lunes, febrero 22, 2021

Las vacunas y el horizonte luminoso

 Aquí, otro bloque de tres textos.
Ahora, sobre la política de vacunación y anexas.


De vacunas, pandemia y engrudos hechos bola

Al tema de la pandemia que nos azota le salen cada vez más aristas. Y mientras más aristas salen, más bolas se le hacen al engrudo que ha preparado el gobierno.

Por una parte, tenemos el recrudecimiento de contagios y defunciones, que hicieron del ligero descenso otoñal un espejismo, y han puesto en evidencia dos cosas: que la medición de las camas disponibles sirve de poco, por más que se agreguen, cuando el sistema de salud está efectivamente colapsado en varias partes del país y que el método de semáforos se está convirtiendo en un asunto de ornato.

Si mueren más de mil personas al día, hay escasez y especulación con el oxígeno y, por más que haya reconversión de hospitales, ya no queda espacio, es que la situación está fuera de control. Los cálculos estuvieron mal desde el principio, cuando se corrigieron siguieron estando mal y ya no hay manera de volver a corregir.

Hay muchas maneras de ser ineficientes. Una de ellas es no prever. Cuando no hay previsión, sale caro, porque cuesta mucho más reparar que dar mantenimiento. Esto vale para la provisión de oxígeno, de personal, de medidas de prevención (y de paso para el Metro capitalino).

Pero sobre todo vale para la provisión económica. De ahí el problema de los semáforos. Cuando hay varias entidades en un rojo intenso, con los indicadores al máximo, la presión es para que las actividades económicas se normalicen lo más posible. ¿Por qué? Porque nunca hubo un programa que permitiera sobrevivir a empresas y trabajadores, y cada quien se ha tenido que rascar con sus uñas. De ahí el círculo vicioso que multiplica contagios sin evitar quiebras. Sin impedir que pedazos de la vida desaparezcan definitivamente. De ahí, también, que los semáforos se hayan convertido en indicadores aproximados, no en políticas públicas.

La falta de apoyos a trabajadores y empresas sólo tiene una explicación, y es política. López Obrador no quiso tocar sus tres proyectos insignia y tampoco quiso incurrir, como el resto de las naciones del mundo, en un déficit fiscal, porque implicaría deuda. El único país que ha dado por la pandemia menos apoyos económicos que México a su población es Uganda.

Esa misma actitud política es la que explica otras dos grandes bolas en el engrudo: una es la imposibilidad de no politizar el manejo de las vacunas y otra, la necesidad de mantener ese asunto entre la opacidad y la incertidumbre.

Dice el presidente López Obrador que sería ruin utilizar políticamente las vacunas contra el COVID. Pero nos encontramos con muchas cosas que nos dicen que está sucediendo exactamente lo contrario. Van tres ejemplos:

Uno es la utilización de los Servidores de la Nación como elemento central en las brigadas de vacunación, y ligar la entrega de apoyos sociales del gobierno con el proceso de inoculación a adultos mayores. La vacuna como generoso regalo del Señor Presidente.

Otro, igual de burdo, es la utilización del proceso de vacunación como instrumento electoral de parte de Morena. Así son los promocionales partidistas en los que aparece el logo del partido en el gobierno junto con imágenes de la fabricación de vacunas, que encima tienen el descaro de anunciar que se trata de “tiempos cedidos por Morena al cuidado de la salud”, cuando el partido no cedió sus tiempos de radio y TV. También hay carteles en los que, con el logo morenista, se presume que somos el país de América Latina que más vacunas ha aplicado (cierto en números absolutos, falso en relación al total de la población).

Finalmente, y ya para colmo, están las decisiones presidenciales de pasar por encima de los protocolos de vacunación reconocidos internacionalmente y -contra toda lógica de control de la pandemia- priorizar el único estado que está en semáforo verde, Campeche, para vacunar, no a los ancianos o a todo el personal de salud, sino a los maestros, para volver a las clases presenciales. La idea detrás de esto: dar la impresión de que se vuelve paulatinamente a la normalidad, aunque así se retrase en los hechos ese regreso.

La politización también explica la opacidad. Reservar por cinco años la información acerca de la compra de vacunas levanta sospechas naturales. Más aún cuando otras naciones han hecho explícitos tanto los montos de compra como los precios de adquisición.

Sabemos que México apartó con varios proveedores una cantidad de vacunas suficiente para proteger a toda la población. ¿Sabemos cuánto ha pagado de esas vacunas y cuándo lo hizo? ¿En qué lugar estamos de la prelación para la entrega de los activos biológicos?  ¿Cuáles son las características de los distintos convenios? La sociedad debería tener derecho a saberlo, pero el gobierno dice el trato con las farmacéuticas fue no revelarlo, y ese derecho no puede ser ejercido.

Finalmente, está el tema de la compra de vacunas de parte de gobiernos estatales o particulares. Primero se dijo que no, y luego que sí. Pero para que suceda lo segundo tienen que suceder muchas cosas: que la autorización de Cofepris para las vacunas sea no sólo para uso de emergencia, que las farmacéuticas acepten vender a gobiernos estatales o a privados y que haya disponibilidad para ello, tras la entrega a los gobiernos que ya pagaron. Es como el son de la Negra: “a todos diles que sí, pero no les digas cuando”.

Uno casi podría apostar que esas vacunas estarán disponibles, pero sólo a partir de la segunda mitad del año. Uno también podría pensar mal.

El problema para López Obrador -y el drama o la tragedia para el país- es que, en estos meses que vienen, la vacunación probablemente será desordenada, ineficaz y con las prioridades sociales chuecas. Eso también tiene otro tipo de costos.



Las vacunas y el horizonte luminoso

Decía el chiste: - ¿Qué es el comunismo?

- Es el horizonte luminoso de la humanidad

- ¿Y qué es el horizonte?

- Es una línea imaginaria que se aleja en la medida en que te acercas. 

Algo parecido está pasando con las vacunas contra el COVID en México. Las vacunas están en el horizonte, pero pasan los días y parecen cada vez más lejanas. Al mismo tiempo, las acciones de comunicación del gobierno generan la percepción de que las vacunas están por llegar, de que hay esperanza. El registro de adultos mayores es parte de esa estrategia: la ficha ya está, es cuestión nada más de esperar.

Aquí la clave es el rayito de esperanza. La idea de que el futuro luminoso está por llegar, aunque no lo haga. Es la lógica de la campaña electoral permanente: prometo que lo que vendrá será bueno, es cuestión de que tengan fe y voten por mi partido. No importa que esté en el gobierno. El presente, con sus malas decisiones, sus carencias y sus horrores, queda detrás: hay que poner atención en el futuro que se asoma. Ya se ve una lucecita al final del túnel.

Por lo mismo, siempre hay que apretar el pulsante del optimismo. La pandemia se extinguirá, la economía volverá a crecer, la corrupción será definitivamente desterrada. No importa que lo que veamos al momento indique lo contrario. Mucho menos, que las políticas públicas ayuden en poco o nada a ese optimismo.

Esa narrativa es parte esencial de la nueva forma de gobernar. La otra parte es la descalificación de la crítica y la polarización: quien critica es porque está del lado de quienes gobernaron como una casta de mandarines y menospreciaron al pueblo.

Así, el debate que se pretende desde el gobierno no es sobre el presente, sus problemas, sus retos, sus dramas y sus tragedias; no es sobre las opciones para mejorar ese presente, sino sobre el enfrentamiento mítico entre el pasado rechazado por las mayorías y el futuro promisorio.

Pero hay una tensión natural cuando el presente es de crisis sanitaria y económica. La gente quiere salir, tener trabajo y mantener cierta seguridad sobre su salud. Y eso no existe. No existirá hasta que haya una vacunación masiva.

Por lo mismo, no basta con agitar el fantasma del pasado al que no se querría volver. Y más que el combate a la corrupción y sus personajes emblemáticos, más que la economía, más que el manejo mismo de la pandemia, el tema de la vacunación toma el centro de la vida política nacional.

El gobierno tiene tiempo suficiente como para llevar a cabo una política de vacunación exitosa, que genere la percepción de que efectivamente hemos dejado atrás una pesadilla colectiva. Eso le bastará para volver a poner los acentos sobre el pasado y el futuro, y mantener rumbo y poder.

Toda estrategia de vacunación es política, porque es social y porque suele obedecer a razones de Estado. Pero existe el riesgo de que en esta ocasión se sobrepolitice. O, por decirlo de otra forma, se partidice, con una utilización electoral burda, que ponga en segundo plano la eficiencia en la distribución y la eficacia en los efectos para el control de la pandemia.

El problema es que, si sucede así, habrá fungido como búmerang político. Habrá demostrado que siempre se pueden hacer las cosas peor y que se puede hacer un uso extremamente ineficiente de los recursos escasos. Y todo el asunto habrá salido muy caro para la sociedad.

Está claro, en este ambiente sobrepolitizado, que también la oposición usará el tema de las vacunas en campaña, subrayando insuficiencias y distorsiones. El éxito que tenga dependerá de los resultados presentes en la vacunación, no de una formación de expectativas que, en este caso, no puede estirarse hasta el infinito.

En ese sentido, lo que conviene al gobierno es una estrategia de vacunación alejada de propósitos partidistas, capaz de usar piezas de la sociedad civil y abierta a la información clara y precisa. Entonces la vacuna pasará de ser una esperanza a una realidad para millones de mexicanos. En otras palabras: le conviene actuar pensando en el hoy y en el futuro inmediato.

La desgracia es que aquí el jefe del Ejecutivo piensa demasiado en el futuro remoto, en ese horizonte luminoso, en la esperanza etérea. Y, con ello, pasan a segundo término los efectos inmediatos de los actos -o las inacciones- de gobierno sobre la vida irrepetible de los mexicanos de hoy.

Me recuerda a Keynes en su crítica al hombre “intencionado”, al moralista virtuoso que “siempre trata de asegurar una inmortalidad espuria y engañosa, empujando el interés de sus acciones hacia adelante en el tiempo”. Es el tipo de gente para la que “mermelada no es mermelada si no es para mañana, nunca lo es para hoy” y de esa manera se asegura nunca estar preparando esa mermelada, que nadie jamás habrá de paladear.



Voluntarismo

Una parte de la cultura mexicana abreva del voluntarismo, de la idea de que echándole ganas todo se puede. Lo vemos por igual en el análisis popular de los partidos de futbol que en la idea común de que, si en realidad lo deseas, puedes triunfar en aquello que te propongas.

El voluntarismo igual ha servido para promover actitudes positivas de libro de autoayuda que para justificar desigualdades de base. A la hora del crecimiento (económico, mental, político) es de poca utilidad, porque, al dar preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento, resta importancia a las condiciones objetivas. Por eso luego la gente se da frentazos.

El voluntarismo es una suerte de irracionalismo optimista: funda sus previsiones en el deseo, dejando en segundo lugar la posibilidad real de que esas previsiones se puedan cumplir. Al mismo tiempo, desarrolla argumentos falaces para llegar al resultado deseado.

En política, apelar a la voluntad de las masas como elemento fundamental del cambio, sin considerar la situación real en la que se desarrollan, ha traído resultados nefastos. Hay en él un exceso de confianza en la capacidad autónoma del pueblo para hacer bien las cosas y una falta de visión de los obstáculos que enfrenta en el proceso. Esa falta de visión resulta del deseo mismo de que las cosas salgan bien, convertido en una suerte de profecía (que no se cumple). Así pasó con El Gran Salto Adelante en China o con La Zafra de los Diez Millones, en Cuba.

Hay ocasiones en las que el voluntarismo se asume a partir de la voluntad del líder, que toma decisiones de política pública sin el sustento de la ciencia o de la técnica organizacional: lo que importa es el futuro que ese líder prevé y él es quien sabe el camino (y si no lo sabe, hace camino al andar).

Podemos asumir que en el voluntarismo hay buena voluntad. Buenas intenciones. Que lo que se quiere es la mejoría de las condiciones de la población. Pero esas intenciones suelen empedrar el camino del infierno, si no se apoyan en las leyes objetivas del desarrollo, en los avances de la ciencia, en el conocimiento de los métodos. Si no se apoyan en las habilidades de otros.

La voluntad, como propiedad y aptitud, es indispensable para que los objetivos planeados se consigan. Pero no basta. Requiere obligatoriamente del concurso de otras capacidades. Y, sobre todo, de una dosis de realismo.

Si somos materialistas, entendemos que la voluntad no determina el curso de la historia y el devenir de las cosas. Lo determinan leyes objetivas: sociales y naturales, que no se pueden crear, abolir o transformar a voluntad. Las versiones idealistas, que piensan que una personalidad o un grupo pueden hacer las cosas de cabo a rabo sólo porque tienen ganas o buenas intenciones de hacerlo, terminan estrellándose contra un muro (pero la visión voluntarista dirá que ese muro no existió, o que será derribado en un futuro indeterminado).    

Todo esto viene al caso por el proceso de vacunación masiva, que ya inició en todo el país para los adultos mayores. La intención manifiesta es realizarla tomando en cuenta, más que el nivel de contagios y muertes, las posibilidades de acceder a hospitales, farmacias y servicios de salud: ir en pos de quienes tienen ese tipo de vulnerabilidad social. El método escogido es el de desechar casi por completo las experiencias anteriores -no importa qué tan exitosas hayan sido- y apostar por brigadas mixtas, que van a ir aprendiendo sobre la marcha en la medida en que se despliegan por el territorio.

Las brigadas sin duda le echarán ganas. Corazón. Voluntad tenaz. Pero -se ha visto el primer día de manera dramática- van a toparse con un sinfín de problemas logísticos, estratégicos, de distribución y de organización. También se toparán con no pocos obstáculos políticos, humanos y técnicos.

Tardarán tiempo en resolver esos problemas, si es que lo logran. Porque se les ha encomendado una tarea para la que no estaban programadas y se ha creído que, echándole ganas, van a poder hacerla tan bien como las de las Semanas Nacionales de Vacunación de la época neoliberal.

A final de cuentas, es seguro que, como dice López Obrador, “de que se va a vacunar a la gente, se va a vacunar”. Las vacunas llegarán, en desorden y sin claridad sobre tiempos, cantidades y costos; también terminarán aplicándose, y el proceso se hará, previsiblemente, de manera cada vez menos caótica.

De entrada, podemos adelantar que los retrasos de entrega y los problemas logísticos seguirán siendo, al menos por un tiempo, el pan de cada día. Pero sólo hasta dentro de unos meses podremos sacar cuentas y saldos finales de este experimento.

El voluntarismo, recordémoslo, es una forma de aventurerismo político. En esta ocasión, la aventura se juega sobre la salud y la vida de millones de mexicanos. 

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