Van dos textos sobre futbol y políticos (gringos, casualmente)
Kissinger, realpolitik y futbol
Henry Kissinger, artífice de la política exterior estadunidense durante el gobierno de Richard Nixon, e influyente consultor de distintas administraciones de EU durante décadas, era un apasionado del futbol, deporte que practicó de niño en su natal Alemania. Fue el principal promotor para que Estados Unidos obtuviera la sede del Mundial de 1994 (e intentó infructuosamente ganarle a México la de 1986, luego del fiasco de Colombia como organizador designado). Creía que Estados Unidos no podía ser reconocido como potencia culturalmente integrada al resto del mundo, si no jugaba futbol, y utilizaba ese deporte como analogía de muchas cosas, entre ellas, la política exterior.
Según Kissinger, cada nación jugaba al futbol de
acuerdo con su cultura. Así, por ejemplo, describía a la alemana como una
selección que priorizaba la disciplina, la planeación estratégica y la
organización colectiva. Decía que los alemanes tomaban el partido como una
guerra en la que no daban cuartel, pero, si algo se les salía del guion,
entraban en una suerte de crisis filosófica existencial.
Brasil, en cambio, era expresión de la creatividad
individual, del gusto por el juego, del deseo por la estética (eran los
tiempos, hoy perdidos, del jogo bonito), pero apuntaba que esos
elementos hacían que a veces a los brasileños se les olvidara la importancia de
ganar los partidos.
De Italia (aquella vieja azzurra del catenaccio)
subrayaba el orden defensivo y una capacidad, que Kissinger definía como
maquiavélica, para de repente romper líneas y anotar en una jugada directa, una
suerte de blitzkrieg. De Francia, ponderaba su futbol elegante. De
equipos africanos, como Camerún, decía que tenían instintos naturales de juego,
pero que no intelectualizaban su estrategia. Y criticaba seriamente a
Inglaterra, a la que acusaba de practicar un futbol anticuado (era la época de
los ponchazos ingleses: largos balonazos a ser disputados), y de estar
demasiado atados a la tradición.
En otras palabras, en la visión de Kissinger, cada
nación practicaba el futbol dentro de su estereotipo cultural. Quería que
Estados Unidos desarrollara su propio estilo, cosa que apenas está sucediendo tres
décadas después.
Más interesante es la aplicación de las estrategias
del futbol a la política. Para Kissinger, los deportes tradicionales
estadunidenses eran mucho menos útiles para la estrategia política que el
futbol. Tanto en el beisbol como en el americano los momentos de ataque y de
defensa están cortados, claramente definidos, así que las posibilidades de
pasar de la defensa al ataque son muy escasas e improbables (en el americano) o
de plano nulas (en el beisbol). En el futbol, en cambio, el flujo permite que
de manera natural puedas pasar de la defensa al ataque, e incluso utilizar a tu
favor la ofensiva del adversario. Ahí, el político estadunidense encontró un
ídolo y un ejemplo: Franz Beckenbauer.
Kissinger comparó abiertamente la política exterior
que diseñó con el papel táctico de Beckenbauer, que revolucionó la posición de
líbero. El Kaiser de la selección alemana era capaz de transformar una posición
claramente defensiva en una de medio campo, idónea para orquestar un ataque
profundo e inesperado. Según el político estadunidense, esa revolución, dirigida
por los pies de un jugador meticuloso como Beckenbauer, fue lo que permitió que
Alemania derrotara a un equipo técnicamente superior y estratégicamente
innovador, como el holandés, la original Naranja Mecánica, en 1974.
El asunto era trabajar con eficiencia calculada. El
concepto de realpolitik entendido como enfocarse totalmente en la
victoria, enfatizando lo práctico, el control y el resultado por encima de lo que
pudiera percibirse como justicia o por la estética. Entender los balances de
poder, y actuar pragmáticamente y con flexibilidad, sin los corsets de la
moralidad o la ideología.
Esa estrategia significaba cerrar los ojos ante
actitudes contrarias a los derechos humanos, e incluso promoverlas
directamente, porque la cuestión era derrotar a los rivales en la Guerra Fría. Y
también significaba pasar por encima de pueblos enteros, si ello traía la
victoria a su “equipo”. El apoyo a Pinochet para el golpe de Estado que instaló
una feroz dictadura militar en Chile fue entendido por Kissinger como “un faul
táctico”, el que hace el defensa a medio campo para evitar que la escuadra
contraria tenga un avance peligroso (en este caso, que los socialistas pusieran
un pie en América Latina, vista como el área que Estados Unidos defiende como
propia).
Así, otros ejemplos futbolísticos que servían para
justificar la estrategia de un personaje tan brillante como siniestro: el catenaccio
para desesperar a las otras, múltiples, partes en las negociaciones de paz en
el Medio Oriente; el uso de un jugador estrella, pero agresivo, para abrir -vía
Pakistán- un camino hacia las relaciones con China; la presión constante a la
salida: el manejo permanente de crisis como algo superior a una paz duradera… y
un largo etcétera.
Los tiempos han cambiado, tanto en el futbol como en
la política global. Es hora de hacerse algunas preguntas: ¿Refleja el agresivo estilo
de juego de la selección de Estados Unidos la idiosincrasia de ese país? ¿Cuáles
son las fortalezas y las debilidades de ese estilo?
¿Y si hubiera que describir las políticas de Trump con una táctica de futbol, cuál usaríamos? Para la segunda pregunta, lo que es seguro es que la respuesta no pasa por aquellos corsets de moralidad e ideología que con gusto desechó la realpolitik de Kissinger.
Ganar por encima de las reglas
En 1934, Benito Mussolini solía cenar con los árbitros
el día anterior a los partidos de Italia durante el Mundial de futbol realizado
en su país. No ha trascendido el contenido de las conversaciones en esas cenas,
pero hay un patrón de comportamiento. En los cuartos de final, el árbitro suizo
anuló dos goles legítimos a España y la propia Federación Suiza terminó
suspendiéndolo de por vida. En la semifinal, el árbitro hasta intervino con un
cabezazo en medio de un contrataque de Austria. En la final, el mismo árbitro,
antes del partido, hizo el saludo fascista ante el Duce y le perdonó un penal a
Italia, que resultó campeón.
Estos datos históricos vienen a cuento para señalar
que el actual no es el primer Mundial de futbol en el que interviene
directamente un jefe de Estado para cambiar las condiciones a favor de un
equipo de su país, como lo ha hecho, de manera descarada, Donald Trump. También
sirven para decir que hay un tipo de líderes políticos que se inmiscuyen en
todo lo que pueden, y que buscan ganar por encima de las reglas.
En el partido contra Bosnia-Herzegovina, el delantero
estrella estadunidense, Folarin Balogun, fue expulsado por una fuerte falta. A
todo jugador expulsado de un partido se le aplica una suspensión y no puede
participar en el siguiente partido. La FIFA revocó la sanción y permitirá jugar
al atacante de Estados Unidos. Trump presumió que eso lo logró él a través de
una llamada a Gianni Infantino.
Ante la lluvia de críticas, el mandamás del futbol se
defendió afirmando que el cuerpo judicial de la FIFA es independiente, pero la
UEFA afirmó que “cruzó una línea roja”. En una declaración sin precedentes,
señaló que “el futbol se rige por reglas que constituyen la base de una
competencia justa, honesta y transparente. A veces, las reglas son susceptibles
de interpretación. En este caso, no”. Siguió una llovizna de comunicados que
muestra la diferencia de puntos de vista entre la FIFA y la UEFA.
Trump puede presumir de haber doblado a Infantino
(otra vez, recuérdese la tibieza de la FIFA ante la discriminación sufrida por
la selección de Irán), pero de esa forma mancha ante el resto del orbe
cualquier logro futuro de la selección de su país en el Mundial. De paso, las
declaraciones del presidente de EU demuestran que la organización mundial del
futbol ha roto su propio reglamento, que prohíbe el involucramiento de la
política en su toma de decisiones.
Pasar por encima de las reglas ha sido el
comportamiento habitual de Trump durante sus dos presidencias. Su lógica es la
de Humpty Dumpty, el personaje de A Través del Espejo: "Cuando
uso una palabra, significa lo que yo quiera, ni más ni menos”, le dice el huevo
a Alicia, para concluir “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.
Lo hemos visto en la imposición de aranceles y sus
cambios a contentillo, en la restricción de visas a partir de la nacionalidad,
en la forma de darle la vuelta a las determinaciones judiciales, en distintas
intervenciones bélicas internacionales (“fáules tácticos”, diría Kissinger), hasta
en las maniobras recientes para no firmar un tratado de libre comercio de
mediano plazo para América del Norte. El autócrata hace sus reglas y rompe las
ajenas sin pudor.
Detrás de ello está uno de los pilares culturales de
los Estados Unidos del último siglo, resumido en la frase del legendario coach
de futbol americano Vince Lombardi: “ganar no lo es todo, es lo único”. Aunque
luego Lombardi dijo haber sido malinterpretado, el hecho es que entró en la
psique estadunidense como el mantra de ganar a cualquier costo en una sociedad
ultracompetitiva, que divide a la gente entre “ganadores” y “perdedores”. Trump
siempre se refiere a sí mismo como un “winner”.
A diferencia de las amenazas personales, veladas o
directas, de Mussolini, el método Trump consiste en chantajes, uso del poder
económico de Estados Unidos como arma de extorsión, la manipulación de los
hechos y la presunción de que la cancha de juego -en todos sentidos- no tiene
por qué ser pareja. He aquí otra distinción clave qué hacer entre fascistas y
populistas. Los primeros simplemente desprecian e ignoran las reglas; los otros
las distorsionan a su favor, mientras aseguran que están haciendo justicia. No
es solamente, ni principalmente en Estados Unidos donde está pasando esto: es
una epidemia política mundial, a la que México no es ajeno.
Aceptando que la vida es competitiva, las democracias
tienen reglas “que constituyen la base de una competencia justa, honesta y
transparente”. Cuando desaparece la certidumbre sobre el uso de las reglas,
cuando se utilizan resquicios legales para favorecer a unos sobre otros, se
desmorona el pegamento que hace funcionar a las instituciones. Tal vez de eso
se trata, de mandar a las instituciones al diablo para que impere la ley de
quien detenta el poder.
En el partido de
Estados Unidos contra Bélgica, el entrenador Pochettino decidió alinear
a Balogun, que no hizo nada por el equipo de Estados Unidos, que fue humillado. De todos modos, a Infantino le tocará navegar, merecidamente, por aguas tempestuosas.







