viernes, febrero 11, 2022

La prisa malsana

La prisa malsana

 
Andrés Manuel López Obrador es un hombre que se siente predestinado. En su versión de la vida, ha sido escogido para una tarea de transformación del país. Es un destino a la vez heroico y de sacrificio. Por lo mismo, tiene la seguridad, como Caleb, de que el pueblo llegará a la Tierra Prometida. Y hará de todo para que así sea.

Pero al mismo tiempo, López Obrador ha manifestado en distintas ocasiones su percepción o temor de que no podrá concluir personalmente su tarea. En eso se parecería más a Moisés, a quien sólo se le permitió ver desde lejos la tierra de la promisión.

Esta percepción se ha agudizado a partir de los recientes problemas de salud del Presidente (que no por ello deja de comportarse como kamikaze), y se refleja en la manifestación -expresada luego de su salida del hospital- de que ha dejado un testamento político. 

Estoy convencido de que el testamento político de AMLO no es, como algunos han maliciosamente supuesto, un anticonstitucional legado de puestos de poder, con albacea y herederos con nombre y apellido. Supongo que se parece más a los decálogos que tanto le gustan: tareas a realizar para asegurar a la nación un futuro alejado de los falsos valores del (neo)liberalismo.

El problema es que, en la medida en que López Obrador siente que le queda menos tiempo para realizar su misión histórica, aumenta su prisa por hacerla cumplir. Que todo quede atado y bien atado. Eso explicaría su renovado activismo, su creciente irritación, su doble apuesta por la polarización, su todavía más reducida tolerancia, su negación de la legalidad que lo constriñe. Y su incapacidad para ver que hay cosas que se le están yendo de las manos, si no es que desmoronando. 

¿Cómo vemos esa prisa? En el uso del Ejecutivo para dar línea directa y señal de velocidad al Legislativo (caso de la reforma eléctrica). En la iniciativa para subsumir en el Ejecutivo a varias entidades autónomas (notables, por lo absurdas, la de hacer depender Conapred de Gobernación y al Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, de la Semarnat). En el reforzado ataque cotidiano contra el INE y los consejeros que le caen mal. Y nos podríamos seguir: la idea es apretar el paso para que los cambios sean irreversibles. 

Pero las cosas no son tan lineales.

Esa prisa por llegar a la cita con la historia, esa agenda retacada de asuntos y esa tendencia de abrir frentes en todos lados no pueden sino acabar haciendo un engrudo. Entre otras cosas, porque tienen que saltar obstáculos políticos e institucionales que, a pesar de la tarea destructiva llevada a cabo, todavía existen. Lo que sí pueden lograr es tensar aún más las relaciones entre distintos grupos de la sociedad política.

La reforma eléctrica tiene primero que pasar por el tamiz legislativo, que no es sencillo, y luego hacer frente a la resistencia del extranjero, que ahora se ha hecho explícita. Y todos los otros golpeteos, y las otras medidas, incluida una eventual propuesta de contrarreforma electoral, encuentran cada vez más resistencia social, y no sólo de la oposición partidaria.

Al mismo tiempo, la lucha adelantada por la sucesión y los escándalos internos -que ya son demasiados- atentan contra el unanimismo que pretende el Presidente dentro de su partido y aun dentro de la Comunidad de la Fe de sus seguidores. Está difícil tragar más sapos, aunque se siga haciendo el esfuerzo.

En su prisa malsana, el Presidente no quiere ver esos problemas, o siente no tener tiempo para verlos. Por lo mismo, tampoco ve que la economía da signos negativos, que dificultan la canalización de más recursos a los programas que le dan votos al partido o a los proyectos insignia, con los que las generaciones futuras identificarán a su gobierno. No ve que las recetas de austeridad y las señales que da a los inversionistas en nada ayudan a cambiar la tendencia económica. Él, a lo suyo, que es la trascendencia histórica.

No tiene caso sugerir lo obvio: que esa prisa no le conviene al grupo en el gobierno. El Presidente manda, acelerará y ya se verá quien aguanta el ritmo. Tal vez el aumento de las tensiones servirá para decantar, para ver quiénes son los fieles entre los fieles. Pero perjudicará a la nación en su conjunto. Seguirá la travesía en el desierto.


La mañanera y las fobias

Cuando se instauró la conferencia mañanera hubo quien pensó, ingenuamente, que se trataría de un ejercicio inédito de rendición de cuentas de parte del Ejecutivo Federal. Otros, menos crédulos, pensaron que sería un acto de propaganda constante de logros y acciones del gobierno. Pronto se convirtió en el lugar privilegiado para una campaña electoral permanente. Pero pocos, creo yo, se imaginaron que terminaría convirtiéndose en un espacio para que el Presidente de la República diera rienda suelta a sus fobias, señalando con el dedo a enemigos reales o imaginarios.

Ha sido un proceso constante de deterioro informativo, y también de deterioro democrático. Las intervenciones de la prensa se redujeron al mínimo, sustituidos los periodistas, a menudo, por aplaudidores con consigna; y las preguntas, por intervenciones que sólo sirven de prólogo para una ya prevista perorata presidencial.

Y el camino se convirtió en un tobogán en la medida en que López Obrador utilizó la tribuna para dar respuesta a todo lo que él considera una afrenta, con el argumento del derecho de réplica ciudadana, sin tomar en cuenta, ni su posición como Presidente de la República ni, sobre todo, su enorme poder.

Lo que hemos visto a lo largo de estos tres años es a un mandatario peleado con cada vez más gente, grupos sociales, instituciones y naciones extranjeras, y alejado cada vez más de los datos duros, así sean los oficiales.

Hay una frustración básica detrás de este pleito constante: la que deriva de no tener un consenso absoluto alrededor de su persona y de sus ideas. De no contar con la unanimidad. Cada crítica la ve como ataque; cada disenso, como intento de socavar su poder legítimo.

El problema es que en las democracias no hay unanimidad. Es que hay opiniones distintas. Es que existe la libertad para señalar lo que no funciona como debería. Y eso limita, como debe ser, el poder, aunque no le guste. De ahí la difícil relación con los medios de comunicación y con los periodistas.

La idea que ha manejado públicamente López Obrador es que sus conferencias mañaneras son una respuesta para balancear lo que él ve como información sesgada de parte del periodismo profesional. Y, de hecho, la consigna para sus seguidores incondicionales es que las mañaneras sean el sustituto de los medios. El propósito no oculto: que obtengan su información de forma unilateral, recibiendo sólo lo que venga del Presidente.

Es exagerado el aserto que dice que el periodismo sólo sirve cuando incomoda. El periodismo sirve cuando informa y lo hace de manera completa. Lo que no puede hacer es callar para no ser incómodo, dar sólo la versión rosa de los hechos, prescindir de los señalamientos sobre injusticias o problemas específicos y abdicar de la crítica general.

El poder, sobre todo cuando se pervierte, en vez de aceptar las informaciones incómodas como llamadas de atención, tiende a verlas como formas de socavar a la autoridad. En casos patológicos, negará las evidencias, aunque las tenga frente a sus narices. Porque la intención oculta, a final de cuentas, es engañar a la sociedad, pintándole una realidad diferente. Es querer que la gente se tome la pastilla azul y viva en la feliz ignorancia.

Cuando hay hechos comprobados, intentar negarlos -mentir abiertamente-, o darles un giro que desmienta su fondo -mentir de manera lateral- se vuelven tareas complicadas. Saltos mortales en los que generalmente la caída es dura. Entonces se busca, de preferencia, atacar al mensajero: a quien dio a conocer el hecho incómodo o agravante. De ahí la andanada generalizada contra la prensa, las comparaciones tramposas y hasta los señalamientos personales que han sufrido varios colegas.

No es casual que la andanada contra los periodistas profesionales haya arreciado tras aparecer el escándalo más grande que ha vivido esta administración. Más allá del posible conflicto de intereses, revela la contradicción entre el discurso de austeridad (y hasta de pobreza franciscana) que predica López Obrador y el estilo de vida de su entorno. Entre lo que pide para el pueblo y lo que sucede entre los suyos. Y para combatir esa disonancia se lanza, y llama a hacerlo a la Comunidad de la Fe, contra quienes se atrevieron a arrancar la máscara.

Evidentemente, el de la casa en Houston no es, ni de lejos, el único escándalo que ha tocado a esta administración. Tampoco es el mayor. Hay varios que se develan de manera cotidiana. Algunos son comunes a todo ejercicio del poder; otros son más graves y suelen revelar un profundo desprecio hacia los sectores más vulnerables de la sociedad, por razones de enfermedad, pobreza, ignorancia o marginación extrema. Aunque no puede ni debe ser su labor exclusiva, es tarea de los medios darlos a conocer.

Lo que algunos quisieran es que no se hablara de ellos. Nada más de los éxitos. Incluso cuando estos éxitos son más pantomima que realidad. Que privara el cinismo. Y eso es lo que no se puede en democracia.

De alguna forma, conociendo a López Obrador y a sus incondicionales, si continúan sus ataques a medios y periodistas significa sólo una cosa: que están haciendo correctamente su labor.