
jueves, diciembre 22, 2022
Los diez deportistas mexicanos de 2022

jueves, diciembre 15, 2022
Qatar 2022: el futbol y nuestro reflejo
El futbol no es solamente un deporte, un
espectáculo o un negocio; es -y muy notablemente durante el Mundial- también un
espacio de identificación política y social, así como de guerra cultural entre
distintas naciones (y, a veces, dentro de una nación). Resulta que casi todas
las selecciones de futbol del mundo son símbolos nacionales.
Mucho se ha criticado que la fase final se
lleve a cabo en Qatar, un país autocrático, en el que no se respetan los
derechos humanos y que no tuvo empacho en contratar a miles de trabajadores
extranjeros para la construcción de estadios e infraestructura, sin brindarles
buenas condiciones laborales y, muchos menos, de seguridad.
Al mismo tiempo, la realización ahí de ese
Mundial ha generado una suerte de orgullo no sólo en la nación sede, sino en
todos los países islámicos, que se ven reflejados en esa luz indirecta. Es un
sello de pertenencia al mundo de parte de esas naciones, que por décadas se han
sentido excluidas por razones políticas, culturales y (tiempo atrás)
económicas.
En ese entendido, parece que las
autoridades cataríes no quieren presentarse al mundo como represivas y, salvo
el peliagudo asunto de la cerveza, han sido menos intolerantes de lo que se
esperaba en la mayor parte de los países de Occidente. El asunto es llevar la
fiesta en paz.
También es ocasión para que cada quien
exprese su idiosincrasia, tanto en el terreno de juego como en las gradas y en
los alrededores de los estadios. Allí suelen verse tanto las virtudes como los
defectos de las sociedades. Resultan espejos, a veces fieles y nunca demasiado
distorsionados.
Un ejemplo lo vemos en varias de las
selecciones europeas y en las reacciones ante sus resultados. Varias de las más
potentes llevan consigo mucha de su historia: hay muchísimos jugadores que son
hijos de inmigrantes y tienen raíces africanas. Cuando al equipo le va bien en
el Mundial, es ejemplo de integración exitosa. Cuando le va mal, surgen en esos
países las voces racistas que señalan que hay jugadores que no piensan en la Patria,
sino en sí mismos. El futbolista Romelu Lukaku era el goleador belga, en el
Mundial pasado, cuando su equipo quedó en tercer lugar; ahora que Bélgica quedó
eliminada en fase de grupos es, de nuevo, “el descendiente de congoleños”. Así
pasó con Francia en 2010 y con Alemania en 2018 (esta vez no; la escuadra
teutona llegó con pocas expectativas en el ámbito local).
Al mismo tiempo, hay ahora selecciones
africanas que se retroalimentan de los efectos de la colonización. Un caso
notable es el de Marruecos, donde la mayoría de los jugadores se desarrollaron
en países europeos (sobre todo en Francia) y tienen doble nacionalidad. Hay que
admitir que se vieron beneficiados positivamente de un desarrollo deportivo en
mejores condiciones.
Como en todo, en el futbol hay un canon, y
ese ha sido dictado, primero por quienes inventaron este deporte y lo
exportaron, en olas sucesivas, a todo el mundo, y luego por distintas revoluciones
en la manera de entender y practicar el juego. A falta de una nueva revolución,
en este Mundial, el canon que divide a la nobleza de los plebeyos en el futbol,
está dictando las diferencias, sobre todo a partir de los juegos de eliminación
directa. Los saltos en la historia, que es también de relación entre desiguales,
suelen ser difíciles.
Así, hemos visto equipos de naciones subsaharianas
que tienen futbolistas talentosos y juegan alegremente, pero que casi siempre
acusan un gran desorden en momentos clave, a los magrebíes ordenados y cautos,
a los del extremo oriente que crecen con base en disciplina, paciencia, técnica
y persistencia; a las riñonudas escuadras menores de Europa, a dos equipos
jóvenes -Estados Unidos y Canadá- que han desarrollado su futbol principalmente
a través de la influencia cultural de nuevas oleadas de inmigrantes, y ya le
han dado carta de naturalización, etcétera. Pero a la hora de la verdad, con la
honrosa excepción de Marruecos, pasaron los de costumbre.
¿Y México? Por lo pronto se pueden decir
tres cosas, que funcionan efectivamente como espejo.
Una es la incapacidad sistémica para dar
el salto hacia adelante, de hacer la lucha pero no avanzar, con el agregado de
que esa incapacidad suele estar envuelta en esperanzas infundadas, que son
administradas principalmente por quienes hacen negocio de esa esperanza.
La segunda es que, cuando se ve que otra
vez topamos con pared, y más feo que antes, se vuelven a dar vueltas a la
noria, se hacen las mismas críticas y supuestas autocríticas -que no son
escuchadas porque el negocio es el negocio- y se tiende a repetir el ciclo.
La tercera es la búsqueda del Masiosare,
el extraño enemigo que siempre es ajeno a nosotros, para nunca tener que asumir
responsabilidad alguna. Ahora le toca a un entrenador medroso que tiene el
defecto de ser extranjero. Argentino, para más inri. No faltan ni la teoría
conspiracionista, ni mucho menos la búsqueda del chivo expiatorio. Él es,
precisamente, el que permitirá que el cambio sea cosmético y no de fondo: por
lo tanto, que pueda darse la reproducción del ciclo infértil hasta el infinito
(y la náusea).
Pensemos: tenemos un futbol que se mira el
ombligo de su liga como si fuera buena; que sobrevalora a sus jugadores para
dizque protegerlos, pero en realidad no los deja crecer (como lo harían jugando
en Europa desde muy jóvenes); que vive de la promoción de rivalidades entre la
afición; que goza con el simplismo de esa misma afición, que se maneja como
oligopolio, que está muy cómoda así y, por lo mismo, se resiste al cambio. Es fiel
reflejo del país.
viernes, diciembre 02, 2022
Un sueño ¿metafísico? (17-XI-22)
Tuve un sueño sin trama.
Veía yo la creación y recreación de un universo. Sus galaxias y constelaciones, o su polvo cósmico, hacían formas geométricas y después desaparecían. Después se generaba un vacío, pero sólo en apariencia: la materia había desaparecido, pero el universo no. A continuación, reaparecía la materia en ondas, una suerte de auroras boreales que se movían en ondas, hasta que la materia reaparecía.
En ese universo paralelo, la materia es inestable no sólo en su forma, sino hasta en su propia existencia. Hay momentos en los que hay materia, y en otros no la hay. Cuando existe, la materia tiene formas efímeras, caprichosas a nuestro entender.
En el sueño empecé a cavilar. Como en ese universo existen energía y tiempo, pueden combinarse para que haya flujos de conciencia. Éstos flujos de conciencia pueden volverse permanentes, independientemente de la existencia de la materia. Concluía que cuando esa conciencia se convierte en autoconciencia, estamos ante la presencia de un Dios en sí mismo.
Al despertar entendí que había imaginado un universo repleto de Dioses adyacentes.
jueves, noviembre 17, 2022
La manzana envenenada y la marcha por la democracia
Dos textos:
El elemento central de dicha reforma es
cambiar de árbitro electoral, y sustituir al INE por un organismo cuyos
integrantes sean votados masivamente y con lógica partidista. El veneno viene
acompañado de algunos dulcecitos, que podrían ser apetecibles para algún
partido ingenuo, algo así como las manzanas inyectadas con droga que regalan
algunos perversos en Halloween.
Hay muchas ocasiones en las que el Presidente
se mueve en función de los devaneos de la opinión pública. Esta vez no es el
caso. El Instituto Nacional Electoral, a pesar de la constante campaña en su
contra, tiene un índice de aprobación del 68%, superior al del propio López
Obrador. El ataque se da en función de las necesidades de un gobierno que vive
una campaña electoral permanente y quiere asegurar, a como dé lugar, la
continuidad de su partido tras las elecciones de 2024.
Como lo señaló el Consejo de Europa, la iniciativa
de López Obrador pretende cambiar un sistema que sí funciona, y que ha sido
resultado de sucesivas reformas democráticas. Y, como dice la Conferencia del
Episcopado Mexicano, es claramente regresiva, porque lleva hacia el gobierno
federal el control de los comicios, afectando la autonomía de las instituciones
y, con ella, su imparcialidad: un viaje de vuelta al sistema de partido casi
único.
La pretensión es cambiar algo que sí funciona
y sustituirlo por algo que le funciona solamente a una facción.
En realidad, hay pocas probabilidades de
que la reforma, tal y como está, pueda pasar por el tamiz legislativo que
necesita, porque requiere de una mayoría calificada, y no parece que, en este
delicado caso, pueda haber fisuras grandes en el bloque de contención. Pero ya
se ha visto que éste tiene eslabones débiles -el tricolor es el más visible- y
que, mediante chantajes, no es del todo descabellado que se la pueda hacer
avanzar.
Pero, más allá de las pocas probabilidades
de que pase la reforma, la ofensiva contra el INE tiene otras dos intenciones.
La primera es generar condiciones para que la Comunidad de la Fe obradorista
esté pronta a reaccionar en caso de un descalabro electoral. Para ello se ha
trabajado arduamente en la negación de la transición democrática, que se dio
hace décadas y que ahora resulta que no existe (o sólo existe cuando gana quien
Andrés Manuel quiere). Es otra manzana envenenada, dirigida a las mentes y los
corazones de los seguidores de AMLO.
Esta negación de la transición se hace
patente en el delirante pronunciamiento de la Comisión Nacional de los Derechos
Humanos, que retoma el uso faccioso de la autoridad electoral de entonces
contra la Federación de Partidos del Pueblo de México, en las elecciones ¡de
1952! y asegura que, a partir de ahí, nada ha cambiado.
Aquí no importa que la Constitución prohíba
a la CNDH intervenir en asuntos electorales. Tampoco, que esa Comisión hace
rato haya dejado sus tareas y su autonomía para convertirse en un apéndice del Ejecutivo
Federal. Lo que importa es reiterar el mito de la transición manca, y que este
permee en los sentimientos de los fieles. Sentimientos útiles, por cierto, para
alegar fraude en caso de cualquier derrota electoral.
La otra intención es pavimentar el camino
para apretar al INE por vías diferentes a las de la reforma constitucional. Si
no se logra el objetivo máximo, entonces al menos se crean condiciones para
intentar reducir el financiamiento del Instituto, obligarlo a fusionar áreas
sustantivas -minando su sólida estructura profesional- y quitarle todos los
dientes posibles en materia de vigilancia, sobre todo en lo relativo al
financiamiento de partidos y campañas. En otras palabras, para no tumbar al árbitro,
pero crear condiciones para un proceso electoral inequitativo, distorsionado
por los grandes flujos de dinero no vigilado que correrían en las campañas.
Y además está el asunto de la renovación
de cuatro miembros del Consejo General del Instituto, incluida la presidencia
del mismo. La norma dice que los consejeros tienen que surgir por consenso
entre los partidos representados en el Congreso, pero no debemos descartar la
posibilidad de que se intente forzar una composición desequilibrada.
Lo que hay en el gobierno es una aversión
al rigor y a la independencia con el que se ha conducido el INE. Por eso, con
distintos aliados -incluidos los que se beneficiarían económicamente del fin a
las restricciones y candados en las campañas- ha buscado torpedearlo.
Ese afán no se agota en la propuesta de
reforma constitucional. Va a continuar, pase lo que pase, durante todo lo que
resta del sexenio. Y posiblemente, después de que López Obrador termine su
mandato. En otras palabras, nuestra democracia estará en vilo por mucho rato.
Las marchas en defensa del INE y por la
democracia tienen muchas aristas. Vale la pena revisar unas cuantas para darnos
una idea acerca de su relevancia.
Marchas ciudadanas… con partidos
Sin duda se trató de una masiva movilización
ciudadana. La gran mayoría de los asistentes fue ahí movida por una legítima
preocupación respecto a las posibilidades de una regresión en materia
electoral. Y fueron personalmente, como ciudadanos, animados por las redes
sociales y también por la reacción desmedida del presidente López Obrador ante
el evento anunciado.
Adicionalmente, el motivo de las marchas,
la defensa del INE, significó un paraguas lo suficientemente amplio para que,
con una causa en común, marcharan personas de muy distintos puntos de vista
ideológicos. Se trató, pues, de una manifestación plural. Los organizadores lo
entendieron, al nombrar como orador único de la marcha capitalina a un
personaje, José Woldenberg, que representa en primer lugar la posibilidad de
alternancias democráticas con un árbitro ciudadano, y que no es miembro de
ningún partido.
Esa cualidad ciudadana y plural fue la que
permitió que mucha gente asistiera a pesar de saber de antemano que algunos
personajes impresentables para la mayoría de los mexicanos también iban a
asistir. No fue, afortunadamente, una marcha de los puros.
Eso no significa que los partidos hayan
estado ausentes. En particular los tres históricos que conformaron la Alianza
por México, PAN, PRI y PRD. Hay algunas cosas evidentes que son difíciles de
pensar sin ellos -el templete y la pantalla, para dar el ejemplo más evidente-.
Asimismo, asistieron, pero no representando directamente a su partido, conocidos
personajes de Movimiento Ciudadano.
Si la manifestación era contra una
propuesta específica del presidente López Obrador, nadie se llama a engaño al
afirmar que reunió a la oposición social y política a AMLO y su partido. Y
sabemos que esa oposición a final de cuentas se expresa en las urnas, a través
de los partidos políticos de oposición.
Si vemos la composición social,
encontraremos en todos lados una muy amplia participación de las clases medias,
que el lopezobradorismo puede empezar a considerar como perdidas. Y encontramos
también que fue minoritaria -aunque no irrelevante- la participación de las clases
populares.
El peso de los veteranos
En su conferencia mañanera, AMLO se congratuló
de que a las manifestaciones en defensa del INE y contra la reforma electoral
hayan asistido, según él, “puros veteranos”. Agregó, en su acostumbrada
generalización, que no hubo jóvenes.
La verdad es que, en un país como México,
siempre los jóvenes hacen mayoría, pero también que, al menos en la marcha
capitalina, había una presencia de adultos mayores de 50 años notablemente
superior a la que marcaría una distribución normal de los datos demográficos.
López Obrador supone que eso significa que
los jóvenes están con él. Es estirar la cuerda. Pero lo cierto es que las
personas de más edad son las que tuvieron la dura experiencia de vivir en una
falsa democracia, las que saben lo que son elecciones de Estado controladas por
el aparato del partido mayoritario y las que, por lo tanto, menos quieren que eso
se repita.
Hay que pensar que todo lo que han visto
los mexicanos menores de 40 años son elecciones razonablemente libres,
organizadas en condiciones de equidad por un árbitro electoral ciudadano, ya
sea el INE o el IFE. Sus puntos de comparación son sólo históricos, de lo que
leen o les platican. No es lo mismo que quienes vivieron en carne propia los
tiempos de partido prácticamente único.
El número sí importa
Habrá quien piense, sobre todo desde posiciones
cercanas al oficialismo, que el número de participantes en las manifestaciones
pro-INE, y en especial la de la Ciudad de México, a final de cuentas no importa,
porque a final de cuentas no son “pueblo”. Y hay también quien entra a la
guerra de cifras queriendo minimizar un hecho contundente: fueron cientos de
miles de personas que se manifestaron en las 32 entidades del país.
Que el propio presidente López Obrador haya
entrado al juego de la guerra de cifras (eso sí, enmendándole un poco la plana
al desmedido Martí Batres, que dio cifras de risa loca) nos indica dos cosas:
una, que prefiere la propaganda al análisis y dos, que no leerá el mensaje que
una parte importante de la población le ha enviado. En otras palabras, que no
modificará posiciones respecto a la reforma electoral, aún a sabiendas que
tendrá que conformarse, a lo mucho, con cambios en las leyes secundarias, y que
tampoco será capaz de ver en lo sucedido la necesidad de cambiar estrategias
rumbo al 2024.
Esto es particularmente relevante para la
sucesión en la Ciudad de México, donde Morena ya recibió un primer batacazo en
las elecciones de 2021 y donde parece no estar dispuesto a aprender.
El oscuro espejo de la marcha del
desafuero
Esto nos lleva a considerar que la marcha
capitalina del 13 de noviembre puede ser un punto de inflexión. Por su tamaño, por
su diversidad y por el hecho de que se trató de una manifestación en contra de
lo que se percibe como un acto de presidencialismo vertical, tiene semejanzas
con la marcha contra el desafuero de López Obrador, en el ya lejano 2005.
Recordemos varias cosas: que en esa marcha
se juntaron distintas oposiciones al entonces presidente Fox, que ese proceso personalizado
en contra de López Obrador ayudó a catapultar su carrera política y que, si el
gobierno de Fox no hubiera reculado al respecto, se hubieran generado tensiones
excesivas sobre la democracia mexicana.
Una diferencia importante es que Fox tenía
quienes le decían cuando estaba cometiendo un error de cálculo político, y
finalmente lo convencieron, mientras que López Obrador prefiere escuchar a
quienes lo adulan y le dan siempre la razón (aunque en verdad a quien prefiere
escuchar es a sí mismo). Las pocas voces en el entorno de Morena que prevén
sobre un impulso opositor rearticulado a partir del rechazo a una reforma
electoral regresiva están sembrando en el desierto.
Esto no termina
La esperada cerrazón de López Obrador, su
incapacidad de cambiar una coma a sus deseos, harán que la disputa en torno a
la reforma electoral y al INE continúe más de lo necesario. Buscarán doblar al
bloque opositor a través de sus eslabones más débiles (los de cola más larga),
buscarán estirar los cambios a la legislación secundaria, intentarán doblar la
ley para imponer consejeros electorales. Pero ahora tendrán que hacerlo con la
presencia activa de una parte importante de la sociedad que no quiere que una
persona o un partido tengan el monopolio del poder. Y eso puede terminar por
revertírseles.
jueves, octubre 27, 2022
BIopics: El suplemento UNAM-Congreso
En mayo
de 1990 se llevó a cabo un congreso universitario en la UNAM. Ese congreso vino
años después del movimiento del CEU y como consecuencia del mismo. Hubo un
larguísimo proceso para organizarlo, con discusiones bizantinas acerca de la
composición de la comisión organizadora y toda la cosa. Tenía la importancia de
que la comunidad universitaria, representada de manera casi paritaria, iba a
discutir democráticamente sobre las debilidades y fortalezas de la UNAM y tal
vez, se pensó, podría sacarla de su marasmo, a falta de una reforma académica
de fondo.
Desde
fuera (porque yo ya prácticamente estaba fuera, aunque diera un par de clases
en Economía), se veía como algo que no tendría más consecuencias que la
existencia misma del congreso, que hablaba de una universidad menos polarizada
que cuando el movimiento del CEU., una universidad abiertamente dialongante.
Los universitarios iban a agitar la eterna placa de Petri y, si llegaban a
algún lado, este sería bastante etéreo.
Pero
para El Nacional renovado de Pepe Carreño, esa era una buena oportunidad
para entrar a un mercado que le había sido vedado, así que armamos una
estrategia mixta: por un lado, informativa; por el otro de distribución.
Toco primero
el tema de la distribución. Los puestos dentro del campus de CU estaban
dominados por un miembro de la Unión de Voceadores apodado El Tortas.
Casualmente, el hijo del Tortas jugaba en el mismo equipo de Pumitas de mi hijo
Raymundo. La oferta que le hicimos fue subir de 200 a mil el número de
ejemplares de El Nacional a distribuir en el campus, y él no le tenía
que dar comisión al expendio por los 800 de diferencia, que le pasaríamos
debajo del agua. La mayor parte de esos 800 se distribuirían en las sedes de
las once mesas de discusión que había en el congreso, antes de la plenaria.
El tema
informativo pasaba por la creación de un suplemento especial, UNAM-Congreso,
que coordinaría yo, y que tendría que tener un estilo fresco, para nada acartonado,
para dar cuenta a los universitarios de que El Nacional era ya
totalmente una cosa diferente que la que dictaban sus prejuicios (no tan
injustificados, dada la historia del diario).
Para
ello, armé un equipo casi totalmente ajeno a la estructura del diario. Además del reportero de la fuente universitaria (de nombre Octavio Raziel, y que tenía el pésimo
gusto de llamarme “Paquirri”) y de su eficaz asistente, la cobertura de las
mesas correspondió, por una parte, a varios de los muchachos del suplemento Post900
que habían mostrado muy buenas aptitudes: Julián Andrade, Néstor Ojeda, el Trosko
Arturo Ramos. Por la otra, a estudiantes conocidos de economía, de los que
recuerdo a Penélope Juliá y Mauricio López Velázquez. Alguno más, como Ciro
Murayama, contribuyó con algún artículo de opinión y, encima, tuvimos varias
cartas a la redacción. En la diagramación y diseño me traje a Arturo Parra, Parreishon,
que había mostrado sus capacidades en la sección Ciudad.
El
suplemento resultó bastante lúdico y fue muy exitoso. En el primer número, pusimos
fotos y perfiles cotorros de varios estudiantes delegados, de la extrema
izquierda, con el título “Los ultras que usted quería conocer”. Pusimos,
durante todo el congreso, pies de fotos juguetones. Y el día anterior a la
clausura, fotos de las delegadas más guapas (que salieron horribles, con el
CMYK desfasado, porque los de fotomecánica eran malhechotes a más no poder: las
bellezas tenían dos ojos en cyan y dos en magenta). Eso no obstó para que El
Nacional tuviera la más completa cobertura informativa del congreso, entre
todos los diarios del país. Se volvió lectura obligada.
Por
supuesto, no nos salvamos de algunas críticas. En el día que se publicó el número
1 del suplemento, me llamó indignado Gilberto Guevara, porque no estaba tomando
el congreso con la seriedad que ameritaba, le estaba dando protagonismo
indebido a los ultras, me estaba fijando más en las personas que en las tesis de
discusión, y un largo etcétera en el que, en realidad, me decía que iba yo
exactamente por el camino que quería recorrer. El otro tipo de crítica vino del
departamento de comunicación social de la UNAM: querían que diéramos más peso a
las versiones de Rectoría (y aliados); amablemente nos solicitaban ser más
institucionales y gubernamentales, porque -no lo decían abiertamente- al fin y
al cabo éramos el periódico oficial (pero no: nuestra pretensión era ser un
diario de Estado, no de gobierno).
En
resumen, me divertí mucho haciendo UNAM-Congreso, apoyado por Pepe Carreño y
por un equipo joven e inteligente. Visto con la lupa del tiempo, creo que el
director quedó bastante complacido con el resultado y que fue algo que ayudó a
que tuviera más confianza en mis capacidades periodísticas.
Por lo
que respecta a la distribución, ya después del congreso El Nacional
vendía más ejemplares en CU. El Tortas intentó mantener la parte de la
distribución debajo del agua del expendio, con 400 ejemplares extra, pero lo
cacharon, lo regañaron y lo amenazaron. Con trabajos logramos que la Unión de
Voceadores aceptara que él distribuyera 200 más, sobre la cuota pre-congreso, y
ellos llevándose la parte gorda de la comisión.
Las ratas y el restaurante
En su libro clásico sobre periodismo, PieroOttone trata un asunto fundamental: el de la confiabilidad de las fuentes. El ejemplo es la historia de un restaurante clausurado por las autoridades sanitarias a causa de la presunta existencia de ratas. Un medio no puede dar por buena, sin más, la presencia de ratas en el restaurante (a menos de que el reportero las haya visto). Tiene que decir que se trata de una afirmación del inspector de Salud. Pero también debe buscar al dueño del restaurante, que tal vez pueda afirmar que lo clausuraron porque se negó a pagar una mordida. Un medio profesional da ambas versiones, y deja al lector la tarea de decidir quién tiene más credibilidad.
De ahí, también, la necesidad de citar las
fuentes. Sirve para que el lector sepa quién dice qué y también cómo nos
enteramos del asunto. Asimismo, ayuda a que norme su criterio de credibilidad
al considerar cuál es la fuente.
Esto viene muy al caso con el libro El Rey
del Cash, de Elena Chávez, que ha circulado profusamente tanto en su versión
impresa como en distintos formatos de PDF. Un verdadero fenómeno que, sin
embargo, ha tenido como principal efecto el cristalizar las opiniones ya polarizadas.
Aunque también ha provocado algunas de las maromas más vistosas de parte de los
seguidores incondicionales de López Obrador.
El libro se lee como un largo chisme, y
relata métodos de financiamiento para el movimiento lopezobradorista vistos
desde adentro, pero está hecho de una manera testimonial. No hay documentos que
los avalen. En todo caso, lo que ofrece son otros testimonios.
Muchos hemos notado que estos métodos
coinciden, de manera no casual, con distintos momentos en los que sí hay elementos
probatorios: los videoescándalos de 2004, los sobres amarillos que recibieron
los hermanos de López Obrador, el comprobado descuento a los empleados de Texcoco,
etcétera. Que todo engrana para explicar la abundancia de recursos que
sirvieron para una campaña permanente, paralela a los partidos, que rebasó con
mucho los tiempos y límites que la ley dicta para los procesos electorales.
Al mismo tiempo, la manera un tanto burda,
y con algunas escenas dignas de telenovela, con la que los sucesos son
presentados en el libro, abona para que los simpatizantes de López Obrador
aleguen que se trata de un asunto movido por desafecciones personales (aunque
no falta quien ya esté suponiendo un complot desde las mazmorras de la
derecha).
El caso es que estamos en tiempos en los
que, más que normar su propio criterio ante dos versiones contrapuestas, existe
una suerte de fanatismo en el que se toman posiciones aún antes de verificar fuentes,
y en el que se cierran los ojos incluso cuando hay pruebas. Estos fanáticos “se
retroalimentan con otras personas que tienen las mismas convicciones y crean
entornos autorreferenciales”, como dice Raúl Trejo Delarbre en su reciente Posverdad,
Populismo, Pandemia.
Esto, que es también una cerrazón hacia
opiniones divergentes, permite que, por un lado, se crea a pie juntillas un
testimonio y, por el otro, se le niegue toda veracidad, a pesar de que las
piezas coincidan con información anterior.
También hay otro tipo de cerrazón. La de
quienes, no pudiendo cegarse del todo ante la avalancha de información, argumentan
que tal vez sea cierta, pero en todo caso no se trató de dineros para que los
beneficiarios vivieran a todo lujo, sino para financiar un necesario movimiento
para la transformación del país.
Estos casos tal vez nos reflejan, mejor
que los de ceguera pura, los efectos del desprecio por los hechos que ha
generado la ola populista mundial. No importa que se haya tratado de un
financiamiento ilegal, que se hayan movido sin registro grandes sumas de dinero,
o que varias de las aportaciones hayan sido a cambio de una contraprestación política
o empresarial. Tampoco importa que ese financiamiento irregular haya
contribuido a que un grupo se hiciera del poder político. Lo que importa es que
no se presumieron lujos (o que no los hemos terminado de ver).
Un lugar privilegiado para notar la
diferencia entre una visión racional y el fanatismo es el futbol. Ni las repeticiones
instantáneas y ni siquiera el VAR han impedido que los aficionados rabiosos de
un equipo insistan en que el árbitro está vendido… y también los del VAR.
Mientras todo México gritó en 2014 que aquella jugada entre Márquez y Robben “¡no
era penal!”; en los Países Bajos seguramente vieron una falta clarísima. Eso es
un lío para todos los árbitros, sean deportivos, electorales o de otro tipo.
En otras palabras y para concluir, son tiempos en los que es difícil tratar de escudriñar la verdad y de promover una deliberación democrática si, aunque se den las dos versiones al público, éste ya es fanático de los restauranteros, de los inspectores de salud… o de las ratas.
jueves, octubre 13, 2022
Julio Urías y Fernando Valenzuela, un comparativo precoz
Los números de Julio Urías en las temporadas 2021 y 2022 mueven a hacer una comparación que puede ser incómoda, pero cuyos resultados son por demás interesantes. ¿En qué tanto se parecen las primeras temporadas ligamayoristas del culichi Urías y del Toro Fernando Valenzuela?
Para hacer el comparativo hay que tomar en
cuenta algunos factores: mientras que, tras pocos partidos como relevo en la
temporada de 1980, Valenzuela se convirtió en abridor de lujo de los Dodgers, el arranque de Urías fue mucho más lento: tuvo muy poca acción
entre 2017 y 2019, casi siempre como relevista y no se convirtió en abridor
hasta la campaña reducida de 2020.
Pero en este momento estamos en condiciones de
comparar los primeros 7 años de Urías en las Mayores con los primeros cuatro de
Valenzuela. El de Culiacán ha sumado 101 aperturas en temporada regular,
mientras que el de Etchohuaquila llevaba 97 al terminar la temporada de 1983.
Empecemos con la estadística más tradicional: ganados
y perdidos. Urías tiene marca de 49 ganados contra 17 perdidos, mientras que
Valenzuela llevaba 49-30. Puede aducirse, con razón, que al Toro le
tocaron muchos partidos en los que su equipo no lo apoyó lo suficiente a la
ofensiva, pero el dato es que Urías tiene 13 perdidos menos. Ahora bien,
también se puede obtener el promedio por cada 162 partidos de temporada (es
decir, se descuentan tiempos en lista de lesionado y se ponderan las temporadas
reducidas de 1981 y 2020): el resultado es que Urías tiene 14-5 y Valenzuela
16-10.
Pasemos ahora a la que se considera la
estadística más importante en el pitcheo: el promedio de carreras limpias
recibidas por cada 9 entradas lanzadas. Urías tiene un PCL de 2.82; el de
Valenzuela era de 3.00. Es una diferencia pequeña, pero no irrelevante.
La estadística ERA+ nos dice cuál es la diferencia
entre el pitcheo de determinado lanzador y el promedio de las Mayores. 100
equivale al promedio. En el periodo analizado, el ERA+ de Urías es de 148; el
de Valenzuela era de 117. Otro punto a favor del culichi.
Una estadística fundamental para saber si un
lanzador está dominando a sus rivales es el WHIP (hits y pasaportes otorgados
por cada inning lanzado). Ambos tienen números brillantes. Urías, 1.09, y
Valenzuela 1.18. Marginalmente es mejor la estadística del sinaloense. A
Valenzuela los rivales le bateaban para un ridículo .208 de porcentaje; a
Urías, todavía menos: .200. Urías da 2.5 bases por bolas por cada 9 innings;
Valenzuela daba 3. Urías poncha a 8.9 adversarios por cada 9 entradas y
Valenzuela ponchaba a 7.
Empecemos las diferencias a favor del Toro
con una menor: a Valenzuela le pegaban 0.5 jonrones por cada nueve entradas de
trabajo; a Urías 0.9. Puede alegarse que se trata de épocas diferentes y, en
efecto, ahora los bateadores tienden a pegar más palos de vuelta entera… pero
tienen 20 puntos menos de porcentaje de bateo.
Vienen las fundamentales: en el periodo
analizado, Valenzuela lanzó la friolera de 38 juegos completos, de los cuales
16 fueron blanqueadas. Urías, cuando ha abierto un juego, nunca ha llegado a la
octava entrada. Esto significa también que el sonorense pitcheó muchísimos más
innings que el de Culiacán, con todo y que tuvo unas cuantas aperturas menos:
752 contra 600.
Sin embargo, a la hora de contar los ponches, la
diferencia se esfuma y Urías le da la vuelta: ha pasado por los strikes a 593, contra
584 víctimas de Valenzuela.
¿Qué tanto contribuyeron estos dos peloteros a
sus equipos en el periodo analizado? Para eso está el WAR (victorias sobre
reemplazo), que mide la diferencia entre cada jugador y un hipotético suplente
que está marginalmente en Grandes Ligas (en el límite entre ligas menores y
MLB). Están casi igualitos, de acuerdo con Baseball Reference: Valenzuela,
13.3; Urías, 13.2.
Y la diferencia más importante es que,
arrancando en aquella mágica temporada de 1981, se desarrolló la Fernandomanía,
alrededor del carismático zurdo sonorense. El otro zurdo, a pesar de que tiene
de verdad una gran personalidad, está lejos de alcanzar esos brillos.
Es claro que ambos peloteros lanzaron en
épocas muy diferentes. Esencialmente, Valenzuela lo hizo antes del predominio
de la sabermetría. Había más bateo de contacto y menos de poder, más
agresividad en las bases y los managers se manejaban con el inexistente librito
de la tradición. Pero sobre todo había una menor división del trabajo entre los
relevistas, que ahora son parte esencial de la estrategia. Lo común era que los
pitchers intentaran lanzar todo el juego, el conteo de lanzamientos era cosa
secundaria y eso de que evitar enfrentar al line-up por tercera vez en el
partido era un tema desconocido.
La carrera de Valenzuela fue fulgurante, pero
bajó de nivel antes de tiempo, debido, precisamente, a que su brazo fue usado
en exceso por varios años. A Urías lo han tenido entre algodones, y el número
de innings lanzados por temporada crece de manera lenta. La idea es que dure
mucho más. Si lo hace, y conserva el nivel mostrado hasta ahora, podremos -entonces
sí- hacer una comparación que no sea tan precoz como la actual.
Para comparar sus actuaciones de postemporada,
que se actualizan al finalizar, favor de ver, en este blog, Peloteros mexicanos en postemporada (un análisis histórico).






