Mostrando las entradas con la etiqueta Pandemias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pandemias. Mostrar todas las entradas

martes, agosto 10, 2021

Sobrecalentamiento precoz

A cotinuación, dos textos, publicados en junio-julio, que ya rebasaron la coyuntura inmediata, pero que indican hacia donde va la economía mexicana. 


Sobrecalentamiento precoz


La junta de gobierno del Banco de México tomó hace unos días la decisión de aumentar la tasa de interés de referencia en 25 puntos base (es decir 0.25%). Lo hizo inmediatamente después de cerciorarse que el comportamiento de la inflación, tanto la actual como la subyacente, es muy superior a las metas fijadas por el propio banco central. De hecho, es aproximadamente el doble: 6%, frente al 3% que era el objetivo.

La idea detrás de encarecer el costo del dinero -que eso es la tasa de interés- tiene varios lados: por uno, promover un mayor ahorro y menor gasto: una menor demanda tiende a evitar que los precios sigan subiendo; por otro, propiciar la llegada de capital financiero del extranjero, atraído por el aumento en los rendimientos y, con ello, propiciar una baja del dólar, que a su vez se refleja en menor presión sobre los precios; por un tercero, al encarecer los créditos, también restringe la demanda de bienes y servicios.

Hay dos razones principales detrás del aumento de precios. Una es la recuperación del precio internacional del petróleo, que es una mercancía que se utiliza, directa o indirectamente, en prácticamente todas las cadenas de producción. La subida del precio de los energéticos, a su vez, está ligada a la mayor demanda mundial, que deriva de la recuperación económica global, luego de la brutal caída de la producción derivada de la pandemia.

La segunda razón principal es el intento de parte de varios operadores económicos de recuperar, aunque sea parcialmente, las pérdidas sufridas por la depresión económica causada por los confinamientos. Aquí hay que subrayar que, como en toda crisis, todos los que pueden hacerlo –y eso normalmente excluye a los asalariados- buscan mejorar su posición en términos de los precios relativos de los productos (que lo que ofrezco cueste más, en relación a lo que consumo). Esto se puede intentar de mejor manera cuando la economía vuelve a jalar: es decir, cuando hay gente dispuesta a comprar esos bienes o servicios.

Hay que hacer notar que, si bien la recuperación económica se está dando de manera global, no va a la misma velocidad en los diferentes países y tampoco va acompañada de los mismos impulsos inflacionarios.

En el caso mexicano -a diferencia, por ejemplo, del estadunidense-, la economía todavía no llega a sus niveles anteriores a la aparición de la pandemia. Sin embargo -de nuevo a diferencia de Estados Unidos y las naciones más desarrolladas, que sí tuvieron grandes programas de apoyo a la producción y el empleo- las presiones al alza de los precios son mayores. Esto obliga a tomar medidas como las que instrumentó Banxico.

Aquí, siguiendo los lineamientos del presidente López Obrador, no ha habido un aumento notable del gasto y la inversión públicos; tampoco hubo un incremento explosivo de la deuda; mucho menos hubo apoyos para quienes perdieron ingresos durante los peores meses de la pandemia. Hubo, en resumen, un comportamiento procíclico, que hizo más profunda la depresión económica.

Lo lógico, en esas circunstancias, es que el índice nacional de precios al consumidor vaya a la baja, con cambios solamente en la composición de precios relativos (sube la canasta básica, bajan otros productos). Así fue, pero apenas empezó a repuntar la demanda, y aún estando lejos del punto de partida, las presiones inflacionarias aparecieron. En otras palabras, hay menos demanda que hace 15 meses, pero los agentes económicos se comportan como si hubiera más.

Esto nos habla de que está desapareciendo el acuerdo tácito preexistente respecto a los precios relativos de los productos. Cada quien busca reacomodarse porque percibe que está ante una situación nueva. Y también percibe que está en la jungla de todos contra todos.

La conclusión es que estamos ante un sobrecalentamiento de la economía que no debió ser. O que se adelantó. Un sobrecalentamiento precoz. Los agentes económicos actúan como si la economía creciera demasiado rápido, aunque no sea así.

La respuesta normal de política monetaria -subir las tasas para enfriar la economía- resuelve sólo una parte del problema, la parte de la inflación que deriva del aumento de la demanda, y no lo hace de manera inmediata. No resuelve la de la búsqueda de reacomodos en los precios relativos, porque esa sólo puede darse mediante la política fiscal. La incertidumbre de la reforma en puerta no abona a la estabilidad.

Los efectos antiinflacionarios de la política monetaria, además, tardan en hacerse sentir, mientras que los que tienen que ver con la dinámica de la economía son más rápidos. Habrá un freno a la recuperación en marcha. Y ese freno puede ser mayor si, dentro de unos meses, considerando que la inflación no ha bajado lo suficiente, Banco de México vuelve a subir la tasa de referencia.

El sobrecalentamiento precoz es un indicador de problemas estructurales en la economía y de la posibilidad de que se generen nuevas distorsiones en la estructura de precios, sin que haya el crecimiento necesario para mitigarlas.

Por ello, será necesario tener mucha claridad en la reforma fiscal: que cada quien sepa qué le toca. Junto con ello, se requieren medidas de promoción económica, para evitar que la recuperación aborte antes de tiempo. Soltar, con atención al comportamiento diferenciado de los sectores de la economía, programas de estímulo e inversiones públicas.

Desgraciadamente, en tiempos de prioridades chuecas, donde todo lo que importa es meterle dinero a Pemex, es como pedirle peras al olmo. 


Las razones de Herrera

   


En entrevista con el diario español El País, el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, señala algunas de las razones por las que el gobierno mexicano, a diferencia de otras naciones, decidió no llevar a cabo un programa de apoyo a los trabajadores y las empresas durante la etapa más álgida de la crisis causada por la epidemia de COVID.

El argumento de Herrera es que, mientras que las naciones desarrolladas podían endeudarse masivamente porque pagaban tasas de interés reales en ceros o negativas, y los países más pobres veían cómo se les suspendía la deuda, México estaba en una complicada situación intermedia, con tasas de interés positivas. La decisión de no gastar más se habría debido a la previsión de no tener que pagar posteriormente el servicio de la deuda creciente.

Es cierto que, por las condiciones financieras, México no podía tener un programa de estímulos tan grande como el de Alemania o Canadá. Pero también es cierto que, países en situaciones similares, como Colombia o Costa Rica, llevaron a cabo planes mucho más ambiciosos que el mexicano. Hasta Brasil hizo más por la gente que quedó sin ingresos.

El asunto pasa porque no basta con ver la deuda en términos absolutos, sino en relación con el producto, con el PIB. Si el resultado de no endeudarse es que la economía cae mucho más, a final de cuentas la relación entre deuda y PIB empeorará. La economía mexicana cayó tanto, que hoy la deuda representa 5 puntos más del PIB que antes de la pandemia. Deber cantidades similares cuando se tiene menos dinero es más pesado.

Y pasa también con las decisiones presupuestales. Hubo algunos sectores que financiaron los escasos apoyos que hubo para la economía informal y la formal. Notablemente, ese el caso del “ahorro” obtenido con la desaparición de fideicomisos, muchos de ellos vitales para el futuro de mediano plazo del país. En cambio, se siguieron derramando grandes cantidades para el improbable rescate de Pemex y no hubo descanso en las obras insignia del gobierno de López Obrador: la más señalada y cara, la refinería de Dos Bocas. Bueno, ni siquiera hubo el aumento de presupuesto que necesitaba el sector Salud.

En otras palabras, detrás de la falta de estímulos no estuvo solamente la prudencia respecto al endeudamiento. Fue una clara definición de prioridades. Pemex y las obras insignia no se paran, aunque se pare el resto de la economía, con todas las consecuencias sociales y humanas que eso tenga.

Recordemos, además, que hay una cuestión de “principios” respecto a la deuda, de parte del presidente López Obrador (se trata en realidad de prejuicios): no quiere que se le catalogue de manirroto. Y no le gusta que intervengan “agencias imperialistas”. Recordemos cómo le molestó, hace un año, que el BID y la IP mexicana abrieran una línea de crédito por 12 mil millones de dólares, de un contrato realizado dos años antes. “Por el modito”, dijo. El “modito” era la presencia de un organismo internacional.

En la misma entrevista con El País, Herrera señala que parte de los problemas que existen entre el sector privado productivo y AMLO son “de traducción”. Haría falta una sección de “lo que quiso decir el Presidente”.

El problema es que el Presidente normalmente dice lo que quiere decir, y que el público al que se dirige en las mañaneras es distinto a sus interlocutores empresariales. Y, en el caso de la falta de apoyos durante la pandemia, López Obrador fue muy claro: no se trata de rescatar a los empresarios, que siempre se llevan la parte del león. Esa fobia, aunada al convencimiento de que no existía la capacidad para desplegar un estímulo exclusivo para los trabajadores, contribuyó a la decisión de apoyos mínimos, y a cuentagotas.

Y si uno revisa las declaraciones del todavía secretario de Hacienda a lo largo de este año medio, encontrará un optimismo constante respecto al comportamiento de la economía en medio de la crisis. Este optimismo muchas veces está ligado a la información incorrecta que ha recibido de parte de los encargados de combatir la pandemia.

A diferencia de otras naciones, que consideraron que el proceso de salida a la normalidad sería largo y sinuoso, e hicieron las previsiones correspondientes en materia económica, aquí se pensó alegremente que para el otoño del 2020 las cosas retornarían a lo de antes. Por eso se apostó a empezar a reabrir la economía desde el verano, en el pico de la primera ola. Ha pasado un año y la normalidad no llega.

El secretario de Hacienda defiende a posteriori esta apertura, que se entiende tanto en la relación de la llegada libre de personas del extranjero, como en el paso hacia menores niveles de restricción sanitaria. Y ahora pone sus cartas en la vacuna. Entiende que un ritmo rápido de vacunación es la mejor manera para que la economía se vaya recuperando más rápidamente. Es muy cierto, pero en el tema de las vacunas también se ha demostrado más optimista que realista.

Donde, desgraciadamente, Herrera es realista, es en su percepción que, al menos por ahora, el Banco de México -a cuya gubernatura está destinado- debe seguir teniendo como meta exclusiva el control de la inflación. Mientras no existan mecanismos de defensa de los ingresos reales de los trabajadores, la inflación conspirará contra ellos.

Y una de las razones por las que la inflación ha despuntado es que, como no hubo apoyos durante la pandemia, los agentes económicos que pueden hacerlo tratan de resarcirse de las pérdidas, intentando mover a su favor los precios relativos de los bienes y servicios que ofrecen. Combatir la inflación llevará a encarecer el crédito y enfriar la economía que apenas empieza a marchar. El círculo se cierra.


lunes, febrero 22, 2021

Las vacunas y el horizonte luminoso

 Aquí, otro bloque de tres textos.
Ahora, sobre la política de vacunación y anexas.


De vacunas, pandemia y engrudos hechos bola

Al tema de la pandemia que nos azota le salen cada vez más aristas. Y mientras más aristas salen, más bolas se le hacen al engrudo que ha preparado el gobierno.

Por una parte, tenemos el recrudecimiento de contagios y defunciones, que hicieron del ligero descenso otoñal un espejismo, y han puesto en evidencia dos cosas: que la medición de las camas disponibles sirve de poco, por más que se agreguen, cuando el sistema de salud está efectivamente colapsado en varias partes del país y que el método de semáforos se está convirtiendo en un asunto de ornato.

Si mueren más de mil personas al día, hay escasez y especulación con el oxígeno y, por más que haya reconversión de hospitales, ya no queda espacio, es que la situación está fuera de control. Los cálculos estuvieron mal desde el principio, cuando se corrigieron siguieron estando mal y ya no hay manera de volver a corregir.

Hay muchas maneras de ser ineficientes. Una de ellas es no prever. Cuando no hay previsión, sale caro, porque cuesta mucho más reparar que dar mantenimiento. Esto vale para la provisión de oxígeno, de personal, de medidas de prevención (y de paso para el Metro capitalino).

Pero sobre todo vale para la provisión económica. De ahí el problema de los semáforos. Cuando hay varias entidades en un rojo intenso, con los indicadores al máximo, la presión es para que las actividades económicas se normalicen lo más posible. ¿Por qué? Porque nunca hubo un programa que permitiera sobrevivir a empresas y trabajadores, y cada quien se ha tenido que rascar con sus uñas. De ahí el círculo vicioso que multiplica contagios sin evitar quiebras. Sin impedir que pedazos de la vida desaparezcan definitivamente. De ahí, también, que los semáforos se hayan convertido en indicadores aproximados, no en políticas públicas.

La falta de apoyos a trabajadores y empresas sólo tiene una explicación, y es política. López Obrador no quiso tocar sus tres proyectos insignia y tampoco quiso incurrir, como el resto de las naciones del mundo, en un déficit fiscal, porque implicaría deuda. El único país que ha dado por la pandemia menos apoyos económicos que México a su población es Uganda.

Esa misma actitud política es la que explica otras dos grandes bolas en el engrudo: una es la imposibilidad de no politizar el manejo de las vacunas y otra, la necesidad de mantener ese asunto entre la opacidad y la incertidumbre.

Dice el presidente López Obrador que sería ruin utilizar políticamente las vacunas contra el COVID. Pero nos encontramos con muchas cosas que nos dicen que está sucediendo exactamente lo contrario. Van tres ejemplos:

Uno es la utilización de los Servidores de la Nación como elemento central en las brigadas de vacunación, y ligar la entrega de apoyos sociales del gobierno con el proceso de inoculación a adultos mayores. La vacuna como generoso regalo del Señor Presidente.

Otro, igual de burdo, es la utilización del proceso de vacunación como instrumento electoral de parte de Morena. Así son los promocionales partidistas en los que aparece el logo del partido en el gobierno junto con imágenes de la fabricación de vacunas, que encima tienen el descaro de anunciar que se trata de “tiempos cedidos por Morena al cuidado de la salud”, cuando el partido no cedió sus tiempos de radio y TV. También hay carteles en los que, con el logo morenista, se presume que somos el país de América Latina que más vacunas ha aplicado (cierto en números absolutos, falso en relación al total de la población).

Finalmente, y ya para colmo, están las decisiones presidenciales de pasar por encima de los protocolos de vacunación reconocidos internacionalmente y -contra toda lógica de control de la pandemia- priorizar el único estado que está en semáforo verde, Campeche, para vacunar, no a los ancianos o a todo el personal de salud, sino a los maestros, para volver a las clases presenciales. La idea detrás de esto: dar la impresión de que se vuelve paulatinamente a la normalidad, aunque así se retrase en los hechos ese regreso.

La politización también explica la opacidad. Reservar por cinco años la información acerca de la compra de vacunas levanta sospechas naturales. Más aún cuando otras naciones han hecho explícitos tanto los montos de compra como los precios de adquisición.

Sabemos que México apartó con varios proveedores una cantidad de vacunas suficiente para proteger a toda la población. ¿Sabemos cuánto ha pagado de esas vacunas y cuándo lo hizo? ¿En qué lugar estamos de la prelación para la entrega de los activos biológicos?  ¿Cuáles son las características de los distintos convenios? La sociedad debería tener derecho a saberlo, pero el gobierno dice el trato con las farmacéuticas fue no revelarlo, y ese derecho no puede ser ejercido.

Finalmente, está el tema de la compra de vacunas de parte de gobiernos estatales o particulares. Primero se dijo que no, y luego que sí. Pero para que suceda lo segundo tienen que suceder muchas cosas: que la autorización de Cofepris para las vacunas sea no sólo para uso de emergencia, que las farmacéuticas acepten vender a gobiernos estatales o a privados y que haya disponibilidad para ello, tras la entrega a los gobiernos que ya pagaron. Es como el son de la Negra: “a todos diles que sí, pero no les digas cuando”.

Uno casi podría apostar que esas vacunas estarán disponibles, pero sólo a partir de la segunda mitad del año. Uno también podría pensar mal.

El problema para López Obrador -y el drama o la tragedia para el país- es que, en estos meses que vienen, la vacunación probablemente será desordenada, ineficaz y con las prioridades sociales chuecas. Eso también tiene otro tipo de costos.



Las vacunas y el horizonte luminoso

Decía el chiste: - ¿Qué es el comunismo?

- Es el horizonte luminoso de la humanidad

- ¿Y qué es el horizonte?

- Es una línea imaginaria que se aleja en la medida en que te acercas. 

Algo parecido está pasando con las vacunas contra el COVID en México. Las vacunas están en el horizonte, pero pasan los días y parecen cada vez más lejanas. Al mismo tiempo, las acciones de comunicación del gobierno generan la percepción de que las vacunas están por llegar, de que hay esperanza. El registro de adultos mayores es parte de esa estrategia: la ficha ya está, es cuestión nada más de esperar.

Aquí la clave es el rayito de esperanza. La idea de que el futuro luminoso está por llegar, aunque no lo haga. Es la lógica de la campaña electoral permanente: prometo que lo que vendrá será bueno, es cuestión de que tengan fe y voten por mi partido. No importa que esté en el gobierno. El presente, con sus malas decisiones, sus carencias y sus horrores, queda detrás: hay que poner atención en el futuro que se asoma. Ya se ve una lucecita al final del túnel.

Por lo mismo, siempre hay que apretar el pulsante del optimismo. La pandemia se extinguirá, la economía volverá a crecer, la corrupción será definitivamente desterrada. No importa que lo que veamos al momento indique lo contrario. Mucho menos, que las políticas públicas ayuden en poco o nada a ese optimismo.

Esa narrativa es parte esencial de la nueva forma de gobernar. La otra parte es la descalificación de la crítica y la polarización: quien critica es porque está del lado de quienes gobernaron como una casta de mandarines y menospreciaron al pueblo.

Así, el debate que se pretende desde el gobierno no es sobre el presente, sus problemas, sus retos, sus dramas y sus tragedias; no es sobre las opciones para mejorar ese presente, sino sobre el enfrentamiento mítico entre el pasado rechazado por las mayorías y el futuro promisorio.

Pero hay una tensión natural cuando el presente es de crisis sanitaria y económica. La gente quiere salir, tener trabajo y mantener cierta seguridad sobre su salud. Y eso no existe. No existirá hasta que haya una vacunación masiva.

Por lo mismo, no basta con agitar el fantasma del pasado al que no se querría volver. Y más que el combate a la corrupción y sus personajes emblemáticos, más que la economía, más que el manejo mismo de la pandemia, el tema de la vacunación toma el centro de la vida política nacional.

El gobierno tiene tiempo suficiente como para llevar a cabo una política de vacunación exitosa, que genere la percepción de que efectivamente hemos dejado atrás una pesadilla colectiva. Eso le bastará para volver a poner los acentos sobre el pasado y el futuro, y mantener rumbo y poder.

Toda estrategia de vacunación es política, porque es social y porque suele obedecer a razones de Estado. Pero existe el riesgo de que en esta ocasión se sobrepolitice. O, por decirlo de otra forma, se partidice, con una utilización electoral burda, que ponga en segundo plano la eficiencia en la distribución y la eficacia en los efectos para el control de la pandemia.

El problema es que, si sucede así, habrá fungido como búmerang político. Habrá demostrado que siempre se pueden hacer las cosas peor y que se puede hacer un uso extremamente ineficiente de los recursos escasos. Y todo el asunto habrá salido muy caro para la sociedad.

Está claro, en este ambiente sobrepolitizado, que también la oposición usará el tema de las vacunas en campaña, subrayando insuficiencias y distorsiones. El éxito que tenga dependerá de los resultados presentes en la vacunación, no de una formación de expectativas que, en este caso, no puede estirarse hasta el infinito.

En ese sentido, lo que conviene al gobierno es una estrategia de vacunación alejada de propósitos partidistas, capaz de usar piezas de la sociedad civil y abierta a la información clara y precisa. Entonces la vacuna pasará de ser una esperanza a una realidad para millones de mexicanos. En otras palabras: le conviene actuar pensando en el hoy y en el futuro inmediato.

La desgracia es que aquí el jefe del Ejecutivo piensa demasiado en el futuro remoto, en ese horizonte luminoso, en la esperanza etérea. Y, con ello, pasan a segundo término los efectos inmediatos de los actos -o las inacciones- de gobierno sobre la vida irrepetible de los mexicanos de hoy.

Me recuerda a Keynes en su crítica al hombre “intencionado”, al moralista virtuoso que “siempre trata de asegurar una inmortalidad espuria y engañosa, empujando el interés de sus acciones hacia adelante en el tiempo”. Es el tipo de gente para la que “mermelada no es mermelada si no es para mañana, nunca lo es para hoy” y de esa manera se asegura nunca estar preparando esa mermelada, que nadie jamás habrá de paladear.



Voluntarismo

Una parte de la cultura mexicana abreva del voluntarismo, de la idea de que echándole ganas todo se puede. Lo vemos por igual en el análisis popular de los partidos de futbol que en la idea común de que, si en realidad lo deseas, puedes triunfar en aquello que te propongas.

El voluntarismo igual ha servido para promover actitudes positivas de libro de autoayuda que para justificar desigualdades de base. A la hora del crecimiento (económico, mental, político) es de poca utilidad, porque, al dar preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento, resta importancia a las condiciones objetivas. Por eso luego la gente se da frentazos.

El voluntarismo es una suerte de irracionalismo optimista: funda sus previsiones en el deseo, dejando en segundo lugar la posibilidad real de que esas previsiones se puedan cumplir. Al mismo tiempo, desarrolla argumentos falaces para llegar al resultado deseado.

En política, apelar a la voluntad de las masas como elemento fundamental del cambio, sin considerar la situación real en la que se desarrollan, ha traído resultados nefastos. Hay en él un exceso de confianza en la capacidad autónoma del pueblo para hacer bien las cosas y una falta de visión de los obstáculos que enfrenta en el proceso. Esa falta de visión resulta del deseo mismo de que las cosas salgan bien, convertido en una suerte de profecía (que no se cumple). Así pasó con El Gran Salto Adelante en China o con La Zafra de los Diez Millones, en Cuba.

Hay ocasiones en las que el voluntarismo se asume a partir de la voluntad del líder, que toma decisiones de política pública sin el sustento de la ciencia o de la técnica organizacional: lo que importa es el futuro que ese líder prevé y él es quien sabe el camino (y si no lo sabe, hace camino al andar).

Podemos asumir que en el voluntarismo hay buena voluntad. Buenas intenciones. Que lo que se quiere es la mejoría de las condiciones de la población. Pero esas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, si no se apoyan en las leyes objetivas del desarrollo, en los avances de la ciencia, en el conocimiento de los métodos. Si no se apoyan en las habilidades de otros.

La voluntad, como propiedad y aptitud, es indispensable para que los objetivos planeados se consigan. Pero no basta. Requiere obligatoriamente del concurso de otras capacidades. Y, sobre todo, de una dosis de realismo.

Si somos materialistas, entendemos que la voluntad no determina el curso de la historia y el devenir de las cosas. Lo determinan leyes objetivas: sociales y naturales, que no se pueden crear, abolir o transformar a voluntad. Las versiones idealistas, que piensan que una personalidad o un grupo pueden hacer las cosas de cabo a rabo sólo porque tienen ganas o buenas intenciones de hacerlo, terminan estrellándose contra un muro (pero la visión voluntarista dirá que ese muro no existió, o que será derribado en un futuro indeterminado).    

Todo esto viene al caso por el proceso de vacunación masiva, que ya inició en todo el país para los adultos mayores. La intención manifiesta es realizarla tomando en cuenta, más que el nivel de contagios y muertes, las posibilidades de acceder a hospitales, farmacias y servicios de salud: ir en pos de quienes tienen ese tipo de vulnerabilidad social. El método escogido es el de desechar casi por completo las experiencias anteriores -no importa qué tan exitosas hayan sido- y apostar por brigadas mixtas, que van a ir aprendiendo sobre la marcha en la medida en que se despliegan por el territorio.

Las brigadas sin duda le echarán ganas. Corazón. Voluntad tenaz. Pero -se ha visto el primer día de manera dramática- van a toparse con un sinfín de problemas logísticos, estratégicos, de distribución y de organización. También se toparán con no pocos obstáculos políticos, humanos y técnicos.

Tardarán tiempo en resolver esos problemas, si es que lo logran. Porque se les ha encomendado una tarea para la que no estaban programadas y se ha creído que, echándole ganas, van a poder hacerla tan bien como las de las Semanas Nacionales de Vacunación de la época neoliberal.

A final de cuentas, es seguro que, como dice López Obrador, “de que se va a vacunar a la gente, se va a vacunar”. Las vacunas llegarán, en desorden y sin claridad sobre tiempos, cantidades y costos; también terminarán aplicándose, y el proceso se hará, previsiblemente, de manera cada vez menos caótica.

De entrada, podemos adelantar que los retrasos de entrega y los problemas logísticos seguirán siendo, al menos por un tiempo, el pan de cada día. Pero sólo hasta dentro de unos meses podremos sacar cuentas y saldos finales de este experimento.

El voluntarismo, recordémoslo, es una forma de aventurerismo político. En esta ocasión, la aventura se juega sobre la salud y la vida de millones de mexicanos. 

sábado, enero 23, 2021

Pandemia: desastre y desconcierto

Van tres textos pandémicos, publicados en Crónica.



Pandemia: desastre y desconcierto

Hay números redondos que ni qué. Aunque a algunos no les guste recordarlo, México llegó a más de un millón de contagios comprobados y a más de cien mil muertes por COVID-19. Lo hace en medio de una segunda ola de la pandemia a nivel mundial y en condiciones de evidente cansancio social. Es buen momento para hacer un balance.

Lo menos que se puede decir es que el actual escenario era inimaginable en marzo, cuando empezó la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia. El desastre ha superado las previsiones.

Estoy seguro de que, aunque los datos fueran menos dramáticos, el gobierno habría sufrido un aluvión de críticas por el manejo de la pandemia. También que, salvo notables excepciones al otro lado del mundo, diferentes estrategias han tenido resultados igualmente pobres en lo sanitario, aunque dudo que haya habido una menos imaginativa y medrosa en lo económico.

Si, en un comparativo mundial, vemos los resultados hasta el momento, la estrategia mexicana en lo sanitario no ha destacado como particularmente mala, pero está entre las menos exitosas. México aparece en el lugar 12 en la medición por países de muertes por millón de habitantes, con 785; sus niveles son altos, similares a los de algunas naciones latinoamericanas de parecido nivel de desarrollo. En cualquier caso, está muy lejos de ser un ejemplo, tal y como ha presumido, en diferentes circunstancias, el presidente López Obrador. En donde creo que, desgraciadamente, estamos entre los peores lugares, es en la reacción del gobierno ante esos resultados y su insistencia en no cambiar el rumbo, a pesar de que las evidencias que se acumulan.

Cuando inició la pandemia en México, las autoridades optaron por el sistema “Centinela”, que captaba una muestra de las personas que llegaban a las clínicas con síntomas y, a partir de ello, generar una visión general de lo que estaba sucediendo. Pronto se vio que ese sistema de vigilancia epidemiológica había sido rebasado por el tamaño del fenómeno, y se abandonó. Pero no se sabe por qué haya sido sustituido.

El sistema “Centinela” preveía que se podían detectar los focos de contagio con un número muy limitado de pruebas de detección de la enfermedad. Cuando quedó rebasado, no hubo un cambio en la política de pruebas (no quiero pensar, pero sospecho que es por razones presupuestarias). Esto ha dificultado severamente que se conozca a las personas con infección activa; por lo tanto, que se pueda hacer un trazado y monitoreo de sus contactos y que se pueda hacer un confinamiento selectivo.

Los países que mejor han atacado la pandemia han puesto el énfasis en el seguimiento de las personas que resultaron positivas a COVID y de los contactos que tuvieron con anterioridad. No ha sido la lógica de pruebas masivas a mansalva, pero tampoco la del cuentachiles.

Una parte importante del problema ha sido la estrategia de comunicación, en la que ha habido contradicciones desde el principio, con la renuencia de López Obrador a aceptar el tamaño del problema. En la medida en que el asunto se politizó -y no podía ser de otra manera cuando de lo que se trata es de polarizar- estas contradicciones fueron en aumento.

Así, pasamos del “abrácense” a la “sana distancia” a un “quédate en casa” que incluía a las personas con síntomas de COVID que no fueran parte de la población de riesgo, y que provocó que demasiada gente llegara tarde al hospital. A un confinamiento en el que no hubo sustitución de ingreso para que los trabajadores lo lograran. A arreglos menores, con miedo a quedar mal con ya saben quién. A un cambio en el énfasis: los contagios pasaron a segundo plano y lo importante fue la disponibilidad de camas hospitalarias (no hablamos de que estuvieran atendidas por personal especializado). Que muchos murieran antes siquiera de ser intubados era lo de menos.

Al mismo tiempo, el flujo de los datos se reveló tardío. La población se entera con semanas de retraso de la situación, y esto tiene efectos en el comportamiento social. Si a eso le sumamos los pleitos entre las autoridades federales y algunos gobernadores, lo que resulta es un desconcierto, en los dos sentidos de la palabra.

Está también el tema del cubrebocas, que el Presidente considera anatema por la sencilla razón de que se promovió en el gobierno de Calderón, durante la epidemia de influenza H1N1, y en el que pocos han querido llevarle la contra. Es con meses de retraso que esa práctica, que ayuda a disminuir el número y la letalidad de los casos, se promueve de manera abierta. Un absurdo. Si algo parecido sucede con las vacunas, sería delirante.

La gestión de la pandemia todavía tiene puntos de arreglo. Uno de ellos es hacer, de manera amplia y generalizada, lo que se está haciendo de manera limitada en la Ciudad de México: un aumento de pruebas y una política de rastreo, para monitorear y prevenir.

Sabemos que un mayor número de pruebas implicará una multiplicación de los casos positivos, pero la atención mayor del público ya no está ahí, sino en los fallecimientos. De paso serviría, en términos de imagen, para reducir la inflada tasa de mortalidad que trae el país.

Otra cosa es hacer obligatorio, como sucede en varios estados, el uso del cubrebocas. Es algo que ha dado frutos en muchos países, sean democráticos o totalitarios. A estas alturas sabemos que no es la panacea, pero es lo que hay.

Lo que no podemos hacer es negar la realidad, escudarnos en las fobias personales del Señor Presidente y ver un problema de salubridad pública como un asunto político, de bandos. Decir que todo va bien es la mejor manera de asegurar que todo siga mal


Economía y semáforo rojo

El presidente López Obrador cree, quien sabe por qué magias, que la economía mexicana llegará en pocos meses a los niveles de producción y empleo que tenía antes de la pandemia. Los datos indican que eso no será hasta 2024 o 2025… siempre y cuando no haya otro frenón derivado de una situación de emergencia mundial.

¿Por qué tanto tiempo? En primer lugar, porque en el cierre económico de esta primavera se perdieron de manera absoluta 12 millones de empleos, y la recuperación de los mismos va a ser paulatina.

¿Por qué será paulatina? Porque muchas empresas, sobre todo pequeñas y medianas, cerraron definitivamente y otras redujeron a su personal. El proceso de re creación de empresas y de recontratación en aquellas que disminuyeron su tamaño no es en automático, sino que depende de cómo se vaya desarrollando la demanda por los bienes y servicios que producen, y también de cómo puedan las personas ir juntando su capital.

Como casi no hubo apoyos del gobierno a los trabajadores que dejaron de producir durante el cierre y tampoco existe un seguro de desempleo digno de ese nombre, el consumo de los hogares se ha desplomado y varias pequeñas empresas perdieron totalmente su capital. Los apoyos sociales que han sido bandera del gobierno federal son insuficientes, por mucho, para resarcir esas pérdidas en la demanda de bienes y servicios. Y los estímulos de política monetaria, a través de la baja en las tasas de interés, sí sirven, pero sólo funcionan en la medida en que haya inversiones rentables a la vista. Para que las haya se necesita demanda. Y también condiciones institucionales. Hay muy poco de las dos.

Por eso, los recientes datos sobre el comportamiento de la economía no sorprenden. Tenemos una reactivación en el tercer trimestre del año, pero menor a la que hubiera sucedido con un rebote natural: la economía mexicana cayó 17% en el segundo trimestre y recuperó 12.5% en el tercero. Con esas cifras, 2020 apunta para una caída de 8.6% en el Producto Interno Bruto (de hecho, sólo una improbable recuperación superior al 20% hubiera evitado los números negativos).

Pero hay otros elementos, que nos hablan de los límites de la recuperación económica. Si atendemos a las cifras de comercio exterior, encontraremos que las exportaciones no petroleras ya están en los niveles anteriores a la pandemia. Es el único sector en el que se ve clara mejoría. En cambio, las importaciones, tanto de bienes de capital como de bienes de consumo, siguen hundidas.

Eso significa tres cosas. Una, que en contra de lo que se pronosticaba hace dos años, el modelo económico sigue dependiendo de la dinámica del sector exportador y, por lo tanto, de la demanda externa. Otra, que tanto el consumo como la inversión nacional se están apachurrando, arrastradas por el bajo nivel de gasto público, la inexistencia de apoyos sociales productivos y la escasez de decisiones de inversión, dado el entorno económico y político. La tercera es que, en esas circunstancias, tener un superávit en la balanza comercial es lo de menos.

Además, todo ello es indicador de un asunto que debería preocupar a quienes, desde el gobierno federal, apuestan a una mejor distribución del ingreso y de las oportunidades. Las unidades económicas de exportación, que es la parte de la economía que está funcionando, se concentran geográficamente en las zonas más ricas del país -el norte y las grandes metrópolis-, mientras que las regiones más pobres suelen estar estrictamente dirigidas al mercado interno, que es el que tiene la demanda desplomada. Dejar las cosas a su dinámica se traducirá en una mayor desigualdad regional y social.

Para completar el panorama, tenemos una inflación general bajo control -no podía ser menos en una situación de recesión prolongada-, pero si bien la tasa a precios absolutos sube poco, está habiendo un cambio en los precios relativos. Los bienes necesarios, y en particular los de la canasta alimentaria, están subiendo más rápidamente que los otros. Y hay un bien cuyo precio ha tenido un desplome: el trabajo. Las remuneraciones medias están a la baja en casi todos los sectores (en parte debido al aumento del trabajo a tiempo parcial). En esta crisis el capital ha perdido, pero el trabajo ha perdido más.

Y como en el gobierno creen que todo va bien, seguirá la misma política económica de austeridad que lo único que logrará es que todos pierdan, menos uno de los sectores que ya estaba ganando y que no regresemos a donde estábamos hasta el final del sexenio.

El presidente López Obrador ha demostrado una y otra vez que el manejo de la economía no es lo suyo. Lo suyo es el olfato político. Y es con éste, no con ninguna agarradera basada en hechos, que pronostica la rápida vuelta a las condiciones económicas anteriores a la pandemia. En términos políticos no importa que ese regreso no vaya a pasar; lo que importa es que su popularidad se cayó con el cierre económico de primavera y se recuperó parcialmente con el retorno a las actividades. Si se mantiene la esperanza de mejoría económica, así sea vana, también se mantienen las condiciones para mantener la mayoría política. Ahí está el detalle.

Nada más por eso, independientemente de cómo se comporte la pandemia, va a estar muy difícil regresar al semáforo rojo. Aunque la OMS regañe al gobierno de México.



La simulación cuesta

Durante la pandemia, poblaciones, empresas y gobiernos han tenido que caminar en la cuerda floja, atrapados entre la espalda y la pared con los problemas de salud y los de freno económico. A lo largo del año, ha quedado claro que, si bien se trata de un problema insoluble, hay decisiones peores que otras. Y que la peor decisión de todas es jugar a la simulación.

Los confinamientos prolongados son impopulares por los costos psicológicos, pero, sobre todo, porque al parar las economías casi por completo, traen una cola de desempleo y quiebras. Su justificación sanitaria -el que reducen la propagación del virus- funcionó sólo cuando hubo disciplina social. En casi todos los países de Occidente llegó el momento en que esa disciplina se relajó. En algunos, nunca la hubo.

Está claro que esa disciplina social sólo puede darse si existe el colchón económico suficiente para aguantarla. De ahí que casi todos los países del mundo hayan destinado una importante proporción del PIB en apoyos de diverso tipo, dirigidos ya sea a los trabajadores que se quedaron sin ingreso, ya a las empresas que los contrataron y que los despedirían.

En México hubo una decisión política: no dar un apoyo amplio ni a los trabajadores ni a las empresas. México es el peor país en apoyo presupuestal a la población en América Latina por la emergencia de COVID.

Detrás de esa decisión había dos creencias y dos certezas. La creencia principal, que es un mito neoliberal, es que es obligatorio mantener el superávit primario en el presupuesto público (ligado a ella, la decisión fetichista de no contratar más deuda). La segunda creencia, también errada, es que lo mejor es tratar de evitar las pérdidas en el corto plazo (y, pensando en el turismo, que de todos modos está golpeadísimo, nunca se cerraron fronteras).

Las dos certezas son que una parte de la población -particularmente, la ocupada en la economía informal- saldría a trabajar de todos modos, para completar su gasto; y que, cualquier tipo de rescate hubiera sido aprovechado ventajosamente por las empresas, a quienes se ve como entes voraces, no como proyectos productivos y de servicios.

Con el argumento de que no se iba a rescatar a las empresas, tampoco se hizo con quienes trabajaban en ellas. Se simuló proteger a los pobres de los abusos de los ricos. Pero resultó en lo contrario.

El problema es que, en el camino, se multiplicó la pobreza en el país. En el primer trimestre del año la población en pobreza laboral era 35.7% del total; en el tercer trimestre era 44.5%. Para colmo, la apertura económica a medias que hemos vivido desde el fin del primer confinamiento contribuyó a que la pandemia continuara, a que la famosa curva nunca terminara de aplanarse y a que las presiones sobre la capacidad del sector salud se prolongaran en el tiempo.

Así, llegamos a principios de diciembre a la peor combinación posible. Una economía con una recuperación débil después de una caída muy fuerte, con la perspectiva de que el repunte estacional de ventas de fin de año salvara empresas y empleo, y simultáneamente, una situación hospitalaria que se acercaba peligrosamente a sus límites.

A esta combinación se agrega otra, de carácter político. El presidente López Obrador se ha pasado el año entero minimizando la pandemia, asegurando que ya vamos de salida (la famosa luz al final del túnel), ha insistido en no usar cubrebocas y ha buscado que se hable de otra cosa. Al mismo tiempo, la aprobación presidencial medida en encuestas acusó una notable baja cuando la economía se cerró y una recuperación cuando se abrió. En esas circunstancias, cualquier decisión de reconfinamiento tiene un costo político doble: por un lado, se acepta que los avances en el control de la pandemia no son tales, y por el otro, se corre el riesgo de una nueva caída en la aprobación presidencial.

¿Qué fue lo que sucedió? Que se apostó por la simulación.

La posposición del paso de semáforo naranja a semáforo rojo en la Zona Metropolitana del Valle de México sólo se puede explicar por la negativa a aceptar una realidad que ya estaba encima. Por la pretensión -que se mostró vana- de que se podía posponer la decisión hasta la última semana del año, que de todos modos está semimuerta en términos económicos.

De nada valieron, en el camino, los desesperados eufemismos de “naranja con alerta máxima” y similares. Sin apoyos económicos y sin medidas categóricas, era imposible que la mayoría de la gente se quedara en casa.

El resultado fue que cuando se llegó a lo que se tenía llegar, los hospitales ya estaban al borde, hay escasez hasta de ambulancias, tendremos que salir más tarde del semáforo rojo y el costo va a ser mayor, tanto en vidas como en lo económico.

Para terminar de pintar las cosas color de hormiga, resulta que el semáforo rojo es acatado obligatoriamente por empresas y comercios de la economía formal, pero locatarios de comercios informales no acatan las medidas, los marchantes siguen afuera y no hay manera de hacer que unos y otros cumplan la normativa. Todos pensando en el salvar el corto plazo, y en el futuro, Dios dirá.

En otras palabras, también en la aplicación misma del semáforo rojo todo queda en una simulación. Hacemos como que hay confinamiento, pero no es cierto. Saldrá muy caro.


miércoles, julio 08, 2020

COVID en México: los costos de la inflexibilidad

A continuación, tres textos coyunturales sobre el tema COVID en México.

Semáforo loco


La única materia que reprobé en segundo de secundaria fue taller de electricidad. El trabajo final era construir un semáforo, y algo he de haber hecho mal. En vez de mostrar en orden sucesivo las luces verde, ámbar y roja, se prendían al mismo tiempo la verde y la roja, y luego la ámbar, como si fueran intermitentes. El maestro me dijo que con mi semáforo todos los coches iban a chocar e iba a haber un montón de atropellados.

Esa anécdota personal me viene a la mente ahora que se ha decretado el final de la Jornada Nacional de la Sana Distancia, pero los semáforos por entidad siguen casi todos en rojo, pero las autoridades de salud insisten en que la pandemia sigue fuerte, pero el Presidente ya sale de gira, pero te piden que sigas quedándote en casa, pero reabren algunas actividades económicas, pero ya estamos en la Nueva Normalidad, pero oficialmente hay más de 16 mil casos activos de COVID, pero el semáforo federal los estados lo obedecen si quieren y si no, no.

Parece que aquel semáforo de secundaria está en pleno funcionamiento. Y, por las señales cruzadas que manda, puede crear muchos choques y aún más atropellamientos.

¿Por qué ha pasado esta monumental confusión informativa? Creo que porque hay dos contradicciones que se han mostrado abiertamente y sobre las cuales no ha podido haber solución. Una es la que ha surgido entre política y ciencia; otra, la que existe entre economía y salud.

La primera contradicción está relacionada con la visión que del problema del coronavirus ha tenido el presidente López Obrador. Primero tuvo una actitud de negación ante el problema mayúsculo que se le venía encima al país, y evidentemente no bastó con sus intentos para exorcizarlo. Su aversión a la ciencia ayudó en ese retraso en la respuesta.

Luego, con la pandemia ya en desarrollo, declaró que se ponía en manos de los expertos, pero al mismo tiempo se casó con el pronóstico más optimista de los epidemiólogos. Conociendo la terquedad de López Obrador respecto a sus planes personales y de gobierno, y en particular a su necesidad de seguir haciendo giras de promoción, la fecha del 31 de mayo se convirtió en inamovible. Estaba harto de que las mañaneras, pieza clave de su estrategia política, fueran cada vez más irrelevantes. Con ello, la Jornada Nacional de Sana Distancia no podía prolongarse, independientemente de las condiciones.

Allí tuvo que darse una negociación entre López Obrador y distintas contrapartes políticas. Los expertos saben que una apertura, aun si es gradual, conlleva el peligro de un repunte en los contagios y que, si se da la idea de que la pandemia está en retirada, la apertura de facto será todavía más amplia y peligrosa. La mayoría de los gobernantes locales, por su parte, está legítimamente preocupada por el bienestar de la población, y ninguno quiere que sean sus servicios de salud los que colapsen. De ahí se generaron una serie de disonancias entre el Presidente y los gobernadores, empezando por opositores abiertos como el de Jalisco, Enrique Alfaro, pero también incluyendo a la jefa de gobierno en CDMX, Claudia Sheinbaum y en algún momento hasta al poblano Miguel Barbosa.

La salida escogida fue pasar a las entidades federativas la responsabilidad de acogerse al semáforo federal y de determinar, ellas, las medidas a seguir. Esto tiene la ventaja de potenciar el federalismo en momentos en los que priva la tendencia a centralizar decisiones, pero tiene dos desventajas: una es el hecho de que el gobierno federal es quien controla el semáforo, y podría usarlo con intencionalidad política al mismo tiempo que deja de ser la única instancia obligada a rendir cuentas; la otra es la más importante: en muchos casos, la población escuchará versiones contradictorias sobre lo que hay qué hacer de parte de los distintos niveles de gobierno: lo que verá es el semáforo con luces intermitentes realizado por el mal aprendiz de secundaria. Y responderá a la luz que le venga en gana.

La segunda gran contradicción es la que se da entre economía y salud pública. Se dio un parón fortísimo a la primera para proteger a la segunda. Pero, de nuevo, este parón fue más grave porque el presidente López Obrador se negó a dejar el fetiche del superávit público y no dio los apoyos suficientes a los trabajadores que se vieron obligados a suspender labores. En la medida en que se prolonga el confinamiento sin las redes económicas de protección que se requerían, se hace socialmente más difícil, cuando no imposible, continuarlo.

Resulta por lo menos sintomático que apresurar el regreso a la normalidad también sirva como un elemento que quita presión al gobierno para dar apoyos. Lo malo del asunto es que la inacción en los meses clave ya arrastró a muchas pequeñas y medianas empresas a la quiebra, llevó a cientos de miles al desempleo y la expectativa, también en economía es de arranque y freno, una y otra vez, como si el semáforo que la dirige se hubiera vuelto loco.

Y, para terminar, ese arranque económico, a como está diseñado, no traerá consigo una mayor inversión en bienes sociales. Si acaso, seguirá habiendo paliativos mediante transferencias directas. El problema con esos paliativos es que difícilmente serán capaces de cambiar la dirección del sistema económico, que es lo que deberíamos de estar planeando durante esta pandemia.

Eso significa que tendremos semáforo loco para rato. Y no sólo respecto al coronavirus.


Será culpa de todos, menos de AMLO 

Una de las características de la pandemia de coronavirus es que en todo el mundo ha sido politizada. La misma globalización que permitió su rápida expansión es la que mantiene, en estos tiempos de comunicación inmediata, a millones informados sobre su evolución, y provoca comparaciones entre países y regiones. También, agrias discusiones.

Es muy difícil, para cualquiera, resistirse a hacer comparaciones. Y es fácil, en estos tiempos polarizados, utilizarlas para hablar bien o mal de personajes o grupos políticos, que se usan como ejemplos positivos o negativos. Eso ha servido en varios lados para hacer política interna, porque se sobreentiende que el saldo de la pandemia habla de la capacidad de liderazgo, la inteligencia y la previsión de los dirigentes políticos. A unos de ellos los fortalece y a otros los debilita.

En México, nación polarizada si las hay, ese factor político se entendió desde el principio. En los primeros días, mientras desde el gobierno, y sobre todo desde la Presidencia, se minimizaba el riesgo que se cernía sobre el país, desde la oposición se insistía en que los datos no eran fidedignos y que, si en Estados Unidos ya había llegado, aquí era mucho peor.

Con el tiempo, se vio que ambas partes exageraban. El peligro era muy real y los contagiados y los muertos tardaron en llegar, pero lo hicieron, desgraciadamente, y en cantidades superiores a las que la mayoría había imaginado.

Era evidente que, en la medida en que se fueran sumando las bajas por el COVID y las de la economía, las críticas por el manejo de la pandemia iban a ir en aumento. La imprecisión de los pronósticos sobre el famoso pico y el comportamiento de la curva, la continuación del confinamiento más allá de lo predicho, los mensajes cruzados y la poca certidumbre sobre dónde estamos parados en esta crisis de muchas caras, han abonado en contra de la popularidad de López Obrador. Y eso es algo que le importa mucho al Presidente.

Un dato adicional es que, en los dos primeros meses del desarrollo de la pandemia en el país, le fue mucho mejor a los estados que se distanciaron de los puntos de vista del gobierno federal y se generó, simultáneamente, una suerte de neofederalismo, con gobiernos locales enfrentados al centro, por lo menos en los temas sanitario y fiscal.

Las respuestas de AMLO han ido variando a lo largo de estas semanas. Por una parte, ha tenido que atemperar su optimismo: ya no somos de los países con menos contagios, y ahora la comparación se hace en muertes por millón de habitantes… con países que ya superaron, en su mayoría, la fase crítica de la pandemia. Por otra, ha pasado de ponerse, de mala gana, en manos de los expertos en epidemiología a convertirse en la voz cantante a la hora de aplicar políticas de desconfinamiento. Finalmente, ha ido paulatinamente traspasando las responsabilidades de la pandemia (y, por lo tanto, de sus costos).

Este último asunto es particularmente interesante. Cuando las cosas iban relativamente bien, con relativamente pocos casos y fallecimientos, la responsabilidad era del gobierno federal. En esos momentos, las críticas fuertes eran sobre el escaso apoyo a la economía y el doctor López-Gatell gozaba de un gran prestigio, y no nada más porque hablara de corrido.

Cuando empezó a verse que la cosa no se arreglaba e iba a peor, y que no se cumplían los plazos previstos, se decidió transferir, al menos nominalmente, la responsabilidad a los estados. Es una transferencia parcial y confusa, con semáforos que pueden estar simultáneamente en distintos colores o que, como en la Ciudad de México, pueden estar cambiando de tonalidad, según como uno interprete.

Detrás de esa transferencia está la idea de que, si hay un brote en algún estado que andaba bien en el manejo de la pandemia, la culpa será del gobernador. Pero, claro, si ese brote se controla, el gobierno local podría terminar llevándose las palmas.    

Tal vez por eso ahora, que estamos revirtiendo el confinamiento sin claridad alguna sobre la situación real de la pandemia, hay una nueva transferencia de responsabilidades. Es, considero, lo principal que está detrás del más reciente decálogo presidencial. La salud en medio de la pandemia ya no es principalmente responsabilidad del gobierno, sino del ciudadano. No le echemos la culpa a López Obrador, sino a nuestros malos hábitos, nuestra mala vibra, nuestro descuido por tomar el Metro atestado, nuestro afán por lo material, nuestro desdén por la espiritualidad.

Si bien ninguna de las recomendaciones del Presidente es mala por sí misma, debe quedarnos claro que lo que necesita el país, más que consejos personales, es una política de Estado. Esa transferencia a la población es una abdicación a las responsabilidades del Estado. Y esa abdicación no está dictada por otra condición que la urgente necesidad de esquivar el golpe político por el manejo errático de la pandemia de coronavirus.

Lo más lamentable de todo esto es que la población, en lo general, sí hizo su tarea en la misión colectiva de aplanar la curva de contagios. La mayoría que pudo se quedó en casa, e incluso algunos de los que en realidad no podían. No sabemos de qué forma estrepitosa hubiera colapsado el maltratado sistema de salud, de no haber habido la disciplina social que se manifestó en los últimos meses. Una disciplina que es más loable todavía porque los apoyos gubernamentales fueron muy escasos.

Ahora esa población es a la que le van a cargar sus propios muertos. En particular, los que vengan después de ahora. Por gordos. Por hipertensos. Por consumistas. Por egoístas.

Y ni crean que el desdén inicial o los malos ejemplos posteriores tuvieron nada que ver.


Covid en México: los costos de la inflexibilidad


Pasan las semanas y cada vez se hace más evidente que la estrategia para combatir la pandemia del coronavirus en México tuvo muchas fallas. Lo menos que se puede decir es que han pasado tres meses, los muertos ya son el triple de lo pronosticado inicialmente y el índice de contagios y defunciones sigue al alza. Uno quisiera que el modelo mexicano hubiera funcionado, pero a la hora de hacer el saldo resultó bastante malo.

Al inicio, las cosas parecían ir según el guion. La decisión de confinamiento y el protocolo de sana distancia parecían oportunos; la prevención para aumentar el número de unidades COVID y unidades con ventilador, no tan oportuna pero sí suficiente. Había, sí, algunos obstáculos, como el mal ejemplo presidencial, pero la consigna de “quédate en casa” y las advertencias eran constantes.

Pero faltó un ingrediente fundamental. A diferencia de otras naciones, México no instrumentó un programa de apoyo económico a los trabajadores que quedaban sin ingresos. En la obsesión de mantener el equilibrio fiscal, el gobierno dejó a la población a su suerte. En un país donde tantas personas viven al día, eso significó que muchas personas tuvieron que salir en busca de sustento. Los índices de hacinamiento contribuyeron a multiplicar el virus.

En otras palabras, el confinamiento sirvió para evitar un salto dramático en contagios y hospitalizaciones, pero fue insuficiente para evitar la reproducción ampliada de la enfermedad. Controló, pero no contuvo. Y a un fuerte costo económico. 

El otro elemento que está detrás del fracaso es la obsesión con el “aplanamiento de la curva”, en su versión más simplona. Esta dice lo que evitan las acciones de distanciamiento social es, estrictamente, que los servicios de salud sean rebasados por la demanda de atención derivada de la epidemia. En esta versión, a final de cuentas, se contagian quienes tienen que hacerlo, pero no hay tantas defunciones porque el sistema de salud es capaz de atender a todos.

De ahí la insistencia informativa diaria sobre la disponibilidad de camas en los hospitales IRAG. Se nos machaca cotidianamente que es suficiente, que el sistema no ha sido rebasado. Pero también vemos que, día a día, crece el número de Unidades COVID, en lo que eufemísticamente han dado en llamar “reconversión hospitalaria”. En otras palabras, hospitales que antes se dedicaban a atender otros requerimientos de salud, ahora están dirigidos exclusivamente a COVID.

En el análisis de la epidemia en Lombardía, saltó un dato de la provincia más afectada: Bérgamo. Las defunciones se habían duplicado respecto al año anterior, pero sólo 31 por ciento de la diferencia se podía explicar por la pandemia de coronavirus. ¿De qué murió el otro 69 por ciento? Sólo hay dos posibles explicaciones: o fue por el virus, y no se registró, o fue por otras enfermedades, pero los pacientes no pudieron ser atendidos porque todo el sistema estaba abocado al combate de la pandemia. Un estudio arroja datos similares para la Ciudad de México en abril: el COVID explicaba sólo el 25 por ciento de las muertes adicionales.

En otras palabras, las autoridades de Salud pueden expandir los hospitales COVID al infinito, y presumir que siempre hay disponibilidad de camas, pero ello no evita que las muertes se multipliquen. Tanto las de los pacientes contagiados por el virus como las de quienes prefirieron morir en casa o tenían otro mal y su atención o su cirugía se pospuso a las calendas griegas.

El éxito en el combate a la pandemia, considero, no se mide principalmente en si el sistema sanitario quedó rebasado o no. Es un elemento importante, pero no definitorio. Se mide en el control de los contagios, la disminución del número de muertes y la rapidez con la que es posible regresar con cierta seguridad a algo semejante a la normalidad. Si México aprueba en el primer punto, reprueba en los otros tres.

Hago una acotación: hay una instancia en la que el sistema de salud ha quedado totalmente rebasado (ahí cargaba con un rezago histórico que se evidenció): la incapacidad para informar con tiempo razonable de contagios y fallecimientos. El desastre administrativo ha dificultado a todo el país seguirle el paso a la epidemia, saber realmente en dónde estamos parados en cada momento y tomar las decisiones conducentes.

Finalmente, también ha habido una enorme resistencia a hacer cambios en la estrategia a partir de la experiencia. Si la pandemia no evolucionó como esperábamos, es que una parte del diagnóstico estaba mal hecha. No podemos convertir la Campana de Gauss en un Lecho de Procusto para hacer que la realidad quepa a fuerzas en nuestros supuestos. Menos, si esa campana es indicadora de muertes de personas de carne y hueso, compatriotas nuestros.

Pero es lo que se ha hecho. Y se ha preferido mantener la ruta a pesar de las evidencias. La ruta de no aumentar el número de pruebas, la de no inducir a nivel nacional el uso obligatorio del cubrebocas, la de no buscar tratamientos preventivos para la población, la de poner oídos sordos a recomendaciones de expertos nacionales y extranjeros. Es una ruta que da cuenta de un empecinamiento atroz. La inflexibilidad ha sido muy costosa.

Detrás de esa ruta, hay que decirlo, está una decisión económica. La de no generar el gasto social para apoyar a todos los trabajadores con un ingreso básico durante la pandemia. Y junto con ella, la de no dotar de recursos suficientes al sector salud, como pretendían leales cartuchos, quemados por la circunstancia, como el de Asa Cristina Laurell. Esas decisiones fueron de AMLO, porque importan más el aeropuerto, la refinería, el tren maya y los dineros para apoyos clientelares. En otras palabras, porque las prioridades del país son dos: los deseos de Andrés Manuel López Obrador y las elecciones de 2021. No es casualidad que, en plena pandemia, el Presidente siga en campaña.

viernes, mayo 29, 2020

9 reflexiones sobre el futuro que viene


A continuación, algunas reflexiones, más o menos sueltas, respecto a los efectos que tiene y tendrá la pandemia del coronavirus.

1.Todos queremos que se acabe, pero tenemos un problema: una cosa es que lo haga en términos sanitarios -es decir, que se desplomen contagios y muertes- y otra, distinta, que lo haga en términos sociales -es decir, que podamos hacer con normalidad las cosas que antes hacíamos. Tengo la impresión de que el segundo deseo es todavía más fuerte que el primero. El asunto es que, en realidad, no se podrá cumplir hasta que la pandemia se apague en términos sanitarios.

En otras palabras, la nueva normalidad será más nueva que normalidad. Y esa no es una perspectiva agradable.

2. Hay quienes creen que, salvo por las nuevas precauciones y el retraso en los actos masivos, de verdad vamos a poder regresar al pasado. Esta crisis lo movió todo. Sus efectos económicos serán tan devastadores que obligarán a repensar el funcionamiento de las sociedades en más de un sentido, generarán desplazamientos políticos a nivel mundial y terminarán resolviéndose en un nuevo orden que todavía no alcanzamos bien a vislumbrar.

Es el derrumbe de un montón de pequeñas certezas en un mundo que tenía cada vez más incertidumbre.

3. De las pocas cosas ciertas que traerá esta crisis es un aumento de la pobreza a nivel mundial. Sólo en México se calcula que el incremento será de entre 6 y 10 millones de personas. En muchas partes esa mayor pobreza se reflejará en hambre.

También es previsible una mayor diferencia de ingresos entre las naciones. Y será mayor en la medida en que algunas de las que no son ricas cometan el error de no intentar una recuperación inmediata, como México comprenderá.

En resumen, la tendencia al aumento de la pobreza y a la mayor desigualdad entre las naciones tendrá efectos nocivos en las relaciones internacionales.

4. El comportamiento de las diversas naciones ante el fenómeno del COVID, deja en claro que hay una región que está haciendo bien las cosas y otras que no. Los resultados en el Extremo Oriente y en Oceanía son incomparablemente superiores a los obtenidos en Europa y América, independientemente de si se trata de regímenes democráticos o no. La diferencia, me parece, estriba en dos factores: el estado de la salud pública en cada región y el nivel de disciplina de la población.

Tengo la impresión de que el individualismo, llevado al extremo en Estados Unidos, y que se puede expresar en la frase “Tu salud vale menos que mis libertades”, escrita en el medallón de un auto trumpista, está pagando una factura muy cara y no sólo en la Unión Americana. La falta de solidaridad también mata.

5. Ya había evidencias de ello antes de la pandemia, pero ésta desnudó la falta de liderazgo mundial de Estados Unidos. Son cosas que pasan por poner a un narcisista al poder.

Uno se podía imaginar que en Estados Unidos había el suficiente rigor y la suficiente capacidad técnica para mitigar con cierta seriedad el problema. Pero la política pudo más y, sobre todo, la situación desastrosa, en términos sociales, de su sistema de salud.

Trump parece tener la intención de querer efectuar una fuga hacia adelante, apostando a una nueva Guerra Fría, esta vez con China. Eso no puede sino llevar a prolongar la disrupción de las cadenas de valor en el mundo e incluso puede desembocar en una nueva crisis financiera. Lo malo para México es que está muy ligado a EU y no tiene manera de zafarse en el mediano plazo. La única esperanza es que Trump no se reelija.

6. Que la política pueda más que el rigor y la capacidad técnica no es un asunto exclusivo de Estados Unidos. Si hacemos un recorrido por los países que han sufrido la pandemia, encontraremos que, como regla general, las sociedades que están unidas han tenido mejores resultados que las que están polarizadas. El conflicto, a veces propiciado por los propios gobernantes y a veces por los intereses partidistas, ha contribuido a generar respuestas débiles, indisciplina de la población y movimientos contradictorios en la forma como enfrentar las crisis combinadas de la economía y la sanidad.

7. México claramente está dentro de las naciones en donde han predominado la política y la polarización, con los respectivos y esperables efectos negativos. La única cosa verdaderamente buena, sea por visión, por idealismo o por casualidad, ha sido su propuesta en Naciones Unidas para evitar la especulación con material sanitario. Y más allá de la poca capacidad ejecutiva de la ONU, es un oportuno llamado de atención sobre la necesidad de cooperación internacional ante un problema global. Esta cooperación tiene que ser superior a los intereses económicos de laboratorios y fabricantes, y resultará crucial a la hora de que haya vacunas o antivirales probados.

Resulta paradójico que un gobierno encabezado por un nacionalista que sueña a veces con la autarquía haya hecho esta propuesta de globalización positiva.

8. En los próximos meses se desatará en serio algo que empieza a darse: la discusión sobre las bondades del crecimiento económico per se. La humanidad estará, entre contradicciones, a la búsqueda de un nuevo modelo de sociedad, abrumada por los efectos de un pequeño y letal virus. En ese camino, serán arrolladas otras viejas certidumbres, como las de los economistas muertos a los que el mundo obedeció durante las últimas décadas. Lo que no tenemos claro es qué otras certidumbres, igualmente perecederas, las sustituirán.

De entrada, puede suponerse que crecerá la disputa entre quienes abogan por el desarrollo sustentable y los que lo hacen por el crecimiento acelerado; la habrá también sobre el regreso al Estado de Bienestar, sus alcances y sus formas de financiarse; finalmente, también la discusión acerca de las libertades individuales y la solidaridad social pasará a cobrar mayor importancia.,     

9. Será necesario, igualmente, replantearse la organización de las ciudades, que hoy en día suele ser bastante irracional. No es una cuestión de densidad (Seúl, que es más densa, libró mucho mejor la pandemia que Nueva York), sino de cómo se construye en la ciudad, cómo y cuánto se viaja en ella, cómo se distribuyen los espacios públicos y de qué tipo son.

Lo que no habrá, lo siento por los filósofos bucólicos o neohippies, es un retorno al campo.