miércoles, enero 10, 2018

AMLO no es de izquierda (4 textos)

A lo largo de los últimos meses he publicado en Crónica varios artículos que tienen el mismo leit-motiv. Andrés Manuel López Obrador no es un político de izquierda.
Aquí van cuatro de ellos.



AMLO no es de izquierda

La frase que da título a esta columna puede parecer una provocación. En cierto sentido, lo es. No por ello deja de ser cierta, al menos en lo que se ha entendido por izquierda desde que el concepto nació, en tiempos de la Revolución Francesa, y, sobre todo, con la irrupción ideológica del marxismo.

Lo primero son las definiciones. Las que da Andrés Manuel son, por decir lo menos, peculiares. Según el líder de Morena, ser honesto y amar a la gente es ser de izquierda. Con eso basta. Recuperando valores y principios se puede regenerar la vida política del país. El programa es lo de menos.

Hay quienes entienden el ser de izquierda de otra manera: apostar por un modelo económico que responda a los intereses y necesidades de las mayorías trabajadoras, por una mejor distribución del ingreso y la riqueza y, sobre todo, por una mejor distribución del poder.

Eso significa, a mi entender, que cualquier proyecto que se base exclusivamente en la lógica de subsidios y transferencias para paliar las desigualdades, a la postre sirve para prolongarlas. La clave del mecanismo de reproducción está en la relación vertical entre el que da el subsidio y quien lo recibe. Si no hay una organización social paralela al proceso, el resultado es de una mayor dependencia: el paternalismo gubernamental tiene su contraparte en el “hijismo” popular.

También significa el reconocimiento de que todavía existen las clases sociales, que luchan por la distribución del poder. El ser pobre o parte del pueblo bueno no es una condición de clase. Lo es, en cambio, encontrarse en cualquier parte de la cadena de producción-distribución. Es en función de ello, y de las ideologías que nacen de esa condición, que se pueden forjar alianzas sociales de gobierno: no en la mera delegación de poderes hacia un presidente que los detenta todos.

Para la izquierda existen los ciudadanos de distintas clases sociales, que gozan de derechos individuales y tienen impacto político según su capacidad de movilización (electoral o de otro tipo), y lo que busca es que el impacto de los trabajadores sea mayor.

El de pueblo es un concepto totalmente distinto, ligado a las ideologías más reaccionarias. Los individuos no importan, sino el pueblo, concebido como entidad monolítica. Y ese pueblo mítico (y bueno) expresa la voluntad común. No importa que dicho pueblo esté conformado por personas que piensan de manera muy diferente entre ellos.

Detrás del concepto unitario de pueblo está, necesariamente, la existencia del caudillo, que interpreta la voluntad popular. Los ciudadanos (o los militantes del partido caudillesco, bonapartista) no actúan por sí mismos, sino que son llamados a aplaudir, a hacer bola, a decir que sí. Actúan en el papel de Pueblo en la obra de teatro. El poder está concentrado en una sola persona.

Ser de izquierda no siempre ha tenido la equivalencia de ser demócrata o abonar por las libertades individuales. Por un tiempo sólo una fracción de la izquierda, los socialdemócratas y reformistas, estuvieron de ese lado, mientras que la izquierda revolucionaria ponía énfasis en los cambios sociales radicales y tiraba a la basura las “libertades burguesas”. A partir de la segunda mitad del siglo XX eso fue cambiando y, tras la caída de la URSS, sólo una minoría recalcitrante de la izquierda desprecia las instituciones democráticas, las libertades ciudadanas y los derechos de las minorías.

Sobre esos temas, López Obrador ha sido omiso y, si ha destacado en algo, ha sido en su constante torpedeo a las instituciones electorales del país, que siempre son acusadas de estar vendidas a la Mafia del Poder si no le dan la razón. Temas como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo son esquivados o, peor, se piensa en llevarlos a referéndum, como si no se tratara de derechos humanos, a sabiendas del conservadurismo del “pueblo bueno”. En un referéndum capaz que se aprobaría el regreso de la pena de muerte (aún con este sistema judicial fallido).

Igualmente, la izquierda nace de la idea de progreso histórico de la humanidad. Ir avanzando hacia fases superiores de la civilización. No es, nunca, nostalgia del pasado. Más aún, si ese pasado corresponde a un modelo superado por la historia en lo tecnológico y en las relaciones financieras y comerciales entre las naciones.

La izquierda vive en una discusión interna constante. La hubo aún en los regímenes totalitarios (a veces se resolvía con ejecuciones, como en la Rusia de Stalin; a veces, con el cambio de guardia, como con el triunfo de Deng Xiaoping sobre la Banda de los Cuatro). Sucede lo contrario con Morena y López Obrador: el desacuerdo es traición. Todo aquel que critica al líder es un alfil de la Mafia del Poder, y para eso hay un ejército que, con puras respuestas emotivas en las redes sociales, hace las veces de “voluntad popular”.

Uno a uno, los elementos que a mi juicio constituyen la manera de ser de la izquierda, están notablemente ausentes del discurso y de la praxis de Morena y de su líder. Habrá a quien le baste la idea de que “primero los pobres” para considerarlos de izquierda. Habrá quien diga que basta con la denuncia constante al “capitalismo de cuates” que sufrimos (mientras Andrés Manuel se agencia el apoyo de otros cuates).

Para mí no basta. Hay un problema sistémico, que va más allá de la corrupción que corroe al país, y que no se puede arreglar de un sopetón, con el advenimiento de un líder carismático, sino con reformas consecutivas, con una mayor y más plural participación social y con un proyecto que implique no solamente una más justa distribución del ingreso sino, en primer lugar, un combate a la enorme desigualdad existente en la distribución del poder.




Pirruris, señoritingos, fifís, blancos

Le han llovido críticas a Andrés Manuel López Obrador por el uso de adjetivos despectivos en contra de sus rivales políticos; dicen que está bajando el nivel de la discusión. Lo cierto es que calificar a los adversarios de “señoritingos” y “pirrurris blancos”, y a sus críticos de “fifís”, no es un desliz: es parte esencial de su campaña, que abreva del rencor social y que divide a la población entre Pueblo Bueno y Mafia en el Poder. Es algo pensado, bien pensado; algo que ya le ha funcionado y que le podría volver a funcionar.

El rencor y el resentimiento sociales son una realidad. Tal vez no nos gusten, y sin duda son obstáculos para la construcción de un futuro común. Pero no están ahí de gratis. Por una parte, las graves condiciones de una desigualdad que no se atempera, generan naturalmente rencores; por otra, el discurso machacón de López Obrador, ese “ellos contra nosotros”, ayuda a mantenerlos vivos, y a obtener dividendos políticos de ello.

Pirrurris es una palabra surgida en los años sesenta, para identificar a la gente de clase alta, que fue popularizada por el comediante Luis de Alba, cuando imitaba a uno de los juniors de Televisa. Lo que caracteriza al pirrurris es –subrayo– el desprecio a quienes considera clases bajas: la “naquiza”, la “chancla popular”, “de aspecto frijolero”. No sólo se define por su clase social, sino también por el rechazo racista a quienes no lo son, que puede ser cualquiera. Los nacos pueden ser de la “Colonia Nácoles” o de la “San Ratael”. El pirrurris es, por antonomasia, el hijo de papi, quien le resuelve todo. Es engreído, descortés y en todo momento hace menos a la gente común y corriente. En distintos grados, todos hemos sufrido alguna vez a este tipo de personajes en la vida real.

Señoritingo, según la RAE, es “una persona joven, de familia acomodada, que se comporta con presunción y altanería”. Es, pues, el sinónimo culterano de pirrurris. Señoritingo es una palabra más vieja, que por lo tanto remite al siglo XIX y al porfiriato. Recordemos que “señorito” era el tratamiento que daba el personal doméstico a los jóvenes a quienes servían. Señoritingo también da idea de refinamiento, de altanería y de una vida frívola y ociosa, propia de estos señoritos. A mediados del siglo pasado, el diputado priista Roberto Blanco Moheno volvió a poner de moda la palabra, al criticar a “los señoritingos de izquierda”, que no conocían el país.

Fifí, que es el apelativo que López Obrador ha dado a la prensa que no concuerda con él, es un americanismo, y corresponde a una “persona presumida y que se ocupa de seguir las modas”. Según el Diccionario Oxford es alguien “que tiene actitudes y modales delicados y exagerados”. De acuerdo con una versión, es el equivalente de frívolo. De acuerdo con la otra, es el de amanerado. En cualquier caso, un fifí está del otro lado de la trinchera del pueblo recio (y bueno).

Finalmente, está la novedad: “blanco”, que pone el color de la piel en la palestra política.

Hay que decir, al respecto, que Andrés Manuel no es el primero es usarlo. Lo hizo Pedro Ferriz Santacruz, al comentar sobre las elecciones de 1988. En aquella ocasión, Ferriz Santacruz dijo que Manuel Clouthier era extranjero, Carlos Salinas de Gortari, criollo y Cuauhtémoc Cárdenas, mestizo, dando a entender que cada uno respondería a los intereses de su “raza”. Recordemos, de paso, dos cosas: que Clouthier era mexicano y que México es el único país latinoamericano en el que la palabra criollo tiene connotaciones negativas.

El problema es que no es un locutor de radio quien utiliza el perfil racial, sino un candidato a la Presidencia de la República. Lo hace para diferenciar a sus rivales de la mayoría de los potenciales electores. No apela a las ideas, a los intereses que pueda haber detrás de cada proyecto de país, sino a la identificación primaria. Es política identitaria, igualita a la de los nacionalismos que han pululado en estos albores del siglo XXI.
Invocar a las diferencias sociales por el lado de los sentimientos, también le ha servido a AMLO para desentenderse de asuntos de programa. Basta ese llamado (el concepto de “Nosotros los pobres” y “Ustedes los ricos” es parte del imaginario colectivo mexicano) para que se echen de lado las propuestas reales, que quedan en segundo o tercer plano.

No importará si Andrés Manuel, al fin y al cabo, tiene de su lado a empresarios que no se distinguen por su vocación social, a dos exsecretarios de Gobernación, y ninguna intención de democratizar el poder, que es lo que haría alguien realmente de izquierda y ligado a las clases trabajadoras. Y no importa que haya blancos de apellido francés, anglosajón o polaco en el entorno de AMLO: son mestizos honorarios por el mero hecho de estar en Morena. Lo que importa es que haya una identificación primaria, elemental, a favor de uno y en contra de los otros.

Todavía le quedan en la chistera dos adjetivos a Andrés Manuel, que quién sabe si use. Uno es “fresa” –que tal vez no llegue a usar, porque en los años setenta, cuando AMLO era joven, significaba “conservador”, y Andrés Manuel lo es–, pero que se convirtió con el tiempo en un sinónimo de “rico” y “mamón”. El otro, anterior por una o dos décadas, es “popis” (tal vez ligado a la columna de sociales “Ensalada Popoff”, de Agustín Barrios Gómez). A lo mejor en un par de semanas, nos enteraremos que los candidatos ajenos a Morena, además de todo, son “popofones”.

Lo único que nos falta por conocer es dónde se fija la línea divisoria entre pirrurris y pueblo, entre señoritingos y plebe, entre fifís y recios, entre blancos y mestizos. Digo, para saber.



AMLO el místico y su PES cristiano

A muchos les sorprendió que el Partido Encuentro Social haya confluido en la alianza que postula a Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República. La verdad es que, en estas elecciones en las que abundan las coaliciones contradictorias, la del PES con Morena es de las menos discordantes, en términos ideológicos.

Al aceptar ser candidato del partido de los evangélicos, AMLO afirmó que “no hay diferencias de fondo, en lo político, en lo ideológico, entre lo que represento y lo que inspira a Encuentro Social”. Estoy convencido de que tiene razón.

López Obrador siempre ha tenido arranques místico-políticos. En 2006, hablaba de encabezar “la purificación de la vida nacional”; en 2012 decía que había que “auspiciar una nueva corriente de pensamiento para alcanzar un ideal moral, cuyos preceptos exalten el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria”. Ahora repite temas parecidos, pero significativamente deja afuera otros.

Si revisamos el discurso político de Andrés Manuel a lo largo de los últimos años –y más claramente desde que dejó el PRD y fundó Morena–, podemos advertir un cambio de ejes. Habla cada vez menos de los pobres y cada vez más de la nación. Sus grandes temas ya no están ligados a la explotación o la mala distribución del ingreso, sino a la entrega de la nación al extranjero, la corrupción y la falta de valores. Desde hace tiempo dejó de buscar un lugar dentro de la izquierda, y buscó hacerse un espacio propio en la nueva disposición ideológica del país. Ese espacio está en el nacionalismo radical.

¿Cómo dejar a la izquierda sin perder con ello a la mayoría de sus electores de izquierda? Lo primero, cambiar la definición: “ser honesto y amar a la gente. Eso es ser de izquierda”. Así lo dijo. Honestidad y amor. Recuperar valores y principios para regenerar la vida del país.

Junto con ello, se dejan de lado ideas históricas de la izquierda, como las clases sociales en disputa por el poder, y se sustituyen por la de pueblo, concebido como una unidad capaz de expresar la voluntad común.
Así, el pueblo –esa unidad mítica- vela por su bienestar y felicidad a través de su expresión encarnada, el líder carismático, que es el único capaz de interpretarlo. Es el pastor que guía a la feligresía a una vida mejor.

En su participación político-legislativa, el PES siempre ha invocado la existencia de un “derecho natural”, que proviene de Dios, y la necesidad de ajustar las leyes a este derecho. En otras palabras, la legislación debe obedecer un orden moral único. Esto vale para sus  iniciativas de defensa del matrimonio tradicional, la de protección de la vida humana desde la fecundación, la que califica de pornografía la educación sexual, la que restringe facultades a la CNDH y la Conapred o la que promueve el otorgamiento de concesiones de radio y TV a las asociaciones religiosas. En todas ellas hay un llamado a valores que se considera inamovibles, a una purificación de la vida política y social, a conducirnos todos por verdades irrefutables. La moral es la que los mueve: el compromiso de establecer el reino de Dios en la tierra.

Ese concepto que fusiona política y religión, hay que subrayarlo, es distinto a la doctrina social cristiana del PAN tradicional, y se parece, si acaso, a su corriente yunquista minoritaria.

Tal vez Andrés Manuel esté en desacuerdo con algunas de las iniciativas de Encuentro Social, pero esas diferencias, si las hay, no serían “de fondo” (los derechos de la comunidad LGBTTI o el de las mujeres para decidir sobre su cuerpo nunca han sido temas prioritarios para él). En donde está de acuerdo es que el quehacer político debe basarse en la existencia de una verdad única, irrefutable y, al menos en el discurso, en valores morales inamovibles. Que esto se contraponga al derecho a opinar diferente o a que las minorías sean escuchadas, es también un hecho sin importancia.

En ese sentido hay, detrás de la nueva visión de AMLO, toda una redefinición del concepto de democracia y del estado de derecho. La democracia proviene del sentido de las decisiones del pueblo, más que de la aplicación de las instituciones colectivas creadas en la pluralidad. El estado de derecho depende de la justicia de las leyes, y quien determina si las leyes son justas es precisamente el líder, que interpreta la voluntad popular e impone los valores inmanentes.

Eso nos explica, de paso, el por qué Andrés Manuel considera que bastará su prédica con el ejemplo para que la corrupción desaparezca en todos los niveles, y por qué –a semejanza del líder del PES y a diferencia de la bancada de Morena– no está preocupado por la aprobación de la Ley de Seguridad Interior.

Para completar el cuadro, una característica de los tres partidos de la coalición “Juntos Haremos Historia” es que están formados más por feligreses que por militantes. Algunos en Morena, acostumbrados a cierta vida partidaria, han tragado con dificultad los sapos de la alianza con el PES, pero lo que prima es la aceptación acrítica de las decisiones del dirigente. Y, como van aprendiendo que lo importante es quedar bien con el líder, eso se traduce en una carrera absurda para ver quién hace la machincuepa retórica más extravagante para justificar lo que para alguien de izquierda sería injustificable. El partido cede su lugar a la Comunidad de la Fe, como sucedió hace tiempo con el PT y, desde su origen, con Encuentro Social.
Si algunos se alejan de la comunidad, no importa. El cálculo es sencillo: hay más evangélicos obedientes al nuevo pastor que izquierdistas capaces de renegar al salvador de la Patria.

Lo más lamentable es que, junto a la feligresía, hay un montón de sacerdotes y sacerdotisas dispuestos a sacar harta raja política, y también económica s y pueblo, entre señoritingos y plebe, entre fifís y recios, entre blancos y mestizos. Digo, para saber.


AMLO, el garrote después de la amnistía

Mal que bien, Andrés Manuel López Obrador sigue dictando la agenda. Lo hizo cuando encabezaba el gobierno capitalino; lo hizo –a ratos– en sus anteriores campañas electorales; lo está volviendo a hacer ahora.

Eso es lo bueno para Andrés Manuel. Lo malo es que lo hace a través de una serie de mensajes que o son contradictorios o son de verdad muy preocupantes. Un ejemplo de ello es su propuesta en materia de seguridad.

Primero fue la idea de que dialogaría con los criminales y ofrecería una amnistía a quienes quisieran regenerarse. Esa idea ha sido criticada, incluso por algunos simpatizantes de Morena (los pocos que no piensan que su líder siempre tiene la razón).

Más allá de las consideraciones morales, que no son pocas, hay tres de carácter estratégico que muestran lo endeble de la posición de AMLO. Una señala que la amnistía se le otorga, normalmente, a las fuerzas derrotadas en una guerra: es una manera de evitar la prolongación de su agonía, y el derramamiento de sangre de todas partes que ello conlleva. No se ofrece una amnistía a quien supone ir ganando, como es el caso de la delincuencia organizada en México. El que algunos capos hayan caído no les quita a los criminales la percepción de que pueden ser más fuertes que las autoridades.

La segunda consideración está íntimamente ligada a la primera. Uno de los problemas centrales de México es la impunidad. Y uno de los enojos populares más grandes con el estado de cosas es precisamente ese. Los criminales se saben impunes, independientemente de la amnistía, y la población ve con malos ojos que haya una prolongación de la impunidad.

La tercera, que puede verse muy claramente en otras naciones, es que, en las zonas que controla la fuerza amnistiada (en este caso, el crimen organizado), el poder político real pasa casi automáticamente a esa fuerza. A veces también pasa el formal, con un pequeño barniz.

El recién nombrado encargado de la seguridad en el gabinete propuesto por AMLO, Alfonso Durazo, ha querido matizar la propuesta de su jefe. Dice que la amnistía se piensa más bien para los campesinos encarcelados por cosechar mariguana o amapola. Quiero suponer que también para narcomenudistas menores. En este caso, surge una pregunta de carácter económico: ¿Qué incentivos tendrán esos campesinos y esos narcomenudistas para no repetir su comportamiento? ¿Se pondrán a cultivar maíz y a trabajar de repartidores de pizzas? De hecho, la liberalización controlada de la cannabis tendría un efecto inmediato, mucho mayor. Pero de eso no habla López Obrador.

Andrés Manuel mismo ya le bajó dos rayitas a la amnistía. Dice que no incluye secuestradores ni violadores. Problema: todo levantón es un secuestro. Que no se pida rescate y se acabe asesinando al secuestrado empeora las cosas, no las dulcifica.

Lo contradictorio (al menos en apariencia) es que el proyecto de seguridad del precandidato único de Morena pasa por una militarización tajante. Su propuesta de una Guardia Nacional, bajo el mando único del Presidente (él), en la que confluyan las Fuerzas Armadas y las policías, se traduciría en una enorme concentración del monopolio estatal de la fuerza en una sola persona.

Bajo esas condiciones, suponer que no va a haber un uso discrecional de esa fuerza es un acto de fe. Podemos creer que Andrés Manuel no actuará así, pero sería sólo nuestro credo: nada nos lo garantiza.

Hay una manera de eliminar las contradicciones. Es suponer que AMLO ofrece una amnistía que no interesa al crimen organizado (o sólo a una parte, que incluye a algunos políticos que estaban ligados al narco, y que son bendecidos por el perdón de López Obrador) y, ante la negativa, reproduce la estrategia de confrontación directa de los anteriores gobiernos; pero ahora, con la “legitimidad” que le da haber ofrecido la amnistía. Continuidad, pero disfrazada.

Para decirlo de otra manera, la propuesta de la Guardia Nacional y el mando único es el garrote malamente escondido detrás de la zanahoria de la amnistía.

Eso lleva el problema de la zanahoria al garrote.

No queda claro cómo se irían a integrar policías y militares. No sabemos si ese proceso requeriría de reformas operativas sencillas o de cambios constitucionales (porque es evidente que la Guardia Nacional que establece la actual Constitución es otra cosa). Lo que sí sabemos es que se pretende una organización vertical, en cuya punta esté el Presidente de la República.

La creación de un cuerpo único para el orden público normalmente trae consigo una suerte de depuración. Esta puede ser de carácter operativo o político. En cualquier caso, si se colocan militares en una cadena jerárquica cuya parte alta –no sólo la formal– sea civil, la corporación ya no obedece a los rigores reglamentarios propios de la concatenación jerárquica, sino a las necesidades, que pueden ser cambiantes, de la jefatura civil. El resultado es un mayor control político, desde arriba, de las estructuras del Estado, a costas de una menor certidumbre respecto al comportamiento de la fuerza del orden.

Es un método que ha sido utilizado en otras partes. En ninguna de ellas por gobiernos democráticos. En todas ellas, hay que decirlo, con buenos resultados en términos de conseguir cierto grado de control sobre la violencia. Eso no significa necesariamente que la violencia disminuya: sólo que está controlada por el Estado, que la hace jugar a su favor. Es una fórmula para gobiernos autoritarios, y ha sido favorita para los de derecha.

Bueno, hay quien todavía cree que Andrés Manuel es progresista.

Si AMLO ha delineado, mal que bien, una estrategia, sólo ha recibido críticas genéricas de parte de sus contendientes. Y todavía no vemos qué dicen, más allá de sus frases de cajón, Meade y Anaya. El primero habla de combate al crimen organizado con las armas actuales y defiende la Ley de Seguridad Interior; suma la frase de que se actuará más y mejor contra el lavado de dinero y ahí se queda. El segundo nos promete una estrategia “inteligente”, pero no nos dice de qué se trata.

Le regalan la agenda. Así sea para proponer cosas que no presagian nada bueno.

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