martes, abril 23, 2019

Filias y fobias deportivas (III. Ciclismo y Fórmula 1)

Sigue la lista interminable de filias y fobias deportivas, ahora sobre los dos deportes sobre ruedas que me gustan.

Ciclismo

A diferencia de otros deportes, mi afición por el ciclismo ha sido más bien de adulto. De niño seguía los resultados de la Vuelta de la Juventud y admiraba al malogrado pedalista regiomontano Radamés Treviño, pero era una afición de lejecitos.
En la segunda mitad de los años 70, seguí el Giro d’Italia y entendí un poco de ciclismo de ruta (mi amigo Otello manejaba un equipo amateur), pero no fue hasta la segunda mitad de los 80 que lo comprendí un poco mejor y hasta bien entrado el siglo XXI que acabé de agarrarle la onda (sin que por ello sea un experto, ni mucho menos).
Con esos asegunes, vamos.
  
Equipos.

Siempre me han simpatizado los equipos españoles, la seguidilla Reynolds-Banesto-Movistar. Por luchones y porque ahí están los ciclistas que me caen bien. 
En cambio, me caen mal los equipos hiper-planificados, como en su momento fueron Discovery Channel y US Postal y hoy lo es el Sky. El Sky me cae particularmente mal por dos razones: su dependencia extrema en mediciones computarizadas y la rigidez con la que tratan las jerarquías del equipo… lo que luego quedará bien claro con las filias y fobias por corredor.

Corredores

Filias.

1. Nairo Quintana. Su debut en el Tour de France, cuando las circunstancias lo pusieron al frente de Movistar fue sensacional. Un escalador extraordinario y, al menos en sus inicios, un hombre sencillo. Que Froome le tema es un plus.
2. Raúl Alcalá. Lo conocí en su fuga, casi en solitario, durante los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, lo seguí como gregario –de hecho, mirándolo aprendí mucho de lo que significa ese trabajo- y como líder, tanto en las vueltas europeas (ganó una etapa en el Tour de France) como en la Vuelta a México, que ganó muchas veces.
3. Miguel Induráin. De los que he visto, el ciclista más grande que ha existido (acoto que nunca vi a Eddy Merckx)
4, Marco Pantani. Primero, lo admiré como escalador nato, capaz de ganar vueltas diseñadas para otro tipo de corredores. Luego, me encantó su estilo agresivo, lejano de los cálculos de los contrarrelojistas. Finalmente, su tragedia humana –fue asesinado por la mafia de las apuestas- me genera compasión.
5. Peter Sagan. De los velocistas, es el que me cae mejor. Entre otras cosas, porque también aguanta algo de montaña.

Fobias

1. Chris Froome. Es un fuera de serie, sí, pero no conozco a alguien más chuparrueda que el británico. Gana porque tiene los mejores gregarios del mundo, porque los hacen sacrificarse una y otra y otra vez. Me dio gusto que Gerraint Thomas finalmente demostrara quién es quién. También que la dura prueba olímpica de ruta en Río 2016 fuera demasiado para él.
2. Lance Armstrong. Por un prejuicio confeso, me caía mal que un gringo ganara las vueltas clásicas europeas, pero cuando apareció su lucha contra el cáncer, mi fobia se atenuó, sólo para solidificarse cuando se descubrieron todas sus trampas.
3. Greg Lemond. Aquí sí es clarísimo mi prejuicio antiyanki.
4. Floyd Landis. Del equipo de Armstrong. Gringo y tramposo. No está más arriba en las fobias porque, con todo, no tenía el nivel de Armstrong y Lemond.
5. Cadel Evans. Nada más porque le ganó a los simpáticos hermanos Shleck en el Tour de 2011.  



Fórmula 1

Es la única categoría del automovilismo que sigo y que me gusta. Empecé viendo por televisión los Grand Prix de México en los años sesenta, y fui a la famosa carrera de 1970, donde el público cruzó las vallas. Sigo la categoría con regularidad desde hace más de medio siglo.

Escuderías.


Filias
De niño y jovencito, yo era más de corredores, pero mi estancia en Módena me convirtió en ferrarista di ferro. No se puede ser otra cosa cuando todos los días pasas en tu bici frente a la fábrica de Ferrari, cuando tienes amigas de Maranello y cuando las primeras vueltas en bici de tu hijo mayor fueron en el mítico autódromo de Módena. 
Con la llegada del Checo Pérez, también simpatizo con Force India- Racing Point

Fobias
Toda aquella escudería que atente contra el primado de la Ferrari. Esto significa que la fobia es cambiante: En los ochentas y noventas me cagaban Williams y McLaren; luego fueron Renault y Red Bull. Ahora espero, apasionadamente, que los Mercedes tengan severos problemas de motor y frenos.


Corredores

Filias

1. Jim Clark. Idolazo de mi infancia. El Escocés Volador era el más rápido y el más galán. Momento máximo: en el Gran Premio de México 1964, última vuelta, va de líder y ganará el Campeonato Mundial, y que le truena el motor a unos metros de la meta. Clark se baja y empuja, desesperado, el Lotus. Le alcanzó para llegar quinto, pero perdió el Campeonato.   
2. Ayrton Senna. Aunque no corría para Ferrari, tenía demasiado carisma. Además, no he visto mejor piloto bajo la lluvia que Senna. Pero dice la canción que un día, en una curva, llegó Dios y le dijo “Cierra los ojos”, y Ayrton los cerró.
3. Michael Schumacher. No me caía bien cuando corría para la competencia, pero las más gozables temporadas de Ferrari fueron bajo su gran conducción.
4. Sebastian Vettel. Situación parecida a la de Schumi, aunque sin los campeonatos con el cavallino rampante. El tipo me parece simpatiquísimo.
5. Carel Gaudin de Beaufort. Este conde holandés era un auténtico amante de la Fórmula 1. Tanto, que se compraba sus autos para competir. Era malísimo y siempre chocaba. Eso me divertía de niño. Hasta que se mató.

Fobias

1, Lewis Hamilton. Una sola razón para esta fobia. Gana demasiadas veces.
2. Jenson Button. Mamón desde siempre, me cayó mal cuando ganó el campeonato en 2009, pero todavía peor por su mala relación con el Checo Pérez.
3. Alain Prost. En los tiempos de hegemonía de la Marlboro-McLaren era el gacho del equipo, porque el otro era Senna. Pilotazo. Pero ni cuando se pasó a Ferrari me cayó bien.
4. Pastor Maldonado. Si el conde Gaudin de Beaufort era un peligro para sí mismo, Pastor lo era para todos los demás pilotos. Jamás lo escuché aceptar uno sólo de sus múltiples errores. Una mala broma de PDVSA.
5. Esteban Ocon. Pinche berrinchudo. 

miércoles, abril 17, 2019

Filias y fobias deportivas (II. Beisbol y Americano)

Continúo con mi lista de filias y fobias deportivas. Voy ahora a otros dos deportes de conjunto: beisbol y futbol americano.

Beisbol

No es secreto mío que el beisbol es mi deporte favorito. Lo amo como tal, por su estética, su ritmo, su inteligencia. Por lo tanto, son muchas las filias y en verdad pocas las fobias.

Por equipos.



En Ligas Mayores no tengo una filia particular, pero hay equipos que me caen particularmente bien, normalmente ligados a un momento de su historia, de la mía, o a la presencia de algún pelotero que me encante. Creo que al pasar a las filias y fobias de jugadores será más claro.

En la Liga Nacional el equipo que históricamente me ha caído mejor son los Mets de Nueva York. Será la tendencia a irle a los equipos débiles, será el logo o los milagrosos Mets de 1969, pero ese equipo. También me caen bien los Gigantes de San Francisco y los Rockies de Colorado. Con los Dodgers he tenido tres épocas: la de los pitchers dominantes de los años 60, la de la Fernandomanía y la reciente, cuando estaba Adrián González.

En la Liga Americana, tendencialmente mi favorito han sido los Medias Rojas, pero no siempre. Hubo un tiempo en el que me simpatizaban mucho los Twins (mi conocido regusto por los apodos incongruentes: son 25 y les dicen mellizos); en otro,  los Tigres de Detroit, sobre todo en tiempos de Aurelio López y, en distintas etapas, los Atléticos de Oakland.

Sobre quién es mi favorito entres Mets y Medias Rojas, hay un precedente claro: en la Serie Mundial de 1986 me decanté con los primeros, y gocé el famoso error de Bill Buckner como si hubiera sido aficionado de los Yankees.



En lo referente a fobias, creo que el equipo que más mal me cae en la Liga Nacional son los Rojos de Cincinatti. Nunca simpaticé con la Gran Máquina Roja, ni con sus cabellos bien peinados ni con su dueña republicana. Otros que me caen mal son los Diamondbacks de Arizona y, a ratos, aunque no ahora, los Filis de Filadelfia.

En la Americana, por supuesto que detesto a los Yankees. Por megapoderosos y porque tienen demasiada lana. Al mismo tiempo, es el equipo con más historial y prosapia, fundamental para el beisbol grande, al que respeto mucho. Prefiero que luchen por el banderín y lo pierdan, a que se hundan de media tabla para abajo. Otras escuadras que me caen mal son las Rayas de Tampa y los Rangers de Texas, que, para colmo, fueron propiedad de Bush Jr.

Entre Rojos y Yankees, creo que me caen peor los Reds.

Más filias y fobias:

En la Liga Mexicana de Beisbol, de niño le iba a los Tigres Capitalinos, y el Parque del Seguro Social era el Campo de los Sueños. Con los Diablos me pasaba algo parecido que con los Yankees: al mismo tiempo que quería verlos derrotados, también los respetaba muchísimo.

Pasaron los años y los Tigres me hicieron dos traiciones. Una fue que el equipo se mantuviera luego de la huelga de peloteros que culminó con la creación de la Anabe. La otra, que se fueran de la Ciudad de México. Fui, sin exagerar, cientos de veces al Parque del Seguro Social, casi ninguna al Foro Sol.

Finalmente, fueron precisamente los Diablos quienes me hicieron el favor de invitarme a lanzar una primera bola (junio de 1999, contra los Cafeteros de Córdoba). No los puedo detestar. Pero tampoco puedo amarlos, así sean el único equipo de la ciudad: infancia es destino. En la ex guerra civil, todavía voy Tigres.

En la Liga Mexicana del Pacífico mi favorito son los Tomateros de Culiacán (viví poco más de dos años en la capital sinaloense). Empero, en la LMP me sucede algo parecido que con la Liga Mexicana. Como el campeón del Pacífico es el representante de México en la Serie del Caribe, me resulta difícil odiar a gusto a otro equipo. En cualquier caso, con quien siento que existe la rivalidad tomatera no es con Hermosillo, sino con los Venados de Mazatlán. La suficiente como para que yo no me compre gorra.

Falta comentar acerca de equipos nacionales. Mi filia, obvia, es por México, aunque los únicos placeres que en realidad me ha dado esa selección han sido las dos pírricas victorias contra Estados Unidos en los Clásicos Mundiales.

La fobia es más interesante, porque suelo simpatizar con los deportistas cubanos. La excepción durante muchos años fue el beisbol. ¿La razón? La obsesión de Fidel Castro con la pelota caliente, que era del tamaño de molestarse porque un cubano había sido puesto out fuera de base en un juego de trámite contra Sudáfrica. Cada derrota de la selección cubana ponía a la prensa oficialista (porque no hay de otra) fuera de sí. Mi gusto era imaginar el berrinche de Fidel.


Filias y fobias de peloteros (y aquí habrá más tela de donde cortar).

Filias de Grandes Ligas:


1. Fernando Valenzuela. Tuve la suerte de verlo lanzar, por tele, desde finales de la campaña de 1980, así que al año siguiente, cuando inició la Fernandomanía (sobre la que escribíaquí) estaba yo preparadísimo para la inmersión total. Valenzuela, además de gran lanzador, es un hombre carismático, bueno, decente.
2. Sandy Koufax. Otro zurdo de los Dodgers. Con él, me enamoré del pitcheo, en la primera Serie Mundial que vi por TV. 1963.
3. Willie Mays. Me tocó verlo ya en el final de su carrera. Era una maravilla con el guante y con el bat. Además cumple años el mismo día que yo.
4. Aurelio López. Desde que estaba con los Diablos era admirable. Disfruté mucho sus grandes temporadas y Serie Mundial con los Tigres de Detroit.
5. David Ortiz. Vale repetir la palabra, porque Big Papi es un personaje carismático dentro y fuera del diamante. Uno de los bates más poderosos que jamás he visto.
6. Rollie Fingers, el más significativo de los simpáticos bigotones, los Atléticos de Oakland de inicios de los 70.  Tremendísimo relevista.
7. Miguel Cabrera. Siempre me ha intrigado el contraste entre su cara de niño y el enorme poder de su majagua. Un buen tipo, además.
8. Luis Tiant. Gran lanzador cubano, desde que estaba con los Tigres capitalinos. Una injusticia, que no esté en el Salón de la Fama de Cooperstown.
9. Bob Gibson. Después de Koufax, el pitcher más dominador que me ha tocado ver.  
10. Ozzie Smith, sencillamente el mejor shortstop defensivo de todos los tiempos. Una delicia, ver sus jugadas.


Fobias:


1, Pete Rose. Me cayó muy mal desde siempre. Al mismo tiempo que era un enorme jugador había en él algo de exceso, como que tenía demasiada pimienta y eso lo hacía indigerible. Ya después se supo lo de su prohibida afición por las apuestas.
2. Mark McGwire. Me dolió cuando rompió el récord de jonrones que había impuesto Roger Maris cuando yo apenas empezaba a entender el beisbol. Me dolió más que lo hiciera dopad, el muy tramposo.
3. Alex Rodríguez. Narcisista, mal compañero, también metido en líos de doping. Todo en él me parece falsedad.  
4. Joe Morgan. Tremendo jugador, clave en la Gran Máquina Roja, pero también engreído. Como narrador y comentarista resultó peor, por sus continuos errores y su visión obsoleta del beisbol.
5. Kelly Johnson, utility mediocre, se me hizo particularmente detestable por sucio. Con sus agresiones cubría su mediocridad. Y cuando le clavó un spike a Yovani Gallardo en 2008, dejándolo fuera por un año, me pareció increíble que no le dieran una largo suspensión.
6. David Concepción. ¿Ya he dicho que odiaba a la Gran Máquina Roja? Concepción era pieza clave. En mi lista estarían todos aquellos Reds, menos Johnny Bench, porque decían entonces que nos parecíamos físicamente.
7. A.J. Pierzynski. Todos lo ubican como un tipo odioso, un mal compañero. Uno de mis mejores momentos fue en Fenway Park, cuando Pierzynski dejó caer un foul y, a la pichada siguiente, Dustin Pedroia conectó cuadrangular.
8. Gary Sheffield. Un mercenario que se quejaba de que a los hispanos del beisbol les daban más chance que a los negros, porque eran “dóciles”.
9.  Sammy Sosa. Era más tramposo que McGuire. Al dopaje habría que añadirle que usaba bates trucados.
10. Mariano Rivera. ¿Por qué está el grandísimo Mariano en esta lista? Porque era el cerrador de los Yankees y era tan efectivo que su llegada al montículo quería decir que ya habían ganado. Gocé mucho las pocas veces que le pegaron y le dieron la vuelta al marcador.

En la LMB, casi puras filias, y todas de la época de oro de la liga.

1, Fernando Remes. El Pulpo de las manos maravillosas, pieza clave del Infield del Millón de Pesos de los Tigres sesenteros
2. Héctor Espino. Un jugador mítico. Le vi jonrones descomunales. Y siempre tuvo una actitud digna. Prefirió su dignidad al dinero. Eso no todos lo hacen.
3. Vicente Huevo Romo. El abridor estelar de aquellos mis Tigres. Luego él y su hermano Enrique descollarían en Grandes Ligas.
4. Roberto Musulungo Herrera. Tremenda pimienta le ponía a los juegos el receptor y slugger cubano. Luego fue competente umpire.
5. Enrique Castillo. El cerrador de la bola submarina que siempre quise imitar y nunca pude.

Si hay una fobia, esa sería Ossie Álvarez, porque se rehusó a firmarme un autógrafo, siendo yo niño.


Futbol Americano

Equipos

Filias:


En la Conferencia Americana, y en la NFL, mi equipo favorito son los Green Bay Packers. Los vi por televisión en EU, en un juego en el que le dieron la vuelta a los Rams, por allá de 1967, y desde entonces.
Mi gusto por los Empacadores de la Bahía Verde –como me gusta decirles- es tal que para mí la temporada de americano comienza en noviembre, después de la Serie Mundial y termina el día en que los Cabezas de Queso son eliminados.

En la Conferencia Nacional, mis simpatías están con los Jets de Nueva York. Me cautivé con ellos en 1969, y desde entonces casi puras vergüenzas, pero igual me caen bien.

Fobias:


Conferencia Americana. Patriotas de Nueva Inglaterra. Se trata de una fobia reciente, ligada a su cadena de triunfos, trampas como la del balón desinflado y su posición política.

Conferencia Nacional. Vaqueros de Dallas. Para saber qué tanto me cagan los Cowboys, haré un símil que suelo platicar de bulto con los cuates. Digamos que los Yankees están por debajo de las rodillas en mis gustos. La Juventus, Lazio y Real Madrid, “a la altura del betún”, es decir, de los zapatos. El América de plano está en el suelo. Bueno, pues para saber donde tengo a los Vaqueros hay que hacer un hoyo profuuundo, lanzar una moneda, esperar un minuto a que caiga y cuando suena, ya llegó a donde los tengo.
Los detesto porque Televisa los endiosó, porque son all-American y republicanos, por Jerry Jones, por sus fanáticos insufribles y porque son tan mala onda que J.R. Ewing, el villano de la serie Dallas, tenía abono para toda la temporada.

Jugadores.

Filias:



1, Joe Namath. Broadway Joe, el quarterback de los Jets campeones se convirtió en mi ídolo durante la adolescencia. ¿La razón? Declaró que tenía sexo antes de cada partido para relajarse. Hice lo mismo por aquel entonces y quedé en tercer lugar en una carrera de fondo.
2. Clay Matthews. Extraordinario y greñudo linebacker de los Empacadores. A mi gusto de villamelón, el mejor liniero defensivo que he visto. Siento mal que los años estén empezando a cobrarle factura.
3. Walter Payton. Sweetness. Un tipo excelente, dentro y fuera del terreno de juego. Además, somos prácticamente de la misma edad.
4. Troy Polamalu. Otro defensivo espectacular. Tremendo safety. Creo que esta filia es también por envidia capilar.
5. David Whitehurst. Era el mariscal de campo de los Packers en años de vacas flacas. Quería con pasión que tuviera éxito. No tuvo mucho.

Fobias.


1, Roger Staubach. Lo sé. Era buenísimo. Pero era el quarterback de Dallas en su época más odiosa.
2. Tom Brady. Otra estrellota triunfadora. Me cae mal por trumpista, más que por transota.
3. Deion Sanders, buen cornerback, deportista completo. Pero miren qué combinación; jugó futbol americano para los Cowboys; beisbol, para Yankees y Reds. Y mamón, para más inri.
4. Tim Tebow. Por fortuna es un tipo que no la hizo ni en el americano ni en el beis, lo detestable en él es la mezcla de religión y deporte.
5. Peyton Manning. Aquí si no tengo explicación. Su papá Archie me caía muy bien cuando estaba con los Saints, y su hermano Eli no me es antipático. Pero nunca lo tragué.  

De pilón, para documentar mi antivaquerismo, les regalo una bonita foto de Staubach con Trump.



viernes, abril 12, 2019

Filias y fobias deportivas (I. Futbol)

Todos tenemos, en la vida y en el deporte, nuestras filias y fobias. Ayudan a decir cómo somos.
Entre mis filias, está la de hacer listados, que sirven para dar la impresión de orden, cuando en realidad no lo hay. Y, aunque estas filias y fobias no son estrictamente una lista, al final del día, se generará una, que puede ser más grande de lo que sospechamos al iniciarla.

Empecemos con las selecciones nacionales.


1.Evidentemente las filias inician con la selección de México. El Tri. Afortunadamente, ya no es lo que era en mi infancia, cuando todo lo que se esperaba eran derrotas de los Ratones Verdes. Me enoja que un mexicano haga fiesta si el Tri pierde o cuando minimiza sus actuaciones. La selección es un puto símbolo nacional. Por lo mismo, también me caen mal los merolicos de la televisión que se la pasan ensalzándola acríticamente, con la sola intención de generar rating a través de caricias populacheras.

2. El segundo lugar de mis filias es la Squadra Azzurra. En parte, es por el tiempo que viví en Italia. Pero más que nada es porque desde hace décadas me ha gustado el estilo de juego, que no es la caricatura planteada por los analistas locales, que se quedaron con la idea de que juega al catenaccio, que es de hace más de medio siglo. Recuerdo una larga y buena polémica al respecto con Jorge Witker, en las páginas de Crónica, durante la Eurocopa del 2000. Me gusta, porque entienden cuál es la espina dorsal de un equipo, porque son elegantes, porque le dan gran importancia a los pases y porque suelen ser eficaces. Nada me molesta más que quienes se regodean con una jugada supuestamente muy técnica, un drible, una filigrana que no llega a nada. Eso no pasa en Italia.

3. Hay selecciones que enamoran de vez en cuando, y eso suele generar afinidad a lo largo de los años. Por orden de aparición: Brasil 1970 y 1982 (después, poco a poco, fue convirtiéndose en un equipo sórdido, sin magia); Holanda 1974, Dinamarca 1986, Alemania 2010 y 2014, Islandia 2016.


Toca el turno a las fobias.

1. La selección nacional que menos me gusta es la de Inglaterra. Tal vez porque en el centro de mis recuerdos está el gol fantasma que les ayudó a ganar, de locales, el Mundial de 1966. Durante años detesté ese futbol antiguo, de ponchazos. Pero sobre todo me caen mal la soberbia de la prensa deportiva inglesa y el comportamiento de sus aficionados. Siempre gozo cuando, para su sorpresa, caen eliminados.

2. Un equipo que me cae mal, y que siempre quiero que pierda, es Portugal, a partir de 2006. Lo que alguna vez fue un equipo que apostaba a la combinación de talento y juego de conjunto, se fue convirtiendo en una cosa tosca, con jugadores arteros al servicio, cuando podían, de una estrella narcisista.

3.Una tercera selección a la que no le voy para nada es Francia. Ahí mis razones son más de víscera. Como que nunca, a pesar de las evidencias, se me hizo un país verdaderamente futbolero. Y su estilo jamás me ha parecido atractivo.

4. Termino las fobias con un equipo de Concacaf. En parte porque su afición es muy agresiva, en parte porque cosen a patadas a los mexicanos cada vez que se les enfrentan, en parte porque su juego no es estético, pero sobre todo porque los jugadores de Honduras se comportan como una jauría feroz cuando están en las eliminatorias y como pollitos mojados cuando van al Mundial.

Como puede verse, entre mis fobias directas no está la selección de Estados Unidos (aunque deseo fervorosamente que les vaya mal si el entrenador es Bruce Arena). Que Estados Unidos sea parte del mundo del futbol es un dato de cultura. Y también de pertenencia al mundo. Quiero que los gringos sean panboleros. Y claro, que pierdan con nosotros, como cualquier otra selección.


Pasemos ahora a filias y fobias de clubes, lo haremos por liga, y empezamos con las filias.


1, México – Pumas de la UNAM (confieso que de niño le iba al Necaxa, pero me lo desaparecieron y que por unos años le fui, es un decir, al Zacatepec. Voy Pumas desde 1980).

2. Italia – Roma (terminé yendo con la Lupa por una suerte de descarte, a partir, primero, de mis fobias y, después, de la compra del Milan por Berlusconi; también me simpatiza el Napoli, igualmente guiado por las fobias)

3. España – Atlético de Madrid (un poco para no quedarme en la dicotomía Madrid-Barça, otro poco por populismo). Otros equipos de la Liga que me caen bien son el Betis (“manque pierda”) y el Espanyol (porque me parece muy chistoso que se llame Español y no tenga la eñe).

4. Argentina – Gimnasia y Esgrima de Jujuy (por una razón similar a la del Espanyol: es un equipo de futbol pero se llama “Gimnasia y Esgrima”; además le voy al de Jujuy porque tiene nombre de pueblo de cuento de hadas)

Ahora las fobias

1. México – América. Me tocó la época de los arbitrajes extremos a su favor, de la manipulación más burda de Televisa (lo de hoy es ligerito, créanme). Es un club mala vibra y algunos de sus aficionados tienen una soberbia tal que su americanismo se convierte en un defecto de personalidad. También me cae mal el Monterrey, que tiene una afición similar. Y no me simpatizan las Chivas, cuyo nacionalismo es como de procesión de la Virgen de Zapopan, con aires sinarquistas.

2. Italia – Juventus y Lazio. Tifare Juve? Mai! La Vecchia Signora es el equipo del dinero y el poder. La Lazio es peor, si se puede, el equipo favorito del Duce, con jugadores que hacen el saludo romano tras anotar un gol. (Mi gusto por la Roma  nace del odio a la Lazio y mi simpatía por el Napoli, de que la escuadra partenopea es la de los obreros migrantes de la Fiat, enfrentada al equipo del patrón)

3. España – Real Madrid. La única excepción fue cuando jugaban Hugo Sánchez o el Chicharito Hernández. Entonces tampoco le iba, pero quería que le fuera bien a mis compatriotas.

4. Argentina – River Plate Y Boca Juniors. No sé cuál equipo tiene la fanaticada más desagradable

Puede verse que no aparece la liga Premier. Es que el futbol inglés me cae tan, pero tan mal, que no le voy a nadie. (Si acaso ahí donde haya un mexicano).


Es el momento de pasar a los jugadores. Van las filias:

1. Guillermo Chato Ortiz. Dicen que no hay ídolos como los de la infancia. El 10 de aquel Necaxa de los años 60 cumple ese requisito.
2. Hugo Sánchez. El haber sido el primer mexicano en tener éxito en Europa, sus grandes goles y su disciplina me hacen perdonarle lo mamón.
3. Franco Baresi. Es el defensa de más calidad que he visto.
4. Sócrates. Hay fanáticos de Pelé y de Ronaldo. Para mí el epítome del buen futbol brasileño es este mediocampista.
5. Pavel Nedved. Dos palabras quemantes. Categoría por todos los lados.
6. Jorge Campos. La alegría hecha futbol.
7. Andrea Pirlo. Al Maestro con cariño
8. Edinson Cavani. Un tipo efectivo, que siempre da todo en la cancha.
9. Luis García. Me encantaba la facilidad con la que se desprendía del balón y tiraba a puerta. Siento que su paso por Europa está subvaluado. Como locutor ya es otro boleto.
10. Antonio Mohamed. La loca pandilla que armó con el Neza a finales del siglo XX lo pone en la lista.


Y ahora las fobias:

1. Cristiano Ronaldo. Jugadorazo, combinación de talento y disciplina. Pero no soporto su narcisismo.
2. Neymar. Por chillón y exagerado
3. Carlos Reinoso. Tan habilidoso, como mañoso y sucio. Además, era el crack del América en la época más odiosa de ese equipo.
4. Rubens Sanbueza. Me caía mal desde que estaba en Pumas; ahí fue un fardo, pienso, porque el equipo no se acomodaba a su estilo tramposo y desleal. Por eso le sentó bien el América
5. David Beckham. 10% talento, 20% mamonería, 70% mercadotecnia y 0% actitud y pundonor.
6. Luis Suárez. Tiene calidad, pero sus actitudes antideportivas son extremas.
7. Sergio Ramos. Como otros, por sucio y tramposo
8. Paul Aguilar. Cree que es mejor de lo que es, y tiene el bailecito celebratorio más feo de la historia. Ni en la selección me caía bien.
9. Claudio Caniggia. Creo que me caía peor por la esposa.
10. El Coreano Rivera. Primero, estuvo en la lista de los cachirules que le costó a México una suspensión. Luego, era un verdadero asesino en el terreno de juego. Pero en el fondo me da lástima. Un hombre derrotado por la ignorancia.


Para terminar, filias y fobias de entrenador.

Filias:

1. Rinus Michels. Por el futbol total. Nada más.
2. Bora Milutinovic. Me cae super bien, y siempre me gustó el estilo perro con el que jugaban sus equipos. Báez respeta.
3. César Luis Menotti. Me gusta su filosofía y creo que dio un empujón definitivo al futbol mexicano el tiempo que estuvo aquí.
4. Leo Beenhaker. Logró lo imposible. Que fuera un placer ver jugar al América. Por supuesto, lo corrieron de mal modo.
5. Tuca Ferreti. Me cae bien por la forma en la que es grosero; se pasa de táctico (eufemismo por medroso), pero escoge bien a sus jugadores.



Fobias

1. José Mourinho. Da un estilo horrendo a sus equipos, Y es insoportable como persona
2. Carlos Reinoso. ¡Sí, repite! Tenía fama de autoritario y hacía que sus jugadores fueran como él: mañosos y sucios.
3. Ricardo Antonio Lavolpe. El lavolpismo es anatema en mi canon futbolístico.
4. Dunga. Convirtió la verde-amarelha en un equipo que dolía verlo jugar.
5. Mario Carrillo. Alguien que se hace asesorar por una bruja o vidente no merece respeto alguno.
  

jueves, abril 11, 2019

El estadio purificador y el hombre bueno

A continuación dos textos de coyuntura sobre Andrés Manuel López Obrador.

El estadio y la purificación


En estos días, con motivo de las rechiflas y abucheos que recibían gobernadores de oposición durante las giras del presidente López Obrador, se recordó que, durante la marcha por el desafuero de 2005, AMLO invitó como orador a Porfirio Muñoz Ledo, quien fue recibido con chiflidos y abucheos. Ante el reclamo del trato, López Obrador habría respondido: “la plaza purifica”.

En esa imagen, la plaza se hace equivalente al Pueblo. Y la purificación consiste en hacer pasar al político por el purgatorio del rechazo popular, para que se le bajen los humos y tenga la humildad necesaria.

En realidad, la plaza siempre tiende al comportamiento simple y exaltado. Es parte de la psicología de las masas. Y, salvo en el caso de los mítines políticos, donde lo central es la identificación con el líder, normalmente la actitud es la de contrariar al poder establecido.

Basta ir al Zócalo un 15 de septiembre para atestiguarlo. No importa quién sea el Presidente y tampoco importa que se trate de un acto cívico. Apenas aparece en el balcón, se lleva tremenda rechifla. ¿Por qué? Porque está ahí arriba, en la sede del Poder. La maravilla de esa ceremonia, es que apenas empieza el Grito, la masa cambia, se une para identificarse, ahora, en la nacionalidad y el orgullo de ser mexicanos. Son dos momentos de catarsis.

Y basta asistir a un encuentro deportivo, donde el motivo de reunión es otro, para constatar que no hay político o mandatario que supere la prueba del estadio. Le pasó a Díaz Ordaz en las inauguraciones olímpica y mundialista de 1968 y 1970; le pasó a De la Madrid en el Mundial del 86, a Calderón en la inauguración del estadio de Torreón. Y a políticos de menor rango, les ha ido todavía peor: fue el caso de los entonces secretarios Santiago Creel, en 2002, al dar el banderazo de la carrera de IndyCar y Agustín Carstens, al lanzar la primera bola del Clásico Mundial de Beisbol en 2009. Cuauhtémoc Cárdenas, siendo jefe de gobierno, se tuvo que tragar un rato largo de abucheos cuando fue a la plaza de toros.

El asunto es muy sencillo. A la gente no le gusta –y menos a la masa– que los políticos se monten en un evento que no es primordialmente político. No importa si es parte del protocolo.

A Andrés Manuel López Obrador le pasó lo mismo que a sus antecesores en la inauguración del Estadio Alfredo Harp Helú. De hecho no es noticia que en un estadio se abuchee a un político. Lo que resultó noticioso fue la reacción y la molestia que siguieron.

López Obrador ha encabezado cientos de mítines políticos, chicos, grandes y gigantes, y en todos ellos, por su naturaleza, ha visto a las masas fusionarse con él. Es de imaginarse que suponía que esta vez, a pesar de tratarse de un evento de otra naturaleza, sucedería lo mismo.

AMLO no fue el único que lo pensó así. Rumbo al nuevo estadio de los Diablos, había vendedores ambulantes que ofrecían, sin éxito, banderas de apoyo a la lucha contra el huachicol; otros intentaban vender pejeluches (los muñequitos con la caricatura amable de López Obrador); otros más, gorras de “Me Canso Ganso”, que supongo son el equivalente mexicano a las de “Make America Great Again”, que portan los simpatizantes trumpistas.

En otras palabras, había quien imaginaba que la inauguración de ese inmueble sería como otro mitin político, y que López Obrador sería la estrella del partido.

El cálculo era errado. Aunque el Presidente recibió algunos aplausos y hubo muchos que guardaron silencio, López Obrador fue abucheado, silbado e insultado por la mayoría de los asistentes. La masa lo bajó del cielo y lo colocó a la altura de los humanos. La de prácticamente todos los políticos del mundo.

El problema es que, en la magia de su popularidad, AMLO creía estar por encima de todos ellos, por encima de la historia.

Así, tuvimos el gesto inédito de un Presidente que condenara al público llamándolo, “porra del equipo fifí”, recordara que “la mayoría está a favor del cambio” y advirtiera que “los seguiré controlando, lanzándoles pejemoñas, rectas de 95 millas”.

Sí, un Presidente que vio al estadio como el adversario y no se lo calló.

Cierto, el público era mayoritariamente clasemediero. Y esas no son las bases de López Obrador, quien de seguro sigue teniendo aprobación mayoritaria en las encuestas. Pero es exactamente el mismo tipo de público que chifló y abucheó a sus predecesores priistas y panistas en circunstancias similares. Aquellos tuvieron la prudencia de asumir el golpe al ego; Andrés Manuel, no.

No sólo eso. En el breve discurso dejó claro que ve a una parte de los ciudadanos, a los que no concuerdan con su gobierno, no como parte de la nación, sino como miembros de un equipo contrario. De hecho dio a entender que los aficionados ni siquiera están “a favor del rey de los deportes”. Es un mal síntoma.

Y otro mal síntoma es la reacción en redes de algunos de los seguidores más enfebrecidos de AMLO. Unos negando lo evidente; otros, imaginando complots y acarreos… en fin.

Uno pensaría que, como la plaza, el estadio purifica. Pero no. Hay quien se considera tan puro que no requiere de esos sanos baños de realidad.


El hombre bueno que reparte y sus torpes opositores


Hay un problema con la oposición al lopezobradorismo. No atina a entender cuáles son las fallas de fondo del gobierno, le tira a lo que se mueva y, en el camino, deja ver una idea de país que es precisamente contra lo que votaron 30 millones de mexicanos.

Va un ejemplo reciente. Distintos grupos de jóvenes beneficiados por los apoyos a los estudiantes de educación media superior presumieron en redes sociales el dinerito que habían cobrado (convenientemente en Banco Azteca), luego de haber recibido la orden de pago en un sobrecito (convenientemente en color rojo-Morena). Por ese atrevimiento, recibieron una andanada de críticas y ataques, y una tonelada de memes.

¿En qué consistían esos ataques? En decir que no eran merecedores de ese dinero, que se estaban llevando injustamente los impuestos de los mexicanos que sí trabajan, que son unos güevones y mediocres. Que las van a gastar en estupideces, y se van a embarazar si son del Conalep. Que la gente de bien se paga sus estudios dándole duro al trabajo, porque el dinero se trabaja y se suda, sin aceptar ningún regalo del gobierno.

Resulta por lo menos curioso, porque hace décadas que los distintos niveles de gobierno en México han otorgado becas –no siempre ligadas al desempeño académico- a estudiantes, algunos de los cuales no las requieren para cubrir sus necesidades elementales (es decir, su dilema no está entre la beca y la deserción). También, porque llevamos al menos un cuarto de siglo con programas de apoyo directo a la población vulnerable, en la que la única exigencia, en materia escolar, es que los niños se mantengan en la escuela. Y porque, sin ir más lejos, uno de los candidatos contra los que compitió López Obrador, el frentista Ricardo Anaya, propuso en campaña algo más radical: el ingreso básico universal, garantizado a cada mexicano.

Pareciera, para una parte de esos críticos, que lo ideal es que no haya transferencias masivas, y que cada quien se rasque con sus uñas, si lo permite el mercado. Que el pobre se esfuerce el doble o el triple para intentar salir, aunque no salga, porque en el fondo es un flojo. Para otros, debería fijarse un mecanismo que determine en qué se pueden gastar el dinero los becarios, porque hay gastos morales –como los libros- e inmorales –como una cervecita- y las buenas conciencias deben decir cuál es cuál, porque los pobres, ya se sabe, van a derrochar… y por eso no salen.

Por eso no extraña que hayan sido los jovencitos, más que quienes controlan el programa, el objeto de las burlas y las críticas. El mensaje es que, si son pobres, deben aprender que ese es su lugar y si les dan dinero, deben saber son unos mantenidos. En esa lógica, el mérito y los beneficios deben ser sólo para los estudiantes de excelencia… y también para aquellos cuyos padres les pueden pagar la carrera en una escuela privada. 

Evidentemente, los apoyos económicos que distribuye el gobierno no tienen qué ver con merecimientos académicos. Una parte de la intención es igualadora: distribuir el mismo dinero a familias con diferentes ingresos tiene un efecto positivo mayor en quienes menos tienen. Ahí la pregunta relevante es si se trata de un mecanismo idóneo para democratizar los ingresos.

Esto nos debería llevar a discutir acerca del efecto real de las transferencias directas en la distribución del ingreso, dada cuenta de que se han llevado recursos de otros rubros del gasto público. Y debería terminar en un debate acerca de la mayor o menor urgencia de una reforma fiscal en el corto plazo (porque en el mediano, es seguro que tendrá que venir, por mera necesidad).

La otra parte de la intención es política, y esta es la que debe ser motivo de la crítica.

Hay un claro intento de simbiosis entre los distintos apoyos que da el gobierno federal y la imagen del presidente López Obrador. La idea detrás, que está hasta en el color de los sobres, es que es el bueno de Andrés Manuel quien está otorgando los recursos. Y hay que ser agradecidos con quien ayuda.

En ese sentido, hay una suerte de juego perverso, en el que los propagandistas del régimen se acomunan con sus críticos más derechistas. ¿Qué dice este juego? Que en realidad no mereces la beca o el apoyo, el gobierno que te los otorga es magnánimo, porque está encabezado por una persona de buen corazón. Funcionó en su momento con los adultos mayores ¿por qué no habría de funcionar ahora?

Así que hay dos razones para poner en tela de juicio las becas masivas. Una es preguntarse si en realidad van a tener el efecto redistributivo que presumen. Otra, su uso político-clientelar.

Lo que no se vale es darse golpes de pecho acerca del destino de los impuestos (finalmente sí es gasto social, y eso es mejor a que se cuelen los millones en sobreprecios de obras fantasma de infraestructura), de los beneficios del sudor de la frente para ganarse el pan y, sobre todo, acerca del mérito, cuando nunca se ha tratado de eso y cuando es muy fácil llenarse la boca con esa palabra desde posiciones de privilegio.