viernes, abril 24, 2026

50 futbolistas mexicanos


En estos días se ha puesto de moda en las redes sociales hacer la lista del mejor medio centenar de futbolistas mexicanos de la historia. Va mi espada en prenda, con la reserva de que pienso actualizar mi lista cada vez que lo considere pertinente. 

  1. Hugo Sánchez  
  2. Rafa Márquez
  3. Chicharito Hernández
  4. Andrés Guardado
  5. Giovani Dos Santos
  6. Luis Hernández
  7. Luis García
  8. Claudio Suárez
  9. Enrique Borja
  10. Jared Borgetti
  11. Jorge Campos
  12. Memo Ochoa
  13. Cuauhtémoc Blanco
  14. Raúl Jiménez
  15. Antonio Carbajal
  16. Oribe Peralta
  17. Carlos Vela
  18. Alberto García Aspe
  19. Carlos Salcido
  20. José de Jesús Corona
  21. Chava Reyes
  22. Gerardo Torrado
  23. Chucky Lozano
  24. Héctor Herrera
  25. Pavel Pardo
  26. Nacho Flores
  27. Horacio Casarín
  28. Ricardo Peláez
  29. Héctor Moreno
  30. Manuel Negrete
  31. Luis Roberto Alves, Zague
  32. Benjamín Galindo
  33. Conejo Pérez
  34. Edson Álvarez
  35. Johan Vásquez
  36. Luis Flores
  37. Javier Valdivia
  38. Halcón Peña
  39. Oswaldo Sánchez
  40. Santiago Giménez
  41. Ricardo Osorio
  42. Pablo Larios
  43. Carlos Hermosillo
  44. Tecatito Corona
  45. Maza Rodríguez
  46. Fernando Quirarte
  47. Antonio Naelson Sinha
  48. Pirata Fuente
  49. Omar Bravo
  50. Héctor Hernández

La lista está hecha tomando en cuenta tres factores: actuación con la selección mexicana en sus distintas categorías (sí importa el tipo de torneo); actuación con los clubes en los que hayan jugado, tomando en cuenta el diferente nivel de las ligas; un factor de popularidad. Considero que no hay duda sobre los tres primeros.

De todos los jugadores listados, solamente a dos nunca vi jugar: Horacio Casarín y Luis Pirata Fuente. Admito que me baso en sus leyendas (y numeritos).

Se aceptan comentarios, críticas y propuestas alternativas.


jueves, abril 16, 2026

(E)Lecciones húngaras


 

Las recientes elecciones húngaras han llamado la atención porque han puesto fin a 16 años de un gobierno populista y crecientemente autoritario, encabezado por Viktor Orbán y su partido Fidesz (Alianza Cívica), de ideología cristiano-nacionalista abiertamente derechista. Implican un cambio de balance en Europa, donde Orbán era una piedra en el zapato en la UE, por sus posiciones pro rusas. Pueden también ser un indicador de que el populismo está experimentando una regresión en la lógica del péndulo político. Y nos recuerdan que el populismo autoritario, a diferencia de una dictadura pura y dura, puede ser derrotado en las urnas.

Orbán llegó ser primer ministro húngaro en 1998, en una coalición de centro-derecha. En 2002 perdió las elecciones ante los socialistas, pero en 2010, aprovechando el descontento social provocado por la crisis económica ligada al shock financiero de dos años atrás, regresó al poder. Su ascenso significó el fin del gobierno del Partido Socialista Húngaro, organización socialdemócrata y pro europea.   

En 2010 el Fidesz se había radicalizado. Una parte importante del discurso de ese partido se fincaba en el nacionalismo extremo, con una xenofobia particularmente dirigida a los judíos, vistos como “especuladores extranjeros” y contra las elites de poder, que -en esa visión- eran encarnados por el financista húngaro-estadunidense George Soros. Fidesz y Orbán se presentaron como la encarnación de los deseos del pueblo trabajador húngaro.

Esa victoria fue arrolladora. Fidesz obtuvo la mayoría constitucional y Orbán la utilizó ampliamente. De hecho, se redactó una nueva Constitución, a la que se le hicieron cambios y adiciones según las necesidades del partido. Esto incluyó, entre otras cosas, la fijación de valores tradicionales y cristianos en la carta magna, una reforma judicial con la depuración de jueces desafectos al régimen y una serie sucesiva de cambios a la legislación electoral.

Entre estos últimos destacan, primero, la reducción del número de diputados (ahorro para el pueblo); después, el cambio en la proporción entre diputados de mayoría y de lista (menos pluris, más unis) y el rediseño a contentillo de los distritos electorales; finalmente, la “compensación al ganador”, mediante la cual los votos “sobrantes” de los ganadores de distrito pasan a engrosar a su partido en la elección plurinominal. Dichas reformas sirvieron para que el Fidesz mantuviera la mayoría constitucional calificada aun en elecciones donde obtuvo menos del 50 por ciento de los votos, como sucedió en 2018 y 2022.

Esto, más el control cada vez más estrecho de los medios de comunicación, y sumado a una política de subsidios directos a la población, permitió a Orbán presumir de una “democracia iliberal” que permitía su reelección constante. Su modelo fue visto como EL ejemplo a seguir por todos los populistas del mundo (muy abiertamente, por aquellos situados a la derecha del espectro político; en la práctica, también por los que se dicen de izquierda). Parecía que permitiría eternizarse en el poder a un personaje que llegó por primera vez a la jefatura de gobierno a los 35 años y que ahora tiene 62.

¿Qué pasó ahora? Hay al menos cuatro elementos que explican lo sucedido.

El primero es que cambió la oposición. En las primeras ocasiones, las victorias de Orbán fueron contra los partidos tradicionales que precedieron la victoria del Fidesz, ya sea los socialdemócratas o los conservadores liberales. Derrotó incluso, en 2022, a una suerte de “coalición arcoíris” de partidos unidos sólo por el antiorbanismo, y que tenía un candidato independiente. Ahora se trata de un partido, el Tisza (Respeto y Libertad), creado por un disidente del Fidesz, Peter Magyar, ex ministro de relaciones exteriores de Orbán.

Magyar se alejó del partido y de Orbán a partir del perdón concedido por la presidencia a un pedófilo, renunciando a los puestos que tenía en empresas estatales y denunciando la corrupción que había enriquecido enormemente a varios cercanos a Orbán (en el camino, su esposa, entonces a la cabeza del Ministerio de Justicia, perdió el puesto, y Magyar, su matrimonio).

El caso es que esta oposición no tiene grandes diferencias ideológicas con Fidesz, en el sentido de que es conservadora y nacionalista, pero centró su campaña en tres aspectos cruciales: una, el ataque al “Estado mafioso” de Orbán, hecho a partir de la detención de una cuota excesiva de poder y la defensa de los leales, sin importar qué delitos hayan cometido; la segunda, el compromiso de adhesión a la Unión Europea y de apoyo a Ucrania, tras la invasión rusa; la tercera, la propuesta de que nadie puede ser primer ministro por más de dos periodos (Orbán lo ha sido por cinco). Esto le bastó para hacerse del apoyo de electores de centro-izquierda y socialistas. También contribuyó que el Partido Socialista haya decidido no presentar candidatos y llamado a votar por Tisza: la prioridad era sacar a Orbán; eso es algo que difícilmente puede suceder en otros países con gobiernos populistas autoritarios.

Una característica de Tisza es que no intentó consolidar sus apoyos en las zonas que habían mostrado oposición a Orbán, tradicionalmente asentadas en las grandes ciudades, sino que hizo mucho trabajo de campo en las regiones donde Fidesz tenía una clara hegemonía: en los pueblos pequeños y en la campiña.

El segundo elemento es que el periodismo independiente de investigación, el poco que quedaba en Hungría, hizo su trabajo, documentando, por un lado, los múltiples casos de corrupción gubernamental y, por el otro, la relación de dependencia de Orbán respecto a Vladimir Putin. Puso el dedo en la contradicción entre los discursos nacionalistas y soberanistas del húngaro con su sumisión respecto al ruso… y los húngaros no olvidan la invasión soviética de 1956. El sentimiento antirruso ayudó a Tisza.

El tercer elemento es que la victoria de la oposición fue amplia. Durante el día de la elección, los medios públicos y los youtubers controlados por Orbán empezaron a hablar acerca de un fraude orquestado por los europeístas. Lo hubieran usado en caso de un resultado cerrado. Cuando se dieron cuenta de que la diferencia era muy grande, se quedaron sin palabras (porque sólo se sabían el guion).

El cuarto es que Orbán recibió el beso del diablo. Tal vez fueron tóxicos los apoyos que recibió de la ultraderecha europea, de Meloni a Abascal, de Le Pen a Wilders. Pero lo que acabó de estropearlo fue el espaldarazo de Trump y Vance, que no significan más que desprestigio.

A esos cinco elementos hay que añadirles una paradoja. La sobrerrepresentación que Orbán armó, con su reforma electoral, para consolidar un largo régimen del Fidesz, ahora ha pasado a Magyar y a Tisza, que tienen la mayoría constitucional para revertir los cambios antidemocráticos. Ojalá lo hagan.       

viernes, abril 10, 2026

Geopolítica (y maravilla) del regreso a la Luna


Uno mira a la Luna, piensa que en su órbita hay cuatro seres humanos, y se maravilla de ello. Luego se da cuenta que esa bonita sensación no la tenía desde hace más de medio siglo, y no le queda más que preguntarse por qué pasó tanto tiempo.

Fue tanto el tiempo, que perdimos varias cuentas. El vuelo de Artemisa II es la décima exploración tripulada que llega a la órbita lunar. Las otras nueve fueron del proyecto Apolo; la primera, en el lejanísimo 1968; la última, en el casi tan lejano 1972. De ellas, seis culminaron en alunizaje. La memoria no recordaba tantas.  

¿Qué fue lo generó ese hiato de más de 50 años? ¿Por qué hubo en Estados Unidos un frenesí de 31 misiones espaciales tripuladas entre 1961 y 1972? La respuesta está en la geopolítica. La Unión Soviética había sido la primera en lanzar con éxito a seres humanos al espacio exterior y demostraba, con ello, ser capaz de competir con Estados Unidos en lo que se consideraba era la punta de la tecnología.

El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin surcó el espacio; en junio de ese mismo año, John F. Kennedy propuso a Nikita Jrushov hacer un esfuerzo conjunto para ir a la luna, pero el premier soviético se negó. En el contexto de la Guerra Fría, aquello era un reto que, en palabras posteriores de Kennedy, “queremos aceptar, no estamos dispuestos a posponer, y pretendemos ganar”. Era, según las palabras del presidente de EU, una batalla entre “la ruta de la libertad” y “la ruta de la tiranía” para tomar el liderazgo en logros espaciales “que en muchas maneras es clave para nuestro futuro en la tierra”.

Pasó que Estados Unidos superó a la Unión Soviética en esa carrera; después, que la URSS colapsó, y que el programa Soyuz -diseñado originalmente para llevar cosmonautas a la luna- se convirtió en otra cosa: un mecanismo para transportar tripulaciones de diversas nacionalidades a las estaciones espaciales Salyut, Mir e ISS. Rusia tiene planes para reemplazar el Soyuz con un tipo de nave más moderno, el Orel, pero se tardarán, porque los esfuerzos financieros de Moscú están en la absurda guerra contra Ucrania.

La breve era de la hegemonía unipolar coincidió con el fin de la carrera espacial de naves tripuladas. Los esfuerzos se dirigieron más hacia la investigación del universo por sondas no tripuladas: Mars-Rovers, Cassini, el telescopio Hubble, que siguen los pasos del Voyager I (lanzado en 1977), el único objeto hecho por humanos que ha alcanzado el espacio interestelar.

¿Y ahora, por qué el nuevo impulso? Porque el mundo está dejando de ser unipolar. China alza la mano, y no sólo en cuestiones comerciales. Es el único país que ha logrado alunizar en el lado oscuro y traído muestras de esa zona, tiene su propia estación espacial (la Tiangong), ha lanzado su propio robot explorador a Marte y, en 2015, sus líderes declararon la intención de que sus taikonautas logren un alunizaje para 2030.

El programa Artemisa es la respuesta estadunidense al reto de la nueva potencia emergente. Empezó a desarrollarse durante el primer gobierno de Trump, y no se detuvo con Biden. No casualmente, tanto los americanos como los asiáticos se dirigen al mismo punto de la luna: el polo sur. Ahí pretenden alunizar. Sucede que, porque allí nunca toca el sol, existen depósitos de agua que facilitarían la construcción de una base permanente en nuestro satélite natural. Para allá van los dos. Estados Unidos no quiere perder la primacía y, por lo visto, todavía lleva ventaja.

Una primera pregunta es si el dedicar tantísimos recursos al armamentismo y a la guerra no le quitará esa ventaja a Estados Unidos, cada vez menos dispuesto -bajo Trump- a invertir en ciencia. Una segunda es, si, en vez de darse ínfulas de grandeza nacional, se buscara una cooperación internacional, qué tan rápido podría avanzarse en ese terreno del conocimiento y la exploración científica, y otras áreas ligadas a él.

Artemisa II ha devuelto a muchos la mirada científica hacia los cielos. No importa que el método de vuelo sea esencialmente el mismo de hace medio siglo (utilizar la gravedad de los cuerpos celestes como catapulta, tras un fortísimo impulso inicial) o que la velocidad y distancia máxima alcanzadas apenas sean marginalmente superiores a las de entonces. La mera idea de estar físicamente de vuelta es excitante. Además, es bonito el nombre: Artemisa era la hermana gemela de Apolo, en la mitología griega. Uno es el sol y la otra es la Luna. Apolo le dio nombre al tercer grupo de misiones tripuladas de la NASA, incluyendo la más famosa de todas ellas.

Mirar hacia arriba sirve también para darnos cuenta de lo pequeños que somos. Si la Vía Láctea tiene una circunferencia del tamaño de Estados Unidos (continental), nuestro sistema solar es del tamaño de un pulgar humano. El viaje a la luna es entre dos pliegues de la huella digital. La sonda Voyager I, la que más lejos ha viajado, apenas llegó a la muñeca de la mano: 22 horas luz. Y se ha tardado 49 años en hacerlo. Y la Vía Láctea es una entre billones de galaxias.

Pensar en eso debería darnos un escalofrío, como el que seguramente tuvo Galileo cuando vio, con su rudimentario telescopio, estrellas que eran invisibles al ojo humano desnudo, que existían sin que las viéramos. Tal vez entonces, cuando se dio cuenta, con toda claridad, de que el universo no estaba hecho por Dios para nosotros, entendió que escudriñarlo sería una tarea interminable y fascinante.