jueves, octubre 29, 2020

Peloteros mexicanos en postemporada (un análisis histórico)


Actualizado a noviembre 2022

En 2020 los Dodgers se coronaron en la Serie Mundial, en un partido cuyas figuras clave fueron los lanzadores mexicanos Julio Urías y Víctor González, causando euforia nacional. A partir de ese momento sacamos el análisis de la actuación de los peloteros mexicanos en la historia de las postemporadas de Grandes Ligas. Sirve también para colocar algunas reacciones en perspectiva.

De entrada, dos puntos. El primero es algo perogrullesco, pero hay que asentarlo. Una cosa es la carrera de un beisbolista en Grandes Ligas y otra, su desempeño en postemporada. Lo que hace relevantes a los peloteros es su desempeño histórico a lo largo de las campañas. Pero a menudo, con excepciones que veremos, lo que los hace famosos son los momentos que viven en los juegos clave de la Serie Mundial.

El segundo punto es hacer notar que la relación entre el desempeño normal de los jugadores en temporada regular y lo que hacen en octubre es muy variable. Hay varias categorías: están, por ejemplo, los que se desinflan en postemporada, donde el caso paradigmático es el de Joakim Soria, aunque vale la pena recordar que Beto Ávila, champion bat en 1954, apenas bateó para .133 en la Serie Mundial de ese año. También están quienes han jugado un poquito abajo de su nivel, realizando un trabajo aceptable, pero no tan estelar: casos de Adrián González y Roberto Osuna. Luego, los que dan una gran postemporada y otra malísima, como Jaime García o Sergio Romo; los que han jugado a su nivel normal, como Fernando Valenzuela, Julio Urías o Aurelio López y los que suelen hacerlo por encima de ese nivel, como Marco Estrada.

Como herramienta principal para este análisis, usaré una medición, el WPA de Baseball Reference. WPA es la Probabilidad de Victoria Añadida de un determinado jugador, medida en relación al promedio de los jugadores en cada una de las series. Para dar un ejemplo, el WPA de Corey Seager, nombrado Jugador Más Valioso en la Serie Mundial de 2020, fue de 0.63; en cambio, el WPA de Kenley Jansen, quien fue incapaz de cerrar un juego, porque le cayeron a palos y lo acabó perdiendo, fue de -0.79.

Si vemos el WPA acumulado a lo largo de las postemporadas, el orden para los peloteros mexicanos es el siguiente:

Fernando Valenzuela 2.09 

Julio Urías 1.29 

Erubiel Durazo 0.81

Roberto Osuna 0.80

Marco Estrada 0.69

Valenzuela tuvo marca de 5 ganados 1 perdido, 1.98 carreras limpias admitidas por cada 9 innings lanzados y 44 ponches. Adicionalmente, 4 juegos completos y 2 blanqueadas. 

Los números de Urías son 8-3, un juego salvado, 3.68 de PCL y 60 chocolates. Mientras el Toro ponchó a 6.2 rivales cada 9 entradas, Urías ha pasado por los strikes a 9.2.

El alto WPA de Durazo depende mucho de su gran Serie de Campeonato y Serie Mundial de 2001. Participó en 4 postemporadas y sus números son .234 de bateo, con 2 jonrones, 7 producidas y un OPS (porcentaje de embasamiento más slugging) de .771.

Osuna tiene 2-1, 5 salvamentos, 2.97 en carreras limpias, un hold, 2 rescates desperdiciados y 30 ponches.

Estrada tiene 3-3, 2.64 de efectividad y 43 ponches (8.1 por cada 9 innings lanzados)

Como puede verse, Julio Urías ya se separó de los demás, pero le falta todavía para llegar a los números de postemporada de Valenzuela (y no digamos a los de temporada, porque le faltan más de 100 victorias)

Ahora analicemos año con año. ¿Quién tuvo una mejor postemporada, contando Wild Card, Serie Divisional, Serie de Campeonato y Serie Mundial?

Fernando Valenzuela 1.31 (1981)

Julio Urías 1.29 (2020)

Erubiel Durazo 0.80 (2001)

Sergio Romo 0.79 (2012)

Roberto Osuna 0.76 (2016)

Aurelio López 0.63 (1984)

Otra vez vemos al Valenzuela de la Fernandomanía adelante, pero apenas por un pelito por encima de Urías en 2020. Durazo tuvo extraordinarias series de campeonato y mundial en aquel 2001 (no tanto la divisional), Sergio Romo fue un jugador clave, como cerrador de los Gigantes de San Francisco en la segunda de sus tres coronas en año par, Osuna estuvo espectacular en aquel año con los Azulejos de Toronto y Aurelio también tuvo un papel esencial para llevar a los Tigres a la cima, ganando de relevo el último juego de la Serie Mundial del 84. 

¿Cómo se distribuyen esos logros? Veamos cuáles son las mejores series de postemporada que han tenido los peloteros mexicanos, de acuerdo con el WPA:

Fernando Valenzuela 0.83 NLDS 1981 

Roberto Osuna 0.48 ALDS 2016

Julio Urías 0.44 NLCS 2020

Erubiel Durazo 0.37 WS 2001

Sergio Romo 0.36 WS 2012

Julio Urías 0.36 WS 2020

Hago notar dos cosas. La primera es que, aunque la historia de la grandeza de Valenzuela en postemporada suele estar marcada por aquella victoria sobre los Yankees en la Serie Mundial, la verdadera labor de cargarse encima el equipo fue en al principio de aquella postemporada, en la Serie Divisional contra Houston, en la que lanzó dos juegos: uno fue completo y admitió una carrera; en el otro lanzó 8 entradas, en épico duelo con Nolan Ryan y también sólo le anotaron una vez. Los Yanquis, en cambio, marcaron 4 veces la registradora. La segunda es que Urías es el único que aparece dos veces, y que su contribución en la Serie de Campeonato contra los Bravos, en la que ganó dos juegos, fue superior a la de la Serie Mundial.

Y aquí están -de hecho completando la anterior tablita- las mejores actuaciones de mexicanos en una Serie Mundial:

Erubiel Durazo 0.37 2001

Julio Urías 0.36 2020

Sergio Romo 0.36 2012

Jaime García 0.35 2011

Víctor González 0.26 2020

Nos encontramos, al menos, con tres sorpresas. La primera es que no está el Toro Valenzuela. Su victoria histórica contra los Yankees en 1981 le dio 0.20 de WPA. En la siguiente tabla veremos por qué. La segunda es que, a falta de Fernando, en la cima no se encuentra Julio Urías. Lo que sucede es que el desempeño de Durazo en aquella Serie Mundial que ganó con los Diamantes de Arizona fue opacado por la actuación de Randy Johnson. El sonorense, aunque no alineó contra pitchers zurdos, bateó para .364 y fue pieza clave en juegos cerrados. La tercera es que no está Aurelio López, sino Víctor González. Hicieron Series Mundial parecidísimas. La diferencia, de 3 centésimas, estriba en la cantidad de innings lanzados (tratando de ser exactos, en aquel doble play salvador de la línea al pitcher, digo yo).

El que Jaime García haya aparecido en esta lista nos lleva a la última tablita. La calificación de las aperturas de mexicanos en Serie Mundial. Aquí utilizaremos el método de Bill James, papá de la sabermetría: el "game score". Un lanzador inicia el juego con 50 puntos y los va acumulando o perdiendo de acuerdo con hits, outs, bases por bolas, carreras limpias, ponches, innings lanzados, etcétera. Se considera que la apertura está por encima del promedio si termina arriba de 50 puntos. Un hipotético juego perfecto con 27 ponches daría 114.

Game Score de aperturas de mexicanos en Serie Mundial

Jaime García 2011 (juego 2) 77

José Urquidy 2019 (juego 4) 67

Julio Urías 2020 (juego 4) 56

José Urquidy 2021 (juego 4) 54

Fernando Valenzuela 1981 (juego 3) 52

Jaime García 2011 (juego 6) 42  

García no ganó aquel juego 2, en el que lanzó 7 entradas, colgó 7 ceros y ponchó a 7, aceptando sólo 3 hits, porque el bullpen se lo tiró. Las aperturas de Urquidy y Urías quedan estadísticamente por encima de la de Valenzuela, aunque hayan sido más cortas (la segunda, con injusta salida prematura), pero aquella alcanzó la gloria por la victoria, el rival y el juego completo.

En resumen, el mexicano más grande en la historia de la postemporada sigue siendo el Toro de Etchohuaquila, pero no precisamente por el momento que más se le recuerda. La actuación de Urías en 2020 es excepcional en sus números, sin contar lo asentado que se le vio en la lomita y abajo de ella. Y hay actuaciones injustamente olvidadas: la de Erubiel Durazo en la postemporada de 2001 y aquella apertura de Jaime García diez años después. En esto tiene que ver el equipo (no es lo mismo los Dodgers, a los que la Fernandomanía convirtió en el equipo más seguido en México, junto con los Yankees, que los Diamondbacks de Arizona o, incluso, los Cardenales de San Luis, y más cuando la Serie Mundial coincide con los Juegos Panamericanos), pero también en cómo los medios contribuyen a modelar la memoria colectiva.



 


miércoles, octubre 28, 2020

La Libreta de racionamiento

 


En días recientes apareció la noticia de que en Cuba planean desaparecer la libreta de racionamiento, y también el llamado peso cubano convertible, como parte de una “nueva normalidad” a la que se dirigiría la economía cubana. Es un plan sin fechas, para cuando avancen “otras condiciones económicas financieras para el país”, según el presidente Díaz-Canel.

Estoy convencido de que el proceso, si se da, se traducirá en una profundización de la dolarización de la economía cubana, una devaluación de su peso y aumentos salariales acompañados de un repunte de la inflación. También, de una mejoría en el abasto, que es un desastre.

No sé cuál sea el saldo neto, pero lo que me da un gusto enorme es el anuncio del fin de la libreta. Explico por qué.

Cuando la revolución cubana se radicalizó en 1962, se introdujo la “libreta de abastecimiento” (aquí la palabra “abastecimiento” es un bonito eufemismo de lo contrario), diseñada con dos objetivos: uno, garantizar el acceso de todos los ciudadanos a los bienes de la canasta básica; dos, protegerlos contra las intenciones de acaparamiento y especulación de parte de los capitalistas. Las raciones que se reparten a personas y familias están fuertemente subsidiadas: cuestan algo así como la octava parte de su precio normal. En teoría, sólo los productos escasos son los que se distribuyen por esta vía. Si no los compras con la Libreta no los puedes conseguir en otro lado.

Mi madre era cubana y, aunque ella emigró a México mucho antes de la revolución, toda su familia vivía allí. Aclaro que, al principio, era una familia cien por ciento fidelista, habiendo sido mi abuelo un trabajador ferrocarrilero y activista sindical y todos -incluida mi mamá- participado, de una manera u otra en el Movimiento 26 de Julio.

Recuerdo de niño las pláticas telefónicas entre mi mamá y mi abuela en aquellos años, que eran a gritos, porque la larga distancia no tenía una conexión muy buena que digamos. Siempre una parte versaba sobre cuántas libras de qué daba la Libreta. Y luego había discusiones en la casa sobre si las cantidades alcanzaban o no. A mí me parecía, entonces, que había mucha azúcar, mucho arroz, suficiente huevo y muy poca carne.

Con los años, las cantidades que se platicaban fueron disminuyendo, porque así es esto de la ineficiencia. Y cada vez más productos se iban agregando a la Libreta: los cigarros, el gas, la cerveza, los focos, zapatos, ropa o tela y, señaladamente, artículos de limpieza. En algunos productos la oferta era de verdad escasa: un par de zapatos al año por persona; al año dos barras de jabón, dos rollos de papel de baño (lo que llevó a un nuevo uso tanto a directorios telefónicos como al diario Granma). Cuando faltaron severamente los licores, mi tío y mi primo construyeron un alambique para hacer licor de arroz. Luego faltaron vasos, pero se podían hacer unos hechizos, partiendo una botella y cubriendo los bordes con cera. Así es esto de la inventiva popular.

Por supuesto, en la medida en que los productos de la Libreta fueron bajando de calidad y cantidad, aparecían “por la libre” a precios elevados o de plano en el mercado negro a precios prohibitivos. El robo hormiga era de lo más común. A mi abuela, que siempre fue muy ortodoxa, le mentían y le decían que habían comprado todo por la Libreta, pero en corto sabían que con su pensión de “viuda de obrero destacado” hubiera pasado hambre.

Junto con esto, se dieron otro tipo de distorsiones. Por ejemplo, todos los niños de siete años o menos tenían derecho a un litro diario de leche. A los ocho, lo perdían. Y no faltara quien permutara la leche al vecino por cerveza. Un niño pequeño se quedaba sin leche, pero su papá quedaba bien servido. O más representativo: durante años, las ventas particulares de productos preparados por la misma persona (digamos, alguien que vende queso de casa en casa) fueron consideradas como delitos económicos. El concepto de “acaparador” y “especulador” fue descendiendo de escala social hasta llegar a las más bajas. Claro está que no todos los que cometían delito económico recibían el mismo trato a la hora de enfrentar la ley: hay igualdad, pero unas personas son más iguales que otras.

Llegó el momento en que la gente iba a la bodega a ver qué había. Una vez sólo hubo pimientos. Y de regreso a la casa con un saco de pimientos. En la semana habría ensalada de pimientos, pastel de pimientos y mermelada de pimientos. Y si en la calle ves una cola, hay que formarse, no importa por cuántas horas: de seguro llegó un producto escaso. Tampoco importa cuál, hay que formarse.

¿Qué ha significado la Libreta? Significó una tablita de salvación para la población más pobre durante los años más difíciles de la economía cubana, que no han sido pocos. Pero significó, para la gran mayoría, el eterno desabasto de productos básicos: alimentos, medicinas, productos del hogar y de uso personal. Y significó, sobre todo que, en aras de acabar con el acaparamiento, la especulación y la desigualdad, se generaran acaparamiento, especulación y desigualdades de nuevo tipo, limitando las posibilidades de desarrollo de la sociedad. Es el resultado de la combinación de la ineptitud administrativa con la prevalencia de lo ideológico sobre lo práctico y lo social.

En 1979, visitaba yo Cuba y mi primo la hacía de Cicerón (o de Virgilio, según el cristal con que se mire), llegamos a Plaza de la Revolución y ahí estaba la imagen gigantesca del Che Guevara. Un amigo que venía conmigo, del mismo apellido que el Che, dice una frase de admiración hacia el mítico guerrillero. Mi primo le responde, con un dejo de desaprobación: “Estoy con la revolución, pero el Che fue quien impuso la Libreta”.

Me parece significativo que el anuncio del fin de la Libreta (hago votos porque sea real) haya coincidido con el aniversario de la muerte de Guevara.

viernes, octubre 23, 2020

"Ese deporte no me gusta"

Un divertimento. Deportes populares descritos por alguien que no les entiende y que por eso opina que son aburridos y a nadie deben gustarle.


Futbol:
Se la pasan corriendo de un lado a otro tratando de meter la pelota en la casillita, pero no pueden. Se la quitan unos a otros y a veces se pasan la bola. Casi nunca llegan al otro lado. Cuando eso sucede, los locutores se desgañitan como si fueron algo emocionantísimo. Si acaso hay un gol, el locutor entra en orgasmo y también en competencia para gritarlo por más segundos que el de la cadena de televisión rival.

Si uno enciende la TV a medio juego, las probabilidades más altas son: 1. Están peloteando a media cancha y el locutor dice "es un partido muy trabado"; 2. Hay un jugador revolcándose de manera exagerada en el pasto a causa de un faul; 3. La pelota está inmóvil y hay varios jugadores dispuestos a pegarle, los narradores discurren sobre si debe disparar el zurdo o el derecho; 4. Están peloteando a media cancha y los locutores, ya de plano aburridos, hablan sobre glorias futbolísticas del pasado.

Basquetbol.
Si en el futbol, el gol es una rareza, en el basquet la canasta es de lo más normal. Ataca un equipo, anota. Ataca el otro, anota también. Si el equipo que ataca no anota, es que le cometieron un faul, y entonces le dan chance al jugador de anotar la canasta de tiro libre. Aquí nada de orgasmos de anotación, se hacen puntos por rutina. Los partidos parecen arreglados para que todo se resuelva en los últimos minutos, porque llegan parejísimos y el que anota al final, gana.

Si uno enciende la televisión a medio juego, no pasa nada porque: 1. Los equipos van empatados, y si uno tiene amplia ventaja, cuando falten dos minutos ya no la tendrá; 2. Los locutores hablan de cuántos minutos ha jugado tal basquetbolista y de que hay "una transición"; 3. Un equipo pidió tiempo y van a comerciales.

Beisbol.

Aquí sí no pasa nada de nada. Hay al menos 30 segundos entre un lanzamiento y otro. Total, para que el bateador pegue el enésimo faul. El juego dura como cuatro horas y si hay diez minutos de acción son muchos. Casi todas las carreras son por jonrones que duran como dos segundos para llegar al otro lado.

Si uno enciende la televisión a medio juego, casi seguramente proyectará la imagen del pitcher que se toca la gorra, o del bateador que se acomoda y se vuelve a acomodar los guantes. Por eso a los narradores les da tiempo para platicarnos toda la vida de los jugadores, para sacar una retahíla de estadísticas incomprensibles, para platicar sus anécdotas personales y, por supuesto, para recordar las glorias beisboleras del pasado.

Futbol Americano
Otra mentira. De entrada se juega con las manos, y no con el pie; y no hay bola, sino un balón ovoidal. El juego dura más de tres horas y te dicen que la acción real es de una hora, pero eso tampoco es cierto: normalmente pasan 30 segundos entre jugada y jugada. En esas jugadas, le dan a uno el balón y todos se le echan encima. Cuando muy de repente hay una jugada medianamente interesante, hay un pañuelo en el suelo, lo que significa que la jugada no vale. Donde atrapó el balón no cuenta, y donde no atrapó el balón sí cuenta. Lo peor es que te pasan la repetición y ni los locutores saben por qué voló el famoso pañuelito.

Si uno enciende la televisión a medio juego, la probabilidad más alta es que estén pasando comerciales, porque cambio de posesión, pausa de los dos minutos, tiempo pedido por los Cowboys o algún otro pretexto. Si no, lo más seguro es que los jugadores se están poniendo de acuerdo para la siguiente jugada, mientras los locutores se preguntan si van a correr o pasar. 

Automovilismo Fórmula 1

Supuestamente hay muchas emociones, pero no es cierto. Arrancan los autos y en pocos segundos ya están en fila india; el que tiene el mejor motor va adelante y los otros se van acomodando atrás, cada vez más lejos uno del otro, y así por vueltas y vueltas y vueltas. Casi no hay espacio para rebasar y cuando lo hay, el de atrás tampoco puede. Los locutores hablan de "estrategia de carrera", pero en realidad se trata de cuando le cambian las llantas a los coches.

Si uno enciende la tele a media carrera, lo más probable es que encuentre una perspectiva en la que se ve un auto corriendo solo en la pista; si tiene suerte, habrá una "lucha por el undécimo lugar" entre coches que no van tan rápido. Mientras, Fernando Tornello hace cuentas con los segundos que le saca el líder al segundo lugar (cada vez más) y Chacho López comenta: "Checo Pérez está haciendo una carrera muy inteligente". 

Boxeo
De entrada es un deporte de bárbaros, no de gente civilizada. Pero bueno, si uno ve el box es para que haya una moquetiza, pero nada de eso. Se la pasan tirando golpes de finta, bailando en el cuadrilátero. De repente hay uno que otro golpe, pero luego se asustan y se alejan, incluso cuando un boxeador va ganando. Como esos incivilizados no acaban con la cara destrozada, la pelea será por decisión de los jueces, y ahí sabe uno que va a ser un robo..

Si uno prende la televisión en medio de una pelea de box, lo más seguro es que los encuentre tirando golpes de tanteo, mientras los locutores gritan aparentemente emocionados, pero no están hablando de la pelea, sino recitando las líneas de un comercial.

Tenis.

Deporte fifí. Se pasan la pelota de un lado a otro de la red, en una cosa interminable. La razón de que es interminable está en la puntuación. De entrada, empiezan a contar de 15 en 15 y luego suman 10, y uno no sabe si el que ganó el juego terminó con 50, 55 o más puntos. Después, no importa ganar un juego con amplitud, o incluso un set. El tenis está hecho para prolongar la partida lo más que se pueda, para hacer que estén empatados aunque uno haya ganado muchos más puntos que otro. Es como un fraude electoral. Al final gana el que menos agotado termina.

Si uno prende su aparato de TV a la hora de una partida de tenis, encontrará a los competidores peloteando, o a uno de ellos secándose el sudor con una toalla. Y rara vez escuchará al comentarista, que está en silencio, probablemente porque ya se durmió. 

Atletismo

100 metros planos. Se pasan cinco minutos presentándote a los corredores; otros cinco o más, cuando están en los bloques de salida. La carrera apenas dura diez segundos y normalmente llegan tan apretados que no sabes quién ganó. Los locutores se equivocan al menos con uno de los tres primeros.

Lanzamiento de bala. Un fortachón con una bola de hierro. Es tan pesada, que al tirarla no llega lejos. No tienes idea de si hizo un buen tiro o no, porque la diferencia es de centímetros. La supuesta emoción llega cuando los oficiales dan la distancia. Paso a otro fortachón que se echa talco al pecho y axilas. Es tan aburrido que la cámara deja la final de bala para las eliminatorias de 100 metros planos. Cinco minutos presentándote a los corredores; otros cinco o más, cuando están en los bloques de salida....

Caminata 50 kilómetros. Salen los competidores en bola, los ves marchar unos kilómetros y siguen en bola, los comentaristas hablan de lo extenuante que es la prueba. Regresas media hora después y ahora están en fila india. Los comentaristas hablan de lo extenuante que es la prueba, y que se definirá a partir del kilómetro 35. Regresas al cabo de otras dos horas, seguro ya pasó el kilómetro 35, y ahí siguen caminando, sólo que ya no sabes quién va en qué lugar, porque hay muchos a los que le sacan la vuelta. Si a esas alturas se da el milagro de un rebase de verdad, lo probable es que no lo pasen.

Maratón. Como la caminata, pero corriendo y sin vueltas a un circuito. Aquí no sabes quién va en qué lugar porque no sabes en qué kilómetro está tal edificio.

  
   

jueves, octubre 22, 2020

Nostalgia por el ruizcortinismo



La conferencia del presidente López Obrador en la que analiza con porcentajes de “favorables”, “desfavorables” y “neutros” las columnas de opinión de varios diarios, me dan pie para recordar una historia. 

En 1956 hubo un breve zipizape editorial (así lo califica Fernando Mejía Barquera en su libro Un Diario de Contrastes) entre los periódicos Excelsior y El Nacional

Sucede que el Excelsior, en un editorial, tras el apoteósico regreso de una reunión que sostuvo el presidente Ruiz Cortines con sus homólogos de Estados Unidos y Canadá, criticó el “reclutamiento de manifestantes” que “tenían consigna de aplaudir” y que “choca con la austeridad”. Ya se sabe que Ruiz Cortines era “el Presidente Austero”, sobre todo después de la devaluación de 1954. 

El diario no quería tocar al Presidente ni con el pétalo de una rosa. Por eso, en el mismo editorial señalaba que Ruiz Cortines “no necesita ni exige burocrática conscripción de simpatizantes, por la simple y sencilla razón que ni él está en plan demagógico, ni es minoritario el respaldo popular a su gestión gobernante”. 

Al día siguiente respondió El Nacional, alarmado por los “injustos denuestos contra respetables conglomerados” del pueblo que habían tributado al Presidente con una “fervorosa, entusiasta y espontánea bienvenida”. A continuación, acusaba que el otro periódico había aprovechado la libertad de expresión para amparar la intolerancia y alentar “tendencias desorientadoras”. 

La gente había ido a vitorear a Ruiz Cortines, de acuerdo con la versión del diario del gobierno, “estimulada por el buen gobierno al que reiteradamente ha demostrado su sincera gratitud”. Eran expresiones “sencillas y nobles” de “humilde gente del pueblo”, que daban una “lección de civismo” a quienes perseguían innobles intereses. 

Pero no se quedaba en el regaño. Seguía una amenaza: “un órgano periodístico que se manifiesta adverso y hostil a un régimen democrático… antes de escribir tales diatribas, debería anticiparse y renunciar a privilegios económicos, a la publicidad oficial y de las dependencias descentralizadas”. 

El Excelsior respondería afirmando que su posición “diamantina” era la de ser “los primeros en apoyar y en aplaudir la actitud de acendrado mexicanismo, de dignidad, que fue la norma directriz del Presidente Ruiz Cortines” durante su visita. Que lo que criticaban era el “servilismo barato”, tan distinto “al modo de ser y el estilo de sólido estadista que caracteriza al señor Ruiz Cortines”. 

A su vez, El Nacional contestaría burlándose de que el otro periódico creyera que su posición de apoyo al gobierno era la que importaba, y no “el consenso magnífico de un pueblo”, para luego recordar otras épocas: lo mal que trató a Obregón y a Cárdenas, su posición de “abierta simpatía con el eje nazifascista y el falangismo español”, pruebas de que “su opinión no coincide con la del pueblo”. Ya el Excelsior prefirió no contestar. 

Esa era la situación de la prensa en la era de mayor poderío del PRI, hace ya 64 años. Quienquiera que asomara un atisbo de crítica recibía una andanada editorial, cuando no amenazas -recordemos que el Estado tenía el monopolio del papel periódico- despidos o cierres de la publicación, bajo todo tipo de pretextos. 

Una de las características de los regímenes autoritarios es la de no aceptar las críticas. Y, si vemos el lenguaje utilizado por El Nacional, que fungía como vocero oficioso del gobierno, encontraremos algunas perlas de interés: una es la identificación de la crítica como uso abusivo de la libertad de expresión “para amparar la intolerancia”; otra, la descalificación de la prensa como hostil a la democracia encarnada, por supuesto, en el régimen vigente y en el Señor Presidente; una tercera, el contrastar a los críticos como personas pagadas de sí, alejadas y diferentes a la gente humilde y buena del pueblo, que es incondicional en su apoyo; finalmente, el recuerdo de los pecados, reales o inventados, de un pasado que puede ser tan remoto como se quiera, para demostrar la calaña antipatriótica de quienes se atreven a disentir. 

Tuvieron que pasar muchos años, y que discurrir muchas luchas ciudadanas, para que esa “isla intocada” que era México se dotara de instituciones democráticas y se instaurara una libertad de expresión que permitió, no sólo la crítica abierta y dura a los gobernantes, sino también el periodismo de investigación que ha desnudado errores, corruptelas e injusticias de todo tipo. Hemos dejado atrás el reino de los eufemismos y los mensajes cifrados, y las cosas ya se dicen normalmente por su nombre. 

En ese sentido, los medios -de manera desigual, sin duda- han contribuido al desarrollo de una sociedad plural, mejor informada, más crítica y participativa. Han sido parte del proceso de cambio. 

Paradójicamente, la cabeza de un gobierno emanado de esa sociedad democrática y participativa, se queja un día sí y otro también, de que es criticado. Como si eso no fuera consustancial a una democracia. Pareciera que López Obrador tiene nostalgia de los tiempos en los que el Presidente era intocable, y para quedar bien no bastaba siquiera con mencionar su acendrado mexicanismo y su dignidad: había que ser más abyectos. 

Es cierto que la mayoría de las columnas de opinión son críticas al gobierno. Pero también lo fueron con el de Peña Nieto, con el de Calderón, con el de Fox, con el de Zedillo y hasta con el de Salinas de Gortari. Es cuestión de darse un chapuzón en la hemeroteca para percatarse de que hace mucho que los presidentes dejaron de ser la figura intocable que eran hace medio siglo. Lo novedoso es la queja presidencial, con numeritos y todo. Lo novedoso es que cree que la crítica es cosa nueva, cuando lleva décadas entre nosotros. Y peor: cree que es cosa mala. 

Detrás de esas críticas a la prensa hay una apelación, dirigida a esas personas, “sencillas y nobles”, “gente humilde del pueblo”, a esa masa “fervorosa, entusiasta y espontánea”. Se les pide que no crean en lo que dice la prensa profesional. Que no lean ni analicen. Que no contrasten datos y opiniones. Para eso es mejor la fe ciega.