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miércoles, marzo 09, 2022

Vigencia de Orwell

Una de las experiencias que marcaron con mayor profundidad a George Orwell, y que sería definitiva en su novela 1984, fue su participación en la Guerra Civil Española como parte de las Brigadas Internacionales que defendían a la República, plasmada en su libro Homenaje a Cataluña.

A lo largo de Homenaje a Cataluña, además de describir muy de cerca la desgracia de la guerra (liendres, ratas del tamaño de un gato, granadas mal hechas, el silbido de la muerte rozando la cabeza o anidando en la garganta), Orwell da cuenta de dos cosas: una es la violenta disputa entre facciones republicanas (las famosas jornadas de mayo de 1937); la otra, que nutriría de manera importante su producción posterior, el papel de la propaganda y de la mentira, y sus efectos en la psicología y en la política.

La guerra es, por supuesto, el mejor espacio para que se desarrolle la mentira. Y eso no es nuevo. La conocida frase “en la guerra, la primera víctima es la verdad” es atribuida a Esquilo. Orwell señala que “cosas como la libertad individual y una prensa verídica simplemente no son compatibles con la eficiencia militar”; pero al mismo tiempo, también porque Orwell afirmaba estar peleando por “la decencia elemental”, indica que “toda la propaganda de guerra, todo el griterío y las mentiras y el odio, viene invariablemente de gente que no está peleando”.

Hay varios momentos en los que Orwell da cuenta, no sólo de lo mentirosa, sino de lo absurda que puede ser la propaganda. Y más si es bélica. Son hasta graciosos, en medio de la tragedia. También, lo más interesante, de cómo esos absurdos pueden penetrar en la mente de personas aparentemente racionales, y permitirles tener dos creencias contradictorias de manera simultánea (la base del “doblepensamiento” en la que se funda el régimen totalitario de 1984).

De ahí, pasamos a otras dos cuestiones: una es que, para Orwell, el poder significa “romper en pedazos la mente humana y volverlos a juntar en formas nuevas a nuestra elección”; la otra, es que mediante la destrucción de las palabras (de su significado), al corromper el lenguaje, se puede hacer que el lenguaje corrompa el pensamiento, para llegar a la Ortodoxia… a no pensar”.

Cada guerra trae nuevos eufemismos, destinados a hacerla aceptable y a ocultar lo desagradable de un bando, mientras se exagera lo desagradable del otro. Así, por ejemplo, en la Guerra de Vietnam, aparecieron frases como “terrorismo antiaéreo”, “fuego amigo” y “daño colateral”, y los enemigos ya no eran asesinados, sino “neutralizados”. 

En la invasión rusa a Ucrania, hoy en día, leemos y escuchamos frases como “armas defensivas”, “desmilitarización y desnazificación”, “operación de protección”, “escenificaciones orquestadas de bajas civiles” porque “la población civil no corre peligro”. 

El enemigo, por supuesto, está abandonando sus posiciones en masa.

Debería ser obvio, a estas alturas, que todos los lectores deben estar prevenidos y tratar de informarse por varias fuentes, en busca, ya no de la certeza, sino del vislumbre de algo fidedigno.

Pero no se requiere estar en guerra caliente para usar el newspeak orwelliano. Basta con plantar en una parte de la población la idea de que se está en guerra ideológica contra los enemigos del pueblo para ir elaborando un nuevo diccionario, en el que se cambia a modo el significado de las palabras.

En México tenemos amplia experiencia, que viene de décadas atrás, y no ha habido gobierno en el último siglo que no haya jugado con el lenguaje, con eufemismos o de plano con mentiras, para adormecer conciencias. Pero hay que decir que ahora se está redoblando el paso.

Pensemos en la ubicuidad de los “conservadores”, en donde ahora caben los que antes eran “aliados valiosos de la democracia”. En el uso intensivo de “neoliberal”, convertido en adjetivo arrojadizo. En las muchas obras cuyos datos se guardan por “seguridad nacional”. En los muertos que existen o no existen dependiendo de bajo qué gobierno hayan muerto. Pensemos, incluso, en el uso del término “esperanza”, que juega de manera muy parecida a la letra de la canción que tararea despreocupadamente la mujer prole en la novela 1984. Y, ya sabemos, sólo encuentras esperanza siguiendo al Gran Hermano.

Lo novedoso, en los tiempos que vivimos, es que hay una cierta fascinación colectiva con el engaño. Una oscilación entre el miedo a ser engañados y la admiración hacia quienes engañan. No es casual que se hayan puesto de moda series y películas protagonizadas por defraudadores de diverso tipo.

También vivimos tiempos de adicción al clic. Y no falta, en río revuelto quien, en pos de una interacción en internet, falsea la información, a sabiendas de que el morbo y la frivolidad son características humanas, a las que ayuda a exacerbar. Es más fácil engañar a un frívolo. Resulta por lo menos sintomático que “el estafador de Tinder”, que fue evidenciado en un documental de Netflix no solamente esté libre, sino que prepare su propia película, que probablemente también será un éxito.

Con los nuevos medios de comunicación, los rumores (esas posverdades predigitales) que antes pasaban de boca a boca, ahora se multiplican de manera exponencial. La única respuesta positiva sería una multiplicación exponencial en la capacidad de la gente para procesar la información y distinguir la que tiene sustento de la que no la tiene. De ese tamaño es el reto.

Hay algunos aspirantes burdos a Gran Hermano, como Putin, a quien la propaganda se le está cayendo a pedazos de tan evidente (salvo para unos cuantos adocenados). Pero no son los únicos. Ni en esta guerra, ni a lo largo y ancho del mundo.

El remedio: revisar y cotejar fuentes, y buscar contexto analítico. Ni modo. Informarse bien no es tan fácil como parece.

viernes, mayo 28, 2021

Un pasito hacia el mundo orwelliano

Cuando José López Portillo decretó la nacionalización de la banca, mientras muchos aplaudíamos, hubo una voz de alerta desde la izquierda mexicana militante. El filósofo y analista Carlos Pereyra subrayó que se trataba de una medida vertical, hecha desde la cima del poder, no democrática.

-No habrá sido democrática en la forma, pero sí en el proyecto -fue el alegato ante Pereyra.

Y la respuesta del Tuti Pereyra fue más que contundente: - ¿Y quién decide si el proyecto es democrático? ¿Nosotros?

Carlos Pereyra tenía la virtud de desconfiar de aquellos marxistas anquilosados que, decía, “piensan que, cuando se levantan de la cama, con ellos lo hace el proletariado, y con ese peso histórico encima, se lavan, se bañan y se peinan”. Aquellos que, por alguna distorsión del pensamiento, creían encarnar la clase revolucionaria “en sí” y “para sí”.

El asunto viene a cuento porque, en la actual campaña electoral (de hecho, en la campaña electoral permanente que lleva a cabo el presidente López Obrador), hay varas distintas para medir comportamientos similares, y hasta idénticos. Lo que pasa es que unos son “democráticos” y los otros, “antidemocráticos”.

Si dos candidatos de Morena pierden su registro como tales, por violar las reglas del juego, se está negando al pueblo el derecho de elegir. Si la fiscalía amaga con quitar a candidatos de oposición, es por razones justas, ya que su mera presencia en la boleta es un fraude.

Si un candidato de Morena reparte tarjetas con promesas de ayuda a los posibles electores, es parte de su estrategia de campaña; si lo hace uno de oposición, es evidente delito electoral. Las despensas que antaño repartían los priístas eran fraudulento “frijol con gorgojo”; las que ahora reparten los guindas son ayudas a la población.

La diferencia, por supuesto, está en el proyecto. El de Morena es popular y democrático; el de los diferentes opositores, es neoliberal y antidemocrático. Y si alguien osara preguntar: “¿Quién decide si el proyecto es democrático?”, la respuesta es sencilla: el Señor Presidente de la República.

Se trata, evidentemente, de una distorsión intencionada de la palabra democrático y del concepto de la democracia. Es un pasito hacia un mundo orwelliano. Como si con poner el adjetivo dejara de importar lo sustantivo. El adjetivo democrático nace, paradójicamente, de la autodefinición que se da un poder autoritario, y que quisiera ser absoluto.

En ese sentido, toda institución que intente acotar el poder autoinvestido de democracia, toda acción de la sociedad civil que lo critique, toda crítica bien o mal intencionada, pasan automáticamente a ser enemigas de la democracia, que está encarnada en un proyecto, que a su vez está encarnado en el líder.

Por lo mismo, aunque suene absurdo, se habla de “golpe” a todos los movimientos de las oposiciones, e incluso a su intento de ganar el Congreso en las urnas. Un golpista es, por definición, contrario a la democracia. Y, si la democracia ya encarnó en el representante del pueblo, que es el Señor Presidente de la República, todo el que se le oponga es golpista, cuando menos en ciernes.

Otro tanto sucede, desde hace décadas, con el concepto de fraude electoral. Si el proyecto democrático gana, entonces no hay fraude. Pero si tiene menos votos que otro, el resultado es producto del engaño, porque la expresión democrática del pueblo sólo puede estar del lado del proyecto que verdaderamente lo representa. No se trata ya de la manipulación de resultados, sino de un hecho de base: el único resultado no fraudulento es la victoria de quienes se reconocen como representantes únicos de la voluntad popular.

Quien queda perdida en esta jungla de neoverbos es la pluralidad. Esa tampoco existe. Sólo hay dos bandos. El partido del progreso y la transformación y el partido del conservadurismo y el retroceso. No hay nada en medio. No hay diferencias reales entre ellos (y menos entre los conservadores, que pueden disfrazarse de indígenas, militantes feministas, defensores de la ecología, intelectuales socialdemócratas o simples periodistas). La polarización elimina matices: las cosas se aman o se odian. Y si todos acogen la polarización, qué mejor.

Todo este cambio del lenguaje ha permeado en una parte de la población. Las palabras cobran significados diferentes y hasta contrarios a los originales. Las mentiras son verdades. En ese sentido, López Obrador puede jactarse de haber conseguido una transformación exitosa, una (contra)revolución: los conceptos están dejando de ser lo que eran antes.

Una parte del trabajo de recomposición política del país empieza por devolverle a las palabras su significado. También, por entender que la democracia no es propiedad exclusiva de nadie. Y que la pluralidad, aunque complique las cosas, nos enriquece a todos.

Pronto, el 4 de junio, se cumplirán 33 años de la muerte prematura de Carlos Pereyra. Y de verdad se extrañan su precisión, su agudeza, su entereza y su compromiso democrático.

viernes, abril 21, 2017

Orwelliana 2017




Cuando estaba en la universidad, era común entre los jóvenes discutir sobre cuál mundo distópico era más actual, si la de Orwell en 1984 o la de Huxley en Un Mundo Feliz. Esas discusiones han rebotado por décadas en mi mente, con varios cambios de bando. Lo que es seguro es que a cada rato hay indicios de ambas. Y también que Orwell se ha apuntado buenos puntos en los últimos días, particularmente con su concepto de la neolengua: la creación de un nuevo lenguaje, simplificado, que tiene el objetivo de impedir que las personas piensen por afuera de los dictados del régimen.
Veamos algunos ejemplos.

La neolengua en la Casa Blanca
El vocero presidencial, Sean Spicer, creó un gran escándalo con la negación de que Hitler hubiera utilizado armas químicas en la II Guerra Mundial. Muchos atribuyeron el hecho a que el vocero tiene una ignorancia homérica de la historia. Yo iría más allá. Spicer, como buen miembro del Partido, no es capaz de entender más allá de la neolengua trumpiana.

En esa neolengua, el concepto “armas químicas” se refiere exclusivamente a las utilizadas por los regímenes enemigos contra la población civil. Las que usó Sadam Husein contra los kurdos; las que usó Bachar el Asad contra la oposición. Ni el sustantivo armas ni el adjetivo químicas significan lo que dicen los diccionarios comunes: van juntas y se refieren a las que lanzan los árabes malos.

Ante las preguntas incómodas de los reporteros sobre los crímenes de Hitler, Spicer evidenció su capacidad de doblepensamiento: dijo que el dictador nazi no había utilizado gas sarín, como el sirio. Por lo tanto, no eran armas químicas. El gas Zyklon B, que asesinó a millones en las cámaras de gas, no lo era. El vocero de Trump demostró que era capaz de sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea, y aceptar ambas.

Cuando Spicer quiso arreglar las cosas, y empezó a recular, se fue a lo hondo. Dijo que Hitler no había utilizado las armas químicas contra su propio pueblo. Eso significa, si usamos la lógica, que el vocero de Trump no considera que los judíos alemanes asesinados por el régimen nazi hayan sido alemanes. Eran judíos. Un paso en falso bastante revelador.

Pero lo que en lo personal me pareció extraordinario fue que Spicer, ya algo nervioso, se refirió a los campos de exterminio nazi como “Holocaust Centers”, Centros de Holocausto.

La utilización de ese término es algo más que curiosa, porque nos dice que el subconsciente del vocero lo traicionó. En Estados Unidos muchos espacios se llaman “Center”: shopping center, convention center, detention center. A Spicer se le ocurrió colocar el término “Holocausto” a uno de estos centros: en otras palabras, americanizó el término, se lo apropió. Al mismo tiempo, evidenció, al suponer que ese era el nombre, no tener idea de lo que significa una palabra compleja como holocausto.

Por cierto, el nombre alemán era Konzentrationslager: campamento de concentración, que también es un eufemismo.


La neolengua corporativa
Otro momento alucinantemente orwelliano lo vivimos con el escándalo que se armó cuando un pasajero de United Airlines fue violentamente sacado del avión porque se negó a dar su lugar. Aquello fue la típica situación en la que todos pierden (aunque el hombre, luego de la fractura de su nariz tal vez gane una demanda multimillonaria a la aerolínea).

Las acciones de United Airlines no cayeron al día siguiente del incidente. Pero el valor de la empresa se desplomó por cerca de mil millones de dólares al otro día, luego de que el presidente de la compañía ofreciera disculpas de una forma que parecía más bien una justificación de los excesos. El uso de la neolengua corporativa lo delató.

Óscar Muñoz, en un comunicado vía Twitter, se disculpó por tener que “reacomodar” a los pasajeros debido a la sobreventa de boletos, pero no pidió perdón por cómo se gestionó la situación. La palabra clave fue “reacomodar”, cuando en realidad se trataba de una acción violenta (y nada cómoda) en contra de un cliente que había pagado su boleto de avión.

El hombre, creo que no por casualidad porque así se las gasta el mundo corporativo, acababa de ser premiado como el Comunicador del Año. Supongo que por ser el mejor hablante de corporatés, que es una forma particular de la neolengua.

Otro elemento fue el uso del término “voluntario”: según United, “nuestro equipo buscó voluntarios, un cliente se rehusó a dejar la aeronave voluntariamente y se pidió la intervención de agentes de la ley”. Aquí el término “voluntarios” actúa igual que la palabra “libre” en el mundo de Orwell. En 1984 sí existe la palabra “libre”, pero para decir que el perro está libre de piojos o el jardín está libre de yerbas malas.

El diccionario Merriam-Webster tuvo que salir en defensa del idioma inglés, antes de que lo ocupen empleados como los de la distopia, y aclaró que voluntario significa “alguien que hace algo sin ser forzado a hacerlo”. Precisamente lo contrario de lo que sucedió en aquel famoso vuelo.

Al final, luego de las pérdidas millonarias, el presidente de la empresa tuvo que dar disculpas en serio, y no en la neolengua corporativa (esa de “misión y visión” y otras barrabasadas): sólo así se pudo parar la sangría financiera.


Neolengua para todos.  
Si nos ponemos atentos en nuestra vida cotidiana, encontraremos un montón de ejemplos de neolengua y que a menudo van más allá del mero eufemismo (ese de los “ajustes”, las “reestructuraciones” y los “encharcamientos”) o la evidente estupidez (la “sal orgánica”). Haríamos bien en mantenernos en guardia. 

miércoles, diciembre 21, 2016

Adictos al clic

Hace años, la gente se enteraba de las noticias fundamentalmente a través de los periódicos. Los diarios eran, como decía Hegel, la oración matinal del hombre moderno.

En esa época, la lectura de noticias solía tener su momento del día y su orden específico. De acuerdo con los gustos, uno iba hojeando las distintas secciones, deteniéndose un rato en el texto de algún editorialista o en alguna crónica bien escrita, o se ponía a hacer cuentas con las estadísticas deportivas disponibles.

De hecho, muchos periódicos tradicionales –esos que tienes que desplegar ampliamente para leerlos– se dividían en secciones separables, que a veces se repartían entre los miembros de la familia, según sus preferencias.

Las personas también solían comprar revistas mensuales o semanales, casi siempre de acuerdo con sus intereses especiales. Había quien las compraba de política, quien de futbol o beisbol, quien de temas culturales. Y había revistas que tenían de todo, como en botica. Para leer en ratos libres, pero después del obligatorio periódico matutino.

Cuando la televisión se hizo masiva, no faltó quien pensara que desplazaría a los medios impresos. La gente iba a tener las noticias gratis.

No fue así. El hecho es que un diario tamaño tabloide tiene, en promedio, 40 veces más información escrita que un noticiero de 30 minutos, y suele ser leído en aproximadamente el mismo tiempo. No están, por supuesto, los videos, que –en determinadas ocasiones, pero no como regla– generan interés por su inmediatez y su espectacularidad. También resulta mucho más fácil para la TV grabar sucesos importantes que suceden en el momento: un diario tiene que hacer una edición especial y el suceso debe ser muy relevante (el ejemplo más reciente es el ataque a las Torres Gemelas). Pero nunca la pantalla chica ha podido sustituir a la prensa.

Sin embargo, el advenimiento de la televisión de masas provocó cambios importantes en el periodismo escrito. Ya no era tan atractivo salir con la nota que la televisión había manejado la noche anterior. Y si era de horas antes, todavía menos, sobre todo con la multiplicación de la radio noticiosa. Las noticias duras se convertían en “pan duro” con una rapidez antes no sospechada.

Eso obligó a la gente de prensa a hacer dos cosas: una, aprovechando que tiene más espacio, es dotar de contexto analítico o histórico a la nota del día; con ello se generaba un plus que la televisión era incapaz de ofrecer. Otra, generar notas de investigación, exclusivas de interés que ningún otro medio podía entregar.
De ahí surgió el método de competencia que todavía prevalece. Ya no es “ganar” la nota, sino quién la presenta de manera más interesante, o quién es capaz de fijar agenda. Al mismo tiempo, cobró más relevancia relativa otra zona en donde cada periódico es diferente: las plumas de opinión.

La irrupción masiva de la tele está ligada con cambios en las formas de comunicación y de control político. Si antes se trataba de convencer con argumentos, ahora –de manera creciente– se trata de seducir con ideas-fuerza. Si antes importaban la plaza, la escuela, la opinión publicada, ahora –cada vez más– importan la red social, la pantalla, la opinión pública medida en encuestas.

En los últimos lustros nos hemos estado moviendo, lenta pero consistentemente, del periodismo de información al periodismo de entretenimiento. Cada vez se piensa menos en informar y formar opinión (¡qué vieja suena ya la frase!) y cada vez más en complacer al cliente. Cada vez menos en la construcción de un nicho estable de lectores y cada vez más en la búsqueda frenética de compradores.

Lo último se ha hecho más que palpable con el advenimiento del internet como herramienta privilegiada de información. Con la red, todos hemos variado notablemente la forma en la que consumimos noticias, opiniones y cosas que parecen noticia o que parecen opinión.

Lo primero es que ya se perdió el orden. Para muchos –en especial para quienes ya no consumen la prensa escrita– el día comienza con una verdadera avalancha de información en las redes sociales. Esta avalancha no suele estar jerarquizada, y uno la va digiriendo a cómo puede. Se entrecruzan notas del momento, noticias del día anterior, análisis más o menos inteligentes, notas triviales que los buscadores de Silicon Valley piensan que pueden interesarte, discusiones más o menos baladíes entre tuiteros o amigos del Facebook, chistes varios, videos de perritos, vínculos a blogs, frases célebres, tests, encuestas y algo que se está grabando en Periscope. Un arroz con mango.

En medio de esa avalancha, la prensa escrita tiene que buscar su nicho. Tiene que insistir en su canon, en señalar lo que le parece relevante. Tiene que enviar el mensaje de la noticia que importa, de la opinión que considera que vale la pena. Y tiene que hacerlo de manera atractiva, que compita no solamente con los otros diarios, sino con todo lo demás que hay en la red, que es, literalmente, un mundo.

También, por supuesto, puede hacer otra cosa. Ponerse a buscar clics de manera frenética, pensando en mejorar sus métricas –que no su número de lectores– y, con ello, su posición en los buscadores y en los compradores de publicidad pública o privada, que utilizan ese criterio para definir pautas y precios.

Es una cosa lamentable ver cómo hay diarios, otrora serios, que se han vuelto, en sus versiones web, adictos al clic, junkies de lo viral. Noticias, opiniones, análisis, contexto, han dejado su lugar al envío de mujeres semiencueradas en los avisos en el celular, insistencia en los #Lores y #Ladies que hacen gala de su falta de civismo, largas disquisiciones sobre los XV Años de Ruby, noticias más triviales que el chisme más ligero de la farándula y videos de accidentes. Todo, envuelto en insinuaciones para hacer más tentador el clic que se multiplicará por mil. Lo de menos es ser leídos.

Hay hechos que se han vuelto virales en la red por el interés humano de la historia que tienen, o porque son de verdad espectaculares. Pero la mayoría lo son por el morbo de la gente. Hace rato que varios medios no lo distinguen. Están demasiado ocupados en su ansia, arrastrándose en pos de un pinchazo: el clic del internauta.

En el camino, la sociedad pierde. Hay más información, pero no está mejor informada.


Posverdades y pitufos asesinos




Cuando apareció la posverdad como nueva palabra (aunque yo digo que hubiera sido más elegante post-verdad), lo primero que se me vino a la mente no fue el bulo, difundido en internet, de que el Papa Francisco había apoyado a Trump, sino la declaración de una campesina serbo-bosnia, durante la guerra civil yugoslava, de que la gente había visto, flotando en el río, a niños cristianos crucificados por los bosnios musulmanes.

La posverdad es una confianza en afirmaciones que pueden parecen realidad, pero no lo son. Esa confianza parte de preconceptos y de sensaciones: en la práctica ni siquiera importa si quien la acepta asume la mentira como si fuera verdad o si, aún a sabiendas de que es mentira, la toma como si fuera verdad.

La palabreja es nueva, pero denota algo que ha existido, con otros nombres o sin nombre alguno, por muchos años. Los niños cristianos crucificados han flotado en los ríos de Europa desde la Edad Media. Es la creencia en información falsificada y manipulada con fines políticos o de otro tipo.  

Hay una enorme cantidad de ejemplos de posverdad a lo largo de la historia. Una de las más conocidas es el libelo antisemita conocido como Los Protocolos de los Sabios de Sión y la conspiración judeo-masónica, que fue usado por el gobierno zarista, primero, y por los nazis, después, para justificar ideológicamente la persecución de los judíos.  

Muchas otras imposturas han servido para reescribir la historia de los pueblos. Para hacer mitos fundacionales. Hay que admitir que una parte de la historia moderna está fundada en una plataforma de falsificación, que funciona gracias a la vorágine de irracionalidad con la que suele manejarse la política.

Durante siglos, las posverdades han servido para que los falsarios dirijan la frustración popular hacia enemigos externos, y obtengan, así, el control político de la población. Siempre será una voz autoritaria y paternalista la que nos advierta de la amenaza externa, que porta quien es diferente a nosotros.

Hay posverdades que emanan claramente de los centros de poder. En los regímenes totalitarios son fáciles de detectar, pero son tan pertinaces que acaban por funcionar. En los regímenes liberales requieren de cierta complicidad –consciente o no– de parte de los medios plurales, como fue el caso de las famosas Armas de Destrucción Masiva, que Saddam Husein estaba preparando para el mundo.

Hay otras posverdades que suelen venir también de los centros de poder, pero a veces tienen su origen en la frustración y la imaginación populares. Las hemos conocido toda la vida con una palabra más sencilla: rumores.

En México, hemos tenido rumores exitosos de todo tipo. Y la credibilidad de la población es de asustarse. Habrá quien recuerde que hace medio siglo miles de personas fueron a Paseo de la Reforma, porque habría una procesión de OVNIs a la Basílica de Guadalupe. O, más grave, cuando los padres de colonias populares evitaban la acción de las brigadas de vacunación porque eran “doctores cubanos que esterilizaban a las niñas”. Y en los años ochenta corrió la voz de alarma de que los pitufos de peluche estrangulaban a los niños en el sueño.

Los rumores (creo que habrá que definirlos como posverdades predigitales) han servido, entre otras cosas, para medir la capacidad de penetración de mentiras sobre cierto tema entre la población, y para manipular puntos de vista, para provocar estados de ánimo colectivo, para desarmar la potencial organización autónoma de la gente.

Con el advenimiento del internet, los rumores que antes pasaban de boca a boca, ahora son capaces de multiplicarse de manera exponencial. Sin embargo, lo que no se ha multiplicado de la misma forma es la capacidad de la gente para procesar la información, y distinguir la que tiene sustento de la que no lo tiene.

El internet ha sido un gran democratizador de la información. La red sustituye a la pirámide, a la visión prefabricada del mundo que viene de los medios tradicionales. Y da al usuario la posibilidad de elegir entre una gran cantidad de información. Lo que no le da es la capacidad de elegir críticamente, sobre todo si no tiene la escolaridad necesaria (en cantidad y calidad) para hacerlo.

Cuando no está clara la fuente de las noticias, uno no sabe en realidad con quién está hablando. Si no hay un filtro interno, no sabrá distinguir entre la realidad y la mentira. Y ni siquiera tiene que ser una mentira del tamaño del pitufo asesino: basta con crear una atmósfera de suspicacia, basta con sugerir, con insinuar, para que una posverdad tenga efectos duraderos en el prestigio de personas o instituciones.

Por eso es que hay una liga muy estrecha entre los promotores de las posverdades y los teóricos de la conspiración. Según éstos, todo acontecimiento relevante es resultado de una manipulación perversa de un grupo que tiene motivos oscuros. Al final de cuentas resulta que la manipulación verdadera es la de quienes denuncian una conspiración falsa, para el enardecimiento de los fieles.

He comentado dos cuestiones clave. Dos condiciones necesarias para el triunfo de la posverdad. La primera es un grado de instrucción insuficiente para discernir lo verídico de lo falso en la información. La segunda es una disposición no racional a considerar cierta la información distorsionada: una suerte de fe, guiada por los sentimientos (de enojo, frustración y vulnerabilidad, por lo general).

Nunca sabremos con exactitud qué tanto influyó la catarata de posverdades en la red en la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Lo que sí sabemos es que de poco le sirvió a los medios tradicionales haber apelado normalmente a los hechos comprobados.

La prensa, en particular, y no solamente en EU, tiene el deber de repensar sus métodos y su papel. Si millones la ven con tanta desconfianza como para darle el mismo valor a su información que a los bulos interesados y a veces delirantes, es que algo anda mal. Es un activo de toda sociedad democrática, pero muchos la consideran un represente más de la “elite”, de los “expertos” que poco hacen por mejorar la vida de la gente común y corriente.
 
Por cierto, iba avanzado en este texto cuando decidí buscar en internet acerca de las mentiras que maneja el régimen dictatorial de Corea del Norte. Lo primero que encontré no fueron alabanzas a Kim Jung Un, sino una nota que dice que su gobierno crucifica a los niños cristianos en cruces de fuego.