miércoles, abril 17, 2013

La Dama de Hierro del siglo pasado



La muerte de Margaret Thatcher, uno de los personajes políticos más significativos del último cuarto del siglo XX, es también signo de que los tiempos que ella ayudó a cambiar pertenecen al pasado. De los líderes de esa época, casi no queda nadie.

La señora Thatcher representó la cara más pura y dura, en lo político y lo económico, de la revolución conservadora que puso fin, con medidas draconianas, a la crisis fiscal de los Estados avanzados y que sentó nuevos paradigmas de política económica, que no entraron en crisis evidente hasta el crac del 2008.

Thatcher hizo del Reino Unido la primera nación desarrollada en la que se aplicaron las recetas monetaristas de Milton Friedman para retornar al mandato del mercado, que antes de ella, sólo se habían podido llevar a cabo en regímenes dictatoriales, como el de Pinochet, en Chile.

Durante su primer mandato, Thatcher incrementó las tasas de interés y el IVA (siempre prefirió los impuestos indirectos y generales a los directos y de tendencia redistributiva), con el resultado de duplicar el desempleo y reducir significativamente las utilidades de la industria manufacturera.

Pero, en la medida en que pasó el tiempo, la inflación se redujo y –aunque el desempleo siguió aumentando- se generaron condiciones para un nuevo despegue de la economía británica, ahora basada en sectores menos tradicionales de la economía. En esto ayudó la amplia gama de privatizaciones que puso en marcha, que implicaron también un cambio en las relaciones de poder.

Las políticas thatcherianas impactaron sobre todo contra los sindicatos, que en la Gran Bretaña habían adquirido un poder descomunal en años anteriores. Ni los líderes sindicales radicalizados ni la primera ministra ideologizada cedían un ápice. En vez de negociaciones hubo un choque de trenes. Thatcher ganó.

Fue el caso de la famosa huelga de mineros de 1984. Una verdadera prueba de fuerza. Thatcher hizo que se aprobara una ley que hacía que toda huelga fuera ilegal, si no había sido votada, en urnas por la mayoría de los trabajadores. El sindicato que dirigía Scargill se lanzó a huelga nacional, y aquello terminó en la “Batalla de Orgreave”, que contó con 123 heridos y la derrota de los mineros.

Si así fue el trato con los mineros, a los terroristas del Ejército Republicano Irlandés les fue peor. La Thatcher no les reconoció el carácter de presos políticos, que ellos exigían, y vio impasible como uno tras otro –empezando por el célebre Bobby Sands- los prisioneros del IRA fallecían en su huelga de hambre en las prisiones británicas. Tras el décimo muerto por inanición, los irlandeses se rindieron.

También fue conocida su decisión guerrera, cuando a los militares argentinos se les ocurrió intentar salvar su crisis interna mediante la ocupación (la efímera recuperación) de las Malvinas. Aquí, de nuevo, Thatcher no dudó y fue contundente en su ataque, aun a sabiendas de que la mayoría de los argentinos que iban a morir eran jóvenes reclutas adolescentes, sin experiencia. Su amigo Pinochet la ayudó con información de la inteligencia militar chilena.

Otra característica de la señora Thatcher fue su euroescepticismo.
Nunca fue favorable a la Unión Europea y mucho menos a la instauración de una moneda común. Tal vez lo segundo sea algo que hoy le agradezca la mayoría de los británicos.

El fin de la era Thatcher tuvo dos causas fundamentales. La primera, su idea peregrina de instaurar un poll tax, es decir, un impuesto general igual para cada residente en el Reino Unido, independientemente de sus ingresos. Era una medida estrictamente recaudatoria, que afectaba más a quienes menos ingresos tenían y que generó no sólo fuertes protestas populares, sino una caída vertical en la popularidad de la Dama de Hierro, aun entre las clases medias.

La segunda, y definitiva, fue que el euroescepticismo extremo de la Thatcher dividió a los tories, el Partido Conservador británico, al grado que la primera ministra estuvo a punto de perder las elecciones internas para el liderazgo del partido (con ello, perdería el puesto de jefa de gobierno). Antes de ir a segunda vuelta, la mujer que cambió el rostro de Gran Bretaña prefirió dimitir. Fue entonces cuando se le vio llorar.

Margaret Thatcher, junto con su aliado Ronald Reagan, pintó ideológicamente los años ochenta para el mundo. Fue exitosa en ello, como lo prueba que sus grandes adversarios de la época hayan sido prácticamente borrados de la historia. Logró hacer que Gran Bretaña saliera de una época de crecimiento mediocre y crisis fiscal creciente, pero a costas de debilitar severamente el Estado de bienestar y de crear una sociedad menos igualitaria y con alto desempleo.  Sacó a su país de una época de poder y prepotencia sindical, pero lo hizo con mano dura y sin negociar.

Le dio otro estilo a las políticas de postguerra. Fue indiferente a los sentimientos y, a veces, al sentido común. No le importaban los disturbios: parecía incluso buscarlos para reprimirlos. Está entre los más grandes popularizadores de la idea de que el éxito material lo es todo; de la riqueza como virtud. Fue una figura polarizadora: dividió como nadie a su país. Pero, hasta antes del poll tax, supo tener a la mayoría de su lado. Al día de su muerte, las opiniones están divididas a mitades, y en muchos sigue concitando pasiones: 25 por ciento de sus compatriotas piensa que fue “muy buena” para el Reino Unido, y 20 por ciento considera que fue “muy mala”.

Sus victorias obligaron a la izquierda británica a revisarse. No podía seguir siendo rehén de los sindicatos y sus prebendas. De ahí surgió el concepto de “la tercera vía”, con el que pudieron los laboristas regresar al poder. Descafeinados, tal vez; pero sin duda menos ineficaces.

El tiempo pasa factura. No regresaremos al siglo XX. Las recetas de Thatcher (y de Reagan) y su liberalismo económico encontraron su límite en la crisis reciente, que mandó al mundo entero a una recesión de la cual todavía no termina por recuperarse. Es impensable (o debería serlo) el regreso a esa línea política y económica. Pero es más impensable (o debería serlo) el regreso al viejo Estado de grandes corporaciones públicas, maniatado por los sindicatos e incapaz de financiarse de una manera sana. Margaret Thatcher fue uno de los instrumentos fundamentales en ese cambio.

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