miércoles, febrero 05, 2014

Leyendas olímpicas invernales: Dan Jansen

  

Hay deportistas que ganan todas las competencias posibles pero que, a la hora de los Juegos Olímpicos, parece que los dioses se confabulan en su contra de la manera más cruel. Para ellos, superar esa conspiración gestada arteramente desde el Olimpo, se convierte en una tarea particularmente heroica. Es el caso del patinador Dan Jansen.

El joven de Wisconsin tuvo conciencia de su talento innato desde muy joven, cuando su hermana mayor Jane lo introdujo en el patinaje de velocidad. A los 16 años rompió el récord mundial juvenil de los 500 metros, y a los 18 ya era miembro de la delegación olímpica de Estados Unidos que compitió en Sarajevo. Allí consiguió un improbable cuarto lugar. Y se dijo: “si a esta edad, fui cuarto, muy pronto seré campeón olímpico”.

Entonces fue que empezaron a confabularse los dioses. Para 1986 era poseedor de los principales récords mundiales, pero en 1987 tuvo que superar una mononucleosis que lo debilitó notablemente, al tiempo que se enteró que su hermana Jane padecía de leucemia.

Superada su enfermedad, Jansen era amplio favorito para hacerse con el oro en los 500 metros en los juegos de Calgary 1988, tras haber ganado con facilidad el Mundial. Pero el preciso día de la competencia, recibió una llamada: su hermana estaba muriéndose y quería despedirse. Él alcanzó a decirle que la quería, pero ella ya no podía hablar. Seis horas después, ella murió.

Devastado, Jansen salió a la pista. No podía controlar sus patines. En la primera vuelta se resbaló y cayó. Dos días después, intentó competir en los 1000 metros; tras ir a ritmo de récord mundial en los primeros 600, volvió a despistarse y caer, con la mirada perdida e implorando.

Los siguientes años fueron de triunfos en los diferentes campeonatos. Jansen tenía el récord del mundo. No podía fallar en Albertville 92. Pero había lluvia, el hielo estaba suave y el grandulón terminó en cuarto en los 500, con más de un segundo por encima de su récord. Para los 1000 metros, estaba hecho un manojo de nervios y terminó en el lugar 26.

El patinador perseveró. Fue el primero en romper la barrera de los 36 segundos en los 500 metros, su especialidad. Lo había hecho cuatro veces y ninguno de sus competidores lo había logrado jamás. La final fue en el sexto aniversario de la muerte de su hermana, y de su fracaso en Calgary. De nuevo iba con marca de romper récords, pero en el último giro antes de la recta final, tuvo un desliz que lo hizo perder el equilibrio por instantes: suficiente para mandarlo hasta el octavo lugar.

¿Qué le quedaba? Competir en los 1000 metros y acabar de una vez por todas. Se decidió a hacerlo sin presiones, no era su prueba favorita. De nuevo, hacia el final, un pequeño resbalón lo hizo rozar el hielo con sus dedos. Pero no fue definitivo. Había roto las marcas olímpica y mundial. Nadie lo superó y finalmente se hizo con el oro olímpico, en su última carrera y en sus cuartos juegos. Saludó al cielo y dio la vuelta triunfal cargando a su pequeña hija, Jane.

Los dioses del Olimpo suelen ser juguetones, pero pocas veces son injustos.

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