Numancia fue una ciudad celtíbera famosa porque a la República Romana le tomó más de dos décadas conquistarla, lo que finalmente logró a través de un cerco, que cerró todas las vías de suministro de aquella población. Tras quince meses, la hambrienta y enferma Numancia se rindió, pero la mayoría de sus habitantes se suicidó, luego de incendiar la ciudad para evitar que cayera en manos de los romanos.
En 1990, cuando, durante el proceso de caída de la
Unión Soviética, Cuba se quedó sin los subsidios que mantenían precariamente su
economía, el líder socialista español Felipe González advirtió a Fidel Castro
que Cuba debía incorporarse a la apertura latinoamericana entonces en curso. De
no ser así, consideró, habría “grandes problemas en la inserción de Cuba en el
mundo futuro”. Fidel respondió que no aplicaría
“recetas de otros países”, y González calificó ese rechazo a una apertura
democrática como “la estrategia de Numancia”.
No es que el dirigente español hubiera pedido una
democracia liberal; lo que sugería era una suerte de perestroika
tropical, que pudo haber marcado una transición paulatina del régimen
totalitario hacia otro tipo de socialismo. Pero Castro prefirió la resistencia,
que también era reticencia a dejar cualquier migaja de poder.
El caso fue que, como profetizaba Felipe González, en
las siguientes décadas hubo grandes problemas en la inserción de Cuba en el
mundo. Esos problemas fueron, por un tiempo, medianamente paliados por asistencia
extranjera diferente de la desaparecida URSS, pero de países igualmente
confrontados con Estados Unidos. Una ayuda cada vez más magra. Lo que no varió
fue la incapacidad del sistema económico cubano para ser mínimamente
productivo. Ineficiencias tan grandes que aquello se convirtió en una red de
agujeros.
En lo interno, todo pequeño intento liberalizador en
lo económico, que solía traer mejoras marginales en las condiciones de vida de
la población, se topó después con retrocesos que, a nombre del purismo
socialista, volvían a generar pobreza generalizada. Y en lo político, Cuba fue
pasando de un Estado unipartidista con tintes policíacos, que permitía un poco
de discusión, acotada “dentro de la revolución”, a una dictadura pura y dura,
ahora encabezada por un burócrata y no por caudillos. Mientras tanto, se cristalizó
la división de la población por estamentos: hasta arriba, la nomenklatura y los
altos mandos del ejército; luego, los “enchufados”; más atrás, los que sólo tienen
FE (Familiares en el Extranjero, que les mandan ayuda); hasta abajo, la mayoría
del pueblo. Todo, en medio de una corrupción creciente.
Esta combinación de circunstancias ha devenido en un
cambio social de actitud hacia la revolución y hacia la vida misma. Lo que hace
más de medio siglo fue entusiasmo, se convirtió, primero, en la filosofía de
aceptar lo existente (la libreta de racionamiento, los Comités de Defensa de la
Revolución, el Granma) a cambio de “no virar p’atrás” y ahora, en una
molestia y desazón muy amplias, porque no hay “p’atrás”, pero tampoco “p’alante”.
La cubana es una sociedad asfixiada y reprimida en lo político, con carencias
indecibles en lo económico y sin perspectiva de futuro.
Durante décadas, el llamado bloqueo estadunidense
sirvió solamente para que el régimen cubano pudiera justificar carencias,
apreturas y medidas represivas. El embargo ha tenido fases de endurecimiento y
de reblandecimiento, pero los efectos en la economía cotidiana de los cubanos en
ese vaivén han sido mínimos. El caso es que el sistema económico no funciona. Recordemos
que la crisis de electricidad lleva décadas y que ya había arreciado antes de
la llegada de Trump al poder en Estados Unidos, con el nuevo apretón de
tuercas.
Aunque ya no es una amenaza directa a la seguridad
estadunidense, hay motivos de política interna e internacional que explican el
apretón trumpista sobre Cuba. Los primeros tienen que ver con la necesidad de
apoyo a los republicanos de parte de la influyente comunidad cubana en EU,
sobre todo en Florida y con la imagen de destructor de enemigos que Trump se
quiere forjar. Los segundos, con el propósito hegemónico de tener bajo control
todo el continente americano y abrir espacios, hoy cerrados, para las empresas
estadunidenses.
Para ese propósito, lo que menos le preocupa a Trump
es la situación dramática que vive el pueblo de la isla, que ya está alcanzando
proporciones de catástrofe humanitaria. Se trata de una lenta asfixia, a partir
-regresando al símil numantino- de la estrategia del nieto de Escipión de
cortar los suministros vitales para los asediados.
El otro lado del problema es que, hasta ahora, la
dirigencia de la dictadura cubana está aferrada a la estrategia numantina,
reacia a cualquier cambio y dispuesta, en la práctica, al equivalente a un
suicidio colectivo. Salvar por un rato el propio pellejo y que se joda la
chusma. Para ello, no ceder ni un ápice, y llenarse la boca de retórica
antiimperialista, que algunos en la isla repiten, pero en la que ya nadie cree.
De cualquier manera, no será tan fácil para Trump encontrar en las fuerzas
armadas cubanas la poca resistencia con la que se topó en Venezuela.
Hay quienes recuerdan, románticamente, la de Numancia como
una resistencia heroica. El caso es que fueron derrotados y aquella región
terminó siendo romanizada. No hubo medias tintas. Y el recuerdo no sustituye
las vidas perdidas.
México ha sido un amigo histórico de Cuba y ha servido
muchas veces de puente en sus complicadas relaciones con Estados Unidos. La
amistad verdadera está precisamente en esa función de puente, no en
identificaciones románticas e ideologizadas con la esperanza que alguna vez
significó la Revolución Cubana, traicionada hace décadas. Si uno piensa que
hechos son amores, lo conducente sería -más allá de enviar ayuda humanitaria
básica- mediar para evitar que Cuba se convierta, de verdad, en una Numancia
del siglo XXI. Y eso implica dejar el apoyo incondicional a una dictadura que
no lo merece.

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