sábado, enero 23, 2021

Pandemia: desastre y desconcierto

Van tres textos pandémicos, publicados en Crónica.



Pandemia: desastre y desconcierto

Hay números redondos que ni qué. Aunque a algunos no les guste recordarlo, México llegó a más de un millón de contagios comprobados y a más de cien mil muertes por COVID-19. Lo hace en medio de una segunda ola de la pandemia a nivel mundial y en condiciones de evidente cansancio social. Es buen momento para hacer un balance.

Lo menos que se puede decir es que el actual escenario era inimaginable en marzo, cuando empezó la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia. El desastre ha superado las previsiones.

Estoy seguro de que, aunque los datos fueran menos dramáticos, el gobierno habría sufrido un aluvión de críticas por el manejo de la pandemia. También que, salvo notables excepciones al otro lado del mundo, diferentes estrategias han tenido resultados igualmente pobres en lo sanitario, aunque dudo que haya habido una menos imaginativa y medrosa en lo económico.

Si, en un comparativo mundial, vemos los resultados hasta el momento, la estrategia mexicana en lo sanitario no ha destacado como particularmente mala, pero está entre las menos exitosas. México aparece en el lugar 12 en la medición por países de muertes por millón de habitantes, con 785; sus niveles son altos, similares a los de algunas naciones latinoamericanas de parecido nivel de desarrollo. En cualquier caso, está muy lejos de ser un ejemplo, tal y como ha presumido, en diferentes circunstancias, el presidente López Obrador. En donde creo que, desgraciadamente, estamos entre los peores lugares, es en la reacción del gobierno ante esos resultados y su insistencia en no cambiar el rumbo, a pesar de que las evidencias que se acumulan.

Cuando inició la pandemia en México, las autoridades optaron por el sistema “Centinela”, que captaba una muestra de las personas que llegaban a las clínicas con síntomas y, a partir de ello, generar una visión general de lo que estaba sucediendo. Pronto se vio que ese sistema de vigilancia epidemiológica había sido rebasado por el tamaño del fenómeno, y se abandonó. Pero no se sabe por qué haya sido sustituido.

El sistema “Centinela” preveía que se podían detectar los focos de contagio con un número muy limitado de pruebas de detección de la enfermedad. Cuando quedó rebasado, no hubo un cambio en la política de pruebas (no quiero pensar, pero sospecho que es por razones presupuestarias). Esto ha dificultado severamente que se conozca a las personas con infección activa; por lo tanto, que se pueda hacer un trazado y monitoreo de sus contactos y que se pueda hacer un confinamiento selectivo.

Los países que mejor han atacado la pandemia han puesto el énfasis en el seguimiento de las personas que resultaron positivas a COVID y de los contactos que tuvieron con anterioridad. No ha sido la lógica de pruebas masivas a mansalva, pero tampoco la del cuentachiles.

Una parte importante del problema ha sido la estrategia de comunicación, en la que ha habido contradicciones desde el principio, con la renuencia de López Obrador a aceptar el tamaño del problema. En la medida en que el asunto se politizó -y no podía ser de otra manera cuando de lo que se trata es de polarizar- estas contradicciones fueron en aumento.

Así, pasamos del “abrácense” a la “sana distancia” a un “quédate en casa” que incluía a las personas con síntomas de COVID que no fueran parte de la población de riesgo, y que provocó que demasiada gente llegara tarde al hospital. A un confinamiento en el que no hubo sustitución de ingreso para que los trabajadores lo lograran. A arreglos menores, con miedo a quedar mal con ya saben quién. A un cambio en el énfasis: los contagios pasaron a segundo plano y lo importante fue la disponibilidad de camas hospitalarias (no hablamos de que estuvieran atendidas por personal especializado). Que muchos murieran antes siquiera de ser intubados era lo de menos.

Al mismo tiempo, el flujo de los datos se reveló tardío. La población se entera con semanas de retraso de la situación, y esto tiene efectos en el comportamiento social. Si a eso le sumamos los pleitos entre las autoridades federales y algunos gobernadores, lo que resulta es un desconcierto, en los dos sentidos de la palabra.

Está también el tema del cubrebocas, que el Presidente considera anatema por la sencilla razón de que se promovió en el gobierno de Calderón, durante la epidemia de influenza H1N1, y en el que pocos han querido llevarle la contra. Es con meses de retraso que esa práctica, que ayuda a disminuir el número y la letalidad de los casos, se promueve de manera abierta. Un absurdo. Si algo parecido sucede con las vacunas, sería delirante.

La gestión de la pandemia todavía tiene puntos de arreglo. Uno de ellos es hacer, de manera amplia y generalizada, lo que se está haciendo de manera limitada en la Ciudad de México: un aumento de pruebas y una política de rastreo, para monitorear y prevenir.

Sabemos que un mayor número de pruebas implicará una multiplicación de los casos positivos, pero la atención mayor del público ya no está ahí, sino en los fallecimientos. De paso serviría, en términos de imagen, para reducir la inflada tasa de mortalidad que trae el país.

Otra cosa es hacer obligatorio, como sucede en varios estados, el uso del cubrebocas. Es algo que ha dado frutos en muchos países, sean democráticos o totalitarios. A estas alturas sabemos que no es la panacea, pero es lo que hay.

Lo que no podemos hacer es negar la realidad, escudarnos en las fobias personales del Señor Presidente y ver un problema de salubridad pública como un asunto político, de bandos. Decir que todo va bien es la mejor manera de asegurar que todo siga mal


Economía y semáforo rojo

El presidente López Obrador cree, quien sabe por qué magias, que la economía mexicana llegará en pocos meses a los niveles de producción y empleo que tenía antes de la pandemia. Los datos indican que eso no será hasta 2024 o 2025… siempre y cuando no haya otro frenón derivado de una situación de emergencia mundial.

¿Por qué tanto tiempo? En primer lugar, porque en el cierre económico de esta primavera se perdieron de manera absoluta 12 millones de empleos, y la recuperación de los mismos va a ser paulatina.

¿Por qué será paulatina? Porque muchas empresas, sobre todo pequeñas y medianas, cerraron definitivamente y otras redujeron a su personal. El proceso de re creación de empresas y de recontratación en aquellas que disminuyeron su tamaño no es en automático, sino que depende de cómo se vaya desarrollando la demanda por los bienes y servicios que producen, y también de cómo puedan las personas ir juntando su capital.

Como casi no hubo apoyos del gobierno a los trabajadores que dejaron de producir durante el cierre y tampoco existe un seguro de desempleo digno de ese nombre, el consumo de los hogares se ha desplomado y varias pequeñas empresas perdieron totalmente su capital. Los apoyos sociales que han sido bandera del gobierno federal son insuficientes, por mucho, para resarcir esas pérdidas en la demanda de bienes y servicios. Y los estímulos de política monetaria, a través de la baja en las tasas de interés, sí sirven, pero sólo funcionan en la medida en que haya inversiones rentables a la vista. Para que las haya se necesita demanda. Y también condiciones institucionales. Hay muy poco de las dos.

Por eso, los recientes datos sobre el comportamiento de la economía no sorprenden. Tenemos una reactivación en el tercer trimestre del año, pero menor a la que hubiera sucedido con un rebote natural: la economía mexicana cayó 17% en el segundo trimestre y recuperó 12.5% en el tercero. Con esas cifras, 2020 apunta para una caída de 8.6% en el Producto Interno Bruto (de hecho, sólo una improbable recuperación superior al 20% hubiera evitado los números negativos).

Pero hay otros elementos, que nos hablan de los límites de la recuperación económica. Si atendemos a las cifras de comercio exterior, encontraremos que las exportaciones no petroleras ya están en los niveles anteriores a la pandemia. Es el único sector en el que se ve clara mejoría. En cambio, las importaciones, tanto de bienes de capital como de bienes de consumo, siguen hundidas.

Eso significa tres cosas. Una, que en contra de lo que se pronosticaba hace dos años, el modelo económico sigue dependiendo de la dinámica del sector exportador y, por lo tanto, de la demanda externa. Otra, que tanto el consumo como la inversión nacional se están apachurrando, arrastradas por el bajo nivel de gasto público, la inexistencia de apoyos sociales productivos y la escasez de decisiones de inversión, dado el entorno económico y político. La tercera es que, en esas circunstancias, tener un superávit en la balanza comercial es lo de menos.

Además, todo ello es indicador de un asunto que debería preocupar a quienes, desde el gobierno federal, apuestan a una mejor distribución del ingreso y de las oportunidades. Las unidades económicas de exportación, que es la parte de la economía que está funcionando, se concentran geográficamente en las zonas más ricas del país -el norte y las grandes metrópolis-, mientras que las regiones más pobres suelen estar estrictamente dirigidas al mercado interno, que es el que tiene la demanda desplomada. Dejar las cosas a su dinámica se traducirá en una mayor desigualdad regional y social.

Para completar el panorama, tenemos una inflación general bajo control -no podía ser menos en una situación de recesión prolongada-, pero si bien la tasa a precios absolutos sube poco, está habiendo un cambio en los precios relativos. Los bienes necesarios, y en particular los de la canasta alimentaria, están subiendo más rápidamente que los otros. Y hay un bien cuyo precio ha tenido un desplome: el trabajo. Las remuneraciones medias están a la baja en casi todos los sectores (en parte debido al aumento del trabajo a tiempo parcial). En esta crisis el capital ha perdido, pero el trabajo ha perdido más.

Y como en el gobierno creen que todo va bien, seguirá la misma política económica de austeridad que lo único que logrará es que todos pierdan, menos uno de los sectores que ya estaba ganando y que no regresemos a donde estábamos hasta el final del sexenio.

El presidente López Obrador ha demostrado una y otra vez que el manejo de la economía no es lo suyo. Lo suyo es el olfato político. Y es con éste, no con ninguna agarradera basada en hechos, que pronostica la rápida vuelta a las condiciones económicas anteriores a la pandemia. En términos políticos no importa que ese regreso no vaya a pasar; lo que importa es que su popularidad se cayó con el cierre económico de primavera y se recuperó parcialmente con el retorno a las actividades. Si se mantiene la esperanza de mejoría económica, así sea vana, también se mantienen las condiciones para mantener la mayoría política. Ahí está el detalle.

Nada más por eso, independientemente de cómo se comporte la pandemia, va a estar muy difícil regresar al semáforo rojo. Aunque la OMS regañe al gobierno de México.



La simulación cuesta

Durante la pandemia, poblaciones, empresas y gobiernos han tenido que caminar en la cuerda floja, atrapados entre la espalda y la pared con los problemas de salud y los de freno económico. A lo largo del año, ha quedado claro que, si bien se trata de un problema insoluble, hay decisiones peores que otras. Y que la peor decisión de todas es jugar a la simulación.

Los confinamientos prolongados son impopulares por los costos psicológicos, pero, sobre todo, porque al parar las economías casi por completo, traen una cola de desempleo y quiebras. Su justificación sanitaria -el que reducen la propagación del virus- funcionó sólo cuando hubo disciplina social. En casi todos los países de Occidente llegó el momento en que esa disciplina se relajó. En algunos, nunca la hubo.

Está claro que esa disciplina social sólo puede darse si existe el colchón económico suficiente para aguantarla. De ahí que casi todos los países del mundo hayan destinado una importante proporción del PIB en apoyos de diverso tipo, dirigidos ya sea a los trabajadores que se quedaron sin ingreso, ya a las empresas que los contrataron y que los despedirían.

En México hubo una decisión política: no dar un apoyo amplio ni a los trabajadores ni a las empresas. México es el peor país en apoyo presupuestal a la población en América Latina por la emergencia de COVID.

Detrás de esa decisión había dos creencias y dos certezas. La creencia principal, que es un mito neoliberal, es que es obligatorio mantener el superávit primario en el presupuesto público (ligado a ella, la decisión fetichista de no contratar más deuda). La segunda creencia, también errada, es que lo mejor es tratar de evitar las pérdidas en el corto plazo (y, pensando en el turismo, que de todos modos está golpeadísimo, nunca se cerraron fronteras).

Las dos certezas son que una parte de la población -particularmente, la ocupada en la economía informal- saldría a trabajar de todos modos, para completar su gasto; y que, cualquier tipo de rescate hubiera sido aprovechado ventajosamente por las empresas, a quienes se ve como entes voraces, no como proyectos productivos y de servicios.

Con el argumento de que no se iba a rescatar a las empresas, tampoco se hizo con quienes trabajaban en ellas. Se simuló proteger a los pobres de los abusos de los ricos. Pero resultó en lo contrario.

El problema es que, en el camino, se multiplicó la pobreza en el país. En el primer trimestre del año la población en pobreza laboral era 35.7% del total; en el tercer trimestre era 44.5%. Para colmo, la apertura económica a medias que hemos vivido desde el fin del primer confinamiento contribuyó a que la pandemia continuara, a que la famosa curva nunca terminara de aplanarse y a que las presiones sobre la capacidad del sector salud se prolongaran en el tiempo.

Así, llegamos a principios de diciembre a la peor combinación posible. Una economía con una recuperación débil después de una caída muy fuerte, con la perspectiva de que el repunte estacional de ventas de fin de año salvara empresas y empleo, y simultáneamente, una situación hospitalaria que se acercaba peligrosamente a sus límites.

A esta combinación se agrega otra, de carácter político. El presidente López Obrador se ha pasado el año entero minimizando la pandemia, asegurando que ya vamos de salida (la famosa luz al final del túnel), ha insistido en no usar cubrebocas y ha buscado que se hable de otra cosa. Al mismo tiempo, la aprobación presidencial medida en encuestas acusó una notable baja cuando la economía se cerró y una recuperación cuando se abrió. En esas circunstancias, cualquier decisión de reconfinamiento tiene un costo político doble: por un lado, se acepta que los avances en el control de la pandemia no son tales, y por el otro, se corre el riesgo de una nueva caída en la aprobación presidencial.

¿Qué fue lo que sucedió? Que se apostó por la simulación.

La posposición del paso de semáforo naranja a semáforo rojo en la Zona Metropolitana del Valle de México sólo se puede explicar por la negativa a aceptar una realidad que ya estaba encima. Por la pretensión -que se mostró vana- de que se podía posponer la decisión hasta la última semana del año, que de todos modos está semimuerta en términos económicos.

De nada valieron, en el camino, los desesperados eufemismos de “naranja con alerta máxima” y similares. Sin apoyos económicos y sin medidas categóricas, era imposible que la mayoría de la gente se quedara en casa.

El resultado fue que cuando se llegó a lo que se tenía llegar, los hospitales ya estaban al borde, hay escasez hasta de ambulancias, tendremos que salir más tarde del semáforo rojo y el costo va a ser mayor, tanto en vidas como en lo económico.

Para terminar de pintar las cosas color de hormiga, resulta que el semáforo rojo es acatado obligatoriamente por empresas y comercios de la economía formal, pero locatarios de comercios informales no acatan las medidas, los marchantes siguen afuera y no hay manera de hacer que unos y otros cumplan la normativa. Todos pensando en el salvar el corto plazo, y en el futuro, Dios dirá.

En otras palabras, también en la aplicación misma del semáforo rojo todo queda en una simulación. Hacemos como que hay confinamiento, pero no es cierto. Saldrá muy caro.


jueves, enero 07, 2021

Ya no estoy aquí


 Ya no estoy aquí, de Fernando Frías, es un filme extraño, diferente. Una experiencia que tiene la virtud de ir creciendo mientras más la vas recordando. Toca muchísimos temas y muchísimas fibras mientras cuenta una historia que no puede ser sino de derrota: la de Ulises, un joven miembro de un grupo de la subcultura-contracultura urbana Kolombia, muy amante de la cumbia rebajada, que se ve obligado a huir a Estados Unidos, y no se encuentra. Ni ahí, ni cuando regresa a su barrio marginal en Monterrey.

Es una película acerca de la pertenencia y de la imposibilidad de regresar al pasado. Es un coming of age peculiar porque, más que cambiar el personaje, cambia el mundo. Con ello, la imposibilidad de volver a los días felices y despreocupados de la adolescencia.

El mundo cambia de múltiples maneras: por cómo las circunstancias obligan a dejar el lugar de pertenencia, pero también por cómo ese lugar cambió. Ya no es el mismo ni podrá serlo. Ya no es aquí.

El pasado es un país extranjero, así sea el pasado cercano. Es un lugar perdido, sin retorno. Ulises hace un viaje, regresa a Ítaca, pero en realidad era un viaje sin retorno.

Lo bonito es que esa imposibilidad no está narrada directamente, sino marcada a partir de flashbacks sobre algo que fue y que el personaje añora, con el contraste con su realidad y, sobre todo, con la revelación de que el barrio y los amigos que dejó hace poco ahora son otra cosa. Es marcada a partir de contrastes. De silencios y de música que funciona como escape a los únicos momentos felices posibles.

Es una película acerca de la soledad, porque la pertenencia (a una tribu, los Terkos, dentro de una subcultura marginal) puede llegar a ser tan absoluta que resulta imposible establecer otro tipo de contactos. La defensa de la identidad como muro ante todo lo que no pertenezca a ella. Así, el desarraigo se vuelve nostalgia interminable y deriva en la imposibilidad de seguir adelante.

Es una película acerca de la incomunicación. De las barreras del lenguaje que no pueden ser rotas cuando no se cuenta con los instrumentos para hacerlo, y menos cuando la voluntad está domeñada por una nostalgia que deriva en escapismo. Pero también porque siempre hay una mediación engañosa (muy bien expresada cuando la joven sinoamericana pide a un amigo mexicoamericano traducir su conversación con el Terko desarraigado, y el traduttore resulta tradittore), y porque parte de esa mediación es la imagen. Otra parte, los prejuicios.

Es, sobre todo, una película acerca de la marginalidad, acerca de una juventud condenada por la falta de oportunidades y de educación, que la hace incapaz de integrarse, pero tampoco de rebelarse más allá de la provocación más elemental. Pobres sin herramientas, que sobreviven y usar subterfugios para hacerlo, porque el resto del mundo les es ajeno y hostil.

Finalmente, es una denuncia del divorcio existente entre el mundo político y la vida cotidiana de los marginados, los Olvidados del siglo XXI. Los discursos y la estrategia de militarización para combatir el crimen organizado se oyen particularmente vacuos y cínicos en el contexto de la película. Porque el narco sigue ahí, jodiendo la vida a unos muchachos que todo lo quieren es bailar. Bailar para escapar y soñar con ser felices un ratito efímero.

martes, diciembre 22, 2020

Los 10 deportistas mexicanos de 2020

 


1, Checo Pérez
2. Julio Urías
3. Jessica Salazar
4. Raúl Jiménez
5. Canelo Álvarez
6. Tecatito Corona
7. Víctor González
8. Carlos Ortiz
9. Gaby López
10. Alma Jane Valencia




viernes, diciembre 18, 2020

Breve diccionario neoliberal

 


Tras una reunión virtual con otros mandatarios del G-20, López Obrador comentó de manera jocosa que usaban palabras “neoliberales” y citó tres de ellas: holístico, resiliencia y empatía. Luego afirmó, para diferenciarse de los otros, que él hablaba como el pueblo.

Pues sí, ninguna de esas palabras se aprende en la secundaria. Revisemos por un rato su significado, antes de pasar a otros vocablos.

Holístico es un neologismo un tanto viejo. Se inventó en los años 20 del siglo pasado y es un adjetivo. Yo la primera vez que lo leí fue en una revista de rock a principios de los años 70, y lo relacionaban con unas doctrinas que buscaban el desarrollo armónico de las personas, y que requerían que cada quien trabajara sobre el intelecto, las emociones y el cuerpo físico: sobre las tres cosas y no nada más una.

Más tarde me enteré que holístico se refería a considerar a los sistemas como un todo. En otras palabras, que el todo no es igual a la suma de las partes. En otras palabras, que la física, la economía, las sociedades funcionan a partir de interacciones complejas. Que para entender un problema -y, por tanto, resolverlo-, se requiere ver todas sus facetas.

La verdad, se me hace más bonita la palabra “integral” que el término “holístico”. Pero lo relevante de esa palabreja es que se contrapone al pensamiento individualista, a la idea de que si cada quien se rasca con sus propias uñas todos saldremos ganando. Y que también se contrapone a quienes separan cosas que están ligadas entre sí como si no lo estuvieran. Por ejemplo, en economía, a quienes se fijan sólo en la deuda, el superávit, el PIB u otros fetiches o en medicina, a quienes ven la enfermedad, pero no al paciente.

Cuando los líderes del G-20 se refieren en estos días a algo holístico, están expresando que no hay soluciones simples, sino que tienen que abarcar a la sociedad como un todo. Que los temas de protección a la salud y a la economía son parte de la misma red, cuyos nudos hay que intentar desatar. Que no se puede pensar en uno, y dejar fuera el otro. Tal vez si hubieran sido específicos, López Obrador lo hubiera tomado como un regaño.      

Resiliencia sí es una palabra inventada en la época que AMLO llama neoliberal, al menos en su uso actual. Años 90. Se refiere a la capacidad de levantarse ante situaciones adversas. Originalmente se refería a las características de algunos materiales para volver a su forma original después de haber sido deformadas por un golpe o por altas temperaturas. El término se adaptó a la psicología y a la sociología, para definir a personas o grupos sociales que superan un trauma o adversidad.

Escuchamos mucho acerca de la resiliencia tras el sismo de 2017, para hacer referencia a la capacidad de la sociedad para levantarse y volver rápidamente a la normalidad, tras el trauma y la destrucción.

Hay dos palabras con significado similar al de resiliencia, pero que no es exactamente el mismo. Una es el “aguante” que usamos en México, que consiste en no quebrarse ante las adversidades de la vida, pero que no contiene el elemento de volverse a poner de pie. Es más bien resignarse sin queja. Otra es la entereza, que está más ligada a una suerte de fortaleza estoica, a la capacidad que tienen algunas personas de ser ecuánimes e inquebrantables. El resiliente sí resiente el golpe, pero se levanta.

Hablar de resiliencia en tiempos de pandemia es referirse a sociedades que deben ser capaces de volver rápidamente a la normalidad, a pesar de las pérdidas económicas y humanas. Tal vez AMLO hubiera preferido que los líderes dijeran “aguante”.

Empatía es la palabra más vieja y más conocida de las tres que López Obrador adjudicó al lenguaje neoliberal. Data de principios del siglo XX y consiste en la capacidad de las personas para ponerse en los zapatos de otros. Parte del reconocimiento de las otras personas como prójimos, y de la capacidad para percibir o entender lo que están sintiendo o por lo que están pasando.

La empatía es la base de la convivencia social. Sin ella, viviríamos en la ley de la jungla: cada quien para sí y Dios contra todos. Nos cuidamos, nos ayudamos y nos sentimos mal si a alguien le pasa algo feo porque tenemos empatía.

Todos deseamos que quienes encabezan a las sociedades tengan empatía. Es lo que se conoce como cercanía con el pueblo. Pero no en el sentido físico, de abrazos y fotos con niños en brazos o con guajolotes que le regalaron al político, sino en el sentido emocional: la consciencia de lo que está sintiendo la gente, de cómo es su vida, cuáles son sus problemas, cuáles sus ilusiones.

La gente carente de empatía tiene un trastorno clínico. Es psicópata o sociópata. Sólo piensa en sí misma, y a menudo tiene una visión errónea de su entorno.

Si los líderes del G-20 hablaron de empatía, seguramente se refirieron a la necesidad de, cuando menos, dar la impresión de que entienden lo que ha significado la pandemia para sus gobernados. La necesidad de no mostrar indiferencia. Tal vez López Obrador hubiera preferido las palabras compasión o altruismo. O quizá simpatía. Empatía no le gusta.

Hay otra palabra que es anatema para López Obrador. Cuando en su mañanera del 11 de febrero hablaba de que llegaría el coronavirus, expresó que no haríamos lo que hizo el gobierno de Felipe Calderón. Y luego no pudo decir la palabra. Con gestos dibujó un cubrebocas frente a su cara. Y luego negó con los dedos, sonrió levemente, y dijo: “eso no”. La palabra innombrable es “cubrebocas”.

Si la palabra es innombrable, aunque las circunstancias lo hayan obligado a decirla una que otra vez, el objeto es casi imposible de portar. Hay un rechazo casi físico en ello. Ese rechazo viene de la memoria de 2009, y de ser lo más diferente posible a Calderón. En ese rechazo hay poca resiliencia y nada de empatía, porque los cubrebocas se han vuelto necesarios, protegen vidas. Pero importa más pintar la raya con el pasado, y decir que son imposiciones propias de los “conservadores”, que dar un ejemplo solidario.


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Un par de reflexiones posteriores:

La idea de lenguaje sencillo abona a la desaparición de los matices. Todo es blanco o negro, bueno o malo. Sin matices no hay espacio para posiciones intermedias ni para la deliberación. El lenguaje sencillo es polarizador.

Si llevamos las cosas más lejos, nos acercamos al newspeak orwelliano, donde la gramática simplificada y el vocabulario restringido están hechos para evitar que la gente articule conceptos políticamente peligrosos (neoliberales, en la neolengua pejista).


viernes, diciembre 11, 2020

Biopics: La encuesta de los franceses

 

En el verano del 89 me cayó otro trabajo de encuestas. Fue una propuesta de Josyanne, una francesa quien había sido roomie de Mi René y la Pastusa cuando vivían en la Condesa y les puse el sobrenombre de los Osos de Amsterdam.

La idea de Josyanne era realizar una investigación acerca de las condiciones de vida de los franceses que vivían ilegalmente en México y había convencido a la embajada de que le financiara una encuesta en la que se vieran también las diferencias con respecto a los residentes legales.

Era evidente, por el tema, que quienes hicieran el trabajo de campo tuvieran que ser ciudadanos franceses. Lo que me tocaba era hacer la muestra, cosa que no es sencilla si no tienes una base de datos de la cual sacarla, y ni siquiera tienes idea del tamaño del universo muestral. Una característica de quienes residen ilegalmente en un país es que no se dejan ver fácilmente (aunque, claro, no es lo mismo un francés en México que un salvadoreño en Estados Unidos, un magrebí en España o un camerunés en Francia), así que había que tener creatividad para intentar tener una buena muestra.

Mi premisa, pensando un poco en cómo se mueven los mexicanos en EU, fue que había dos círculos separados: el de los franceses registrados y el de los que no lo estaban, pero que necesariamente tendría que haber algunos vasos comunicantes. Había que trabajar en la lógica de que esa comunidad era un conjunto de clusters diferenciados, pero con puntos de contacto.

Lo que hice fue, primero, hacer una muestra aleatoria de los franceses que residían legalmente en el país, que proporcionó el consulado; luego de esa muestra los entrevistadores -cuatro chavos franceses amigos de Josyanne- preguntarían al entrevistado si conocía algún francés de cuyo estatus migratorio no estuviera seguro. De esa lista, cotejada contra la oficial, saldría otra muestra, que se peinaba de manera más apretada. A éstos, a su vez, les preguntábamos si conocían a otros, y se generaba una tercera muestra, peinada casi a ras, y así sucesivamente (digamos que de los registrados entrevistábamos a uno de cada 25, de los no registrados, a uno de cada 10 y de la siguiente vuelta, 1 de cada 5). Era un método de bola de nieve.

Los franceses son muy serios y vino una señora de París, con quien tuvimos una charla amena en un café, para cerciorarse de que Datavox era una empresa registrada y escuchar la explicación del método, como parte del protocolo para dar el visto bueno. Por su parte, Chuy Pérez Cota le hizo a Josyanne un programa para bajar los resultados y hacer los cálculos con base en su cuestionario, y luego los contactos fueron escasos, porque nosotros nos comprometimos a no tener acceso a los resultados.

De las pláticas con Josyanne, resultó que el método resultó bastante efectivo. A la muestra original le salieron varios pequeños chipotes de franceses que habían venido de turistas, se habían quedado a vivir en México y no habían regularizado su situación. Cada uno de esos chipotes tenía a su vez otro chipotito menor, o varios. Como ella y sus amigos hicieron casi todo el trabajo, se quedaron con casi todo el dinero. A mí me quedó el gusto de saber que el método de la bola de nieve funcionaba.

El asunto, por cierto, viene a cuento en tiempos de pandemia por coronavirus, porque el método se parece a los que varios países han usado para la detección de contagios, a través de la cadena de contactos de quienes dan positivo en las pruebas. El de los clusters es un tema que da para mucho en estadística, y también en comprensión del comportamiento humano.

miércoles, diciembre 09, 2020

Un balance temprano desde la izquierda democrática

 


El periódico progresista británico The Guardian colocó al presidente López Obrador en la lista de los populistas de derecha que recibieron un golpe político con la derrota de Trump en las elecciones de EU. El diario señala que la campaña que llevó a AMLO al poder fue con una plataforma de izquierda, pero que tiene muchas “similitudes de estilo” con el magnate derechista.

Esto viene a cuento con la aparición del libro Balance Temprano, coordinado por nuestro colaborador Ricardo Becerra y por José Woldenberg, ambos del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, que saca algunos primeros saldos del gobierno lopezobradorista y lo hace, explícitamente, desde la perspectiva de la izquierda democrática (así reza el subtítulo).

En el libro, mesurado pero claramente crítico. Sus textos profundizan sobre temas que van de la economía a la política, de los asuntos medioambientales a los de salud, de la educación a la política migratoria, de lo laboral a lo social, del fin de la laicidad a la militarización rampante. En él escriben, entre otros, Antonio Lazcano Araujo, Premio Crónica, quien aborda el espinoso tema de la política científica, Raúl Trejo Delarbre, columnista de Crónica, quien analiza la política de (in)comunicación del gobierno.

En esta columna abordaré brevemente los textos sobre un asunto que me parece toral, el de la política económica y social, entre otras cosas, porque rompen con la idea de que estamos ante un gobierno de izquierda, en el sentido de que debería apuntar claramente al mejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías, y no lo hace.

El título que escogió para su parte el exdirector del Coneval, Gonzalo Hernández Licona dice mucho: “Dinero en efectivo como política social”. ¿Cómo hacer para enfrentar una situación en la que el 42% de la población vive en la pobreza y casi 8% en pobreza extrema?

Hernández Licona señala que los programas que fueron desechados por el gobierno de López Obrador, a pesar de sus límites evidentes, tenían la virtud de estar bien focalizados: Prospera, el Seguro Popular y Programa de Empleos Temporales. Otros, como el programa de estancias infantiles, tenían la característica de apoyar con la oferta de un servicio y de esa forma sostener la plataforma productiva y social de las madres trabajadoras.

De lo que se trata ahora es de algo político: que a la población le quede claro quién la beneficia con un apoyo directo. Hay dinero, pero el servicio (de salud, de trabajo temporal, de guardería) no está disponible. No se trata del acceso efectivo a los derechos sociales, que disminuye.

Adicionalmente, la operación del “censo del bienestar” -con la idea de comenzar todo desde cero- ha sido realizada sin criterios claros, sin usar la información, con opacidad. El resultado previsible es que la gente más pobre y menos informada tenga menos capacidad de acceso a esos subsidios. Son programas sociales que se dicen universales pero que a final de cuentas no lo son.

Un asunto clave que señala Hernández Licona es que “si la economía no propicia las condiciones para que las familias obtengan ingresos, cada vez en mayor medida, es imposible escapar de la pobreza”. Mientras menos gente participe en la generación de la riqueza, habrá menos posibilidades de acabar con el círculo vicioso.

Y uno se queda con la impresión de que la estrategia del gobierno no es, realmente, que la gente escape de la pobreza, sino hacer dos círculos viciosos concéntricos: el de la dependencia clientelar y el de la pobreza misma.

Esto nos lleva al tema estrictamente económico, en el que quienes hacen el saldo son Rolando Cordera y Enrique Provencio. Ellos subrayan que hay un malentendido que quiere hacer una sola cosa de tres conceptos que son diferentes: políticas anticorrupción, austeridad republicana y austeridad económica. Esta última “es nociva para el desarrollo social y para la salud económica general”.

Un gobierno cuyos niveles de inversión pública están entre los más bajos de la historia contemporánea de México, que no reconoce que hay un problema de demanda que ha crecido por la crisis provocada por la pandemia y sigue sin cambiar rumbo, como si esto fuera un bache, y no algo de largo alcance, que se niega a pensar siquiera en una reforma fiscal, que no toma en cuenta la diversidad del desarrollo regional pero insiste en tener roces con los estados, que empeora la capacidad del Estado para dotar de servicios a la población, tenderá a toparse -o mejor dicho, a generar- una pérdida de bienestar y de calidad de vida.

El Producto Interno Bruto tardará años en recuperarse, sí, pero terminará por hacerlo antes que los ingresos laborales, con todo lo que eso significa en términos de desigualdad y distribución.

En estas líneas apenas he rozado algunos de los temas que trata este Balance Temprano, que pinta unos pocos avances (como el aumento a los salarios mínimos reales) y muchos retrocesos, a partir del conservadurismo fiscal, la centralización personalista del poder, los severos retrocesos en materia ecológica, el ataque a la ciencia y la oscurantista calificación política del conocimiento, el papel creciente de las Fuerzas Armadas, los embates al laicismo y un concepto del Estado que está muy alejado de la idea del bienestar social, que suele manejar la izquierda democrática. Al final de la lectura, no resulta para nada descabellado colocar a AMLO en una suerte de derecha populista.

El libro da para más. Y debería ser el primer paso para abundar en alternativas. No estaría mal, por otra parte, que hubiera balances similares al gobierno de López Obrador desde la derecha liberal y desde la izquierda radical. Se podría generar un debate nacional interesante. Y no sé, quizá, tal vez, haría que alguien, desde las posiciones cercanas al gobierno, pudiera responder con algo más que píldoras de propaganda.    

martes, noviembre 24, 2020

Sofismas, argucias y carbón

Por más que se le ha advertido, el presidente López Obrador sigue creyendo que metiendo grandes cantidades de dinero a las empresas energéticas estatales el país va a salir adelante: fortalecido económicamente, justo y moderno.

Ese es un argumento falso, que tenía apariencia de verdad hace cuatro o cinco décadas. En otras palabras, es un sofisma.

Dejemos de lado por un momento los problemas de todo tipo que tienen Pemex y CFE, y pensemos en el concepto mismo: empresas energéticas públicas como locomotoras del desarrollo de una economía previamente diversificada. Es, simplemente, algo que no se sostiene.

Podemos pensar en grandes empresas petroleras estatales como palanca del crecimiento si se dan cuatro circunstancias simultáneas: uno, las reservas petroleras son enormes, lo que genera niveles muy elevados de exportación; dos, el precio del petróleo es razonablemente alto y las expectativas a futuro no son de que ese mercado se vaya a deprimir; tres, hay suficientes recursos financieros como para hacer grandes inversiones que modernicen y diversifiquen la empresa; cuatro, los otros sectores de la economía están relativamente atrasados y no hay una diversificación que permita el desarrollo a partir de otros mercados.

En el México de hace medio siglo se daban, más o menos, tres de las cuatro precondiciones; para la cuarta, se buscaron y consiguieron los recursos financieros a un costo que después resultó muy alto. En la actualidad no se da ninguna precondición, y como Pemex fue exprimido en exceso con tal de no hacer una reforma fiscal, una parte importante del dinero que se le destine irá a fondo perdido.

Pero López Obrador está casado con esa idea del desarrollo de su época de universitario, que ya algunos criticaban, desde la izquierda, en aquel entonces. Heberto Castillo hablaba del absurdo que era quemar grandes cantidades de carbón o gas para generar electricidad que recorría cientos de kilómetros… para que una señora calentara con una resistencia el agua para su Nescafé. Otros subrayaban que ese tipo de desarrollo, depredador de los recursos naturales, tenía sus límites en la Tierra misma y era insostenible en el mediano plazo. Se decía que el desarrollo basado en los energéticos terminaría revirtiéndose: era un engaño cortoplacista, una falsedad.

Ese modelo, pues, tenía su dosis de sofisma. Estaba sustentado en algunos argumentos falsos que se hacían pasar como verdades absolutas.

Más de una generación después, y después de varios auges y tumbos en los mercados del petróleo, el mundo se encuentra en una transición energética. En ella, los sectores que se están volviendo obsoletos hacen su lucha para no ser totalmente desplazados. Cuando los condenan los mercados, por un lado, y la más elemental consideración social y ecológica, por el otro, voltean hacia la política (o la politiquería) para defenderse. Es el caso del carbón.

Esa industria, que fue clave en la primera ola de la industrialización mundial, ha perdido fuerza en los últimos años, desplazada por otras que son más económicas y eficientes, pero, sobre todo, menos dañinas para el medio ambiente. En varios países, se agarró de los políticos conservadores, que normalmente se oponen a las regulaciones gubernamentales, minimizan los problemas causados por la contaminación y niegan el cambio climático.

Un caso típico de esta relación entre el carbón y los políticos conservadores es Estados Unidos. En 2016, Donald Trump hizo campaña en estados como Virginia del Oeste, Arizona y Pensilvania, afirmando que las regulaciones al carbón afectaban los empleos y el modo de vida de los mineros. Relajarlas haría regresar el progreso a esas zonas.

López Obrador, no casualmente, acaba de hacer lo mismo en Coahuila. Asegurar que habrá más compra de carbón de parte de la CFE para promover el empleo en la región.

El resultado de los apoyos de Trump para el carbón resultó en el peor de los mundos posibles. Según un dirigente minero de Arizona, les “jugó una charada”. La disminución regulatoria significó un ahorro promedio de mil millones de dólares para cada empresa carbonífera. Significó, además, que la población gastó $3,200 millones de dólares más por electricidad que de haberla obtenido mediante alternativas más baratas, que van desde el gas hasta la energía solar. A cambio, el aumento en el empleo de los mineros fue marginal, porque se multiplicó la productividad promedio de cada trabajador:  140 toneladas extraídas al día.

En otras palabras, perdieron el medio ambiente, la salud de la población, los consumidores y el fisco; los pocos nuevos trabajos obtenidos son con niveles altos de explotación. A cambio, las empresas aumentaron sus ganancias.

En términos políticos, sólo en el estado más dependiente del carbón, Virginia del Oeste, siguen apoyando esa política. En los otros, se le han volteado a Trump, por esa y otras razones.

¿De verdad cree López Obrador que se promueve el empleo a través de la compra masiva de carbón? En las mineras modernas, sólo habría más productividad por el mismo salario. Y los pozos carboníferos son tan inhumanos que no pueden considerarse opción.

En cambio, y a pesar de las evidencias, AMLO ataca constantemente las energías limpias. No importa que ya generen más de la mitad de la electricidad en la Unión Europea. La razón es una: quienes trabajan con esas energías no son empresas estatales. Pero en vez de promover, en congruencia, una reconversión de las empresas públicas hacia las fuentes energéticas del futuro, se aferra a avanzar, como en todo, hacia el pasado idealizado de su juventud.    

Lo que es seguro es que sus aliados políticos de la industria del carbón se preparan para engordar sus carteras. Del falso sofisma pasamos a la argucia.