Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

jueves, febrero 13, 2025

El castillo vacío


Este es un cuento que escribí hace 40 años. Corría 1984 o 1985.

 

-A la memoria de José Carlos Becerra

Hasta antes de que me sucediera lo que les voy a contar, yo tenía toda una teoría acerca de las arrugas. Las arrugas, decía yo, son la petrificación de una sola mueca, que a través de los años avanza precisa, segura, delineando sin indulgencia las miserias y obsesiones de su poseedor. Una persona emplea toda su vida construyendo esta complicadísima mueca, en contorsionar su rostro original, hasta lograr, si el tiempo le alcanza, expresar sus contradicciones en una vistosa, elaborada cara de anciano. Tal vez por eso, en mi adolescencia tendía a atribuir la fealdad de los poderosos a su miedo de que alguien los pudiera sorprender por dentro, pudiera asomarse a su malignidad. Ahora sé que las cosas están peor de lo que imaginaba. No he quedado desfigurado por accidente alguno (eso pienso): es más, soy de las personas a las que ustedes se acercarían si, por ejemplo, un familiar suyo se desmayara en el Metro; pero sin duda preferiría que no lo hicieran.

De pequeño, me gustaba ir a casa de la abuela del chato Jeremías, mi vecino y compañero de juegos. En realidad, se trataba de la carcasa de lo que una vez fue una hacienda cerca de San Juan del Río. En ese lugar se escuchaban palabras con sabor a viejo: ajorca, entrepaño, alamud. Yo por eso escuchaba siempre con atención, aunque posiblemente se haya debido a que, en el campo, al abrirse un panorama más amplio para mis sentidos, éstos trabajaban con mayor capacidad, y las imágenes quedaban más fijamente impregnadas en mí. Recuerdo que, llegada la tarde, ahíto el paladar del sabor para mí extraño de los dulces hechos en casa, solíamos pasear por los campos cultivados, y enfangarnos pies y manos. Yo lamentaba que junto a esas tierras no pasara alguna carretera y, por tanto, que ningún niño de ciudad, desde el coche de sus padres, nos confundiera con trabajadores niños campesinos.

Hace un tiempo me encontré con el chato Jeremías, ingeniero y casado, con bigote y calvicie precoz. Me invitó a pasar un fin de semana en la que había sido casa de su abuela, pare que recordara viejos aires y descansara del trajín cotidiano. El Chato había reacondicionado la semidestruida casona y dedicaba parte de su tiempo a hacer rentables las tierras que le habían dejado. Fui de buena gana, aunque pronto me di cuenta de que el Chato y yo teníamos muy poco de qué hablar. Jeremías utilizaba el recurso de contar mil y una anécdotas de la infancia para evitar la posibilidad de que nos viéramos frente a frente sin reconocernos. Su esposa se mostró muy amable, y luego de la cena nos trajo coñac y cigarros. Yo pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas. Las paredes no tenían cuarteadoras, Jeremías ya no hacía rabietas y había engordado, en el peinado de su esposa se adivinaba un leve toque de salón de belleza, la casa no olía a polvorones con miel, Qué cortas debieron ser la adolescencia y la juventud de Jeremías.

Nos quedamos en silencio, con la mano correctamente colocada en la copa de coñac, demasiado conscientes, al cabo, de ese silencio. Luego de un rato, Jeremías avisó que ya iba a dormirse, y se fue a la recámara. Quedé entonces solo, pensando en mi infancia y en las nuevas responsabilidades del Chato. Serví más coñac en la copa y me apoltroné como si fuera un rico hacendado de principios de siglo, con lentos movimientos acercaba el tabaco a mi boca y pronunciaba palabras que yo quería tan arcaicas y esplendorosas como las que escuché de niño. La noche empezaba a refrescar, así que decidí encender la chimenea. Lentamente recogía la leña, sintiéndome un curtido hombre de campo, y me inventaba frases señoriales como “páguele al acequiero lo de su raya”.

Luego de hacer el fuego, me incorporé y vi, en el gastado espejo que estaba sobre la chimenea, una figura estirada, ciertamente parecida a mí, pero que no era yo. Me miraba fijamente, con altivez, y vestía una levita tiesa y ajustada. Cuando me di cuenta de que la imagen obedecía estrictamente a mis movimientos y que mi ya temerosa sonrisa se traducía en el espejo en una mueca atroz. Corrí a despertar a Jeremías.

-Era tu cara, tomaste mucho, mejor vete a dormir –me dijo.

De camino a mi recámara me atreví a mirar de nuevo al espejo; descubrí al otro lado a un muchacho pálido, nervioso y vestido como yo. Tampoco me pude reconocer bien a bien en esa persona.

Días después de esa experiencia con los espejos, tomé un tren para Guadalajara. Luego de cenar fui al carro mirador que, de noche, sirve más bien para mirar a los otros pasajeros y para hacerse a la idea –difícil cuando es boleto de camerino- de que se viaja en grupo. Pedí un refresco y me entretuve en observar a las otras personas, para hundirme más tarde en el repaso del periódico de la mañana. A los pocos minutos vi que junto a mí estaba una mujer. Me pareció joven y agradable, me gustó su estilo elegante y sencillo a la vez, y me gustó también la manera directa como me miraba. Le dirigí una mirada sonriente y decidí pasar frente a ella como una persona seria y reservada. Leí de nuevo la sección de culturales y –ostensiblemente- los artículos editoriales. Luego, de manera muy galante, le pregunté si no deseaba un refresco o un trago (utilizando la palabreja “trago”). Aceptó lo primero y nos pusimos a conversar, aunque a mí me dio por ser parco para sentirme más interesante. Tenía yo la sensación de que ella se sentía atraída, tan de movimientos pausados y graciosos como era, por un hombre con ciertas características de firmeza y formalidad. Mantuve discreción sobre mi pasado, no porque hubiera algo que esconder, sino precisamente porque esa discreción me dotaba, ante sus ojos, de un encanto extra. Así debió de haber sido, porque después me descubría acompañándola a su camerino, cosa que jamás me había sucedido en un tren.

Cuando llegamos me encontré con una mala sorpresa. Sobre el lavabo del camerino, el espejo devolvía una imagen extraña. Una serie de surcos desconocidos cubrían mi cara, sustituyendo a los míos. Esta ocasión definitivamente no se trataba de mí, sino de alguien bastante mayor de mis treinta años, con mucha vida atrás, tal vez con ese pasado que nunca le conté a la mujer que ahora rozaba mis caderas con su mano tibia y bien formada. Me lavé la cara, y al reiterar el espejo la seria y apacible (pero vivida) imagen de la persona a la que yo estaba jugando a ser, tuve la tentación de salirme y no regresar, pero pudo más la sonrisa de la mujer.

Hicimos el amor de manera apasionada, pero poco lúdica. Di a mis movimientos precisión y suavidad, pero mi arrebato no podía decidirse entre ser un arma de olvido contra la figura del espejo o una imitación involuntaria de aquel acaso me robaba el alma en esos momentos. Me vi sereno y experimentado, tal vez poco amoroso, y si acaso ella adivinó una chispa en mis ojos al encenderle su cigarro, ésta era demasiado consciente. El ritmo del tren y el cuerpo tibio de la mujer alrededor del mío no fueron suficientes para alejar de mí la brutal idea de que las caricias que sentí delineaban el cuerpo de otra persona.

La serie de conferencias que di en Guadalajara sobre Hegel pareció, por un tiempo, el refugio que necesitaba. Las noches en el hotel me envolvía, en calmada soledad, en el repaso de los conceptos y, más que en Hegel, en mi encanto de estudioso. Mi manera de fumar lo demostraba. No quise regir a los espejos de la habitación por temor a alimentar una fobia que se iba apoderando de mí, acercándose por lentos meandros a la desembocadura de mi ser. A ratos los miraba y sonreía con satisfacción al ver el rostro seguro e inteligente de un intelectual no demasiado severo consigo mismo: ése, sin duda, era yo, qué alivio.

Así, al enfrentarme al auditorio, me sentía dueño de la situación. Era capaz, entonces, de armar frases consonantes, de bordar la conferencia, buscándole la musicalidad al abstracto tema: “ya hay dialéctica en los anales doxológicos de Heráclito de Éfeso” podía sonar como “en noche lóbrega galán incógnito las calles céntricas atravesó”, y para el caso era lo mismo, la mayor parte del público asistía para enriquecer su currículum cultural, no para explicarse la lógica del amo y el esclavo. La profusión de esdrújulas servía como mantra. La última sesión, el broche de oro, fue más un recital que una conferencia: las palabras brotaban a cántaros para defender a Hegel de su condena histórica de reaccionario incorregible, pero no brotaban de mí, con mi historia, mis fantasías y mis enormes, escondidas ganas de regresarme a casa, ni de la idea absoluta de la Historia con mayúscula. Salían de la boca de un intelectual de saco raído onda mitteleuropea, que tenía mi nombre y apellido, mi tono de voz, mis ademanes, pero que tenía mucha más fuerza que yo, más seguridad en lo que decía y un odioso dejo de cinismo que tal vez fui el único en percibir.

Como era de esperarse, en la comida que siguió a la última conferencia, tanto mis anfitriones del Instituto como yo nos pasamos de copas. Incoherentes con nuestros personajes académicos, nos fuimos al futbol a ver si el Atlas seguía sin anotar. Me desgañité gritando y dormí como un bendito.

En el camino de regreso una imagen me asoló, complicándome la cruda: un castillo antiguo, vacío, oscuro, en el que se oyen ruidos de fusilamientos. No me quise desesperar y se lo cargué a mi cansancio: la serie de pesadillas culminaría con mi llegada a México y con un buen sueño. El castillo se desmoronaba poco a poco, pero su presencia y los disparos se mantenían.

Al llegar, la ciudad me pareció irreal: algo había sucedido, pero no era fácil explicárselo. Me entró el miedo y tuve, por un segundo, la tentación de comprar una máscara de Blue Demon para salir tranquilo de la estación. Pensé, al fin que, si yo había cambiado tanto como para ver a la ciudad con otros ojos, el improbable amigo que me encontrara no sabría que era yo; que si la gente me miraba con desconfianza era porque yo la emanaba; que todo se arreglaría en pocos minutos. Deseé ardientemente encontrar a lo lejos un conocido no muy íntimo que agitara los brazos para saludarme y recongraciarme con el mundo. Caminé entre extraños hasta un sitio de taxis.

La llave era la misma, el departamento apenas olía a encerrado. Decidí que lo más cuerdo era tomar un baño. No hay nada como darse un baño en la propia casa: el ritmo de salida y la temperatura del agua protegen verdaderamente; el estropajo y el shampoo, viejos amigos, le dan a uno la agradable sensación de sentirse fuerte para enfrentar lo que venga, así sea la propia imagen.

Seco y abrigado, me dispuse a quitarle el vaho al espejo, quizá con más confianza que la merecida. Y en el medio del silencia estaba yo, en bata, con la barba un poco crecida, mirándome fijamente, esperando saber si mi piel me estaba vedada, rozando mi rostro con los dedos, rozando el espejo con los dedos sin atreverme a romperlo. Para mi horror, descubrí que había que poner las manos donde los guantes quisieran, poner el rostro donde la máscara y empezar la delicada tarea de despellejarla para poder respirar tranquilo, sin que la muerte salga confundida con el aliento, para tener un rostro.

Y así, durante la noche, violé los sellos, y sin reacciones viscerales, tratando de soportar el espanto, fui desprendiendo una tras otra de las capas que, finamente superpuestas, se habían adueñado de mi sangre y de mis sentidos. A ritmo de fantasmas fui separándolas, diseccionándolas con el bisturí de mis recuerdos, a pesar del agotamiento, hasta llegar adonde no parecía haber retorno.

Me detuve frente al espejo otra vez, ya al borde del delirio. Si alguna vez anhelé ser aquello que miraba, ahora esa imagen me hacía señas desde una lejanía que nunca pude mensurar cabalmente. Comprendí que todo me había fallado, pero no tuve valor para romper el espejo, tenía miedo de ser sólo una de sus astillas, de ser la frontera desierta. Arranqué, desesperado, a grandes trozos, las partes que quedaban, hasta comprobar que yo no tenía rostro: en el lugar de la cara se sospechaba, como en un espejismo, un castillo antiguo, vacío, oscuro, en el que se oyen ruidos de fusilamientos.


martes, abril 21, 2020

La prima de los Larrazábal



Los Larrazábal eran unos vecinos vascos en la colonia Anzures. Yo era amigo de Iñaki y de Xabier, cuates grandes, tozudos, buenos para andar en bici y que comían ajos crudos como si fuera una golosina. A veces me invitaban a ir con ellos al cine en un testarudo Taunus que el señor Larrazábal amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo. En ocasiones (escasas) nos tocaba una superproducción de aventuras, pero casi siempre íbamos a ver películas ñoñas, que rezumaban moralina.

En una de esas (yo he de haber tenido como once años) nos acompañó una prima que había llegado de España de vacaciones. Se llamaba Pilar. Pilar es un nombre que desde pequeño he asociado con cierto general batistiano de quien se decía "nombre de mujer, corazón de hiena", así que la españolita de pelo rubio, pajizo, tenía, de entrada, un punto en contra. Xabier se encargó de restar varios más de su cuenta, previniéndome contra ella: "es una tipa insoportable, estoy contando los días para que se regrese". Llevaba puesto un sencillo vestidito rosa, de esos que se espera que porten las niñas que se portan bien. Pero el vestidito rosa en el cuerpo de Pilar parecía una especie de contrasentido: Lo llevaba con tal desgarbo -con un desaliño en el que no tenían nada que ver los cuidadosos pliegues, el correcto planchado y la ausencia de máculas- que deban ganas de arrancárselo a desgarrones. Pilar tenía alrededor de trece años.

La película era de Rocío Dúrcal, una gachupinada melcochosa. Cuando nos presentaron, Pilar hizo una mueca apenas perceptible. Pasada la entrada del cine, mientras los papás de Iñaki y Xabier hacían cola para comprar palomitas y mis amigos se entretenían observando los carteles de los próximos estrenos, Pilarica aprovechó para darse la vuelta y sacarme la lengua. Extrañamente, no me molestó que lo hiciera y le respondí con una sonrisa divertida. Mientras pasábamos a la sala me puse a pensar, intrigado, en el porqué de mi falta de enojo (entendámonos: no me había sacado la lengua como capricho de niña maleducada, pero tampoco para decirme "te la mamo", y tales sutilezas eran difíciles de entender para un chamaquito que todavía no sabía de la existencia del fellatio; es más, que tenía, si acaso, pocos meses de enterarse de cuál era la mecánica del coito); descubrí entonces que, aunque su gesto entrañaba una sensación de asco, no me había mostrado una lengua tiesa, sino un órgano flexible y móvil. Había disgusto en ella ¿pero hacia qué? También había vida.

Nos tocó sentarnos juntos. A mi derecha había un cuerpo displicente ceñido en un vestido tieso. En la pantalla, Rocío Dúrcal cantaba acerca de los castizos piropos de su barrio, del diplodocus que acababa de casar, de sus diecisiete años de enfermedad o de otra canción que no recuerdo, porque todas sus películas se me confunden en una sola (y tal vez lo sean). En cambio recuerdo que en aquella vez era en el cine Las Américas y que en la penumbra adivinaba los ojos de Pilar clavados en mi. De cuando en cuando volteaba a verla y ahí estaban sus ojos sobre los míos. Recuerdo unos ojos fijos, reconcentrados, que hacían contraste con un cuerpo aventado así como si nada al sillón. Creo recordar el blanco de sus ojos mejor que la mano fría que se posó sobre la mía y que revelaba una tensión que no se podía notar en el resto del cuerpo. A la hora de las canciones me esforzaba por comprender el significado de aquella mueca a la entrada de la sala, de aquella lengua prensil y corajuda. Hacia el final de la cinta volví a mirarla e intenté una sonrisa. Ella me siguió escrutando, pero no movió un músculo de la cara. Xabier también había dicho que era medio retrasada mental.

Esa y otras dudas me han venido a la mente en las raras ocasiones que recuerdo la anécdota. A favor de Pilar habla que, cuando nos acomodábamos en el coche para el regreso a casa, Xabier dijo en son de broma: "Pancho y Pilar se gustan" y vi que su rostro blanquísimo se volvió del color del vestido. Pero jamás pronunció palabra alguna, no me regaló con otro gesto delator, con alguna clave. Pasados los años, creo poder interpretar su lengua altiva y provocadora como un reproche, como la señal de una constatación: lo nuevo de hoy, lo que acabo de conocer, parece ser igual, ser la misma mierda, que todo lo viejo que he conocido. También era una invitación: sé distinto, niño desconocido, a todo lo que he conocido. Finalmente, era una muestra: mira una parte de este triste cuerpo de treceañera encorsetada, esta partecilla que no sé si merezcas, que no sé si la merezca yo misma.

Años después de aquella ida al cine, vi en Interviú unas fotos de Rocío Dúrcal desnuda. Era la misma persona de aquellas películas, pero esta vez tenía labios, senos, nalgas, piel; había cuerpo detrás de los gorgoreos, un cuerpo que hasta hacía poco era invisible; la mantilla negra que cubría toda España había también cubierto los mejores años de Rocío. Cubría también a Pilarica (no sé con cuántas capas) y ella parecía esforzarse -con la falta de recursos de los trece años- en deshacer ese velo. Se me ocurre desear para Pilar, décadas después de la única vez que la vi, que en el camino de la destrucción de mantillas y vestiditos rosas haya encontrado muchos orgasmos, y que su lengua haya ganado en ubicuidad, sin dejar de ser tan expresivamente misteriosa.


(publicado en El Nacional Dominical, 29 de abril de 1991)

viernes, noviembre 08, 2019

Los teúles y el landaburismo


Hoy, 8 de noviembre de 2019, se cumplen 500 años de la llegada de Hernán Cortés a la Gran Tenochtitlan.
En ese momento de historia, ninguno sabía lo que vendría después, aunque ciertas cosas eran imposibles de evitar.
A continuación, una ucronía:

Los teúles y el landaburismo

Estábamos limpiando un departamento que habíamos rentado a un tipo estrafalario, un investigador inglés que dejó una gruesa capa de polvo en la alfombra, una cantidad homérica de cochambre en la cocina y, extrañamente, varios legajos de papeles debajo del escritorio, que adornó con quemaduras de cigarro en las esquinas.

Al abrir los papeles, encontré uno que tenía un escudo extraño, propio de una universidad. Decía Universidad Nacional de México, pero no era el de la UNAM. Era, al parecer, un ensayo-examen, y el nombre del inquilino inglés era el del profesor.

Este es el texto:


Universidad Nacional de México
Facultad de Historia y Literatura

Ensayo sobre “El laberinto de los espejos”, de José Irineo Paz 
por Antonio Xolalpa
7º semestre
Profesor: John R. Gentel

En este libro, José Irineo Paz borda sobre el doblez como característica principal del mexicano, y señala que la tradición de la traición –que, a fin de cuentas es la traición a nosotros mismos- es algo que nos ha impedido vernos correctamente ante el espejo y ha baldado el desarrollo de nuestro país

A mi entender, Paz deja en un lugar secundario al padre Iñaki Landáburu, a pesar de que le concede ser el autor original del juego de espejos en el que nos perdimos los mexicanos, a partir del famoso hecho de la superposición de imágenes en el Templo Mayor y de proponerlo como el iniciador del sincretismo que distingue la cultura popular y, en palabras de Paz, “es la nota central de la armonía mexicana”.

 Landáburu es eso, y más. Intentaré explicar por qué.

Recordemos el papel de Landáburu en la historia nacional. Él era un fraile de origen vasco que acompañó a Cortés en su expedición, y que fue cobrando influencia creciente, a partir de su rapidez para aprender la lengua indígena y para conocer su cosmogonía.

Es sabido que Landáburu consideraba algo que fue retomado por los jesuitas décadas después: que Dios se había presentado en todas partes del mundo y ante todas las culturas. A diferencia de los teúles de a pie, que consideraban como demonios a todas las divinidades náhuatle, Landáburu distinguió entre aquellas “positivas”, que traían el único mensaje divino (mensaje único, pero con distintas formas y lenguajes) y las “negativas”, que no podían ser, esas sí, sino producto de las maquinaciones del diablo. Los náhuatle no eran meros idólatras, eran humanos confundidos por Lucifer, que los instaba a no distinguir el bien –que, como a todos los demás humanos, se les había revelado- del mal. En ese sentido, la visión de Landáburu, al mismo tiempo que otorgaba plenamente el carácter de humanos a los náhuatle, los colocaba en una etapa previa de desarrollo: no habían probado la fruta del bien y del mal, pero eso había sido aprovechado por el diablo para tratar de conquistar su paraíso terrenal. Eran para él como el “buen salvaje” que después desarrollara Rousseau, a pesar de su cosmogonía compleja y sangrienta.

También sabemos que Landáburu tenía en común con Hernán Cortés su enorme pragmatismo político, aunque tuvieran objetivos distintos. Si uno quería convertirse en emperador de las tierras nuevas, el otro entendía la llegada de los teúles como una misión civilizatoria encomendada por la Divina Providencia. Mientras el fraile se adelanta a Loyola y entiende en su tarea “todo modo, todo modo para buscar y hallar la voluntad divina”, el guerrero la replica como “todo modo, todo modo para buscar y hallar el poder temporal”. Cuando ambos comprenden que sus objetivos –y sobre todo su filosofía del método- no están distanciados, se forja la primera de las muchas alianzas inestables que han construido la historia política y cultural de nuestro país.

Todos sabemos que un momento decisivo de la invasión de los teúles es cuando a Cortés –que tiene prisionero a Motecuhzoma, pero se sabe incapaz de derrotar militarmente a los aztecas- es avisado de que ha llegado a las costas orientales una expedición punitiva proveniente de Cuba, encabezada por Pánfilo de Narváez. Cuando se dispone a dejar Tenochtitlan y enfrentarse a los enviados de Velázquez, le llega información más completa: quienes arribaron a Veracruz son apenas una veintena de náufragos, pues los navíos de Narváez se hundieron ante una tormenta. Los supervivientes relatan que se preparan más despachos en su contra y se dicen dispuestos a unirse a las fuerzas teúles. La Divina Providencia ha actuado, para prevenir a Cortés en su plan de dominio y a Landáburu, en su misión. Entonces Cortés sabe que tiene el tiempo contado y hace tres cosas: envía a su fiel Pedro de Alvarado a Veracruz, para fortificar las resistencias ante la inminencia de otras invasiones ordenadas por Velázquez; escribe su segunda y última Carta de Relación en la que, si bien entre adulaciones, exige al rey que lo nombre Adelantado de la Nueva España; y, la más riesgosa, prepara –junto con Landáburu, o guiado por el propio fraile- su golpe maestro: la superposición de imágenes en la ceremonia conocida popularmente como “la decapitación de Huitzilopochtil”. Se jugaba toda la invasión en una carta: un albur de vida o muerte. Para él y para la nación que formaría.  

Se conocen al menos tres versiones distintas acerca de la irrepetible ceremonia que tramaron los teúles para forzar a los aztecas a una alianza. Todas, sin embargo, coinciden en sus aspectos fundamentales: la presencia de todo el contingente español en la Plaza Mayor, ostensiblemente armado, así como de un nutrido grupo de tlaxcaltecas; la arenga en náhuatl de Landáburu (o la traducción de Malintzi a la arenga), en la que proclamaba que los teúles eran enviados de Quetzalcoátl, el único Dios, que había derrotado en los cielos a las demás deidades; luego (hay diferencias sobre en qué orden) la portación al templo de la imagen de Quetzalcóatl, junto con una cruz, la decapitación de los principales sacerdotes de Tláloc, Tezcatlipoca y Huizilopochtli y la destrucción de las imágenes de los dioses caídos, entre los gritos de “Christus vincit!, Christus regnat! Christus imperat!” de parte de los soldados téules, que blandían sus espadas relucientes y los de “¡Quet-zal-coátl!”, que pronunciaban los tlaxcaltecas y, al parecer, un número creciente de mexicas; acto seguido, la postración del huey tlatoani y del teúl mayor ante la cruz, y finalmente, la repartición de amarantos –por primera vez pegados con miel y pintados con cochinilla- entre la población. No sabemos quiénes de los asistentes quedaron más impresionados con lo sucedido.

Se dan, a partir de ahí, dos procesos paralelos. Uno es el político, que conlleva la generación de alianzas, que son inestables tanto entre los integrantes como por las disidencias dentro de los mismos. Los teúles tuvieron que vérselas con soldados inconformes con su parte y conquistadores ávidos de poder (ejecuciones de Cristóbal de Olid y de Villasana); los aztecas, con la rebelión de Cuitláhuac, ahogada en sangre, y la debilidad de Motecuhzoma (cuya oportuna muerte, y sustitución por Coanacoch facilitó la consolidación de la alianza) y los tlaxcaltecas, con la insuficiente venganza sobre sus anteriores opresores (ejecución de Xicoténcatl, el Joven).  Esta inestabilidad es todavía mayor cuando se integra, de manera casi forzosa un cuarto miembro, el más problemático: los purépechas. Cortés establece el sistema polisinodial, o de concejos concéntricos, que forman una confederación aparente, en la que Cortés funciona como primus inter paris, pero que en realidad es un imperio dirigido por el teúl mayor.

El otro proceso es cultural y religioso, y lo encabeza un hiperactivo Landáburu. El vasco se da cuenta de que no puede imponer el monoteísmo con facilidad y salva a algunas deidades de la purga, convirtiéndolas en santos, a partir de semejanzas elementales. Su gran obra es la creación de María-Tonantzin, que genera, desde el comienzo, una enorme veneración popular.

Sobre estos aspectos de la historia, José Irineo Paz subraya, en lo político, los aspectos negativos y, en lo cultural-religioso, los positivos. Y una de sus tesis centrales es que la identidad mexicana se da a partir de esa contradicción.

En lo primero, hace hincapié en la inestabilidad de las alianzas, en los constantes escarceos y amenazas de ruptura, que cobrarían la primera de sus muchas facturas en la guerra entre teúles y conquistadores. Deja en segundo plano, cubierta apenas por una frase entre signos de admiración, la extraordinaria habilidad estratégica requerida para que un grupo minoritario y extranjero se convirtiera, al mismo tiempo en el aglutinante y en el dominador de tres naciones que habían vivido por décadas entre el odio y las matanzas. 

Su horrorizada admiración por la ceremonia deicida de sustitución de imágenes, a la que compara con las bombas atómicas en Osaka y Kyoto (“sacrificios humanos para que no vuelva a haber sacrificios humanos”) no da cuenta de que eso precisamente es uno de los logros de ese periodo. Haber demostrado que culturas diferentes podían unirse con (relativamente) poca sangre.

Es posible que la comparación se deba a la cercanía que hay entre las explosiones nucleares (1945) y la publicación de El Laberinto de los Espejos (1951). Otros autores contemporáneos a Paz caen, ellos sí, en errores gravísimos, como López Xocotoxtle, quien, en México, Imperio de la Imagen (1954) compara la ceremonia de sustitución de imágenes con los actos propagandísticos de Goebbels en Alemania, sin percatarse de que una tenía como objetivo unir a los diversos y los otros, separar a los nazis de la humanidad.

Paz señala, con razón, que el sincretismo es un elemento axial en la identidad nacional, que todo intento por acabar con el espíritu de la nación pasa por atacar el sincretismo (el ejemplo de la breve prohibición novohispana del amaranto da muestra de ello), y también afirma que, por lo mismo, la visión que tenemos de nosotros mismos está finamente deformada (es maravilloso el inicio del libro, con el autor que pasea por la galería de espejos distorsionantes en Chapultepec), pero sostiene que –a pesar de ello, o precisamente por ello- es lo que nos une: que nuestra tarea es intentar escudriñar el espejo, para que nos demuestre y nos revele que somos duales. Que somos ave y serpiente. El problema es que esa dualidad nos es enseñada, aunque sea de dientes para afuera, desde la escuela elemental. Y que hay otra dualidad que nos corroe: la desconfianza, el temor al conquistador, que también puede estar entre nosotros, ser nuestro vecino, nuestro amigo, nuestro hermano, nosotros mismos.

Sabemos que tras el silencio del rey de España, y la proclamación unilateral de Cortés como tlatoani, teúles y anahuacas resistieron diversos embates de los españoles. Sabemos de la heroica muerte de Alvarado en el puerto que hoy lleva su nombre,  De la invasión de los Montejo a Mayapán, que sólo fructificó cuando la viruela diezmó a la población local. De la traición purépecha, al aliarse con Nuño de Guzmán, y de la traición del conquistador a su aliado indígena. De la resistencia a muerte de Cortés en su cali de Cuauhnáuac –adonde había trasladado la capital del imperio, dicen unos que porque se sentía más seguro; otros, que para salvaguardar la belleza de Tenochtitlan, porque sabía que sería derrotado por los españoles-. De la huida de Landáburu hacia el sur, su captura, tortura y muerte (y de las leyendas que surgieron posteriormente, desde la negación del hecho y la profecía que retornaría, ahora, por las aguas de Occidente, hasta el falso hallazgo de sus restos, en Ixcateopan, por la antropóloga Xóchitl Guzmán). Sin embargo, el hilo conductor de la guerra entre teúles y conquistadores fueron los constantes cambios de bando de los capitanes españoles, pero también de los caciques indígenas, según a donde soplara el viento de esa guerra.

Una guerra cruenta y prolongada, en la que habría que preguntarse si fueron las traiciones y divisiones o fue la llegada mortífera de la viruela, lo que decidió, al final el vencedor.

José Irineo Paz se inclina por lo primero. No toma en cuenta dos factores fundamentales: que la conquista a sangre y fuego de las capitales anahuacas no evitó que se mantuvieran bolsones de resistencia, de forma que los españoles nunca tuvieron control total del territorio, y que Martín Cortés, el Primer Mestizo, pudo agrupar a su alrededor a contingentes de las cuatro fuerzas que formaron la alianza original, expulsar temporalmente a los conquistadores de Tenochtitlan y de Cuauhnáuac y restablecer el sistema polisinodial.

El resquebrajamiento de las alianzas se da por dos vías: la militar, con la insistencia de las fuerzas españolas, que atacaban desde el frente chichimeca y el maya, y la económica, por la mortandad causada por la epidemia de viruela de 1568, que despobló los campos, disminuyó a los ejércitos y redujo enormemente la provisión de suministros. Este elemento económico es dejado de lado por varios historiadores –notablemente Violeta Reyes Perea (1988:124), quien argumenta que, en las escaramuzas de la década de 1560, era esencial la posición que tomaran los caciques de una nación purépecha ya dividida, porque eran quienes mejor aprendieron a forjar los metales de guerra, y su rival Cuauhtleco Vaqui, (1986:56), que a su vez ubica como estratégica la posición de los tlaxcaltecas, por su acceso al volcán para la fabricación de pólvora- y sostiene que el hambre, la falta de brazos y la inviabilidad del sistema económico explican en buena medida por qué, a final de cuentas, todos los integrantes de la alianza terminaron por rendirse, cambiar de bando o sucumbir.

También es necesario recordar que hubo varias deserciones del lado de los españoles, que se pasaron al bando de los teúles. Ha de haber sido extraño para ellos combatir contra ejércitos mixtos, que –junto con banderas indígenas- llevaban cruces, imágenes de vírgenes e invocaban al apóstol Santiago. 

El caso es que la región del Anáhuac no pudo ser pacificada hasta fines del siglo XVI y aún así, en el virreinato de la Nueva España se sucedieron conjuras. Recordemos que la de 1642 terminó con el apresamiento y el traslado en grilletes a España del gran escritor Juan de Asbaje, gloria de las lenguas castellana y náhuatl (la historia es abordada por el propio Paz en su monumental: “Juan de Asbaje y las Trampas de la Política”, que no es tema de este trabajo).

La pregunta a hacerse es si las conjuras y la inestabilidad no eran algo connatural a una convivencia política muy complicada entre la elite peninsular y la criollo-mestiza, que a menudo coqueteaba con el landaburismo. Si las traiciones constantes de uno y otro bando no obedecían a un instinto de supervivencia en la lucha entre un virreinato particularmente cruel y una oposición cultural fuerte, resistente y que en ocasiones encontraba que al virrey en turno le entraba la tentación cortesiana de cortar lazos con la Madre Patria… hasta que era defenestrado.

También queda claro que la división se mantiene en el siglo XIX. A pesar de que el grueso de las revueltas durante el virreinato es organizado por los nostálgicos de la Cuádruple Alianza y los landaburistas, quienes son capaces de iniciar y consumar la independencia son los criollos más españolados que no casualmente se asentaban en el antiguo Tzinzunzan. Sólo una solución de compromiso lleva como primer Presidente a don Miguel Hidalgo –sacerdote y michoacano, sí, pero ilustrado, educado por jesuitas y landaburista en términos culturales-  y, sabemos bien, el compromiso dura poco, con la Asonada de Valladolid, el entronizamiento de Iturbide y la posterior Guerra Breve.

¿Qué sigue? Una sucesión de disputas que aprovechan los Estados Unidos para arrebatarle, primero Texas y luego Nuevo México y Arizona a los mexicanos. José Irineo Paz resuelve el asunto con una lograda –en términos poéticos- imagen de mexicanos peleando contra el espejo en el que no se quieren reconocer, mientras el enemigo, que sí se conoce a sí mismo y tiene objetivos claros, les arrebata partes de su ser. A esa imagen se le puede oponer la de la exitosa resistencia californiana a los invasores yanquis –y tal vez no sobre recordar que, a pesar de la escasa presencia indígena, California ha sido siempre bastión cultural del landaburismo jesuítico-.

En resumen, considero que la visión de Paz, a pesar de varios párrafos muy logrados, peca de pesimista. Si bien, una parte de la nación mexicana se ha debatido históricamente en confrontaciones fratricidas –a veces mediadas por la política, a veces por la guerra-, otra parte importante de la nación ha logrado niveles notables de integración social. Hay una tensión cultural constante, aunque a ratos soterrada, entre el noroeste, desde San Francisco hasta Cajeme y el resto del país, señaladamente la cultura de la zona occidental y del sur. En la primera, sostengo, predomina la visión landaburista, heredera de la alianza entre los teúles y las culturas aliadas; en la segunda, el juego de espejos y traiciones, de herencia purépecha y conquistadora.

No se confunda, quisiera señalar, este comentario escrito de un simple estudiante, como una arenga política a favor del candidato Daniel Colosio, del Partido Popular, por el mero hecho de que es sonorense. Paz escribió hace más de medio siglo, en tiempos del partido único, pero el hecho de que hoy haya tres partidos nacionales, pero cada uno con clarísimas influencias regionales, muestra los efectos de esta dicotomía cultural, a la que el autor no le quiso dar el peso correcto. Mientras las disputas internas predominan en los partidos hegemónicos en el Sur-occidente y Golfo-sureste, cuyos políticos, sean Liberal-Demócratas o Municipalistas, practican el transformismo, las propuestas unificadoras de los populares son ejemplo del landaburismo puesto en práctica política moderna.

México, Anáhuac, 8 de noviembre de 2018


Confieso que no supe qué país me iba a encontrar al salir del departamento.


miércoles, diciembre 25, 2013

Las piedras de la luna






Bueno, ¿y para dónde hay que caminar, para dónde hay que hacerse? De repente me siento como en el Metro y estoy caminante caminando por mi departamento, bien amplio, eso sí, que mi trabajo me cuesta mantener medio ordenado, pero no encuentro para dónde hacerme, mover mi humanidad, y ando como leona enjaulada, como Bestia del Metro y hasta oigo el rechinido del palastro, horrísona lámina metálica. Así, sola y en bola vago por la casa.

En el estudio está Arturo. Hace numeritos con una concentración digna de mejor causa. Salta al verme.

-¿Qué haces?

-Numeritos.

-¿De cuáles?

-Estoy re-sorteando los equipos del mundial de futbol de acuerdo con sus posibilidades de pase.

-¿Me puedo sentar contigo?

-Sí, cómo no.

Lo miro. Sé que al rato elaborará un mundial de futbol inexistente de tan perfecto. Hace cuentas bisbiseando, finalmente premoderno. Me siguen gustando mucho sus labios y sus brazos. Recuerdo la vez que me senté en el mismo escritorio que está usando, a su izquierda, como opción a sus notas; recuerdo que llevaba puesta una falda blanca de algodón y que no traía ropa interior. Él entonces metió la mano y siguió estudiando mientras se movía dulcemente en mí, luego me besó con la mirada y con su enorme sonrisa lúdica.

-¿Te estoy molestando?

-No, si la verdad son sólo pinches numeritos.

Pero sigue en ellos, como queriendo ordenar un mundo que se le va de las manos, haciendo calendarios aztecas devaluados, sin sol en el centro ni punto de anclaje distinto al que le ofrecerá (faltan 274 días) el deleite televisivo de los partidos (a los que asistiré solidaria).

De repente se detiene, me ofrece un café y le digo que no, que estoy harta. Sí, café, cigarro o una dulce coca-cola para hacer algo con la vida, porque es muy cansado, por el mucho trabajo, pensar o leer o ponerse a cantar y platicar tantas tontas cosas que se quedan en el tintero interno. Estoy harta de sucedáneos. Se me queda viendo. Tal vez sea yo muy exigente. No sabe qué decirme, monito.

-¿De qué quieres hablar?

 Podría en este momento irme a ver televisión y a tejer (que es mi manera de contar en balde, porque siempre destejo, como Penélope), pero mis vísceras dicen otra cosa, aunque tampoco pueda quedarme sentada con cara de oca. No me voy. Me voy.

-¿De qué quieres hablar, lingüista? –insiste, pero ya me fui.

Al rato llega conciliador, cuando estoy acomodando los trastes escurridos. Y llega también a quejarse, porque ofrece hacer café arropado en una cara de mustio que me parece muy desagradable. Se queja de mi enojo injusto, cuando no hubo tal. ¿O lo hubo? El café sí le sale bien (y el chocolate, espeso, así sea Chocomilk).

Nos sentamos frente al café, en medio de un silencio espartano. De repente suelto una risita.

-¿De qué te ríes?

-De los implícitos equívocos, ¿cómo te quedo el ojo? –y sonríe-. Me río de que vienes a hacer el café y yo creo que es por culpa y no te lo digo hasta que nos sentamos y nos quedamos callados y me río.

-¿Por culpa de quién?

-Tuya, por supuesto. No me digas que no estabas a gusto, absorto haciendo numeritos, rifa tras rifa de nombres aleatorios que no son tan aleatorios.

-Esto me lo acabas de decir para que no te dijera yo que vine a la cocine porque ya terminé el juego –rebate.

Otra vez me río y me quedo callada, señal –en este matrimonio.- de que ya dijo una soberana tontería.

-¿Estás molesta?

No estoy molesta. Estoy tratando de hilvanar las palabras precisas, para que Arturo me entienda de una buena vez. Aunque es un poco como mis preciosos tejidos eternos, a cada rato se desteje, basta un jaloncito, una mala medida. Ay, quién tuviera el verbo matemáticamente exacto.

-¿Estás molesta? –pregunta otra vez, con un dejo de fastidio-. La verdad no te entiendo.

-No.

-¿Entonces? –lo dice como quien dice entonces no estés chingando-.

-Decía que tú y yo todo lo andamos suponiendo y tu frase defensiva indica precisamente que no entendiste, pero nunca entiendes. Tú todo el tiempo andas oteando para ver qué significa lo que quiero decir, y por lo general yo quiero decir exactamente lo que digo.

-Por lo general, porque a veces me dices una cosa y significa otra.

-Sí, porque me cae que me estás contagiando.

Chin, ya lo regañé, o al menos es lo que supone éste que toda la vida se la pasa rebelándose a su mamá y que cree que toda mujer con la que se topa es una odiosa combinación de órdenes y cariños, con la que hay que enfrentarse y negociar constantemente. ¿Quise decir lo que dije? Si todo fuera conjurar: “¡Palabras, a mí!”, como invocan sus súper poderes los personajes de caricaturas, estas pláticas serían menos retorcidas.

El café, que estaba cargadito al punto, ya se terminó, y los cigarros están en sus últimas fumadas. Arturo está meditabundo (se aguanta la cabeza con la mano), está tratando de hilar.

-¿De qué te estoy contagiando? ¿Dices que te contagio de inseguridad? Cómo no voy a estarlo, si a veces dices lo que quieres decir y en otras quieres que te ande adivinando. Es como si no quisieras ser entendida.

-Lo único que digo es que no pongas palabras en mi pinche trompa. Y yo también soy insegura. Insegura de nacimiento. Pero a veces no.

-No pus sí –murmura Arturo, dispuesto a despejar los humos negros de esta conversación-, como Julián, que antes de ir a Inglaterra era un cuate muy inseguro y cuando volvió ya estaba seguro, pero no sabía de qué.

-Exacto –y ya me río de mí misma-, no sé qué quiero.

-Así que andamos leyendo letreros equivocados, como cuando Julián se despertó en el tren y se enteró que estaba en la estación italiana de Uomini.

-Pues así andamos.

-A veces somos como los alfiles de ajedrez que se mueven en casillas de distinto color: nunca coinciden –se detiene unos segundos, exhala-… Pero tampoco se hacen daño. Entonces tal vez somos como caballos, a veces el salto nos lleva a una posición desde la cual es imposible coincidir con el otro.

-Pero los caballos sí se pueden hacer daño.

-Si están en equipos contrarios. Si están en el mismo, creo que ni siquiera se pueden estorbar.

Le tomo la mano. Nos miramos, nos reconocemos y nos queremos. Pero esa hermosa sensación dura sólo unos instantes. Encima de ella parecen gravitar otras necesidades. Paradójicamente, entre ellas está la ansiedad ilusoria de que el momento no se diluya, el deseo de que las preguntas que forman nuestras manos entrelazadas sigan teniendo la frescura de las primeras veces. La sensación de que ya cada vez menos es así. Es deseo de que nuestras manos sean preguntas, meramente, y no dudas que calan hasta los huesos. ¿Qué hombre eres tú, Arturo?

Por lo pronto es el sedicente “estadígrafo loco”, que responde al caos con la metodología de los números. Desea así reparar lo que él considera un defecto: no poder conocer el cosmos de manera intuitiva. Por eso también responde a sus propias dudas hablándome de sus hallazgos, que no por inútiles tienen que ser absurdos. Me acaba de decir que el sorteo favorecerá naturalmente a México y a Brasil y me enseña, para comprobarlo –a mí, que me las creo de todas, todas- un papel lleno de letras revueltas al que –ahora reparo en ello- echaba ojeadas mientras platidiscutíamos.

Arturo es así. Siempre con un ojo al gato y otro al garabato. Siempre balanceándose entre dos actividades, entre dos actitudes. A veces pienso que también entre dos identidades. Ese es su encanto y es también su joda. Su compromiso es bamboleante, como un castillo a punto de derrumbarse. Está fascinado con sus conclusiones, pero cualquier día tira el papelito. Y está fascinado de que yo lo escuche alelada pero ya se levantó y anuncia que va al baño (seguramente a releer en el retrete su papel de probabilística futbolera). Me deja así la ingrata y tradicional tarea de lavar tazas y cafetera.

Mientras lavo y pongo las cosas en el escurridor me pregunto si esto es el amor, si estoy impregnando de amor el acto rutinario que cumplo. ¿Importa? Cuando una está harta y cansada, sí. Importa como la desilusión de la niña que se imaginó un cuento de hadas porque el que tenía enfrente no era un macho cualquiera, de esos que pintan su raya y definen concesiones y privilegios. Porque la H mayúscula que tiene este hombre se le anda cayendo a cada ratito y hay que ver las bolas que se hace para volvérsela a poner (eso cuando no tengo que recordarle que se le cayó). Importa cuando la crisis, que llega disfrazada de mil formas, achata el panorama y pulveriza sueños.

Creo que la desilusión de Arturo (aparte la de las perspectivas políticas) va por un camino similar. Recuerdo que me decía, cuando empezábamos a andar juntos, que yo era la primera mujer de carne y hueso que él había amado, que las a las anteriores las había querido entender como boca de lo desconocido, como lo Otro. Ahí supe que de veras era un intelectual. Me dio a entender que antes de que yo llegara a su vida, su relación con las chavas había sido la de una búsqueda desmesurada de vasos comunicantes con esa oscuridad en la que convergen lo animal y lo divino, para que las puertas le sean abiertas y él pueda husmear, a través del vidrio oscuro y deformante. Entonces chin, que llego yo y nos ponemos simplemente a jugar, cachorros, sin darle vueltas al asunto. Y él ve que me rasco, que no poseo la poesía, que soy tan humana como él y no hay en mí profundo tesoro qué arrancar ni extrañas fuerzas sobrehumanas que dominar. Es hermoso sentirse amada por lo que se es. Lo que pasa años después (lo que pasó siempre, subrepticiamente) es que Arturo se da cuenta de que no se sacia con lo concreto, con la realidad de todos los días, y ha desarrollado esta rara nostalgia por la intuición, que es algo que nadie tiene pero que él asigna arbitrariamente a las mujeres. Y como yo no se la comunico, se frustra. Si tengo intuición, le escamoteo el pase, cruzo las piernas para que no acceda a mi poder oscuro. Si no la tengo, soy una mujer incompleta, sólo un pinche ser humano sin poesía. ¿Qué no podríamos ser un poco más animales?

Me descubro absorta ante el fregadero. A un lado las bolsas de basura hieden. Hay que avisarle a Arturo que las tira, que esa es chamba suya.

-Ay carajo, ya me pise la piyama. Baja tú por favor.

-Tú nunca me escuchas, Arturo. Te había dicho que se estaba acumulando la basura.

-No lo registré.

-Pero mis narices sí. Luego de tirar las bolsas voy a dar una vueltecita para tomar aire fresco.

-¿Estás enojada?

-No estoy enojada, pinche supositorio. Al rato regreso.

En la calle hace un fresco embriagante. Será por eso que dicen que septiembre es el mes para repensar. Es también el mes de la perplejidad. Camino, me miro y no me entiendo. Pasan los años y no me entiendo. Y lo chistoso es que digo que quien está loco es Arturo. Lo que pasa es que lo veo más a él que a mí misma. Se me está empañando mi visión y así qué comunicación ni qué ocho cuartos. Ni soluciones ni nada. Orita mismo le dije que yo siempre digo lo que quiero decir. Y fui sincera en ese momento. Pero mil veces le pido que me interprete y más de un millón –a cada segundo- nos hablamos en un lenguaje particular que ni nosotros mismos entendemos, vaya lingüista de pacotilla.

De repente siento el silencio a mi alrededor. Las calles fluyen dulcemente ante mí. El murmullo de mis pasos se oye tan distante como el de los carros que recorren el Periférico. Hay un cierto gozo en este caminar errante, como si el aire nocturno fuera de piel humana. Es como querer volver a los pasos de mi juventud sin grandes responsabilidades, los que di con Arturo aquella noche, cuando estábamos algo borrachos y llegamos a sentarnos en la Alameda y él me dijo que quería ser mi amante y ser mi amiga, así, para que yo le tuviera confianza y superara mis temores católicos. Y yo no quise: él era el hombre que amaba, mucho más que cualquier amiga; algo duro, tangible y extraordinariamente disfrutable. Vagamos por la ciudad ensartando ilusiones.

Pero el pasado no vuelve. Inútil es tratar de mimetizarlo. Esta noche camino aquí, sola, casi sorda, queriendo insistentemente decodificarme, recrear mis valores, ver qué onda conmigo. Tengo ganas de regresar a la casa y, al mismo tiempo, siento que si lo hiciera no cumpliría con una tarea que, sin decírmelo explícitamente, me impuse cuando decidí salir a tirar la basura. Estoy como apretujada por dentro, como que de repente todo en mí es relación y nada es contenido. Úchale, ya parezco intelectual, como Arturo. Pero sí, cuando estoy acomodando una cazuela me estoy relacionando y el vaivén cotidiano me impone, con sus prisas, puras relaciones. Todo pasa de prisa y el contenido se queda en la mera superficie y toda la comunicación es convencional. Quedan nada más unos ratitos, tiempo robado al tiempo impuesto, y se siente como que le estás sacando una cubeta de agua al mar, y te pones a pensar en lo chiquito que es el tiempo libre, el momento tuyo, y ese momento, ahí mismo, se te desvanece.

Siento que esos chamacos me están siguiendo. ¿Qué querrán? Apuro el paso, voy a casa, ya encontré motivo. Pero ni modo de darme la vuelta y pasarles enfrente, sería como si el cordero se entregara al lobo, si es que traen malas intenciones. Es la desgracia de ser mujer, te pegan el miedo desde chiquita. Si fuera hombre los enfrentaría. Mejor doblo a la derecha, también así checo si me siguen. Allí están detrás, quién sabe qué se están diciendo. Esto está muy oscuro, los árboles ya perdieron su encanto, son fuentes de sombra. ¿Qué por aquí no hay un lugar abierto, iluminado? La noche surge de todas las esquinas y atrás se escuchan esos pasos. ¿Son ellos? Mejor ni volteo. Mejor hago como que corro a esa zona iluminada, seguro es una calle importante. ¿Será Avenida Revolución? Siento toda mi piel amarrada al cuerpo, me siento como comprimida. Doy tres pasos más, subo las escaleras. Es un restaurant anaranjado, es la seguridad. ¿Es un Vips? Aquí ya no llegan, no.

Este tiene que ser el Vips de San Antonio y Revolución. No puedo estar más lejos. Enfrente hay un gran baldío y parece que también máquinas excavadoras. No las veo, no hay luces afuera más que las de neón. Este menú es nuevo, seguro volvieron a cambiar los precios. Debo estar mareada, no entiendo lo que dice.

¿Qué horas son? Veo los rostros de los comensales y me da la impresión de que son seres nocturnos, que sólo a estas horas se atreven a salir. Están vestidos de oscuro, en notorio contraste con los colores estridentes de este amplio restaurant iluminado. Las meseras cuchichean en voz baja, los parroquianos callan. No hay ningún borracho encorbatado que se derrumbe sobre la barra. Impera un silencio solemne. Me acabo de dar cuenta de que no hay muzak en el sistema de sonido. ¿Qué nos queda?

A veces, para huir de la atrocidad de lo inesperado, uno busca subterfugios. Y a veces los subterfugios se convierten en horrores. Este menú está escrito en un idioma que desconozco. Esto no es un Vips. Aquí no se puede estar segura.

La costumbre me ata al mullido sillón de material sintético, las ganas de leer; lo que sea: Bilandei an Ristoran Ionni, dice en tipografía grande, y luego, más pequeño: Nego lacei patsi kumai bouni! Vaya, estoy en el Restaurant Ionni, que ha de ser comida tradicional de otro país, pero ¿por qué no hay una descripción en español de este maldito menú? Tal vez no me vieron la cara de nopal y por eso me lo dieron en su idioma. Trato de traducir y sólo la parte de las sopas parece medianamente entendible:
SUPPIN
Ciaudi Cipula
Ciaudi Demoro et Patat
Ciaudi Pachte Firete
Ciaudi Horni
Suppi Lantiken
Suppi Iuli
Krem Asparagusen
Krem Fungin

Evidentemente estamos ante una lengua romance, y hay caldos, sopas y cremas. Éstas son de champiñones y de espárragos, un caldo tiene papas (lo otro tal vez sea poro), y horni ha de significar día, es la sopa más barata. ¿Qué sería de mí si no supiera tantitas etimologías? Pero esta lengua, este dialecto no lo distingo. ¿Será de alguna región de Rumania? Las formas arcaicas se combinan con las modernas de manera distinta a como dicen los libros. Hay una preposición en la portada del menú, pero no en los platillos. La terminación en ¿es un plural o corresponde a una declinación? Total ¿quiénes son estos, qué hacen aquí, qué hago yo entre ellos?

Cuando la mesera se acerca y le pido un menú en español, se queda atónita. “Comprisi nul”, me dice como en sordina.

-Café exprés –le insisto-. Café exprés o, si no, americano –pero la muchacha no responde.

-Moka –le digo, como última oportunidad, y ahora sí reacciona, medio esboza una sonrisa, apunta en la libretita, da la media vuelta y se va.

Si me voy a quedar unos minutos aquí, pienso, mejor será avisarle a Arturo. Aunque luego diga que no, de seguro se pondrá preocupado. Me dirijo al teléfono que está junto a los baños, pero se traga todas mis monedas. Ahora la preocupada soy yo. Este restaurante está de alucine, dan ganas de irse. Pero no lo hago, como si los chamacos rabiosos me estuvieran esperando apenas salga. Además, ya ordené mi café. Úchala, dejé los cigarros en casa.

Vuelvo a mi lugar y siento las miradas de los comensales vestidos de oscuro. ¿Será que del miedo me metí en la cafetería de una funeraria? No puede ser. Los muebles y las luces me dicen que no. Releo la carta. Tiene cosas como Paradisku et baconia salat. Seguro que et es nuestro conocido adverbio latino. Me siento extranjera, una turista que hace malabares para distinguir un signo lingüístico. Y siempre la duda de estarla regando como la gringa que creía que restorán en ruso se decía pectopah.

Para probar mi fragilidad, llega la mesera con un pastel de moka. En sus ojos se adivina cierto orgullo.

-Moka –señala.

Le pido algo verdaderamente internacional. Una Coca-Cola.

-Pepsi-Cola –corrige, hierática.

Siento que algo me lacera, pero no sé qué es. La frase exacta, definitiva, “Pepsi-Cola”, me oprime las fibras sensibles. Siento miradas de enferma reprobación de parte de algunos rígidos clientes (¿comen, beben?), como que a pesar de las luces de fulgor casi insultante aquí reina la oscuridad, como en los torvos años de mi infancia, cuando en este país (¿este?) reinaban el moralismo y el silencio. Tengo ganas de expresar una total incontinencia, tengo ganas de hablar, linguofílica, ganas de echar un grito. Y sin embargo me reprimo, como de costumbre. Una lágrima me quiere brotar. Mejor otro bocado de pastel.

Un muchacho con botas, vestido de negro, ha entrado al local. Se sienta en la mesa junto a la mía, conversa con la mesera en ese extraño idioma, la joven le contesta con naturalidad. Está guapo. Tiene un libro en la mano. Cuando lo abre y se pone a leerlo, puedo mirar el título: Litose Lunat. “Las Rocas de la Luna”, debe ser. Y si es así, mi tesis rumana se viene abajo. O quién sabe, ya no estoy segura de nada. Siento que me invade una zozobra como cuando me quedé a dormir en un pueblecito aislado de Guatemala, pero ahora como que es más profunda de raíz. Lo otro fue como un madrazo; esto, como un cáncer. Pareciera que alguien ha puesto en este sitio la pieza equivocada del rompecabezas, y esa soy yo.

El muchacho me está mirando. Lee y me mira. Dibuja una sonrisa al volver a su libro. Zigzag de sus ojos entre la lectura y yo. Mejor volteo hacia otro lado.

¿Será que acaso crucé un umbral sin saberlo? A lo peor acabo de mudarme a otro rompecabezas, y aquí soy nada. Una vez Arturo (siempre Arturo, obligada referencia) me platicó un cuento de ciencia-ficción que hablaba de bifurcaciones temporales; en un mismo instante coexistían tiempos diversos, universos enteros, todos vivo, a los que un solo accidente fortuito (apurar un vaso de Pepsi-Cola) había separado y que terminaban por recorrer caminos independientes: un universo temporal en continua expansión, mundos paralelos que en el mismo espacio recorrían distintas rutas. Tal vez salté y estoy en un mundo alterno, en el que Jesús vendió a Judas y los soldados del cuadragésimo César conquistaron este continente que ya no se llama América.

Debo estar volviéndome loca. Seguro es la falta de costumbre de salir sola a la calle por la noche, la pura paranoia. Creo estar segura de haber visto la imagen de la moneda de 20 pesos, con rostro de Madero y todo, en las instrucciones del teléfono. “Creo estar segura”; hay que saber. O bueno, hay que irse.

Cuando me levanto, luego de haber dejado en la mesa un billete de quinientos, con la efigie de Zapata, siento una voz potente a mis espaldas. Es el muchacho de las botas negras. Stat, me ordena, vin cum mic, y me toma del hombro. Ven conmigo. Lo dicen más que nada su tono imperioso y la firmeza de su brazo. Le miro los ojos negros. No los resisto. Me quedo engarrotada como estatua de marfil. Siento como si en sus ojos se abriera una puerta y que mirando en su interior se divisara una oscuridad muy profunda, pero tachonada de estrellas.

Quiero hablar, pero él me adivina, me tapa la boca con un dedo y hace sssss. Me conduce al ventanal con su mano fuerte y fría: Vin, stat calme. Siento que de repente todo este lugar está helado, pero me prende la idea de ver hacia la calle, buscar una señal reconocible. El joven me guía, su rostro es apacible y atractivo, pero siento que algo en él acaricia un sitio dentro de mí en el que me da miedo estar, ese sitio que es el envés de la parte más clara de mi alma. Esta caricia de la mano fría del joven extraño va dirigida a desatar los nudos que logré amarrar con tanto esfuerzo. Quiere soltar la mariposa que hay dentro de mí  y tengo miedo de que la crucifique en una habitación brumosa. Escuchar entonces mi susurro sssss, la muda explicación de mi imposibilidad de escapatoria. Pero su brazo me dirige suavemente. Es un embrujo. Es un brazo de conjuro, un brazo que es palabra (adivino sus músculos y vellos), potente luz mágica. Tiemblo levemente, pero presiento que si quisiera ocultar mi temblor en su pecho, me ahogaría en sus tinieblas. Me alejo un poco del cuerpo del muchacho, pero sigo bajo su órbita. Siento que la luna baja por mi vientre. Algo arde en mí.

Mi acompañante se me queda mirando. “Sunt filica litose lunati, ai venit cum mic, te convocaiti”, me dice. Es increíble, pero le entiendo: “Eres hija de las piedras de la luna: has venido a mí, te convoqué”. Sonríe. Por primera vez percibo que esta lengua extraña es algo más que un medio de contacto: es también juego, medio de placer. Le sonrío yo también, abiertamente. Me pide que me siente.

Nos acomodamos. Se presenta, señalándose con el índice: Yan. Hago lo propio: Berenice. Luego me dice que el libro que estaba leyendo afirmaba que el lector debía ir al ristorán más cercano al llegar a la página 150, que allí siguiera leyendo y que arribaría una persona que había pisado una de las piedras que la luna suelta cuando hay lluvia de estrellas: esas piedras son pasajes mágicos, que llevan a las almas a juntarse. “Un bei ideo slavonici”, remata, “sed verica”. Una bella idea romántica, pero verdadera. Qué gracioso, en este idioma le atribuyen a los eslavos el carácter romántico. Me toma de las manos.

Miro a los ojos a Yan. Sus manos fuertes y velludas me toman con firmeza, pero con un cariño que siento intenso. Él me mira y es como si me leyera los palimpsestos del alma. Como si supiera de cada escolio y apostilla. ¿Llegué aquí para estar sentada con él, para compartir con él, para entenderlo y que me entienda? ¿Es esto el destino?

Mi acompañante voltea hacia la izquierda, espera algo. Me doy cuenta de que otro tanto hacen las otras personas que están en el restaurant. Se advierte un clima de cierta expectación. Vuelvo a escuchar la voz de Yan: O nut sta glumishi, oi pauperi venint, dice.

Se oye a lo lejos un rumor de cánticos. Debo escucharlo con atención. Ya vienen, venint, sí, los pauperi. El sonido se hace más nítido, se filtra en el local. Parece una mezcla de canto, grito articulado y lamento desnudo, que rueda en volutas hacia nosotros. Parece ruido de lluvia primordial. Como espectros, los comensales del ristoran Ionni se asoman lentamente, mientras una mesera se ha sentado frente a un órgano eléctrico y toca una pieza musical casi suave, casi alegre, casi pegajosa.

Luego llegaron imágenes terribles: hombres y mujeres de todas las edades caminaban por la calzada, muchos descalzos y sangrantes, con los ojos botados, los cuerpos enflaquecidos y llagados, cuerpos, cuerpos indistinguibles uno del otro, vestidos con ropa de manta y jeans deslavados, cubiertos ellos y sus ropas con costras de mugre iluminadas por las poderosas lámparas de la ciudad. Y en medio de eso, un rezo-canto-grito: “Virgun sant! Mant anime pekai, mont corp patiski et plori, lava mant vita cum mont sang, virgun sant!  Y de inmediato el lenguaje se me hizo perfectamente entendible, trágicamente degustable: la pasión y el sufrimiento extremo habían generado consonancias, juegos verbales que servían, al fin y al cabo, para hacerles más soportable la tortura de vivir. Una luz brotaba de la música de esas palabras. Y esa luz alimentaba la sangre que ofrecían los pauperi a la ignota virgen. La palabra como amargo maná, como producto de un cuerpo que sufre y llora (que padece e implora).

Adentro, la música ligera hace un extraño contraste. La gente ha venido a ver la procesión como un espectáculo, tal vez como algo folklórico. Siento que no les ha movido el corazón. Tampoco a Yan –quien pasa su mano por mi nuca, y de repente la siento fría.

Advierto que, entre los peregrinos se descuelga un grupo de muchachos que tienen la cara cubierta. Otros más salen del quicio de un edificio. Braman y gritan y se acercan corriendo a la zona de tiendas y restaurantes –hasta ahora me percato que hay más-. Logro zafarme del brazo de Yan, porque ya vi que están encendiendo bombas molotov y hay que escapar cuanto antes. Estoy abriendo la puerta cuando, en un zumbido deslumbrante, una botella vuela junto a mí, rompe el cristal y crea una llamarada en una de las mesas.

Huyo otra vez, mojada en mi adrenalina, huyo como siempre en las garras de esta noche que parece eterna, las calles se disuelven ante mis ojos, esta ciudad siempre distinta a sí misma que me sacude, me empuja, me esputa a la mitad de sus avenidas entre su gente. De repente estoy entre los jóvenes revoltosos, me doy cuenta de que visto de manera similar a ellos. Cuando logro detenerme, jadeante, me doy cuenta de que estoy cubierta de pequeñas heridas: en las manos, en el dorso, en los hombros, en la nuca. Me muerdo los labios y también causo una herida, una probable futura cicatriz. Corro con los muchachos entre las piedras y muros, la ciudad se pega a mí como el sudor, no es mi dominio.

Se escuchan sirenas que deben ser policiacas. También motores. Una luz roja y azul intermitente. Otra y otra más. Son tanquetas. Corro despavorida, mojada de miedo y de ansias de llegar a casa. A mi derecha corre un riachuelo. ¿Qué pasa si lo cruzo? En ese pensamiento estoy detenida cuando un chorro potentísimo de agua me lanza hacia la orilla, trato de correr, me tropiezo con una piedra, recibo otro chorro que me bota contra un terraplén. Siento que pierdo los sentidos.

Abro los ojos cansadísimos. Un paramédico me está acomodando en una camilla.

-¡Ya está consciente! –grita, en español, luego agrega una pregunta-: Señora ¿recuerda usted que la atropellaron?

-No –alcanzo a responder con una voz tan débil que casi no la  reconozco; me doy cuenta que estoy tirada debajo del puente a dos cuadras de mi casa.

-No se preocupe, orita la vamos a llevar al sanatorio –dice el paramédico.

Una mano toma la mía. Es Arturo. No sabe qué decir, el pobre. Pero esa mano tiene un lenguaje que se descifrar. Está casi tan confundido como yo, pero me ama. Igual que yo.

-¡Ay, chiquita gacha! –alcanza por fin a decirme.

“Chiquita gacha” que pisó dos veces las piedras de la luna y que descubre en esa simple frase una sensación tan reconfortante que no sabe si llorar o ponerse a reír, y hace ambas cosas por dentro porque le duele todo el cuerpo pero la felicidad le ha entrado al espíritu.