miércoles, marzo 24, 2021

Glorias olímpicas: Guo JingJing


Se le llamó, con toda razón, “La Princesa de los Clavados”. Su rostro llenó las planas deportivas y los anuncios espectaculares de su país. También era la comidilla en las notas de la “prensa rosa”. Pero cuando más exitosa era, fue forzada a tomar una decisión. O, como son las cosas en China, a simular que la tomaba, porque otros lo habían hecho por ella. Es la historia de Guo JingJing, una de las atletas más exitosas del gigante oriental.

Inició la práctica de los clavados a los 6 años y era tan buena que a los 14 ya competía de tú a tú con la supercampeona Fu Mingxia, y fue elegida para acompañarla a los juegos de Atlanta 96. Pasó tranquilamente a la final de trampolín, en segundo lugar, pero -a diferencia de lo que dice el estereotipo- la joven china falló lamentablemente en varios clavados y se quedó sin medallas.

Para Sydney 2000, Guo obtuvo la plata, sólo detrás de Fu. Era el mismo resultado que en los Mundiales recientes de Perth. Y en sincronizados, a pesar de que las chinas eran las favoritas y dieron una muy buena exhibición, fueron superadas por unas rusas que venían inspiradas.

El dominio absoluto comenzaría el año siguiente. En el periodo entre juegos olímpicos, Guo se hizo de cuatro medallas de oro mundiales. Era invencible en el trampolín. Eso se confirmaría en Atenas 2004, cuando deshizo a toda competencia en el trampolín individual y, ahora junto con Wu Minxia, cobró venganza de las rusas y le dio el oro a China. Lo hizo, además, enseñando una sonrisa que contrastaba con la seriedad casi marcial de varios de sus compañeros.

A partir de entonces, Guo JingJing se convirtió en la atleta consentida de su país, que tiene en mucho aprecio social y popular a sus clavadistas. En medio del proceso de apertura económica, le llovieron propuestas de patrocinadores. Ella, y el clavadista Tiang Liang, llenaban las paredes de las ciudades, invitando a consumir productos de McDonald’s, Toshiba y (ella) Avon, mientras se hablaba del romance entre los dos saltadores (en realidad Guo andaba con Kenneth Fok, heredero de una de las más grandes fortunas de Hong Kong y él, con Wu Minxia, la compañera de Guo en los sincronizados). Haber refrendado sus títulos mundiales contribuyó a que el éxito fuera total.

Entonces, en uno de los bandazos ideológicos comunes en el régimen de Pekín, las autoridades deportivas consideraron que Guo y Tiang se habían aburguesado con tantos patrocinios. Era el momento de la autocrítica, al más puro estilo maoísta. Y también, de paso, de regresar al Estado que los había hecho famosos una buena parte del dinero obtenido por ligar su imagen a la de diversos productos. Si no lo hacían, perdían su lugar en el equipo olímpico de Pekín 2008.

Tanto Guo como Tiang hicieron la autocrítica pública, pero las autoridades sólo aceptaron la de ella (junto con cerca de 4 millones de dólares). Ella era imprescindible para la búsqueda del pleno en clavados que obsesionaba a los chinos; él, no. Tiang entonces decidió no dar su dinero y se dedicó al cine, con bastante éxito comercial.

Guo cumplió ampliamente su parte: obtuvo el oro en el trampolín individual y, junto con Wu, también lo hizo en la competencia de sincronizados. Quedó así marcada, en ese momento, como la clavadista más exitosa en la historia olímpica. También pudo regresar a los patrocinios comerciales.

Tras otro doblete en los Mundiales de Roma -con el que sumó 10 medallas de oro y una de plata en esas competencias-, y ante el arribo de una nueva generación, Guo decidió ya no buscar un quinto ciclo olímpico y se retiró, tras haber sido invencible por una década completa. Casada con Fok, hoy es parte de la elite de la nueva China.

   

viernes, marzo 19, 2021

La prensa vs. La Verdad Absoluta

 

Tenemos un problema serio de comunicación cuando el Presidente de la República considera que uno de sus trabajos principales es contrastar la información que presentan los medios con los otros datos que él tiene. Y tenemos un problema de comprensión democrática cuando ese contraste se presenta como una lucha política entre facciones.

El problema se agrava cuando el Presidente considera que la presentación de datos que señalan una fuente específica, normalmente confiable, es parte de una larga campaña en su contra. Y se complica más cuando hace analogías históricas que no toman en cuenta las transformaciones ocurridas en los medios a lo largo de más de un siglo.

Todo esto viene a cuento por los ataques al mensajero: a la información que todos han dado acerca de los hallazgos de la Auditoría Superior de la Federación, en su revisión de la cuenta pública. López Obrador se agarra de que la ASF haya tenido que corregir un cálculo sobre los costos actuales de la cancelación del aeropuerto de Texcoco para despotricar contra los medios que simplemente retomaron la información proveniente de una fuente que suele ser confiable.

AMLO puso en el mismo paquete a quienes adjetivizaron editorialmente y a quienes simplemente informaron. Eso significa que, para él no hay diferencia: si la información no le gusta o no le conviene, es como si fuera una opinión en su contra. No hay aquí distinción entre elementos factuales y puntos de vista.

Nadie conoce la verdad absoluta de las cosas. Es ingenuo imaginarlo. De ahí la importancia de citar las fuentes de información: con ello el periodista honesto admite que no conoce toda la verdad, y que está citando una parte, o una versión. En cambio, el periodismo faccioso hace pasar como verdad absoluta lo que en todo caso es una verdad parcial.

El periodismo faccioso, totalmente partidista, de verdades absolutas y clara definición partidista, era la regla hace un siglo. Es el periodismo que el Presidente imagina como general y, extrañamente, es al que aplaude si es que está de su lado.

Un medio de información, si quiere servir a sus usuarios, no puede ser el órgano de nadie, y mucho menos del gobierno o del jefe de Estado. Debe tomar distancia, y tratar de ser objetivo. Si está comprometido con el bien de la sociedad, debe señalar errores e insuficiencias, al mismo tiempo que celebra los éxitos y promueve los valores nacionales.

De hecho, el propio gobierno de López Obrador ha tomado decisiones y ha realizado algunas correcciones, unas pocas, a partir de señalamientos en la prensa. Las críticas, sobre todo cuando son generalizadas, le han servido para no perder totalmente el rumbo en varias áreas. Pero hay asuntos que parecen anatema para el Presidente: los relacionados con sus tres grandes proyectos de infraestructura, los que tienen qué ver con su política de energía, y tocan a Pemex o a la CFE, los que relatan casos escandalosos de corrupción y, curiosamente, los relacionados con las demandas de las mujeres. Para él, tocarlos es atacarlo.

En el caso del informe de la Auditoría Superior de la Federación, aun revisado el error respecto al costo inicial (que no el definitivo) de la cancelación del NAIM, hay un montón de señalamientos que vale la pena seguir analizando. Los costos de Santa Lucía, el dinero que no aparece en la CONADE, las omisiones en Cultura, los faltantes en Conacyt son sólo algunos de los que ha marcado Crónica. Hay más, en casi todas las áreas de la administración. La diatriba presidencial sirve, entre otras cosas, para minar la credibilidad de la fuente que señaló esos faltantes y omisiones.

Cosas similares se pueden decir frente a la reforma a al Ley de la Industria Eléctrica, donde la instrucción de no cambiar una coma a la iniciativa habla del desdén por el debate parlamentario, o la posibilidad de mejoría de la norma. Es la lógica de El Rey: mi palabra es la Ley.

Y ya no digamos del asunto de las mujeres, donde López Obrador ha hecho un enemigo donde no lo tenía, por su tendencia a poner como adversario, y aliado de la reacción, a quien se atreve a levantar una crítica.

Al no distinguir las críticas sobre hechos, de los ataques políticos y personales, López Obrador perdió la oportunidad para utilizar los señalamientos de los medios para mejorar su gobierno. Prefiere equivocarse él solo y limpiarse de responsabilidades acusando una suerte de guerra sucia informativa en su contra.

Atribuir orígenes y propósitos innobles a quienes señalan deficiencias, o perversa deslealtad a quienes piensan de manera diferente es una forma de autoritarismo, por su incapacidad de reconocer la existencia de distintos puntos de vista y la inexistencia de la verdad absoluta. Su preferencia por los propagandistas lo pone en posición contraria a quienes creen que una sociedad informada funciona mejor que otra, en la que se busca la unanimidad alrededor de la intocable figura de poder. Y se ve muy mal, cuando la principal figura de poder del país sigue siendo el titular del Poder Ejecutivo.

Si todo fuera verse mal, no habría problema. Pero lo dicho por López Obrador nos lo pinta como un nostálgico activo de los tiempos de la sociedad callada, que bailaba al son que le tocara el Presidente.

Escribo esta columna en solidaridad con los periodistas y los medios agredidos desde Palacio Nacional.


miércoles, marzo 17, 2021

Leyendas olímpicas: Olga Korbut



En la gimnasia artística femenina hubo en los años setenta una revolución, un cambio de paradigma. Las mujeres hechas y derechas dieron paso a las adolescentes pequeñitas. Movimientos elegantes y relativamente lentos cedieron el lugar a movimientos gráciles, veloces y atléticos. Pero, sobre todo, a acrobacias temerarias. Eran más rápidas, volaban más alto, tenían más fuerza. Citius, altius, fortius.  Una nueva generación de mujeres se abría paso en el mundo.

Quien mejor representó ese cambio fue Olga Korbut, gimnasta soviética nacida en Bielorrusia, quien fue la reina de los juegos de la XX Olimpiada: la Golondrina de Munich.

Korbut afirma que nació para la gimnasia, que cuando en su clase de primaria preguntaron si alguien quería entrenar, ella brincó como resorte. Muy pronto destacó, ayudada por la combinación de una musculatura fuerte con poco peso y estatura. La chica hacía mucho entrenamiento de fuerza, “para que mis músculos protejan a los huesos”. Nunca tuvo una lesión grave, a pesar de que los entrenamientos implicaban varias caídas.

Llegó a la olimpiada muniquense a los 17 años. Medía 1.49 y pesaba 38 kilos de músculo y fibra. Maravilló a todos con sus actuaciones olvidadas del peligro, su sonrisa natural y sus ejecuciones precisas. Contribuyó a que la Unión Soviética se llevara el oro por equipos, pero falló lamentablemente en la competencia all-around, por una serie de fallas en las barras asimétricas.

Pero el día siguiente sería el de su consagración. Se llevó el oro en los ejercicios a manos libres, con una rutina menos balletística y mucho más arriesgada que las de sus predecesoras, pero que tenía igualmente elementos estéticos suaves. También lo obtuvo en la barra de equilibrio, donde realizó tres saltos inéditos. El salto mortal hacia atrás lleva su nombre. Sin embargo, la rutina más inolvidable fue la que realizó en las barras asimétricas, a una velocidad impresionante y con saltos y giros de grado extremo de dificultad. El más notable fue el Flip Korbut, en el que la gimnasta se para sobre la barra más alta, se lanza en un mortal inverso, como clavadista, retoma la barra, pasa a la inferior y luego de espaldas, se impulsa y toma de nuevo la de arriba.

Los jueces la calificaron con 9.80, lo que daría el oro a la alemana Karin Janz. El público de Munich abucheó el resultado porque lo consideró injustamente bajo. Tras varios minutos de silbatina, los jueces no cedieron y Korbut se tuvo que conformar con la plata. Hay quien opina que se le castigó el atrevimiento excesivo. Hoy muchos consideran que esa rutina, que no ganó el oro, es la mejor que ha habido en la historia de los Juegos Olímpicos. Mejor que la de Nadia Comaneci. Mejor que las de las gimnastas de más de medio siglo después.

El Flip Korbut en las barras asimétricas está prohibido por la Federación de Gimnasia, por considerarlo demasiado peligroso. “Yo simplemente era creativa”, declaró años después la gimnasta.

A partir de esa actuación en Munich, surgió una pasión mundial por la gimnasia femenina, que ahora era más atlética. Miles de niñas querían seguir los pasos y las cabriolas de Olga. Esa pasión alcanzaría la cúspide cuatro años después, en Montreal 76. Korbut llegó lesionada y terminó por ser opacada por una jovencita de 14 años que declaró haber sido inspirada por la soviética. Aún eclipsada por Nadia Comaneci, Olga Korbut consiguió en Montreal otras dos medallas: el oro por equipos y la plata en las barras asimétricas. Al año siguiente se retiró.

Su legado ha sido duradero, porque Olga Korbut tal vez no haya sido la máxima medallista de su tiempo, pero sí fue el máximo estandarte de una revolución triunfante.

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Y aquí, aquella actuación en las asimétricas:






 

miércoles, marzo 10, 2021

Glorias olímpicas: Usain Bolt

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En su apellido llevaba el destino: un relámpago. En su actitud, la combinación de la sonrisa, la relajación y la dedicación profesional, que le permitieron ser querido por millones. Sus resultados olímpicos palidecen sólo ante los atletas legendarios de los antiguos juegos, cuya memoria trasciende milenios. En los mundiales, su palmarés es todavía más rico.

Al niño Usain Bolt siempre le gustaron los deportes. Le encantaba el cricket, pero su sueño era ser futbolista profesional. En la secundaria lo convencieron de que su futuro estaba en el atletismo, en las pruebas de velocidad. El joven alto y de amplia zancada mejoró su técnica y rompió los récords juveniles de su país, famoso por sus sprinters. A los 18 años ya era campeón mundial en esa categoría. Un año antes, había representado a Jamaica en Atenas 2004, pero una lesión le impidió avanzar en su heat.  

Varias universidades de Estados Unidos ofrecieron a Bolt jugosas becas, para que compitiera por ellas, pero el joven prefirió seguir estudiando y entrenando en su país. Superando lesiones (una, en la final de los 100 metros del Campeonato Mundial de 2005) y en una constante tensión con su entrenador, que lo imaginaba más corriendo los 200 y 400 metros porque no arrancaba muy rápido de los bloques, obtuvo su primera medalla mundialista, la plata en los Mundiales de Stuttgart, en 2007. Le ganó uno de los dos grandes rivales que tendría a lo largo de su carrera: el estadunidense Tyson Gay. Jamaica también se llevó platas en los relevos.

Pronto vendría la venganza. En 2008, previo a los Juegos Olímpicos, Bolt rompió el récord mundial de los 100 metros planos, con 9.72 segundos. En Pekín vendría la gloria completa: obtuvo medalla de oro en los 100 metros, con 9.69 segundos. No sólo quebró su propio récord, sino que se dio el lujo de voltear a ver a sus rivales y golpearse el pecho. En los 200 metros fue todavía más dominante: 19.30, rompiendo la marca olímpica y mundial de Michael Johnson. Fue el primer atleta en llevarse esos dos oros clásicos con sendos récords mundiales. Más tarde subiría a lo más alto del podio como parte del relevo jamaiquino del 4 x 100, pero esa medalla se retiraría años después por doping de uno de sus integrantes, Nesta Carter.

Un ingrediente de esas carreras fue la personalidad de Bolt. Su alegría, su forma de saludar a las cámaras y de atender a fanáticos y ayudantes. El zapatófono, las muecas, los bailes. Todo aquello que en los primeros años le sirvió para calmar los nervios, ahora era parte de un espectáculo relajado. La alegría del atletismo.

El siguiente año fue todavía mejor para Bolt. En los Mundiales de Berlín, destrozó sus propios récords, con marcas impresionantes: 9.58 en los 100 metros y 19.19 en los 200. De paso, le calló la boca a Gay, quien dijo que podría ganarle en la carrera reina. Dos años después, en Daegu, fue descalificado en la final por una salida en falso y no tuvo problemas para ganar ampliamente los 200 metros. En ambas justas, Jamaica ganó oro en los relevos. Y Bolt pasó a ser una suerte de rockstar del atletismo.

Para Londres 2012, a su rival Tyson Gay se había unido otro estadunidense, que recién había cumplido una suspensión de cuatro años por dopaje, Justin Gatlin. En los 100 metros, Bolt rompió su propio récord olímpico para llevarse el oro (y Gatlin fue tercero); en los 200, encabezó a los jamaiquinos que coparon el podio. La cereza del pastel fue el oro con récord mundial en el relevo.

Luego vendrían otros dos Campeonatos Mundiales. En ambos, Bolt se hizo del triplete: 100, 200 y relevo. En tres de las cuatro carreras, Gatlin quedó en segundo lugar (y Tyson Gay quedó fuera, suspendido por doping) y esa rivalidad sirvió como aliciente para que Bolt siguiera compitiendo.

Sus últimos Juegos Olímpicos fueron en Río 2016. Allí derrotó a Gatlin en los 100 metros, y se llevó el oro, y también subió a lo más alto en los 200. Se convirtió, así, en el único atleta que ha ganado las dos pruebas máximas de velocidad por tres Juegos Olímpicos consecutivos. Completó la hazaña en la prueba de relevos: hubiera sido un triple-triple para él, de no ser por la descalificación de Carter de 2008. Y todo lo hizo sonriendo, siendo simpático y amigable. Esa, y no las poses amenazantes, era su manera de presumir.

Tras la despedida apoteósica de las olimpiadas, la última participación de Usain Bolt fue en los Mundiales de 2017. Allí obtuvo un bronce en el hectómetro, decidió no correr los 200 y, en la última competencia de su vida, el relevo de 4 x 100, sufrió un tirón a metros de llegar a la meta. Tuvo que ser ayudado por sus compañeros para cruzarla. Fue un momento triste para el atletismo.

Con sus zancadas de casi dos metros y medio, su talento natural, su fuerza y su calidad técnica, Bolt obtuvo 8 medallas olímpicas de oro y ganó 11 de oro, 2 de plata y 1 de bronce en Campeonatos Mundiales. Es la gloria más grande del deporte de Jamaica y uno de sus tesoros nacionales.

Usain Bolt no sólo es el más grande velocista de todos los tiempos. También es quien ha hecho sonreír a millones antes de la prueba, en la prueba y después de la prueba. Y ese es un gran don.