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jueves, abril 16, 2026

(E)Lecciones húngaras


 

Las recientes elecciones húngaras han llamado la atención porque han puesto fin a 16 años de un gobierno populista y crecientemente autoritario, encabezado por Viktor Orbán y su partido Fidesz (Alianza Cívica), de ideología cristiano-nacionalista abiertamente derechista. Implican un cambio de balance en Europa, donde Orbán era una piedra en el zapato en la UE, por sus posiciones pro rusas. Pueden también ser un indicador de que el populismo está experimentando una regresión en la lógica del péndulo político. Y nos recuerdan que el populismo autoritario, a diferencia de una dictadura pura y dura, puede ser derrotado en las urnas.

Orbán llegó ser primer ministro húngaro en 1998, en una coalición de centro-derecha. En 2002 perdió las elecciones ante los socialistas, pero en 2010, aprovechando el descontento social provocado por la crisis económica ligada al shock financiero de dos años atrás, regresó al poder. Su ascenso significó el fin del gobierno del Partido Socialista Húngaro, organización socialdemócrata y pro europea.   

En 2010 el Fidesz se había radicalizado. Una parte importante del discurso de ese partido se fincaba en el nacionalismo extremo, con una xenofobia particularmente dirigida a los judíos, vistos como “especuladores extranjeros” y contra las elites de poder, que -en esa visión- eran encarnados por el financista húngaro-estadunidense George Soros. Fidesz y Orbán se presentaron como la encarnación de los deseos del pueblo trabajador húngaro.

Esa victoria fue arrolladora. Fidesz obtuvo la mayoría constitucional y Orbán la utilizó ampliamente. De hecho, se redactó una nueva Constitución, a la que se le hicieron cambios y adiciones según las necesidades del partido. Esto incluyó, entre otras cosas, la fijación de valores tradicionales y cristianos en la carta magna, una reforma judicial con la depuración de jueces desafectos al régimen y una serie sucesiva de cambios a la legislación electoral.

Entre estos últimos destacan, primero, la reducción del número de diputados (ahorro para el pueblo); después, el cambio en la proporción entre diputados de mayoría y de lista (menos pluris, más unis) y el rediseño a contentillo de los distritos electorales; finalmente, la “compensación al ganador”, mediante la cual los votos “sobrantes” de los ganadores de distrito pasan a engrosar a su partido en la elección plurinominal. Dichas reformas sirvieron para que el Fidesz mantuviera la mayoría constitucional calificada aun en elecciones donde obtuvo menos del 50 por ciento de los votos, como sucedió en 2018 y 2022.

Esto, más el control cada vez más estrecho de los medios de comunicación, y sumado a una política de subsidios directos a la población, permitió a Orbán presumir de una “democracia iliberal” que permitía su reelección constante. Su modelo fue visto como EL ejemplo a seguir por todos los populistas del mundo (muy abiertamente, por aquellos situados a la derecha del espectro político; en la práctica, también por los que se dicen de izquierda). Parecía que permitiría eternizarse en el poder a un personaje que llegó por primera vez a la jefatura de gobierno a los 35 años y que ahora tiene 62.

¿Qué pasó ahora? Hay al menos cuatro elementos que explican lo sucedido.

El primero es que cambió la oposición. En las primeras ocasiones, las victorias de Orbán fueron contra los partidos tradicionales que precedieron la victoria del Fidesz, ya sea los socialdemócratas o los conservadores liberales. Derrotó incluso, en 2022, a una suerte de “coalición arcoíris” de partidos unidos sólo por el antiorbanismo, y que tenía un candidato independiente. Ahora se trata de un partido, el Tisza (Respeto y Libertad), creado por un disidente del Fidesz, Peter Magyar, ex ministro de relaciones exteriores de Orbán.

Magyar se alejó del partido y de Orbán a partir del perdón concedido por la presidencia a un pedófilo, renunciando a los puestos que tenía en empresas estatales y denunciando la corrupción que había enriquecido enormemente a varios cercanos a Orbán (en el camino, su esposa, entonces a la cabeza del Ministerio de Justicia, perdió el puesto, y Magyar, su matrimonio).

El caso es que esta oposición no tiene grandes diferencias ideológicas con Fidesz, en el sentido de que es conservadora y nacionalista, pero centró su campaña en tres aspectos cruciales: una, el ataque al “Estado mafioso” de Orbán, hecho a partir de la detención de una cuota excesiva de poder y la defensa de los leales, sin importar qué delitos hayan cometido; la segunda, el compromiso de adhesión a la Unión Europea y de apoyo a Ucrania, tras la invasión rusa; la tercera, la propuesta de que nadie puede ser primer ministro por más de dos periodos (Orbán lo ha sido por cinco). Esto le bastó para hacerse del apoyo de electores de centro-izquierda y socialistas. También contribuyó que el Partido Socialista haya decidido no presentar candidatos y llamado a votar por Tisza: la prioridad era sacar a Orbán; eso es algo que difícilmente puede suceder en otros países con gobiernos populistas autoritarios.

Una característica de Tisza es que no intentó consolidar sus apoyos en las zonas que habían mostrado oposición a Orbán, tradicionalmente asentadas en las grandes ciudades, sino que hizo mucho trabajo de campo en las regiones donde Fidesz tenía una clara hegemonía: en los pueblos pequeños y en la campiña.

El segundo elemento es que el periodismo independiente de investigación, el poco que quedaba en Hungría, hizo su trabajo, documentando, por un lado, los múltiples casos de corrupción gubernamental y, por el otro, la relación de dependencia de Orbán respecto a Vladimir Putin. Puso el dedo en la contradicción entre los discursos nacionalistas y soberanistas del húngaro con su sumisión respecto al ruso… y los húngaros no olvidan la invasión soviética de 1956. El sentimiento antirruso ayudó a Tisza.

El tercer elemento es que la victoria de la oposición fue amplia. Durante el día de la elección, los medios públicos y los youtubers controlados por Orbán empezaron a hablar acerca de un fraude orquestado por los europeístas. Lo hubieran usado en caso de un resultado cerrado. Cuando se dieron cuenta de que la diferencia era muy grande, se quedaron sin palabras (porque sólo se sabían el guion).

El cuarto es que Orbán recibió el beso del diablo. Tal vez fueron tóxicos los apoyos que recibió de la ultraderecha europea, de Meloni a Abascal, de Le Pen a Wilders. Pero lo que acabó de estropearlo fue el espaldarazo de Trump y Vance, que no significan más que desprestigio.

A esos cinco elementos hay que añadirles una paradoja. La sobrerrepresentación que Orbán armó, con su reforma electoral, para consolidar un largo régimen del Fidesz, ahora ha pasado a Magyar y a Tisza, que tienen la mayoría constitucional para revertir los cambios antidemocráticos. Ojalá lo hagan.       

lunes, agosto 25, 2025

(E)lecciones bolivianas


 Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Bolivia, que han dejado fuera de toda posibilidad a la izquierda populista que ha gobernado ese país por dos décadas, obligan a una reflexión que vea las características peculiares de esa nación andina, pero que también pueda ayudar a entender procesos similares en otros países.


Se preveía, desde antes del domingo, una debacle de las izquierdas en Bolivia, a partir de dos elementos. Uno es la crisis económica, marcada por una inflación de aproximadamente 30 por ciento -difícil de estimar con exactitud porque muchos productos tienen precios bloqueados-, una gran escasez de combustible, que provoca filas de más de tres horas para conseguirlo, y una escasez todavía más grandes de dólares, que limita las importaciones y pone presión sobre las finanzas. El otro es la ruptura entre Evo Morales y el presidente Luis Arce, que derivó en la presentación de una izquierda fracturada a las elecciones: dos candidatos, Eduardo Del Castillo, por lo que queda del MAS y Andrónico Rodríguez, de Alianza Popular, mientras que Evo llamó a anular el voto. 

Lo novedoso fue, en primer lugar, que el ganador de la primera vuelta no fue Jorge Tuto Quiroga, expresidente, el candidato más visible de la derecha, sino Rodrigo Paz, democristiano quien se presentó como independiente. Rodrigo Paz es hijo de Jaime Paz Zamora, quien fue, entre 1989 y 1993, presidente de Bolivia por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (a pesar del nombre, una organización de centro con rasgos populistas). La otra novedad fue el impresionante desplome del MAS, que obtuvo apenas 3 por ciento de los votos y, cuando mucho, un solo senador (tenía el 60 por ciento de escaños en la Cámara Alta). Si sumamos al MAS, Alianza Popular y el voto nulo que promovió Evo Morales, llegamos al 31 por ciento, que es menos de lo que obtuvo Paz. 

En otras palabras, asumiendo como “evistas” todos los votos nulos, las izquierdas obtuvieron poco menos de un tercio de la votación, Rodrigo Paz una cantidad un poco superior y los candidatos de la derecha abierta, el otro tercio. Paz ya recibió el apoyo del candidato que quedó en tercer lugar y va viento en popa hacia una victoria en la segunda vuelta. La pregunta ahora es cómo se hará de esa victoria.

Los datos subrayan que la división Evo-Arce no alcanza para explicar la derrota de las izquierdas. Dos terceras partes de los electores votaron por una opción diferente. 

El masismo boliviano, centrado en la figura de Evo Morales, se dirigió a su agonía a partir de dos paradojas. La primera, su excesiva dependencia respecto al líder carismático, que se revirtió cuando éste trató abiertamente de dominar el movimiento por encima de las leyes y de los otros intereses legítimos. Si escudriñamos en la votación, vemos que el voto nulo es mayor a la suma de los candidatos de la izquierda: Evo sigue teniendo arrastre, aunque esté lejos de sus años de gloria popular. No le bastó ser influyente, quería ser determinante e imprescindible , y en esa ambición ayudó al desastre. La segunda, el mal manejo de la economía, creyendo que las subvenciones sociales bastaban para asegurar el respaldo mayoritario. Alta inflación, escasez de productos y harto subempleo y desempleo terminan pesando más que los apoyos sociales, por más que estos aumenten (y tienen un límite). El crecimiento sostenido es necesario también políticamente.

Una victoria de un candidato abiertamente derechista hubiera puesto en serio peligro las subvenciones, los precios bloqueados y las transferencias directas que buena parte del pueblo boliviano considera como derechos adquiridos. Eso, a su vez, sería caldo de cultivo para una nueva rebelión y una crisis institucional, económica y social en el corto plazo. Es de suponerse que el probable triunfo de un candidato más centrista implicará cambios menos radicales. El que Paz haya ganado en las regiones donde antes ganaba el MAS es indicador de que la gente que abandonó el partido de Evo no quiere el vuelco neto hacia la derecha.

Durante casi 20 años los políticos tradicionales intentaron, sin éxito, erosionar la mayoría del MAS (si acaso, la limaron un poquito).  Ni siquiera un golpe de Estado sacó a ese movimiento del poder. Pero ahora llega un outsider, una figura emergente que no es vista (con razón o sin ella)  como parte de la vieja clase política y hace la tarea, ayudado por la combinación de circunstancias.

La clave para el futuro próximo de Bolivia está en la relación Paz-Evo. El expresidente tiene todavía el músculo político para incidir. Es posible que lo intente desde la segunda vuelta. Veremos que tanto logra hacerlo. Lo que ya no tendrá es la hegemonía. Y eso no es poca cosa.

Habrá quien quiera aplicar, tras estas elecciones, la teoría del péndulo, y piense que los gobiernos de izquierda populista (y no populista) en América Latina caerán como fichas de dominó. La tendencia existe, pero por fallas y excesos de esos gobiernos, no por una ley de hierro. Por lo tanto, sería ingenuo generalizar. 

Finalmente, una acotación. El sistema electoral boliviano es muy similar al que todavía existe en México: una parte de representantes electos por mayoría simple y otra, por listas plurinominales, de partido o alianza. La izquierda boliviana puede darse de santos de que, cuando tenía una súper mayoría, no hizo pasar una reforma electoral para acabar con la proporcionalidad. Se hubiera quedado sin un solo parlamentario.


viernes, junio 06, 2025

Elección judicial: planchazo y consenso pasivo

A continuación, tres textos que resumen mi opinión sobre la elección judicial. El primero es de un mes antes de los comicios; el segundo, a poco menos de una semana; el tercero fue escrito el día después.




Una elección sin sentido

Se acerca la fecha programada para la elección judicial y ya está en pleno el proceso de promoción del voto. En este se dice que, con la elección popular de personas juzgadoras, se trata de fortalecer nuestra democracia. Ojalá así fuera, pero no.

En los promocionales se acepta, de manera tácita, que el proceso de votación es complicado para cualquier ciudadano, al enviar al posible votante a una página de internet en donde le explican el método.

Todos los ciudadanos son iguales, pero hay algunos más iguales que otros. El 1°de junio, la ciudadanía que acuda a las urnas votará en uno de los 60 “distritos judiciales electorales”. Esos distritos judiciales no se corresponden con los 32 circuitos del Poder Judicial de la Federación ni tampoco adoptan un criterio de distribución poblacional. Se definieron de manera arbitraria y asimétrica. En esa elección no contará igual el voto de un ciudadano en Jalisco que el de otro en Chiapas. En algunas partes de la Ciudad de México, los ciudadanos que vayan a las casillas se enfrentarán a una enorme cantidad de boletas. Hay un juez en materia de telecomunicaciones que se votará sólo en uno de los distritos capitalinos y hay zonas donde no se votará por ningún juez laboral.

Las candidaturas no son ciudadanas, sino que pasaron a través de un proceso en el que la gente del partido en el poder tuvo más peso que cualquier otro actor político. Son, sobre todo, candidatos del Ejecutivo y del Legislativo, más algunos de los gobernadores (incluidos aquellos posiblemente coludidos con el crimen organizado). Y en el Senado aceptan que la criba no fue lo suficientemente buena como para evitar la presentación de candidatos con presuntas alianzas con la delincuencia .

Para la elección de jueces hay más de 200 mil solicitudes para ser observador electoral. Es claro que hay quien pretende usar esa figura para incidir indebidamente. El INE encontró que más de 32 mil de los solicitantes para observar la elección del poder judicial están vinculados a partidos o programas sociales.

Las boletas no se anularán, las boletas para las distintas elecciones irán todas a la misma urna, el escrutinio no será en casillas, el recuento se hará sin representantes políticos y, por supuesto, los resultados se darán a conocer diez días después de los comicios. Hay un problema de certidumbre.

La gente no conoce a los candidatos, y es difícil que lo haga a través de la revisión del currículum que cada uno presenta. Por más que intente enterarse, el ciudadano encontrará lagunas que le impedirán tomar una decisión informada y responsable.

La falta de información se suple con algo a lo que los partidos políticos están acostumbrados en sus grillas y elecciones internas: la lista para dar el planchazo. Por lo pronto, José Ramón López Beltrán, hijo del expresidente, ya dio su lista de “extraordinarios abogados y abogadas” que “son garantía de que viene una nueva etapa de justicia con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Está difícil que las minorías lleguen a estar representadas, porque la mayor parte de las elecciones será por bloques.

Eso es la forma. En el fondo, la reforma al Poder Judicial amenaza con eliminar los equilibrios que, por décadas, han frenado los excesos presidenciales. De hecho, es conveniente que el Poder Judicial sirva como contrapeso a las mayorías: que proteja los derechos de todos los ciudadanos. No se trata de cargos de representación política, sino de cargos de representación social, que a su vez requieren de capacidad profesional para proteger a todos.

En esta elección se busca lo contrario: de lo que se trata es de dotar de un Poder Judicial a modo para el gobierno y el partido gobernantes, al estilo de lo que sucedía con el PRI hace medio siglo. Se entrega una patente de corso a la mayoría política, que es precisamente una antítesis de la democracia. Pero en el promocional se oye muy bonito eso de que la democracia avanza.

La demanda social de una reforma judicial es añeja, porque México limita al centro con la injusticia y a los lados con la corrupción. Sin embargo, el principal problema de la justicia mexicana no sólo radica en su impartición, a cargo de los jueces; está, sobre todo, en su procuración, a cargo de las fiscalías. Mientras que la elección de jueces está lejos de garantizar una mejora, la ausencia de una reforma a las fiscalías garantiza que, entre violaciones cotidianas a los derechos humanos y carpetas de investigación mal armadas, la justicia no llegará.

Con esta reforma, se ha golpeado fuertemente la carrera judicial, que es la base de un tercer poder bien capacitado. Gana la improvisación, pero sobre todo ganan las filias y fobias político-partidistas. Con esta involución, superficialmente legitimada por una elección sin sentido, se cumplirá una parte del propósito histórico de Andrés Manuel López Obrador: todo el poder a la camarilla leal. 


El planchazo judicial y el consenso pasivo

El próximo domingo se llevarán a cabo las primeras elecciones para la renovación del Poder Judicial. Es posible que se vean largas colas para votar, pero no porque el proceso haya concitado el interés de la mayor parte de la población, sino porque habrá menos casillas que en las elecciones políticas y porque, como hay muchas boletas y el procedimiento es complicado, cada elector se tardará mucho más en marcar las boletas y depositarlas.

Según las encuestas de opinión, la mayoría de los ciudadanos está de acuerdo con que los jueces y magistrados se elijan por el voto popular. Al mismo tiempo, y a pesar de la campaña para promover la participación, el interés es escaso, debido principalmente al desconocimiento de casi todos los candidatos, a la complejidad del mecanismo y a que la gente no tiene claro de qué se trata realmente.

En otras palabras, el acuerdo no deriva de un interés real o de la creencia de que jueces elegidos serán mejores que jueces designados a partir de un concurso, de la carrera judicial o de la decisión del Congreso, sino porque se oye democrático eso de que el pueblo sea quien decida quienes serán las personas juzgadoras.

Entre menos burros, más olotes. La escasa participación ciudadana facilitará la tarea político-partidista de organizar las listas para hacer un planchazo. Ya que casi todo mundo desconoce quiénes son los candidatos, el partido le facilita la tarea al ciudadano militante o simpatizante, entregándole un listado que le indica por cuáles votar. Si el método funciona, el partido más grande -Morena, en el caso que nos ocupa- puede imponer no sólo a la mayoría de sus candidatos, sino a todos, y de esa forma avanzar en la toma del Poder Judicial y, con ello, en la destrucción de los contrapesos que requiere todo gobierno democrático.

El planchazo ha sido una práctica común en varios partidos políticos, incluso en aquellos que se precian de democráticos. El grupo más fuerte, o la dirigencia misma del partido, da instrucciones a sus simpatizantes para votar en paquete dentro de una lista abierta, y el resultado final es que los grupos menores o la disidencia se quedan casi sin representantes, o de plano sin ellos. Les pasó la plancha encima y quedaron lisos.

No abundaré en los muchos sinsentidos de esta elección. Basta con recordar que los votos de cada ciudadano no contarán igual (unos votarán por muchos jueces; otros, por muy pocos), que las candidaturas no son ciudadanas, sino que pasaron a través de un proceso en el que la gente del partido en el poder tuvo más peso que cualquier otro actor político, que la criba no fue lo suficientemente buena como para evitar la presentación de candidatos con presuntas alianzas con la delincuencia y que el escrutinio de los votos no se realizará en las casillas. El mayor sinsentido es los cargos en el Poder Judicial no son de representación política, sino social. Este poder debe proteger los derechos de todos los ciudadanos, y no servir a la mayoría política.

El caso es que, salvo unas pocas iniciativas dispersas, no hay manera de evitar que el domingo Morena y el gobierno impongan a los juzgadores que les interesan. Es prácticamente imposible que los votos diferentes perturben la supremacía de las listas, en un proceso diseñado para acabar, en la práctica, con un contrapeso constitucional.

El grueso de la oposición política al gobierno ha llamado a la abstención. Esa actitud es, al mismo tiempo, una denuncia pertinente y una confesión de debilidad extrema. Lo primero, porque efectivamente se trata de una simulación democrática que ayudará a asfixiar a la democracia. Lo segundo, porque las oposiciones son incapaces siquiera de armar una lista alternativa con perfiles de personas juzgadoras independientes del gobierno federal y su partido, una lista que muy probablemente sería planchada, pero tal vez no en su totalidad.

Un problema adicional para las oposiciones es el hecho de que la mayoría de los ciudadanos avala al gobierno federal y eso ha servido para que tenga éxito la propaganda respecto a la democratización que significa la elección de juzgadores. Tal y como están las cosas, el planchazo del domingo estará cerca del cien por ciento. Eso la pone en un dilema ante la segunda vuelta, donde se renovará a otra tercera parte del Poder Judicial. ¿Mantenerse igual para no prestarse a la farsa o promover el voto para hacer probable la victoria de algunos candidatos independientes? Tal vez los resultados de la primera vuelta les permitirán hacer un análisis sereno y definir estrategias, pero lo más probable es que no: que se siga prefiriendo actuar de manera lírica, a lo que el corazón o las vísceras dictan.

Así las cosas, la gran discusión después del domingo no será principalmente sobre los resultados, sino sobre el grado de participación, con unos afirmando que fue más que aceptable y otros diciendo que fue tan baja que es muestra de rechazo a una reforma de mala concepción y peores intenciones.

A final de cuentas, lo que importará -y en donde saldrá ganando el gobierno- son dos cosas: una, se habrá avanzado en la politización del Poder Judicial, en el proceso de convertido en un brazo más de la 4T; se habrá generado un consenso pasivo: la aceptación de las normas y valores del grupo dominante por parte de las clases subalternas. Una victoria cultural a través de la propaganda. Algo que conocimos quienes vivimos, hace ya varias décadas, bajo la férula del viejo PRI.

 

Un núcleo duro ni tan duro ni tan grande

La jornada electoral del domingo nos dice cosas acerca del país que muchos no quieren ver. Estamos lejos del discurso gobiernista según el cual el pueblo mexicano se expresó en una elección histórica y nos convirtió en el país más democrático del mundo. Estamos lejos, también, de un rechazo popular masivo a la 4T, como algunos sobreinterpretan. La participación y los resultados preliminares apuntalan la hipótesis de que el consenso alrededor del gobierno y su proyecto es, en todo caso, pasivo.

Acudió a votar aproximadamente uno de cada ocho ciudadanos. Dada la complejidad de la votación, parece que los votos válidos equivaldrán a menos del 10% del padrón electoral. La cantidad de votos nulos fue muy relevante. Según las encuestas de salida y las telefónicas posteriores a los comicios, la mayoría absoluta de quienes sí votaron fueron simpatizantes morenistas, la mitad de los cuales consideraron confuso el método. Sólo un puñado de electores se declararon de oposición y el resto se dijo no partidista. Todavía un porcentaje mayoritario de la población considera correcto que se haya elegido abiertamente a integrantes del Poder Judicial, pero ese porcentaje está varios puntos por debajo de la aprobación presidencial. Uno de cada cuatro mexicanos aprueba a Sheinbaum, pero desaprueba la elección de jueces.

La composición de los electores confirma el esperado planchazo a favor de los candidatos cercanos a Morena. El gobierno gana estas elecciones ayudado por su método: con una proporción muy minoritaria del electorado, da un paso gigantesco en la conformación de un Poder Judicial afín a él y a su partido. Esto debe interpretarse como un ulterior fortalecimiento de Sheinbaum y del grupo en el poder.

Al mismo tiempo, hay una clara disonancia entre el esfuerzo propagandístico para la promoción del voto y la asistencia ciudadana a las urnas. Nadie puede jactarse de un triunfo de la democracia con la participación de menos del 13 por ciento del electorado. Tampoco se está presumiendo músculo. A pesar de todas las maneras, sutiles o burdas, para inducir la participación, y a pesar de todos los recursos públicos gastados en el proceso, los niveles de abstención fueron muy altos. El núcleo duro y activo del morenismo es más pequeño de lo que se nos quiere hacer pensar.

En un primer resumen, se trata de una victoria gobiernista para los propósitos de continuar con la acumulación de poder de parte de un grupo, y logra cumplir con esa parte el legado de López Obrador, que pasa por la destrucción del andamiaje democrático institucional. Pero también de una derrota política, en el sentido de que la montaña del supuesto entusiasmo popular por la reforma judicial, que tanto rugía, terminó pariendo un ratón. El que luego la oposición pueda mostrarse incapaz de arar y cosechar en esa derrota política -como probablemente sucederá- es otro cantar.

Los datos preliminares nos indican que hay una sorpresa: Hugo Aguilar, jurista oaxaqueño de origen mixteco, a la hora de escribir estas líneas llevaba una delantera aparentemente cómoda a las dos ministras más conocidas y que hicieron más campaña en medios: Lenia Batres y Yasmín Esquivel, por lo que es el favorito para presidir la Suprema Corte. Hay que señalar que Aguilar estaba en la mayoría de los acordeones repartidos a los electores morenistas (era parte de la plancha), pero tenía la ventaja de no ser tan polémico como las actuales ministras. Eso también cuenta. Seguramente mucho más que atributos, como que Aguilar se formó en temas agrarios e indígenas o que es partidario de la justicia interseccional (el enfoque legal que prioriza analizar la justicia a través de múltiples dimensiones de identidad, desigualdad y discriminación).

Finalmente, dos apuntes. El domingo también hubo elecciones locales en Durango y Veracruz. En ambas, la participación ciudadana fue muy superior a la de la elección judicial (más del doble en Veracruz) y en ninguna de las dos le fue bien a Morena. Aquí tampoco el núcleo duro resultó tan duro ni tan grande.

En Durango, la alianza PRI-PAN conquistó la capital del estado y la coalición morenista se fue al tercer lugar, detrás de Movimiento Ciudadano. A nivel estatal, el PRI-PAN se llevó 20 ayuntamientos, por 16 de la coalición que encabeza Morena y 3 para MC. En términos de población, dos terceras partes de los duranguenses serán gobernados por los partidos tradicionales. La reacción de la dirigencia morenista estatal fue fiel a su ADN: se quejan de fraude y “elección de Estado”.

En Veracruz, Morena, PRI y PAN perdieron municipios; los ganadores fueron el PT (que, a diferencia del Verde, no fue en coalición) y, sobre todo, Movimiento Ciudadano, que se convirtió en segunda fuerza electoral en ese estado. La oposición en su conjunto recuperó 53 municipios y el PT se hizo de 20 más y acusó a Morena de “soberbia” por no querer coaligarse. Aunque retuvo Xalapa y el puerto de Veracruz y tiene la mayoría de los votos totales en la entidad, Morena sufrió un descalabro. Como están en el gobierno no podían argumentar “elección de Estado”, la gobernadora Rocío Nahle fue más cauta y declaró: “a veces se aprende más de los tropezones”. Sin embargo, el aparato nacional de Morena siguió vendiendo los resultados en la entidad como una gran victoria.

Así que fue un día agridulce para los guindas. Dulce, porque le cumplieron a AMLO y avanzan con fuerza en la toma del poder judicial. Agrio, porque la participación ciudadana en la elección judicial no fue la esperada y porque, cuando se trató de retener el poder en elecciones políticas locales, se toparon con algunas paredes.

Quien analice bien lo sucedido podrá tomar mejores decisiones políticas en el futuro. ¿Habrá alguno o seguirán todos privilegiando la propaganda al grado de tragársela ellos mismos? Digo, porque todavía, y por fortuna, hay mucha membrana suave alrededor de los núcleos duros.

jueves, febrero 27, 2025

Alemania y su fallida reunificación


Los resultados de las elecciones en Alemania dan para mucho. De entrada, dejan claro que la reunificación alemana ha sido hasta ahora un proceso fallido (o, cuando menos, muy incompleto). Por otra parte, dan cuenta del empuje, pero también de los límites, del avance de la ultraderecha en el mundo de hoy. Pero hay muchas más aristas.

Han ganado, como era previsible, los democristianos, con Friedrich Merz, quien se sitúa en un ala más conservadora de esa unión partidista que donde estaba Angela Merkel. También era previsible, según las encuestas, un repunte notable de los neofascistas de Alternativa para Alemania, apoyados, bajo cuerda, por el gobierno de Putin y, a la luz del día, por la ultraderecha estadunidense que ha tomado el poder en el país del norte. Nadie se asusta de la caída de los socialdemócratas ni del estancamiento de los verdes (que en Alemania sí son de a deveras). Lo novedoso de estas elecciones fue el repunte de Die Linke, que es el partido de la izquierda intransigente, heredero del SED, es decir, el partido en el poder en la vieja RDA, acompañado por la salida del parlamento del Partido Liberal y por el hecho de que el partido de los tankies, el BSW, no alcanzó a llegar al Bundestag.

Todo esto se combina para la formación de una nueva Gran Coalición entre democristianos y socialdemócratas (tal vez de nuevo acompañados por los verdes), en la que el cambio está en la definición del socio mayor y, por lo tanto, del canciller. Pasarán semanas o meses para que se forme el nuevo gobierno, pero el hecho es que los neonazis quedan fuera.

En cualquier caso, el futuro canciller ya declaró que "es para mí es una prioridad absoluta fortalecer Europa lo más rápidamente posible, para que logremos la independencia de los Estados Unidos paso a paso... está claro que a los estadounidenses -en cualquier caso, a estos estadounidenses, a esta administración- en su mayoría no les importa el destino de Europa".

Más allá de los resultados generales, resulta impresionante ver el mapa de los partidos ganadores por distrito electoral, porque lo que aparece es un mapa de las dos Alemanias existentes antes de la caída del muro. Mientras la antigua Alemania Federal se pinta del color democristiano, con unos cuantos puntitos socialdemócratas y verdes, en la antigua Alemania Democrática el partido más votado fue el de los neofascistas (con excepciones en Berlín y Leipzig, donde ganó La Izquierda, mientras que en Postdam lo hicieron los democristianos). Los de AfD obtuvieron más del 40% de los votos en buena parte de lo que alguna vez fue el estado comunista alemán.

Resulta por lo menos interesante constatar que el crecimiento de La Izquierda, originalmente un partido fuerte sólo en Alemania del Este, fue en las zonas de la antigua RFA (el oeste), mientras que el mapa electoral del BSW es parecidísimo al de los neonazis. El BSW es una escisión de La Izquierda, que tiene las características de ser, al mismo tiempo que progresista en términos de política económica, claramente pro-ruso, antiinmigración y contrario a la comunidad LGBT+. Como era de esperarse, su dirigente Sarha Wagenknecht (sus iniciales dan nombre al partido, como buena populista) ha decidido impugnar los resultados, al no alcanzar los votos necesarios para llegar al parlamento. Los votantes de AfD y de BSW son los únicos que están mayoritariamente con un entendimiento con Rusia y menos ayuda a Ucrania.

En términos político-electorales, pero también en términos culturales, las dos Alemanias divididas por los acuerdos de postguerra en 1945, lo siguen estando, a pesar de los esfuerzos de unificación verdadera y muy a pesar del optimismo que reinó cuando la caída del Muro de Berlín. Y estos resultados dejan dudas sobre si se podrá lograr esa unificación, porque cada parte no se reconoce en el espejo de la otra, y la desconfianza y el resentimiento crecen.

Se constata de nueva cuenta -podrían hacerse tomos con las anécdotas al respecto- que en la antigua Alemania Oriental no se intentó un proceso de desnazificación tan a fondo como en la antigua República Federal Alemana. Hay ahí mayor prevalencia de racismo, menor compromiso con la democracia y, sobre todo, un resentimiento social permanente.  

Cuando se reunificó formalmente Alemania, la preocupación principal era hacer que el Este, que tenía mucha menor productividad (un pleno empleo engañoso, con muchos trabajadores que estorbaban más que ayudar), menor calidad de vida y métodos organizativos obsoletos, alcanzara al Oeste en esos rubros. Este énfasis casi único, acompañado por un impuesto especial en el Oeste, para financiar las mejoras en la parte oriental, acabó por no dar resultados.

Por una parte, Alemania oriental sigue rezagada respecto a la otra parte del país en nivel educativo, tiene un ingreso promedio 30% inferior (a pesar de que el salario mínimo aumentó ahí mucho más que en el Oeste), un nivel mucho más alto de desempleo (pero quienes trabajan lo hacen por más horas) y, sobre todo, una menor satisfacción con la vida y enojo porque los otros alemanes siguen siendo más ricos. Estos últimos elementos se reflejan en que la mayor parte de los votantes de esa región no se sienten identificados con ningún partido.

En esas circunstancias, la Alemania que alguna vez fue comunista recibe mucho menos inmigrantes que la que siempre fue capitalista, porque hay menos oportunidades. A pesar de ello, es más antiinmigrante, porque -además de las diferencias culturales- siente el peligro sobre su empleo precario. Y del lado occidental hay una clara molestia porque siente que su solidaridad con el Este no ha sido bien correspondida.

Unas notas finales. Una cosa es que los neonazis hayan sido el partido más votado solamente en el Este, y otra que no hayan crecido preocupantemente también en el Oeste. La diferencia es de tres a uno, pero también hay no pocos partidarios de AfD en la antigua República Federal. También se ha hablado mucho de que los jóvenes están votando por los extremos; esto es cierto solamente para La Izquierda: uno de cada cuatro alemanes menores de 30 años votó por esa opción. Del lado del AfD, su fuerza mayor está en los adultos de entre 30 y 44 años. Los mayores de 60 votan por los partidos tradicionales, sobre todo los socialdemócratas. Este último dato, y la venturosa derrota de los Liberales (el partido pro-empresarial que rompió la alianza de gobierno y obligó a estas elecciones) nos recuerda que las antiguas coordenadas políticas están en decadencia.

lunes, diciembre 02, 2024

Algunas claves en la victoria de Trump

 


Ahora que Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales en Estados Unidos, es hora de tratar de analizar algunas de las claves que pueden explicar su triunfo.

Este año, las encuestas preelectorales estuvieron bastante cerca del resultado final. En promedio, fallaron por poco menos de 3 puntos porcentuales. En los estados-bisagra, el error fue todavía menor: 2.2 puntos. Por tercera ocasión, las encuestas subestimaron a Trump; pero esta vez por menos que en 2016 y 2020. Y aunque queda claro que las encuestas de opinión tienen una incertidumbre inherente, también es cierto que sí sirven para medir el estado de la opinión pública. Por eso, es relevante escudriñar en las encuestas de salida -y otras-, para ver qué está detrás de las decisiones de voto.

El tema más importante para los electores de Trump fue, en general, la economía y, en particular, la inflación; para los votantes de Harris, fue la democracia.

Lo curioso del caso es que la tasa de inflación en Estados Unidos en 2024 es del 2.4 anual y el crecimiento del PIB es del 2.8 anual. Nada mal, en comparación con otras economías del mundo. ¿Qué pasó, entonces? De entrada, que una cosa es la inflación este año, y otra, la de los tres años anteriores. En 2021, fue de 7 por ciento, la más alta desde 1981. Aquí gana la memoria de mediano plazo. De salida, que los salarios medios han ido por detrás de los precios -aunque haya habido un crecimiento en el empleo-. Es decir, ha ocurrido un deterioro de los salarios reales.

El comportamiento del PIB, que usualmente se utiliza como proxy para ver si la economía va bien (cosa que ayuda electoralmente al gobierno en turno), en realidad mide la dinámica de la economía, no el bienestar económico de la población. Además, una cosa son los datos duros y fríos, y otra son las percepciones de la gente. Los números pueden decir que la economía va bien, pero una parte importante de los ciudadanos puede sentir lo contrario -como también se puede observar, en el sentido inverso, en México-. En Estados Unidos, la mayoría siente que gana menos que antes y muchos de ellos votaron por quien ofreció soluciones simples a un problema complejo: aranceles a las exportaciones para atraer inversión y expulsión del país de quienes compiten con bajos salarios. Si se aplicaran las medidas proteccionistas de Trump, la inflación crecerá y no habrá la recolocación de empresas prometida, pero eso es parte de la complejidad que la gente no quiere o no puede ver.

El que la mayoría de los votantes de Harris haya señalado que su principal preocupación es la democracia, nos dice dos cosas. La primera, corroborada por las propias encuestas de salida, es que votaron más contra Trump que a favor de la vicepresidenta. La segunda, que en el grupo de los electores demócratas sí hay gente que entiende el peligro autocrático que representa el magnate republicano. La tercera, que su preocupación por la situación económica no fue el motor principal de su decisión electoral.

Hay que decir que la preocupación por la democracia, en los tiempos que corren, es relativa. Un ejercicio en Estados Unidos presentó dos candidatos hipotéticos, con agendas de política económica y social completamente distinta. Luego se presentó a los entrevistados que quien tenía la agenda que ellos preferían haría una serie de medidas claramente antidemocráticas para imponerlas. Entonces se les preguntó si, tras conocer eso, cambiarían el sentido de su voto. Sólo 3.5 por ciento lo hizo. Hoy en día, en EU y en el mundo, la “satisfacción con la democracia” parece directamente correlacionada con la aprobación de gobierno.

Harris mejoró 9%, respecto a Biden, entre las familias que ganan más de 100 mil dólares al año; Trump ganó 12%, respecto a 2020, entre los que ganan menos que eso.

Este es, quizá, el cambio demográfico más relevante en términos de las votaciones. Significa el ocaso de la coalición que le otorgó a los demócratas la mayoría de los votos ciudadanos en todas las elecciones, menos una, de las elecciones entre 1992 y 2020. La clase trabajadora ya no percibe a los demócratas como sus adalides, a pesar de la evidencia de que los republicanos sirven a los intereses de las grandes empresas. Entre los sindicalizados (es decir, entre los trabajadores que hacen negociaciones colectivas y no están casados con el individualismo de la derecha estadunidense), la ventaja de Harris sobre Trump fue menor a 10 puntos porcentuales. Entre los no sindicalizados, Trump arrasó.

En particular, la caída entre los votantes blancos sin estudios universitarios ha sido precipitosa. Eran la mitad del voto demócrata en la primera elección de Clinton, en 1992; ahora son menos del 30 %. En sentido contrario, los electores blancos con universidad, que eran apenas la quinta parte de los votantes de Clinton, ahora fueron casi el 40% de los de Harris.

Los blancos con estudios universitarios se movieron 7 puntos porcentuales a favor de la candidata demócrata; los no blancos sin estudios universitarios, 13 puntos hacia el candidato republicano. Y los blancos sin estudios, que ya eran mayoritariamente trumpistas, ahora lo son más.

El cambio en el voto latino (o hispano), se explica más por el lado del nivel de estudios que por de la etnicidad, a pesar del perfil claramente racista del trumpismo. Hay que decir, al respecto, que un error de los demócratas fue considerar ese voto por descontado, en particular el de las comunidades mexicana y puertorriqueña (en las que sí ganó, pero con un margen mucho menor al histórico). Cuando pierdes en Brownsville, en Río Grande y en McAllen, es que la cosa es grave. Al parecer, a muchos tejanos de origen mexicano les molesta que los demócratas los consideren “gente de color” unida en la lucha antirracista; y dicen que los republicanos son racistas, pero los demócratas, también.

El tema del aborto, que supuestamente atraería muchos votos a Harris (la mayoría de los estadunidenses está a favor) resultó menos trascendente de lo esperado. La razón tal vez estriba en que, pasada la decisión a los estados, los electores pudieron votar sobre ese asunto, sin tener que pasar por el voto presidencial en el camino. El hecho de que haya sido aprobado en estados como Montana, Missouri, Nevada y Arizona, donde ganó Trump, así lo demuestra.

En resumen, el voto demócrata es, cada vez más, el de las clases medias ilustradas -esas que no siempre quieren la respuesta simple a los problemas complejos- y su coalición con las minorías étnicas y con la clase trabajadora se ha debilitado (notablemente, en el segundo caso). Siguen teniendo a la mayoría de las mujeres de su lado, pero no por mucho. El voto republicano fue, cada vez más, la combinación del voto de los plutócratas, las clases medias sin estudios y una mayoría de los trabajadores. Su coalición, que era 90% blanca, ahora lo es en 75%.

Y si nos fijamos un poco más, ese tipo de partición de coaliciones electorales se parece mucho a la típica que se da en estos tiempos de populismo.

miércoles, septiembre 25, 2024

Populismo neoliberal

 


Empezaré comentando un poco la historia del libro Populismo Neoliberal. Nace de mis columnas semanales en Crónica, pero no es un recuento lineal de cada una de ellas. El trabajo real fue el de edición: dejar adentro del libro y ordenar aquellas que dan congruencia a una narrativa crítica acerca de cuatro temas: el surgimiento de los populismos en distintas partes del mundo; la falacia de que López Obrador es un político de izquierda, a través de distintas expresiones políticas suyas (su discurso nacionalista de cartón-piedra, la relación con las organizaciones de la sociedad civil, con la moral común, con las instituciones autónomas, con las mujeres, con la ecología); la política económica del gobierno de AMLO, y su fijación con algunos fetiches de la derecha neoliberal; finalmente, el señalamiento del carácter autoritario del líder y del régimen que pretende establecer (algo en lo que está teniendo éxito).

López Obrador ha querido subrayar la experiencia política mexicana reciente como una gesta inédita y de gran trascendencia. La Cuarta Transformación. Lo primero que habría que decir es que lo que está sucediendo en México es parte de un fenómeno mundial, ligado a la desilusión hacia la democracia, de parte -sobre todo- de quienes se sintieron alguna vez privilegiados y ya no lo son (el ejemplo más claro son los votantes de Trump) y de quienes se sintieron alguna vez protegidos por redes creadas por el Estado y ya no lo están (aquí hay más ejemplos, y están todos ligados a la crisis del modelo económico mundial, que hizo metástasis en la crisis financiera de 2008).

En otras palabras, no somos un caso excepcional. Tampoco es que los votantes de Morena hayan, por fin, visto la luz. El vuelco electoral a nivel mundial fue resultado de décadas en las que, parafraseando a Keynes, siempre se prometió un tarro de mermelada para mañana, sin entregar nunca mermelada para hoy. Esto creó un divorcio los ciudadanos de a pie y la clase política. Y provocó que algunos personajes (normalmente de la propia clase política) movieran su discurso hacia uno muy simplista, con buenos y malos, presentándose como ajenos al sistema y como personas capaces de cambiarlo radicalmente.    

La generación a la que pertenezco luchó por la democracia y la generación previa nos decía: ‘¿qué no ven que hay paz, que hay crecimiento, progreso y modernidad?’’. Nosotros respondíamos: ‘Pues sí, pero a cambio de eso este es un país es una cárcel disfrazada, sin libertad de expresión verdadera, sin sufragio efectivo, con una desigualdad lacerante’. No había verdadera participación social, estaba el corporativismo, desfilar y aplaudir sin convicción: era una unanimidad forzada.

Todo esto fue cambiando de manera paulatina y sucedió que cuando se accedió a la democracia, nunca perfecta, pero se accedió a ella, no hubo una respuesta en términos de eficacia social y eso generó desilusión hacia la democracia.

Se dice, con razón, que la democracia no garantiza un gobierno eficaz. Eso no lo puede garantizar la democracia y hay que subrayar que no es que la democracia no tenga adjetivos, siempre debe tenerla y no tuvimos una democracia social. No podemos asegurar que una democracia social hubiera contenido la ola populista, pero sí podemos asegurar que la democracia no social permitió que la ola fuera tan grande y arrasará con instituciones.

Voy a hacer una referencia mitológica pensando en el libro de Juan Eduardo Martínez Leyva, Mitos Clásicos y Sueños Públicos. La quimera era un monstruo mitológico, con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. Ese monstruo aventaba llamas. Usamos la palabra “quimera” para referirnos a un sueño vano, un concepto que choca con la realidad.

La idea de que el gobierno de López Obrador fue de izquierda es una quimera, y creo que varios de los elementos comprobatorios están en mi libro Populismo Neoliberal. No fue de izquierda en términos de política económica (hay una frase que se repite en el texto: en política económica el sustantivo es política y lo económico es sólo el adjetivo: aquí la clave es que en el gobierno de AMLO la política no se abordó en términos de disputa social, sino en función de objetivos electorales de corto plazo). Se trató de una política económica cortoplacista, en la que la inversión pública, tanto social como productiva, es puesta a un lado, a cambio de apoyos clientelares directos. El resultado, en los hechos, es pasar al mercado lo que antes estaba fuera de él. El caso más emblemático es el de salud: lo que antes otorgaban los servicios públicos, ahora -ante la caída del abasto de medicinas, de las consultas y de las cirugías- se compra, en parte con las ayudas del gobierno. La lógica de un Estado de Simibienestar.  

No hay una nueva distribución, más equitativa, del poder. Al contrario, hay una centralización. El pleito casado con las organizaciones de la sociedad civil es una búsqueda de relaciones verticales. Se quiere que no haya organización ni intermediación para crear un vacío: que no haya nada que se interponga en una relación directa, pero profundamente desigual, entre el gobierno-padre y el pueblo-hijo.

Y, aunque la retórica oficial diga otra cosa, no existe la búsqueda de un Estado de Bienestar. Éste invierte, y el de México trae niveles de inversión similares a los de hace 80 años, cuando nuestra economía era sólo una fracción de lo que es ahora. Lo hace en infraestructura en general, no nada más en obras insignia. Tiene una gran inversión social, particularmente en salud, educación, obras urbanas y para el desarrollo agropecuario, cuidado del medio ambiente, cultura, deporte, etcétera. Y trata de que haya una carga fiscal que apunte a una mejor distribución del ingreso. En México, los corporativos más grandes siguen tan campantes.

Pero tener una mejor escuela, hospitales mejor equipados y con más posibilidad de dar consultas y hacer cirugías, mejor drenaje, pozos u obras de reconversión urbana no tiene los mismos efectos directos, como los que se sienten en el bolsillo, tampoco tiene los mismos efectos electorales.

Ha habido, sí, una mejoría en los ingresos salariales, que se ha traducido en una reducción de la pobreza por ingresos. Esa reducción, sin embargo, ha sido acompañada de un crecimiento de la pobreza por vulnerabilidades en acceso a los servicios de vivienda, de educación y de salud. En realidad, no tenemos una disminución en la pobreza multifactorial, que es la que importa, ni tenemos un cambio en las relaciones sociales, porque seguimos bajo un sistema de capitalismo de cuates.

La pobreza cambió de estilo, pero sabemos que lo más visible en lo inmediato son los ingresos. Y eso cuenta a la hora de votar.

El gobierno de AMLO cumple con todas las premisas del populismo moderno. Todas. Y eso se traduce, necesariamente, en una ofensiva contra la democracia: para distorsionarla desde adentro, como dice Nadia Urbinati en Yo, El Pueblo. Es lo que estamos viviendo estos días con la ofensiva contra el poder judicial.

Existen dos posibilidades al enfermarte por un virus, o te curas o te mueres. Con el populismo tenemos una democracia enferma, hay casos, el más evidente para Latinoamérica es Venezuela, en los que el populismo terminó convirtiéndose en una dictadura completa, sin ninguna máscara. La democracia en Venezuela está muerta.

Y tenemos lugares con populismos, como Argentina, en donde la democracia está deforme, pero se mantiene en lo fundamental. En Europa, el único caso donde el populismo parece haber fagocitado a la democracia, y quién sabe hasta cuándo, es el de Hungría con Viktor Orbán, alguien admirado por Trump. En Polonia ha habido respuestas a estos populistas, que ahora, después de muchísimos años, ya no tienen mayoría; en Turquía Erdogan no ha podido hacerse del todo poder como él quisiera.

Claro que sí tenemos un riesgo de muerte de la democracia, yo no estaría diciendo como hacen otros que ya se acabó la República, pero evidentemente la democracia mexicana ha pasado a ser un régimen híbrido, con elementos democráticos y otros claramente autoritarios, agregaría que también esperpénticos, como lo que vimos en el Congreso recientemente con la aprobación de la Reforma Judicial.

Una parte importante del libro es tratar de explicar al votante que prefiere el populismo a pesar de que, en términos de la economía, no haya un cambio real, que todos los cambios sean de corto plazo, sin un estado de bienestar que genere empleos y plantee certidumbre jurídica (ahora hay menos) y realice un gasto social de largo plazo.

Lo que hay hoy son transferencias monetarias que se sienten en el corto plazo, ha habido un aumento en los salarios mínimos, lo que trae mejora de ingresos monetarios, con reducción de pobreza por ingresos, pero va acompañada de vulnerabilidades en educación, salud, vivienda

Si la población está desilusionada de la democracia y le es indiferente, en el fondo, lo que pase con ella en tanto haya comida en la casa (y aunque no haya medicinas y no haya baños en la escuela), es un asunto inmediatista que tiene que ver con factores culturales.

Creo que hay sociedades cuyo valor principal es la supervivencia personal y otras que piensan más en la pluralidad, el respeto a la ley. Hay naciones, como las escandinavas, que son de este último tipo y que suelen respetar la ley; la típica nación que está pensando todo el tiempo en la supervivencia, pero respeta la ley, es China. Los rusos son parecidos a los chinos, pero menos legalistas, en tanto que los mexicanos somos un poco más abiertos, menos supervivientes, pero respetando poco la ley.

Esa lógica de supervivencia y falta de respeto a la ley es de muy buena ayuda para quienes quieran tomar el poder utilizando las instituciones democráticas para luego deshacerlas.

Yo subrayaría que, por el momento, lo que hemos vivido es destrucción de instituciones, o por destrucción o por deformación, como la CNDH.

Es curioso que la transición democrática no fue de pocos años, fue una construcción muy lenta y hoy estamos viendo su distorsión cada vez más acelerada.

Pero surge de nuevo la pregunta. ¿Importa a las mayorías la democracia? El libro empieza precisamente con ese tema: el desencanto de una gran parte de la población, en varias naciones del mundo, con una democracia que no tuvo eficiencia social.

El libro Populismo Neoliberal es una llamada de atención triple: sobre el hecho de que nos movemos hacia el autoritarismo (de manera cada vez más acelerada, como podemos ver en estos días); sobre la mentira de que se trata de un gobierno de izquierda, cuando ha tenido todos los tics moralinos y neoliberales (la obsesión con la austeridad fiscal-presupuestal y con el tipo de cambio, por dar los ejemplos más evidentes); y, subrayo, sobre la imposibilidad de una vuelta al pasado, que vale tanto para los sueños guajiros de regresar a los setenta como para los otros, igualmente guajiros, de regresar a tiempos más recientes, a las políticas y los políticos que propiciaron el advenimiento de esta ola populista en México.

Esa es otra quimera. Esas oscuras golondrinas no volverán. Habrá que hacer ejercicios de imaginación realista para responder a los retos de hoy.

Concluyo con un par de acotaciones, relativas a comentarios de Raúl Trejo en la primera presentación del libro. La primera tiene qué ver con la diferencia entre el presupuesto 2024 y los anteriores. Mientras que, en los primeros cinco años de AMLO, el gasto público tuvo un comportamiento inercial -sin importar que en medio se cruzara la pandemia de COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y económicas-, en el último hubo un aumento notable de gasto y deuda, con el consiguiente déficit. No es que haya habido un cambio de rumbo: es simplemente el comportamiento típico del llamado “ciclo sexenal de negocios en México”. El último año de gobierno es el “de Hidalgo”, y siempre se incrementa el gasto: la novedad es que ahora fue estrictamente para apuntalar las victorias electorales. Y siempre, el primer año de gobierno (recuerdo hasta la “atonía” de 1971, cuando empezaba Echeverría) es de ajustes por los excesos del pasado inmediatísimo. Y de la deuda, lo que importa no es el tamaño, sino qué tan financiable es. La mexicana no tiene mayores problemas, a pesar de la irracional que fue no contratarla cuando era barata y necesaria (en tiempos de pandemia), y sí hacerlo cuando se había encarecido (en tiempos electorales).

La segunda, sobre la preocupación acerca de la aparente contradicción que hay entre hacer una política que apele a la razón y una política que apele a los sentimientos. Creo que está claro que, con los electorados de hoy -aunque es válido también para los de antes- una propuesta estrictamente racional no sirve. Hay que apelar a los sentimientos: la cuestión es cambiar el resentimiento y el revanchismo por una esperanza fundamentada. Parte de ello es hacer notar que la gente ha rechazado a los viejos neoliberales, pero también que quienes los han sustituido no son fundamentalmente diferentes en lo económico y, por su vena autoritaria, son peores en lo político. Es necesario poner los ojos en el futuro.

(Esta es una versión de mis intervenciones durante las presentaciones del libro Populismo Neoliberal, editado por Cal y Arena)

 


jueves, junio 27, 2024

Elecciones europeas: los otros populismos


Entre el 6 y el 9 de junio, los ciudadanos de los 27 países de la Unión Europea eligieron a los nuevos miembros del Parlamento Europeo, y los resultados han alarmado a muchos. En parte es porque en los dos países más grandes hubo un avance notable de la extrema derecha; en parte porque, salvo excepciones, los partidos tradicionales han sufrido un varapalo y aparecen nuevos tipos exitosos de política populista.

Hay que decir, de entrada, que el Parlamento Europeo no tiene tanta capacidad de decisión; el sistema de la alianza está dominado por los burócratas que administran los grandes acuerdos. Los electores suelen estar conscientes de ello y, por lo tanto, escasea el llamado “voto útil”. En ese sentido, los resultados de estas elecciones sirven más para decirnos nos dicen más acerca de cómo piensan los europeos y menos sobre posibles resultados en próximas elecciones nacionales, donde cuentan otros factores.

Los datos señalan cuatro cosas a nivel agregado. Un desplome de liberales y verdes. Un avance del centro-derecha y la ultraderecha. Un estancamiento de las fuerzas socialdemócratas y de izquierda. La irrupción de partidos y personajes difícilmente clasificables, que obedecen por lo general a la lógica del populismo.

Los datos a nivel agregado esconden que hubo resultados muy diversos, según el país. Demos un vistazo a algunos.

En general, los partidos socialdemócratas aguantaron la oleada de la derecha, pero hay una excepción importantísima: Alemania. Ahí, el SPD, partido del todavía canciller, quedó en tercer lugar, con 14% del voto, dos puntos porcentuales debajo de Alternativa para Alemania (Afd), formación de ultraderecha nacionalista, anti-inmigrantes y euroescéptica. Las elecciones fueron ganadas por los democristianos, el partido que lideró Angela Merkel.

Lo más notable es que, si ponemos la votación en un mapa, los democristianos ganan en lo que fue la Alemania Occidental, y AfD lo hace en la antigua Alemania Oriental. Los pocos puntos rojos (del SPD) están en las grandes ciudades, Berlín incluida. Hay quien dice que esto se debe a que en la RDA nunca hubo desnazificación.

Quien tal vez ayude a explicar esta duda es un extraño partido nuevo: Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, por sus siglas en alemán). Sahra Wagenknecht es la líder carismática de la agrupación, que obtuvo 6% del voto. BSW fue el tercer partido más votado en Alemania oriental, por encima de los socialdemócratas. Es una escisión de La Izquierda, harta de dos cosas: la parte progresiva de la agenda (ecologismo, derechos de la comunidad LGBTIQ+, apertura a los inmigrantes), pero insistente en la parte social (igualdad económica, mejores salarios). Durante años La Izquierda dominó en el este alemán, dando la impresión de que había un ala progresista en esa zona: lo que en realidad había era una nostalgia del viejo régimen autoritario, satélite de la Unión Soviética.

En Francia, hubo una victoria amplia de la coalición de ultraderecha liderada por el partido de Marine Le Pen y un desplome catastrófico de la alianza macronista, que apenas superó a la coalición socialdemócrata, que tuvo resultados respetables respecto al pasado inmediato. Tampoco le fue mal a la izquierda radical y populista de Melenchon, que obtuvo el cuarto lugar con 10%, mientras que el centro-derecha tradicional se vio reducido a la mínima expresión.

Ante los resultados, Macron decidió llamar a elecciones anticipadas. Parece ilógico después del batacazo. No lo es. Es posible que Le Pen y aliados de derecha, aún con la previsible defección de gaullistas hacia ellos, no alcancen la mayoría absoluta. En la miriada de partidos franceses, alcanzaron entre todos 44% de la votación en las elecciones europeas. Macron supone que, con distintas proporciones de los dos bloques, la próxima Asamblea Nacional no será tan diferente de la actual.

En Italia, lo que hubo esencialmente fue un reacomodo de los votos dentro de la coalición de derecha gobernante: Fratelli d’Italia, el partido de la canciller Meloni, crece a costas, sobre todo, de la Liga, que es rebasada también por Forza Italia. Gana los nacionalistas, pierden los regionalistas. En tanto, el socialdemócrata PD, escorándose a su izquierda, gana dos diputados y también le va bien a la Alianza Verde-Izquierda. Los perdedores son el viejo populismo del Movimiento 5 Estrellas y los partidos centristas y liberales.

Los patrones de la votación en España fueron claros: avance de la derecha, pero más del PP que de Vox; el PSOE que aguanta y la izquierda radical que sufre una devastadora derrota (en particular, Podemos). La novedad, que un nuevo partido populista de derecha, Se Acabó la Fiesta, guiado por Alvise Pérez, un activista de redes sociales, logró tres diputaciones. Ese partido se dice antisistema y anticorrupción, y se maneja sobre todo en la red, a través de la desinformación y las posverdades en su lucha contra “el Estado profundo”.

Hablando de redes, termino con un país pequeño, pero con una anécdota significativa. En Chipre, Phidias, un youtuber de 24 años, obtuvo 19% del voto y su escaño en el parlamento. Admite no tener claridad ideológica, que nunca antes había votado, que sabe poco de política y menos de la Unión Europea, pero que “ya no soportaba que los nerds de Bruselas sean los que mandan”. Obtuvo 40% del voto de los jóvenes chipriotas.


jueves, abril 18, 2024

Dos reflexiones preelectorales

A continuación, dos reflexiones sobre el proceso electoral de 2024, que -considero- son válidas para todos. Podría decirse que hacen un continuum con la Teoría del Partido Político Oportunista. 

Chupando rueda (electoral)

En la terminología política anglosajona existe un concepto muy útil para entender la lógica de las elecciones. Le dicen “coattails”. Las coattails son las dos largas piezas de tela que caen de los sacos formales antiguos. Y la referencia es que algunos candidatos llegan a puestos de elección popular montados en esas piezas de tela, jalados por quien porta el saco, que es un candidato verdaderamente popular.

Para hacer una analogía menos decimonónica, pensemos en una carrera ciclista. Un corredor va adelante, haciendo el esfuerzo; detrás de él va otro, chupando rueda: es decir, aprovechándose de la menor resistencia del viento y de que la bicicleta que va adelante se traga todo el aire y genera una estela en su trasero.

A diferencia del ciclismo, donde quien va adelante normalmente es un “gregario” que se sacrifica en favor del corredor estrella que va atrás, en política electoral quien va adelante es el candidato a la posición más alta, y jala votos para los demás aspirantes de su mismo partido o coalición.

Ahora bien, la capacidad de un candidato para jalar votos a favor de sus correligionarios no es siempre la misma, y ni siquiera podemos decir que es generalizada. En el caso de elecciones presidenciales mexicanas, tenemos ejemplos en uno y otro sentido. Vicente Fox sí tuvo coattails, al grado que Santiago Creel casi le arrebata la jefatura de gobierno capitalino a López Obrador. No hubo muchos que le pudieran chupar rueda a Felipe Calderón, en la medida en que una parte de la votación del panista fue “voto útil” para impedir el triunfo de AMLO y no se trasminó tanto a su partido. Tampoco se dio el efecto de manera notable en las elecciones de 2012, tal vez porque Peña Nieto, por las razones que fueren, era un candidato atractivo, pero su partido ya cargaba con cierto estigma.

Cuando hubo un fenómeno enorme de coattails fue en las elecciones de 2018, dada la gran popularidad en ese momento de López Obrador. Tan estaba consciente de ello el candidato, que durante una parte importante de su campaña insistió machaconamente en que sus simpatizantes cruzaran todas las boletas por su movimiento.

Pero el efecto electoral de chupar rueda no depende sólo del candidato que jala y que permite que los demás viajen en su estela. También depende de qué tanto se dejan los otros candidatos arrastrar. En el ejemplo ciclístico, depende de qué tanto se mueven en la parte trasera de la bicicleta líder, de acuerdo con el comportamiento del viento. En el ejemplo político, eso tiene qué ver más con el carisma propio, con las circunstancias de la entidad o distrito en el que se compite, con las características de los candidatos rivales.

Analizando los datos de las elecciones de 2018, podemos ver que, si bien Claudia Sheinbaum pudo montarse en los coattails de AMLO, no fue particularmente exitosa: tuvo 579 mil votos menos que el candidato presidencial en la capital. De hecho, los entonces candidatos al Senado por Morena en CDMX, Martí Batres y Citlalli Hernández, siendo la suya una elección donde contaron más los partidos que las personalidades, obtuvieron 226 mil votos más que Sheinbaum.

Eso significa, en principio, que por sí sola, Claudia Sheinbaum no parece capaz de generar el suficiente rebufo como para que los corredores de su equipo, que vienen atrás de ella, puedan aprovecharse de que les corta el viento. Pero Sheinbaum cuenta con el apoyo electoralmente valioso de Andrés Manuel López Obrador: en la medida en es vista como su sucesora elegida, puede tomar prestada algo de su popularidad, aunque ésta no sea la misma de hace seis años.

En el entendido de que ese préstamo de popularidad funciona, la coalición que encabeza Morena ha hecho campaña mostrando la cercanía -real o propagandística- de Sheinbaum con los distintos candidatos. Ahí la vemos sonriente, posando para la foto junto con la aspirante a la gubernatura o el candidato al senado. De igual modo (imaginemos un grupo de ciclistas en fila), los candidatos a diputados, a alcaldías o municipios, etcétera, van chupando rueda del que va delante de ellos. Si en algún lado de la fila, alguien falla (es decir, es impopular por sí o comete un error garrafal), se acaba la protección aerodinámica.

De la parte de la coalición Fuerza y Corazón por México, no sabemos qué tanta capacidad tenga Xóchitl Gálvez para jalar votos en las siguientes candidaturas. Y parece que no lo sabremos, porque la candidata del Frente ha tenido que pasar la charola entre los partidos que la apoyan, para mejorar el financiamiento de su campaña y está claro, al menos por el gasto en publicidad, que los partidos han puesto más énfasis en las candidaturas a gobernadores, jefe de gobierno, Congreso, alcaldías y ayuntamientos, etcétera. (En todo caso, el precedente de la candidatura de Gálvez al Senado por CDMX en 2018, nos dice que tuvo 263 mil votos más que el candidato presidencial Ricardo Anaya, pero 116 mil votos menos que la candidata a la jefatura de gobierno, Alejandra Barrales).

Y de parte de Movimiento Ciudadano, la cosa parece clara. La candidatura de Samuel García, si no hubiera desbarrado (algo que igual pudo suceder después) hubiera traído enormes beneficios al resto de los candidatos naranjas, que hubieran chupado rueda a gusto. Con Máynez, que podrá tener ideas, pero no ha enseñado nada de carisma, cada uno ha tenido que hacer un esfuerzo doble, y pedalear con el viento en contra.

Veremos en el debate de este fin de semana si alguien es capaz de mostrar la capacidad para generar sus propios coattails, y permitir que los compañeros de aventura política chupen rueda a gusto.


¿El índice de abstencionismo decide la elección?

Qué relación hay entre tasa de participación electoral y resultados? ¿Es siempre la misma? ¿Se puede conocer con anticipación? ¿Sirve para marcar estrategias partidistas?

Responder a estas preguntas es clave, no sólo para darnos cuenta de qué cosas pueden pasar en la próxima cita electoral, sino sobre todo para no poner todas las canicas analíticas en algo que no necesariamente es seguro.

Empecemos por lo obvio. Sí hay una relación entre tasa de participación electoral y resultados. Hay menos abstencionismo cuando los ciudadanos perciben la elección como importante (por eso hay más votos en las elecciones presidenciales que en las intermedias o las locales, y muy pocos se asoman a las urnas en otros ejercicios). Y también hay más gente que acude a votar cuando considera que una elección viene cerrada que cuando ya hay ganadores cantados. El primer elemento -la importancia de la elección- suele tener más peso que el segundo -el carácter más o menos competitivo-.

Pero, aunque suele decirse que una mayor participación siempre ayuda a las oposiciones, esto no siempre es cierto. La elección con más alta tasa de participación en las últimas décadas fue la presidencial de 1994, en la que el candidato del PRI, Ernesto Zedillo, obtuvo el 48.7% de la votación y votó 77% del padrón. El partido en el gobierno ganó con una ventaja cómoda, si bien vio disminuido su porcentaje respecto a las elecciones intermedias de 1991.

Puede decirse que, en 1994, tras la irrupción del EZLN y el asesinato de Colosio, había en el electorado un sentido de urgencia para refrendar el deseo mayoritario de estabilidad (o, si se quiere leer en sentido negativo, el miedo a la inestabilidad). El ciudadano consideró importante la elección, a pesar de que los números de las encuestas no la veían cerrada.

Y si vemos la elección federal más o menos reciente, con menor tasa de participación, fue la de 2003, cuando votó apenas 41% del padrón. En medio de la aparente calma chicha del sexenio de Vicente Fox, cuando el PAN pedía el voto para tener la mayoría en la Cámara de Diputados, sufrió una derrota dolorosa. El PRI, entonces aliado con el Verde, se llevó 42% de los votos, frente a 31% del blanquiazul, y al PRD también le fue bien, sobre todo por curules de mayoría en distritos. Una parte importante de los electores que habían votado por Fox y su partido tres años antes consideraron que las elecciones intermedias no eran relevantes. También PRI y PRD cayeron en números absolutos, pero no como el PAN.

Si vemos la evolución de la participación electoral en México, desde la creación del IFE, encontraremos tres momentos tendenciales. Muy al alza en los años 90, a la baja en la primera década del siglo XXI, y de nuevo al alza, aunque ligeramente, a partir de 2012. Esto puede deberse, primero, al entusiasmo por tener al fin elecciones donde los votos se contaban correctamente; después, a cierta desidia dentro una normalidad democrática que no dio resultados sociales y, finalmente, a distintas pulsiones de cambio.

La siguiente pregunta, si se puede conocer con anticipación la relación entre tasa de participación y sentido de la elección en 2024, la respuesta es que no… en principio. Hemos visto casos en los que un alto abstencionismo beneficia a la oposición y otros (como el 2000) en los que una tasa alta de votantes la ayuda. Lo único que podemos afirmar es que la participación será mayor que hace tres años (cuando votó 53% del padrón, la tasa más alta en elecciones intermedias desde 1997). Es casi imposible que sea inferior.

Creo que, con los ejemplos de elecciones pasadas, puede verse que la participación está ligada al sentido de urgencia del electorado, que es lo que hace que los electores intermitentes (aquellos que a veces votan) se decidan masivamente a salir a las urnas. Y puede verse que este sentido es más importante que la percepción de nivel de competencia en la elección.

¿Qué tan urgente piensan los simpatizantes de la 4T que es necesario blindarla y “ponerle un segundo piso”? ¿Qué tan urgente piensan los simpatizantes de la coalición opositora que es detener el avance de Morena? ¿Qué tan urgente piensan los defensores de la tercera vía que es demostrar que existe un camino diferente al de los partidos tradicionales, y que es transitable?

Me parece que la diferencia en el sentido de urgencia es lo que marcará la relación entre participación y sentido del voto, mucho más que la sensación de que alguien va adelante y lleva ventaja de equis número de puntos.

Podemos pensar en que cada bloque político tratará de hacer dos cosas simultáneamente: propiciar la mayor participación entre los grupos sociales afines y desestimularla entre quienes simpatizarían con los rivales. Pero esa acción simultánea sucede bajo dos condiciones: una, que entiendan que no está cantada la correlación entre participación/abstencionismo y dirección del voto; dos, que entiendan que se tiene que trabajar en carriles diferentes, según el público objetivo.

Traducción: si la coalición Fuerza y Corazón por México cree que le basta para ganar con que haya una gran asistencia ciudadana a las urnas, le puede pasar lo mismo que al PRD en 1994, que pensó exactamente lo mismo, hubo gran participación, y le fue mal; si la coalición Sigamos Haciendo Historia cree que va a desanimar al electorado opositor haciendo creer que el arroz ya se coció, puede toparse, a nivel nacional, con lo que le sucedió en la capital en 2021: que quienes dejaron de ir (“al fin ya ganamos”) fueron sus simpatizantes.

Como reza la Teoría del Partido Político Oportunista: “es prácticamente igual generar rechazo hacia las otras opciones, que agrado hacia la propia” y “todo voto que pierde un partido y se va al abstencionismo equivale a un voto ganado para los otros partidos”.