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lunes, enero 09, 2012

Sartre y La Estela de Luz




Voy a hacer tres comentarios con relación a la Estela de Luz.

El primero es largo y parte de que, al ver el monumento terminado y haciendo sus monerías lumínicas, lo primero que me vino a la mente fue el inicio del prólogo de Jean Paul Sartre al libro “Los Condenados de la Tierra”, de Franz Fanon.

Sartre habla de la creación, de parte de los países colonialistas, de
“una falsa burguesía forjada de una sola pieza” que les sirviera de intermediaria y que les ayudara a vestir la desnudez de la explotación. “La élite europea se dedicó a fabricar una élite entre los naturales; se seleccionaron jóvenes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes…” Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro.”

Esa ”edad de oro” de los colonialistas, decía Sartre, había acabado, porque las voces negras, las amarillas, las cobrizas, se abrieron y hablaban solas. Con su propio lenguaje, sus propias formas de expresión, su propia concepción de la historia de su colectividad.

Pero hay quienes, desde este lado del mundo, han confundido el proceso de globalización que abarca, de manera positiva, muchos aspectos culturales, con el del deslumbramiento abyecto –y ciego por naturaleza- ante todo lo que parezca primermundista.   

La Estela de Luz no nos dice absolutamente nada de las gestas de independencia o revolución. A cambio, grita "¡...tenón! ¡...nidad!" a todo pulmón (aunque en este caso “¡…nidad!” se refiere a modernidad, por aquello de los enormes juegos computarizados de luces).

El monumento conmemorativo, inaugurado con dieciséis meses de retraso, confunde lo grande con lo grandote, lo luminoso con lo brilloso, lo moderno con lo tecnológico. Confunde el oro con cuentas de vidrio.

El proyecto nació mal, con posposiciones que imposibilitaron actuar con previsión. Originalmente estaba pensado un arco, que coronara el final de la parte céntrica del Paseo de la Reforma, el Arco Bicentenario. Pero un jurado inepto se pasó por el arco del triunfo las bases del concurso y aprobó una maqueta, sin tomar en cuenta las especificaciones estructurales que multiplicaron varias veces el precio y retrasaron la obra hasta el ridículo.

A lo largo de la construcción del engendro, empezaron a salir a la luz pública versiones de malos manejos e irregularidades varias que, por lo pronto, han resultado en la inhabilitación de cuatro funcionarios de la empresa paraestatal constructora. Es posible que sólo hayamos visto la punta del iceberg y que los funcionarios encomiados por Felipe Calderón en twitter, por la obra, hayan recibido el beso del diablo al respecto (creo que al menos el señor Villalpando tiene mucho qué decir todavía; no tanto por corrupto, sino por inepto). En ese sentido, la Estela de Luz es signo de los tiempos.

El segundo comentario es de extensión media y tiene qué ver con la inauguración y sus secuencias. Creo que habla de los personajes.

Hubo varias voces que sugerían al presidente Calderón no inaugurar personalmente el monumento, porque significaba avalar un proceso opaco y con costos escandalosos, así como cargar con el costo político de una obra impopular. Que lo hiciera el secretario de educación Lujambio, de manera discreta. Calderón no se arredró, pensando –tal vez con la mira puesta más allá de la coyuntura- que con el tiempo el enojo popular quedará diluido y se le asociará históricamente con un ícono importante de la ciudad.

Lo que sí hizo fue cambiar intempestivamente la fecha, y adelantarla un día, para evitar las previsibles manifestaciones en contra. El resultado fue un festejo en sordina, casi íntimo, totalmente alejado de la gran verbena popular que se había imaginado en un inicio. No se invitó al arquitecto que la diseñó. Un evento vergonzante.

Posteriormente, Calderón afirmó que se trata de “un portento de arquitectura e ingeniería mexicana” y felicitó a los servidores públicos que tuvieron qué ver con la obra (y con el fiasco).

Resulta significativa la actitud del Presidente, indicativa de su carácter y estilo de gobernar. No rehúye la presencia en un acto potencialmente dañino para su imagen, pero busca la manera de que éste sea de bajo perfil. Después pone oídos sordos a la crítica social y, al son de “a lo hecho, pecho”, se congratula con los principales responsables, sin importar que a alguno de ellos le esperen, posiblemente, rondas judiciales infernales. “No hay más ruta que la nuestra”.

No sabemos si la apuesta de Calderón por el olvido y el largo plazo termine por dotar de un significado positivo a la Estela de Luz. Eso dependerá de la capacidad de la gente por convertirla en un espacio propio y en punto de referencia. Ha sucedido con otros monumentos; puede suceder con éste. De lo que no se salva Felipe Calderón es del rechazo masivo de la generación de sus contemporáneos al objeto que él inauguró y nos hizo financiar.

El tercer comentario es breve, y recoge una opinión cada vez más difundida. Si en Cuajimalpa ya existe el edificio de “Los Pantalones”, en Avenida Rubén Darío están dos torres apodadas “Las Cocas” y en Monterrey, una de las sedes del Tec tiene como nombre popular “El Servilletero”, los dos monolitos verticales en la entrada de Chapultepec bautizados oficialmente como Estela de Luz, muy bien pueden llamarse “La Suavicrema”, porque eso es lo que parecen. 




martes, noviembre 23, 2010

¡Sí fue Revolución!


En ocasión del Centenario de la Revolución Mexicana varios analistas han realizado una revisión de la historia, a veces con la intención de acabar con los mitos que nos formaron, y en ocasiones para intentar apuntalar la ideología liberista (que no liberal), ahora tambaleante, tras el fracaso económico del Consenso de Washington y sus seguidores nacionales.   

De esta revisión ha salido claramente ganancioso el periodo porfirista, al menos en un sentido: el del progreso económico nacional, medido en términos de Producto Interno Bruto y de modernización industrial. Y si bien, todo mundo coincide en que las desigualdades en aquella época eran extremas, no ha faltado quien afirme que igualmente habrían sido mitigadas, aun sin el estallido revolucionario. Es la idea de que malamente celebramos “la bola”, la revuelta, el reventón destructivo, y no una revolución social digna de ese nombre.

Me permito diferir. En primer lugar, hay que entender el periodo porfirista como un proceso, que tiene una dinámica diferente en la medida en que se va desarrollando. Si a más de un siglo de distancia empiezan a distinguirse algunas de sus bondades, eso no debe impedirnos ver que lo que fue una expresión progresista en sus inicios, ya para el Siglo XX había entrado en una fase profunda de decadencia, como sistema económico y como régimen político. Y que había un grupo político, entrelazado con las clases dominantes, reacio a admitir esa decadencia y, por lo tanto, a la necesidad de transformaciones de fondo en la economía y en las relaciones sociales.

Se ha manejado –utilizando el “hubiera”- que, si Madero hubiera estado más alerta a la voz fraterna que le pedía cuidarse de Victoriano Huerta, varias de las transformaciones nodales se hubieran realizado de todos modos, y sin tanto derramamiento de sangre.

Ese razonamiento no toma en cuenta un hecho fundamental: el golpe huertista no se hizo en el vacío, sino con el apoyo de importantes intereses económicos nacionales, de intereses políticos extranjeros y de una parte de la opinión pública, que era efectivamente conservadora. De no haber sido Huerta, hubiera sido otro (y aquí soy yo el que utiliza el “hubiera”, pero creo que con más provecho). Y la acción criminal de Victoriano Huerta sirvió para trazar líneas claras, para atizar la rebelión y para convertirla en un fenómeno nacional.

La derrota del huertismo es la de los grandes terratenientes, la del sector exportador, la de la iglesia beligerante. E implicó un giro categórico en términos de los equilibrios de poder en el país.

Buena parte de la nueva crítica revisionista a la Revolución Mexicana hace énfasis en el carácter meramente destructivo de muchas de las acciones. Me vienen en mente los campesinos de Los de Abajo, que entran a la hacienda y destruyen la biblioteca, arrancando como tesoro pornográfico los grabados de Doré de La Divina Comedia, que tienen mujeres desnudas. Son los mismos campesinos que, en la Revolución Rusa, entraban en las mansiones de los grandes propietarios y se cagaban en los tapices de las sillas. Esas desgracias pasan en las revoluciones. Lo importante es ver si hay quiénes son capaces de dotarlas de significado, para que sean algo más que destrucción.

¿Se dotó de significado a la Revolución Mexicana? La respuesta está en la Constitución. Aunque el Congreso Constituyente estuvo dominado por una facción política, sus miembros tuvieron la suficiente sagacidad para proponer un pacto social incluyente. El artículo 27 –y el posterior reparto agrario- no se entienden sin la voluntad de lograr un consenso social profundo, más allá de las diferencias mortales de la coyuntura. Ahí, más que en el campo de batalla, se definió al grupo ganador, pero se delineó también un compromiso, en la doble acepción del término: como obligación y como negociación.

Esto tuvo implicaciones más profundas. Como bien dice Javier Garciadiego, significó que, a diferencia de otros países de América Latina, en México no hubiera conflictos graves entre el Estado y los sectores populares: obreros y campesinos. En naciones en las que los terratenientes exportadores no sufrieron una pérdida tal de poder, se sucedieron las asonadas militares cada vez que esos intereses se veían amenazados. En México, en cambio, la derrota de Huerta y los suyos fue total. Y eso, tras la fiesta de las balas, significó que los cambios posteriores se hicieran en relativa paz.

En términos de la pirámide social, la Revolución implicó incorporar –si bien de manera subordinada- a un tercio de la población a la modernidad: convertir al país de una nación de menos de “un tercio” a una de “dos tercios”, con la tercera parte restante todavía sumida en la miseria. Implicó una industrialización que miraba al mercado interno. Implicó –tras una década de destrucción- tasas de crecimiento muy superiores a la media internacional (pensemos, nada más por referencia, que en medio de la Gran Depresión, y a pesar de sus vínculos estrechos con Estados Unidos, en los años treinta del siglo pasado, la economía mexicana creció más que en la primera década del Siglo XXI).

Por supuesto, con el tiempo, la Revolución fue perdiendo brío. Se convirtió en instituciones. Algunas de ellas han sido pilares de la estabilidad económica y social (el Banco de México, el IMSS, el libro de texto gratuito, por ejemplo). Otras, fueron útiles instrumentos para lograr la paz política y el control corporativo. Y junto a las instituciones, toneladas de propaganda, un uso político de la historia, un nacionalismo que hacía las veces de vacuna contra la democracia y una pretensión de convertir el movimiento en inmovilismo. Las contradicciones del sistema saltaron en pedazos, pero en cámara lenta. El ciclo tuvo que terminar.

Mal haríamos en reducir el legado de la Revolución a la fe democrática de Madero –sería ver la realidad mexicana de principios del Siglo XX con ojos del tercio final del mismo siglo-, porque el movimiento fue mucho más que eso. Tampoco podemos tirar al niño –específicamente, la voluntad de incorporar una proporción creciente de la población a los beneficios sociales de la modernidad- con el agua sucia –la violencia de aquellos años y la larga espera para acceder a la democracia plena-.

Vale entonces, sí, reivindicar los aspectos democráticos de aquella gesta. Pero no se deben olvidar los aspectos sociales, entre otras cosas porque precisamente ese segundo tercio alguna vez favorecido –que hoy componen obreros, clase media-baja urbana, campesinos medios- ha sido tremendamente golpeado los últimos años, particularmente por el lado de los salarios reales y del empleo. En ese sentido, el Centenario no debe ser sólo conmemorativo, sino también un recordatorio de que requerimos renovar nuestro pacto social.

lunes, octubre 11, 2010

Surrealismo olímpico bicentenario


Me hubiera gustado diferir de las voces unánimes y hablar bien del Festival Olímpico Bicentenario. Pero no se puede. Mal ideado, peor planeado y todavía peor organizado. Al tiempo, todos sus defectos son, de alguna forma, espejo de los que predominan en el país.


La obsesión por Reforma.

La primera pregunta que se hizo todo mundo respecto a este festival, y que se repitió después, fue: “¿Por qué en Reforma?” ¿Por qué no en Ciudad Universitaria, que tiene bastantes instalaciones? ¿Por qué no se remodeló algún deportivo –se le hubiera bautizado “Bicentenario”- para realizar allí las actividades? ¿Por qué no se descentralizó, digamos, entre la Alberca Olímpica, el Gimnasio Juan de la Barrera y la Magdalena Mixhuca?
En otras palabras, ¿a qué se debe esa obsesión por hacer pasar todo evento con pretensiones “históricas” por Paseo de la Reforma de la capital de la República? Del plantón político, al recorrido –reiterado hasta la aburrición- de un auto Fórmula Uno, al árbol gigante de navidad, a este festival deportivo. Pareciera que no hay otro lugar posible ni en la ciudad, ni en el país entero.
La respuesta tiene que estar en los símbolos. Poco a poco, la zona de Reforma está desplazando al Zócalo y al Centro Histórico como centro neurálgico del país. Estar en Reforma significa estar ahí, en el núcleo activo por el que todos quieren pasar. Primero fueron las casonas y palacetes; más tarde, los hoteles de lujo; luego, los rascacielos de oficinas; de manera creciente, las oficinas públicas. Muy pronto, los centros bancarios y el Senado. Algún día, tal vez, la famosa Estela de Luz del Bicentenario.
Además, esa avenida fue la sede principal de unos festejos exitosos que se quedaron en la memoria colectiva: los del centenario de la Independencia. 
En otras palabras, el gobierno federal (o la CONADE) quería seguir ocupando el espacio central de este país centralista. Quería transmitir las imágenes simbólicas de los deportistas corriendo alrededor del Ángel de la Independencia o lanzando sus flechas a un lado de la Diana Cazadora.
En esa apuesta, las imágenes simbólicas se impusieron a la lógica más elemental: es imposible suplantar un complejo deportivo en dos cuadras citadinas. Lo simbólico se vuelve ridículo.

Los sucedáneos

¿Entonces qué pudimos observar los capitalinos el fin de semana pasado? Pudimos ver, en la principal arteria de la ciudad, a niños y jóvenes deportistas de todos los niveles hacer como que practicaban su deporte en unos sucedáneos de canchas. Pudimos ser visitantes de una suerte de deportivo virtual (que de seguro se ha de haber visto rete bonito en las imágenes 3-D que los organizadores presentaron a los directivos) en el que lo artificioso brotaba a cada instante.
Había sus excepciones, pero desgraciadamente la mayoría eran sucedáneos de deportistas. Supongo que han de haber sentido bonito las niñas de primaria que jugaron balonmano en una minicancha, los chavos de liga pony que practicaron en cajas de bateo, los participantes de un partido de futbol entre Pumitas en cancha reducida o los de una clase de secundaria de básquetbol o quienes jugaron una cáscara de hockey en un espacio mínimo. Pero como espectáculo para la población, y como supuesta muestra de fortaleza deportiva nacional, fue algo penoso.
Más penosa, todavía, fue la instalación de la minialberca, que no se veía nada, en la que unos gorditos nadaron antes de la llegada del multimedallista Phelps, que causó un remolino de gente… que no tenía ángulo para verlo nadar.
Es que ellos no lo sabían, pero los asistentes a Reforma eran nada más los extras de un producto que se quería mediático.

Percepción, propaganda y realidad

En el gobierno de Calderón ha privado la idea de que la percepción es más importante que la realidad. Y alguien los convenció de que la realidad se disfruta mejor por televisión. Así que no importa si el festival olímpico es de mentiritas, sino que retrate bien, que vista como un buen comercial.
Por eso, sobre el camellón central de Reforma, había dispuestos espacios privilegiados para los medios. Especialmente para la TV. Ellos son los encargados de difundir una imagen propia de un espectáculo. El sucedáneo del sucedáneo, en la esperanza de que los espectadores pasivos –nunca los ciudadanos- integren esa percepción a su realidad.
Se trata, pues, de un montaje. De propaganda. Por eso la gente y los deportistas estaban lejos unos de otros, como notó Ana Guevara. Lo importante era que éstos estuvieran cerca de las cámaras.
En ese sentido, como para que nos quede claro que todo es falacia, las esquinas del festival estaban marcadas por dos gigantescas y espectaculares bolsas: una de papas fritas “con sal de mar” y otra de Takis, porque Barcel y Ricolino son copatrocinadores. Y de esos productos son los únicos stands de comida permitidos. La comida chatarra dizque sale de las escuelas, pero entra por la puerta trasera, cobijada por el “deporte”.

Los costos 

Según la CONADE, el costo del evento fue de 40 millones de pesos (por supuesto, sin contar las pérdidas por retrasos del caos vial del viernes ni por los destrozos en la banqueta de Reforma). No es mucho respecto al presupuesto federal –ni a las otras celebraciones-, pero sí respecto al asignado para el deporte. Y resultó también serlo ante el número de asistentes, mucho más reducido de lo esperado.
40 millones es lo que solicitó la CONADE para la preparación de la delegación mexicana para los Juegos Panamericanos. Es el equivalente aproximado del gasto anual de las federaciones de natación y de taekwondo. Es lo que costaría reparar varias instalaciones olímpicas deterioradas (como el velódromo o la pista de Cuemanco). Es lo que costaría instalar en Europa un pequeño centro que acogiera a los deportistas mexicanos en gira, y les permitiera foguearse en más competencias.
Más que dispendio, la decisión nos habla de prioridades. Lo primero no es el deporte, sino la propaganda. No es la realidad, sino la imagen.
No sé si entre los costos se incluyen los salarios de la gran cantidad de policías - federales y capitalinos- que estuvieron en el evento. Se notaron mucho porque faltó público civil. Estaban en todos lados. Con oficio, pero sin beneficio –no se molestaron en hacer funcionar los filtros; su función se limitó a hacer bola-. Hacían como que vigilaban en una calle tapizada con sucedáneos de canchas deportivas en una dizque celebración bicentenaria. Mucha, mucha policía. El país surrealista del Señor Presidente.

lunes, septiembre 27, 2010

Estabilidad política, crecimiento de largo plazo... y fueros


En estas fechas en las que la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución obliga a un repaso de la historia de México, no han faltado voces revisionistas que, en el afán de relativizarlo todo, señalan que los movimientos armados que se conmemoran, en realidad tuvieron resultados nocivos para la economía nacional.

En el caso de la Independencia, se argumenta que la economía tardó décadas en recuperarse a los niveles de los últimos años de la Colonia. En el de la Revolución, que el ritmo de crecimiento posterior fue notablemente inferior al que persistía durante el Porfiriato. El argumento tiene razón en términos estrictamente numéricos, pero sale de una visión totalmente aislada del país, que no toma en cuenta ni el entorno económico internacional ni una serie de condiciones internas.

Al poner las tasas de crecimiento económico en su contexto, queda claro que los argumentos en contra de independentistas y revolucionarios no son más que un sofisma. También aparecen otras hipótesis sobre crecimiento de largo plazo, sobre las cuales bien podrían abundar los académicos.

En el estudio del crecimiento económico de largo plazo, la obra fundamental son las estadísticas históricas de Angus Maddison, una enorme base de datos sobre la economía mundial a lo largo de los siglos, que cruza información histórica, demográfica y de producción. Si bien es cierto que, mientras más atrás nos vayamos en el tiempo menos precisos son los datos, también lo es que, como se miden tendencias seculares, las imprecisiones no son capaces de nublar la visión general.

Según los cálculos de Maddison, durante la Colonia la economía mexicana creció a una tasa promedio de 0.14 por ciento anual. En otras palabras, y contra la versión revisionista que reivindica para la Nueva España cierta modernización productiva, lo que predominó fue el estancamiento (profundo, en los primeros dos siglos, moderado en el siguiente). Y aunque esta larga época no fue de gran dinámica económica mundial, la economía de nuestro país creció 57 por ciento más lento que el promedio global.

Al inicio de ese periodo de la historia del mundo, el país más rico era Italia, pero rápidamente los mercaderes holandeses y británicos se hicieron de recursos financieros y gestaron las condiciones que posibilitaron la revolución industrial. España no aprovechó su imperio “en el que no se pone el sol”, pero los tributos, alcabalas y prohibiciones en sus colonias americanas baldaron el desarrollo de las mismas. La Guerra de Independencia se hace en un país que está perdiendo posiciones a nivel mundial (de hecho su contribución al PIB global es inferior que al momento de la conquista) y que encuentra en la dependencia colonial un dique a sus posibilidades de desarrollo.

Los datos de Maddison señalan que en el periodo 1820-1870, la economía mexicana creció a una tasa anual compuesta de 0.44 por ciento. Aproximadamente el triple que el siglo precedente. Sin embargo, dadas las nuevas condiciones de la economía mundial, es un desempeño todavía peor que durante la época colonial. En términos dinámicos, México creció 53 por ciento más lento que el promedio mundial y, dado el aumento de su población, al final del periodo, el producto per capita era inferior que al principio. Pasamos (a paridad de poder de compra de 1990) de 759 dólares anuales por persona en 1820, a 674 dólares en 1870. Un empobrecimiento neto.

Ahora bien, ¿Se debió este empobrecimiento a la Independencia o a la incapacidad de una generación de mexicanos para aprovechar el fin de las barreras externas al desarrollo? Baste recordar tres cosas: Primero, que las independencias americanas coincidieron con el inicio de un periodo mercantilista de proteccionismo comercial mundial, que no generó un entorno favorable; segundo, que en México la lucha de los conservadores y la Iglesia por mantener fueros y privilegios mantuvo al país en una situación de constante inestabilidad política, al tiempo que impedía que se liberaran los detonantes del desarrollo; tercero, que en medio de esa lucha, México perdió la mitad de su territorio.

En el mismo periodo se va definiendo una suerte de división internacional del trabajo. El resto de América Latina crece un poco más rápidamente que México, sobre todo los países “vacíos”, como Argentina y Uruguay, que empiezan a recibir inversión extranjera y a especializarse en la exportación ganadera. Para 1870, el ingreso per capita en México es inferior al promedio latinoamericano. Son las décadas en que la de Estados Unidos se instala como una economía pujante y crecientemente industrial.

A partir del fin de la guerra civil en México hay un notable repunte en la economía. De los últimos años del juarismo a los primeros de la Revolución (1870-1913) el crecimiento promedio anual es de 3.38 por ciento, uno de los más dinámicos en el mundo. México crece 60 por ciento más rápidamente que el promedio mundial, su producto por persona se triplica y vuelve a rebasar al promedio de las economías latinoamericanas, se acerca al de varias europeas e incluso acorta distancias con Estados Unidos. El orgullo de Don Porfirio no era gratuito.

Pero, ¿Qué tanto de este auge es atribuible a la Pax Porfiriana? Hay un dato fundamental: el crecimiento detona a partir de la aplicación de las Leyes de Reforma, que liberan tierras y capital de “manos muertas”. En otras palabras, nace del fin efectivo de los fueros y del término de la preponderancia de la Iglesia. Durante el Porfiriato cobra forma y se define como un modelo socialmente excluyente.

El periodo 1870-1913 es conocido económicamente, a nivel mundial, como de “auge liberal” y de formación de una economía integrada y competida; y políticamente, como de “los viejos regímenes”. Todos éstos entraron en crisis a principios del siglo pasado y terminaron sepultados bajo revoluciones internas o la I Guerra Mundial. A la crisis política correspondieron un desplazamiento del centro de gravedad económica mundial hacia Estados Unidos y una vuelta al proteccionismo.

Entre 1913 y 1950 la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 2.62 por ciento. Un poco más lento que la del motor mundial, EU, pero 44 por ciento más rápido que el promedio global y a más del doble que Europa Occidental. En esta época despegan los países escandinavos y se hunden, entre deudas y guerras, España y Alemania.

México creció por encima de la media al tiempo que se formaron instituciones fundamentales, como el banco central o el Seguro Social, se repartieron tierras y se palió, así fuera un poco, la desigualdad en la distribución del ingreso. Pero el ingreso per capita creció poco (36 por ciento), debido al incremento poblacional.

El periodo de más veloz crecimiento económico mundial es entre 1950 y 1973, a partir de los acuerdos de Bretton Woods. Un sistema de economías semiabiertas para la mayor parte de los países desarrollados, de sustitución de importaciones para aquellos “en vías de desarrollo” y de política económica proactiva, con intervención del Estado.

Durante este periodo, México creció a una tasa media anual de 6.38 por ciento, superior en 30 por ciento al promedio mundial. Creció más rápido que Estados Unidos y salvo Japón, Alemania e Italia, que despegaron tras reconstruir sus economías, fue de las naciones más dinámicas. Sus ingresos por persona se duplicaron, pero hubieran alcanzado a los de varios países industriales europeos, de no ser por la enorme tasa de natalidad y de incremento poblacional.

En la década de los setenta hay dos crisis concurrentes: la del patrón oro-dólar, que acaba con el sistema de Bretton Woods y la fiscal del Estado, que pone en crisis la participación pública. Dan inicio procesos paralelos de liberalización de cambios, restricción presupuestal, privatizaciones y apertura comercial y financiera global. Maddison ubica este periodo hasta el fin de sus cuentas, que es en 2001, pero muy posiblemente haya terminado en 2008, con la crisis financiera que derivó en recesión mundial y que exige nuevas reglas de juego.

Pues bien, en ese periodo la economía de México creció a un ritmo de 3.45 por ciento anual, 13 por ciento más que el promedio mundial, pero su ingreso per capita lo ha hecho a una tasa muy inferior, debido al crecimiento demográfico. Mientras que el PIB casi se triplicó en esos 28 años, el producto por persona sólo creció 46 por ciento.

El más reciente ciclo mundial se caracterizó porque las naciones entraron en crisis en etapas sucesivas: a fines de los setenta, las naciones desarrolladas, afectadas por el shock petrolero; en los ochenta, varios países, como México, afectados por la deuda externa; en los noventa, las naciones árabes y –tras la desintegración de la URSS- las de Europa del Este… y durante todo el periodo, África. Los más dinámicos, en cambio, han sido China, India, Noruega y España.

De 2001 a la fecha, el crecimiento en México es todavía más raquítico y, así como la generación de Santa Anna no aprovechó el “bono de la independencia”, ésta parece dejar ir el tren del “bono demográfico”, ahora que un amplio porcentaje de la población está en edad de trabajar.

Hecho este apretado resumen, ¿Qué conclusiones – hipótesis podemos sacar?

Primero, y más obvia, que quienes pretenden poner en la picota los movimientos de Independencia y de Revolución se equivocan de objetivo. Los malos resultados económicos, tras la Independencia, no dependieron de ésta, sino –esencialmente- del severo desorden político, la falta de instituciones y la resistencia de los grupos de poder a dejar las prebendas que los beneficiaron en la era colonial. Y tras la Revolución, los resultados económicos no fueron tan malos.

Segundo, que los periodos de mayor auge relativo de la economía mexicana corresponden a etapas de estabilidad político-institucional, con rasgos autoritarios. En ambos casos, los gobernantes tendieron a priorizar la dinámica económica por encima de la estabilidad social y, en los dos, encontraron severas resistencias sociales al final del periodo, que coincidió con el fin de un ciclo, y un estilo de desarrollo económico mundial. La diferencia entre el fin abrupto y violento del régimen porfirista y la erosión paulatina del priísmo autoritario se explica por el diverso grado de madurez de las instituciones y por la flexibilidad política de supervivencia de parte de la clase priísta.
Tercero, que la correlación entre épocas autoritarias y altas tasas de crecimiento económico no implica causalidad. En cambio, sí la hay entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías. La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos.

Cuarto, que valdría la pena estudiar qué tan fuertes son las correlaciones –y si puede explorarse la causalidad- entre intervención activa de las iglesias en política –la católica en el caso de México, Italia, España…- y las tasas de crecimiento económico. Parece que la hay, y es claramente negativa.

Quinto, que las altas tasas de crecimiento demográfico de México implicaron, en el corto plazo, un menor aumento del producto y el ingreso por persona y, en el largo plazo, un “bono demográfico”, al incrementarse notablemente la cantidad de personas potencialmente productivas. El largo plazo ya nos alcanzó y, si no aprovechamos el bono demográfico, habremos pagado las altas tasas de natalidad al doble de su precio social.

Sexto, que ningún proceso de desarrollo puede hacer abstracción del entorno internacional. Creer que a golpes de ideología se puede forzar un modelo económico es pretender nadar a contrapelo en medio de una fuerte corriente. Y el modelo que nació hace poco más de tres décadas, con la crisis fiscal del Estado, ya dio muestras de agotamiento. Ese camino quedó intransitable. No se puede seguir por él.
Esta conclusión vale tanto para el camino keynesiano tradicional, sellado hace años (aunque no deja de ser tentador constatar que el ingreso por persona en México hoy es similar al de EU del New Deal y al de Europa Occidental de 1960, a quienes ese camino hizo tanto bien), como para el que acaba de derrumbarse, de liberalismo extremo.

Séptimo, que por todo lo anterior, es ingenuo suponer un desarrollo lineal en los próximos años. La pobreza, la desigualdad y la violencia no desaparecerán dentro de cinco décadas sólo porque así lo deseamos o soñamos, como parece sugerir la cápsula del tiempo que tuvo a bien legar el presidente Calderón. El que eso suceda depende de nuestra capacidad para adaptarnos correctamente al entorno mundial y, sobre todo, para crear un ambiente de estabilidad político-institucional que sepa ser socialmente incluyente.

martes, septiembre 14, 2010

Bicentenario sin ideología


El bicentenario nos alcanzó. Esta semana será de grandes fiestas en todo el país. Ojalá y sean memorables.

Celebrar los doscientos años de vida independiente ha sido útil, porque ha servido para repensar la historia, lo que significa repensarnos a nosotros mismos como nación. Entender y celebrar lo bueno del pasado para animarnos a construir un mejor futuro.

Ésta era una oportunidad para que los gobiernos, empezando por el Federal, enviaran un mensaje a la población y a los actores políticos y sociales del país. Para que intentaran proyectar en la colectividad sus intenciones de fondo. Dicha oportunidad no fue aprovechada.

Hace cien años había una clara intención política: convertir las celebraciones del centenario en un homenaje al caudillo que había traído “paz y progreso”. La historia nacional desembocaba y encontraba su cúspide en Porfirio Díaz. Como tales, las celebraciones fueron un éxito, aunque terminarían siendo el canto de cisne de un régimen que estaba carcomido y vivía el final de sus tiempos.

Ahora, la intención ha quedado oscurecida en la selva de la mercadotecnia y bajo las nubes del populismo y de la ineficiencia.

¿Cuáles han sido los mensajes más reiterados con motivo de esta efeméride? Del lado gubernamental, el concepto de “cumpleaños”, siempre causa de fiesta, la idea de que en la sonrisa del niño y en la cocina de la abuela está la patria, alguna referencia a los héroes
y el patriotismo más elemental: cantemos el himno y gritemos “¡Viva México!”. En otras palabras, la incapacidad para enviar un mensaje sobre la pertenencia a un pasado común y la necesidad de edificar un porvenir en común… u otro, menos veraz pero con más jiribilla política, acerca de cómo el país ya alcanzó la alternancia democrática.

En fin, como buen espejo de la realidad política que vivimos, se nos quiere vender un bicentenario sin ideología, neutro, superficial.

La organización de los festejos por parte del gobierno federal ha corrido con innumerables problemas. Por una parte, desde el sexenio anterior se dejó correr tiempo valioso. Por la otra, una mala concepción (la idea de un operador cultural en vez de un organizador) derivó en el cambio constante de los responsables, que tuvo su momento más bajo durante la gestión del historiador Villalpando.

Allí buena parte de las iniciativas fueron cedidas a un emprendedor australiano y se aprobaron chascos que perdurarán en la memoria colectiva como la famosa “Estela de Luz”. El principal símbolo material del Bicentenario fue aprobado sólo en base a un dibujo bonito –sin un estudio arquitectónico serio-, ubicado en el lugar más congestionado que se pudo imaginar y, además de rebasar con creces el presupuesto, no estará listo para estas fiestas. Vaya, ni siquiera limpiaron la refinería a tiempo, así que tampoco tendremos esta semana el Parque Bicentenario.

Del lado comercial, encontramos las imágenes genéricas de la naturaleza y supuestamente turísticas de cada estado de la República, con su respectiva modelo de Televisa en poses dizque sensuales (y en obvio pirateo al estilo de Gregory Colbert), y –al igual que los políticos- el bautizo de “bicentenario” a todo lo posible, desde el torneo de futbol a la nueva generación de “La Academia”, pasando por la edición especial de Coca-Colas.

Si la comercialización era inevitable, y las festividades populares una necesidad celebratoria que merecía mejor suerte, quedó al menos algo de espacio para discutir el país. Pero ese espacio fue ocupado esencialmente por académicos o personajes recientemente marginados de la política. Habría que preguntarse por qué.

Una posible respuesta es que los políticos activos están tan embebidos en la coyuntura, que pensar a largo plazo –hacia atrás y hacia adelante- les resulta sumamente molesto. Es más fácil discutir de las alianzas electorales que de las razones que están detrás de la persistencia de rezagos (“históricos”, les dicen) y de las formas para superarlos (también allí se puede abrevar de la historia, aunque no sea de las gestas heroicas de los guerreros).

Pensar a largo plazo –hacia atrás y hacia adelante- es fundamental en la construcción de las naciones. Ha sido ese tipo de pensamiento –la lucha por proyectos de nación- el que ha dado dinamismo a las colectividades modernas. México no llegó a los 200 años a partir de puras improvisaciones. Tampoco es lo que es, sólo merced a la capacidad catalizadora de héroes y caudillos.

Hay que celebrar esta obra colectiva realizada cotidianamente por millones de personas que a lo largo de los años han tenido fe en el futuro, que han apostado a algo, que han trabajado para convertirlo en realidad. Hay que estar orgullosos de nuestra pertenencia a esta obra. Y vale la pena festejarlo.

Pero también hay que entender que México inicia su tercer siglo en una situación que nos obliga a reflexionar sobre lo mucho que falta por hacer, sobre las muchas tareas que le quedan pendientes a esta generación y las siguientes. Para eso, no se vale querer identificar a la nación con las cosas más superficiales, ni pretender venderlas como espejitos. Menos se vale dar la espalda a los problemas y abocarse ciegamente, como en los peores momentos de nuestra historia, a la lucha del poder por el poder mismo. Vale revisar el pasado, para comprender de dónde venimos y adonde podemos ir juntos. También revisar el presente, para ver un poquito más allá de nuestras narices.

jueves, junio 10, 2010

La Generación del Bicentenario

Dijo el presidente Calderón, en uno de sus arranques de retórica, que la nuestra es la “Generación del Bicentenario”. A mí, la verdad, me dio ñáñaras.

Resulta que, por razones de edad, pertenezco a la generación referida por Calderón –la que en estos momentos influye más en la vida nacional- y resulta también, que no tenemos mucho de que vanagloriarnos.

¿Cuál sería la “Generación del Bicentenario”? A mi entender la formamos, grosso modo, quienes nacimos entre 1952 y 1968, y que hoy tenemos entre 41 y 58 años. Somos, como decía Eduardo Valle, El Búho, los “hermanos menores” de la Generación del 68, los que participamos poco o nada en ese movimiento, pero vimos la represión y estábamos destinados, según él, a hacer la revolución (a instaurar la democracia). Somos, en palabras de Carlos Monsiváis hace cuatro décadas, “la primera generación de gringos nacidos en México”. La generación en cuya vida adulta hubo sólo islas de estabilidad económica en un mar de inestabilidad y crisis recurrentes. La que vivió, con conocimiento de causa, el polémico proceso electoral de 1988 y la caída del comunismo soviético y del mundo bipolar. La generación a la que se le derrumbaron las capillas ideológicas.

Nos antecedieron la recia Generación del 68 –nacidos por lo general entre 1941 y 1951- y, antes de ellos, la generación del desarrollo estabilizador. Nos siguen las generaciones X, Y, y la que todavía no tiene nombre, y que son las que tienen más posibilidades de sacar al país del hoyo, porque no es una cuestión de ganas, sino de formación.

Calderón no es el primero en cantar las glorias (esta vez a futuro) de este grupo etario. Ya ha sido definido como el que forjó la transición democrática. Si hemos de ser honestos, los iniciadores de la transición fueron, en su mayoría, miembros de la Generación del 68 –de izquierda, la mayoría, pero también hubo panistas y priístas- y a la nuestra le tocó solamente jugar un papel de cierta importancia en la consumación de dicha transición.

Si hemos de encontrar un símil, ahora que andamos revisando la historia nacional, tal vez se pueda encontrar en la generación que consumó la Independencia, bien diferenciada de quienes iniciaron la gesta hace dos siglos. La generación de Guerrero, Iturbide y Gómez Farías, pero sobre todo, la de Nicolás Bravo, Anastasio Bustamante, Mariano Paredes, Valentín Canalizo, José Joaquín de Herrera, Mariano Arista y, como figura emblemática que los envuelve a todos, Antonio López de Santa Anna.

¿Cuáles son las características centrales de esa generación de claroscuros? Que deseaba la independencia de México, pero no tenía idea clara de qué quería después. Salvo unos cuantos convencidos –como los tres primeros personajes de la lista-, la mayoría de la clase política de entonces se la pasaba en un vaivén constante de posiciones. En medio de la disputa entre federalismo y centralismo –que en realidad era una batalla en pro y en contra de los fueros-, cambiaban de posición a conveniencia, mutaban alianzas y hacían del transformismo político práctica cotidiana. Esbozaban proyectos de nación, pero por encima de ellos, a menudo pasaban los proyectos personales: el poder por el poder mismo. Y luchaban encarnizadamente, de espaldas al país, por obtenerlo o mantenerse en él. Todo ello, cubierto de una gruesa capa retórica: cada caudillo se declaraba dispuesto a derramar por la patria hasta la última gota de su sangre.

El resultado fue desastroso. Años de caos y guerras intestinas. De expoliación a las clases productivas. De pérdida de la mitad del territorio nacional. De mantenimiento de fueros y privilegios. De boato casi monárquico de parte de los políticos poderosos, en un país desangrado y estancado. Y lo que le siguió fue la guerra civil abierta y la intervención francesa.

Sería otra generación, la de los liberales encabezados por Benito Juárez, la que, con la restauración republicana y el fin de los fueros, sentaría las bases para la consolidación de México como nación.

El transformismo, la demagogia, la separación entre la clase política y el resto del país, el mantenimiento de privilegios, la ambición personal y partidista que pasa por encima de principios y que pretende sustituir la falta de rumbo definido, el boato, el encumbramiento de personajes menores, la tentación por la llegada del “hombre providencial” (que en aquel entonces siempre era Santa Anna), los enconos puestos por delante de las necesidades de la nación, que impiden llegar a acuerdos, son todas características compartidas con aquella triste época.

Hay similitudes, pero –afortunadamente- también hay diferencias.

La principal es que, a diferencia de la del Siglo XIX, la generación consumadora mexicana cuenta con instituciones democráticas, que algunos de sus miembros contribuyeron de manera sustantiva a edificar. Con todas sus deficiencias, estas instituciones son el mejor valladar contra cualquier tentación de providencialismo autoritario y contra el caos y la revuelta –por eso, precisamente, no ha faltado el exaltado que ha intentado torpedearlas-.

También contamos con una masa crítica de población informada y de analistas de la realidad nacional. Ni esa masa crítica constituye mayoría, ni todos los analistas escapamos de la retórica y del negativismo que vende, pero no propone; sin embargo, la sociedad mexicana se ha mostrado capaz de utilizar su libertad de expresión y de acotar, de manera colectiva, algunos de los peores excesos del poder. Ventajas de la democracia.

Y es cierto, finalmente, que el país camina aun a pesar de la pérdida de valores y de los costosos devaneos de su clase política, a través del esfuerzo de millones de mexicanos comunes y corrientes.

Esas condiciones deberían permitirle a la “Generación del Bicentenario” algo más que “preservar las libertades”, como dijo el Presidente. Ya consiguió la democracia, pero no ha sabido, bien a bien, qué hacer con ella. No ha sido capaz de hacerla socialmente eficiente.

La cuestión es –como hicieron los liberales decimonónicos en su momento- encontrar el punto nodal. El país requiere un cambio en su modelo de desarrollo, que lo oriente en primer lugar, a terminar con los privilegios, que siguen estando en el centro de todos los problemas nacionales. Y también necesita retomar valores humanos esenciales, como la solidaridad, la justicia, el trabajo como formador de riqueza material y espiritual, la honestidad, la laicidad, la educación integral. Aunque no “vendan”.

Veremos qué tanto avanza la generación pomposamente bautizada por Calderón. O si tendrán que venir las generaciones X, Y, y la que sigue, a hacer la tarea que no fuimos capaces de terminar.