miércoles, junio 08, 2005

Biopics: Marcha Olímpica

Tras los juegos olímpicos, en el vecindario se desató la pasión atlética. Medimos con pasos largos la manzana y concluimos que tenía los 400 metros reglamentarios. A partir de allí, se realizaron todo tipo de competencias. Las más comunes eran el semifondo (cinco mil o diez mil metros) y la marcha (Pedraza había demostrado que los mexicanos podíamos).

Corrimos y caminamos tanto que nos hicimos, casi todos, de una condición aeróbica respetable. El mejor fondista era el Coco Almazán; el mejor marchista era yo. Ya tenía futuro deportivo: me imaginaba en la ceremonia de premiación de la Olimpiada de Munich, soltando una lagrimita al momento de ver ondear la bandera nacional.

Por algo había que empezar, y fue por entrar al equipo de los de primero de prepa en la competencia atlética interna del Patria. Nos hicieron como a cincuenta caminar hasta un camión que estaba estacionado en el patio, tocar y regresar como cinco veces (muy corto, habrán sido unos mil metros en total) y gané fácil.

Luego siguió el torneo del Patria. Tres mil metros. Tomé la punta desde el principio y, sintiéndome muy tranquilo, me mantuve con una ventaja ligera para tener aliento para el sprint de la última vuelta. Empiezo a jalar y, para mi sorpresa, veo que tres cuates, obviamente corriendo, me rebasan en los últimos cien metros. Sólo a uno lo descalifican. De otro, se dan cuenta de que no sabía marchar al primer entrenamiento de la selección de atletismo de la escuela.

Habemos seis marchistas en el equipo. Cuatro somos Juvenil B (Macín, Heatly, Lombana y yo) y dos son Juvenil C (Domínguez y Kramer). Los otros Juvenil B son de secundaria y competirán en cinco mil metros. Yo, que tengo más resistencia, competiré en Juvenil C (nacidos del 50 al 52) en los diez mil de la Liga Aquiles Ratti, que reúne a las escuelas privadas.

Entrenamos todos los días después de clases. Caminar y caminar y caminar (a veces en la calle, y algún machín lanza silbidos); correr unos cinco mil metros, luego sprintear en marcha. Caminar y caminar y caminar en el Deportivo Plan Sexenal.

Noto que el movimiento antinatural me roza los güevos y la cola, cuando el kilometraje es excesivo. Medio tarrito de crema Pond’s en las zonas afectadas resulta ser un remedio eficaz.
En el torneo de la Aquiles Ratti, se ve de inmediato que sólo un cuate del Tepeyac y yo tenemos ritmo de competencia. Dejo que se aleje un poco, y luego intento alcanzarlo. Las piernas ya van en automático, no logro acelerar. Quedo en segundo lugar, con una hora y siete minutos. Domínguez y otro del Tepeyac son tercero y cuarto. En Juvenil B, Macín gana de calle.

El siguiente paso es el torneo del Distrito Federal, que se realizará en la Magdalena Mixhuca. La respuesta a eso es entrenar y entrenar y entrenar, con mis zapatos Dunlop, a los que les pinté “Devorakilómetros” a los lados, como parte de un diezmado equipo de la Aquiles Ratti. Me salen ampollas en la planta del pie. Se van quemando y convirtiendo en callos. Luego empiezan a salir en la parte inferior de cada dedo, luego en la superior...

La competencia en el evento del DF es mucho más fuerte. Hay dos que tienen, evidentemente, más calidad que el resto, y nos llegan a lapear hasta dos veces. Peleo a muerte dentro del pelotón, mientras Domínguez se rezaga de fea manera. Por primera vez me doy cuenta, en carne propia, de que la caminata no es sólo resistencia, sino también velocidad: muchos pasos largos por minuto. Termino en séptimo lugar con tiempo de 59 minutos y 56 segundos, y el coach Horacio no está allí para recibirme con una manta (está alegando para descalificar a varios; lo consigue: oficialmente, quedo en cuarto sitio y paso al Prenacional).

Sigo entrenando (pienso, décadas después, que lo hacía como si supusiera que los rivales no estaban redoblando el paso) y voy al Prenacional. En los cinco mil, Macín –que había entrenado con polainas en el Ajusco- hace un carrerón, pierde en el sprint final y termina lesionado. En los diez mil, mi competencia, apenas dan la salida, un loquito sale disparado, pienso que de seguro se va a quemar antes de dos kilómetros. Me dedico, mejor, a seguirle el ritmo al que va en segundo lugar, también bastante rápido. Quien no aguanta el paso a los dos kilómetros soy yo, y veo como el segundo lugar se aleja. Tengo que bajar el ritmo e ir al paso que normalmente me impongo en los entrenamientos. El líder sigue contundente y ya me lleva una vuelta. Otros chavos me rebasan. Voy en cuarto, en quinto, en sexto. Y el aparente loquito me vuelve a lapear. Voy en automático, quiero terminar. El ganador de la competencia me sacó cinco vueltas; el segundo lugar me lapeó en dos ocasiones. Aquellos tienen otro nivel: los demás, salvo algunos rezagados, estamos en la misma vuelta. Termino con un tiempazo: 56 minutos y 52 segundos. Pero es un séptimo lugar, esta vez sin pretextos. Pretendo conformarme pensando que quien ganó de seguro nació en 1950 y lleva años marchando. Me equivocaba, era el primer año como marchista de Raúl González, nacido en 1952 y futuro campeón olímpico.

Yo creía que no, pero 1969 y 1970 fueron mis mejores años en la caminata. Competí hasta 1972, gané medallas en la Aquiles Ratti y en la UNAM, quedé en tercer lugar del “Maratón del Patria” (lo que habla de una mejoría de mis condiciones aeróbicas), coleccioné ampollas y callos que se desarrollaron a lo largo y ancho de mis pies, pero nunca repetí ese tiempo de 56:52.
Un cuarto de siglo después de mi retiro como marchista, estaba yo leyendo en el excusado. Un artículo acerca de los problemas de usar zapatos tenis demasiado grandes: “salen ampollas en la planta del pie. Se van quemando y convirtiendo en callos. Luego empiezan a salir en la parte inferior de cada dedo, luego en la superior...”.

Los Devorakilómetros eran del 8 y medio. Calzo del 8.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Francisco,

Acabo de leer en tu 'blog de piedras' que competiste en el evento de marcha de la Liga Aquiles Ratti. No encontré la fecha de la competencia . . . ¿Acaso fue en 1969? De ser así, posiblemente era yo el "otro cuate del Tepeyac". Quedé en cuarto lugar. Y eso nomás porque descalificaron a uno que me quiso rebasar corriendo (me llevaba una vuelta – no sé por qué me haya querido rebasar otra vez). Lo curioso es que yo no debería haber competido. Lo que pasó fue que teníamos dos competidores por cada colegio en cada evento (creo) y uno de nuestros 'marchistas' se enfermó. De pura guasa me propuso nuestro entrenador que yo le entrara. Yo dije, "pues cómo no", también de guasa. Comenzó la carrera y todavía en son de guasa, les movía las pompis, causando gran hilaridad en mis compañeros del Tepeyac. Pero entonces sucedió algo. Me empecé a cansar. Yo era lanzador de bala y martillo. Si acaso de vez en cuando corría una o dos vueltas a la pista, pero aún así, lo hacía con un cigarro escondido en la mano. Estaba cansado, pero me puse terco. No me iba a dar por vencido. Estaba mi honor y el de mi colegio de por medio. Te acordarás que había gran rivalidad entre nosotros, del Tepeyac, y ustedes, del Patria. El Tepeyac siempre ganaba en futbol americano y el Patria siempre ganaba en básquet. En atletismo creo que andábamos más o menos parejos, junto con el Colegio Americano. El caso es que sí acabé la carrera pero caí exhausto en la mera meta. Mis compañeros me aplaudieron mucho, pero al mismo tiempo se rieron mucho de mía. Esa noche había una fiesta en el Tepeyac. A pesar de lo cansado que estaba, yo quería ir, pero se me hincharon tanto los pies que no me pude poner los zapatos y me quedé en la casa. Sin embargo hay un final feliz. Ese mismo día había establecido el récord mexicano en lanzamiento de martillo – el récord absoluto, no el de edades, ni el de la liga . . . el nacional. Eso no lo supe sino hasta mucho después. Y bueno, en proporción a lo que eran mis ambiciones olímpicas ("Munich, ahí te voy"), mi triunfo fue, digamos, modesto. Lancé el martillo como 41 metros y feria. Nomás me faltaban otros cuarenta y tantos metros para romper la marca mundial. En aquellos tiempos no había muchos lanzadores de martillo mexicanos. De cierta manera la Liga Aquiles Ratti, los colegios particulares, el triunfo de los clasemedieros era un reflejo de la sociedad mexicana, donde, como decía un tío mío, "ser güerito es profesión". Perdona mi intromisión, pero tu narración me trajo esas memorias. Ojalá que al menos te haya entretenido. Capaz que ahora me dices que ni siquiera fue el mismo evento en el que competimos.

Saludos

Cristóbal Newberry Retana

FBR dijo...

Efectivamente, Cristóbal, era 1969 y tú eras el "otro cuate del Tepeyac". Gran rivalidad, grandes recuerdos.