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jueves, enero 24, 2013

Biopics: Mársico en México



A mediados de 1983 llegó a México mi amigo Carlos Mársico, de las muchas aventuras en Italia. Tenía la intención de quedarse unos meses y terminar aquí su tesis para recibir el título de Dottore in Agraria. Se quedó a vivir en casa de Jorge Carreto y le ofrecí un cubículo del CEDEM, que algún profesor había dejado vacante en su año sabático.

Carlos había pensado hacer su tesis sobre el ejido mexicano –tal vez como resultado de las tantas pláticas que tuvo con nosotros durante nuestra estancia italiana-, pero se entusiasmó particularmente con la Coalición de Ejidos Colectivos del Valle del Yaqui y Mayo. Estuvo unos tres o cuatro meses en la ciudad de México y otros tantos en Sonora, invitado por Gustavo Gordillo, luego regresó a la capital y al poco tiempo partió de regreso a Europa.

Una de sus primera impresiones fue que el país se encontraba "en una clara situación prerrevolucionaria". Le dije que sí, pero en realidad estaba en una situación post-prerrevolucionaria y la tal revolución nunca ocurrió. Con él hice una visita a Taxco. Recuerdo bien una imagen. Estábamos parados junto a la carretera a la altura de Tres Marías, nos vimos y nos carcajeamos. Efectivamente, Carlos estaba en México.También fuimos al futbol, junto con Eduardo Mapes; un partido en el Azulgrana entre el Atlante del Ratón Ayala y Gregorz Lato y el América. Carlos quedó sorprendido por la mezcla y la civil convivencia en las gradas de aficionados de ambos clubes (algo imposible en Italia, impensable en Argentina y cada vez menos común en México).

A Mársico le tocó estar en un par de ocasiones en asambleas de la Facultad cargadas de grilla. En una se discutía la necesidad de cambiar el plan de estudios, con demasiados semestres dedicados al estudio de El Capital. Nosotros estábamos por mantener al marxismo como uno de los ejes, pero también por quitarle peso y porque hubiera más materias relacionadas con la política económica. La discusión era complicada por las interrupciones groseras de estudiantes ultras, azuzados por sus profesores, en su mayoría argentinos… una práctica, la de querer callar a quien disiente con gritos y malos chistes, que ha cobrado carta de ciudadanía en el país. No llegamos a nada. Al término, Carlos estaba indignadísimo, y me sentenció:

-Por culpa de hijos de puta como esos tomaron los militares el poder en Argentina.

De su experiencia en Sonora llegó muy entusiasmado. Los campesinos le apodaron “El cochi”, que porque los dedos que le habían quedado inmóviles por las quemaduras parecían pezuñas de cerdo. Pero él en más de una ocasión utilizó su drama en plan ligador: a las chavas les decía que se había quemado la mano desactivando unas bombas de la contra nicaragüense.

Como era de esperarse, Carlos se enamoró de México. Volvería muchas veces, durante los años que trabajó en Nicaragua y en Bolivia.

miércoles, julio 15, 2009

Biopics: Un amigo en llamas

Llegué a una congelada Módena, muy dispuesto a estudiar todos los textos de economía internacional que requería la materia, la siguiente en mi lista de exámenes, pero rápido lo interrumpí.

Alfonso Vadillo había decidido dejar la facultad y cambiarse a Roma, para hacer unos estudios en el Instituto Gramsci. Se estaba quedando con una gringa que tenía un gato castrado, que Vadillo detestaba, así que se lo robó y nos lo trajo de regalo. Era blanco y grande. Nomás por joder a Vadillo, Mapes le puso “Berlinguer” al gato, “porque lo caparon los gringos” (Berlinguer era el secretario general del PCI). El animalejo resultó ser una compañía divertida.

Pero no sólo trajo al gato, sino también malas noticias. Supo que nuestro amigo Carlos Mársico había tenido un terrible accidente en su casa de Perugia. Le sucedió cuando, en un día helado, estaba repintando una de las recámaras de su departamento. Había puesto un calentador de kerosene en el centro de la pieza, y en algún momento lo rozó con sus manos llenas de thinner; las manos y los brazos se incendiaron y él trató de apagar el fuego en sus pantalones, pero sólo logró que también su pierna se viera envuelta en las llamas. Carlos se revolcaba en el suelo, entre gritos, y acudió una de sus inquilinas de turno, una francesa, a quien se le ocurrió echarle un balde de agua al hombre en llamas, con lo que las apagó (pero también terminó pegándole la tela quemada a la pierna). Estuvo en cuidados intensivos y lo iban a trasladar a Roma.
Acompañé a Vadillo a Roma, y visitamos a Mársico al hospital. No teníamos idea de la gravedad del asunto –Alfonso incluso le había comprado un libro al que puso una dedicatoria chusca, y prefirió arrancar la página-. Carlos estaba como los hospitalizados de caricatura: los dos brazos y la pierna vendados y alzados. Lo acompañaban sus padres (la única vez que los ví y estaban afligidísimos). Él se dio ánimos para bromear con nosotros: “lo bueno fue que se salvó el pirrín y eso es lo más importante”, pero hubo un instante en que lo ví mirar mis manos –yo gesticulaba con ellas- con triste y verdadera envidia.
Mársico tendría que estar en terapia “por lo menos un año” para poder recuperar el movimiento de las manos, nos explicó la mamá, y nos dijo que Carlos no se daba cuenta de lo difícil que había sido para él superar los problemas que le dejó la poliomielitis que adquirió de niño (pero nosotros sí nos dimos cuenta de lo difícil que había sido para ella). Los dejamos mientras ella le encendía un cigarro al hijo, se lo ponía en la boca y se lo retiraba (cosa impensable en los hospitales de hoy, pero muy relajante, en ese momento, para Carlos). Era una imagen conmovedora.
Días después, la familia salió hacia Buenos Aires. Carlos tardaría menos del año en volver a usar sus manos (aunque dos dedos quedaron rígidos) y se daría, incluso, un rol por Sudamérica antes de regresar a Italia.

Yo aproveché que en Roma no hacía tanto frío para quedarme un par de días más. Alfonso Vadillo me presentaba con sus cuates como el hijo que había tenido Marlon Brando con una mexicana mientras filmaba Viva Zapata! Era un extraordinario mitómano. A una gringa le dijo que su nombre era Alfonso Pemex, el gran heredero petrolero de México. A varios italianos, que era descendiente de los emperadores aztecas, y hasta se quejaba amargamente de la renta “ridícula” que pagaba el Estado mexicano a su familia por permitir que los turistas visitaran las pirámides en las que estaban enterrados sus ancestros.

miércoles, abril 22, 2009

Biopics: Un hambriento y un perdido

Llegué a San Sebastián un día después de lo acordado con los cuates que había dejado en Marruecos. La ciudad era notablemente más grande y más hermosa de lo que me había imaginado. Decidí que el lugar lógico para esperarlos era en frente a la Playa de la Concha, frente al ayuntamiento. El que no hubiéramos fijado hora era otro problema. Estuve allí un rato relativamente largo hasta que comprendí que no los vería. Me alejé del malecón y en la banca de un parque cercano me puse a buscar en mi mochila el teléfono de la amiga de Steve Beeson que vivía en ese lugar.

Todavía no lo encontraba cuando escuché un grito: “¡Paaancho!”.

Era Carlos Mársico que se aproximaba a mí, con una enorme sonrisa. Me abrazó con fuerza. Había ido a buscarme a la estación de autobuses, pero yo había llegado en tren y regresaba, cabizbajo, cuando me encontró. Era la segunda vez, en pocos días y en el otro extremo de España, que nos topábamos casi milagrosamente.

-Ché, qué suerte encontrarte. Casi no he comido en tres días.

Nos fuimos a comer un gran bistec con papas y Carlos me platicó lo que les había sucedido. Cuando los dejé Marruecos tenian poco más de cien dólares y algo así como 38 gramos de hashish. Hicieron autostop para ir a Tánger y por allí rolaron un día, en el que se fumaron todo y, ya bien pachecos, se gastaron buena parte del dinero. Con lo que les quedaba, regresaron a España, con la intención de llegar, ayudados por el dedo, hasta San Sebastián. Lo más lejos que llegaron de aventón fue a Jaén. Y, decía Carlos, como nadie los llevaba y no tenían dinero para un camping, cada vez estaban más desesperados, más sucios, más desaliñados… y menos conseguían que alguien los subiera. Para colmo, a Carlos le dio un chorrillo atroz, así que decidieron separarse. Carlos tomó un tren estudiantil para San Sebastián y Steve se quedó con la tienda de campaña, una botella de agua, un pan, una lata de sardinas y 200 pesetas (que era casi nada). Ninguno de los otros pasajeros del tren creía que Carlos era estudiante; afirmaron que era un hippie vagabundo, lo cual lo deprimió todavía más. En San Sebastián se hizo cuate de un irlandés que trabajaba ese verano en un hotelito, el Hirun Anaiak, le dio asilo en la buhardilla y le compró una caja de quesitos mini, de los que Carlos comía dos al día.

Conocimos al irlandés, Seamus, quien era de Belfast (I’m for Belfast, somebody has to be from Belfast) y rentamos un cuarto en el propio hotel. Se suponía que Steve tenía que llegar antes del 31 de agosto, porque su avión a Estados Unidos partía de Londres el 1º de septiembre. Todos los días a las 12 íbamos a esperarlo a la plaza del ayuntamiento. Su amiga no tenía noticias de él. El resto del tiempo, rolamos por la ciudad, que me parecio elegante y melancólica (Mársico decía que era lo segundo porque las plazas tenían nombres franquistas: “imagínate, vas a una plaza con la fecha de tu derrota”). No llegó el 31 y tampoco el 1º de septiembre. Dedujimos que lo adoptó una familia de gitanos. Igual pudo haber buscado auxilio en un consulado gringo, pero eso no tenía méritos literarios.

Al final dejamos Guipúzcoa, cruzando a pie la frontera entre Irún y Hendaya. Le propuse a Carlos quedarnos un par de días en St. Jean de Luz, pero estaba totalmente tronado mentalmente. Tomamos el tren a Italia y se quedó un rato en Módena, conscientes ambos de que, como se decía, settembre è il mese del ripensamento.





Carlos Mársico en Módena.

viernes, abril 10, 2009

Biopics: A solas por España

Noche en la playa militar
Tras pasar una revisión exhaustiva en la aduana, y de comprar pegamento para arreglar la foto de mi pasaporte, fui al embarcadero de Ceuta nada más para enterarme que el último ferry del día con rumbo al continente europeo acababa de zarpar. Así que me puse a buscar alojamiento en esa extraña ciudad: neoclásica, bizantina y árabe, y que al mismo tiempo tenía un profundo aire a subdesarrollo.
Empecé por los hostales y los hoteles baratos. No había lugar. Seguí por las casas que ofrecían cuartos libres. La única oferta era en una cocina y no me pareció. Busqué en los hoteles de más categoría. Cuando en el hotel de lujo me dijeron que tampoco tenían cuartos, otro mochilero –un japonés- estaba en mi misma situación. Nos hicimos cuates y decidimos rolar un poco más la ciudad e irnos a dormir a la estación del ferry. Allí recalaron un español, que se decía trosquista, y tres gringos neoyorquinos. Cuando ya nos ganaba el sueño, en nuestras bolsas de dormir, llegó un vigilante y nos corrió. Era medianoche. Durante la búsqueda de hostales me topé con unos hippies italianos que me recomendaron pasar la noche en una playa militar cercana al centro. Allí llevé a la tropa mochilera.
Nos acomodamos sobre la arena y estábamos durmiendo a pierna suelta, cuando a las tres de la mañana se suelta una llovizna pertinaz, que nos obliga a buscar refugio debajo de un envarado, en la misma playa. No duramos mucho allí. A las seis nos despertaron y nos desalojaron los soldados, que empezaban su rondín.
Los gringos estaban encabronadísimos, el español estaba muy apurado en tomar el autobús para Marruecos, el japonés y yo nos fuimos a desayunar un rico pan dulce y café con leche. Le dije que era una pena lo que nos había pasado.
-No es pena –respondió, en su inglés básico-. Cuando yo regrese a Japón le voy a decir a todos mis amigos que dormí en una playa militar franquista. Fue una gran experiencia.
Para mí que había sido una chinga.
Tomé el ferry –que en aquella época era un barquito bastante lento- que me llevó a Algeciras. De ahí, un autobús con rumbo a Sevilla. Me la pasé leyendo una revista, Cambio 16, cuyo contenido independiente me sorprendió, porque yo tenía la idea –del “mito genial” José Luis López de Zavala- de que la prensa española era franquista sin excepción. En Sevilla compré también El País, que vivía sus primeros meses; me pareció “un diario decente”, tardaría unos años más en convertirse en referente obligado del mejor periodismo en lengua española.
Soñar en las musas de Bécquer
De aquel viaje, Sevilla fue, sin duda, la ciudad española que más me gustó en aquel primer viaje por ese país. Me alojé en un hotelito en el Barrio de la Santa Cruz, una zona muy típica del centro histórico, de calles estrechas, recovecos, pequeños palacios y casas muy monas. Era un gusto caminar por el lugar, entre jardincitos, y asomarse a los frescos patios interiores –tan mexicanos, diría uno, pero en realidad tan sevillanos-. Llamaba a la imaginación: como que por allí pasaban las musas de Becquer, se batían en duelo los personajes de los romances y en una de sus casas estaba encerrada la mujer del celoso extremeño.
Esa sensación de historia viva se hizo más grande en la visita a la catedral que, aunque enorme, es uno de los tres templos católicos que más me han cautivado (Notre Dame y el Duomo de Módena son los otros dos). La Giralda me pareció extraordinaria, porque tenía una como lógica de totem a la española, que conocemos bien en México: la base árabe y el remate renacentista. Igualmente, me encantaron los jardines, el Patio de los Naranjos. Además tenía una capilla de Santa Bárbara, lo que me pareció chido. Pero sobre todo me dio gusto sentarme en unas gradas externas laterales y encontrar una referencia a Miguel de Cervantes. Sí, aquí se podía uno imaginar el paso de sus personajes, pícaros y aventureros, y al propio escritor, allí sentado donde yo mismo, observando su realidad, un mundo espléndido, abierto y malvado, que podemos atisbar mejor gracias a su obra.
También me di tiempo de ir a la Maestranza, a los toros. No es que me apasione la fiesta, pero es que Sevilla era tan típica, tan cañí, que tenía que hacerlo. Los españoles que se sentaron junto a mí sabían muchísimo. Agucé el oído para no ser tan villamelón. Saliendo de la corrida, vi una calcomanía en una tienda. La figura de un burro con cara estúpida y alegre, enfundado en una camiseta a rayas verde y blanco. Y la consigna: “¡Betis manque pierda!”. Decidí que ese sería mi equipo favorito en la liga española de futbol.
En las noches me sentaba en el cómodo escritorio de mi posada a escribir algunas impresiones de aquel viaje. Era una de las pocas veces en que estaba solo y me sentía verdaderamente a gusto.
Autostopista con suerte
Tras unos tres días en Sevilla decidí a volver a probar suerte con el dedo, con un propósito grandioso: llegar a Salamanca en una sola jornada de viaje. No tardé mucho en encontrar el primer auto, un tipo que iba al pueblo de Don Benito. Cuando supo que yo era mexicano, me preguntó:
-¿Por qué vosotros los mexicanos nos odiais a nosotros los españoles?
Le respondí que no, que los queríamos mucho. Le dije que no se tomara personal las disputas políticas entre las naciones.
Eso tampoco lo entendió, porque era franquista. La verdad, no entendía mucho. Tras un rato, comentó, algo sorprendido:
-¡Oye, que hablas muy bien el español!
No sé qué esperaba. Creo que me dio aventón porque yo llevaba puesta una camisa azul, que –no me había enterado- era parte de la simbología falangista.
Me dejó en una desviación y todavía no terminaba yo de hacer mi letrerito cuando me subió un trailero que iba para Almendralejo.
Fue un tramo relativamente corto, en el que pasamos por muchas dehesas. A mí me parecía extraño que no fuera tierra cultivada. El chofer me explicó que la mayor parte eran cotos de caza destinados a los ricos y que algunas eran propiedad de la iglesia. A él le parecía un desperdicio, pero comentó que la tierra no era muy fértil. Pensé en Don Benito… en Don Benito Juárez y sus leyes para desamortizar tierras ociosas.
A la salida de Almendralejo empecé a escribir un nuevo cartelito. Tampoco acabé, porque de inmediato me subió a su auto un matrimonio que iba con un bebé. A la usanza española, la mujer iba en el más seguro asiento de atrás, con el niño. Yo me subí adelante. Era una pareja de maestros de primaria que iban rumbo a Béjar, que era casi al llegar a Salamanca. A diferencia del vecino de Don Benito, ellos eran socialistas, solían ir a Francia a comprar libros prohibidos por el régimen, simpatizaban con la postura mexicana de rechazo, tenían esperanzas de que, tras la muerte del Inmorible, las cosas cambiarían y la sensación “intuitiva” de que estaban ya cambiando.
En Béjar me agarró la lluvia y ya no pude conseguir aventón para el último tramo. Dejé el autostop y me fui a una posada. Habrá sido el clima, pero la sensación que tuve al llegar a Béjar fue decirme: “Ah vaya, esto sí es Europa”.
Me quedé en una pensión que incluía también la cena. Un joven huésped –estudiante de económicas en Madrid- se sentó a platicar conmigo. Luego propuso que fuéramos a tomar un trago. Le dije, muy a la mexicana, que “otro día” (quería ponerme a escribir en mi cuarto) y él, muy a la española, contestó.
-¿Cómo que otro día, si no nos vamos a volver a ver nunca?
Tenía toda la razón.
Salamanca y Burgos
De Béjar tomé al otro día un autobús para Salamanca. De esa ciudad recuerdo, en primer lugar, los colores ocres de sus edificios y la semejanza con algunas partes de ciudades coloniales mexicanas. También su espectacular plaza de armas y la fachada esplendorosa de la famosa universidad. Y recuerdo que llovió a cántaros.
En Salamanca, al igual que en Sevilla, y con similar regusto, dejé que mi imaginación paseara por la ciudad entremezclada con los hechos literarios y los momentos históricos que la señalan. También recorrí un par de librerías y constaté que la censura sobre los libros era menor de la que yo suponía. De hecho compré uno de Nicolás Sartorius, uno de los dirigentes de Comisiones Obreras.
Un día más tarde, otro autobús me llevó a Burgos, que recuerdo blanca, señorial y con un fuerte sabor medieval. A diferencia de Sevilla y Salamanca, que rezumaban alegría me pareció una ciudad muy seria.
Todos esos días de viaje en solitario dejaron una impresión muy agradable en mi espíritu, normalmente muy gregario. Al mismo tiempo que había disfrutado de los lugares visitados, había podido poner en orden algunos de mis pensamientos, sensaciones y sentimientos, y me sentía en paz.
En Burgos estuve aquel miércoles en el que me había quedado de ver con Carlos Mársico y el gringo Steve en San Sebastián. El jueves partí a mi cita, pensando en que –lógico, por las condiciones en que estábamos- no habíamos precisado hora o lugar específico.

martes, abril 07, 2009

Biopics: Marruecos era un alucine

En el camión que nos llevaba de la frontera a Tetuán, me tocó sentarme junto a un señor mayor, con el que intenté primero, con esa mala costumbre de enterarse de los países a través de almanaques, de comunicarme en francés, pero que hablaba bien español. Me dijo que él era contrabandista y que no tuviera miedo, “porque hay marruecos buenos y hay marruecos malos, como en todos lados”. Me recomendó que comiera allí donde hubiera moscas, porque “las moscas saben donde hay comida buena” y que, en la estación de Tetuán, me fijara si los que me ofrecían hotel tenían cara de buenos, “porque hay marruecos malos”. A nuestro lado se sucedían pequeños pueblos en los que mujeres con la cabeza cubierta acarreaban grandes jarras (de agua, supongo).
A nuestra llegada a la estación, como moscas (porque sabían que había comida buena) se nos pegaron grupitos de jóvenes, ofreciendo a todos los turistas llevarlos a un buen hotel. Escogí a los que les ví cara de buenos.
Carlos no quería que nos quedáramos en la parte occidental de la ciudad (“afrancesada”, me dije, todavía influenciado por el almanaque), sino en la medina, la ciudad antigua, así que nos internamos en ella, con nuestros guías, y rápido descubrimos que era un laberinto. Era pleno agosto, así que los distintos hotelitos y pensiones en los que preguntamos estaban llenos. Un poco hartos, nos dirigimos a un café marroquí; un local chiquitito, con sillas, mesas, y una estera para sentarse (o rezar, pero nunca poner los pies, porque los comensales se te van encima). Allí nos sirvieron un riquísimo té de menta. Y allí también llegó un chavo con cara de malo que nos anduvo persiguiendo un rato, y hablando en todos los idiomas posibles, para ofrecernos hashish doble cero. Cuando le dijimos que no le íbamos a comprar, estalló en cólera, dijo que nuestros acompañantes eran chivatos de la policía y que si le comprábamos a ellos, nos iban a denunciar. Expreso de Medianoche. Cuando salió del local hecho una furia, el tipo de la tienda de alfombras y tapetes que estaba enfrente me hizo la señal universal de que estaba loco. Nuestros cicerones conocían al comerciante, y pasamos a su local, todo mullido y calientísimo. Allí llegaron luego otros dos chavos, quienes dijeron ser bailarines. Comentamos acerca de nuestra situación y el comerciante ofreció que pasáramos la noche en su tienda. Estábamos por aceptar, pero el precio nos pareció escandaloso.
-Es que no entienden –dijo-… el precio incluye bigote con bigote, no bigote con no bigote y no bigote con no bigote.
Eso quería decir que a Steve le tocaba el bigotón.
-No gracias, no nos interesa.
Salimos y seguimos en busca de alojamiento, hasta que los chavos se dieron por vencidos. O nos íbamos a un hotel caro en la zona occidental o nos íbamos al camping de Martil, un pueblito costero a pocos kilómetros de Tetuán. Nos inclinamos por la segunda opción.

La competencia por un lugar en el camión de Tetuán a Martil era tan feroz como la del primer autobús. Esta vez sólo yo pude subir. De nuevo intenté hablar en francés con mi vecino de asiento y otra vez resultó que mejor hablaba español.
En Martil encontré el camping y una fonda al aire libre (llena de moscas). Me entendí perfecto en español con el dependiente, que me sirvió una excelente sopa de habas. Al poco tiempo llegaron Carlos y Steve, con un cuate marroquí.
-Es lo que estábamos buscando –dijo Carlos-, un estudiante marroquí que vive en el camping.
-¿Un estudiante que vive en un camping? –pregunté, incrédulo ante su credulidad.
El “estudiante” se sentó con nosotros y a los dos minutos ya estaba sacando una bolita de hashish, de la que nos ofreció.
Era una cosa fortísima, pura, de efecto inmediato y total.
Entramos con el “estudiante” al camping y, como moscas a la miel, diversos grupos de jóvenes se acercaron a nosotros con la misma cantilena que el “loco” de la medina: “el que va contigo es un chivato; yo en cambio te ofrezco el más puro hashish doble cero”. Una pesadilla. En mi condición, llegué a imaginar que el famoso camping, tenuemente iluminado por lámparas de kerosene, que hacían más oníricos los colores vivos de las ropas de sus habitantes, no era más que un campo de concentración disfrazado en el que los dealers marroquíes tenían encerrados a hippies occidentales –que fumaban tranquilamente delante de sus tiendas de campaña-.
El “estudiante” nos llevó a una gran tienda, en la que sus amigos fumaban alegremente. A los pocos segundos de nuestra llegada, uno de ellos empezó a gritar: “¡La policía! ¡Viene la policía! ¡Mejor váyanse aquí junto a instalar su tienda!”.
Salimos –yo, de plano, friqueadísimo- y empezamos a armar la tienda de campaña pero, a paranoica sugerencia mía, nos cambiamos de lugar, a una veintena de metros del lugar que nos habían sugerido los marroquíes.
Al otro día descubrimos que Steve –a quien de nuevo le había tocado dormir afuera- se acostó encima de una enorme boñiga, pero estaba tan pacheco que no se dio cuenta hasta la mañana siguiente.

Dejamos nuestras cosas en la administración del camping y salimos a conocer Tetuán, particularmente la medina, que era hermosísima, con sus túneles ojivales, sus callejuelas retorcidas, sus arcos, sus olores mezclados a flores y comida, sus paredes blanquísimas pero, sobre todo, su ambiente de tranquilidad. Un lugar que se prestaba muchísimo a sentarse a no hacer nada y contemplar.
Estábamos comiendo en una agradable fonda en un sótano de la medina, cuando recalaron allí –porque nos estaban siguiendo- los amigos del “estudiante” del camping. Nos saludaron, platicaron de banalidades por dos minutos, y nos preguntaron si no queríamos comprar hashish. Les dijimos que no, y ellos respondieron que no importaba, que nos invitaban a tomar un té de menta y fumar kif. Aceptamos, pensando que con ello nos los íbamos a quitar de encima.
Fuimos de un café a otro, de un té de menta a otro, de un fumadero a otro. Cantidades industriales de kif. Y no nos los quitábamos de encima. Mostraron sus credenciales de estudiante, sus libros de historia. Platicaron de sus padres, que habían estado con Franco (“luchamos contra los moros”, rezaba La Quince Brigada) y de que “los marruecos del norte somos moriscos, somos hijos de españoles”. Les dimos las gracias por su guía y les dijimos que iríamos a la playa.
-Conocemos una muy buena. ¡Vamos a nadar juntos!
Ya en la playa, tuvimos un conciliábulo. Si no les comprábamos algo, no nos iban a dejar en paz. Compramos 40 gramos de hash, a un precio regalado –según la comparación de Mársico- y rapidito se fueron. Así que pude bañarme tranquilamente en una playa paradisíaca y solitaria, todavía con el bendito cinturón con varios meses de beca míos y de mis cuates.

De regreso al camping, instalamos nuestra tienda bien lejos de la zona del “estudiante”, salimos a comer un delicioso kebab y nos dormimos mirando las estrellas. Esa noche decidí que estaba hasta la madre de Marruecos y que me iba para España el día siguiente. Carlos y Steve querían seguir en la aventura marroquí, pero ya estaban sin dinero. Le presté 100 dólares a Carlos y, después de dar otra vuelta por la ciudad de Tetuán, me acompañaron a la estación de autobuses. Algo pachequines (pues habíamos sustuido el tabaco con el café del desayuno), nos pusimos los tres en cuclillas. Les dije qué itinerario pensaba seguir y quedamos que nos reuniríamos en San Sebastián “el miércoles” (Steve tenía una amiga en esa ciudad, que le prestaría el dinero para pagarnos, y para conseguir pasaje a Londres, donde tenía que tomar su avión a California el 1º de septiembre).
Mi rol solitario por España sería también intenso, pero no tan alucinante.

martes, marzo 31, 2009

Biopics: Un elefante pidiendo autostop

Luego de dejar a mi mamá, tomé el tren a Valencia. Todo en aquella España parecía imitación chafa y empequeñecida del resto de Europa, hasta daba la impresión de que las vías del tren eran más estrechas. En Valencia, abordé otro, local, hasta Denia, la localidad en donde Alfonso Vadillo había rentado su chalet de agosto.
Llegué a la dirección (una suerte de vecindad de casitas blancas frente al mar) y me encontré, en vez de Vadillo y su hijo, con una pareja de alemanes que me miraban extrañados. Me dijeron que ellos acababan de rentar esa casita hacía dos días; la dependienta, que la había desalojado un señor mexicano que la rentó solamente por quince días.
Desilusionado, tomé otro trenecito lechero, que se fue lentísimo por la costa, hacia Alicante. Era un espectáculo de contrastes, a mi derecha, un mundo rural atrasado; a mi izquierda, la explosión de construcciones turísticas de dudoso gusto; edificios con nombres como “Miami”, “Los Ángeles” y un montón de anuncios ofreciendo cuartos, rooms, zimmer a los extranjeros ansiosos del sol de Levante. Más atrás, el mar. En un momento vi a una jovencita, casi una niña, esperar en un montecito a que pasara el tren para poder atravesar. Estaba como perdida en la frontera de esos dos mundos opuestos.
Lloviznaba y estaba a punto de caer la noche cuando llegué a Alicante, una ciudad que no se veía muy atractiva. Decidí caminar por el malecón, buscar un hotel donde pasar la noche y luego decidir qué hacer. Mientras avanzaba ví las espaldas de dos tipos que pedían aventón (hacían “autostop”, como dicen en España) con un cartelito que fijaba su destino: “Denia”. Mi reacción inmediata fue gritarles: “¡No vayan! ¡Es una mierda!”. Los tipos se voltean y, para sorpresa mutua, uno de ellos era Cárlos Mársico. Enormísimo grito de alegría, abrazos, y luego la explicación. Mársico había estado rolando por España con Topino y Cetta, sus cuates perusinos, y se les había unido un gringo aventurero, Steve, quien lo acompañaba. Estaban cortos de dinero y habían decidido ir a Denia a pasarse unos días en el chalet de Vadillo, a quien Carlos también le había prestado cien dólares. También él tendría que esperar por su dinero.
-Ché, y yo que me imaginaba unas vacaciones diferentes, tirado frente a la playa y tomándome un cóctel.
Fuimos a un bar a tomar una cerveza y allí mismo, en caliente, decidimos ir a Marruecos. Sacamos un mapa y fijamos nuestra meta intermedia en Algeciras, junto a Gibraltar. Iniciamos de inmediato el autostop, pero sólo pudimos llegar hasta Elche, donde acampamos. La tienda de campaña de Carlos sólo tenía lugar para dos y Steve, en buena onda, se ofreció a dormir afuera porque yo tenía gripe.
Al día siguiente, muy temprano, nos dio aventón un señor que acababa de dejar a su esposa en el aeropuerto y volvía, con su perro, a Almería. Cruzamos Murcia, que me pareció muy seca, y luego nos dormimos, lo que no ha de haberle gustado mucho al español, que quería conversación. A cambio, su perro me estropeó el pantalón con sus huellas aceitosas.
En Almería cometimos un error. En vez de informarnos –hubiéramos averiguado que de ahí zarpaban barcos rumbo a Melilla, la posesión española africana al norte de Marruecos-, seguimos el itinerario. Y no tardamos en darnos cuenta de que tres greñudos pidiendo autostop éramos como un elefante. Más aún en la España apenas postfranquista (Arias Navarro acababa de dejar el poder y Adolfo Suárez todavía no daba color). Cuando por fin un auto se detuvo y el conductor dijo que nada más podía llevar a uno, accedimos. Yo me subí y quedamos de vernos en Adra, que era el lugar adonde iba el austriaco, un etnólogo musical muy interesado en el flamenco, que estaba recorriendo el sur de España. Fue la primera vez que oí hablar de Paco de Lucía. Se me hizo atractiva la idea de rolar con este tío, un poco a ciegas, en busca de cantaores y bailaoras de aquella España cañí, pero me tenía que ver con mis cuates.
Pasamos la noche en Adra, dándonos un leve baño de mar. En nuestro campamento, Carlos comentó:
-Hace unos días cumplí 25 años y me puse a repasar lo que ha sido mi vida. Llegué a una conclusión: estoy orgulloso de mí mismo.
Definitivamente, era argentino.
Al otro día, lo más que avanzamos fue a Motril, ya en Andalucía, y yo –ya con la gripe manifiesta en su plenitud- me quedé en un hotelito. Nos lanzábamos a pedir autostop y no era raro que se nos acercara algún campesino a platicar con nosotros con lógica de baturro, sorprendido de que viniéramos de tan lejos y todavía quisiéramos alejarnos. “No os entiendo, porque yo lo más que he viajado es a Granada, y eso fue hace 17 años”. Dividiéndonos y reencontrándonos, pasamos otra noche en Fuengirola, cerca de Málaga y al final, en un día en el que de plano no se paraba nadie a recogernos, tomamos un camión hasta Algeciras.
Cerca del mediodía tomamos el ferry de Algeciras a Ceuta: Estaba yo tomando el aire y el sol en la cubierta del ferry y, en uno de mis típicos movimientos neuróticos, revisé mi pasaporte. Para mi horror, descubrí que mi foto había desaparecido. Se había desprendido del documento y no estaba entre mis cosas. “¡No mames!”, grité. Carajo, México no tenía relaciones diplomáticas con España… ¿cómo le iba a hacer? Sentí unas cosquillas molestas en el estómago, que subían por el esófago y hasta el cogote. Como quien dice, se me subieron los güevos. Me puse a buscar frenéticamente la dichosa foto y, de milagro, la encontré en el suelo, a pocos metros de donde estaba sentado. Fui con un marinero, le expliqué mi situación y le pregunté si había algún adhesivo para pegar la foto. No lo había, pero con cuidado la engrapamos, de forma que se notara con claridad que el sello era legítimo.
En Ceuta lo primero que hicimos fue tomar un camión a la línea fronteriza con Marruecos. Allí descendimos, y había que tomar otro, que nos llevaría a Tetuán. Decenas de marroquíes y de turistas estaban en espera. Cuando llegó el autobús, la masa de marroquíes se lanzó frenética y simultáneamente a echar maletas y cartones en los compartimientos de abajo y buscar asiento. La mayoría de los turistas –primermundistas ellos- pensaron primero en meter su equipaje y luego en subir. No encontrarían lugar y tendrían que descender a sacar sus cosas y esperar otro transporte. Carlos y yo, en rápida operación concertada, hicimos lo que los marroquíes; Steve, lo que los gringos y europeos. Pero le guardamos, casi a madrazos, su lugar. Era apenas un preludio.

martes, febrero 10, 2009

Breve rosario de anécdotas italianas I (Biopics)

Duro contra el imperialismo

Vamos con Carlos Mársico al cine. El Modernissimo pasa Doctor Insólito, la gran película de Kubrick que habíamos disfrutado en algún cineclub y que le recomendamos calurosamente. A mitad de la proyección Carlos se levanta y grita: “¡No voy a ver más propaganda antisoviética!” y se retira haciendo aspavientos.

Ladrones de bicicletas

Estoy saliendo de la facultad y me encuentro a Mársico y Colashón. Me preguntan cuál es la bici de Mapes. La señalo y ellos, con sonrisa juguetona, la toman con todo y seguro y la suben en la combi con placas de Singapur de Carlos. “La vamos a llevar a casa”, dicen. Una señora grita “Ladri di biciclette!”, pero ellos ya partieron. Eduardo –quien todavía tenía otra clase- llega a casa con la cara larguísima, que se le dulcifica al descubrir su bicla recostada en la entrada. Todavía Carlos y Alberto le dicen que siempre estuvo allí, que no se la llevó a la escuela.

Bicichocones I

Voy por Via Giardini en bicla y en un semáforo –yo tengo el verde- se me cruzan un carro –que esquivo- y una anciana en bicicleta –a la que atropello-. La viejita sale con raspones, los testigos afirman, clasistas, que la culpa fue del automóvil (no es cierto, la ruca se quiso cubrir con el coche) ante los vigili urbani que llegan al lugar de los hechos. Pero el auto huyó. Ordenan que revisen a la viejita en el hospital, me piden identificación –les enseño mi credencial- y me dicen: “déjanos llevarte a tu casa, nos da mucha güeva ponernos a cuidar la salida de los niños de la escuela”. Por radio dicen: “hubo un accidente, hay un mexicano involucrado, vamos a verificar papeles”, suben la bici a su camioneta y me llevan a casa, donde nomás me depositan.

Cuando llegamos, Jorge Carreto se asoma. Ve que vengo en una patrulla y se precipita a tirar por el excusado un huatito de mota que atesoraba.

Bicichocones II

Eduardo y yo salimos una noche de vino de Cognento rumbo a Módena. Decidimos echarnos una carrerita (sería como de una hora). Ya estamos en la ciudad y Eduardo me lleva una veintena de metros. Cierro los ojos y acelero, desesperado. No debí haberlos cerrado. Me estrello contra un árbol y la rueda delantera de “Toña la Negra” (que así se llamaba mi bici) queda toda descuadrada. Yo tengo un par de raspones. Estoy a unas cuatro cuadras de casa de Anna Bernardi. Aprovecho para visitarla, y que me ponga tantito merthiolate.

Día y medio después voy por mi bici para llevarla al taller. Ya no está. Me tuve que comprar otra, de velocidades, a la que bauticé “Pamina”.

Vadillo (por fin) dispara una comida

Vamos Carreto, Mapes, Vadillo y yo a comer una pizza. Cuando llega el mesero con la cuenta, Vadillo saca un billete de diez mil liras y amablemente se ofrece a pagar.

-N’hombre, cada quien paga lo suyo –dice Mapes.

-No, que pague. Primera vez que vamos a cortar una flor de su jardín –digo yo.

Vadillo paga. Luego me pregunta cuánto dinero tengo. “Déjame ver”, digo, y abro mi cartera. “¡Faltan diez mil liras!”

-Se te cayeron saliendo de casa. Yo recogí el billete, y con ése pagué.

¿Eres de México?

Ya he comentado la primera impresión de Daniele Tomasi al saber que éramos mexicanos “¡Qué suerte, pueden leer a Neruda en su lengua original!”, y que el profesor Salvati se refirió al “bonapartismo institucional” pero eran sólo dos de las muy variadas que encontré.

“¡México! Borja. Gran nariz” –un cuate con el nos echamos una cáscara de fucho en Perugia.

“¿México? Yo tengo un primo en Texas” –un tipo en el tren.

“Allí es donde hacen edificios antisísmicos, porque tiembla mucho” –otro cuate en el tren.

“Sí, conozco a Manuel Raga, que juega basquet” –una chavita en otro tren.

“Aaaah, María Félix, gran belleza; Emilio Fernández, gran cineasta” –un señor con el me tocó compartir mesa en una fonda.

“México, la primera revolución traicionada del Siglo XX” –así nos dijo un viejo a Vadillo y a mí al salir de un restaurant.

“Oye mexicano, ¿cuántos indios has matado? –un niño al que nuestro vecinito Massimiliano le dijo de dónde era yo.

Pero la mejor es la de Franco, el papá de Claudio:

“México sí, Benito Juárez. Ví la película. Es muy buena la escena cuando van a fusilar a Maximiliano, él se da cuenta de que se reproduce la crucifixión, cede a un general el puesto de Cristo y él se pone como el mal ladrón, porque era el usurpador”.

-Oiga Franco, ¿cómo es que se acuerda tan bien de esa película?

-Porque la ví terminando el fascismo. Todo lo que ví luego de que nos pudimos quitar la venda negra se quedó grabado en mí de manera más luminosa.

miércoles, febrero 04, 2009

Biopics: Semana Santa en Roma y Perugia

En Semana Santa del 76 decidí ir con Paolo y Anna a Roma. Una de las razones explícitas del viaje fue asistir a una suerte de convención de los extraparlamentarios que andaban armando una coalición para las próximas elecciones nacionales. Allí nos dimos cuenta de que era cierto que Módena era nominalmente la ciudad más situada a la izquierda en el espectro político italiano, pero que en realidad cada partido local era más conservador que su equivalente nacional. Así, mis cuates eran del PdUP, pero eran de los menos radicales de esa agrupación, como por su parte sucedía con los comunistas modeneses. Quedamos medio friqueados de esa asamblea, Anna y Paolo pensaban que eso significaba que las organizaciones más ultra como Avanguardia Operaia y Lotta Continua les iban a comer el pastel electoral, a la hora de repartición de escaños (se votaba por un partido y, dentro de la lista plurinominal, hasta por tres candidatos); al final –como más tarde se verá- resultaría lo contrario.

Nos quedamos en casa de uno de sus cuates –un departamento laberíntico en un edificio frígido, de la era fascista-, pero con quien más rolamos fue con Clara Chiapponi, amiga de Anna de la infancia. Clara estudiaba lenguas, daba clases de natación y medía 1.82. Había incluído en su firma una hoz y un martillo estilizados, se vestía a lo marimacho, amarrándose los jeans con una reata y fumaba como chacuaco –herencia de familia, su padre trabajaba como catador de tabaco-. Pero bajo esa cubierta dura era una mujer tierna, sensible y tenía una sonrisa fantástica (los dientes frontales apenas separados). Hicimos muy buenas migas.

Esa semana en Roma llovió a cántaros. Pésimo clima para dar el rol. Lo más rescatable fueron las pizzerías a las que nos llevó Clara y las largas vueltas que dí –en el asiento trasero de su moto- por la ciudad. Esa vez comprendí que la mejor manera para disfrutar de esa ciudad inconmensurable es precisamente recorriéndola en un alegre motorino, dejando que los edificios pasen veloces por tu mirada, dejando sus formas, y su brillo (o su pátina) confundirse con las de la gente que camina apresurada; que se combinen con la sensación del viento que golpea tu rostro, rodea tus flancos y tus piernas, con los olores varios –la confitería, la pizzería, el orín de gato- y con el fresco chipichipi que de repente es chaparrón y te obliga a refugiarte en un café popular (y Paolo y yo nos vemos chiquitos junto a nuestras compañeras, varios centímetros más altas que su pareja).

El tiempo se puso tan horrendo que mejor decidimos ir los cuatro a Perugia, y quedarnos en casa de Carlos Mársico. En el tren, Clara se acurrucó en mi hombro y en Perugia Carlos nos cedió amablemente su recámara (y Clara me regaló una sonrisa inolvidable). Pasamos dos días recorriendo Perugia, que mis amigos no conocían, bajo un clima benigno, rodeados por el olor dulzón a chocolate.


En esa ocasión, entre Anna y Clara 


martes, enero 13, 2009

Biopics: Beber en la montaña

Gastronomía tradicional

Una de las actividades favoritas de los modeneses es comer. Ya nos habíamos dado cuenta con las comidas pantagruélicas en casa de Otello. Otra de sus actividades favoritas es huir de la ciudad y viajar hacia los Apeninos. Si es invierno, allí hay nieve para esquiar; si es verano, allí es más fresco; y en cualquier época del año allí hay menos niebla. Vas a la montaña, miras hacia abajo y con la vista encuentras, al pie de las últimas copas de los árboles, un mar de nubes apretadas. Buscas la zona donde más se agolpan y supones que allí está Módena.

También en el Apenino modenés lo que más se hace es comer. Había decenas de hosterías populares, y a menudo íbamos en bola los fines de semana. Modestas, típicas y alegres, casi todas ellas ofrecían el mismo menú de la gastronomía tradicional modenesa: tigelle, pinzimonio, gnocco fritto, affettati vari.

Las tigelle son una especie de sopes hechos con una harina de trigo, levadura y manteca. Se les pone una buena capa de lardo –que es, a su vez, manteca hecha con la primera capa subcutánea de grasa del cerdo, mezclada con ajo y romero- y una cantidad generosa de queso parmesano. A pesar del ajo, me encantaban.

El pinzimonio es una ensalada cruda colectiva, servida en grandísimos platos. Normalmente consta de rábanos, grandes piezas de apio, cebollines, hinojos y zanahorias, que uno va ahogando en un aliño de aceite de oliva extra vírgen y vinagre balsámico.

El gnocco fritto no se debe confundir con los gnocchi de papa y es una pasta hojaldrada hecha con ingredientes similares a los de la tigella, pero que se hunde brevemente en aceite a temperaturas absurdamente altas.

Los affettati vari son las diversas carnes frías de la región, entre las que destaca, por supuesto, el prosciutto crudo. Pero normalmente también te servían coppa (una suerte de salchicha), salame, mortadella y ceci (que es una especie de queso de puerco). Normalmente van dentro del gnocco fritto, pero como es tradición de que este tipo de comidas se acompañen con la ingesta abundante de Lambrusco, al final también se comen solos, con las tigelle o con pan y queso.


Il Capitano Puff

En una de esas ocasiones gastronómicas fuimos doce a la montaña, creo que a Serramazzoni, en la combi con placas de Singapur de Carlos Mársico. La cena estuvo particularmente rica y la bañamos generosamente con varias botellas de Lambrusco (la regla de oro dice que por lo menos debe ser una botella per capita). Ya encarrerados, nos pusimos a hacer brindis elaboradísimos y jalados. Cuando le tocó el turno a Elena, la novia de Daniele Tomasi, no sabía que decir. Alguien gritó:

-¡Brinda por lo que más te guste!

-¿Por lo que más me guste? –preguntó ella con una sonrisa pícara.

-¡Sí!

-Entonces brindo por el cazzo, que es lo que más me gusta –exclamó entre risotadas y aplausos.

Pocos minutos después, y tal vez porque nos habían escuchado, llegaron a nuestra mesa unos mecánicos del pueblo de Spilamberto, a retarnos. Contaron 18 botellas y les pareció poco. A través del reto aprendimos el juego del Capitano Puff, que se juega con los dedos, los pies, los números, la memoria y, por supuesto, el vino. Si te equivocas, te vuelven a llenar el vaso.

Nos defendimos bastante bien, hasta que le tocó el turno a Alberto, el hermano de Jorge Carreto, quien estaba de visita. Alberto –a quien apodábamos, de chunga, Colashón- hizo correctamente su juego, pero los mecánicos ya estaban en la necia e insistían en que había quedado una gota de vino en su vaso. Entonces Colashón se puso a insultarlos en español, con el problema de que en dialecto modenés existe la palabra capròun. Para evitar broncas los invitamos a que todos nos pusiéramos a bailar liscio.

A eso de las dos de la mañana la hostería estaba por cerrar y los de Spilamberto nos invitaron a seguirla en el taller. Les dijimos que sí, que los seguiríamos, pero el tonto de Daniele se metió en el carro con ellos.

Bajamos por la montaña con Carlos conduciendo –él, que de por sí era un peligro sobrio- y con todos echando un relajo atroz con las chavas –y sobre todo con la novia de Daniele- en la parte de atrás de la combi (que no tenía asientos traseros). Según contó luego Carlos Mársico, cada determinados kilómetros se paraban los mecánicos y hacían señas para que nos desviáramos hacia Spilamberto y él ponía cara de extraviado y seguía derecho. Imagino que los aspavientos más grandes los hacía Daniele, quien terminó pasando la noche en el taller de los mecánicos.

Terminamos en nuestra casa, en Modena Est. Bajamos a Claudio Francia en calidad de saco de papas (más por su costumbre de dormir temprano que por el exceso de vino) y proseguimos el desmadre. Aunque la cosa entre Carlos y Elena no llegó a mayores, allí terminó la amistad entre Daniele y Mársico.

martes, diciembre 09, 2008

Biopics: Pasta de estrellitas

Cuando empieza a hacer frío y uno está fuera de México, es más intenso: gélido. Entonces no hay nada mejor que hacerse una sopa de pasta de estrellitas, con su consomé de pollo en polvo, servirla en una taza, sentarse en el suelo y platicar con los cuates acerca de la Patria tan lejana. Empezar recordando unos deliciosos huevitos rancheros (en realidad uno no tiene hambre, y se siente cálida la mano que sostiene la taza, pero la onda es darle vuelo a la nostalgia), pasar luego por buena parte de la tradición culinaria nacional, señalar que es incomparable. Seguir luego con otras cosas incomparables: ¿Jugadores como el Pistache Torres? ¡Ninguno! ¿Y como el Manquito Villalón? ¡Nadie! ¿Cómicos como El Comanche? ¡No hay!
-Oye güey, ¿y cómo se llama El Comanche?

-Chin, ya se me olvidó. Lo que es estar tan lejos del suelo donde he nacido.

-¡Inmeensa nostalgia invaade mi pensamiento!

-¡No volveré!

-Sí, y nooo pararé hasta ver que tu llanto ha formado…

Pasan los años y la pasta de estrellitas en una taza ya no trae recuerdos patrios, pero los mecanismos de la memoria siguen en su función y trae la sensación de calidez entre la niebla helada.


Una visita inesperada


Luciana era la más joven de la banda que se juntaba alrededor de Claudio Francia. Una chava con carácter, que había destacado como militante del Partido Comunista –y que despreciaba profundamente a la ultra- y que estaba orgullosa de su origen popular. Tal vez por estas dos últimas características, Beppe Falavigna –todo raigambre proletaria- estaba prendado de ella. Todavía no entraba a la universidad. Estudiaba por las tardes, y en las mañanas trabajaba como cartero. Casualmente, cubría nuestra zona.

Una mañana en la que la niebla y las sábanas me impidieron despertarme a tiempo, Luciana llegó a entregarme personalmente una carta certificada que enviaba Carlos Mársico desde Perugia.
-Aquí escribí que te la entregué a las 11. Son las nueve –me dijo, sentándose en el borde de mi colchón.
Me levanté y puse el disco de Tubular Bells (qué prejuicios ni qué nada). Regresé a la cama. Ella ya estaba bajo las cobijas.


Un congreso, un dogmático y un trago de rompope

Dos días después de aquella visita, Beppe y yo partimos a Chianciano Terme para asistir a un congreso sobre Gramsci, del que él me había hablado desde hacía días. Beppe acababa de dejar el PdUP para inscribirse al PCI y tenía una gran hambre de conocimientos propios de su nueva condición. En el camino fuimos escuchando música latinoamericana –los casetes de Vadillo- y Beppe hacía que yo le tradujera. Y yo le traducía la canción del yuyito que había crecido en la roca, pensando ora cómo le digo a este cuate que está clavado con ella que Luciana se acostó conmigo. Y mejor seguía traduciendo.

En Chianciano logramos que nos dieran un cuarto que no había sido ocupado y asistimos a algunas discusiones interesantes (qué se entiende como “intelectual colectivo”) y otras no tanto (que bordaban en los conceptos estructuralistas). El tipo que me pareció más serio fue Giuseppe Vacca.


De ahí dimos un salto a Perugia, a visitar a Carlos Mársico. Tenía nuevos inquilinos, entre los cuales destacaba un cubano, Juan Iñurrieta, que en muy pocos minutos me cayó muy mal. En las horas que estuvimos ahí se armaron –tipico de la casa de Mársico- tres discusiones colectivas sobre temas políticos.

La primera fue sobre la liberación femenina, y –para desesperación de una polaca y una francesa- Iñurrieta decía que hay trabajos que no pueden hacer las mujeres, porque su prioridad es la familia.

-En Cuba tenemos una frase muy revolucionaria: la familia es la célula de la sociedad.

La segunda fue sobre la diferencia entre compañero y amigo, que se prestaba a profundidades personales. Iñurrieta dictó cátedra:

-En Cuba hay una definición muy clara: el compañero lo decide el Partido, el amigo lo decides tú.

La tercera fue sobre el papel revolucionario de los homosexuales. Había un venezolano gay que alegaba que la sexual era parte de los procesos de liberación en marcha, y eso para Iñurrieta era inaceptable:

-Los hombres como el Ché; las mujeres, como Tania. ¡Nada en medio!

Cuando alguien disentía de él, Iñurrieta –supuestamente haciéndose el gracioso- sacaba una libreta de taquigrafía y decía: “Mira que voy a apuntar lo que estás diciendo en mi libretica”. La enésima vez que sacó la frase, le dije: “Apúntame de una vez, que tienes alma de policía”.
Iñurrieta, como es obvio, se encabronó (creo que sobre todo porque lo evidencié) y, aprovechándose de que el ingenuo de Beppe le había dicho que yo era hijo de cubanos, me acusó de apátrida.
-Para ti sólo hay de dos: o revolucionarios, o gusanos –le dije-. Eres un dogmático. Yo soy un mexicano revolucionario y tú eres un cubano pendejo.

Acto seguido me despedí de Mársico y nos fuimos. Iñurrieta me siguió hasta la puerta, gritándome “Apátrida”.

Por supuesto –como en su momento me lo confirmaría Carlos- Iñurrieta ha tenido una carrera muy provechosa en el servicio diplomático cubano.


De regreso a Módena, otra vez me punzaba la pena insistente de decirle a Beppe lo que había sucedido entre Luciana y yo. Pinche Beppe. Se lo dije al llegar, entrando al bar junto a la casa. Se le tensaron las quijadas.

-Merda! –exclamó, y pidió un rompope.

miércoles, julio 09, 2008

Biopics: Victorias y despedidas

La vittoria del Vietnam illumina il Primo Maggio

Uno de los pósters que adornaban mi cuarto era la reproducción de una pintura al estilo naif-revolución-cubana en la que se veía al tío Ho Chi Minh leyendo (supongo que un texto marxista) entre los juncales, junto a un lago. A su alrededor, en muy diversos idiomas, la consigna: “Vietnam vencerá”.
El primero de mayo de 1975 la portada de la edición extraodinaria de L’Unità tenía como titular: “La vittoria del Vietnam illumina il Primo Maggio”. El gobierno títere de Saigón había capitulado y lo que quedaba del ejército estadounidense había salido del país. Recorté la cabeza y la pegué en un espacio blanco en la parte inferior del afiche.
En las calles rojas de Módena se respiraba un ambiente de doble fiesta. En la sede del Pdup ondeaban banderas del Vietcong. Casi 21 años habían pasado de la batalla de Dien Bien Phu y, así como se habían largado los franceses, el heroico pueblo vietnamita había corrido a los gringos.
“Los yanquis tienen morteros, tienen bombas y fusiles, y generales por miles, pero no tienen corazones. Los vietnamitas son chiquititos, sí, pero con unos corazones, así de grandes así, así de grandes, así”.
Luego del mitin –que me pareció magnífico, sobre todo porque –a diferencia de México- los obreros no le daban las gracias al Señor Presidente, tomamos el tren a Perugia. En casa de Carlos hubo fiesta. Y al día siguiente, en casa de Topino Castrilli, nos solazamos viendo por televisión las imágenes de la caótica huida. Hay una escena que se me quedó pegada en la mente. Está tomada desde un barco militar de Estados Unidos. En él, los conscriptos también festejan el fin de esa guerra de pesadilla. Hay un grupo de rock, formado por soldados sin camisa, que toca Jumpin’ Jack Flash. La cámara voltea hacia el mar. En una barca, un sacerdote vietnamita y una docena de personas elevan las manos, implorando, para que les permitan subir a la nave. Aparece, entre risotadas, el dedo medio de Topino:
-Prete di merda! –exclama con una sonrisa, mientras le mete el dedo a la imagen catódica.

Bye Bye Janette

Pocos días después, se cumplió un año de la llegada de Janette a Italia. Eso quería decir que tenía que tomar el avión de vuelta, si no quería perderlo. Se fue sin mucha convicción, pero no había hecho nada para quedarse. No había autentificado los papeles de estudio que le enviaron sus padres, no había buscado seriamente lugar en alguna escuela de artes (que era su intención explícita inicial), ni tratado de encontrar trabajo. Era como una boya que se movía de acuerdo con mi marea. Era buena onda, pero su abulia y su dependencia eran agotadoras. Dejó una maleta con ropa “para cuando volviera”, aunque ambos sospechábamos que no lo haría. No volveríamos a vernos jamás.
El día anterior a su partida, fuimos a Roma. Nos quedamos en una pensión triste. Hicimos el amor por última vez y a la mañana siguiente la fui a dejar al aeropuerto. Regresé a la pensión y lloré por horas.
Luego tomé el tren de regreso, una corrida extraña Roma-Parma, en un vagón desclasado de primera (amplios asientos de terciopelo raído). Durante ese viaje sentí una sensación de liviandad. ¿Era acaso porque me sentía vacío? En realidad me había vaciado por el llanto: era porque me sentía ligero.

miércoles, junio 25, 2008

Biopics: Funerales rojos

Corría el mes de abril y Carlos Mársico nos invitó a una convención de estudiantes izquierdistas latinoamericanos en Italia. Sería en pocos días, en Florencia. Decidí ir con Janette, y aprovechar la breve estancia para dar una turisteada por la ciudad de Dante. Paolo Mori, novio de Francesca Bucciarelli, y quien estudiaba allí, me prestó las llaves de la casa que compartía con otros jóvenes, muy cerca del Palazzo Pitti.

Apenas salimos de la estación de trenes, nos percatamos de que había un ambiente muy denso. No sólo corría abril, sino también un momento duro de aquellos “años del plomo”. Días antes dos muchachos de extrema izquierda habían sido asesinados por fachos en Milán. Pasamos enfrente de la iglesia de Santa María Novella y hacia nosotros se dirigía una marcha, que el código de vestimenta identificaba como ultraizquierdista. Los anorak verdes, las botas militares, las bufandas oscuras, y también muchos rostros ocultos. “Almirante come Falvella/ con un coltello nella budella!”, decía la consigna que gritaban, regocijados: Almirante (el líder nacional del MSI) como Falvella, (un militante fascista muerto por la extrema izquierda): con un cuchillo en las tripas. La tarde y la marcha tenían, efectivamente, una atmósfera plúmbea. Camino a casa de Paolo nos topamos con otro grupo de manifestantes antifascistas. Similar vestimenta, semejantes consignas violentas. También vimos pequeños camiones de policía estacionados.
Nos instalamos en la casa de estudiantes, y dimos luego un recorrido por los jardines del Pitti, por el Ponte Vecchio y la orilla del Arno. Yo quería imaginar el momento en el que Dante conoció a Beatriz.
Regresamos a descansar mientras, no muy lejos de ahí, había encontronazos violentos entre policías y militantes de los llamados “Comités Autónomos”, de extrema izquierda. A la mañana siguiente, los diarios relataban que en esos choques resultó muerto, de un balazo, Rodolfo Boschi, militante del PCI. De inmediato surgieron dos hipótesis: en una, había sido asesinado por agentes de policía vestidos de civil; en la otra, por el fuego de los Autónomos. Había incluso un ultra acusado, un tal Francesco Panucci. La mayor parte de las versiones apuntaban a que Boschi era ajeno al enfrentamiento. Vivía por ahí, y salió a cambiar su auto de lugar, porque algunos vehículos habían sido destruídos.

La convención de estudiantes de América Latina se llevó a cabo con normalidad. Pusimos un pequeño stand con las monografías políticas elaboradas por la ADELA, que se vendieron bien. A Janette la confundieron tranquilamente con mexicana. Y, como buenos latinoamericanos, nos acabamos peleando.
Sucede que uno de los ponentes era un militante del MIR chileno, organización a la que nosotros teníamos ubicada como corresponsable política del golpe. Se aventó un análisis perfectamente maniqueo y concluyó que la única respuesta era el levantamiento violento contra el capitalismo, con una consigna que escuchaba yo por primera vez: “La izquierda armada/ jamás será aplastada”. Intentó, con cierto éxito, que el público –compuesto en su mayoría por italianos- la coreara. Entonces me levanté y grité: “¡La izquierda aislada/ jamás será escuchada!”, que fue una consigna que me salió como respuesta inmediata (y que años después utilizaría en México). Carlos empezó a alegar en italiano que era muy fácil hablar de lucha armada desde la comodidad europea y con subvenciones democristianas (un madrazo a la OSLAI, que era la organización rival de la ADELA), y afirmó que en Chile, como en el resto del continente, se requería de coaliciones populares y democráticas para acabar con las dictaduras. Se armó el griterío y una efímera discusión. A la postre, como buenos mencheviques, los de la ADELA nos retiramos. La historia nos daría la razón, pero esa tarde éramos claramente minoritarios.

En la noche serían los funerales de Rodolfo Boschi, con una ceremonia en la Piazza della Signoria, el corazón histórico de Florencia. La plaza estaba llena, miles de personas. Varios jóvenes nos sentamos en una esquina, en los escalones de la Loggia dei Lanzi. Yo estaba exactamente debajo de la estatua de Perseo con la cabeza de Medusa.
La llegada del féretro, que se mantenía en lo alto y que estaba envuelto en la bandera roja del partido, con la hoz y el martillo, fue impresionante. Llovían claveles. Había un ambiente de conmoción. Entonces habló el alcalde.
Florencia era una ciudad de izquierda, gobernada por una coalición de los partidos socialista y comunista; el alcalde pertenecía al primero. Hizo el elogio del joven progresista, pero en un determinado momento lanzó su verbo contra los autónomos y culpó directamente a Panucci. Exculpó, implícitamente, a la policía.
De la zona donde yo estaba surgieron silbidos. De inmediato se volvieron hacia nosotros miradas durísimas de señores cincuentones que tenían una pañoleta roja al cuello. Ese paliacate era signo de que eran viejos partisanos, que habían resistido con las armas al fascismo y a la ocupación nazi en la II Guerra Mundial. Casi todos los partisanos pertenecían al ala tradicional del PCI. Se generó entonces una discusión a gritos:
-“¡No fue Panucci, fue la policía!”, decía un chavo tras de nosotros.
–“¡Ustedes cállense, no sean cómplices del fascismo!”, contestó un viejo partisano.
–“Los cómplices son ustedes”, respondieron.
La discusión pasó de ahí al “imbéciles”, “viejos apendejados” y “extremistas hijos de puta”. El ataúd con la bandera roja seguía ahí, en el mismo panorama visual que el David de Miguel Ángel. Decidimos alejarnos, pero la cosa no pasó de las palabras.

Con el tiempo se comprobaría que quien mató a Rodolfo Boschi fue un policía vestido de civil, de esos que se suponía no existían. Lo condenaron a ocho meses de cárcel, por exceso en el uso de la fuerza. A Panucci lo condenaron por delitos menores, a diez años en prisión. Han de haber sido muchos delitos menores.

Al otro día terminamos nuestro “tour dantesco” por Florencia y tomamos, junto con Carlos, el tren a Módena. A nuestro compartimento se subió un señor bigotón, muy serio, que a los pocos minutos de marcha, se salió, dejando su maleta. La siguiente parada fue en Prato, muy cerca de Florencia. La reacción de Carlos y mía fue inmediata. Salimos a verificar que el bigotón siguiera en el vagón, no fuera a ser que la maleta contuviera una bomba. El señor estaba en el compartimento de junto: se ha de haber cambiado de lugar porque nos vio sucios, greñudos, con pinta de izquierdosos y hablando un idioma extranjero.

jueves, junio 05, 2008

Biopics: Beca, pasaporte y una Combi con placas de Singapur

En febrero de 1975, Edmundo Flores dejó Italia y se fue a representar a México en La Habana. Cumplió su palabra de cerciorarse que nuestra situación estaría arreglada, porque antes de su salida nos llegaron las becas atrasadas. Eso sí, típico de la época de Echeverría, venían con su recortadita. Nos habían prometido 300 dólares mensuales; nos dieron 3 mil pesos, que equivalía a una disminución del 20 por ciento. Pero como llegaron nueve meses de un jalón, y se estableció un sistema para el cobro trimestral (a mí me tocaría ir a Roma por las becas de los de Módena y la de Castañares), estábamos felices. Adicionalmente, obtuve la reposición de mi pasaporte y hasta el resello de la cartilla militar. Ya era gente de nuevo.
De entre lo primero que hice con esa lana fue comprar un tocadiscos de los más baratitos. Era una delicia volver a escuchar música almacenada por tanto tiempo. Carreto puso sus discos en mi tocadiscos, pero se dio cuenta de que un muelle chirriaba tantito a la hora de poner la aguja. Tardo poquísimo en decidir que no arriesgaría sus discos en mi aparato y se compró un estereo en forma.


Poco después llegó Carlos Mársico de visita a Módena. Vino en una Combi maltrecha, con placas de Singapur, que acababa de comprar a un aventurero. La puerta del conductor no cerraba y Mársico la sostenía desde adentro con una cuerda. El problema era hacer los cambios de velocidad, porque Carlos no tenía la fuerza para hacerlo con su pierna mala, así que empujaba la pierna con el brazo (y la mano seguía agarrando el mecate para que la puerta no se abriera). Todo un espectáculo. Se complacía en cruzar el centro histórico –vedado para todo vehículo, menos para turistas rumbo a sus hoteles- y hacía que todos pusiéramos cara de que estábamos perdidos. La fijación de Carlos por romper las reglas por puro gusto era siempre refrescante.
También anduvimos en bicla y Mársico tenía un estilo particular. En primer lugar fumaba mientras pedaleaba. Y en segundo, no se frenaba nunca: si se acercaba a un alto empezaba a hacer meandros, cada vez más despacio, de forma que antes de que llegara se volviera a poner el verde. Así no tenía que hacer el esfuerzo de arrancar, que le costaba trabajo. Janette y yo le enseñamos las reglas del beisbol, en un juego a tres (pitcher, defensivo, bateador, dos bases) con bola de goma y bateado con el brazo, en el que nos divertimos montones.
Pero lo que más hicimos durante su estancia fue platicar, beber y fumar (aunque de repente para comer, el flaquísimo Carlos enloquecía y se zampaba un litro entero de yogurt de malta). Una parte de las pláticas era sobre la evolución de la situación en Portugal, que se había radicalizado tras la “Revolución de los Claveles”. Mapes y Carreto, quienes a diario se chutaban todas las noticias al respecto en Il Manifesto, estaban enteradísimos. Otra, que recuerdo bien, era sobre el carácter de la represión política. Carlos argumentaba que era parte natural de la lucha social, y señalaba que cuando militas por un cambio radical, de alguna forma estás pidiendo la represión, que es la primera respuesta que se le puede ocurrir a la burguesía. Lo otro –es decir, el pasaje de la guerra sucia o abierta a la política democrática- era sólo posible porque había posiciones intermedias; de ahí la importancia –decía- de que las fuerzas revolucionarias hagan alianzas estratégicas con las reformistas. Cuando el radical le dice al moderado: “a un lado, a un lado reformistas”, lo que está haciendo es quitar el colchón protector. Es evidente que hablaba a partir de la experiencia argentina, pero pocas veces era específico: digamos que sus frases eran apotegmas aplicables para cualquier condición. La portuguesa, por ejemplo.

También Castañares pasó por la neblinosa ciudad en la que vivíamos y fue víctima del Loco Daniele, quien se le pasaba haciéndole cosquillas. Ahora que la beca había llegado, Casta se disponía a comprar sendos abonos en La Scala y el Piccolo Teatro de Milán. De los más baratos: hasta arriba y de pie. En sucesivas visitas nos contaría de algunos espectáculos que vio y que nosotros sólo conocíamos a través de L’espresso, una de las tantas publicaciones a las que éramos ya asiduos.

En esos días de finanzas resanadas, Janette y yo dimos un paseo de fin de semana por Venecia. La luz del invierno tardío era extraordinaria, como de quimera, como si la ciudad estuviera saliendo de su carácter fantasmal. Las fotos que tomamos eran buenísimas, pero ella se quedó con todas.

jueves, febrero 28, 2008

Biopics: Perugia revisitada: sobreviviendo con Mársico

En Perugia, Carlos y Lynn ya habían regresado de su viaje al otro lado de la cortina de hierro. Mársico nos ofreció el cuarto más pequeño de su depa, y lo aceptamos con gusto. Los otros habitantes eran una pareja de judíos gringos que acababan de regresar de un kibbutz y un obrero/estudiante italiano.
Las semanas que estuvimos allí fueron muy divertidas, pero sobre todo encerraron muchas lecciones para la supervivencia con recursos escasísimos, arte en la que Carlos Mársico tenía doctorado honoris causa.
Los principales ejemplos están en la comida. Con Mársico aprendí a cocinar la “sopa eterna”. Consiste en llenar una cazuela grande de agua, hervirla con harto consomé de pollo y vegetales, agregarle vegetales en oferta, pescuezos de pollo y pasta chiquita. Agregar más agua al remanente después de comer, también las sobras de cualquier posible plato principal (arroz con verduras, digamos), echarle col, más consomé, tal vez alguna papa… y así ad infinitum. También a combinar el arroz con todo: con atún, con chícharos, con papas. Aprendí a que si el tocino está de oferta, vale la pena esperar otro día, porque estará todavía más barato. Que el precio del vino campesino se puede regatear. Y que la mejor leche es el chorrito minúsculo que se le echa al té inglés.
A cambio de esa comida espartana, los lunes nos íbamos al Perugina a comer una pizza y tomar una chela, porque Carlos le había conseguido la chamba al mesero. Nos chutábamos cuatro y el cuate nos cobraba una. Si llovía en el entretiempo, Carlos agarraba con total calma un paraguas ajeno –había un depósito colectivo en la entrada; los italianos tienen un pedo severo con los paraguas abiertos- y nos regresábamos bien protegidos. Leíamos L’Unità en el Turreno, donde había varias copias. Y el montón de revistas a las que Mársico se suscribía sin pagar.
En el baño del departamento de Carlos había unas instrucciones escritas como en ocho idiomas –incluído el árabe- que dejaban la impresión de que si te bañabas con agua caliente te ibas a electrocutar. Nos confesó que era para que los huéspedes usaran poco gas. La cuenta de electricidad era reducida, porque Carlos le metía una tarjetita al contador, que alentaba el movimiento de la rueda (tenía medida la fecha en que llegaban a verificar y sacaba la tarjeta cinco días antes). Aprendimos a ahorrar en jabón, en café y en pasta de dientes. Y también qué días estaba menos atestada la Alberca Comunal.


Complots para una revolución sin (mucha) sangre


De repente íbamos a fiestas o reuniones de cuates. A la casa del griego anarquista que vive con una danesa trosquista. Adonde Topino, el líder juvenil del PCI en Perugia. Con los compañeros africanos (y Ahmed quiere ligarse a Janette recitándole la letra de Piccola e Fragile, de Drupi, que se escuchaba a todas horas en las rockolas, como si fuera de su inmediata inspiración).
Pero esencialmente estábamos en casa, platicando de mil cosas. De entre ellas, la más recurrente era una combinación de fantasía política y Maquiavelo. En nuestros países, a diferencia de Italia, la ideología socialista era vista con recelo de parte de las masas. Mársico contaba que una vez –en alguna de tantas dictaduras argentinas- intentó repartir propaganda del PRT en el Parque Palermo. Nadie lo pelaba. Entonces cambió de táctica y, al momento de repartir el volante, susurraba “¡Viva Perón!”. Todo mundo lo tomaba, y algunos con entusiasmo.
Lo que inventábamos, pues, eran historias a través de las cuales triunfaba una revolución socialista que no se presentaba inicialmente como tal, sino como un movimiento político de liberación nacional. Armábamos nuestras quintacolumnas en los medios, colocábamos a “cuadros reservados” en los partidos burgueses, cabildeábamos con los gobiernos extranjeros, armábamos provocaciones de la derecha que enardecían a las masas, terminábamos instalando un régimen sólido, que sostenía formalmente las libertades democráticas, pero las acotaba en distintos momentos por razones de interés nacional. La dictablanda perfecta, hecha por unos jugadores de ajedrez que suponían que el rival iba a responder una a una sus movidas y no desarrollaría una contraestrategia integral.


Inventamos el Risk

En esa magia estábamos, cuando inventamos el Risk.
Lo digo sin rodeos. A lo mejor a alguien, del otro lado del océano, se le ocurrió lo mismo y lo patentó. Pero nosotros hicimos un juego igualito.
Sucede que una vez nos pusimos –con un venezolano más fanático de las armas que de la liberación de los pueblos- a medir, a ojo de buen cubero, el potencial de cada uno de los ejércitos del mundo.Y en la noche Carlos y yo empezamos a desplegar ese potencial en unos mapas que nos pusimos a dibujar. Se nos ocurrió que podríamos mover los ejércitos a partir del valor de una carta escogida al azar.
Al otro día, tempranito, fuimos a comprar botones en grandes cantidades. Los botones blancos representarían a Estados Unidos y sus aliados incondicionales; los amarillos, a la OTAN; los verdes, a los países no-alineados del Tercer Mundo; los rojos, a la Unión Soviética y los países del COMECON; los azules, a China y sus aliados; los rosados, a la India, y su especial posición política.
Desplagamos los botones y –como veríamos después en el Risk- dividimos a los países grandes (EU, URSS y China) en varias zonas. Decidimos que para que una nación pudiera invadir a otra, era necesario que dejara dos botones de destacamento para controlar la resistencia interna (o sea, Estados Unidos necesitaba meter siete botones en México para destruir a su ejército de cinco botones y mantener dos botones contra la insurrección civil) y que, por el momento, sólo se utilizarían armas convencionales (más tarde introdujimos bombas nucleares de capacidad limitada, representadas por piezas de ajedrez).
El primer juego fue de cuatro personas y podría llamarse “clásico”. Un jugador manejaba EU y la OTAN; otro, a la URSS, un tercero a China y el cuarto al Tercer Mundo y la India (con tres jugadores, la India pasaba al lado de la URSS y el Tercer Mundo al lado de China).
Yo escogí jugar del lado de los gringos. Mi primera impresión fue que habíamos inventado algo genial. De inmediato te dabas cuenta de que no tenías nada que hacer en Vietnam, que tenías que reforzar Israel hasta los dientes y que una buena estrategia era utilizar Sudáfrica para irse metiendo hacia la Península Arábiga. Por otra parte, los enormes ejércitos de la OTAN y el COMECON sólo servían de disuasión: cualquier intento de comerte un país de Europa del Este hubiera resultado carísimo, con gran pérdida de tropas. Carlos inició jugando con la URSS y un punto interesante es que su mejor táctica era invadir Centroamérica desde Cuba. A partir de ahí podía amenazar a Estados Unidos (y México se volvía un lugar estratégico) y meterse en América del Sur (no llegaba más lejos que Perú, porque Estados Unidos desde África enviaba tropas a Brasil). China terminaba enfrascándose en una guerra muy larga para controlar el este asiático y sólo podía avanzar a partir de errores tácticos de los soviéticos. India no salía de perico a perro y el Tercer Mundo como fuerza independiente crecía y se achicaba, pero tampoco podía meterse en las zonas de los dos grandes. Hemos de haber jugado como quince horas seguidas, al final de las cuales el mapa mundial había cambiado muchas veces para terminar casi como había empezado.
Luego invitamos a Topino y otros cuates, para juegos de a seis, y empezamos a ver un patrón. Cuando Topino fue la URSS abrió frentes en muchos lados y terminó desapareciendo: notamos que ese era un flanco débil de la Unión Soviética. Los siguientes jugadores fueron más cautos, pero eso sólo significó que tardaban más tiempo en perecer. En algunos juegos, Estados Unidos se quedaba con casi todo (la OTAN tomaba Europa del Este y la URSS, China, la India y el Tercer Mundo se quedaban con fronteras disminuídas); en otros, EU y China se distribuían el planeta, con los gringos llevándose la parte del león. La perdición de la URSS en el juego global tenía dos palabras: Asia Central. La táctica ganadora de EU tenía dos precondiciones: asegurar el control de las Américas y tomar el de la Península Arábiga (que se podía hacer de dos formas: la costosa, a través de Israel; la económica, desde el Cuerno de África). Por cierto, no era necesario acabar con Cuba, bastaba rodearla para hacerla inocua.
No teníamos vocación empresarial. Debimos haber patentado el jueguito.


El güey que llegó de vacaciones


A casa de Carlos recalaban todo tipo de personajes. Del cuate que trabajaba seis meses en un barco pesquero en Islandia para echar la güeva la otra mitad del año, al argentino maoísta pero pro-sionista con el que Carlos acaba gritoneándose.
Pero hay uno que solamente vi una vez y resultó inolvidable. Un hippie de izquierdas que se había echado un buen rol por el Oriente. Estas fueron sus conclusiones tras ese verano de 1974:
“En Líbano hay palestinos, pero no hay un movimiento socialista digno de ese nombre. Han llegado a un acuerdo de convivencia con Siria y con Israel. A todos les conviene, porque allí está la lana. Así como nadie se mete con Suiza, nadie se va a meter con Líbano…
“Irán es el último país en el que va a haber una revolución. Lo que ha hecho el Shah es darle un chingo de hashish a los jóvenes, y nada más piensan en eso. El Shah es muy astuto, los tiene adormecidos…
“Pero adonde yo quiero comprarme una casita, porque es un lugar a toda madre, pacífico, barato, para vivir a gusto, es en Kabul”.


Janette se quema


Un día a Janette se le cayó una taza de té hirviendo en el pie. Le echamos pomada y le seguía doliendo. Más pomada y aún le dolía. Decidimos que teníamos que ir al hospital. Entonces Carlos nos dice: “Vayan al Policlínico, pero lleven L’Unità: si los médicos y las enfermeras ven que son compañeros, los van a tratar mejor”.
Tomamos el camión, llegamos al Policlínico y agité abiertamente el periódico del Partido Comunista mientras explicaba lo que le había pasado a Janette. Sacaron una ambulancia para llevarla de una parte a otra del hospital. Allí la curaron. Nos preguntaron si teníamos seguros y dijimos que no. Para ellos eso era una novedad. No tenían idea de cuánto cobrar o de cómo hacerlo. Nos dieron las medicinas gratis; las medicinas correctas, porque Janette era alérgica a la penicilina.
Cuando regresamos –yo, impresionado por la incapacidad de los médicos para cobrar y su disposición a darnos los medicamentos, no sólo la receta- le platicamos a Mársico lo que había sucedido. Él sentenció con una tremenda sonrisa: “lo de la ambulancia fue porque enseñaste el periódico del Partido”.