jueves, enero 27, 2022

Leyendas olímpicas invernales: Hubertus von Hohenlohe

 


Tiene varios récords en su haber. Es el deportista que más veces ha sido abanderado de la delegación olímpica mexicana. Es el esquiador alpino con más apariciones en Juegos Olímpicos. También, el atleta invernal con más tiempo entre su primera y última competencia olímpica: 30 años. Y el esquiador alpino más viejo en una competición olímpica. El que no haya ganado nada en competencia es lo de menos.

Hubertus von Hohenlohe Fürstenberg desciende de la más rancia nobleza europea, por ambas ramas, pero nació en la Ciudad de México, donde su padre administraba la fábrica de Volkswagen. Cuando tenía cuatro años de edad, su familia se mudó a España, y luego a Austria, donde Hubertus estudió y desarrolló su gusto por el esquí alpino.

Aunque era un buen esquiador, y llegó a obtener un 5° lugar en la prueba combinada de Madonna del Campiglio, dentro de la serie mundial de 1981, nunca tuvo oportunidad de ser parte del fuerte equipo austriaco. Lo que hizo fue ayudar a crear la Federación Mexicana de Ski. Eso le permitió participar, como único integrante mexicano, en los juegos de Sarajevo 84, donde obtuvo el lugar 26 en el slalom, entre 103 participantes. Esa misma posición, la 26, es la mejor que había logrado dos años atrás Von Hohenlohe en el Campeonato Mundial -y que no repetiría en las siguientes 18 ocasiones en las que participó.

En su primera participación olímpica, Hubertus tenía 25 años. La leyenda se desarrollaría posteriormente. Volvió a competir en Calgary 88 (su mejor posición, 30° en el slalom), en Albertville 92 (llegó en el lugar 36 en la combinada) y Lillehammer 94 (lugar 48 en el descenso libre). En el camino, se dedicó a la fotografía (“fotógrafo de calle sin calle”, se autodefine) y le dio por convertirse en cantante pop, primero con su nombre y luego como Andy Himalaya y como You Know Who. Como esquiador se puso él mismo el mote de “Desastre Real”. Se creó un personaje y se hizo una figura en el mundillo del esquí alpino y alrededores del jet set.

Para las citas olímpicas de 1998 y 2006, no hubo delegación mexicana a los Juegos Olímpicos Invernales, y Von Hohenlohe no fue incluido en la de 2002. Pero volvería como único representante nacional en Vancouver 2010, a los 51 años de edad, para terminar en el lugar 46 en el slalom y 78 en el slalom gigante. Eso no sería todo, porque Hohenlohe, además de deportista, fotógrafo, cantante, animador de fiestas y publicista, también es diseñador, y para Sochi 2014 diseñó su propio traje de esquí, al estilo mariachi. Compitió sólo en slalom -al cabo ya tenía 55 años-, cayó y no terminó la prueba. Su última participación en el circuito profesional fue a los 62 años, en 2021, donde terminó dando trompicones cuesta abajo. Y su última contribución olímpica fue el diseño, tipo Día de Muertos, de los trajes de la delegación olímpica invernal de México que le siguió, la de Pyongchang 2018.

Entre el glamour, la perseverancia y el relajo de aprender a no tomarse en serio, Hubertus Von Hohenlohe se convirtió en una leyenda invernal, porque nos recuerda que los olímpicos son también Juegos.

 


jueves, enero 20, 2022

Glorias olímpicas invernales: Eric Heiden



 

Hay grandes atletas que, a lo largo de varias olimpiadas, van coleccionando triunfos y medallas. Hay otros que tienen el más fulgurante desempeño en una sola cita olímpica. A muy pocos les basta esa sola exhibición para ser considerados como la máxima figura de su deporte.  Y tal vez sólo Eric Heiden, patinador de velocidad, tras ese brillo extremo, decidió retirarse cuando estaba en el pináculo de su carrera deportiva y dedicarse a otras cosas sin voltear la vista atrás.

En su infancia, en el frío Wisconsin, Eric Heiden practicó el patinaje, el esquí de fondo y el ciclismo, que le apasionaba. En lo primero fue en lo que más destacó, al igual que su hermana Beth. En una carrera que duró cuatro años, Eric consiguió dos campeonatos mundiales juveniles, cuatro campeonatos mundiales en sprint de 1000 metros y tres de patinaje completo, al tiempo que rompió 15 récords mundiales.

Su primera experiencia olímpica fue en Innsbruck 1976, cuando contaba con 17 años. Allí quedó el 7° lugar en los 1,500 metros y en el 19° en los 5 mil. Apenas estaba empezando y nadie sabía y pocos imaginaban lo que sería en la siguiente cita.

Para 1980, Heiden ya era uno de los favoritos, sobre todo en las distancias cortas. Pero lo que hizo en Lake Placid 80 nadie lo ha podido igualar. Ganó el oro en los 500 metros y en los 1000 metro, como se esperaba. Pero también lo hizo en los 1500, los 5 mil y los 10 mil metros. En las primeras cuatro pruebas rompió el récord olímpico. En los 10 mil -la prueba que más gozó, dice, porque estaba tan concentrado que en ningún momento falló su técnica- también rompió el récord mundial. En los 500 y 5 mil metros derrotó al campeón mundial vigente. En los 10 mil, destronó al campeón olímpico. Barrió con la especialidad.

Tras los Juegos Olímpicos, se pensaba que Heiden continuaría una larga carrera en el patinaje de velocidad. Pero no. Sólo participaría en los siguientes mundiales (ganó el sprint, quedó segundo en el de patinaje completo). Su idea era estudiar medicina y seguir los pasos de su padre, ortopedista. Dejó los patines a los 21 años.

Cuatro años más tarde, terminada la carrera y antes de abordar la especialización, Heiden volvió a ser deportista de élite, pero en el ciclismo. Compitió, sin obtener medalla, en los Mundiales de Pista en 1984 y de allí pasó a promover la formación de un equipo estadunidense para las grandes competencias europeas de ruta. El primero de la historia. Logró la creación del equipo 7-Eleven, con el que compitió en el Giro d’Italia y el Tour de France, sin grandes éxitos. Pero por su iniciativa el ciclismo de EU puso, por así decirlo, su pica en Flandes.

De ahí, se dedicó casi exclusivamente a su carrera y su profesión de medicina. No aceptó patrocinios. El doctor Heiden no usó sus cinco oros olímpicos para otra cosa que para recordar un buen momento de su vida.   


viernes, enero 14, 2022

Biopics: El Nacional, de standard a tabloide

1989 estaba por terminar. En Pumitas, los Panteras donde jugaba Rayo se habían convertido en un equipo de respeto. Camilo había abandonado el futbol y, mientras jugaba su hermano, se entretenía coleccionando ramitas y hojas de diferentes formas, que me mostraba, orgulloso. En el mundo, iban cayendo como fichas de dominó diferentes regímenes satélites de la Unión Soviética. Por mi parte, había dejado la casa de Mapes y me pasé a uno de los departamentos que rentaba mi mamá, el número 2 de Lerma 343. Por fin se había ido un inquilino moroso, un tal Adalberto Ramones, quien todavía era un desconocido. Dejó el departamento mucho muy sucio, con la jardinera convertida en un cenicero, en el que había montones de anillas de latas de cerveza.


Entonces fue cuando a Pepe Carreño decidió echarle todos los kilos para un proyecto que acariciaba desde meses atrás: convertir a El Nacional en un tabloide.

Aquel Nacional en el primer año que trabajé ahí era un periódico de formato standard. Grande, ancho, para desplegar frente al escritorio y leer pausadamente, colocando a veces los folios sobre las rodillas, en busca del pase de página. Tan grande que, en tiempos del anterior director su gancho era un póster diario. Era, para entonces, un formato viejo. Los lectores eran más dinámicos, con menos tiempo y con necesidad de una lectura más cómoda.

Quien hizo el nuevo diseño fue Luis Almeida. La idea era, en realidad, hacer varios tabloides: uno por sección y otro para el suplemento del día. Todos eran, por supuesto, en múltiplos de ocho páginas y daban, sin contar el suplemento, un total de 104: un montononón. Contemporáneamente, se firmó un nuevo contrato colectivo con la dirigencia sindical, también nueva, en el que se establecía la obligación de hacer esas 104 páginas. Resultó una trampa, y sobre ello abundaré más tarde.

En esos días había que hacer dos periódicos completos, uno en el formato tradicional y otro en el tabloide. Y a mí me tocaba estar un poco en todo. Desde revisar tiempos y factura de las ediciones, hasta subir al último piso, en noches de vacas flacas, que suelen ser muchas a fin de año, a tratar de conseguir algo por el byflyx, que era un aparato capaz de tomar fotos de un video de la televisión satelital. Y ahí nos tienes, buscando canales de noticias, para sacar una imagen pixeleada del “Estado Mayor” de la oposición rumana a la dictadura de Ceaucescu.

Eran jornadas largas e intensas, que solían acabar para mí a eso de las tres de la mañana. Y Pepe Carreño estaba en todo, dando instrucciones, proponiendo ideas y también actuando de Grinch. Una vez Fernando Cabral se escapó un par de horas para ir con su familia a la cercana Alameda, a que los niños vieran a los Reyes Magos. En ese rato tuvo la mala suerte de que Pepe lo buscó y no lo encontró. A su regreso, lo recibe con cara de pocos amigos.

-¿Dónde estabas? 

-En la Alameda, fui un ratito con la familia -titubeó Cabral.

-Ay sí, la Familia Kodak -y Pepe hace con las manos una mueca de sonrisa.

El caso es que el 2 de enero de 1990 El Nacional salió con su nuevo formato, mucho más amigable. Y nosotros quedamos muy satisfechos con el trabajo realizado.


Una de esas noches de mucho trabajo, la del 20 de diciembre, llegué yo a casa a media madrugada. Y me encontré con una sorpresa gratísima. Allí estaba Taide, a quien yo le había dado una copia de las llaves del departamento. Empezaba algo que duraría toda la vida.

jueves, enero 13, 2022

Leyendas olímpicas invernales: Surya Bonaly

 


Fue la más espectacular patinadora artística en una de las épocas de oro de la disciplina. La que la llevó a extremos atléticos y acrobáticos. Precisamente por eso, nunca fue bienquerida por los jueces y por eso, también, se convirtió en una leyenda.

Surya Bonaly nació en Niza, y pasó sus primeros meses en el orfanato, hasta que fue adoptada por una pareja formada por una exigente profesora de educación física y un arquitecto. Años más tarde se enteró que sus padres biológicos eran de Costa de Marfil y de la isla Reunión. Impulsada por su madre, la joven practicó varios deportes, y en todos era buena. La esgrima, la gimnasia (donde pronto destacó, fue campeona mundial juvenil de gimnasia acrobática) y, lo que más le gustaba, el patinaje artístico.

Cuando Surya apenas tenía diez años, fue a ver entrenar al equipo olímpico francés, que hacía una escala en Niza. Su madre convenció al entrenador Didier Gallaghet de que la dejara patinar con ellos una hora. La niña intentó hacer un doble Axel, con todo y que tenía el tobillo fracturado. El entrenador quedó impresionado con su determinación y la invitó a que se entrenara en París. Allí se fue la familia, viviendo seis meses en su camioneta: padre, madre, hija y cinco perros.

Pronto empezaron los triunfos. Para 1992, ya había sido campeona mundial juvenil y campeona europea. Venían los Juegos Olímpicos de Albertville, con Francia de anfitriona. Bonaly iba en tercer lugar tras la rutina corta y, antes de la final, tuvo un desacuerdo con el entrenador, que quería una rutina menos arriesgada. Surya fue la primera mujer en intentar un cuádruple toe loop, pero lo terminó en el hielo, y no en el aire, por lo que sólo le contaron triple. Aún así, fue espectacular, pero la calificaron por debajo de Midori Ito y de Nancy Kerrigan, que habían tenido fallas similares. Terminó en quinto lugar. Los jueces consideraban que era demasiado veloz y que le faltaba flujo, elegancia. Tampoco les gustaba su vestimenta. El público pensaba diferente.

Tras el rompimiento con Gallaghet, Bonaly tomó como entrenadora a su madre, Suzanne. En los Mundiales de 1993 obtuvo la medalla de plata, tras cerrada competencia con Oksana Baiul. El reacomodo de los olímpicos invernales dio rápidamente otra oportunidad a la francesa, ahora en Lillehammer 94, en una competencia que generó gran expectativa mediática por la agresión sufrida por Nancy Kerrigan a instancias de su rival Tonya Harding. En el hielo, quienes más brillaron fueron la campeona Baiul y Bonaly, quien jugó con combinaciones largas y difíciles, pero la francesa -tras estar en segundo lugar luego del programa corto- cayó al cuarto lugar, porque su exhibición tuvo algunas fallas.

Para el Campeonato Mundial de Chiba, Japón, Bonaly se había cortado la cola de caballo, que no gustaba a los jueces, dejó de intentar saltos cuádruples, trató de ser más grácil y menos atlética. Empató en puntos con la local Yuka Sato, y los jueces votaron 5-4 para darle el oro a la local. Bonaly se inconformó con su plata: “Hice todo lo que pude, menos pintarme de blanca”, declaró.

Poco antes de los juegos de Nagano 98, Bonaly se rompió el talón de Aquiles. Tenía pocas probabilidades de alcanzar medallas, porque no podía terminar sus series de saltos triples, así que en la rutina final hizo lo que nadie: un mortal hacia atrás en el que cayó en un solo patín. Una maravilla. Pero, como ese salto está prohibido, le descontaron puntos. Se fue hasta el lugar 10.

Pero sucedieron dos cosas: una, que el público se le rindió con esa actuación valiente y deslumbrante. La otra, que, a su regreso a la villa olímpica, Bonaly fue felicitada por otros atletas admirados: los de hockey sobre hielo, los de esquí alpino, los de bobsled, luge y skeleton. Había hecho una revolución: si los jueces querían música clásica, ella les brindaba el mejor jazz, así patinara con Vivaldi.

De ahí se retiró del deporte amateur, pasó a exhibiciones profesionales, y luego a ser entrenadora. Nunca ganó medalla, pero la espectacular y legendaria huella que dejó hizo que muchos la amaran y que todo mundo la extrañara en las siguientes ediciones olímpicas.







jueves, enero 06, 2022

Glorias olímpicas invernales: Ole Einar Bjørndalen

 


Ole Einar Bjørndalen, leyenda viva del biatlón, era el atleta olímpico invernal más laureado al momento de su retiro, en 2018. Ganó 13 medallas olímpicas y 8 de ellas fueron de oro. También subió a 45 podios mundialistas, de los cuales 20 correspondieron al primer lugar.

Lo que caracterizó desde el principio a Bjørndalen fue su capacidad como esquiador de fondo, que fue el deporte en el que se inició. Era mejor en las carreras relativamente cortas. Posteriormente desarrolló sus habilidades como tirador, para ser competitivo en biatlón.

Su historia olímpica no empezó bien. De local, en Lillehammer 94, quedó en el lugar 28 en los 10 kilómetros; se fue hasta el puesto 36 en los 20 y el equipo noruego, por primera vez en muchas olimpiadas quedó fuera de las medallas, con un triste 7° lugar en el 4 x 7,500.

En Nagano 98, Ole Einar obtuvo sus primeras medallas olímpicas: un oro en el sprint de 10 kilómetros y una plata en el relevo por equipos. En los 20 kilómetros tuvo que conformarse con un 7° lugar.

La historia del oro en los 10 kilómetros de Nagano es la que mejor nos dice quién era este atleta. Cerca de dos kilómetros antes de que llegara a la meta, la carrera (en la que los competidores no salen en masa) se canceló por mal clima, porque se consideró que se había convertido en algo desigual para quienes salían después. Bjørndalen llevaba largos 15 segundos de ventaja sobre su más cercano competidor. Mientras todo el equipo noruego dejaba salir su enojo y su frustración, porque ya se sentían con la medalla de oro, lo que hizo el biatleta fue llamar a su coach mental, quien le dijo que había tenido suerte, porque al otro día podía hacer la carrera perfecta. Sólo con estabilidad mental podía dar a todas las dianas y no basarse en su mayor velocidad sobre los esquíes. Y la competencia del día siguiente fue perfecta. Ganó por más de un minuto.

El entrenamiento mental, en el que Bjørndalen fue uno de los pioneros, lo hizo una persona estrictamente dedicada a su deporte. Una persona que mantenía su vida privada alejada de los reflectores.

Para Salt Lake 2002, Bjørndalen ya era el favorito en el biatlón, pero como también quería demostrar y demostrarse sus capacidades en el esquí de fondo, intentó ser el primer atleta en ganar medalla olímpica en ambas disciplinas. Quedó en 5° lugar en los 30 kilómetros y se pensó que el esfuerzo le cobraría caro en las competencias de biatlón, que empezaban apenas dos días después. El resultado fue sorprendente:  oro en el sprint 10 kilómetros, oro en la persecución de 12.5 kilómetros, oro en los 20 kilómetros y oro en el relevo. Nadie antes que él había barrido en todas las competencias de su especialidad

La cita de Turín 2006 fue la única en la que Bjørndalen no subió a lo más alto del podio. Pero obtuvo tres medallas: plata en los 20 kilómetros (fue el más rápido sobre los esquíes, pero sufrió dos minutos de penalización por sendos errores en el polígono de tiro) y en la persecución de 12.5; bronce, en los 15 kilómetros.  En Vancouver 2010, el biatleta noruego falló otra vez en su competencia preferida, que eran los 10 kilómetros, quedando en el lugar 17. A cambio, se llevó la plata en los 20 k. y el oro en el relevo.

Su despedida olímpica fue en Sochi 2014, cuando ya tenía 40 años. Ahí volvió el atleta de inicios de su carrera, con más fuerza en las competencias más cortas: oro en los 10 kilómetros y en el relevo mixto. En cambio, se fue hasta el lugar 33 en los 20 k. Luego aparecieron los problemas del corazón y el retiro. Al cabo la gloria estaba ya ganada.