viernes, marzo 30, 2007

La Carrera del Siglo

A mediados de 1973 escribí un sueño, que transformé en un cuento. Hermann Bellinghausen se quedó con una copia y, sorpresivamente, lo publicó en Nexos, en 1979. Resulta curioso constatar que la aparición de un salvadoreño malherido y una nicaragüense embarazada podía interpretarse, a la fecha de la publicación, como obvia referencia a las respectivas revoluciones en América Central. En 1973 no tenía yo ni idea de cómo se iba a mover la política del subcontinente a lo largo del siguiente lustro.
Y hablando de este tipo de falsas metáforas, hay otro cuento mío, "Retorno N de Amadís", que escribí en 1974, corregí en 1980 y publiqué en 1990, y que hoy podría interpretarse como una crítica a una supuesta blandura de Occidente ante el Islam. En realidad, era la transcripción de otro sueño.


La Carrera del Siglo

A fines de 1966 se estrenó en el cine Diana de la Ciudad de México, una pelí­cula de Blake Edwards titulada "La carrera del siglo", que fue todo un éxito de taquilla. Por aquellos tiempos yo tení­a doce años y estaba perdidamente enamorado de mi vecina, Ana Maria, walkiria pequeña y sutil, dos años mayor que yo y que jamás me correspondió, amargándome los primeros años de la adolescencia. Sólo tengo un recuerdo amable con ella, y fue precisamente cuando fuimos a ver juntos "La carrera del siglo". Compramos unos dulces redondos con pasita enmedio y unos chiclosos, que comí­a uno de la mano del otro. Cuando llegó el beso entre el galanazo Tony Curtis y la dizque liberada Natalie Wood (¡qué senos, cómo me impresionaron!), Ana Marí­a cogió un dulce entre los dientes y, golosa, me invitó a compartirlo. Aquella fue la única vez que pudo mi boca rozar la suya, que recuerdo pegajosa y azucarada. Algunos años después se casarí­a con un cirujano de éxito, actualmente se encuentra en el laborioso proceso de llenarse de hijos.


Fue en uno de esos arranques de nostalgia que me decidí­ a ir al cine Estadio, donde la reestrenaron. Era un domingo y el cine estaba lleno a reventar. La pelí­cula se me hizo divertida, principalmente la caótica guerra de pastelazos en la que Jack Lemmon cae dos veces al gigantesco pastel: primero como el profesor Fate, luego como un rey borrachí­n. Pero, por más que traté, no pude asociarla con aquel dí­a en que mis labios pudieron sentir, efí­meramente, los de su walkiria. Es imposible regresar en el tiempo, me dije. Al final de la pelí­cula me encontraba un poco decepcionado, pero de pronto pensé que no habí­a por qué estarlo: yo estaba por encima de todo aquello, estaba por encima de Ana Marí­a, sobre los demás asistentes al cine, sobre los personajes: yo sabí­a cómo iba a terminar el filme, Ana Marí­a no estaba ahí­ para hacerme competencia y los personajes aún luchaban denodadamente por ganar la carrera. Cerré los ojos con lentitud y calma, a sabiendas de que la pelí­cula iba a terminar cuando Fate, al inicio de la carrera de regreso a Nueva York, disparara el cañón de su carro y mandara la torre Eiffel al suelo.

La primera vez que ví­ la pelí­cula me molestó el final, quizá porque habí­a sido lo suficientemente inocente como para encontrar creí­ble todo lo anterior. En el cine Estadio me molestaba otra cosa: la posibilidad de que el truco de la torre Eiffel haya sido un pretexto para no mostrar la carrera de regreso, en la que de seguro el Profesor Fate derrotó con facilidad al carita Curtis, quien llegó a la meta dí­as después, negro de fango y aceite, perdida la eterna y aséptica pulcritud con la que se pavoneó en la primera parte de la cinta. Y este miedo se confundió con otro: quizá toda la historia habí­a sido cambiada para la glorificación del limpio y maniqueí­sta Curtis.

Se fue la luz del cine, sumiéndonos en la oscuridad total, empecé a escuchar gritos de pánico, o más bien un rumor de excitación, sentí­ una brisa marina golpeándome la cara, ahora estaba yo dentro del filme, entre los espectadores que esperaban la llegada de los contrincantes. Nunca supe exactamente dónde; si en la pantalla del cine Estadio, en Parí­s a la llegada de los competidores, o en el estudio de California, cercano al mar.

Hubo algo que me impresionó: yo era yo, de espectador, pero también era Curtis y era Fate: estaba llegando a la meta, estaba esperando la llegada del Otro y, por otro lado, lo veí­a todo desde arriba, dominando los pensamientos y las acciones de todos. Creo que es hora de contar como terminó realmente la Carrera del Siglo.

Yo, Curtis y yo, Fate, llegábamos al mismo tiempo a Parí­s, decidimos pactar un empate, sin embargo alguno habí­a de llegar primero, porque era necesario cruzar una puerta donde sólo un automóvil cabí­a. Yo, Curtis, eché una moneda al aire, y yo, Fate, ingenuo, acepté que el Otro entrara primero (la moneda tení­a la misma figura por los dos lados). Seguí­ atrás de Curtis, hasta la puerta de entrada, entonces yo, Curtis, le hice una seña al empleado que abrió la reja para que no me dejara entrar a mí­, Fate. Así­ vi, desesperado, pero todaví­a con la remota esperanza de que Curtis cumpliera el trato, cómo gozaba del recibimiento público, y vi también, mientras se me vitoreaba, la cara de rabia de Fate a través de las rejas que nos separaban; me lanzaba miradas de odio y de humilde aceptación de una derrota falsa. Intenté no verlo ni pensar en otra cosa. Al mismo tiempo, yo veí­a desde dentro de todo lo que sucedí­a, la relación entre Curtis y Fate, de amistosa hostilidad, de amor: uno necesitaba del sacrificio del otro para ser él; el otro para saberse vencedor, debí­a de ver con claridad el fin de la historia y gozar, de cierto modo, con la victoria pí­rrica de quien trataba de dominar su remordimiento. Yo era la relación entre ellos, y creí­a saber el final. Pero sucedió algo imprevisto, Curtis decidió disparar hacia el mar el cañón que tení­a escondido en su máquina blanca, en festejo de la victoria, entonces se me reveló el verdadero final y todo lo que habí­a de seguirle. Fui Curtis manejando el coche hacia el malecón californiano-parisino, fui el espectador viendo cómo se acerca el automóvil a la orilla, tratando de hacer un recuerdo de su vida entera antes del bombazo que no sólo caerá al mar, sino que nos destruirá a todos los personajes y que no quedará absolutamente nada de mí­ en el mundo, fui Fate, al fin conocedor del significado de su nombre, accionando mentalmente el botón que disparará la bala y acabará con todos, aceptando la muerte como algo necesario.

Antes de que Curtis disparara el cañón e hiciera caer a la torre Eiffel, yo estaba dentro de la torre observando cómo todas las cosas tení­an lugar. Todos los que nos habí­amos encaramado ahí­ sabí­amos el final y que sólo habí­a oportunidad para la vida subiéndonos en la torre, que todo el mundo serí­a destruido al momento del cañonazo y que sólo algunos de los que cayéramos de la torre nos podrí­amos salvar. Todo esto lo habí­a yo soñado y quizá estuviéramos en la realidad; al momento de llegar Curtis en su automóvil blanco, radiante, supe que tení­a razón, lo supimos todos los que estábamos en la torre. Pasamos los minutos anteriores a la catástrofe buscando con desesperación una manera de evitarla, pero cada vez que abrí­amos una puerta o apretábamos un botón, aparecí­an los cadáveres de toda la humanidad, o sus fantasmas, a roernos la conciencia. Cuando vimos que no habí­a otra salida, nos atuvimos al destino, tratando de abrazar a la mujer más cercana. Escuchamos la explosión y sentimos cómo la torre caí­a perpendicularmente hacia el mar, ya estábamos seguros para entonces de ser los únicos humanos vivos sobre la tierra. Yo sabí­a los pensamientos y los sentimientos de cada uno, estaba en mí­ y en los demás simultáneamente. Por eso, pude sentir mi cabeza chocar contra una viga y tener como última visión en la tierra a los compañeros que se han salvado y nadan en dirección a la playa, pero pude también nadar y sobrevivir y ser al fin yo mismo, en el momento decisivo de la vida.

Los que quedamos somos una raza nueva, verdadera, que camina por la playa hasta llegar a un llano muy verde, donde nos espera un tren, que nos llevará a poblar el mundo y cubrirlo de tractores y cerezos. Me hice amigo de dos salvadoreños y una nicaragüense, uno de ellos está malherido, ella, encinta. Ella, es joven y morena, el pelo castaño le cae sobre su cara mestiza, rí­e con amplios dientes, su vestido es de tela burda, limpio, floreado. Puedo asegurar que toda su vida se ha bañado en un rí­o. Va a ser mi mujer, lo sé, todos los hijos son nuestros, y son nuestros hermanos. Conversamos los cuatro hasta llegar a una gran casa de campo, donde un grupo vivirá y trabajará los próximos meses. Viene a mi mente la imagen de Ana Marí­a lánguida y de transparente mirada, enmedio de la oscuridad del cine Diana, con un dulce entre los dientes, trato de aferrarme al cuerpo de mi mujer. Ya no distingo nada. Beso por un segundo a Ana Marí­a, veo el final de "La Carrera del Siglo", y salgo del cine, tomando orgulloso a Ana Marí­a de la mano, dispuesto a encontrar -al doblar la calle- a la otra mujer, por la que quizá estoy pasando mi brazo cálido en estos momentos.

jueves, marzo 29, 2007

Adopte un angelito

El senador Santiago Creel ha lanzado una propuesta para -según él- solucionar el debate sobre la pertinencia de despenalizar el aborto. Facilitemos las reglas para la adopción, dice, y así evitaremos que las madres se deshagan de hijos no deseados mediante la interrupción voluntaria de su embarazo.

Va una modesta proposición al respecto.

Que la legislación sobre el aborto siga como hasta ahora, a condición de que:
1. Todos los hijos no deseados sean adoptados por los militantes y adherentes del PAN.
2. Que aquellos militantes destacados, con puestos de elección popular o con grandes fortunas adopten en proporción a sus cargos y sus ingresos.
3. Que los infantes adoptados sean tratados exactamente igual que los hijos propios. Que los lleven a la misma escuela, hasta la universidad; que igual les revisen la tarea, les hagan fiesta de cumpleaños con pastel, mago y piñata, los lleven a pasear al parque, les compren su Cajita Feliz y les digan que los quieren mucho.

Veamos una traducción en expresión numérica aproximada:

Según los cálculos de la Secretaría de Salud, en el país se realizan cada dos años tantos abortos como militantes y adherentes del PAN: 1 millón 100 mil. Esto quiere decir que, en promedio, cada panista deberá adoptar un niño cada dos años. Sin embargo, para respetar jerarquías, lo ideal sería que cada uno de los 200 mil militantes del PAN adopte un niño al año, y todo adherente (hay 900 mil) lo haga cada tres años. Queda un sobrante de aproximadamente 50 mil angelitos anuales. Estos pueden ser distribuidos entre la militancia destacada, bajo estos criterios:
Presidente Municipal de localidad inferior a 50 mil habitantes: un niño extra al año.
Presidente Municipal de localidad entre 50 mil y 300 mil habitantes: dos niños.
Presidente Municipal de localidad superior a 300 mil habitantes: tres niños.
Diputado local: dos niños extra al año.
Asambleista del DF: tres niños extra.
Diputado federal: cuatro niños.
Senador de la República: cinco niños.
Coordinador de los Senadores (e impulsor original de la medida): 15 niños extra
Secretario de gobierno municipal panista (localidad superior a 300 mil habitantes): dos niños extra.
Secretario de gobierno estatal panista: cuatro niños.
Gobernador: ocho niños.
Jefe de unidad del gobierno federal: un niño extra
Subsecretario: cuatro niños.
Secretario: seis niños (Secretario de Salud: 20 niños extra).
Presidente de la República: 20 niños extra.
Miembro del CEN panista: diez niños.
Presidente del CEN: 20 niños extra.
Diego Fernández de Cevallos (pensando en el tamaño de su patrimonio): 257 niños extra al año.

Sería una propuesta sana para la nación. Sobre todo porque Diego se la pasaría festejando cumpleaños infantiles y no tendría tiempo para sus múltiples tenebras.
Además, al poco tiempo, los panistas serían los principales impulsores de una reforma que derogara la ley absurda y medieval que rige sobre el aborto en México.
Otra ventaja es que Serrano Limón no es miembro del PAN. Ningún pobre niño caería en sus garras.

miércoles, marzo 28, 2007

25 discos de los sesenta


Más listas.
25 discos de los sesenta (de la segunda mitad; en la primera estaba muy chavito). Va en orden alfabético.
Arthur, The Kinks
Bayou Country, Creedence Clearwater Revival
Beggars' Banquet, The Rolling Stones
Blind Faith, Blind Faith
Cheap Thrills, Big Brother & The Holding Co., featuring Janis Joplin
Disraeli Gears, Cream
Freak Out!, Frank Zappa & The Mothers of Invention
Greatest Hits, Bob Dylan
H.P. Lovecraft II, H.P. Lovecraft
Led Zeppelin I, Led Zeppelin
Led Zeppelin II, Led Zeppelin
Magical Mystery Tour, The Beatles
Santana, Santana
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, The Beatles
Shhh!, Ten Years After
Spooky Two, Spooky Tooth
Strange Days, The Doors
The Doors, The Doors
The Hangman's Beautiful Daughter, The Incredible String Band
Their Satanic Majesties' Request, The Rolling Stones
Tommy, The Who
Ummagumma, Pink Floyd
Vanilla Fudge, Vanilla Fudge
We Are Only in it for the Money, Frank Zappa & The Mothers of Invention
With a Little Help From My Friends, Joe Cocker

martes, marzo 20, 2007

Biopics: Lapsus

A la mitad del segundo semestre, una huelga de trabajadores (el STEUNAM, en ese entonces) paralizó la Universidad unas cuantas semanas, situación que aproveché para echarme otra escapadita a Nueva York, de donde regresé decidido a lanzar otro proyecto editorial marginal: un periódico de crítica cultural y reseña de espectáculos, una versión proletaria (por no decir tercermundista) de la revista Cue.

Los cómplices fueron los mismos. Raúl, quien para entonces había instalado con un par de cuates de Políticas una agencia informativa sobre los asuntos y las grillas de la UNAM, que se llamaba Inforuni –y que ya tenía oficinas, en el edificio de Insurgentes 300- y Hermann, siempre dispuesto a soltar la pluma. A ellos se agregó un cuate mío de Economía, muy cinéfilo, José Luís García Agraz.

Mi intención era hacer algo más serio que nuestros esfuerzos anteriores, y tenía 300 pesotes para invertir. Esta vez venderíamos el producto al doble de su costo, e iríamos mejorando la impresión, número por número. El mimeógrafo de Inforuni era mejor que el personal de Raúl Trejo, pero soltaba demasiada tinta, lo que dio como resultado un número grande de hojas perdidas. Imprimimos varios cientos de ejemplares –no recuerdo cuántos-, pero muchos de ellos tenían hojas casi ilegibles.

El número uno de Lapsus tenía –entre otras cosas- una reseña de Trejo sobre “El Padrino”, yo escribí sobre “Simpatía por el Diablo”, la película de Godard y los Stones, y sobre “Ginecomaquia”, una obra de teatro de Hugo Hiriart (manejé la crítica como desentrañando una telaraña de contradicciones, siguiendo lo aprendido en Metodología de las Ciencias Sociales); una crónica de Hermann de dos conciertos de Mercedes Sosa: en el Auditorio Che Guevara y en Bellas Artes (donde “se equivocó de choza”, según Bellinghausen) y la primera parte de un ensayo de García Agraz sobre el nuevo cine latinoamericano. Ilustraba un cuate de Hermann, de sobrenombre Curt.

Nuestro principal centro de venta fue la Casa del Lago, en Chapultepec. Nos fue más o menos bien, pero resultó demasiada chinga: casi una semana de trabajo y un día entero de distribución para salir a mano, si acaso. Nuestra vocación de promotores alternativos de la cultura no daba para tanto. El número uno de Lapsus fue el único.

lunes, marzo 19, 2007

Carrera de la Primavera 2007, 5 Km.


He seguido corriendo y, como en Navidad me regalaron un reloj cronómetro, lo he utilizado para llevar, con toda nerditud, una bitácora de los kilómetros recorridos, el promedio recorrido por día y mis mejores tiempos mensuales y anuales en una variedad de distancias, que va de los 200 metros a los 7 kilómetros.

Con ese bagaje, me hice un plan de entrenamiento -si fa per dire-, que incluye, entre otras cosas, participar en más carreras de 5 kilómetros antes de dar el gran salto a los 10 k. De ahí que me haya inscrito a la Carrera de la Primavera 2007, cuya salida y meta están frente al parquecito en el que entreno diariamente.

Participamos como 800 corredores, de los cuales 300 en 5 kilómetros. Estuve mucho menos nervioso que en la primera carrera callejera. Salí demasiado rápido -en contra de mi estrategia, pero es que no podía ser que ese gordo me rebasara- y tuve que bajar el ritmo en el segundo kilómetro. Al dar la vuelta e iniciar el regreso, jalé duro otra vez, pero de nuevo no aguanté el ritmo que me impuse. Hacía bastante calor, el suficiente como para disuadirme de desviarme al puesto donde ofrecían Gatorade ("pierdo como diez metros en la desviación, y está en el rayo del sol"). Otra disminución del trote y un jalón al final, que -de nuevo- no pudo ser ni lo veloz ni lo espectacular que imaginaba la noche anterior. Quedé en el lugar 129 de 180 hombres y 188 de 301 corredores.

Pero el hecho es que la constancia ha rendido frutos. Hice 32' 28''.Es decir, bajé en poco más de medio minuto mi tiempo en la Carrera de la Radio. Y es casi dos minutos menos que mi mejor tiempo en los entrenamientos. Ahora tengo una nueva marca a vencer.

miércoles, marzo 07, 2007

Cine español: dos críticas

Buena poesía, prosa mediocre


La historia es rebuscada, con escollos e inconsistencias. La prosa –y aquí incluimos los textos de Lorenzo, el personaje principal- es más bien ñoña. Pero se nos pide que olvidemos esos escollos y penetremos uno de los huecos de la isla de la fantasía que existe en cada hombre, y acabemos en otra parte, donde las mujeres nos declaran su amor ilimitado e incondicional, recuerdan la única noche que tuvieron con nosotros como un momento glorioso de su vida y nos escogen como su pareja de sexo salvaje, en un mundo de dolores limitados y perdón seguro.

Médem nos envía a otro lugar. Un lugar en el que los sentimientos, y no la historia, son lo que cuenta. Un lugar que recordaremos por mucho tiempo: allí donde la marea hecha de lunas llenas es también el flujo de nuestra alma, donde podemos ver a la felicidad como una isla –o mejor, una balsa- en medio de un mar de indiferencia, donde podemos encontrar los amorosos y admirados ojos de Lucía y sonreír, y vivir en ellos para siempre.

Lucía y el sexo (2001)
Director: Julio Médem
Escritor: Julio Médem
Con: Paz Vega, Tristán Ulloa, Najwa Nimri



Pérdidas, amor verdadero y milagros extraños


Me gustó mucho esta película, aun cuando no es mi Almodóvar favorito.

La historia es alocada, pero los personajes son muy realistas, no en blanco y negro, como le gustaría a Hollywood.

El filme no es, por supuesto, acerca de la amistad que crece entre Marco y Benigno (impresionante actuación de Javier Cámara), sino acerca de pérdidas, amor verdadero y milagros extraños (¡la vida es tan caprichosa!).

Mucha gente, con lógica, ve la historia de Benigno como la central en la película, yo me identifiqué con el lloroso Marco, quien es el que está aprendiendo de la vida durante el film (Benigno es Peter Pan, un eterno niño salvaje, sabio, inocente y perverso, encerrado para siempre en la placenta enferma de su madre).

El cuadrángulo sentimental Marco-Lydia-Niño de Valencia-la ex novia de Marco' es bastante terrible. ¿Por qué no pueden Marco y Lydia ser felices juntos, tal y como lo merecen? Porque Marco no puede olvidar a su loca ex novia y Lydia no puede olvidar al Niño de Valencia, sus tóxicos amores verdaderos.

¿Qué tipo de limpieza debe realizarse para hacer que funcione la improbable relación entre Marco y Alicia? ¿Qué debe perderse para reconquistar la vida? Son preguntas que Almodóvar nos obligar a hacernos, y a no tener una respuesta cierta.

Otro gran hallazgo es Rosario Flores (Lydia), la hija de la mítica Lola Flores, epítome apasionada del folklore español. No es bonita, pero exuda una grandísima personalidad. Su rostro cuando está arrodillada, recibiendo desde el burladero (una suerte que ha mandado a muchos toreros al cirujano) nos dice que está dejando que el toro defina su destino, su suerte: que esta valiente mujer, escindida entre dos amantes, se está suicidando.

Hable con ella (2002)
Director: Pedro Almodóvar
Escritor: Pedro Almodóvar
Con:
Javier Cámara, Dario Grandinetti, Leonor Watling. Rosario Flores


lunes, marzo 05, 2007

Mitos Geniales III. Chungtar Chong, Líder, Poeta y Vaina (Biopics)


Entre los cuates que hizo Foncerrada en el grupo de Metodología, había un personaje inolvidable: Chungtar Chong, líder, poeta y vaina.
Chungtar era un venezolano de origen chino, más grande que nosotros (cursaba la materia porque la debía) y que estaba en México por razones que escapan a mi memoria, y muy probablemente a la lógica. Un tipo alto, feo, pobre, amable, ingenuo. Se decía poeta y fue víctima de un cultivo colectivo de proporciones homéricas.
De esa forma, Chungtar se asomaba a la cafetería de la escuela y la gente le pedía que recitara un poema. A veces eran más explícitos y pedían a gritos “Libertad”; entonces él se soltaba a declamarlo, con su particular acento y movimientos cada vez más exagerados.
Se escuchaba así:


Está oscuro en el camposanto
Y unaj mano rascan la tierra
Pero no es sangre…
¡Ej puj! ¡Ej puj lo que sale!
Se escucha un grito aterrador:
¡Libedtaaaaaaaá!
¡Quiero saliiiiiiiir!
¡No me pisoteeeeeeeen!”
Les voy a decí la veddá,
Que la muette no libera,
Sino que encierra y limita má,
Por eso no hay que esperar a la eternidá
Y sí actuá para cambiá nuetra sociedá”.


Tras aguantarse las risotadas bajo las mesas, el personal irrumpía en aplausos para el Líder, Poeta y Vaina, quien agradecía modestamente las invitaciones a un café.
Más tarde le dijimos a Chungtar que sus poemas eran demasiado líricos, no científicos, y que era necesaria la poesía marxista. De ahí resultó otro, del que recuerdo:


“¡Valle de Tepexpannnn!
Explotación del hombre por el hombre.
Tasa de plusvalía: mil por ciento”


También pasábamos el rato escuchando cómo Chungtar explicaba sus poemas a los legos.

“El poema dice: ‘Tienes cara de marinerito cachetón’, eso quiere decir, vaina, que ella tiene su rostro, su carita, así como la de un marino, veddá, pero chiquito, un marinerito, y ese marinerito, pues bueno, es cachetón”.

Una vez estábamos en la plaza de Coyoacán, haciendo mil y un chistes sobre el ave que se orina. “¿Cuál es el ave que se hace pipí sobre las patas de los leones?: El Pájaro Meagarras” “¿Y el que se hace pipí en las anoréxicas?: El Pájaro Mealivianas”. Entre carcajadas, luego de un largo rato, pasamos a los albures suicidas: “¿Cuál es el ave que se hace pipí en los bares españoles?: El Pájaro Meatascas”. Chungtar, como nosotros, muerto de la risa. Habremos pasado más de media hora de inventar jaladas, cuando por fín el Líder, Poeta y Vaina sintió que había comprendido, y soltó la siguiente adivinanza:
-¿Cuál es el ave que se hace pipí en los cementerios?
Silencio.
-El Pájaro Ataúd. –concluyó con sonrisa satisfecha.
Nos desternillamos de la risa. Chungtar quedó muy complacido.

Nuestro amigo venezolano perseveró en talleres de poesía (llegué a leer una crítica seria en la que calificaba su obra de “poesía de ingenieros”), se casó con una compañera de la Facultad, lo ví –muchos años después- como público de una obra de teatro infantil y supe que tanto él como su mujer perdieron el empleo en los Grandes Recortes de la época de Miguel de la Madrid.


No hay mal que por bien no venga. Lo siguiente que supe de Chungtar Chong es que se había convertido en un reconocido ceramista y pintor. Sí traía en el alma el arte chino, aunque no fuera el de los hai-kús (OK, ya sé que son japoneses).

Y a pesar de todo, Chungtar sigue escribiendo:


Del otro lado
Muros
Histeria
Vergüenza
Odio
Miedo

Olor perro
A rata podrida

La voraz boca del imperio Y sus marranos
Patrullas
Cárceles privadas
Asesinatos

La basura cazamigrante
Juega a cazar alebrijes
Saltamontes
Mixes
Zapotecas
Mayas
Nahuas
Tlaxcaltecas
Caribes
Incas
Aymaras
… Todos entran en la misma sopa
Criminalizados
Quedan en el infierno.

Chungtar Chong López.
2006-04-10