martes, diciembre 20, 2011

Los 10 deportistas mexicanos de 2011



1. Paola Espinosa
2. Adrián González
3. Chicharito Hernández
4. Yahel Castillo
5. Aída Román
6. Paola Longoria
7. Yovani Gallardo
8. Julián Sánchez
9. Julio Gómez
10. Juan Manuel Márquez







Esta lista implica cambios en la de 10 atletas mexicanos del Siglo XXI

Y aquí está la lista del 2010

Los 10 deportistas mexicanos de la década 2000-2009

1. Ana Guevara
2. Lorena Ochoa
3. Rafael Márquez
4. María del Rosario Espinoza
5. Paola Espinosa
6. Guillermo Pérez
7. Soraya Jiménez
8. Fernando Platas
9. Belem Guerrero
10. Iridia Salazar


jueves, diciembre 15, 2011

Biopics: la formación del PSUM


El berrinche de Heberto
Luego de que, en el proceso de fusión de las organizaciones de izquierda, se aceptara al Movimiento de Acción Popular, Heberto Castillo se salió del acuerdo de unidad y empezó a hablar mal del partido que surgía. No por coincidencia, al ingeniero Castillo le concedieron espacios que antes estaban vedados para él. Así, aparecía en TV para que criticar que los comunistas hegemonizaran el partido, y para prueba, decía que ellos estaban a favor de la hoz y el martillo, cuando él había propuesto un machete y un nopal (meses después me enteré que Fidel Castro, tan cercano en el corazón a Heberto, alguna vez propuso un machete y una caña de azúcar para el logotipo del PCC). El gobierno, feliz de que una figura reconocida como el ingeniero Castillo le pegara al partido naciente de la izquierda unificada, y ni quien se fijara que Heberto era mucho más radical y ortodoxo que los antiguos comunistas, en pleno y dificultoso proceso de socialdemocratización al menos desde 1968.
La gota que derramó el vaso, y la bilis hebertista, fue la defección de compañeros del PMT en Sinaloa hacia las filas del MAP, como vía para entrar al partido unificado. En Culiacán –como sospechará el lector asiduo de esta biografía- la retirada de Heberto cayó como balde de agua helada. Era previsible que el grupo más tradicional y populista, encabezado por Jaime Palacios y Heriberto Meza Campusano, se mantuviera fiel al PMT, pero también que el Comité Estatal se fragmentaría. Un grupo, encabezado por Arturo Guevara, decidió que había que entrar al nuevo partido. Renato Palacios y José Antonio Zurdo Ríos, que habían estado en la tendencia “gordillista”, prefirieron quedarse. El grupo de Guevara empezó a afiliar gente, hasta que –cuando llevaban algo así como 450- desde la dirección nacional del MAP les llegó, vía Pablo Pascual, la consigna de que ahí le pararan, para que Heberto no la armara más de pedo (y tal vez para no disgustar a los preciados aliados comunistas).
Heberto igual la armó de pedo. En el programa de televisión de Luis Spota dedicó casi toda la entrevista a despotricar contra sus ex súbditos sinaloenses y a referir historias fantásticas en las que la base pemetista perseguía a los intelectualitos quemándoles las hojas de afiliación.
(Dice Arturo Guevara que, muchos años después, se encontró con Heberto, y el Ingeniero Castillo le ofreció disculpas por su actitud y hasta le dio la razón al grupo de militantes sinaloenses que hostigó por años. Como yo no estaba presente, no puedo más que hacer la referencia, con todo y fuente).

Los prolegómenos
Las cúpulas de las organizaciones fusionantes determinaron que el Congreso constituyente del nuevo partido estuviera compuesto por delegados de cada grupo, electos en asambleas conjuntas a lo largo y ancho del país, de forma tal que cada quien pudiera verificar la representatividad de quienes asistieran. Además había una cuota fija de 25 delegados para cada una de las cuatro organizaciones.
A mi hermano se le ocurrió casarse en esas fechas –mediados de octubre de 1981-, y encima de eso lo hizo en Aguascalientes, así que no asistí al primer día de la última Asamblea General del MAP, realizada en el Teatro del Pueblo, en la colonia Morelos, donde se eligió a los delegados de cuota.
Tampoco resulté electo en la asamblea de la UNAM –donde, sorpresivamente, resultamos ser más los mapaches que los pescados-; pero al final conseguí mi plaza con “los restos” (es decir, fui de los delegados que resultaron electos a partir de la suma de los votos “sobrantes” de cada organización en las asambleas) en una ultimísima asamblea del MAP, en el recién inaugurado Auditorio Rafael Galván, en la sede del SUTIN (y Guevara se impresionó con las prestaciones de los compañeros nucleares: al lado del auditorio había una guardería para hijos de los trabajadores, que el sinaloense definió como “sueca”).   
Otra parte de los prolegómenos fue formar parte del equipo que haría el programa del nuevo partido, que esencialmente estaba formado por miembros del PCM y del MAP (había un par del Partido del Pueblo Mexicano, pero pronto defeccionaron). Este grupo estaba liderado por Eduardo González Ramírez, un economista tamaulipeco, profesor de la Facultad, que encabezaba a los asesores del grupo parlamentario de la Coalición de Izquierda, y con quien acabaría teniendo una muy buena relación. Entre los asesores de los diputados despuntaban un joven hiperactivo de mi edad, Jorge Alcocer –quien fungía entonces como brazo derecho de González- y, como prospecto estrella, un sonorense recién egresado, Enrique Provencio.

La asamblea de unificación
El congreso que formó el Partido Socialista Unificado de México tuvo lugar la primera semana de noviembre en el Auditorio Nacional. En él se fusionaron el Partido Comunista Mexicano (PCM), Partido del Pueblo Mexicano (PPM), Movimiento de Acción Popular (MAP), Partido de la Revolución Socialista (PRS) y Movimiento de Acción y Unidad Socialista (MAUS), además de algunos grupos menores y partidos locales.
El orden anterior corresponde al tamaño de las organizaciones, a partir de las asambleas de delegados. Nosotros los mapaches pertenecíamos al grupo político más joven y creíamos que seríamos el más pequeño de los fusionantes, así que nos sorprendió ser el número tres, y estar más cerca del PPM en número de militantes, que de los dos más pequeños. Luego constataríamos que el PPM había inflado su padrón, compuesto sobre todo de campesinos nayaritas. Eso quiere decir que, si no hubiera habido pruritos con Guevara y los sinaloenses para que detuvieran un proceso de afiliación y participación que de seguro hubiera llegado a unos dos mil militantes, hubiéramos aparecido como la segunda fuerza fusionante, y eso le hubiera dado otro matiz político al naciente partido.
En el congreso fundacional se vio que, de los cinco fusionantes, el único que tenía puntos de vista discordantes en su interior era el PCM. Los demás éramos monolíticos, o casi.
El PCM tenía al menos tres corrientes visibles: la nomenklatura, que era reformista y pragmática y pugnaba por la unidad de la izquierda, y los renovadores, o renos, que a su vez respondían a dos grupos o posiciones muy distintos: por un lado, los iconoclastas, que estaban poniendo a revisión prácticamente todo el pensamiento y la acción de izquierda (Roger Bartra, su exponente más representativo); por el otro, los estalinistas que habían sido desplazados de la cúpula.
El PPM, que venía del fraude electoral cometido contra Alejandro Gascón Mercado en Nayarit en 1975 (Gascón, con el PPS; ganó las elecciones, pero la dirección nacional de ese partido cambalacheó la victoria por una senaduría para su secretario general, Jorge Cruickshank, lo que generó la escisión), era un partido estalinista y personalista. Prosoviético y atrasado como la chingada. Sólo unos pocos de los cuadros del PPM fueron evolucionando sus puntos de vista a lo largo de los siguientes años (recuerdo, por ejemplo, al buen Sabino Hernández Téllez).
Nosotros, los del MAP; ya se sabe, éramos la derecha con veleidades socialdemócratas (aunque también obreristas). El cuarto partido, el PSR, era, si es posible, todavía más estalinista que el anterior, con un líder jetón, de apellido Jaramillo, y unos cuantos jóvenes impreparados. El quinto, el MAUS, estaba compuesto mayoritariamente por “viejitos” (supongo hoy que muchos han de haber sido como de mi edad actual). Eran socialistas, varios de ellos luchadores sindicales, que habían roto con el comunismo de tiempo atrás, de cuando el PCUS mandaba sobre los partidos nacionales. Los mapaches del MAP, como era previsible, nos llevamos muy bien con los ratones del MAUS.
En el asamblea de unificación se votó el nombre (los del PSR traían una propuesta como de trabalenguas), logotipo (votamos a favor de la hoz y martillo que enfurecían a Heberto), lema y canción (votamos en contra de “Proletarios del Mundo, uníos” y de “La Internacional”).
A continuación se dio la Convención Electoral, donde se votó por candidato a la Presidencia de la República, y Arnoldo Martínez Verdugo derrotó ampliamente a Gascón Mercado y también se nombró al Comité Central (todavía por cuotas de organización fusionante: los del MAP sumamos a Gustavo Gordillo y José Woldenberg a los nueve integrantes de lo que había sido nuestra Comisión Política).
En la Asamblea de Unificación, junto con Pepe Ayala (q.e.p.d)
Una tarde, a mitad de la asamblea, llega Hermann Bellinghausen con una noticia infausta: El Salvador había derrotado a México en fut. No iríamos al Mundial de España.

martes, diciembre 13, 2011

El Purificador y la República Amorosa



Hay quienes han reaccionado con tremenda ingenuidad ante el nuevo rostro que está presentando en sociedad Andrés Manuel López Obrador. Se congratulan de que haya abandonado su lenguaje ríspido de confrontación y consideran que ello es signo de moderación, y que el tabasqueño ha aprendido al menos alguna de las muchas lecciones que le debió de haber dejado la experiencia de 2006.

Otros se muestran preocupados por el cariz aparentemente religioso de sus discursos y sus textos y se imaginan una suerte de neofundamentalismo en ciernes, a partir del paso del juarismo a la República Amorosa.

La verdad yo no veo ni lo uno, ni lo otro. Los cambios son cosméticos y menores. Intentaré explicarme.

Primero, Andrés Manuel responde a lo más obvio: el error más grande de su campaña anterior fue hacer gala de radicalismo (recordemos, por ejemplo, los spots en los que presentaba, burlones, a los ricachos que ganaban 15 mil pesos al mes) y el más medido por los encuestadores fue el que lo ubicaba como un personaje rijoso y peleonero.  Se trata de una respuesta política de botepronto: “no echaré bronca, amor y paz”.

¿Pero se parece en algo AMLO II a Lula IV, que se moderó en serio, ganó por fin las elecciones y resultó ser un buen presidente de Brasil? ¿Se parece, de perdida, a Humala II, que le bajó al discurso incendiario, se puso traje y fue escogido en Perú, como mal menor ante Keiko Fujimori?

Creo que no. Que cuando mucho se parece a Daniel Ortega III. Y para muestra sus “Fundamentos para una República Amorosa”.

En ellos, AMLO, pasa —en el discurso— del padre severo que, admonitorio, amenazaba con castigar a los malos del país, al padre bonachón, que abraza a todos sus hijos y pide que se quieran. Lo que no deja de lado es el paternalismo.

Andrés Manuel sigue barajando, hoy como hace seis años, la idea de un cambio súbito, a partir de la actuación de un héroe capaz de establecer un nuevo orden. Tiene una suerte de fiebre refundacional. Ahora hace hincapié en lo moral, en vez de partir de lo económico y social. Pero eso tampoco es nuevo.

Hace seis años, AMLO hablaba de encabezar “la purificación de la vida nacional”, dijo que hacía falta “una renovación tajante” porque “ni modo que no vamos a necesitar una nueva política si estamos viendo que hay un doble discurso, que impera la hipocresía”.

El Purificador, ahora en veste amorosa, hace referencia a una realidad, la pérdida de valores en nuestra sociedad y, a partir de ella, teje —en clave pseudomística— el viejo concepto realista- socialista del “hombre nuevo”.

Frente a la descomposición social, AMLO II habla de “auspiciar una nueva corriente de pensamiento para alcanzar un ideal moral, cuyos preceptos exalten el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”. Y dice que, “sin ese ideal moral, no se podrá transformar a México”.

Un ideal de persona, un arquetipo que “haga frente a la mancha negra de individualismo, codicia y odio que se viene extendiendo cada vez más”, que genere ciudadanos despojados de los defectos propios de la sociedad capitalista. Una persona altruista, solidaria, fundida en el “nosotros” y opuesta al “yo, un cosmos” que cantara Walt Whitman.

“La Revolución” —escribía el Ché Guevara— “no es únicamente una transformación de las estructuras sociales, de las instituciones del régimen; es además una profunda y radical transformación de los hombres, de su conciencia, costumbres, valores y hábitos, de sus relaciones sociales”. El propio Ché hablaba de la importancia de que el trabajo ya no fuera visto como sacrificio, sino como un placer (y AMLO, por su parte, da el ejemplo del tequio oaxaqueño, para luego citar a José Martí sobre las bondades de autolimitarnos como parte de la forja de la personalidad).

En algún otro momento, Guevara fue más explícito. El Hombre Nuevo, que despreciara los bienes materiales, era una necesidad política para un sistema que, sabía el Ché, era incapaz de generar con la eficacia del capitalismo los satisfactores materiales.

Sabemos, por experiencia, que ni la URSS ni Cuba generaron hombre nuevo alguno. Que los discursos humanistas (basados en el deseo de justicia social que alimentó las revoluciones) eran sólo parte de la maquinaria de propaganda de sus respectivos regímenes totalitarios. Que para que una sociedad abandone una mentalidad de supervivencia, debe primero tener las condiciones económicas para ello.

Andrés Manuel puede, en la construcción mental de su República Amorosa, llenarse la boca de frases para la gayola como “la inmensa bondad que hay en nuestro pueblo”, pero luego se contradice cuando atribuye, de manera casi lineal, la actual ola de violencia, la pobreza y la explotación. “La pobreza y la falta de oportunidades de empleo y bienestar originaron este estallido de odio y resentimiento”. Como si la disputa por enormes mercados ilegales no tuviera nada qué ver; como si pobreza y falta de oportunidades no hubieran sido, desde hace muchas décadas, desde mucho antes de las matazones y la sevicia, la característica social más notable y detestable del país.

Peor es la conclusión para hacer frente al problema que más lacera a nuestra sociedad: “es el bien lo que suprime al mal”. Uno se pregunta si querrá acabar con los Zetas con una sobredosis de ternura o si va a asfixiar a La Familia con besos y dulzuras.

Los Estados democráticos no se forjan con amor, sino con reglas acordadas de manera colectiva que se hacen respetar, y que superan las tensiones naturales de la convivencia social. Con normas comunes. La izquierda democrática en el mundo ha luchado para que esas reglas sean justas, para que las normas no exceptúen a los poderosos, para que las instituciones sirvan a la gente común, para que se avance en la igualdad.

Lo de AMLO II es otra cosa. Es un desplante lírico para edulcorar su ferviente deseo purificador de raíz de la vida nacional y de ser, él, Andrés Manuel López Obrador, el Amén. Como siempre.

Quienes, desde la izquierda moderada y ante la ausencia de otras opciones, decidan votar por AMLO, están en todo su derecho. Pero por favor, que no vengan a decirnos que cambió en lo fundamental. Hay un Comité de Salud Pública detrás de la República Amorosa. Los perredistas moderados ya conocerán su furia en carne propia.

miércoles, diciembre 07, 2011

Un libro en 140 caracteres

Los políticos tienen cada vez más problemas con la lectura. Los mexicanos, en particular, encima tienen la tendencia a confundir autores: La Silla del Águila, de Enrique Krauze; Cien Años de Soledad, de Mario Vargas Llosa y Un Tranvía Llamado Deseo, de José Emilio Pacheco son sólo unos cuantos de sus deslices. Imagínense la dificultad para reconocer trama y personajes.

Todavía a principios de siglo, un político se conformaba con una presentación power-point de cinco páginas en la que se resumía algún texto complicado. Ahora exigen más capacidad de síntesis, que el tiempo corre y están muy ocupados.

En época de twitter (y de déficit de atención), nada mejor que el ladrillito de 140 caracteres para sintetizar danzones literarios (o valses, mazurkas, hip-hops y quebraditas). Por lo tanto, para beneplácito de aspirantes a candidaturas de todo tipo, aquí se sintetizan obras cumbre de la literatura en lo que cabe un tuit.


La Divina Comedia, Dante Alighieri

Virgilio guía a Dante al Limbo, chido y con poetas, al Infierno, gacho y con torturas, al Purgatorio, feo. Beatriz lo lleva al cielo. Gûeva.

Pedro Páramo, Juan Rulfo

Narrador llega a Comala, pueblo pinche. Le hablan espectros. Murmullos. Alguna vez fue la Media Luna. Todos son hijos de un tal Pedro Páramo.

Rayuela, Julio Cortázar

Oliveira conoce a la Maga. Al de arriba no le gusta el jazz. Pobre Bebé Rocamadour. Amalan noemas. Líos de Talita y Traveler con el mate.

El Tambor de Hojalata, Günther Grass

Oskar no quiere crecer. Pandillero, niñodios, vitricida, payaso en guerra. Hace que el padre trague culpas. Deviene baterista sacalágrimas.

La Ciudad y los Perros, Mario Vargas Llosa

El Esclavo muere en accidente de colegio militar. El Poeta y otro saben que lo mataron. Los callan por honor. El vil Jaguar era el asesino.

Los Hermanos Karamazov, Fedor Dostoievsky

Padre mala onda tiene 4 hijos. Se lía con putita. Asesinado. El hijo culpable se suicida, otro es condenado, otro enloquece y uno la libra.

La Sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán

El General Aguirre se hace guaje sobre sus aspiraciones presidenciales. Pero no es el tapado del caudillo. Cuando se destapa, pum, masacre.

La Hoguera de las Vanidades, Tom Wolfe 

Amo del Universo domina Wall Street. Se pierde y accidenta en NY con la persona equivocada. El sistema lo convierte en el villano favorito. 

Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez

Macondo, los locos Buendía. Aureliano pierde guerras. Llueve. Remedios asciende, Amaranta teje mortaja, mariposas amarillas y cola de cerdo.

Rebelión en la Granja, George Orwell

Cerdos guían Revolución Animalista. Napoleón traiciona a Snowball, instaura régimen de terror, propaganda y hambre. Los cerdos son humanos.

El Nombre de la Rosa, Umberto Eco

Baskerville y Adso investigan crímenes en abadía medieval. Recorren biblioteca de Babel. Màs muertos. El culpable, ciego, no gusta de risas.