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viernes, abril 24, 2026
50 futbolistas mexicanos
jueves, abril 16, 2026
(E)Lecciones húngaras
Las recientes elecciones húngaras han llamado la
atención porque han puesto fin a 16 años de un gobierno populista y
crecientemente autoritario, encabezado por Viktor Orbán y su partido Fidesz (Alianza
Cívica), de ideología cristiano-nacionalista abiertamente derechista. Implican
un cambio de balance en Europa, donde Orbán era una piedra en el zapato en la
UE, por sus posiciones pro rusas. Pueden también ser un indicador de que el
populismo está experimentando una regresión en la lógica del péndulo político. Y
nos recuerdan que el populismo autoritario, a diferencia de una dictadura pura
y dura, puede ser derrotado en las urnas.
Orbán llegó ser primer ministro húngaro en 1998, en
una coalición de centro-derecha. En 2002 perdió las elecciones ante los
socialistas, pero en 2010, aprovechando el descontento social provocado por la
crisis económica ligada al shock financiero de dos años atrás, regresó al poder.
Su ascenso significó el fin del gobierno del Partido Socialista Húngaro, organización
socialdemócrata y pro europea.
En 2010 el Fidesz se había radicalizado. Una parte
importante del discurso de ese partido se fincaba en el nacionalismo extremo,
con una xenofobia particularmente dirigida a los judíos, vistos como
“especuladores extranjeros” y contra las elites de poder, que -en esa visión-
eran encarnados por el financista húngaro-estadunidense George Soros. Fidesz y
Orbán se presentaron como la encarnación de los deseos del pueblo trabajador
húngaro.
Esa victoria fue arrolladora. Fidesz obtuvo la mayoría
constitucional y Orbán la utilizó ampliamente. De hecho, se redactó una nueva
Constitución, a la que se le hicieron cambios y adiciones según las necesidades
del partido. Esto incluyó, entre otras cosas, la fijación de valores
tradicionales y cristianos en la carta magna, una reforma judicial con la
depuración de jueces desafectos al régimen y una serie sucesiva de cambios a la
legislación electoral.
Entre estos últimos destacan, primero, la reducción
del número de diputados (ahorro para el pueblo); después, el cambio en la
proporción entre diputados de mayoría y de lista (menos pluris, más unis)
y el rediseño a contentillo de los distritos electorales; finalmente, la
“compensación al ganador”, mediante la cual los votos “sobrantes” de los
ganadores de distrito pasan a engrosar a su partido en la elección
plurinominal. Dichas reformas sirvieron para que el Fidesz mantuviera la
mayoría constitucional calificada aun en elecciones donde obtuvo menos del 50
por ciento de los votos, como sucedió en 2018 y 2022.
Esto, más el control cada vez más estrecho de los
medios de comunicación, y sumado a una política de subsidios directos a la
población, permitió a Orbán presumir de una “democracia iliberal” que permitía
su reelección constante. Su modelo fue visto como EL ejemplo a seguir por todos
los populistas del mundo (muy abiertamente, por aquellos situados a la derecha
del espectro político; en la práctica, también por los que se dicen de
izquierda). Parecía que permitiría eternizarse en el poder a un personaje que
llegó por primera vez a la jefatura de gobierno a los 35 años y que ahora tiene
62.
¿Qué pasó ahora? Hay al menos cuatro elementos que
explican lo sucedido.
El primero es que cambió la oposición. En las primeras
ocasiones, las victorias de Orbán fueron contra los partidos tradicionales que
precedieron la victoria del Fidesz, ya sea los socialdemócratas o los
conservadores liberales. Derrotó incluso, en 2022, a una suerte de “coalición
arcoíris” de partidos unidos sólo por el antiorbanismo, y que tenía un
candidato independiente. Ahora se trata de un partido, el Tisza (Respeto y Libertad),
creado por un disidente del Fidesz, Peter Magyar, ex ministro de relaciones
exteriores de Orbán.
Magyar se alejó del partido y de Orbán a partir del
perdón concedido por la presidencia a un pedófilo, renunciando a los puestos
que tenía en empresas estatales y denunciando la corrupción que había
enriquecido enormemente a varios cercanos a Orbán (en el camino, su esposa,
entonces a la cabeza del Ministerio de Justicia, perdió el puesto, y Magyar, su
matrimonio).
El caso es que esta oposición no tiene grandes
diferencias ideológicas con Fidesz, en el sentido de que es conservadora y
nacionalista, pero centró su campaña en tres aspectos cruciales: una, el ataque
al “Estado mafioso” de Orbán, hecho a partir de la detención de una cuota
excesiva de poder y la defensa de los leales, sin importar qué delitos hayan
cometido; la segunda, el compromiso de adhesión a la Unión Europea y de apoyo a
Ucrania, tras la invasión rusa; la tercera, la propuesta de que nadie puede ser
primer ministro por más de dos periodos (Orbán lo ha sido por cinco). Esto le
bastó para hacerse del apoyo de electores de centro-izquierda y socialistas. También contribuyó que el Partido Socialista haya decidido no presentar candidatos y llamado a votar por Tisza: la prioridad era sacar a Orbán; eso es algo que difícilmente puede suceder en otros países con gobiernos populistas autoritarios.
Una característica de Tisza es que no intentó
consolidar sus apoyos en las zonas que habían mostrado oposición a Orbán, tradicionalmente
asentadas en las grandes ciudades, sino que hizo mucho trabajo de campo en las
regiones donde Fidesz tenía una clara hegemonía: en los pueblos pequeños y en
la campiña.
El segundo elemento es que el periodismo independiente
de investigación, el poco que quedaba en Hungría, hizo su trabajo,
documentando, por un lado, los múltiples casos de corrupción gubernamental y,
por el otro, la relación de dependencia de Orbán respecto a Vladimir Putin.
Puso el dedo en la contradicción entre los discursos nacionalistas y
soberanistas del húngaro con su sumisión respecto al ruso… y los húngaros no olvidan
la invasión soviética de 1956. El sentimiento antirruso ayudó a Tisza.
El tercer elemento es que la victoria de la oposición
fue amplia. Durante el día de la elección, los medios públicos y los youtubers
controlados por Orbán empezaron a hablar acerca de un fraude orquestado por los europeístas. Lo hubieran usado en caso de un resultado cerrado. Cuando se
dieron cuenta de que la diferencia era muy grande, se quedaron sin palabras
(porque sólo se sabían el guion).
El cuarto es que Orbán recibió el beso del diablo. Tal
vez fueron tóxicos los apoyos que recibió de la ultraderecha europea, de Meloni
a Abascal, de Le Pen a Wilders. Pero lo que acabó de estropearlo fue el
espaldarazo de Trump y Vance, que no significan más que desprestigio.
A esos cinco elementos hay que añadirles una paradoja.
La sobrerrepresentación que Orbán armó, con su reforma electoral, para consolidar
un largo régimen del Fidesz, ahora ha pasado a Magyar y a Tisza, que tienen la
mayoría constitucional para revertir los cambios antidemocráticos. Ojalá lo
hagan.
viernes, abril 10, 2026
Geopolítica (y maravilla) del regreso a la Luna
Fue tanto el tiempo, que perdimos varias cuentas. El
vuelo de Artemisa II es la décima exploración tripulada que llega a la órbita
lunar. Las otras nueve fueron del proyecto Apolo; la primera, en el lejanísimo
1968; la última, en el casi tan lejano 1972. De ellas, seis culminaron en
alunizaje. La memoria no recordaba tantas.
¿Qué fue lo generó ese hiato de más de 50 años? ¿Por
qué hubo en Estados Unidos un frenesí de 31 misiones espaciales tripuladas
entre 1961 y 1972? La respuesta está en la geopolítica. La Unión Soviética
había sido la primera en lanzar con éxito a seres humanos al espacio exterior y
demostraba, con ello, ser capaz de competir con Estados Unidos en lo que se
consideraba era la punta de la tecnología.
El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin surcó el espacio;
en junio de ese mismo año, John F. Kennedy propuso a Nikita Jrushov hacer un
esfuerzo conjunto para ir a la luna, pero el premier soviético se negó. En el
contexto de la Guerra Fría, aquello era un reto que, en palabras posteriores de
Kennedy, “queremos aceptar, no estamos dispuestos a posponer, y pretendemos
ganar”. Era, según las palabras del presidente de EU, una batalla entre “la
ruta de la libertad” y “la ruta de la tiranía” para tomar el liderazgo en
logros espaciales “que en muchas maneras es clave para nuestro futuro en la
tierra”.
Pasó que Estados Unidos superó a la Unión Soviética en
esa carrera; después, que la URSS colapsó, y que el programa Soyuz -diseñado
originalmente para llevar cosmonautas a la luna- se convirtió en otra cosa: un
mecanismo para transportar tripulaciones de diversas nacionalidades a las
estaciones espaciales Salyut, Mir e ISS. Rusia tiene planes para reemplazar el
Soyuz con un tipo de nave más moderno, el Orel, pero se tardarán, porque los
esfuerzos financieros de Moscú están en la absurda guerra contra Ucrania.
La breve era de la hegemonía unipolar coincidió con el
fin de la carrera espacial de naves tripuladas. Los esfuerzos se dirigieron más
hacia la investigación del universo por sondas no tripuladas: Mars-Rovers,
Cassini, el telescopio Hubble, que siguen los pasos del Voyager I (lanzado en
1977), el único objeto hecho por humanos que ha alcanzado el espacio
interestelar.
¿Y ahora, por qué el nuevo impulso? Porque el mundo
está dejando de ser unipolar. China alza la mano, y no sólo en cuestiones
comerciales. Es el único país que ha logrado alunizar en el lado oscuro y
traído muestras de esa zona, tiene su propia estación espacial (la Tiangong),
ha lanzado su propio robot explorador a Marte y, en 2015, sus líderes declararon
la intención de que sus taikonautas logren un alunizaje para 2030.
El programa Artemisa es la respuesta estadunidense al
reto de la nueva potencia emergente. Empezó a desarrollarse durante el primer
gobierno de Trump, y no se detuvo con Biden. No casualmente, tanto los
americanos como los asiáticos se dirigen al mismo punto de la luna: el polo
sur. Ahí pretenden alunizar. Sucede que, porque allí nunca toca el sol, existen
depósitos de agua que facilitarían la construcción de una base permanente en
nuestro satélite natural. Para allá van los dos. Estados Unidos no quiere perder
la primacía y, por lo visto, todavía lleva ventaja.
Una primera pregunta es si el dedicar tantísimos
recursos al armamentismo y a la guerra no le quitará esa ventaja a Estados
Unidos, cada vez menos dispuesto -bajo Trump- a invertir en ciencia. Una
segunda es, si, en vez de darse ínfulas de grandeza nacional, se buscara una
cooperación internacional, qué tan rápido podría avanzarse en ese terreno del
conocimiento y la exploración científica, y otras áreas ligadas a él.
Artemisa II ha devuelto a muchos la mirada científica hacia
los cielos. No importa que el método de vuelo sea esencialmente el mismo de
hace medio siglo (utilizar la gravedad de los cuerpos celestes como catapulta,
tras un fortísimo impulso inicial) o que la velocidad y distancia máxima
alcanzadas apenas sean marginalmente superiores a las de entonces. La mera idea
de estar físicamente de vuelta es excitante. Además, es bonito el nombre:
Artemisa era la hermana gemela de Apolo, en la mitología griega. Uno es el sol
y la otra es la Luna. Apolo le dio nombre al tercer grupo de misiones
tripuladas de la NASA, incluyendo la más famosa de todas ellas.
Mirar hacia arriba sirve también para darnos cuenta de
lo pequeños que somos. Si la Vía Láctea tiene una circunferencia del tamaño de
Estados Unidos (continental), nuestro sistema solar es del tamaño de un pulgar
humano. El viaje a la luna es entre dos pliegues de la huella digital. La sonda
Voyager I, la que más lejos ha viajado, apenas llegó a la muñeca de la mano: 22
horas luz. Y se ha tardado 49 años en hacerlo. Y la Vía Láctea es una entre
billones de galaxias.
Pensar en eso debería darnos un escalofrío, como el que seguramente tuvo Galileo cuando vio, con su rudimentario telescopio, estrellas que eran invisibles al ojo humano desnudo, que existían sin que las viéramos. Tal vez entonces, cuando se dio cuenta, con toda claridad, de que el universo no estaba hecho por Dios para nosotros, entendió que escudriñarlo sería una tarea interminable y fascinante.



