En su encíclica Magnifica Humanitas, el Papa
León XIV aborda con preocupación el tema de la importancia creciente de las
herramientas de Inteligencia Artificial en la vida de las personas. De hecho,
aunque reconoce su utilidad, las contrapone con el espíritu de la humanidad.
Advierte que las IA reflejan los sesgos e intereses de quienes las programan y
señala el riesgo de que contribuyan a aumentar las desigualdades y la
explotación en el mundo. No es, ni con mucho, el único que ha lanzado la
alarma.
Hay un consenso casi generalizado -la excepción son,
precisamente, empresas tecnológicas y grupos políticos que se están
beneficiando beneficiarse por el uso indiscriminado de la Inteligencia Artificial-
acerca de que es necesaria una regulación de la IA. Sin embargo, hay una gran
confusión acerca de cómo lograrlo y hasta donde restringir su campo de acción,
tomando en cuenta su gran poder de expansión y su capacidad para apoyar muchas
ramas de la ciencia.
México ya alzó la mano para intentar una regulación,
pero se encuentra con muchos obstáculos. La primera dificultad es la de
intentar controlar nacionalmente una herramienta que funciona trascendiendo
fronteras. El objeto sujeto a regulación es tecnológicamente capaz de actuar
por encima de las entidades singulares que buscan regularlo. No hay otra manera
de regular la IA de raíz que a través de una normativa internacional que le
ponga los límites posibles.
Lo que sí se puede hacer a nivel nacional, en las
condiciones actuales, es perseguir a quienes hacen mal uso de la Inteligencia
Artificial, no a quienes desarrollan los programas. El problema es definir ese
“mal uso”, porque hay una gran diferencia entre utilizarla para la comisión de
un delito de fraude o difamación, y hacerlo para generar memes o sátira
política. Las leyes no deben penalizar ni bloquear plataformas de la IA
generativa por los textos o las imágenes que los usuarios puedan crear. Tampoco
deben impedir, restringir o bloquear (eso iría en contra de una posible
democratización del instrumento) el desarrollo de empresas emergentes en la
materia.
En cambio, sí se podría, siguiendo los lineamientos de
la Unión Europea al respecto, prohibir aplicaciones que violen directamente las
libertades, como las de vigilancia masiva predictiva, y hacer auditorías para
garantizar que el software no discrimine en áreas como la del empleo, educación
y justicia, así como mantener el derecho de los ciudadanos a impugnar
decisiones sugeridas por algoritmos.
El gobierno federal ha llamado a un amplio debate
sobre el tema. Vale la pena preguntarse si buscará un debate en serio o si,
como en otras iniciativas, lo utilizará como telón de fondo para luego aprobar
una decisión ya tomada. Preguntarse si los legisladores escucharán
verdaderamente a los especialistas o actuarán por consigna.
De entrada, hay un par de cosas que preocupan. La
primera es que, como tema, la regulación de la Inteligencia Artificial ha sido
presentada en el mismo paquete que la regulación de las redes sociales, y se
mete en el menjurje “la salud mental y la adición digital de niñas, niños y
adolescentes”. Se trata de dos temas diferentes, que merecen discusiones por
separada y, en su caso, normativas diferenciadas. Lo preocupante es que, al
incluirse las redes sociales en el paquete legislativo, el asunto parece dirigido
a la tecnología en sí misma, no a su mala utilización de parte de usuarios o
gobiernos. Una cosa es ofrecer certeza y proteger derechos a través de la
generación de transparencia, y otra, muy diferente, es limitar los canales de
expresión.
La segunda es que hay una evidente preocupación por
una supuesta “manipulación de contenidos políticos”, que parece llevar la mano
en la propuesta. Esta preocupación es válida, pero tendencialmente peligrosa,
tomando en cuenta las pulsiones del grupo en el poder. Lo que no debe generarse
por ley es una suerte de policía digital que censure, directamente o a través
de amenazas legales, el contenido de lo que los usuarios publican en las redes
sociales. Esa es la vía del autoritarismo.
A principios de este siglo se decía que el internet, porque trabajaba en redes y no de manera vertical, era menos opresor. Lo que siguió demuestra que hubiera sido conveniente algún tipo de regulación. La humanidad está todavía a tiempo para hacerlo con la IA, evitando la impunidad de la que hoy gozan las grandes empresas tecnológicas en Occidente o el uso político opresivo con el que se utiliza esa herramienta en otras partes del mundo. Pero sólo lo puede hacer si no cae en el ludismo, si no confunde regulación con censura, si trabaja de manera conjunta, si combina estrategias globales con leyes nacionales y, sobre todo, si lo hace respetando la dignidad de las personas y la pluralidad de las ideas.
El ciclo escolar en tiempos de la IA
El inicio del ciclo escolar 2026-27 obliga a repensar
el papel de la escuela, en sus diferentes niveles y en las circunstancias
actuales. Lejos estamos de los tiempos en los que la escolaridad significaba,
de manera casi automática, el principal elemento de movilidad social, y
determinaba, de manera casi definitiva, el futuro lugar del educando en una
sociedad estratificada. Pero la escuela sigue siendo el principal lugar de adquisición
de conocimiento y de formación de las personas, al tiempo de que el nivel de
escolaridad sigue teniendo gran importancia para su futuro laboral y social.
Hay muchas cosas que han cambiado rápidamente en años
recientes. El advenimiento de nuevas tecnologías en la vida cotidiana y las
explosiones expansivas de las redes sociales y de la inteligencia artificial,
han generado un cambio generacional en cosas tan centrales para el aprendizaje
como la capacidad de atención por tiempo largo, la concentración y la habilidad
para usar las herramientas computacionales básicas (como moverse dentro de un
teléfono móvil y entender sus características funcionales).
Hace pocas décadas se hacía la distinción entre nativos
digitales y quienes tuvieron su formación sin acceso a computadoras personales
o a internet. Ahora, la familiaridad de los nativos digitales con la tecnología
es insuficiente ante la aparición de la inteligencia artificial, que representa
un cambio de paradigma. No es lo mismo una herramienta lógica y predecible que una
basada en la probabilística. No es lo mismo utilizar una palabra clave para
encontrar información sobre un asunto, que enfrentarse a una hidra, como la IA,
capaz de manejar una cantidad enorme de datos, de editar información y resolver
problemas complejos, pero también de ser falible y llevar a conclusiones
equivocadas. Al mismo tiempo, es impensable ya un futuro sin una amplia
utilización de las IA.
Todo esto nos lleva a la brecha creciente que hay
entre la forma en la que actualmente está organizada la escuela, las
necesidades de los alumnos y la forma en la que éstos y sus maestros -aun los
más jóvenes y tecnologizados- acceden a las fuentes de información. La escuela
tradicional se dirige de manera imparable hacia la obsolescencia. Pero, al
mismo tiempo, la formación escolar se vuelve más importante que nunca.
El problema es que, sin una formación escolar sólida, que
privilegie el pensamiento crítico y creativo, el análisis de la información
recibida, la ética y la inteligencia emocional, terminaremos con generaciones enteras
al servicio de quienes controlen las IA, ya sean gobiernos, grandes empresas
corporativas o, en el peor de los casos, las IA mismas, desprovistas de
control.
¿Está la escuela actual, en México y en el resto del
mundo, a la altura de ese reto? Todo indica a decir que no. Es claro que no
basta el control sobre el uso de celulares en las escuelas, que empieza a darse
en algunos países. Sirve para evitar distracciones perniciosas, pero no hará
más entretenidas ni útiles las clases. Y no funcionan ni los sucedáneos de uso
tecnológico moderno (como la preferencia por las presentaciones en pantalla) ni
su contrario, que es el nuevo ludismo, que pretende desechar a la tecnología
del proceso educativo (pero defiende la plaza del profesor analfabeto digital).
Pensando en estas nuevas circunstancias, ¿qué materias
deberían recibir énfasis en las escuelas? Es curioso, pero al parecer deben ser
las tradicionales: lengua y matemáticas, sólo que con un enfoque diferente. Si
un niño no sabe expresarse bien, si no estructura de manera correcta las
oraciones y tiene muchas faltas de ortografía, jamás va a poder escribir un
buen prompt para la IA. Y si no entiende los conceptos matemáticos, estará
condenado a utilizar la tecnología a ciegas y no podrá usar la máquina para
resolver los problemas de verdad. Más que aprender de memoria reglas de gramática
o a hacer cálculos simples de manera mecánica, hay que pasar a la redacción de
textos e instrucciones o a encontrar patrones y lógica en las reglas de las
matemáticas… y posteriormente enfocarse en estadística. Algo similar sucede
para materias de ciencias naturales: la clave es entender cómo funcionan las
cosas.
Las humanidades cobran también nueva importancia. Niños
y jóvenes tienen que aprender a verificar fuentes, distinguir falsedades, entender
que hay sesgos y perspectivas diferentes en la historia, identificar causas
comunes y desarrollar empatía. La historia y las ciencias sociales ayudan a
entender el contexto de las fuentes de información. La ética deviene
fundamental, no sólo para vivir mejor, sino también como autodefensa individual
y colectiva.
Finalmente, están las habilidades estéticas y manuales,
que algo en lo que los humanos, todavía, tenemos ventaja. Por una parte, la
imaginación nos da para aportar ideas originales que una máquina no puede
inventar por sí misma y expresarlas sin que la tecnología reemplace la mano
humana. Por otra, las actividades manuales no artísticas adquieren una
importancia estrategia colosal en el contexto actual. Los oficios técnicos y
las habilidades esenciales para la vida cotidiana serán el último refugio de la
exclusividad humana, y desde hace años se han revalorizado económicamente (si
no lo cree, pregúntele a su plomero). Recordemos que el cerebro humano
evolucionó usando las manos. Y que el buen uso del cuerpo sigue siendo básico
para manejarse en la vida.
Muy poco de estas adaptaciones se verá en los ciclos
escolares que han empezado alrededor del mundo. Y menos en México, donde, bajo
la consigna de estar transformándolo todo, nos dirigimos a lo que se soñaba
como revolucionario en los años 80, y ya era caduco. Vivimos atados a las más
añejas tradiciones, aunque digamos lo contrario.







