viernes, marzo 19, 2021

La prensa vs. La Verdad Absoluta

 

Tenemos un problema serio de comunicación cuando el Presidente de la República considera que uno de sus trabajos principales es contrastar la información que presentan los medios con los otros datos que él tiene. Y tenemos un problema de comprensión democrática cuando ese contraste se presenta como una lucha política entre facciones.

El problema se agrava cuando el Presidente considera que la presentación de datos que señalan una fuente específica, normalmente confiable, es parte de una larga campaña en su contra. Y se complica más cuando hace analogías históricas que no toman en cuenta las transformaciones ocurridas en los medios a lo largo de más de un siglo.

Todo esto viene a cuento por los ataques al mensajero: a la información que todos han dado acerca de los hallazgos de la Auditoría Superior de la Federación, en su revisión de la cuenta pública. López Obrador se agarra de que la ASF haya tenido que corregir un cálculo sobre los costos actuales de la cancelación del aeropuerto de Texcoco para despotricar contra los medios que simplemente retomaron la información proveniente de una fuente que suele ser confiable.

AMLO puso en el mismo paquete a quienes adjetivizaron editorialmente y a quienes simplemente informaron. Eso significa que, para él no hay diferencia: si la información no le gusta o no le conviene, es como si fuera una opinión en su contra. No hay aquí distinción entre elementos factuales y puntos de vista.

Nadie conoce la verdad absoluta de las cosas. Es ingenuo imaginarlo. De ahí la importancia de citar las fuentes de información: con ello el periodista honesto admite que no conoce toda la verdad, y que está citando una parte, o una versión. En cambio, el periodismo faccioso hace pasar como verdad absoluta lo que en todo caso es una verdad parcial.

El periodismo faccioso, totalmente partidista, de verdades absolutas y clara definición partidista, era la regla hace un siglo. Es el periodismo que el Presidente imagina como general y, extrañamente, es al que aplaude si es que está de su lado.

Un medio de información, si quiere servir a sus usuarios, no puede ser el órgano de nadie, y mucho menos del gobierno o del jefe de Estado. Debe tomar distancia, y tratar de ser objetivo. Si está comprometido con el bien de la sociedad, debe señalar errores e insuficiencias, al mismo tiempo que celebra los éxitos y promueve los valores nacionales.

De hecho, el propio gobierno de López Obrador ha tomado decisiones y ha realizado algunas correcciones, unas pocas, a partir de señalamientos en la prensa. Las críticas, sobre todo cuando son generalizadas, le han servido para no perder totalmente el rumbo en varias áreas. Pero hay asuntos que parecen anatema para el Presidente: los relacionados con sus tres grandes proyectos de infraestructura, los que tienen qué ver con su política de energía, y tocan a Pemex o a la CFE, los que relatan casos escandalosos de corrupción y, curiosamente, los relacionados con las demandas de las mujeres. Para él, tocarlos es atacarlo.

En el caso del informe de la Auditoría Superior de la Federación, aun revisado el error respecto al costo inicial (que no el definitivo) de la cancelación del NAIM, hay un montón de señalamientos que vale la pena seguir analizando. Los costos de Santa Lucía, el dinero que no aparece en la CONADE, las omisiones en Cultura, los faltantes en Conacyt son sólo algunos de los que ha marcado Crónica. Hay más, en casi todas las áreas de la administración. La diatriba presidencial sirve, entre otras cosas, para minar la credibilidad de la fuente que señaló esos faltantes y omisiones.

Cosas similares se pueden decir frente a la reforma a al Ley de la Industria Eléctrica, donde la instrucción de no cambiar una coma a la iniciativa habla del desdén por el debate parlamentario, o la posibilidad de mejoría de la norma. Es la lógica de El Rey: mi palabra es la Ley.

Y ya no digamos del asunto de las mujeres, donde López Obrador ha hecho un enemigo donde no lo tenía, por su tendencia a poner como adversario, y aliado de la reacción, a quien se atreve a levantar una crítica.

Al no distinguir las críticas sobre hechos, de los ataques políticos y personales, López Obrador perdió la oportunidad para utilizar los señalamientos de los medios para mejorar su gobierno. Prefiere equivocarse él solo y limpiarse de responsabilidades acusando una suerte de guerra sucia informativa en su contra.

Atribuir orígenes y propósitos innobles a quienes señalan deficiencias, o perversa deslealtad a quienes piensan de manera diferente es una forma de autoritarismo, por su incapacidad de reconocer la existencia de distintos puntos de vista y la inexistencia de la verdad absoluta. Su preferencia por los propagandistas lo pone en posición contraria a quienes creen que una sociedad informada funciona mejor que otra, en la que se busca la unanimidad alrededor de la intocable figura de poder. Y se ve muy mal, cuando la principal figura de poder del país sigue siendo el titular del Poder Ejecutivo.

Si todo fuera verse mal, no habría problema. Pero lo dicho por López Obrador nos lo pinta como un nostálgico activo de los tiempos de la sociedad callada, que bailaba al son que le tocara el Presidente.

Escribo esta columna en solidaridad con los periodistas y los medios agredidos desde Palacio Nacional.


miércoles, marzo 17, 2021

Leyendas olímpicas: Olga Korbut



En la gimnasia artística femenina hubo en los años setenta una revolución, un cambio de paradigma. Las mujeres hechas y derechas dieron paso a las adolescentes pequeñitas. Movimientos elegantes y relativamente lentos cedieron el lugar a movimientos gráciles, veloces y atléticos. Pero, sobre todo, a acrobacias temerarias. Eran más rápidas, volaban más alto, tenían más fuerza. Citius, altius, fortius.  Una nueva generación de mujeres se abría paso en el mundo.

Quien mejor representó ese cambio fue Olga Korbut, gimnasta soviética nacida en Bielorrusia, quien fue la reina de los juegos de la XX Olimpiada: la Golondrina de Munich.

Korbut afirma que nació para la gimnasia, que cuando en su clase de primaria preguntaron si alguien quería entrenar, ella brincó como resorte. Muy pronto destacó, ayudada por la combinación de una musculatura fuerte con poco peso y estatura. La chica hacía mucho entrenamiento de fuerza, “para que mis músculos protejan a los huesos”. Nunca tuvo una lesión grave, a pesar de que los entrenamientos implicaban varias caídas.

Llegó a la olimpiada muniquense a los 17 años. Medía 1.49 y pesaba 38 kilos de músculo y fibra. Maravilló a todos con sus actuaciones olvidadas del peligro, su sonrisa natural y sus ejecuciones precisas. Contribuyó a que la Unión Soviética se llevara el oro por equipos, pero falló lamentablemente en la competencia all-around, por una serie de fallas en las barras asimétricas.

Pero el día siguiente sería el de su consagración. Se llevó el oro en los ejercicios a manos libres, con una rutina menos balletística y mucho más arriesgada que las de sus predecesoras, pero que tenía igualmente elementos estéticos suaves. También lo obtuvo en la barra de equilibrio, donde realizó tres saltos inéditos. El salto mortal hacia atrás lleva su nombre. Sin embargo, la rutina más inolvidable fue la que realizó en las barras asimétricas, a una velocidad impresionante y con saltos y giros de grado extremo de dificultad. El más notable fue el Flip Korbut, en el que la gimnasta se para sobre la barra más alta, se lanza en un mortal inverso, como clavadista, retoma la barra, pasa a la inferior y luego de espaldas, se impulsa y toma de nuevo la de arriba.

Los jueces la calificaron con 9.80, lo que daría el oro a la alemana Karin Janz. El público de Munich abucheó el resultado porque lo consideró injustamente bajo. Tras varios minutos de silbatina, los jueces no cedieron y Korbut se tuvo que conformar con la plata. Hay quien opina que se le castigó el atrevimiento excesivo. Hoy muchos consideran que esa rutina, que no ganó el oro, es la mejor que ha habido en la historia de los Juegos Olímpicos. Mejor que la de Nadia Comaneci. Mejor que las de las gimnastas de más de medio siglo después.

El Flip Korbut en las barras asimétricas está prohibido por la Federación de Gimnasia, por considerarlo demasiado peligroso. “Yo simplemente era creativa”, declaró años después la gimnasta.

A partir de esa actuación en Munich, surgió una pasión mundial por la gimnasia femenina, que ahora era más atlética. Miles de niñas querían seguir los pasos y las cabriolas de Olga. Esa pasión alcanzaría la cúspide cuatro años después, en Montreal 76. Korbut llegó lesionada y terminó por ser opacada por una jovencita de 14 años que declaró haber sido inspirada por la soviética. Aún eclipsada por Nadia Comaneci, Olga Korbut consiguió en Montreal otras dos medallas: el oro por equipos y la plata en las barras asimétricas. Al año siguiente se retiró.

Su legado ha sido duradero, porque Olga Korbut tal vez no haya sido la máxima medallista de su tiempo, pero sí fue el máximo estandarte de una revolución triunfante.

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Y aquí, aquella actuación en las asimétricas:






 

miércoles, marzo 10, 2021

Glorias olímpicas: Usain Bolt

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En su apellido llevaba el destino: un relámpago. En su actitud, la combinación de la sonrisa, la relajación y la dedicación profesional, que le permitieron ser querido por millones. Sus resultados olímpicos palidecen sólo ante los atletas legendarios de los antiguos juegos, cuya memoria trasciende milenios. En los mundiales, su palmarés es todavía más rico.

Al niño Usain Bolt siempre le gustaron los deportes. Le encantaba el cricket, pero su sueño era ser futbolista profesional. En la secundaria lo convencieron de que su futuro estaba en el atletismo, en las pruebas de velocidad. El joven alto y de amplia zancada mejoró su técnica y rompió los récords juveniles de su país, famoso por sus sprinters. A los 18 años ya era campeón mundial en esa categoría. Un año antes, había representado a Jamaica en Atenas 2004, pero una lesión le impidió avanzar en su heat.  

Varias universidades de Estados Unidos ofrecieron a Bolt jugosas becas, para que compitiera por ellas, pero el joven prefirió seguir estudiando y entrenando en su país. Superando lesiones (una, en la final de los 100 metros del Campeonato Mundial de 2005) y en una constante tensión con su entrenador, que lo imaginaba más corriendo los 200 y 400 metros porque no arrancaba muy rápido de los bloques, obtuvo su primera medalla mundialista, la plata en los Mundiales de Stuttgart, en 2007. Le ganó uno de los dos grandes rivales que tendría a lo largo de su carrera: el estadunidense Tyson Gay. Jamaica también se llevó platas en los relevos.

Pronto vendría la venganza. En 2008, previo a los Juegos Olímpicos, Bolt rompió el récord mundial de los 100 metros planos, con 9.72 segundos. En Pekín vendría la gloria completa: obtuvo medalla de oro en los 100 metros, con 9.69 segundos. No sólo quebró su propio récord, sino que se dio el lujo de voltear a ver a sus rivales y golpearse el pecho. En los 200 metros fue todavía más dominante: 19.30, rompiendo la marca olímpica y mundial de Michael Johnson. Fue el primer atleta en llevarse esos dos oros clásicos con sendos récords mundiales. Más tarde subiría a lo más alto del podio como parte del relevo jamaiquino del 4 x 100, pero esa medalla se retiraría años después por doping de uno de sus integrantes, Nesta Carter.

Un ingrediente de esas carreras fue la personalidad de Bolt. Su alegría, su forma de saludar a las cámaras y de atender a fanáticos y ayudantes. El zapatófono, las muecas, los bailes. Todo aquello que en los primeros años le sirvió para calmar los nervios, ahora era parte de un espectáculo relajado. La alegría del atletismo.

El siguiente año fue todavía mejor para Bolt. En los Mundiales de Berlín, destrozó sus propios récords, con marcas impresionantes: 9.58 en los 100 metros y 19.19 en los 200. De paso, le calló la boca a Gay, quien dijo que podría ganarle en la carrera reina. Dos años después, en Daegu, fue descalificado en la final por una salida en falso y no tuvo problemas para ganar ampliamente los 200 metros. En ambas justas, Jamaica ganó oro en los relevos. Y Bolt pasó a ser una suerte de rockstar del atletismo.

Para Londres 2012, a su rival Tyson Gay se había unido otro estadunidense, que recién había cumplido una suspensión de cuatro años por dopaje, Justin Gatlin. En los 100 metros, Bolt rompió su propio récord olímpico para llevarse el oro (y Gatlin fue tercero); en los 200, encabezó a los jamaiquinos que coparon el podio. La cereza del pastel fue el oro con récord mundial en el relevo.

Luego vendrían otros dos Campeonatos Mundiales. En ambos, Bolt se hizo del triplete: 100, 200 y relevo. En tres de las cuatro carreras, Gatlin quedó en segundo lugar (y Tyson Gay quedó fuera, suspendido por doping) y esa rivalidad sirvió como aliciente para que Bolt siguiera compitiendo.

Sus últimos Juegos Olímpicos fueron en Río 2016. Allí derrotó a Gatlin en los 100 metros, y se llevó el oro, y también subió a lo más alto en los 200. Se convirtió, así, en el único atleta que ha ganado las dos pruebas máximas de velocidad por tres Juegos Olímpicos consecutivos. Completó la hazaña en la prueba de relevos: hubiera sido un triple-triple para él, de no ser por la descalificación de Carter de 2008. Y todo lo hizo sonriendo, siendo simpático y amigable. Esa, y no las poses amenazantes, era su manera de presumir.

Tras la despedida apoteósica de las olimpiadas, la última participación de Usain Bolt fue en los Mundiales de 2017. Allí obtuvo un bronce en el hectómetro, decidió no correr los 200 y, en la última competencia de su vida, el relevo de 4 x 100, sufrió un tirón a metros de llegar a la meta. Tuvo que ser ayudado por sus compañeros para cruzarla. Fue un momento triste para el atletismo.

Con sus zancadas de casi dos metros y medio, su talento natural, su fuerza y su calidad técnica, Bolt obtuvo 8 medallas olímpicas de oro y ganó 11 de oro, 2 de plata y 1 de bronce en Campeonatos Mundiales. Es la gloria más grande del deporte de Jamaica y uno de sus tesoros nacionales.

Usain Bolt no sólo es el más grande velocista de todos los tiempos. También es quien ha hecho sonreír a millones antes de la prueba, en la prueba y después de la prueba. Y ese es un gran don.

viernes, febrero 26, 2021

Biopics: Una comida con Salinas de Gortari

Una tarde llegó el presidente Carlos Salinas de Gortari a comer a las instalaciones de El Nacional, con el pretexto de ver la remodelación que había hecho Pepe Carreño a las oficinas y parte de la redacción, pero en realidad a departir y hacer migas con el equipo que hacía el periódico.

A la comida hemos de haber asistido una veintena de personas. De ella recuerdo sólo unas cuantas cosas. En primer lugar, que Salinas estuvo amable y articulado, y que realmente nos escuchaba como interlocutores. Era el primer año de su sexenio.

Una cosa que me llamó la atención aquella vez, fue que percibí en Salinas de Gortari una preocupación muy viva acerca de su legitimidad. Incluso pidió, de una manera tangencial y sin usar explícitamente la palabra, sugerencias para poder consolidarla. Creo que no le dimos ni una que fuera útil.

A mí me tenía ubicado por las encuestas que publiqué en Punto y La Jornada, que eran las únicas mexicanas que daban ventaja a Cuauhtémoc Cárdenas en el Distrito Federal. Lo sé porque me preguntó a qué atribuía yo que la victoria de Cuauhtémoc en la capital resultara mucho mayor que lo que indicaban las encuestas, incluida la mía (de hecho, todos fallamos, sólo que los otros por más). Salinas tenía la hipótesis de que los asesinatos de Francisco Xavier Ovando, cercano colaborador de Cárdenas, y de su secretario, Román Gil, ocurridos cuatro días antes de las elecciones, habían tenido qué ver con su propio desplome electoral.

Le respondí que no pensaba que esos crímenes hubieran influido mucho, porque no es que la población hubiera estado tan informada.

Hizo un gesto de extrañeza, con el que me dio la impresión de que en verdad creía que eso había sido un acto decisivo (y que, por tanto, pensaba que el asesinato de los cardenistas era parte de un complot), y me preguntó:

-¿Entonces?

-Hay tres elementos -le dije-: en primer lugar, la tendencia respecto a las semanas anteriores era clara: usted iba a la baja y Cárdenas, al alza; luego me parece que el acto final de campaña fue contraproducente, usted sabe (me refería a los acarreados) y finalmente, en las colonias marginales, los encuestados no respondieron con la verdad.

Salinas hizo una mueca un tanto incrédula:

-Me está diciendo que mintieron.

-Pues en mi encuesta usted perdía fuerte en las colonias populares, pero ganaba en las muy marginadas. Mi hipótesis es que una parte de esa gente dijo que iba a votar por usted y se quedó en su casa.

El presidente Salinas medio asintió, y de inmediato cambió el tema de la conversación.

lunes, febrero 22, 2021

Las vacunas y el horizonte luminoso

 Aquí, otro bloque de tres textos.
Ahora, sobre la política de vacunación y anexas.


De vacunas, pandemia y engrudos hechos bola

Al tema de la pandemia que nos azota le salen cada vez más aristas. Y mientras más aristas salen, más bolas se le hacen al engrudo que ha preparado el gobierno.

Por una parte, tenemos el recrudecimiento de contagios y defunciones, que hicieron del ligero descenso otoñal un espejismo, y han puesto en evidencia dos cosas: que la medición de las camas disponibles sirve de poco, por más que se agreguen, cuando el sistema de salud está efectivamente colapsado en varias partes del país y que el método de semáforos se está convirtiendo en un asunto de ornato.

Si mueren más de mil personas al día, hay escasez y especulación con el oxígeno y, por más que haya reconversión de hospitales, ya no queda espacio, es que la situación está fuera de control. Los cálculos estuvieron mal desde el principio, cuando se corrigieron siguieron estando mal y ya no hay manera de volver a corregir.

Hay muchas maneras de ser ineficientes. Una de ellas es no prever. Cuando no hay previsión, sale caro, porque cuesta mucho más reparar que dar mantenimiento. Esto vale para la provisión de oxígeno, de personal, de medidas de prevención (y de paso para el Metro capitalino).

Pero sobre todo vale para la provisión económica. De ahí el problema de los semáforos. Cuando hay varias entidades en un rojo intenso, con los indicadores al máximo, la presión es para que las actividades económicas se normalicen lo más posible. ¿Por qué? Porque nunca hubo un programa que permitiera sobrevivir a empresas y trabajadores, y cada quien se ha tenido que rascar con sus uñas. De ahí el círculo vicioso que multiplica contagios sin evitar quiebras. Sin impedir que pedazos de la vida desaparezcan definitivamente. De ahí, también, que los semáforos se hayan convertido en indicadores aproximados, no en políticas públicas.

La falta de apoyos a trabajadores y empresas sólo tiene una explicación, y es política. López Obrador no quiso tocar sus tres proyectos insignia y tampoco quiso incurrir, como el resto de las naciones del mundo, en un déficit fiscal, porque implicaría deuda. El único país que ha dado por la pandemia menos apoyos económicos que México a su población es Uganda.

Esa misma actitud política es la que explica otras dos grandes bolas en el engrudo: una es la imposibilidad de no politizar el manejo de las vacunas y otra, la necesidad de mantener ese asunto entre la opacidad y la incertidumbre.

Dice el presidente López Obrador que sería ruin utilizar políticamente las vacunas contra el COVID. Pero nos encontramos con muchas cosas que nos dicen que está sucediendo exactamente lo contrario. Van tres ejemplos:

Uno es la utilización de los Servidores de la Nación como elemento central en las brigadas de vacunación, y ligar la entrega de apoyos sociales del gobierno con el proceso de inoculación a adultos mayores. La vacuna como generoso regalo del Señor Presidente.

Otro, igual de burdo, es la utilización del proceso de vacunación como instrumento electoral de parte de Morena. Así son los promocionales partidistas en los que aparece el logo del partido en el gobierno junto con imágenes de la fabricación de vacunas, que encima tienen el descaro de anunciar que se trata de “tiempos cedidos por Morena al cuidado de la salud”, cuando el partido no cedió sus tiempos de radio y TV. También hay carteles en los que, con el logo morenista, se presume que somos el país de América Latina que más vacunas ha aplicado (cierto en números absolutos, falso en relación al total de la población).

Finalmente, y ya para colmo, están las decisiones presidenciales de pasar por encima de los protocolos de vacunación reconocidos internacionalmente y -contra toda lógica de control de la pandemia- priorizar el único estado que está en semáforo verde, Campeche, para vacunar, no a los ancianos o a todo el personal de salud, sino a los maestros, para volver a las clases presenciales. La idea detrás de esto: dar la impresión de que se vuelve paulatinamente a la normalidad, aunque así se retrase en los hechos ese regreso.

La politización también explica la opacidad. Reservar por cinco años la información acerca de la compra de vacunas levanta sospechas naturales. Más aún cuando otras naciones han hecho explícitos tanto los montos de compra como los precios de adquisición.

Sabemos que México apartó con varios proveedores una cantidad de vacunas suficiente para proteger a toda la población. ¿Sabemos cuánto ha pagado de esas vacunas y cuándo lo hizo? ¿En qué lugar estamos de la prelación para la entrega de los activos biológicos?  ¿Cuáles son las características de los distintos convenios? La sociedad debería tener derecho a saberlo, pero el gobierno dice el trato con las farmacéuticas fue no revelarlo, y ese derecho no puede ser ejercido.

Finalmente, está el tema de la compra de vacunas de parte de gobiernos estatales o particulares. Primero se dijo que no, y luego que sí. Pero para que suceda lo segundo tienen que suceder muchas cosas: que la autorización de Cofepris para las vacunas sea no sólo para uso de emergencia, que las farmacéuticas acepten vender a gobiernos estatales o a privados y que haya disponibilidad para ello, tras la entrega a los gobiernos que ya pagaron. Es como el son de la Negra: “a todos diles que sí, pero no les digas cuando”.

Uno casi podría apostar que esas vacunas estarán disponibles, pero sólo a partir de la segunda mitad del año. Uno también podría pensar mal.

El problema para López Obrador -y el drama o la tragedia para el país- es que, en estos meses que vienen, la vacunación probablemente será desordenada, ineficaz y con las prioridades sociales chuecas. Eso también tiene otro tipo de costos.



Las vacunas y el horizonte luminoso

Decía el chiste: - ¿Qué es el comunismo?

- Es el horizonte luminoso de la humanidad

- ¿Y qué es el horizonte?

- Es una línea imaginaria que se aleja en la medida en que te acercas. 

Algo parecido está pasando con las vacunas contra el COVID en México. Las vacunas están en el horizonte, pero pasan los días y parecen cada vez más lejanas. Al mismo tiempo, las acciones de comunicación del gobierno generan la percepción de que las vacunas están por llegar, de que hay esperanza. El registro de adultos mayores es parte de esa estrategia: la ficha ya está, es cuestión nada más de esperar.

Aquí la clave es el rayito de esperanza. La idea de que el futuro luminoso está por llegar, aunque no lo haga. Es la lógica de la campaña electoral permanente: prometo que lo que vendrá será bueno, es cuestión de que tengan fe y voten por mi partido. No importa que esté en el gobierno. El presente, con sus malas decisiones, sus carencias y sus horrores, queda detrás: hay que poner atención en el futuro que se asoma. Ya se ve una lucecita al final del túnel.

Por lo mismo, siempre hay que apretar el pulsante del optimismo. La pandemia se extinguirá, la economía volverá a crecer, la corrupción será definitivamente desterrada. No importa que lo que veamos al momento indique lo contrario. Mucho menos, que las políticas públicas ayuden en poco o nada a ese optimismo.

Esa narrativa es parte esencial de la nueva forma de gobernar. La otra parte es la descalificación de la crítica y la polarización: quien critica es porque está del lado de quienes gobernaron como una casta de mandarines y menospreciaron al pueblo.

Así, el debate que se pretende desde el gobierno no es sobre el presente, sus problemas, sus retos, sus dramas y sus tragedias; no es sobre las opciones para mejorar ese presente, sino sobre el enfrentamiento mítico entre el pasado rechazado por las mayorías y el futuro promisorio.

Pero hay una tensión natural cuando el presente es de crisis sanitaria y económica. La gente quiere salir, tener trabajo y mantener cierta seguridad sobre su salud. Y eso no existe. No existirá hasta que haya una vacunación masiva.

Por lo mismo, no basta con agitar el fantasma del pasado al que no se querría volver. Y más que el combate a la corrupción y sus personajes emblemáticos, más que la economía, más que el manejo mismo de la pandemia, el tema de la vacunación toma el centro de la vida política nacional.

El gobierno tiene tiempo suficiente como para llevar a cabo una política de vacunación exitosa, que genere la percepción de que efectivamente hemos dejado atrás una pesadilla colectiva. Eso le bastará para volver a poner los acentos sobre el pasado y el futuro, y mantener rumbo y poder.

Toda estrategia de vacunación es política, porque es social y porque suele obedecer a razones de Estado. Pero existe el riesgo de que en esta ocasión se sobrepolitice. O, por decirlo de otra forma, se partidice, con una utilización electoral burda, que ponga en segundo plano la eficiencia en la distribución y la eficacia en los efectos para el control de la pandemia.

El problema es que, si sucede así, habrá fungido como búmerang político. Habrá demostrado que siempre se pueden hacer las cosas peor y que se puede hacer un uso extremamente ineficiente de los recursos escasos. Y todo el asunto habrá salido muy caro para la sociedad.

Está claro, en este ambiente sobrepolitizado, que también la oposición usará el tema de las vacunas en campaña, subrayando insuficiencias y distorsiones. El éxito que tenga dependerá de los resultados presentes en la vacunación, no de una formación de expectativas que, en este caso, no puede estirarse hasta el infinito.

En ese sentido, lo que conviene al gobierno es una estrategia de vacunación alejada de propósitos partidistas, capaz de usar piezas de la sociedad civil y abierta a la información clara y precisa. Entonces la vacuna pasará de ser una esperanza a una realidad para millones de mexicanos. En otras palabras: le conviene actuar pensando en el hoy y en el futuro inmediato.

La desgracia es que aquí el jefe del Ejecutivo piensa demasiado en el futuro remoto, en ese horizonte luminoso, en la esperanza etérea. Y, con ello, pasan a segundo término los efectos inmediatos de los actos -o las inacciones- de gobierno sobre la vida irrepetible de los mexicanos de hoy.

Me recuerda a Keynes en su crítica al hombre “intencionado”, al moralista virtuoso que “siempre trata de asegurar una inmortalidad espuria y engañosa, empujando el interés de sus acciones hacia adelante en el tiempo”. Es el tipo de gente para la que “mermelada no es mermelada si no es para mañana, nunca lo es para hoy” y de esa manera se asegura nunca estar preparando esa mermelada, que nadie jamás habrá de paladear.



Voluntarismo

Una parte de la cultura mexicana abreva del voluntarismo, de la idea de que echándole ganas todo se puede. Lo vemos por igual en el análisis popular de los partidos de futbol que en la idea común de que, si en realidad lo deseas, puedes triunfar en aquello que te propongas.

El voluntarismo igual ha servido para promover actitudes positivas de libro de autoayuda que para justificar desigualdades de base. A la hora del crecimiento (económico, mental, político) es de poca utilidad, porque, al dar preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento, resta importancia a las condiciones objetivas. Por eso luego la gente se da frentazos.

El voluntarismo es una suerte de irracionalismo optimista: funda sus previsiones en el deseo, dejando en segundo lugar la posibilidad real de que esas previsiones se puedan cumplir. Al mismo tiempo, desarrolla argumentos falaces para llegar al resultado deseado.

En política, apelar a la voluntad de las masas como elemento fundamental del cambio, sin considerar la situación real en la que se desarrollan, ha traído resultados nefastos. Hay en él un exceso de confianza en la capacidad autónoma del pueblo para hacer bien las cosas y una falta de visión de los obstáculos que enfrenta en el proceso. Esa falta de visión resulta del deseo mismo de que las cosas salgan bien, convertido en una suerte de profecía (que no se cumple). Así pasó con El Gran Salto Adelante en China o con La Zafra de los Diez Millones, en Cuba.

Hay ocasiones en las que el voluntarismo se asume a partir de la voluntad del líder, que toma decisiones de política pública sin el sustento de la ciencia o de la técnica organizacional: lo que importa es el futuro que ese líder prevé y él es quien sabe el camino (y si no lo sabe, hace camino al andar).

Podemos asumir que en el voluntarismo hay buena voluntad. Buenas intenciones. Que lo que se quiere es la mejoría de las condiciones de la población. Pero esas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, si no se apoyan en las leyes objetivas del desarrollo, en los avances de la ciencia, en el conocimiento de los métodos. Si no se apoyan en las habilidades de otros.

La voluntad, como propiedad y aptitud, es indispensable para que los objetivos planeados se consigan. Pero no basta. Requiere obligatoriamente del concurso de otras capacidades. Y, sobre todo, de una dosis de realismo.

Si somos materialistas, entendemos que la voluntad no determina el curso de la historia y el devenir de las cosas. Lo determinan leyes objetivas: sociales y naturales, que no se pueden crear, abolir o transformar a voluntad. Las versiones idealistas, que piensan que una personalidad o un grupo pueden hacer las cosas de cabo a rabo sólo porque tienen ganas o buenas intenciones de hacerlo, terminan estrellándose contra un muro (pero la visión voluntarista dirá que ese muro no existió, o que será derribado en un futuro indeterminado).    

Todo esto viene al caso por el proceso de vacunación masiva, que ya inició en todo el país para los adultos mayores. La intención manifiesta es realizarla tomando en cuenta, más que el nivel de contagios y muertes, las posibilidades de acceder a hospitales, farmacias y servicios de salud: ir en pos de quienes tienen ese tipo de vulnerabilidad social. El método escogido es el de desechar casi por completo las experiencias anteriores -no importa qué tan exitosas hayan sido- y apostar por brigadas mixtas, que van a ir aprendiendo sobre la marcha en la medida en que se despliegan por el territorio.

Las brigadas sin duda le echarán ganas. Corazón. Voluntad tenaz. Pero -se ha visto el primer día de manera dramática- van a toparse con un sinfín de problemas logísticos, estratégicos, de distribución y de organización. También se toparán con no pocos obstáculos políticos, humanos y técnicos.

Tardarán tiempo en resolver esos problemas, si es que lo logran. Porque se les ha encomendado una tarea para la que no estaban programadas y se ha creído que, echándole ganas, van a poder hacerla tan bien como las de las Semanas Nacionales de Vacunación de la época neoliberal.

A final de cuentas, es seguro que, como dice López Obrador, “de que se va a vacunar a la gente, se va a vacunar”. Las vacunas llegarán, en desorden y sin claridad sobre tiempos, cantidades y costos; también terminarán aplicándose, y el proceso se hará, previsiblemente, de manera cada vez menos caótica.

De entrada, podemos adelantar que los retrasos de entrega y los problemas logísticos seguirán siendo, al menos por un tiempo, el pan de cada día. Pero sólo hasta dentro de unos meses podremos sacar cuentas y saldos finales de este experimento.

El voluntarismo, recordémoslo, es una forma de aventurerismo político. En esta ocasión, la aventura se juega sobre la salud y la vida de millones de mexicanos. 

miércoles, febrero 10, 2021

Biopics: La separación

 

En aquel verano de 1989 Patricia y yo decidimos separarnos. Ya no nos aguantábamos. Pero había una diferencia importante: Patricia pensaba que la separación sería temporal y que yo regresaría con la cola entre las patas, y yo, si bien no estaba totalmente seguro conscientemente, sabía en el fondo de mi corazón que la separación sería definitiva.

Mi amigo Eduardo Mapes me ofreció su departamento en la colonia Roma. Él había ido a cuidar a su madre a Satélite, pero desgraciadamente contrajo tifoidea, lo que lo postró y lo mantuvo allí por unos meses. Una tarde, la del 15 de agosto, hice mis maletas, me llevé la compu, me despedí de Patricia y de los niños y recalé en ese departamento en la calle de Tepic. Los niños irían la siguiente semana a un campamento de verano de futbol: el del Pata Bendita, que le había gustado mucho a Rayo y que sería la primera vez para Camilo.

En realidad, con la vida ajetreada y los mil trabajos, estaba yo poco en casa de Mapes.  Dormí en la segunda recámara y cociné muy poco. A veces comía en un restorancito japonés cerca de ahí, donde eran meticulosa, obsesivamente limpios; otras, en una fonda que tenía la buena característica de darte la opción de una copita de vermouth en vez de postre, pero normalmente lo hacía cerca del periódico. Solía llegar extenuado a eso de la una de la mañana y ponerme a jugar Pengo, el videojuego, o a leer (a Bertrand Russell y a Cesare Pavese, recuerdo).

Una noche fui a visitar a mi amigo Fallo Cordera, para conversar con él sobre mi circunstancia. Le platiqué acerca de Taide y lo bien que me sentía con ella. Fallo escuchó con atención y, entre otras cosas, luego me dijo: “Escúchate, Pancho. Escucha cómo dices que te sientes a toda madre con ella. Escucha ese énfasis: A Toda Madre. No es un a toda madre así normal: es un  A Toda Madre. Eso debería decírtelo todo”.  

Llegaron los niños del campamento y me tocaban los sábados, que era mi único día libre. Un día, al recogerlos, Patricia me pidió que si por favor no le traía yo algo de mi perfume Armani que había comprado en Italia, porque una amiga suya lo quería clonar -a mí los perfumes me suelen durar años, porque los uso poco-. Se me hizo raro. Al frasquito con perfume le eché un poquito de brandy, nada más por juguetón. A la semana siguiente, me lo devolvió y entonces me cayó el veinte: había llevado ese perfume adulterado a que le hicieran un amarre mágico. De regreso a casa de Mapes, metí el frasco en una bolsita y lo estrellé en el bajopuente de Viaducto Río Becerra.

A veces, si tenía tiempo, en el camino de la UNAM al periódico recogía a Camilo del kínder y lo llevaba a su casa. Así estaba con él aunque sea un ratito más. Una de esas ocasiones me encontré que estaban de visita los que todavía eran mis suegros. Doña Nettie me preguntó si me iba a quedar a comer y le dije que no, que iba a trabajar. Se me hizo raro. Al sábado siguiente, fui por los niños para ir a Pumitas y dar el rol y, de regreso, que me agarran los suegros y me preguntan si me había separado de Patricia. Les dije que llevábamos varias semanas. Resulta que ella les había dicho que yo salía tempranísimo a trabajar y llegaba de madrugada, y que por eso no me habían visto.

La cosa iba a estar más difícil de lo que yo imaginaba.   

 

 

sábado, enero 23, 2021

Pandemia: desastre y desconcierto

Van tres textos pandémicos, publicados en Crónica.



Pandemia: desastre y desconcierto

Hay números redondos que ni qué. Aunque a algunos no les guste recordarlo, México llegó a más de un millón de contagios comprobados y a más de cien mil muertes por COVID-19. Lo hace en medio de una segunda ola de la pandemia a nivel mundial y en condiciones de evidente cansancio social. Es buen momento para hacer un balance.

Lo menos que se puede decir es que el actual escenario era inimaginable en marzo, cuando empezó la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia. El desastre ha superado las previsiones.

Estoy seguro de que, aunque los datos fueran menos dramáticos, el gobierno habría sufrido un aluvión de críticas por el manejo de la pandemia. También que, salvo notables excepciones al otro lado del mundo, diferentes estrategias han tenido resultados igualmente pobres en lo sanitario, aunque dudo que haya habido una menos imaginativa y medrosa en lo económico.

Si, en un comparativo mundial, vemos los resultados hasta el momento, la estrategia mexicana en lo sanitario no ha destacado como particularmente mala, pero está entre las menos exitosas. México aparece en el lugar 12 en la medición por países de muertes por millón de habitantes, con 785; sus niveles son altos, similares a los de algunas naciones latinoamericanas de parecido nivel de desarrollo. En cualquier caso, está muy lejos de ser un ejemplo, tal y como ha presumido, en diferentes circunstancias, el presidente López Obrador. En donde creo que, desgraciadamente, estamos entre los peores lugares, es en la reacción del gobierno ante esos resultados y su insistencia en no cambiar el rumbo, a pesar de que las evidencias que se acumulan.

Cuando inició la pandemia en México, las autoridades optaron por el sistema “Centinela”, que captaba una muestra de las personas que llegaban a las clínicas con síntomas y, a partir de ello, generar una visión general de lo que estaba sucediendo. Pronto se vio que ese sistema de vigilancia epidemiológica había sido rebasado por el tamaño del fenómeno, y se abandonó. Pero no se sabe por qué haya sido sustituido.

El sistema “Centinela” preveía que se podían detectar los focos de contagio con un número muy limitado de pruebas de detección de la enfermedad. Cuando quedó rebasado, no hubo un cambio en la política de pruebas (no quiero pensar, pero sospecho que es por razones presupuestarias). Esto ha dificultado severamente que se conozca a las personas con infección activa; por lo tanto, que se pueda hacer un trazado y monitoreo de sus contactos y que se pueda hacer un confinamiento selectivo.

Los países que mejor han atacado la pandemia han puesto el énfasis en el seguimiento de las personas que resultaron positivas a COVID y de los contactos que tuvieron con anterioridad. No ha sido la lógica de pruebas masivas a mansalva, pero tampoco la del cuentachiles.

Una parte importante del problema ha sido la estrategia de comunicación, en la que ha habido contradicciones desde el principio, con la renuencia de López Obrador a aceptar el tamaño del problema. En la medida en que el asunto se politizó -y no podía ser de otra manera cuando de lo que se trata es de polarizar- estas contradicciones fueron en aumento.

Así, pasamos del “abrácense” a la “sana distancia” a un “quédate en casa” que incluía a las personas con síntomas de COVID que no fueran parte de la población de riesgo, y que provocó que demasiada gente llegara tarde al hospital. A un confinamiento en el que no hubo sustitución de ingreso para que los trabajadores lo lograran. A arreglos menores, con miedo a quedar mal con ya saben quién. A un cambio en el énfasis: los contagios pasaron a segundo plano y lo importante fue la disponibilidad de camas hospitalarias (no hablamos de que estuvieran atendidas por personal especializado). Que muchos murieran antes siquiera de ser intubados era lo de menos.

Al mismo tiempo, el flujo de los datos se reveló tardío. La población se entera con semanas de retraso de la situación, y esto tiene efectos en el comportamiento social. Si a eso le sumamos los pleitos entre las autoridades federales y algunos gobernadores, lo que resulta es un desconcierto, en los dos sentidos de la palabra.

Está también el tema del cubrebocas, que el Presidente considera anatema por la sencilla razón de que se promovió en el gobierno de Calderón, durante la epidemia de influenza H1N1, y en el que pocos han querido llevarle la contra. Es con meses de retraso que esa práctica, que ayuda a disminuir el número y la letalidad de los casos, se promueve de manera abierta. Un absurdo. Si algo parecido sucede con las vacunas, sería delirante.

La gestión de la pandemia todavía tiene puntos de arreglo. Uno de ellos es hacer, de manera amplia y generalizada, lo que se está haciendo de manera limitada en la Ciudad de México: un aumento de pruebas y una política de rastreo, para monitorear y prevenir.

Sabemos que un mayor número de pruebas implicará una multiplicación de los casos positivos, pero la atención mayor del público ya no está ahí, sino en los fallecimientos. De paso serviría, en términos de imagen, para reducir la inflada tasa de mortalidad que trae el país.

Otra cosa es hacer obligatorio, como sucede en varios estados, el uso del cubrebocas. Es algo que ha dado frutos en muchos países, sean democráticos o totalitarios. A estas alturas sabemos que no es la panacea, pero es lo que hay.

Lo que no podemos hacer es negar la realidad, escudarnos en las fobias personales del Señor Presidente y ver un problema de salubridad pública como un asunto político, de bandos. Decir que todo va bien es la mejor manera de asegurar que todo siga mal


Economía y semáforo rojo

El presidente López Obrador cree, quien sabe por qué magias, que la economía mexicana llegará en pocos meses a los niveles de producción y empleo que tenía antes de la pandemia. Los datos indican que eso no será hasta 2024 o 2025… siempre y cuando no haya otro frenón derivado de una situación de emergencia mundial.

¿Por qué tanto tiempo? En primer lugar, porque en el cierre económico de esta primavera se perdieron de manera absoluta 12 millones de empleos, y la recuperación de los mismos va a ser paulatina.

¿Por qué será paulatina? Porque muchas empresas, sobre todo pequeñas y medianas, cerraron definitivamente y otras redujeron a su personal. El proceso de re creación de empresas y de recontratación en aquellas que disminuyeron su tamaño no es en automático, sino que depende de cómo se vaya desarrollando la demanda por los bienes y servicios que producen, y también de cómo puedan las personas ir juntando su capital.

Como casi no hubo apoyos del gobierno a los trabajadores que dejaron de producir durante el cierre y tampoco existe un seguro de desempleo digno de ese nombre, el consumo de los hogares se ha desplomado y varias pequeñas empresas perdieron totalmente su capital. Los apoyos sociales que han sido bandera del gobierno federal son insuficientes, por mucho, para resarcir esas pérdidas en la demanda de bienes y servicios. Y los estímulos de política monetaria, a través de la baja en las tasas de interés, sí sirven, pero sólo funcionan en la medida en que haya inversiones rentables a la vista. Para que las haya se necesita demanda. Y también condiciones institucionales. Hay muy poco de las dos.

Por eso, los recientes datos sobre el comportamiento de la economía no sorprenden. Tenemos una reactivación en el tercer trimestre del año, pero menor a la que hubiera sucedido con un rebote natural: la economía mexicana cayó 17% en el segundo trimestre y recuperó 12.5% en el tercero. Con esas cifras, 2020 apunta para una caída de 8.6% en el Producto Interno Bruto (de hecho, sólo una improbable recuperación superior al 20% hubiera evitado los números negativos).

Pero hay otros elementos, que nos hablan de los límites de la recuperación económica. Si atendemos a las cifras de comercio exterior, encontraremos que las exportaciones no petroleras ya están en los niveles anteriores a la pandemia. Es el único sector en el que se ve clara mejoría. En cambio, las importaciones, tanto de bienes de capital como de bienes de consumo, siguen hundidas.

Eso significa tres cosas. Una, que en contra de lo que se pronosticaba hace dos años, el modelo económico sigue dependiendo de la dinámica del sector exportador y, por lo tanto, de la demanda externa. Otra, que tanto el consumo como la inversión nacional se están apachurrando, arrastradas por el bajo nivel de gasto público, la inexistencia de apoyos sociales productivos y la escasez de decisiones de inversión, dado el entorno económico y político. La tercera es que, en esas circunstancias, tener un superávit en la balanza comercial es lo de menos.

Además, todo ello es indicador de un asunto que debería preocupar a quienes, desde el gobierno federal, apuestan a una mejor distribución del ingreso y de las oportunidades. Las unidades económicas de exportación, que es la parte de la economía que está funcionando, se concentran geográficamente en las zonas más ricas del país -el norte y las grandes metrópolis-, mientras que las regiones más pobres suelen estar estrictamente dirigidas al mercado interno, que es el que tiene la demanda desplomada. Dejar las cosas a su dinámica se traducirá en una mayor desigualdad regional y social.

Para completar el panorama, tenemos una inflación general bajo control -no podía ser menos en una situación de recesión prolongada-, pero si bien la tasa a precios absolutos sube poco, está habiendo un cambio en los precios relativos. Los bienes necesarios, y en particular los de la canasta alimentaria, están subiendo más rápidamente que los otros. Y hay un bien cuyo precio ha tenido un desplome: el trabajo. Las remuneraciones medias están a la baja en casi todos los sectores (en parte debido al aumento del trabajo a tiempo parcial). En esta crisis el capital ha perdido, pero el trabajo ha perdido más.

Y como en el gobierno creen que todo va bien, seguirá la misma política económica de austeridad que lo único que logrará es que todos pierdan, menos uno de los sectores que ya estaba ganando y que no regresemos a donde estábamos hasta el final del sexenio.

El presidente López Obrador ha demostrado una y otra vez que el manejo de la economía no es lo suyo. Lo suyo es el olfato político. Y es con éste, no con ninguna agarradera basada en hechos, que pronostica la rápida vuelta a las condiciones económicas anteriores a la pandemia. En términos políticos no importa que ese regreso no vaya a pasar; lo que importa es que su popularidad se cayó con el cierre económico de primavera y se recuperó parcialmente con el retorno a las actividades. Si se mantiene la esperanza de mejoría económica, así sea vana, también se mantienen las condiciones para mantener la mayoría política. Ahí está el detalle.

Nada más por eso, independientemente de cómo se comporte la pandemia, va a estar muy difícil regresar al semáforo rojo. Aunque la OMS regañe al gobierno de México.



La simulación cuesta

Durante la pandemia, poblaciones, empresas y gobiernos han tenido que caminar en la cuerda floja, atrapados entre la espalda y la pared con los problemas de salud y los de freno económico. A lo largo del año, ha quedado claro que, si bien se trata de un problema insoluble, hay decisiones peores que otras. Y que la peor decisión de todas es jugar a la simulación.

Los confinamientos prolongados son impopulares por los costos psicológicos, pero, sobre todo, porque al parar las economías casi por completo, traen una cola de desempleo y quiebras. Su justificación sanitaria -el que reducen la propagación del virus- funcionó sólo cuando hubo disciplina social. En casi todos los países de Occidente llegó el momento en que esa disciplina se relajó. En algunos, nunca la hubo.

Está claro que esa disciplina social sólo puede darse si existe el colchón económico suficiente para aguantarla. De ahí que casi todos los países del mundo hayan destinado una importante proporción del PIB en apoyos de diverso tipo, dirigidos ya sea a los trabajadores que se quedaron sin ingreso, ya a las empresas que los contrataron y que los despedirían.

En México hubo una decisión política: no dar un apoyo amplio ni a los trabajadores ni a las empresas. México es el peor país en apoyo presupuestal a la población en América Latina por la emergencia de COVID.

Detrás de esa decisión había dos creencias y dos certezas. La creencia principal, que es un mito neoliberal, es que es obligatorio mantener el superávit primario en el presupuesto público (ligado a ella, la decisión fetichista de no contratar más deuda). La segunda creencia, también errada, es que lo mejor es tratar de evitar las pérdidas en el corto plazo (y, pensando en el turismo, que de todos modos está golpeadísimo, nunca se cerraron fronteras).

Las dos certezas son que una parte de la población -particularmente, la ocupada en la economía informal- saldría a trabajar de todos modos, para completar su gasto; y que, cualquier tipo de rescate hubiera sido aprovechado ventajosamente por las empresas, a quienes se ve como entes voraces, no como proyectos productivos y de servicios.

Con el argumento de que no se iba a rescatar a las empresas, tampoco se hizo con quienes trabajaban en ellas. Se simuló proteger a los pobres de los abusos de los ricos. Pero resultó en lo contrario.

El problema es que, en el camino, se multiplicó la pobreza en el país. En el primer trimestre del año la población en pobreza laboral era 35.7% del total; en el tercer trimestre era 44.5%. Para colmo, la apertura económica a medias que hemos vivido desde el fin del primer confinamiento contribuyó a que la pandemia continuara, a que la famosa curva nunca terminara de aplanarse y a que las presiones sobre la capacidad del sector salud se prolongaran en el tiempo.

Así, llegamos a principios de diciembre a la peor combinación posible. Una economía con una recuperación débil después de una caída muy fuerte, con la perspectiva de que el repunte estacional de ventas de fin de año salvara empresas y empleo, y simultáneamente, una situación hospitalaria que se acercaba peligrosamente a sus límites.

A esta combinación se agrega otra, de carácter político. El presidente López Obrador se ha pasado el año entero minimizando la pandemia, asegurando que ya vamos de salida (la famosa luz al final del túnel), ha insistido en no usar cubrebocas y ha buscado que se hable de otra cosa. Al mismo tiempo, la aprobación presidencial medida en encuestas acusó una notable baja cuando la economía se cerró y una recuperación cuando se abrió. En esas circunstancias, cualquier decisión de reconfinamiento tiene un costo político doble: por un lado, se acepta que los avances en el control de la pandemia no son tales, y por el otro, se corre el riesgo de una nueva caída en la aprobación presidencial.

¿Qué fue lo que sucedió? Que se apostó por la simulación.

La posposición del paso de semáforo naranja a semáforo rojo en la Zona Metropolitana del Valle de México sólo se puede explicar por la negativa a aceptar una realidad que ya estaba encima. Por la pretensión -que se mostró vana- de que se podía posponer la decisión hasta la última semana del año, que de todos modos está semimuerta en términos económicos.

De nada valieron, en el camino, los desesperados eufemismos de “naranja con alerta máxima” y similares. Sin apoyos económicos y sin medidas categóricas, era imposible que la mayoría de la gente se quedara en casa.

El resultado fue que cuando se llegó a lo que se tenía llegar, los hospitales ya estaban al borde, hay escasez hasta de ambulancias, tendremos que salir más tarde del semáforo rojo y el costo va a ser mayor, tanto en vidas como en lo económico.

Para terminar de pintar las cosas color de hormiga, resulta que el semáforo rojo es acatado obligatoriamente por empresas y comercios de la economía formal, pero locatarios de comercios informales no acatan las medidas, los marchantes siguen afuera y no hay manera de hacer que unos y otros cumplan la normativa. Todos pensando en el salvar el corto plazo, y en el futuro, Dios dirá.

En otras palabras, también en la aplicación misma del semáforo rojo todo queda en una simulación. Hacemos como que hay confinamiento, pero no es cierto. Saldrá muy caro.