viernes, julio 24, 2026

La Odisea y los malos anfitriones

 

La Odisea es una de las obras seminales de la literatura occidental. Es un relato que ha sido vuelto a contar innumerables veces, y de muy distintas maneras. Afortunadamente, ha vuelto a ponerse de moda por la espectacular película dirigida por Christopher Nolan, estrenada recientemente. Vale la pena tomar el tema, y usar la adaptación cinematográfica como pretexto para hacer algunas reflexiones más actuales.

La película de Nolan cumple con creces el propósito de presentar una epopeya visual y emocionalmente envolvente, con muchos aspectos a analizar y debatir. Como toda adaptación, lleva consigo una visión particular, personal, de la obra original, lo que nos recuerda -a su vez- que todo libro, o filme, es obra de su autor sólo en parte, y la otra parte corresponde a la manera en la que el lector o el espectador lo procesan.

Cuando leí La Odisea (una versión en prosa, hace muchos años), se me grabaron fijamente varios de sus episodios en la memoria, pero otros fueron al olvido. Como buen latinoamericano, ya se sabe que lo hacemos todo en desorden, la leí antes que La Ilíada, con lo que me perdí de la posibilidad de hilar bien las dos historias. Que la película sí sea capaz de hacerlo habla de un buen ejercicio de comprensión histórica del poema.

Pero Nolan hace una versión muy propia, se salta alguna de las aventuras relatadas por Homero, fusiona otras, cuenta los episodios en desorden e incluye un final que no es el del libro (spoiler: en el poema, Telémaco no es rey de Ítaca sino hasta después de la muerte de Odiseo). Me parece que lo hace con un propósito definido, que quién sabe si los espectadores serán capaces de captar: enviar mensajes sobre el mundo actual.

Por ejemplo, se salta el paso de la tripulación por la Isla de los Lotófagos, que es donde los compañeros son invitados a comer flores de loto y, al consumirlas, olvidan su patria, su familia y sus deseos de regresar; se olvidarán hasta de sí mismos. Odiseo los obliga a regresar al barco. A cambio del dolor del viaje, mantendrán la esperanza en el futuro.

En el filme, Calipso alimenta al naufrago Odiseo con flores de loto, y luego lentamente permite que le regrese la memoria y cuente su odisea (así es como los espectadores la van conociendo). En el poema, en cambio, Odiseo nunca comió de esas flores y, por lo tanto, jamás olvida; Calipso le ofrece su amor y la inmortalidad, a cambio de que no regrese, pero los dioses la obligan a renunciar al amado y construirle una balsa. Odiseo es aparentemente feliz, pero la memoria y la nostalgia lo torturan: su sino es regresar. En el filme, Calipso decide por su cuenta.

Hay varias escenas particularmente logradas en la película. Una, visual y sonoramente, es el paso por la Isla de las Sirenas. Otra, la transformación de los marineros en cerdos que hace una hechicera Circe entendida en clave neofeminista. Otra, visual y emocionalmente impecable, es la visita de Odiseo al inframundo, que le ayuda a comprender muchas cosas: las que el director (no el poeta) quiere que entienda.

La película cumple con el cometido esencial del relato: el largo periplo del héroe que regresa a casa, pero regresa cambiado, porque lo sucedido en el viaje lo ha transformado. Odiseo ya no es Odiseo e Ítaca ya no es Ítaca. Es un camino en el que ha aprendido lecciones y regresa con una sabiduría duramente aprendida. Pero el filme hace hincapié en un aspecto en el que, al menos en mi lectura juvenil, yo no había reparado: el concepto antiguo de xenía, el contrato de hospitalidad entre anfitriones y viajeros, según el cual los primeros tienen la obligación de dar hospitalidad y protección a los segundos; y éstos, de no abusar de la generosidad del anfitrión y devolver el favor, si fuera el caso (es lo que en el filme llaman “la ley de Zeus”).

Ese es un punto central de La Odisea de Nolan. Cumplir con las leyes de la hospitalidad es un elemento nodal de la civilización griega (es decir, de la madre de la civilización occidental). Quien las desafía puede terminar pagando muy caro -como el cíclope, como los pretendientes-, pero, sobre todo, quien ya no se rige por ellas termina convertido en un bárbaro, en todo aquello a lo que teme una sociedad civilizada. La xenía es la que hace la diferencia entre una horda de salvajes y una colectividad que pretende la paz social.

La reflexión de Nolan, en boca de Odiseo (pero no de Homero, que yo sepa) es que la Guerra de Troya, con su crueldad, sus mentiras y sus trampas, convirtió a los civilizados griegos en salvajes. Eso, a pesar de que la guerra misma nació de una violación a la ley de los anfitriones (Paris que enamora y secuestra a Helena). Al romper la xenía, con el engaño del Caballo de Troya, con tal de ganar la guerra, los griegos se despojaron a sí mismos de su estatus civilizado. Sigue que todos los pueblos dejan de lado las leyes que permiten la convivencia humana. Al haber destruido la seguridad de los troyanos distorsionando las leyes de la hospitalidad, Odiseo pierde el derecho a llegar fácilmente a su hogar. Los dioses lo castigan con ese viaje terrible. Eso lo comprende sólo al final, al llegar al lugar de donde salió.

Uno no puede sino pensar en los ecos políticos que eso tiene en la actualidad. En Trump, por ejemplo. Un líder xenófobo, belicoso, nacionalista y más poderoso de lo que quisiéramos admitir. Un ejemplo de lo contrario a la xenía, pero no el único. O pensar en la ola de rechazo a los migrantes, o de repudio a los de otra tribu política, ideológica, nacional o religiosa: un mal social que abarca medio planeta, y que no se calma ni en los momentos de júbilo colectivo. Sirva como advertencia: pensando en que se vale de todo para “ganar”, nos estamos despojando de nuestra esencia civilizada. Eso vale para toda actividad humana. Vivimos una crisis de convivencia. Me parece -es mi lectura personal, al fin y al cabo- que Nolan nos envió un mensaje al respecto, basado en un texto de hace casi tres milenios.


lunes, julio 13, 2026

Muñoz, al alza; Durán, a la baja



Mexicanos en GL.

junio-julio pre all star 2026

 Este año, gracias al futbol, hacemos el corte del análisis ligamayorista a partir de la falsa “media temporada” del Juego de Estrellas. Como desde el principio de la campaña, Jonathan Aranda y Randy Arozarena se distinguen por ser los beisbolistas mexicanos más consistentes y confiables. Este mes y medio trajo novedades. Una es que por fin Andrés Muñoz parece haber reencontrado su mojo; otra, que Jarren Durán cayó en otro slump de bateo y apunta para tener una temporada muy por debajo de sus estándares. Además de eso, vimos el retorno del lesionado Alejandro Kirk, el regreso -tras más de un año- de Patrick Sandoval y el debut en MLB del lanzador zurdo Samy Natera Jr y del derecho Luis Gastélum.  

Como cada entrega, va un resumen de la actuación de los peloteros nacionales, clasificada de acuerdo a su desempeño en la temporada.

Randy Arozarena estuvo un ratito lesionado, pero eso no ha tenido influencia en los fuertes números que ha mantenido durante el año. El jardinero izquierdo de los Marineros de Seattle es el único miembro del contingente en haber sido seleccionado al Juego de Estrellas. Estas semanas confirman que batea con menos poder que en otros años, pero con más contacto. Sus números: .286 de porcentaje, un sólido .838 de OPS, con 11 jonrones, 45 producidas, 59 anotadas y 19 bases robadas. Una diferencia notable respecto al pasado es que ha mejorado su disciplina en el plato: se poncha menos y recibe más pasaportes.

Jonathan Aranda tiene números ofensivos comparables o mejores que los de Arozarena, aunque su posición exige menos fildeo y está más competida para un lugar en el Juego de Estrellas. El inicialista de los Rays ha mantenido su capacidad para ser hombre clutch, y es parte de la explicación de la sorprendente campaña de los de Tampa. Sus números hasta antes del all-star: .297 de porcentaje, un magnífico .865 de OPS, 14 cuadrangulares y 64 carreras producidas.

Andrés Muñoz todavía desperdició un rescate a principios de junio, pero desde la segunda mitad de ese mes ha estado tan intratable como en sus mejores momentos. La clave ha sido una ligera mejoría en el control. El Plebe acumuló 7 salvamentos en el periodo. En el año lleva 3 partidos ganados y 4 perdidos, 16 juegos salvados y 51 ponches en 34.1 entradas de labor. Mejoró su porcentaje de carreras limpias admitidas a 4.19. El estelar cerrador tendrá que seguir en esa tesitura para que los Marineros aspiren a la postemporada.

Isaac Paredes va lentamente de menos a más. El antesalista sonorense de los Astros volvió por sus fueros y mejoró notablemente los números que tenía. Su porcentaje de bateo subió a .252, duplicó su número de jonrones a 12 e hizo otro tanto con las carreras empujadas, que ahora son 49, Su OPS, de .766, ya lo coloca entre los bateadores buenos de la campaña.

Nick Gonzales ha logrado mantener su alto porcentaje de bateo. El infielder de los Piratas de Pittsburgh, de buen guante, sigue por encima de los .300 de porcentaje y, con poder ocasional, mejoró su OPS. Batea para .308, con 4 vuelacercas, 4 robos de base, 28 producidas (y 51 anotadas)- Su OPS, de .761, indica algo más que a un pelotero de puro contacto.

Javier Assad regresó, aunque quién sabe por cuánto tiempo, a la rotación de los Cachorros de Chicago. El tijuanense lo ha hecho bien, ganando 3 partidos, sin admitir derrota. Sólo una de sus salidas fue considerada de calidad, porque lo común es que lance 5 entradas o menos. Sus números: 6-1, 37 ponches y una efectividad de 4.11. Adicionalmente, mejoró su WHIP: se le embasan por hit o pasaporte, 1.13 rivales por entrada.

Jarren Durán entró en otro horrendo slump en junio, precisamente cuando parecía que le había dado la vuelta a un mal arranque, y no ha salido. Ha ido de la sima a la cima, y de regreso. Sigue siendo garantía con el guante, pero batea para .194, con 11 cuadrangulares y 45 carreras empujadas, Ha estafado 14 colchonetas, pero su OPS señala que está bien debajo de la media en Grandes Ligas: .605.

Jojo Romero, preparador de cierre de los Cardenales de San Luis, tuvo más de arena que de cal en este mes y medio. Ganó un juego, pero perdió dos.  El zurdo lleva marca de 1-3, dos rescates desperdiciados y 20 holds (ventajas mantenidas en situación de cierre). Su PCL empeoró a 3.25 y ha pasado a 43 rivales por los strikes.

Brennan Bernardino ha tenido una participación más que decente en junio y julio. El relevista ganó un juego para los Rockies y también se apuntó otros dos holds. Ahora sus números son 3-3, 5 holds, 18 ponches y efectividad de 2.97 (que es todo un logro para un lanzador de Colorado).

Samy Natera Jr, chihuahuense, relevista, debutó para los Ángeles de L.A y, salvo una implosión ante Boston el 4 de julio, lo ha hecho muy muy bien. Ha obtenido un triunfo y un salvamento, y es notable que haya ponchado a 22 rivales, mientras otorgó sólo 2 bases por bolas. Su PCL es de 3.00. Es probable que los de Anaheim lo vayan subiendo en la jerarquía de su bullpen.

Brandon Valenzuela, como dictaba la lógica, se quedó con la suplencia en la receptoría de los Azulejos de Toronto, tras el regreso de Alejandro Kirk, y ha jugado más de lo que lo hacía Heinemann. En el periodo analizado mejoró su promedio y se ha mostrado eficiente a la defensiva. Sus números ofensivos .241 de promedio, 7 palos de vuelta entera, 20 producidas, .729 de OPS y un robo de base.

Joey Ortiz mejoró un poquito su bateo, para acompañar su guante de lujo en el campocorto de los Cerveceros de Milwaukee. Los números al bat siguen siendo pobres y contrastan con su fildeo: .225, 3 palos de vuelta entera, 22 producidas, OPS de .596.

Alejandro Osuna fue mandado unos pocos días a AAA, pero de nuevo cubre la parte fuerte del platoon con los Rangers (es titular ante lanzadores derechos). Por fin pegó su primer jonrón. El sinaloense batea para .256 de promedio, .653 de OPS, 18 impulsadas y 4 estafas.

Marcelo Mayer apenas si jugó medio junio, porque cayó en la lista de lesionados. La suya ha sido una campaña decepcionante con la majagua, aunque el guante y el brazo le funcionaron bien. Batea para .220, con un bajo OPS de .594, 3 jonrones, 22 producidas y tres robos.

Alejandro Kirk finalmente regresó a la receptoría de Toronto en junio, tras la fractura del pulgar a principios de temporada. Todavía no agarra su ritmo al bat: sigue siendo pelotero de gran contacto, pero sus batazos salen, por lo general, a poca velocidad. Está dejando su puesto a Valenzuela dos días por semana. Batea para .202, con 2 jonrones y 9 producidas. Eso sí, su popularidad y su carisma son tan grandes que, a pesar de lo poco que ha jugado y de sus numeritos, quedó en segundo lugar de la boleta de catcher de la Liga Americana en las votaciones para el Juego de Estrellas.  

Alan Rangel parece haber dejado atrás la puerta giratoria y hasta ha abierto juegos para los Filis. No le ha ido demasiado bien, a pesar de que una de sus aperturas fue buena. Su marca es de 0-2, con efectividad de 4.19 y 22 chocolates.

Víctor Vodnik salió de la lista de lesionados, pero ya no es el cerrador de los Rockies. Tal vez debería serlo, porque en el último mes se vio bien, ganando 2 juegos desde el bullpen. Números: 3-3, 4 salvamentos, otros tantos holds, dos desperdicios, 22 ponches y PCL de 5.72, que se ve muy feo, pero es mucho mejor que el 8.00 que traía antes de lesionarse.

Daniel Duarte debe estar mareado de tanto pasar por la puerta giratoria con la que los Mets lo traen entre Grandes Ligas y AAA. Lanzó otras 2 entradas sin permitir carrera y lo devolvieron.

Robert García pasó a la lista de lesionados por 60 días. El relevista de los Rangers lleva marca de 0-1. Con 2 holds, un rescate desperdiciado y PCL de 3.38.

Alek Thomas sigue en AAA. Sus números con Arizona: .181, 3 jonrones, 10 remolcadas y 4 robos de base, OPS de .562

Ramón Urías no ha salido de la lista de lesionados. El sonorense del guante de oro lleva .158, 2 vuelacercas, 5 empujadas y OPS de .595, jugando para los Cardenales.

Luis Urías fue contratado por los Azulejos de Toronto para cubrir posiciones de utility en el infield. Con lo poco que ha jugado, el Wicho ha bateado bien: .292, con un cuadrangular y 2 producidas.

Patrick Sandoval regresó a abrir un juego, para los Medias Rojas de Boston, luego de más de un año de ausencia por la cirugía Tommy John. Lanzó 4.1 entradas, admitió una carrera y se fue sin decisión. Los patirrojos lo llevarán con calma.

Rowdy Téllez se tomó una tacita de café con los Bravos de Atlanta, esencialmente como bateador emergente. Fue suficiente para que pegara 2 hits en 10 turnos. Uno fue de cuatro esquinas y empujó 2 carreras. Luego lo mandaron a AAA.

Valente Bellozo se mantiene en AAA. El cachanilla tiene 1 perdido, PCL de 7.82 y 8 pasados por los strikes.

Luis Gastélum, otro mochiteco greñudo y velocista en la lomita. Lleva tres apariciones en el relevo de los Cardenales, PCL de 6.75 y 3 ponches, en 2.2 entradas lanzadas.

César Salazar dejó la receptoría suplente de los Astros, al retorno de Yanier Díaz. Dotes defensivas, pero sólo un hit y una impulsada en 18 turnos.

José Urquidy está todavía en AAA. 0-1, un juego salvado, 8.53 de efectividad y un WHIP de 2.68.

Taijuan Walker sigue sin contrato tras su despido por los Filis. Su marca: 1-4, 9.13 de efectividad y 17 ponches.

 


miércoles, julio 08, 2026

Política y Mundial de Futbol

Van dos textos sobre futbol y políticos (gringos, casualmente)


Kissinger, realpolitik y futbol


Henry Kissinger, artífice de la política exterior estadunidense durante el gobierno de Richard Nixon, e influyente consultor de distintas administraciones de EU durante décadas, era un apasionado del futbol, deporte que practicó de niño en su natal Alemania. Fue el principal promotor para que Estados Unidos obtuviera la sede del Mundial de 1994 (e intentó infructuosamente ganarle a México la de 1986, luego del fiasco de Colombia como organizador designado). Creía que Estados Unidos no podía ser reconocido como potencia culturalmente integrada al resto del mundo, si no jugaba futbol, y utilizaba ese deporte como analogía de muchas cosas, entre ellas, la política exterior.

Según Kissinger, cada nación jugaba al futbol de acuerdo con su cultura. Así, por ejemplo, describía a la alemana como una selección que priorizaba la disciplina, la planeación estratégica y la organización colectiva. Decía que los alemanes tomaban el partido como una guerra en la que no daban cuartel, pero, si algo se les salía del guion, entraban en una suerte de crisis filosófica existencial.

Brasil, en cambio, era expresión de la creatividad individual, del gusto por el juego, del deseo por la estética (eran los tiempos, hoy perdidos, del jogo bonito), pero apuntaba que esos elementos hacían que a veces a los brasileños se les olvidara la importancia de ganar los partidos.

De Italia (aquella vieja azzurra del catenaccio) subrayaba el orden defensivo y una capacidad, que Kissinger definía como maquiavélica, para de repente romper líneas y anotar en una jugada directa, una suerte de blitzkrieg. De Francia, ponderaba su futbol elegante. De equipos africanos, como Camerún, decía que tenían instintos naturales de juego, pero que no intelectualizaban su estrategia. Y criticaba seriamente a Inglaterra, a la que acusaba de practicar un futbol anticuado (era la época de los ponchazos ingleses: largos balonazos a ser disputados), y de estar demasiado atados a la tradición.

En otras palabras, en la visión de Kissinger, cada nación practicaba el futbol dentro de su estereotipo cultural. Quería que Estados Unidos desarrollara su propio estilo, cosa que apenas está sucediendo tres décadas después.

Más interesante es la aplicación de las estrategias del futbol a la política. Para Kissinger, los deportes tradicionales estadunidenses eran mucho menos útiles para la estrategia política que el futbol. Tanto en el beisbol como en el americano los momentos de ataque y de defensa están cortados, claramente definidos, así que las posibilidades de pasar de la defensa al ataque son muy escasas e improbables (en el americano) o de plano nulas (en el beisbol). En el futbol, en cambio, el flujo permite que de manera natural puedas pasar de la defensa al ataque, e incluso utilizar a tu favor la ofensiva del adversario. Ahí, el político estadunidense encontró un ídolo y un ejemplo: Franz Beckenbauer.

Kissinger comparó abiertamente la política exterior que diseñó con el papel táctico de Beckenbauer, que revolucionó la posición de líbero. El Kaiser de la selección alemana era capaz de transformar una posición claramente defensiva en una de medio campo, idónea para orquestar un ataque profundo e inesperado. Según el político estadunidense, esa revolución, dirigida por los pies de un jugador meticuloso como Beckenbauer, fue lo que permitió que Alemania derrotara a un equipo técnicamente superior y estratégicamente innovador, como el holandés, la original Naranja Mecánica, en 1974.

El asunto era trabajar con eficiencia calculada. El concepto de realpolitik entendido como enfocarse totalmente en la victoria, enfatizando lo práctico, el control y el resultado por encima de lo que pudiera percibirse como justicia o por la estética. Entender los balances de poder, y actuar pragmáticamente y con flexibilidad, sin los corsets de la moralidad o la ideología.

Esa estrategia significaba cerrar los ojos ante actitudes contrarias a los derechos humanos, e incluso promoverlas directamente, porque la cuestión era derrotar a los rivales en la Guerra Fría. Y también significaba pasar por encima de pueblos enteros, si ello traía la victoria a su “equipo”. El apoyo a Pinochet para el golpe de Estado que instaló una feroz dictadura militar en Chile fue entendido por Kissinger como “un faul táctico”, el que hace el defensa a medio campo para evitar que la escuadra contraria tenga un avance peligroso (en este caso, que los socialistas pusieran un pie en América Latina, vista como el área que Estados Unidos defiende como propia).

Así, otros ejemplos futbolísticos que servían para justificar la estrategia de un personaje tan brillante como siniestro: el catenaccio para desesperar a las otras, múltiples, partes en las negociaciones de paz en el Medio Oriente; el uso de un jugador estrella, pero agresivo, para abrir -vía Pakistán- un camino hacia las relaciones con China; la presión constante a la salida: el manejo permanente de crisis como algo superior a una paz duradera… y un largo etcétera.  

Los tiempos han cambiado, tanto en el futbol como en la política global. Es hora de hacerse algunas preguntas: ¿Refleja el agresivo estilo de juego de la selección de Estados Unidos la idiosincrasia de ese país? ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de ese estilo?

¿Y si hubiera que describir las políticas de Trump con una táctica de futbol, cuál usaríamos? Para la segunda pregunta, lo que es seguro es que la respuesta no pasa por aquellos corsets de moralidad e ideología que con gusto desechó la realpolitik de Kissinger.


Ganar por encima de las reglas




En 1934, Benito Mussolini solía cenar con los árbitros el día anterior a los partidos de Italia durante el Mundial de futbol realizado en su país. No ha trascendido el contenido de las conversaciones en esas cenas, pero hay un patrón de comportamiento. En los cuartos de final, el árbitro suizo anuló dos goles legítimos a España y la propia Federación Suiza terminó suspendiéndolo de por vida. En la semifinal, el árbitro hasta intervino con un cabezazo en medio de un contrataque de Austria. En la final, el mismo árbitro, antes del partido, hizo el saludo fascista ante el Duce y le perdonó un penal a Italia, que resultó campeón.

Estos datos históricos vienen a cuento para señalar que el actual no es el primer Mundial de futbol en el que interviene directamente un jefe de Estado para cambiar las condiciones a favor de un equipo de su país, como lo ha hecho, de manera descarada, Donald Trump. También sirven para decir que hay un tipo de líderes políticos que se inmiscuyen en todo lo que pueden, y que buscan ganar por encima de las reglas.

En el partido contra Bosnia-Herzegovina, el delantero estrella estadunidense, Folarin Balogun, fue expulsado por una fuerte falta. A todo jugador expulsado de un partido se le aplica una suspensión y no puede participar en el siguiente partido. La FIFA revocó la sanción y permitirá jugar al atacante de Estados Unidos. Trump presumió que eso lo logró él a través de una llamada a Gianni Infantino.

Ante la lluvia de críticas, el mandamás del futbol se defendió afirmando que el cuerpo judicial de la FIFA es independiente, pero la UEFA afirmó que “cruzó una línea roja”. En una declaración sin precedentes, señaló que “el futbol se rige por reglas que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente. A veces, las reglas son susceptibles de interpretación. En este caso, no”. Siguió una llovizna de comunicados que muestra la diferencia de puntos de vista entre la FIFA y la UEFA.

Trump puede presumir de haber doblado a Infantino (otra vez, recuérdese la tibieza de la FIFA ante la discriminación sufrida por la selección de Irán), pero de esa forma mancha ante el resto del orbe cualquier logro futuro de la selección de su país en el Mundial. De paso, las declaraciones del presidente de EU demuestran que la organización mundial del futbol ha roto su propio reglamento, que prohíbe el involucramiento de la política en su toma de decisiones.

Pasar por encima de las reglas ha sido el comportamiento habitual de Trump durante sus dos presidencias. Su lógica es la de Humpty Dumpty, el personaje de A Través del Espejo: "Cuando uso una palabra, significa lo que yo quiera, ni más ni menos”, le dice el huevo a Alicia, para concluir “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.

Lo hemos visto en la imposición de aranceles y sus cambios a contentillo, en la restricción de visas a partir de la nacionalidad, en la forma de darle la vuelta a las determinaciones judiciales, en distintas intervenciones bélicas internacionales (“fáules tácticos”, diría Kissinger), hasta en las maniobras recientes para no firmar un tratado de libre comercio de mediano plazo para América del Norte. El autócrata hace sus reglas y rompe las ajenas sin pudor.

Detrás de ello está uno de los pilares culturales de los Estados Unidos del último siglo, resumido en la frase del legendario coach de futbol americano Vince Lombardi: “ganar no lo es todo, es lo único”. Aunque luego Lombardi dijo haber sido malinterpretado, el hecho es que entró en la psique estadunidense como el mantra de ganar a cualquier costo en una sociedad ultracompetitiva, que divide a la gente entre “ganadores” y “perdedores”. Trump siempre se refiere a sí mismo como un “winner”.

A diferencia de las amenazas personales, veladas o directas, de Mussolini, el método Trump consiste en chantajes, uso del poder económico de Estados Unidos como arma de extorsión, la manipulación de los hechos y la presunción de que la cancha de juego -en todos sentidos- no tiene por qué ser pareja. He aquí otra distinción clave qué hacer entre fascistas y populistas. Los primeros simplemente desprecian e ignoran las reglas; los otros las distorsionan a su favor, mientras aseguran que están haciendo justicia. No es solamente, ni principalmente en Estados Unidos donde está pasando esto: es una epidemia política mundial, a la que México no es ajeno.

Aceptando que la vida es competitiva, las democracias tienen reglas “que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente”. Cuando desaparece la certidumbre sobre el uso de las reglas, cuando se utilizan resquicios legales para favorecer a unos sobre otros, se desmorona el pegamento que hace funcionar a las instituciones. Tal vez de eso se trata, de mandar a las instituciones al diablo para que impere la ley de quien detenta el poder.

En el partido de Estados Unidos contra Bélgica, el entrenador Pochettino decidió alinear a Balogun, que no hizo nada por el equipo de Estados Unidos, que fue humillado. De todos modos, a Infantino le tocará navegar, merecidamente, por aguas tempestuosas.