de motores de búsqueda. La palabra clave que más gente ha traído a este blog es "marcha olimpica" (sin acento), seguida por "novelas italianas".
Los marchistas han buscado también al Sargento Pedraza, métodos de entrenamiento y soluciones a las ampollas de los pies. A veces nada más abren la ventana y la cierran; otras, se quedan largo rato. Notablemente, muchas de las búsquedas de Ecuador son por el lado de la marcha: supongo que será por Jefferson Pérez.
Otras dos búsquedas reiteradas son las de deportistas mexicanos en genérico y las de XV años. Mientras que los primeros suelen obtener las listas que buscan, los segundos terminan ante un cuento que no les va a dar lo que piden: buenas ideas para un sermón de XV años, las palabras que debe decir el padrino o fotos de vestidos bonitos, de moda o ridículos. A veces me siento en deuda con estos cibernautas.
Finalmente, están los que le preguntan a Google -que es Dios- y esa mano invisible los lleva acá, por razones que sólo entiende la Divina Providencia. Cuestiones del tipo: "Agencias en Acapulco que contraten estatuas vivientes", "Clases de striptease en Celaya, Guanajuato", "qué pasó con la pepsi en Tuxtla Gutierrez?", "¿Cuándo va a abrir juegos Joakim Soria?" o "la canción en la que un bebé llora y empieza el vals". Lo que me parece maravilloso es que alguien que llega con la petición: "sexo en las escuelas en Coatzacoalcos, Veracruz" o "colegialas que enseñan los calzones" se quede un buen rato leyendo el cuento de don Desiderio.
Pero lo verdaderamente chido de Google es que algunos que saben buscar con afán, de repente encuentran. Un fan que encontró información para él valiosa sobre un concierto de Incredible String Band, alguien que quiere saber más sobre Mauricio Brehm (y tal vez leer uno de sus poemas), otros que desean conocer más sobre Santa Bárbara/Changó, algunos chavos que aprenden sobre José Agustín, Avándaro o el 68, y varios que se encuentran aquí, redivivos de otros tiempos, o encuentran alguna imagen viva de un amigo, un pariente, o de sus seres queridos que ya no están.

El 22.1% de las visitas, lo hace a través de referencias. De entre los sitios que tienen la amabilidad de linkear con éste, he de señalar -en orden del número de visitas que traen- los de Pueblo Bloguero, Relatos de Miguel, El pequeño mundo de Don Camilo (que es el más visitas nuevas aporta, seguido por los Relatos), Prozacstories, El Mai Rayo y Pohl.

41 países de 4 continentes (nomás falta África), pero prevalentemente mexicano. Las diez naciones con más visitas:
México 1049
España 217
USA 110
Venezuela 75
Argentina 62
Chile 46
Perú 46
Colombia 38
Ecuador 34
UK 27

A la hora de quedarse, la cosa cambia, pero se sigue inclinando totalmente por México. Las diez naciones con más tiempo en el sitio:
México 73.5%
España 8.3%
Holanda 2.9%
Uruguay 2.8%
USA 2.3%
Alemania 1.7%
Ecuador 1.6%
UK 1.2%
Argentina 0.9%

Visitantes mexicanos... chilangos si les queremos poner otra etiqueta. Las diez ciudades con más visitas:
México, D.F. 564
Monterrey 66
Madrid 52
Caracas 33
Vicente López (Arg) 27
Santiago de Chile 24
Tijuana 24
La Victoria (Per) 24
Quito 24
Bogotá 23

Pero si nos vamos a tiempo en la página por ciudad, el orden cambia notablemente (salvo los dos primeros):
México D.F
Monterrey
Barcelona
Montevideo
Amstelveen (Hol)
Zaragoza
Oldenburg (Ale)
Oaxaca
Tijuana
Aguascalientes

Termino el recorrido con un análisis de las páginas más vistas. Es obvio que esto depende, esencialmente, de las palabras clave de los motores de búsqueda (que lo que está detrás del concepto comercial de Google Analytics):

Blog de piedras (página de inicio): 671 visitas
Biopics: Marcha olímpica 99
Los XV años 88
Enero 2007 65
Test: ¿eres un chavo de los 70s? 52
Marzo 2006 49
Enero 2005 45
Biopics: Las olimpiadas del 68 39
Diez novelas italianas 36
La Silla del Águila (bloopers, etc) 35

Hago notar que en la página de enero de 2007 está la lista de los 10 deportistas mexicanos del 2006 y, en la página de marzo de 2006 están las lista de los 10 atletas mexicanos más destacados de cada década.

Prometo no volver a tocar este tema en al menos otros tres meses.

miércoles, enero 23, 2008

Biopics: Regreso a Yugoslavia

Antes de salir de vacaciones de verano, pasamos por Roma, nada más para enterarnos de que los siguientes meses de la beca todavía no habían llegado. Tomamos un ferry de Bari a Dubrovnik, en la costa dálmata. Viajamos en tercera clase.

Dubrovnik es una ciudad con encanto. Amurallada, barroca, apacible, elegante. En algunas zonas tiene aire veneciano. Nos quedamos los tres –Jorge Carreto, Janette y yo- en un hotel a las afueras: grande, cómodo, con un buen buffet de desayunos, ocupado mayoritariamente por yugoslavos de la tercera edad, con una alberca enorme e insospechadamente barato (poco más de tres dólares el cuarto triple: el dinar se acababa de devaluar respecto al dólar): el Hotel Stadion.

Si bien el puerto y la ciudad eran hermosos, la playa pública resultó un fiasco. Sucede que, como buen mexicano, yo estaba acostumbrado a dos tipos de playa: con arena gruesa o con arena fina, un talco amable. Esta playa era de guijarros. El agua estaba limpia y deliciosa, pero cada ola arrastraba un montón de piedritas que torturaban pies y talones. Noté que la mayoría de los bañistas europeos traían puestas unas zapatillas de hule que les cubrían hasta el tobillo, especiales para este tipo de playas.

Una de las razones por las que escogimos Dubrovnik era que allí iba a recalar el Licenciado Duhne, socio del papá de Carreto, quien traería algo de dinero para Jorge y para mí, enviado por nuestros padres. Lo fuimos a ver a su hotel, que era de los más elegantes de la ciudad. Había llegado en compañía de su hijo, un cuate de nuestra edad, conocido por un sobrenombre que no requiere explicación: Pepsicola George.
El hotel de Duhne en vez de playa tenía una suerte de muelle. Era cómodo nadar allí. Enfrente había una isla que alguna vez fue propiedad de Maximiliano de Habsburgo –sí, el que terminó en el Cerro de las Campanas- y ahora era, irónicamente, un campamento nudista.
En una de esas, salgo del mar, me dirijo al bar y pido una cerveza. Sentada en la barra, una mujer voltea hacia mí, me desnuda con la vista, y me dice: “Not grande gruppe now?”. ¡Cámara, es la misma que me topé en el hotel de Belgrado! ¡Y se acuerda! Me pregunto si será una suerte de prostituta de Estado.
En su habitación, Duhne le da a Carreto el dinero que le mandó su familia. Comento que a mí también me iban a mandar.
-No tengo idea –dice el señor, con cara de apenado-, nada más me dieron esta carta para ti.
La abro, y afortunadamente adentro hay tres billetes de cien dólares. También Duhne respira aliviado. Luego nos invita a todos a un show folklórico: cantos y bailes dálmatas.

Regresamos al Hotel Stadion. La habitación es extraña: abres la puerta y lo que te encuentras es una larga escalera que te lleva al cuarto. Nos tiramos en la cama y de pronto el techo retumba. Pum pum pum. Alguien está pateando el techo. Mucha gente. Se escuchan gritos de multitudes. Y otra vez las patadas sobre nuestras cabezas. Pum pum pum pum. En ese momento nos damos cuenta de que el hotel es, efectivamente, un estadio. Se disputa un partido de waterpolo y nosotros estamos debajo de las gradas. Pum pum pum pum pum. ¡Gooooooooooool!

A la noche siguiente, tras el rol citadino y la playa, nos le volvemos a pegar a Duhne, quien nos invita al antro del hotel, donde bailan marineros sordomudos y hay un show semiporno (con todo y gringo borracho que confunde al travestí con chamacona) que a Janette le indigna hasta que Carreto consigue trocar su indignación por risotadas.

Lo siguiente era ir a Belgrado. Nos acompañó el buen Pepsicola George. Tomamos un tren lentísimo, que atravesó paisajes extraordinarios (lenguas de mar entre las verdes montañas pasan aún hoy frente a mis ojos) hasta llegar al poblado de Chaplinja, donde probé el yogurt natural más exquisito y tomamos el tren a la capital.
Llegamos a Belgrado temprano en la mañana, coincidiendo con la entrada de los oficiales de estrella roja en la gorra a su trabajo en el Ministerio de la Defensa. Casi todos los cuates estaban ya de vacaciones. Atrapamos a Branko dos horas antes de su partida: nos ofreció café y pastelitos. Quien sí se quedaba unos días más era Lada Muminagic. Con ella rolamos un rato para visitar las mismas cosas que en febrero, sólo que con buen clima: Belgrado no tenía más. Proseguimos nuestro viaje: los dos Jorges irían a Sicilia; Janette y yo, a Grecia.

El tren que nos llevaba a Atenas pasaba por poblados típicos cada vez más empobrecidos hasta que se detuvo en Skopje, capital de la república federativa de Macedonia. Era como llegar a la estación de Oaxaca. Una nube de vendedores ambulantes y pordioseros se arremolinaba en las ventanas. La diferencia con Belgrado, un hormiguero de modesta clase media y sobre todo con Dubrovnik, casi aristocrática, era abismal. Yugoslavia era más parecida a México de lo que había pensado.

viernes, enero 18, 2008

Bobby Fischer y las cucarachas dementes

Dudo que haya habido unos días en los que la humanidad haya puesto más atención en el ajedrez que en el verano de 1972, durante el encuentro por el campeonato mundial entre Bobby Fischer y Boris Spassky.  
Las partidas se publicaban íntegras en los periódicos y, en medio de una verdadera fiebre por el ajedrez, los estudiantes de economía las reproducíamos y pretendidamente las estudiábamos en el asoleadero.
No sólo se enfrentaban dos grandísimos ajedrecistas, sino también dos superpotencias y dos maneras de ser humano. Nosotros, por supuesto, estábamos con el soviético. Pero era por razones más de carácter temperamental que político.
Para Spassky, la velada perfecta era una en la que se pasaba jugando ajedrez y bebiendo vino con los amigos. Para Fischer, una en la que pasaba a solas en su cuarto, estudiando ajedrez. Spassky era un hombre divorciado y vuelto a casar con una campeona de damas (“mi ex mujer y yo somos como alfiles de distinto color: nunca coincidimos”, declaró); Fischer, soltero, sin novia y sin otro interés en la vida que la escaquera.
Así describía Spassky al norteamericano: “Se cubría la cara con las manos para concentrarse. Solamente se le veían los ojos. Me hacían recordar a cucarachas dementes. Se echaban a volar sobre el tablero como si fuera un gran laberinto en el que se está obligado –bajo pena de muerte- a encontrar el camino de salida. ¡Sí! Me hacían recordar a esas cucarachas dementes que los católicos llaman ángeles y que navegan en el infinito.
Como lo temíamos, Fischer ganó con cierta facilidad. Tal vez era un signo de que un día caería el muro.
Yo había comprado, años atrás, un libro básico de ajedrez de un Gran Maestro soviético. Ahí te explicaba los elementos del ataque y la defensa. Recuerdo que hacía énfasis en el control del medio del tablero. Después del triunfo de Fischer, compré su best-seller. La diferencia entre el texto del soviético y el del estadounidense es la misma que hay entre un paisaje de campos fértiles, casas, bosques y castillos y una fotografía aérea del desierto del Sahara. Pero había otra gran diferencia: en el ambiente enrarecido y semivacío de su libro, Fischer te daba la receta para matar. ¡Cuántas veces había yo controlado la mitad del tablero para terminar con una ventaja en piezas que se revelaba inocua!
Era fácil adivinar que Fischer estaba loco. Recuerdo un reportaje gráfico que lo mostraba viviendo en el caserón que se compró con el dinero del triunfo: tenía un tablero de ajedrez flotante en la alberca, otro en la sala, otro en el comedor… y en todos ellos jugaba constantemente partidas complicadísimas contra sí mismo. Por eso no fue sorpresa que renunciara a defender su título, entre alegatos paranoicos. Ni lo fue que acusara a los judíos de una gran conspiración, dirigida en primer lugar contra él, pero también contra los elefantes.
Acabó su vida como refugiado político en Islandia, el lugar de su éxito histórico, para evitar su arresto en Estados Unidos por haber violado el embargo contra Yugoslavia. Pasó sus últimos años en la ruina, casi como pordiosero. Sólo tuvo un amigo que lo defendiera públicamente cuando iba a ser mandado a una cárcel gringa; un rival que se ofreció a acompañarlo en su celda para jugar con él: Boris Spassky. Bobby Fischer murió hoy en Islandia.
Después de aquel gran duelo de 1972 y del retiro del maniático Fischer, el ajedrez no sería lo mismo. Vendrían un soviético frío, Karpov, y uno cálido, Kasparov. Pero sobre todo vendrían las computadoras a intermediar entre los jugadores de todos los niveles, cuando no a sustituirlos. Se fueron perdiendo los rivales de carne y hueso, y con ellos, las mariposas en el estómago a la hora de jugar. Aprendí ajedrez de niño, con mi padre, que era un maestro moviendo los peones; jugué cientos de partidas contra adversarios de muy distintos niveles. Pero con las computadoras le perdí el gusto. Hace un lustro que no juego.

martes, enero 15, 2008

Biopics: Perugia era una fiesta V

Un grupo tricontinental

En las últimas semanas de nuestra primera estancia en Perugia (porque volveríamos), se formó un grupo amplio de cuates que solíamos rolar juntos. Consistía en los mexicanos que iríamos a Módena, Janette, Helga van Dongen, varios ingleses –simbólicamente encabezados por Ben Watson- que irían a Cambridge (o, más precisamente, que no irían a Oxford), una neozelandesa y algunas australianas. Entre ellas, una de rostro muy interesante –mitad inglés, mitad aborigen- que se hacía llamar Rosa Luxemburgo. En fin, un grupo tricontinental, en el que abundaban las antípodas geográficas.
Me he preguntado durante años cuál era el ingrediente que nos aglutinaba. ¿Por qué los mexicanos no nos llevamos más con otros latinoamericanos o con europeos del sur? ¿Por qué los ingleses y las aussies no jalaban con los gringos (Janette era una gringa totalmente atípica en aquel entonces) o con europeos del norte? Creo que la respuesta tiene dos aristas. Una –particularmente notable con los ingleses- es que compartíamos una profunda influencia cultural de los Estados Unidos y éramos, al mismo tiempo, fuertemente críticos de ella (curiosamente, Helga, quien empezaba a andar con Carreto, entraba a ese juego criticando a los alemanes: “Achtung! Alles ist Verboten!”). La otra era nuestra tendencia intelectual a encontrar política en la cultura cotidiana, mientras que los gringos le hacían fuchi a la política y la mayoría de los europeos y latinoamericanos la circunscribían al Estado, los partidos y las clases sociales. Adicionalmente, teníamos en común con los oceánicos nuestra pertenencia a un “nuevo mundo” (y la consiguiente fascinación con cosas que los europeos consideran parte normal de su entorno).
Estas similitudes pasaban por encima de diferencias que a veces llegaban al tópico. Paseando por Corso Vanucci me encuentro a un africano fumando y le pido un cigarro (gorrearlos es una inveterada tradición mía); Ben Watson me pregunta si lo conozco y queda muy sorprendido de que haya yo abordado en la calle a un tipo que no me habían presentado.

La fiesta del libio

Hacia el fin de cursos, hubo una buena fiesta en la pensión que compartíamos –al menos nominalmente- Eduardo Mapes y yo. El vecino de cuarto era un libio occidentalizado, que bebía alcohol, tenía novia gringa y quería celebrar su cumpleaños. Armamos el reven uniendo los dos cuartos y utilizando el hall. Fuimos el grupo tricontinental, el cumpleañero, su novia y unos compatriotas suyos, todos machines. Platicamos, bailamos, bebimos, y al final cada oveja andaba con una pareja distinta de la que traía al llegar.
Recuerdo una imagen. Estamos todos cambiados, besándonos (viendo también que nuestra pareja besa a otro) y en eso volteo hacia la recámara del libio. De ahí asoman cuatro cabezas asustadas: son los coterráneos del festejado, que miran de lejitos la decadencia occidental. En sus rostros se percibe una irrepetible combinación de asombro, sorpresa y una pizca de envidia.
Como de costumbre, Ben acabó en el suelo, seminoqueado por el vino. Para ser exactos, quedó acostado en las escaleras que daban al piso superior de la pensión. Unas chicas italianas que vivían en ese piso salieron al baño y se encontraron con que desde abajo, las miraba beatamente un inglés greñudo, que les hizo la señal de la V.
De poco sirvió el escándalo que armaron, al cabo que a los pocos días ya nos íbamos.


Llegaba el verano europeo. Tiempo de vacaciones. Mapes y Castañares irían a Londres, para mejorar su inglés. Los Mártires, de regreso a Roma. Consuelo, a visitar a su hermana en París. Carlos Mársico y Lynn, de camping a Rumanía y Bulgaria. Carreto, Janette y yo, a Yugoslavia. Helga y Ben se quedarían a hacer el curso medio en Perugia, y este resulta ser un dato relevante.

miércoles, enero 09, 2008

(Biopics: La matanza de Brescia, la estrategia de la tensión y el Compromiso Histórico)

En la gracia juvenil de Perugia estábamos, cuando una noticia nos conmocionó: el 28 de mayo de 1974, durante un mitin antifascista en la ciudad de Brescia, estalló una bomba que estaba en un bote de basura, causando ocho muertos y decenas de heridos.
Fue ahí cuando aprendimos que había un proceso llamado “estrategia de la tensión”, del cual esta matanza era solamente otro eslabón. Entre los periódicos y revistas (ya para entonces podíamos leer L’Unità, Il Manifesto y L’Espresso) y las explicaciones de Carlos Mársico, empezamos a desentrañar de qué se trataba.
Utilizo las palabras de alguien mucho más autorizado que yo, o que Mársico, para explicarlo. Escribía en su Memoriale Aldo Moro, dirigente del ala moderada de la Democracia Cristiana: “La estrategia de la tensión tuvo la finalidad, aun si afortunadamente no consiguió su objetivo, de volver a meter a Italia en los rieles de la “normalidad” después de los eventos del 68 y el llamado otoño caliente [revueltas obreras de 1969]. Se puede presumir que países asociados a nuestra política, y por lo tanto interesados en que las cosas tomaran cierta dirección, estuvieron comprometidos en ella, a través de sus servicios de inteligencia”.
En otras palabras, la idea detrás de la “estrategia de la tensión” era deslegitimar al Partido Comunista Italiano, que durante esos años estuvo a poquísimos puntos porcentuales de convertirse en el partido más votado del país (era el más grande en términos de militancia). ¿Cómo hacerlo? Creando alarma y confusión en la opinión pública, a través de atentados sangrientos realizados por la extrema derecha, pero que en ocasiones se atribuían a la extrema izquierda.
Moro da claramente a entender que estaban involucrados los servicios secretos de otras naciones. En la lógica de la guerra fría, es evidente que ahí estaba la CIA. Pero hay indicios de que también participaron otros países de la OTAN (de seguro Grecia y España), e incluso Suiza.
La versión de Mársico iba más lejos. Para él se trataba de mover a la opinión pública para que aceptara la instauración de un Estado policiaco, o inclusive un golpe militar.
A nosotros, en principio, nos parecía bastante fantasioso el concepto de un golpe en una nación europea, de primer mundo (y Carlos no era malo en eso de la paranoia), pero un análisis no superficial del Compromiso Histórico lleva a pensar que nuestro amigo argentino no estaba tan perdido.
El Compromiso Histórico era la nueva línea política del PCI. Había surgido a partir de una serie de artículos publicados en septiembre y octubre de 1973 por su dirigente, Enrico Berlinguer, en Rinascita, la revista teórica del partido.
La parte elemental del Compromiso Histórico era que, aun si la izquierda en su conjunto obtenía el 51 por ciento de los votos, no podría esperar gobernar el país, ya que la reacción de la derecha causaría una situación inmanejable. El reciente ejemplo chileno estaba a la mano (si nos atenemos a las fechas, habría que pensar que el golpe de Pinochet fue el pretexto ideal para sacar a la luz una idea que venía gestándose de años, y para convencer a los escépticos dentro del partido).
Por lo tanto, Berlinguer lanzaba “la perspectiva política de una colaboración y de un entendimiento de las fuerzas populares de inspiración comunista y socialista con las fuerzas populares de inspiración católica y las demás fuerzas democráticas”. Un concepto –aprenderíamos con el tiempo- de profundas raíces en la historia italiana del siglo XX, pero que en principio se entendía como un gobierno de unidad nacional, con la sola exclusión de los neofascistas.
A nosotros, en esos días, nos parecía poca cosa: preferíamos imaginar un gobierno de coalición entre comunistas y socialistas, con el MSI ilegalizado (a partir de la prohibición constitucional de reconstrucción del Partido Nacional Fascista) y, aunque la idea de Berlinguer tenía su lógica y su atractivo, argumentábamos que Italia no era Chile, que las condiciones eran otras. Carlos nos dijo que ese mismo esquema fue utilizado por la CIA para desestabilizar Grecia, que llevaba 7 años bajo la “dictadura de los coroneles”, tras un exitoso golpe de Estado.
Durante los años de nuestra estancia italiana, el tema del Compromiso Histórico sería discutido una y otra vez. Nuestra inexperiencia –léase estrechez de miras- nos impidió ver que la propuesta del dirigente del PCI tenía dos objetivos. El primero, que era el abiertamente declarado, quedó sepultado en 1978 tras el asesinato de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas. El segundo, que había que leer entre líneas, fue alcanzado: la propuesta berlingueriana dio al traste con los proyectos desestabilizadores, al inocular a la Democracia Cristiana y a los grupos medios conservadores contra las tentaciones autoritarias. Los comunistas no llegaron al poder, pero ayudaron a sostener la democracia italiana en un momento complicado de su historia.

martes, enero 08, 2008

Mitos Geniales V. José Luis López de Zavala (y Kapito) - (Biopics)

He escrito que en mi grupo de la Universidad Italiana para Extranjeros había un español con merecimientos para un apartado propio.
José Luis López de Zavala era la imagen viva de la República Española derrotada en la guerra civil. Un madrileño de izquierdas, con estudios, pobre, algo amargado, con una mala suerte que él mismo se buscaba afanosamente, que hablaba muy alto –como verso de León Felipe- y que, eso sí, pocas veces cerraba el pico mientras paseábamos por Corso Vanucci o nos tomábamos una cerveza en el Turreno. Las citas no son exactas, pero como si lo fueran.
Se alojó en un curato, una especie de celda improvisada, oscura y encerrada. “Es que he llegado tarde a Perugia y nada, que es lo que me han permitido mis recursos. Uno viene huyendo del clericalismo asfixiante y mira dónde cae.”
Sobre el atentado en el que, con una bomba poderosísima, la ETA mató a Carrero Blanco, delfín del Caudillo: “Estaba yo caminando por las calles de Madrid y veo los titulares de los vespertinos: ‘Ha muerto Carrero Blanco’, así solamente, como si fuera un infarto, pero en la calle se percibía que había sido otra cosa, se respiraba. Compro el diario, y veo que lo han matado. No sabéis cuánta felicidad me invadió, pero no podía mostrarla. Tenía que estar serio, como si me doliera. Entonces aprieto el periódico contra mis costillas, camino rápido a la casa, llego, cierro la puerta, exhibo el periódico y grito: ‘¡Lo han matado!’. No sabéis cuánta felicidad”.
Sobre un ligue, una chica suiza muy guapa: “Hemos ido al cine, la hemos pasado muy bien porque ella es muy agradable; pero luego nada. Me ha dicho que es virgen. Y yo desprecio a las vírgenes”.
Sobre la libertad de expresión en México, luego de que le enseñamos un periódico, para demostrarle que allí tampoco había democracia: “Pero hombre, esto es democratiquísimo. Mira que pueden decir que al Señor Presidente lo engañan, que Fulano que está en un alto cargo lo engaña. Eso no se puede decir en España, porque significaría que Franco puede ser engañado, y nada, que para la prensa el Caudillo está por encima de eso. Cuando mucho dicen: ‘Esto que ha hecho el gobierno está bien, pero podría estar mejor’. Vosotros vivís en una democracia, hay que ver lo que es una dictadura. Y clerical, para joder a gusto”.
Comentado en la Mensa: “¡Lo que me ha sucedido! Llegaba yo a la caja de la Mensa y me dice el cajero que mi compañero, el chico de Zaire de nuestra clase, le ha dicho que yo le pagaba la comida. Y bueno, que he pagado. Y luego he esperado que él llegara con la bandeja a decirme ‘oye, disculpa lo que te he hecho, pero no tengo dinero para pagar mi comida y he tenido que tomarme esta libertad contigo, espero que lo entiendas’. Pero se ha ido muy sonriente a otra mesa, con sus amigos africanos y ni las gracias me ha dado.” Para mayor escarnio, después de comer fuimos a dar una vuelta por Corso Vanucci y vimos al zaireano salir de una tienda con un tocadiscos nuevecito.
De un paseo suyo de fin de semana: “He ido a Città della Domenica, me habían dicho que era un sitio maravilloso, pero nada de eso. Es un parque infantil horrible, con los cuentos de hadas, un tren ridículo y un zoológico. A media tarde ha empezado a caer un chubasco y no había donde guarecerse, no pasaban los autobuses y me he regresado caminando. Por eso me veis así de empapado”.
De otro paseo suyo de fin de semana: “Me he decidido a conocer el socialismo. En vuestro pasaporte dice que podéis visitar todos los países de América, Europa, África, Asia y Oceanía; en el mío hay una lista muy grande de los países adonde no puedo ir. Pero no importa. He tomado el tren para ir a Yugoslavia. Han sido muy amables en poner el sello en un papel aparte, para que no tenga problemas a mi regreso a España. Y he ido a Rijeka. Por supuesto me he encontrado que todo lo que se dice en España de las naciones socialistas es propaganda. La gente vestía distinto, nada de que todos de gris; algunos, incluso, muy elegantes, de gran clase. Cafés de gran lujo. Variedad de periódicos y revistas en los kioscos. Cafés de gran lujo. Un ambiente relajado. Cafés de gran lujo, no lo que dicen. He paseado la tarde y la noche y me he tirado a dormir en una banca del parque. Ha llegado un guardia y me ha dicho que no podía hacerlo. Lo ha dicho muy amablemente, así que pasé el resto de la noche caminando por la ciudad y he dormido en el tren de regreso”.
Un día repartieron un folleto en el que se invitaba a los estudiantes a trabajar en una vendimia en Toscana. Parecía una oferta atractiva hasta que nos dimos cuenta de la trampa. Te cobraban el alojamiento y la comida de tal forma que terminabas trabajando gratis para ellos, si no es que acababas pagándoles. El único conocido que le entró a semejante oferta fue José Luis López de Zavala.


Kapito

Si López de Zavala fue para mí el Mito de Perugia, mi mitito (y Gran Mito de Mapes) fue Kapito, un japonés al que su empresa entrenaba en la lengua italiana porque iba a poner una sede en Milán. Para Kapito había dos grandes verdades: una era “My Company”; la otra era la filosofía oriental. Quién sabe por qué decidió que los mexicanos éramos mitad orientales y mitad occidentales (sospecho de Carreto, quien traía un choro parecido) y se empeñó en empaparnos de la sabiduría de oriente. Mexicanos y japoneses teníamos una misión: debíamos “culturar” a los europeos. Yo fui sólo a una sesión, pero Mapes fue a muchas, muy probablemente porque Kapito disparaba las cervezas.
Decía el japonés: “No-lech… ummm….
konoshere… is dif-rent… ummm… non uguale non uguale… fromm… wis-dom… sapere. No-lech is dif-rent from wis-dom... KAPITO?”. Y Mapes le decía que sí; que sí había entendido. Hasta el final del curso, cuando el nipón dio su explicación final y preguntó: “KAPITO?”, Eduardo respondió, muy quitado de la pena y tras tomar el último trago a su última cerveza:
-Non ho capito NIENTE!

viernes, enero 04, 2008

Biopics: Perugia era una fiesta IV

Janette en Italia

A Janette le fascinó que los autos fueran tan pequeños (todavía era la época del clásico Cinquecento, mientras que en EU dominaban las naves enormes) y le fascinaron también los álamos que poblaban el camino de Roma a Perugia. Allí se instaló en el departamento de una amiga catalana, artista plástica, Rosa María Espi, que conocí a través de Carlos Mársico. Se inscribió en el curso básico y rápidamente se hizo cuatita tanto de Lynn Minervini, la mujer de Mársico, como de Helga van Dongen.
Janette hubiera querido llegar y acomodarse en un departamento rentado por mí. El mercado inmobiliario no daba para eso. Sin embargo, fueron más los días que estuve con ella en el departamento de Rosa que los que compartí cuarto con Mapes, adonde las circunstancias me habían mandado.
Sucede que el día de mi cumpleaños armamos una fiesta en el cuarto de Mapes y Carreto, con un aparato de sonido que había comprado Jorge días antes. Fue un buen reventón, en el que Ben Watson acabó tirado en el callejón, totalmente briago, poniendo cara de beato y haciendo la V de “paz y amor” a todo aquel que se asomara a ver la curiosidad. La casera decidió que Carreto, portador de la música, era el culpable y lo corrió, así que hice cambalache con él, y pasó a vivir con Ben.
En el departamento de Rosa –que también estaba en Corso Garibaldi, sólo que más arriba, literalmente- pasa
mos buenas noches. Una en la que ella me enseño a bailar la música de Aretha Franklin; otra en la que llegaron cuates australianos e ingleses y se emocionaron al estar, por primera vez en mucho tiempo, en un real flat.
Fue allí donde Ben Watson escuchó por primera vez un disco de Zappa. Él recuerda, incorrectamente, Apostrophe(‘), pero era We’re Only in it for the Money, cuyo acetato me había traído desde México y que me sabía prácticamente de memoria. Ben se volvió, con los años, conocido personaje punk e importante zappólogo. Ahora resulta que cuando escuchó con nosotros Apostrophe(‘) y The Grand Wazoo (que ni siquiera teníamos) reconoció el parecido de esa música con Finnegan’s Wake (que efectivamente estaba leyendo por esos días). En fin, no he dicho nada, cada quien con su memoria.


El Corso Medio

Para entonces yo me había cambiado al curso medio de italiano. Entre el pleito con el profesor Di Giglio y la evidencia de que el curso elemental para entonces era demasiado sencillo, tomé una decisión que resultó provechosa.
El curso medio tenía una estructura diferente. Materias distintas con profesores distintos. Gramática general, literatura, cultura italiana (que también era esencialmente literatura), conversación y una clase importantísima: gramática especializada para hispanohablantes (en donde también había un rumano, pobrecito), que era la que te daba la diferencia entre darte a entender en italiano –que es relativamente fácil- y hablarlo correctamente –que tiene sus complicaciones.
En literatura leí
amos y traducíamos a Dante, Quasimodo, Buzzati; en cultura italiana había un profesor interesante, que quise suponer protofascista por su admiración a los futuristas (con el tiempo entendí que el fascismo era notablemente más vulgar); gramática general era una güeva y conversación era divertidísima.
Otra diferencia notable era que los gringos, árabes y africanos habían desaparecido por completo. Los compañeros eran mayoritariamente europeos: sobre todo alemanes y suizos, pero no pocos de Europa del Este. Por eso luego te encontrabas un combagno balestinese (oséase un camarada palestino), hablabas con él un rato y por su italiano concluías que estaba en el curso medio, pero te respondía: “No, quarto anno medicina”.
El curso medio también tuvo ciertas implicaciones políticas para mí. En la clase de gramática había dos chinos, vestidos a la usanza de la revolución cultural. No asistían a ninguna otra clase, y les pregunté por qué. Me respondieron que su gobierno no se los permitía, porque podrían sufrir alguna contaminación ideológica. De hecho iban del salón a su casa y de regreso. Me dije: si el lavado de cerebro les impide gozar de esta experiencia, entonces el brazo represor no es capaz sólo de llegar hasta Italia, sino hasta la médula misma de la gente. La simpatía terce
rmundista con la revolución china era insuficiente para justificar eso.
Los europeos del este, por su parte, eran todos anticomunistas, pero por razones que me parecieron equívocas. Hablaban positivamente de la igualdad social, de los servicios de educación y de salud, y sus quejas se dirigían a la falta de libertad religiosa: “en Polonia los libros religiosos son carísimos”.
Una vez en conversación la maestra nos pidió que describiéramos el postre que más nos gustara. Le pregunta a un japonés y responde:
-No me gustan los postres.
-¿Por qué? –pregunta la maestra.
-Porque la vida es amarga.
-Precisamente porque la vida es amarga hay que comer dulces.
Entonces se lev
anta otro japonés y explica:
-Es que el compañero es muy tradicionalista. En Japón los tradicionalistas consideran que comer postres es cosas de mujeres y de niños.
-Ah, bueno –dice la maestra- entonces ¿qué postre le gusta a usted?
-¡Ninguno! –responde indignado el japonés “moderno”, entre risas generalizadas.


Un viaje a Elba (digo, a Siena)


Durante esas semanas viajamos a Roma, a una fiesta en casa del Doctor Flores. Invitamos a Ben, la fiesta estuvo tan buena que llegaron los carabinieri a pedirnos que le bajáramos.

Otro viaje tenía como destino final la isla de Elba. Lo hicimos Mapes, una inglesa llamada Margie Gilks (que era lo suficientemente ingenua como para ir en bikini a tomar el sol en un camino de campaña y suponer que nadie la iba a importunar), Janette y yo. La intención era llegar de aventón (los mexicanos teníamos amplia práctica en Chilangolandia, otras épocas).
Resultó dificilísimo. Los autos que se paraban querían llevarlas nada más a ellas (¡ja!) y el que más nos acercó –supuestamente, porque no teníamos una idea clara de la intrincada red carretera de la Toscana- nos depositó en un lugar gacho, modernoso, de nombre Chianciano Terme. Lo siguiente que conseguimos fue un raite a Siena. Allí paseamos por su impresionante centro histórico, nos subimos a la torre y nos dijimos que, cuando fuera la fecha, iríamos al famoso Palio. Nos disponíamos a pedir aventón para Elba cuando nos dimos cuenta que andamos escasos en liras. Los bancos acababan de cerrar y no había manera de cambiar dólares (o libras, en el caso de Margie). Era viernes, así que nos jodimos y tuvimos que regresar en tren, frustradazos, a Perugia.
Ese día acuñé una
frase: en el mundo del auto-stop dos hombres y dos mujeres son un elefante y nadie le da aventón a un elefante.








Con Janette, en Perugia


miércoles, enero 02, 2008

Los 10 deportistas mexicanos del 2007

1. Lorena Ochoa
2. Paola Espinosa
3. María del Rosario Espinoza
4. Ana Guevara
5. José Everardo Cristóbal Quirino
6. Giovani dos Santos
7. Manuel Cortina
8. Pavel Pardo
9. Guillermo Pérez
10. Andrés Guardado



Con esta lista cambia, obligatoriamente, la de los atletas de la década (y, por lo tanto, del siglo), publicada en marzo de 2006:
Diez atletas mexicanos del Siglo XXI