martes, abril 21, 2020
La prima de los Larrazábal
Los Larrazábal eran unos vecinos vascos en la colonia Anzures. Yo era amigo de Iñaki y de Xabier, cuates grandes, tozudos, buenos para andar en bici y que comían ajos crudos como si fuera una golosina. A veces me invitaban a ir con ellos al cine en un testarudo Taunus que el señor Larrazábal amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo. En ocasiones (escasas) nos tocaba una superproducción de aventuras, pero casi siempre íbamos a ver películas ñoñas, que rezumaban moralina.
En una de esas (yo he de haber tenido como once años) nos acompañó una prima que había llegado de España de vacaciones. Se llamaba Pilar. Pilar es un nombre que desde pequeño he asociado con cierto general batistiano de quien se decía "nombre de mujer, corazón de hiena", así que la españolita de pelo rubio, pajizo, tenía, de entrada, un punto en contra. Xabier se encargó de restar varios más de su cuenta, previniéndome contra ella: "es una tipa insoportable, estoy contando los días para que se regrese". Llevaba puesto un sencillo vestidito rosa, de esos que se espera que porten las niñas que se portan bien. Pero el vestidito rosa en el cuerpo de Pilar parecía una especie de contrasentido: Lo llevaba con tal desgarbo -con un desaliño en el que no tenían nada que ver los cuidadosos pliegues, el correcto planchado y la ausencia de máculas- que deban ganas de arrancárselo a desgarrones. Pilar tenía alrededor de trece años.
La película era de Rocío Dúrcal, una gachupinada melcochosa. Cuando nos presentaron, Pilar hizo una mueca apenas perceptible. Pasada la entrada del cine, mientras los papás de Iñaki y Xabier hacían cola para comprar palomitas y mis amigos se entretenían observando los carteles de los próximos estrenos, Pilarica aprovechó para darse la vuelta y sacarme la lengua. Extrañamente, no me molestó que lo hiciera y le respondí con una sonrisa divertida. Mientras pasábamos a la sala me puse a pensar, intrigado, en el porqué de mi falta de enojo (entendámonos: no me había sacado la lengua como capricho de niña maleducada, pero tampoco para decirme "te la mamo", y tales sutilezas eran difíciles de entender para un chamaquito que todavía no sabía de la existencia del fellatio; es más, que tenía, si acaso, pocos meses de enterarse de cuál era la mecánica del coito); descubrí entonces que, aunque su gesto entrañaba una sensación de asco, no me había mostrado una lengua tiesa, sino un órgano flexible y móvil. Había disgusto en ella ¿pero hacia qué? También había vida.
Nos tocó sentarnos juntos. A mi derecha había un cuerpo displicente ceñido en un vestido tieso. En la pantalla, Rocío Dúrcal cantaba acerca de los castizos piropos de su barrio, del diplodocus que acababa de casar, de sus diecisiete años de enfermedad o de otra canción que no recuerdo, porque todas sus películas se me confunden en una sola (y tal vez lo sean). En cambio recuerdo que en aquella vez era en el cine Las Américas y que en la penumbra adivinaba los ojos de Pilar clavados en mi. De cuando en cuando volteaba a verla y ahí estaban sus ojos sobre los míos. Recuerdo unos ojos fijos, reconcentrados, que hacían contraste con un cuerpo aventado así como si nada al sillón. Creo recordar el blanco de sus ojos mejor que la mano fría que se posó sobre la mía y que revelaba una tensión que no se podía notar en el resto del cuerpo. A la hora de las canciones me esforzaba por comprender el significado de aquella mueca a la entrada de la sala, de aquella lengua prensil y corajuda. Hacia el final de la cinta volví a mirarla e intenté una sonrisa. Ella me siguió escrutando, pero no movió un músculo de la cara. Xabier también había dicho que era medio retrasada mental.
Esa y otras dudas me han venido a la mente en las raras ocasiones que recuerdo la anécdota. A favor de Pilar habla que, cuando nos acomodábamos en el coche para el regreso a casa, Xabier dijo en son de broma: "Pancho y Pilar se gustan" y vi que su rostro blanquísimo se volvió del color del vestido. Pero jamás pronunció palabra alguna, no me regaló con otro gesto delator, con alguna clave. Pasados los años, creo poder interpretar su lengua altiva y provocadora como un reproche, como la señal de una constatación: lo nuevo de hoy, lo que acabo de conocer, parece ser igual, ser la misma mierda, que todo lo viejo que he conocido. También era una invitación: sé distinto, niño desconocido, a todo lo que he conocido. Finalmente, era una muestra: mira una parte de este triste cuerpo de treceañera encorsetada, esta partecilla que no sé si merezcas, que no sé si la merezca yo misma.
Años después de aquella ida al cine, vi en Interviú unas fotos de Rocío Dúrcal desnuda. Era la misma persona de aquellas películas, pero esta vez tenía labios, senos, nalgas, piel; había cuerpo detrás de los gorgoreos, un cuerpo que hasta hacía poco era invisible; la mantilla negra que cubría toda España había también cubierto los mejores años de Rocío. Cubría también a Pilarica (no sé con cuántas capas) y ella parecía esforzarse -con la falta de recursos de los trece años- en deshacer ese velo. Se me ocurre desear para Pilar, décadas después de la única vez que la vi, que en el camino de la destrucción de mantillas y vestiditos rosas haya encontrado muchos orgasmos, y que su lengua haya ganado en ubicuidad, sin dejar de ser tan expresivamente misteriosa.
(publicado en El Nacional Dominical, 29 de abril de 1991)
lunes, abril 13, 2020
Rigidez y fetiches presidenciales
Van otros tres textos publicados en Crónica, todos sobre la reacción insuficiente en materia económica del presidente López Obrador, ante la crisis desatada por la emergencia del coronavirus. Hay un nuevo leit-motiv: AMLO se aferra a sus fetiches y a lo que aprendió (mal) hace cuatro décadas.
AMLO nos está saliendo neoliberal
La pandemia del coronavirus ha hecho que muchas cosas que parecían sólidas salten por los aires. El orden mundial no será el mismo tras su paso. En particular, los efectos económicos inmediatos no serán parecidos a los de la crisis de 2008-2009; habrá que ir más atrás en el tiempo, casi un siglo, y pensar en los años de la Gran Depresión. Se habla de caídas de hasta 30% del PIB para el segundo trimestre del año en distintas naciones desarrolladas. De ese tamaño es el mazazo.
Ante las crisis, hay distintas maneras de actuar. Unas tienen que ver con la velocidad y la fuerza de la reacción. Otras, con la flexibilidad o la rigidez. La crisis de dos cabezas que enfrentan México y el mundo, con la pandemia del coronavirus y sus efectos económicos, exige una reacción fuerte, pero también flexible.
AMLO nos está saliendo neoliberal
La pandemia del coronavirus ha hecho que muchas cosas que parecían sólidas salten por los aires. El orden mundial no será el mismo tras su paso. En particular, los efectos económicos inmediatos no serán parecidos a los de la crisis de 2008-2009; habrá que ir más atrás en el tiempo, casi un siglo, y pensar en los años de la Gran Depresión. Se habla de caídas de hasta 30% del PIB para el segundo trimestre del año en distintas naciones desarrolladas. De ese tamaño es el mazazo.
El hecho es que muchas economías del mundo están paradas,
trabajando al mínimo, en terapia intensiva. Ese paro total será de varias
semanas y no se sabe, bien a bien, qué tan rápido pueden recuperarse, dada la
interdependencia internacional y la ruptura de las cadenas de valor. El golpe es
tanto del lado de la oferta, porque se está produciendo menos, como por el de
la demanda, porque se está consumiendo menos.
La gran pregunta es, si se tratará de un fenómeno temporal o
de algo más profundo, una crisis de mediana duración que obligue a recomponer
la estructura económica mundial bajo una nueva lógica.
Por lo pronto, todos los países serios se han dado cuenta de
la gravedad de la situación y han puesto en marcha medidas de emergencia. Se
han olvidado de consideraciones propias de los años de estabilidad, como el
déficit fiscal, y han desarrollado diferentes estrategias que tienen como
denominador común que están soltando enormes cantidades de dinero para
estímulos.
La receta varía de país a país. Hay quienes buscan proteger
a los pequeños y medianos negocios, como Alemania; hay quienes aplazan el pago
de impuestos, como España; quienes pagan la renta y los servicios básicos de
las personas, como Francia; hay quienes apoyan masivamente a individuos como
Canadá; quienes suspendieron el pago de hipotecas, entre otras medidas, como
Italia; quienes pagan el 75% de los salarios de toda empresa que no despida
personal, pero lo tenga en casa, como Dinamarca. Y no son sólo los países
ricos: Argentina incluyó un bono como “ingreso familiar de emergencia” y
prorrogó el pago de los servicios, El Salvador anunció medidas más radicales,
incluido el control de precios de la canasta básica.
Todos se alejan de la ortodoxia económica, con paquetes que
significan del 3 al 15% del Producto Interno Bruto Nacional. Son mecanismos
para evitar el colapso total: el equivalente al respirador artificial. Y son
para permitir que las economías puedan reponerse tras el paso mortal del
Covid-19.
Todas estas medidas se van a financiar principalmente
mediante deuda pública, en una situación en la que el costo del dinero a nivel
mundial es prácticamente de cero. Y el costo es tan bajo precisamente porque
hay un exceso de capital en busca de colocación, como en la crisis de 1929.
Si los campeones de la prudencia económica, que son los
alemanes, le están metiendo 610 mil millones de dólares extra de estímulos
fiscales, eso significa que el viejo paradigma tronó en mil pedazos, que el
keynesianismo (u otra cosa parecida) renace de las cenizas y que necesariamente
el mundo avanzará hacia una mayor intervención del Estado en la regulación de
los ciclos económicos.
Lamentablemente, de eso no parece estar enterado el
presidente López Obrador, quien estudió ciencia política en los años setenta,
pero parece que sus exámenes extraordinarios de economía los aprobó en los
ochenta, años de Reagan y Thatcher, cuando resurgía la ola del pensamiento
neoliberal.
A López Obrador le preocupan, al hablar de macroeconomía,
tres cosas: que no haya déficit, que no haya deuda y que el peso esté fuerte. Esos
son precisamente los tres fetiches que usó la derecha mexicana para
descalificar como “docena trágica” los gobiernos que el propio AMLO señala como
últimos gobiernos revolucionarios (y que sí, cometieron errores graves ante la
crisis fiscal del Estado, en aquel entonces). La cuarta cosa que le importa a
López Obrador, como a los panistas y tecnócratas en los años ochenta, es no
aumentar impuestos. Encima de eso, le tiene fobia al concepto de “rescate”,
porque lo asocia con el Fobaproa, como si ése fuera el único tipo de rescate
posible a las empresas.
El problema es que, si bien la ortodoxia económica a la que
se aferra el Presidente, tenía el pequeño defecto de ser recesiva en tiempos
normales, ahora que vivimos tiempos excepcionales puede tener el gran defecto
de profundizar una depresión.
Para colmo, el desplome de los precios internacionales del
petróleo no sólo echa por la borda la idea de utilizar a Pemex como palanca del
desarrollo, sino que pone en serios aprietos a la empresa productiva del Estado
en varios otros campos: si el costo de extracción es mayor al precio de venta,
la palanca se convierte en un lastre que lleva al fondo no sólo a Pemex, sino
también a las finanzas públicas.
En estas semanas la economía mexicana sufrirá un parón muy
grande, obligada por la crisis sanitaria. No hay manera responsable de
evitarlo. Las entidades federativas y los ciudadanos se han adelantado a la
Federación. Y los expertos en el gobierno en materia de salud, aliados con la
realidad, terminarán por doblarle la mano al terco Presidente, aunque sigamos
padeciendo de disonancia con sus discursos.
Pero falta lo otro. Son necesarias medidas de emergencia,
que protejan en primer lugar los ingresos de las personas, pero que también
permitan que las unidades económicas vuelvan lo más pronto posible a la
normalidad productiva. No puede ser que, a estas alturas, el Presidente pueda
seguir tan campante con la política ultraortodoxa del “dejar hacer, dejar
pasar”, aderezada con unos apoyitos que más que otra cosa parecen limosnas.
Hasta Trump y el Consejo Coordinador Empresarial lo están rebasando por la
izquierda. Es tiempo de que la gente sensata del gabinete imponga un paquete
económico de emergencia digno de ese nombre.
Rigidez y fetiches presidenciales
Ante las crisis, hay distintas maneras de actuar. Unas tienen que ver con la velocidad y la fuerza de la reacción. Otras, con la flexibilidad o la rigidez. La crisis de dos cabezas que enfrentan México y el mundo, con la pandemia del coronavirus y sus efectos económicos, exige una reacción fuerte, pero también flexible.
Es una crisis tan grande que ha echado por tierra
las antiguas certidumbres. Todos los guiones han tenido que cambiar.
Al presidente López Obrador no le gusta que le
cambien el guión que tenía programado para el país. Su tendencia es a la
inflexibilidad. En lo referente a la crisis de salud ha tenido, a
regañadientes, que ir cediendo ante una realidad que ya está aquí, y que son
los contagios locales. En el tema económico, sigue aferrado a sus fetiches,
tanto en lo que aborrece (deuda, impuestos, déficit), como en lo que ama (sus
proyectos emblemáticos y la resurrección de Pemex).
La inflexibilidad presidencial se ha traducido en
una respuesta un tanto confusa ante la llegada del coronavirus, marcada por las
contradicciones entre el mensaje oficial de salud y la actitud displicente de
López Obrador, pero al menos se está avanzando en la dirección correcta. Pero
sobre todo se ha traducido en una suerte de pasmo en lo económico, mientras
otros países del mundo están destinando sumas importantes para evitar un
colapso después del colapso.
En otras palabras, no ha habido una reacción
suficientemente fuerte ante el monstruo bicéfalo.
¿Qué significa una reacción fuerte? En primer lugar,
darse cuenta de que la inacción es suicida y también entender, como lo han
señalado varios especialistas, que los dos problemas están tan enlazados que es
un error gravísimo querer separarlos. No hay manera de salir adelante en lo
económico si no se ataca con seriedad y decisión el problema de salud. No hay
manera de salir airosos en lo sanitario, si no se canalizan recursos económicos
cuantiosos a ese sector y al problema del Covid-19 en específico.
La recesión mundial es un hecho. Su profundidad en
cada país, está por definirse. Quienes tengan una crisis de salud profunda, no
sólo tendrán también una recesión igualmente profunda, sino que cualquier
recuperación económica será más difícil y lenta. Por eso, es un absurdo
hacernos de la vista gorda ante el problema de salud, y querer dizque proteger
la economía hoy, porque mañana sólo quedarán harapos. Posiciones como las que
ha expresado el dueño de TV Azteca no pecan sólo de insensibles, sino también
de miopes en lo económico.
En otras palabras, en el tema de la epidemia es
mejor tener una sobrerreacción que bajar la guardia. Aun así, es necesaria
cierta flexibilidad, dada cuenta la situación de precariedad e informalidad de
buena parte de los trabajadores en el país.
Y en el tema de la economía, las voces que reclaman
al gobierno un programa general de rescate son prácticamente unánimes. Desde
los adoradores del libre mercado hasta la izquierda radical, todos coinciden en
que tiene que haber medidas excepcionales, que vayan de acuerdo con la
situación excepcional que apenas estamos empezando a vivir.
Si continúa la inacción gubernamental, va a haber
una destrucción masiva de puestos de trabajo, que llevará a una espiral en la
que tanto el consumo como la producción se van tirando hacia abajo. Es lo que
vivieron muchos países durante la Gran Depresión (todos recuerdan las medidas
proactivas de Roosevelt; nadie se acuerda del pasmo de Hoover).
Todos las propuestas, desde las que tienen como
principal objetivo salvar a las empresas hasta las que apuntan, casi
exclusivamente, a mantener los ingresos de los trabajadores, derrumban como
fichas de dominó a los fetiches del neoliberalismo que ha adoptado López
Obrador: el superávit primario en las finanzas públicas, el no endeudarse y, en
el mediano plazo, el no aumentar impuestos.
Muchas de ellas subrayan también la inutilidad, a
estas alturas del precio del petróleo, de continuar inyectando recursos al
proyecto de la refinería de Dos Bocas. Todas, sobre la conveniencia de hacer
otro tipo de inversión pública.
Sólo con deuda, déficit, reacomodos en el gasto y
proyectos mayores de salvamento de la planta productiva y de los ingresos de
los trabajadores podrá el país salir adelante. Los principales sectores productivos
del país estarían, sin duda, de acuerdo con un acuerdo de gran calado. A estas
alturas, los detalles importan menos que el hecho de realizarlo y soltar el
gasto.
López Obrador ha tenido que admitir que no es
epidemiólogo. Y eso ha permitido que los especialistas hayan podido empezar a
trabajar, a pesar de los obstáculos de todas las mañanas. De seguro ha de haber
sido complicado convencer al Presidente de modificar, aunque sea un poco, su
discurso. Ese esfuerzo de los especialistas se agradece.
Ahora toca una tarea todavía más complicada. Hacer
que López Obrador admita que no es economista (no lo tiene que hacer en
público) y permitirle encabezar formalmente un gran programa para la
reactivación económica en el que la prioridad ya no sean los fetiches
ochenteros del Presidente, sino la salud de la economía nacional.
Si la rigidez presidencial en materia de salud ya
tuvo y tendrá costos a la hora de combatir la pandemia, su rigidez en materia
económica será catastrófica, si no le doblan la manita. ¿Habrá quien pueda?
El guión inamovible de AMLO
Era la gran oportunidad de AMLO. No sólo no la tomó,
sino que la agarró a patadas.
Con la crisis económica y social asociada a la
pandemia del coronavirus se ha generado un consenso mundial: son necesarias
reformas de fondo, que den un vuelco a la política económica seguida en las
últimas décadas, el llamado neoliberalismo. Reformas que implican un mayor
papel del Estado en la economía, más peso a los servicios públicos,
redistribución del ingreso, fin a los privilegios y redefinición de los
mercados laborales, para revertir la precariedad y los bajos salarios. Todos
estos objetivos coinciden con el discurso de campaña del Presidente, y la circunstancia
excepcional permitía mover las baterías hacia allá, para evitar una depresión
económica de dimensiones no conocidas por esta generación de mexicanos.
Pero López Obrador tenía otros datos que,
desgraciadamente, no corresponden con la realidad.
La economía mexicana, como otras en el mundo, se
está hundiendo debido a la obligada inactividad parcial, decretada por la
emergencia sanitaria. Para darnos cuentas del tamaño, hagamos cuentas
sencillas: si la economía cae 20% por cada mes de cuarentena, el efecto es de
1.67 puntos del PIB por mes. Sumemos dos meses y un poco más, porque la
recuperación será, acaso, paulatina, agreguemos el efecto normal de la caída en
la inversión, pues la demanda ha bajado, y tendremos como resultado una
disminución de más del 6% del PIB, siendo prudentes.
Esto implica pérdida acelerada de empleos, en casi
todos los sectores, y sobre todo en las pequeñas y medianas empresas. Implica
pérdida de bienestar para millones de familias.
Por esa razón, casi todas las naciones del planeta
han puesto en marcha planes ambiciosos de reactivación económica, que van desde
el 3% al 16% del Producto. Naciones con gobiernos de izquierda, de centro y de
derecha, en las que sus gobernantes han visto que el panorama que tenían
enfrente había cambiado radicalmente y tenían que dar un golpe de timón.
Pero Andrés Manuel cree que su guión es el único, y
que apartarse de él significaría traicionarse. Por eso no hace cambios, como si
las cosas siguieran igual. El problema es que, al mantener el mismo guión en
circunstancias muy diferentes, los resultados serán notablemente peores.
Se lo han advertido de todos lados del espectro
ideológico: desde la Coparmex hasta Cuauhtémoc Cárdenas. Lo han dicho grupos de
economistas, empresarios grandes y pequeños, gente de su propio partido. Pero
él está atado a sus fetiches: no a aumentar impuestos, no al déficit, no a
aumentar el gasto público, no a contratar deuda, así sea gratis.
En su triste discurso del domingo, López Obrador,
sin darse cuenta del despropósito, citó a Franklin Delano Roosevelt, el
presidente del New Deal, que con
masivas intervenciones públicas empezó a sacar a su país de la Gran Depresión
de 1929-32. Despropósito, porque en el resto del discurso imitó a Herbert
Hoover, antecesor de Roosevelt, quien dijo que aquella crisis era “una
aberración temporal” y llamó a tener confianza. Creyó que bastaba con un par de
grandes proyectos, como la construcción de la enorme presa que hoy lleva su
nombre para que la economía se recuperara. No fue así, tenía que cambiar todo
el modelo económico. No sobra decir que su partido tardaría décadas en volver
al poder.
La clave, hace 90 años como ahora, es salvar el
empleo y los ingresos de los trabajadores, no sólo de unos cuantos. El efecto
de los microcréditos es muy limitado; la ayuda en efectivo, también. La
recesión dará un nuevo golpe a las finanzas públicas, por el lado de la
recaudación. Nada de eso quiso ver el Presidente.
Lo que sí vio es una convergencia de actores
sociales que le pedían un plan masivo y concertado. Y vio moros con tranchete.
Personajes que no están de acuerdo con él, a los que hay que combatir.
Le molesta la idea de un acuerdo o concertación,
porque significa negociar (no importa que él siga siendo el que tiene la sartén
por el mango). La mera idea de un pacto social, como el que sugirieron el Grupo
Nuevo Curso de Desarrollo de la UNAM o Porfirio Muñoz Ledo le molesta: demasiados actores involucrados.
Lo de Andrés Manuel es el monólogo. Y claro, la descalificación caricaturesca
de quien lo contradice.
De ahí que, como se dice, se haya ido más para lo
hondo, con su propuesta (u orden, no sabemos) de reducir salarios y eliminar
aguinaldos a mandos medios y superiores, su propósito de que el gobierno se
apriete el cinturón y pague menos por obras y trabajos, y su concepto,
profundamente conservador, de Estado chiquito. No importa que rehusarse a
incrementar el gasto sea lo que a la postre genere más desigualdad.
Para López Obrador es mejor continuar con una
política de corte neoliberal, en la que cada quien se rasca con sus propias
uñas, pero que el propio AMLO define por sus pistolas, que buscar consensos
para un cambio profundo y progresista del modelo económico, aprovechando la
coyuntura.
No hay espacio para optimismo alguno en materia
económica. Los principales colaboradores de AMLO saben, en su fuero interno,
que el Presidente se equivoca, que muchos trabajadores quedaron desprotegidos y
que la depresión será peor debido a sus medidas. Que el Presidente está desmantelando las
esperanzas que él mismo creó. Pero no hacen nada. ¿Harán algo los diputados y
senadores, o el Legislativo es ya, definitivamente, la cámara de eco del
Ejecutivo?
Quienes sin duda sacarán fuerzas de la flaqueza, serán
los ciudadanos. Pero quién sabe si alcance.
miércoles, abril 01, 2020
Leyendas olímpicas: Alberto Braglia
Alberto Braglia era un muchacho pobre, trabajaba de
ayudante de panadero, pero alcanzó una fama inaudita, en una vida de montaña
rusa. De los modestos orígenes, a desfiles triunfales y a ser recibido en las
cortes reales, luego polémica, más triunfos, tragedias individuales y
familiares, la miseria y una suerte de rescate tardío, con paradojas
increíbles.
El joven panadero decidió utilizar su tiempo libre
en una sociedad de gimnasia y esgrima, situada en las afueras de su ciudad
natal, Módena. Allí destacó de inmediato por su habilidad con los aparatos
gimnásticos. Conquistó campeonatos regionales, nacionales, europeos y fue a los
juegos intermedios de Atenas 1906 (no reconocidos por el COI), ahí se destacó
como el mejor gimnasta del mundo. A su regreso a Módena, se reabrió la vieja
puerta citadina para que encabezara un desfile triunfal.
Después vendría la primera prueba olímpica
propiamente dicha: Londres 1908. Allí Braglia ganó en todas las pruebas, lo que
en aquel entonces se llamaba “el heptatlón de la gimnasia”: piso (ejercicios
libres y obligatorios), caballo con arzones, salto de caballo, barras
paralelas, anillos y barra fija. Obtuvo el oro individual all-around (no se
entregaban medallas por aparato), y ayudó a que Italia se llevara la plata por
equipos.
En esa época, los jueces no ponían calificaciones
numéricas, sino que adjetivaban: “bueno”, “excelente”, “extraordinario”,
“gracioso”, “deficiente”. Con Braglia los adjetivos se les acabaron:
“irrepetible” “fuera de toda imaginación” y, en el caballo con arzones, “la
perfección”. Fue recibido por el rey de Inglaterra y, a su regreso, por el de
Italia.
Pero no sólo de laureles vive el hombre. Tras la
olimpiada, y en vista de la escasez de trabajo, Braglia se dedicó a dar
exhibiciones públicas de sus habilidades como gimnasta. En tiempos del
amateurismo estricto (que en realidad era el pretexto para que los Juegos
Olímpicos fueran sólo para los miembros de las clases pudientes), eso significó
la expulsión. En esos días, para hacer
más grande la tragedia, se le murió un hijo pequeño y tuvo un agotamiento
nervioso.
Paradójicamente, el tiempo que estuvo fuera de
acción por su triste situación, sirvió para que el comité italiano lo
rehabilitara como amateur. Así fue que compitió en los Juegos de Estocolmo
1912, e incluso fue abanderado de su delegación. En la competencia, de nuevo
los adjetivos laudatorios fueron insuficientes. Se llevó el oro individual e
Italia ganó por equipos. De nuevo las recepciones con la realeza y de nuevo el
regreso a un mundo incierto.
Llega la I Guerra Mundial y Braglia pasó a ser
soldado de infantería. De ahí, pasó a formar un espectáculo que mezclaba la
gimnasia con el teatro, en el que el campeón olímpico interpretaba un personaje
popular, parecido a Chaplin e imitaba movimientos mecánicos. Tiempos de futurismo.
El espectáculo tuvo éxito en varios países, pero Braglia perdió sus ahorros en
el crack bursátil de 1929.
Pasó a ser entrenador de gimnasia, del equipo
italiano que ganó el oro en Los Ángeles 1932. De ahí, a varios oficios
modestos. Durante la II Guerra Mundial perdió la casa en un bombardeo, cayó en
la miseria y tuvo que vender sus medallas de oro. En los años siguientes tuvo
arterioesclerosis y terminó en un
hospicio para indigentes. Fue ahí que un periodista lo reconoció, e hizo
campaña para sacar de ahí a esa gloria del deporte.
Llegamos a otra paradoja: tras sacarlo del hospicio
y darle un poco de dinero, el municipio decidió darle a Alberto Braglia el
puesto de vigilante del Gimnasio Alberto Braglia, muy cerca del Estadio que
desde 1936 se llamaba Alberto Braglia. El hombre cuidaba, barría y limpiaba el
gimnasio que llevaba su nombre. Así estuvo hasta que el Comité Olímpico
Italiano le dio un estipendio que le permitió vivir con cierta tranquilidad
hasta el día de su muerte.
miércoles, marzo 25, 2020
Glorias olímpicas: Bradley Wiggins
El ciclismo tiene varias especialidades, y lo normal
es que quien destaca en unas, no puede hacerlo en las otras. Por eso se llaman
especialidades. Sin embargo, Bradley Wiggins brilló en la pista, que suele
exigir mucha velocidad y a veces velocidad pura, y también en la ruta, que es
de mucha resistencia y capacidad de escalada. Como en el atletismo, suelen
requerirse cuerpos distintos. Las bicicletas también son diferentes, y a menudo
también lo es la táctica. Wiggins triunfó en las grandes carreras de ruta, en
los campeonatos mundiales y en los Juegos Olímpicos, en ambas ramas.
Nacido en Bélgica, hijo de un ciclista profesional
que abandonó a su familia, se crió con su madre inglesa y de niño, como buen
inglés, se dedicó al futbol. A los 12 años, inspirado por las competencias
olímpicas que vio en la tele, y conocedor de la historia de su padre, cambió al
ciclismo. Lo primero que tuvo fue un accidente con un automóvil y se rompió la
clavícula. Con una parte del dinero de la indemnización compró su primera
bicicleta de carreras. Cuenta que le dijo, convencido, a uno de sus profesores:
“voy a ser campeón olímpico y también voy a usar el maillot amarillo en el Tour
de France”. Pero se dedicó fundamentalmente al ciclismo de pista.
Desde pequeño, Wiggins destacó, y se hizo campeón
juvenil británico. A los 19 años ya era parte del equipo nacional y a los 20,
en los juegos de Sydney 2000, obtuvo su primera medalla olímpica: un bronce en
la persecución de 4 mil metros por equipos.
Luego los británicos se llevarían la plata mundial.
A partir de 2001, Wiggins se hizo profesional y
empezó a competir en ruta, con resultados mixtos, porque extrañaba la pista,
pero desde ese año –aunque tuvo un accidente en el que se fracturó la muñeca- ganó
un par de carreras de segundo nivel. En 2003 ganó su primer oro en campeonato mundial,
en persecución individual y se llevó una plata por equipos.
En Atenas 2004 Wiggins compitió por el Reino Unido
en el ciclismo de pista. Se llevó el oro en la persecución individual, la plata
en la persecución por equipos y el bronce en el Madison (que es una prueba de
relevos), a pesar de haber sufrido un aparatoso accidente a media carrera.
Tras esos juegos, se dedicó casi exclusivamente al
ciclismo de ruta, pero también cosechó grandes éxitos en la pista. En 2007 se
llevó dos oros en el mundial, en las especialidades de persecución; volvió a
repetir la hazaña, en persecución y en Madison, al año siguiente, previo a la
cita olímpica de Pekín.
En los Juegos Olímpicos de Pekín repitió como
campeón en la persecución individual, rompiendo el récord olímpico. Por
equipos, los británicos también se llevaron el oro, pero esta vez destrozando
el récord mundial.
En 2009, por fin logra brillar en el Tour de France,
con el equipo Garmin, y termina tercero en la clasificación general, luego de
la descalificación por dopaje de Lance Armstrong. En 2010 pasa a la gran máquina de las grandes
vueltas que es el equipo Sky, pero se vuelve a romper la clavícula. En 2011
queda segundo en la Vuelta de España.
Vendrá 2012, y con él, la consagración. Al séptimo
día del Tour de France logra el segundo de sus anhelos de niño: viste la casaca
amarilla, que identifica al líder de la competencia. Lo hace tras una etapa de
montaña. También gana la contrarreloj. Con dificultades, pero también con
señorío –que incluye esperar a ciclistas rivales que habían ponchado porque un
fanático arrojó tachuelas a la ruta- Wiggins se corona campeón del Tour. Es la
cuarta vuelta que gana en la temporada. De ahí se va a los Olímpicos de
Londres. Ahí no tiene suerte en la competencia de ruta, pero gana la
contrarreloj. Es su séptima medalla. Y es el único ciclista en ganar un oro
olímpico y el Tour de France el mismo año, una hazaña de difícil repetición.
Recibe, en su país, la orden de Caballero de la Reina, “por sus servicios al
ciclismo”.
Wiggins vuelve a la ruta, pero tiene problemas con
la nueva estrella del Sky, Chris Froome, y decide hacer su propio equipo. Gana
medalla de oro en el mundial de ruta. Pero en el desencanto decide regresar al
ciclismo de pista. Lo primero que hace es romper el récord de la hora, con
54.526 kilómetros. Se prepara para lo que será su despedida: los Juegos
Olímpicos de Río. Ahí logra su quinto oro, en la persecución por equipos. Es
entonces cuando anuncia el retiro.
Sus totales son impresionantes. 5 participaciones olímpicas, 5 oros, 1 plata y 2 bronces. Y en campeonatos mundiales, un oro y una plata en ruta; 6 oros, 3 platas y 2 bronces en pista. Un grande.
viernes, marzo 20, 2020
El coronavirus y el Estado
Estas son unas cuantas de las muchas reflexiones a
las que mueve la crisis en curso, con la pandemia del Covid-19.
1. Dosificar para que no colapse el sistema de salud
Los estudios que se han divulgado respecto a la
pandemia dejan claro que el problema principal, más que la enfermedad en sí, es
su rápida propagación, que amenaza seriamente con desbordar los sistemas
nacionales de salud. Los esfuerzos de contención, con estrategias diferentes, apuntan
–todos– no a parar la enfermedad, sino a ralentizar su difusión. El propósito
es ir dosificando los casos para que los servicios de salud puedan ir
atendiéndolos a lo largo del tiempo.
La idea, que a primera vista puede parecer absurda,
pero no lo es, es que la epidemia dure más tiempo y no llegue de un solo golpe
una cantidad inmanejable de pacientes contagiados que, obstruya, además, las
tareas de los servicios de salud con otros enfermos. Es evidente que, cuando el
sistema está rebasado, la cantidad de muertos aumenta, y no nada más por una
enfermedad.
La gran pregunta que se están haciendo muchos en
cuánto es una cantidad inmanejable. Claramente, eso depende de la
infraestructura hospitalaria, del equipo técnico y humano, de la organización y
de los recursos financieros que se le hayan asignado al sector salud. Y también
deja en claro la necesidad de que el Estado tenga la capacidad suficiente para
atender una emergencia sanitaria colectiva.
La evidencia es que, tras décadas de restricciones
presupuestales, la mayoría de los sistemas de salud del mundo no están en
condiciones para resistir una enfermedad que se propague tan rápidamente como
este coronavirus. El de México, que además estaba apenas empezando un proceso
de reorganización, no es la excepción.
Es esta insuficiencia –o, para decirlo de otra
manera, la insuficiencia de un Estado social– lo que provoca que se tengan que
llegar a medidas de contención que a menudo han tenido que ser extremas,
paralizando de manera literal regiones y naciones enteras.
De paso, esta crisis ha demostrado la inoperancia de
las visiones ultra individualistas, que se hacen llamar libertarias, en las que
el mercado debe serlo todo, y el Estado debe adelgazarse hasta casi
desaparecer. ¿Cómo deberíamos actuar, de acuerdo con esa filosofía del egoísmo?
Cada quien para sí, y Dios contra todos,
con un resultado distópico, aterrador.
La crisis, pues, nos recuerda el valor social del
Estado de bienestar y la importancia de que los servicios elementales estén
bien financiados y fuera de las reglas del mercado.
2. La crisis obliga a actitudes de Estado
Un problema adicional de la crisis del Covid-19 es en
muchas partes que ha encontrado Estados débiles, no sólo en lo económico, sino
también en lo institucional. Son excepciones quienes han apostado a la
prevención y al uso de la inteligencia para abordar el problema (y no siempre
les funciona bien, como pasó con Corea del Sur, donde el comportamiento
irracional de una pequeña secta entorpeció el esquema). La norma ha sido una
combinación funesta: reacción tardía, seguida por medidas autoritarias tomadas in
extremis, con diversos grados de disciplina de parte de los ciudadanos.
Adicionalmente ha habido un grupo de gobiernos que, en la ola del populismo, no
sólo retrasaron medidas de contención (digamos que para no molestar al pueblo),
sino que han intentaron minimizar el problema, hasta que les estalló en la
cara.
En el caso de México vivimos una suerte de
esquizofrenia. Por un lado, una parte del gobierno ha abordado el problema de
manera seria y profesional; por otro, el Presidente mismo ha puesto el mal
ejemplo dando muestras de indisciplina en materia de distanciamiento físico y
también en baladronadas al estilo mexicano del tipo “no pasa nada”.
La polarización ha provocado que, por una parte,
haya quienes imaginen el apocalipsis y llamen a desconfiar de las autoridades
(es decir, a la indisciplina social en momentos de crisis), y por la otra,
quienes prefieren no escuchar las advertencias de las autoridades sanitarias y
de otro tipo, y mejor leer en la actitud del Presidente el mensaje de que “el
coronavirus nos hace los mandados” (y también se lanzan a la indisciplina
social).
A la fortaleza de las instituciones y el
profesionalismo de muchos servidores públicos, que son lo que nos puede servir
para superar este trago amargo, se oponen la frivolidad histérica de una parte
de la oposición y la frivolidad histriónica de López Obrador y su séquito más
servil. Hace falta Estado, pero también actitudes de Estado.
3. El terremoto económico no se cura con aspirinas
La crisis del coronavirus ha sido disruptiva en
todos los mercados. Ha afectado las cadenas de valor desde China hasta México,
ha paralizado la economía europea y amenaza con hacerlo con la estadunidense,
ha generado tormentas financieras internacionales y, en la perspectiva de una
recesión mundial, ha tumbado el precio de petróleo a niveles impensables hace
apenas unos meses (claro que con la ayuda de Arabia Saudita, que pretende
volverse poder monopólico, algo muy peligroso).
Ningún país quedará exento de este terremoto, que se
traducirá en desempleo y pobreza. Pero es relevante subrayar que varios se han
movido de inmediato. En Estados Unidos, el gobierno federal usará 50 mil
millones de dólares del fondo de emergencia para ayudar a los gobiernos
locales; el de Italia lanzó un paquete de 25 mil millones de euros para el
sostén de empresas pequeñas y apoyos a sectores particularmente golpeados por
el parón; el de Alemania destinó 50 mil millones de euros en apoyo a las empresas
pequeñas y medianas (y uno dice, si lo hace Alemania, y de ese tamaño, es que
la cosa está que arde).
En otras palabras, todos están olvidándose de las
restricciones presupuestales prescritas por la ortodoxia económica y pulsando el
botón del gasto. Y no lo están haciendo con cacahuates.
Si México quisiera imitar a una nación con fama de
prudencia fiscal, como Alemania, no destinaría 25 mil millones de pesos para
estimular la economía. Si tomamos la proporción del PIB de cada país, tendría
que ser diez veces más.
Pero, bueno, hay quien ve la procesión y no se hinca. Es más, insiste, como si nada hubiera pasado, en hacer una refinería, aunque los precios del petróleo estén por los suelos.
miércoles, marzo 18, 2020
Leyendas olímpìcas: Sohn-Kee Chung
Compitió
con un nombre que no era el suyo, bajo la bandera de una nación que no era la
suya. Logró derrotar a sus rivales y, sin embargo, en lo más alto del podio lo
asaltó lo que describió como “una sensación de vergüenza e indignación”. Su
nombre: Sohn-Kee Chung, pero corrió como Son Kitei. La prueba: el maratón de
los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936.
Pero
vayamos por partes. Sohn-Kee Chung nació en un pueblo de Corea del Norte, pero
su país estaba bajo la ocupación del Imperio de Japón. Los japoneses impusieron
su lengua y eso significaba para los coreanos que les usurpaban su nombre y su
identidad.
Desde
estudiante se destacó en las carreras de fondo. Ganó 9 de los primeros 12
maratones en los que participó (y nunca quedó más allá del tercer lugar), fue
seleccionado para los juegos de Berlín, bajo el nombre asignado por los
conquistadores. En la carrera, pronto se despegó el argentino Juan Zabala,
campeón olímpico en Los Ángeles, mientras lo perseguían Sohn-Kee y el británico
Ernie Harper; un poco más atrás, otro coreano que competía por Japón: Nam
Sung-Yong, inscrito como Shoryu Nan. Durante la persecución, Harper comentó que
el ritmo de Zabala lo iba a tronar. Así fue. El argentino fue superado y más
tarde abandonó. Pero, en una avenida cubierta de banderas nazis, el coreano se
alejó de manera inexorable en la ruta hacia la victoria. Harper quedaría
segundo y Nam, tercero.
En la
ceremonia de premiación, tanto Sohn-Kee como Na agacharon la cabeza a la hora
del izamiento de la bandera japonesa y del himno. El campeón logró tapar el
escudo de Japón con el arreglo floral que había recibido, cosa que no pudo
hacer el medallista de bronce. Ninguno de los dos asistió a la fiesta que la
delegación japonesa hizo en su honor y, por ello, Japón regresó al COI el casco
histórico de la batalla de Maratón con el que Sohn-Kee había sido premiado.
En
Corea, un diario nacionalista, el Dong-a
Ilbo, tuvo la osadía de editar las fotos de aquella competencia y aquel
podio histórico, borrando la bandera japonesa que traían los atletas en el
pecho. Fueron arrestados ocho periodistas y el periódico, clausurado por un
año. Ambos atletas fueron relegados al ostracismo. Luego vendría la guerra.
Tras la
derrota del Eje, Sohn-Kee se convirtió en entrenador de atletismo. En 1948 fue
abanderado de la primera delegación olímpica de Corea del Sur. Se le puede ver
por unos segundos, alegre, en la Villa Olímpica de Helsinki, en el film Olimpia
’52. Atrás de él, su bandera. En 1986 el COI entregó a Sohn-Kee el casco
corintio que los japoneses habían devuelto y que había estado medio siglo en un
museo berlinés. En 1988, a los 76 años, el maratonista fue el último relevo en
entrar con la antorcha al estadio olímpico de Seúl. En 1992 un pupilo suyo ganó
el maratón olímpico.
Lo que, sin embargo, no pudo llegar a ver fue la reivindicación más importante. En 2011, cuando llevaba nueve años de muerto, el Comité Olímpico por fin accedió a que en sus anales y registros oficiales, el campeón de la maratón de Berlín era él, Sohn-Kee Chung, y no un tal Son Kitei.
viernes, marzo 13, 2020
El síndrome del gobierno asediado
Tres textos publicados en Crónica, en donde hay una suerte de leit-motiv.
El síndrome del gobierno asediado
La vergonzosa escena en la que un grupo de simpatizantes morenistas increpó a quienes participan en la Marcha por la Paz da cuenta del nivel irracional al que ha llegado la polarización en el país. Víctimas de la violencia fueron agredidas por quienes consideran que cualquier acto que moleste al gobierno tiene que ser producto de un complot orquestado por malvados que quieren que López Obrador fracase. No importa si son la viuda de un periodista asesinado, los familiares de unos niños calcinados por el narco o el padre de un pequeño que tiene cáncer, pero no medicinas.
El síndrome del gobierno asediado
La vergonzosa escena en la que un grupo de simpatizantes morenistas increpó a quienes participan en la Marcha por la Paz da cuenta del nivel irracional al que ha llegado la polarización en el país. Víctimas de la violencia fueron agredidas por quienes consideran que cualquier acto que moleste al gobierno tiene que ser producto de un complot orquestado por malvados que quieren que López Obrador fracase. No importa si son la viuda de un periodista asesinado, los familiares de unos niños calcinados por el narco o el padre de un pequeño que tiene cáncer, pero no medicinas.
Hacía tiempo que no había una expresión social de
tanta bajeza.
Una parte del problema es que la polarización tiene
diferentes efectos en campaña electoral que fuera de ella. En las campañas, la
mayor parte de los partidos y candidatos hacen esfuerzos por diferenciarse unos
de los otros, por tomar distancias. El propósito es no sólo provocar que el
votante se adhiera a una candidatura, sino también que rechace tajantemente las
demás. A veces funciona; a veces, no. En estos tiempos líquidos de ideologías
deslavadas, suele funcionar más que antes. En 2018 le funcionó muy bien a
Andrés Manuel López Obrador.
Ya en el gobierno, sin embargo, la polarización
tiene otro efecto. Suele dificultar el diálogo, obstaculizar los acuerdos
democráticos y enquistar a los grupos sociales. Hay gobiernos, como el de López
Obrador, que se manejan como si estuvieran en campaña permanente, y lo hacen
porque consideran así logran congelar la correlación de fuerzas que tenían a su
favor a la hora de ganar la elección.
AMLO ha declarado en muchas ocasiones que gobierna
para todos los mexicanos. Es lo que le toca hacer a cualquier presidente. Pero
una y otra vez ha atizado las diferencias. Y, señaladamente, se ha mostrado
incapaz de aceptar errores, porque todos son resultado del desastre que le
dejaron los gobiernos anteriores. En su visión, ese desastre no es el resultado
caótico de malas decisiones. Al contrario, se trata de un desastre armado a
propósito, con la intención de expoliar al pueblo y de dejarle a quien quisiera
arreglarla –a él– una situación muy complicada.
En ese sentido, AMLO se comporta como si estuviera
bajo asedio constante, como si todo señalamiento de errores e insuficiencias lo
tuviera a él como destinatario. No por los errores e insuficiencias, sino
porque se trata de él. Por eso siempre busca culpables en otro lado, y busca
que quienes lo apoyan así lo hagan también. De otra manera no puede entenderse
su actitud ante casos como la insuficiencia de medicamentos, su pasividad ante
Trump (por decirlo de una manera ligerita) o sus reclamos amnésicos ante
quienes marcharon por la paz (Sicilia fue el primero en exigir la renuncia de
García Luna).
López Obrador ha buscado convencer a quienes lo
apoyan de que hay que estar con él en todas; en las duras y en las maduras,
porque de otra forma le estarán dando armas a quienes quieren que su gobierno
fracase. A los “conservadores”. En ese sentido, los que mejor han entendido sus
propósitos son los “maromeros”, que son capaces de hacer los sofismas más
retorcidos para desdecirse una y otra vez, con tal de estar siempre del lado
del Señor Presidente. El doublethink orwelliano ha adquirido carta de
ciudadanía mexicana con la 4T.
Lo que no ha intentado hacer el Presidente es
convencer a quienes no lo apoyan que su proyecto no sólo es viable, sino que
también llevará a una sociedad más justa y con mejor convivencia. Al parecer no
le interesa, con todo y que sería una manera inteligente de aprovechar la
debilidad de la oposición. AMLO deja la impresión de que prefiere tener una
buena parte de la población en contra, porque eso le permite continuar el
discurso de gobierno asediado, y así justificar carencias e ineficacias.
La cuestión es saber hasta cuándo ese discurso y esa
visión de asedio puede justificar los errores. López Obrador debería saber que
buena parte de los votos con los que ganó la elección se debieron más al
hartazgo hacia la antigua clase política dominante que a cualquier otra cosa.
Sin duda está consciente de que, más allá de los fieles de la Comunidad de la
Fe, que estarán con él eternamente, la población le dio un tiempo de gracia
para que los cambios empiecen a notarse. Lo que no se sabe es cuánto, ni qué
pasa cuando algunos de los cambios resultan ser regresivos.
La respuesta a esa pregunta la tendremos,
parcialmente, en las elecciones de 2021. Si las insuficiencias e ineficiencias
en el gobierno siguen siendo superiores a sus aciertos, tendremos una paradoja:
la polarización, esta vez, beneficiará, primero, al abstencionismo, y luego a
la oposición, no importa qué tan debilitada o dividida esté.
Si, encima de ello, en Morena se están agarrando del
chongo en vez de ponerse a construir un partido digno de ese nombre, la mesa
está servida para una sorpresa menor (la pérdida de la mayoría absoluta).
Tal vez a López Obrador no le importe, en realidad,
el futuro del vehículo que lo llevó a la presidencia. Pero supongo que le
debería importar esa mayoría legislativa que le ha permitido hacer y deshacer.
Claro… a menos de que, en vez de la mayoría en el
Congreso, prefiera apoyarse en pequeños escuadrones de militantes enardecidos,
como los que agreden –verbalmente, por ahora– a las víctimas del narco y la
violencia.
El optimismo que se escapa
Uno siempre tiene ganas de ser optimista, pero hay
ocasiones en que no se puede. Tras una semana difícil, los problemas del país
se acumulan. Y lo grave es que no tienen visos de solución rápida o sencilla.
Si no se les pone coto, México se encaminará por la vía de los Estados
fallidos.
Por una parte, queda claro que la economía lleva un
rato estancada y el poco estímulo que puede dar el Banco de México de poco
sirve con una inversión pública tan famélica y con una situación en la que al
sector privado se le acumulan las incertidumbres, empezando por la de la
ausencia de la aplicación del estado de derecho, y siguiendo por las que
generan malabarismos como el de la rifa que no fue del avión, pero que resultó
en un pase de charola al gran capital para complementar el gasto público.
Por otra, se han sucedido, en varias zonas del país actos
de violencia extrema, que tienen como característica principal ser a la luz del
día y, como característica secundaria, que en varias ocasiones las víctimas han
sido menores de edad. Y en la capital sucedieron dos feminicidios de altísimo
impacto, que han generado repudio generalizado. Estos asesinatos son apenas la
punta del iceberg de una violencia contra las mujeres que está siendo
denunciada con cada vez más fuerza.
Sumemos algunas cosas más. Hay problemas en la UNAM,
intentos desestabilizadores en otras instituciones de educación superior y una
clara ofensiva sectaria en contra el INE. Para colmo, por primera vez se
registra una disminución en el número de estudiantes inscritos en educación
media y superior.
Ninguno de estos problemas es irresoluble, pero no
se percibe en el gobierno –y particularmente en el presidente López Obrador– la
intención de darles el peso que se merecen. Y esto es presagio de que pueden
empeorar.
En la coyuntura, AMLO se mostró molesto ante la
insistencia de los medios sobre el tema de los feminicidios, porque él quería
hablar de la bendita rifa y salió con un decálogo retórico y repetitivo, que no
contenía medida alguna; luego, en la inauguración de instalaciones de la
Guardia Nacional, dijo una frase desafortunada: “los delincuentes son seres
humanos que merecen nuestro respeto”. Probablemente quiso decir que también los
delincuentes tienen derechos humanos, pero tuvo un lapsus. Finalmente, ante el
terrible infanticidio de la niña Fátima, echó culpas genéricas y aprovechó para
protestar porque las feministas le habían pintarrajeado las puertas de Palacio,
días antes.
La impresión que dio es que no estaba dispuesto a
dejar una actitud indolente frente a la creciente presencia del crimen
organizado, que le molestaba que la dura realidad le impusiera la agenda, y que
tampoco abriga la intención política de comunicarse con la protesta y con los
diversos movimientos feministas.
Sigue, en la lógica que comentábamos hace algunas
semanas, en el síndrome del gobierno asediado. En la visión del Presidente todo
el que lo critica o se opone a su política es un conservador, un agente del
neoliberalismo, así se trate de mujeres indignadas por lo poco se hace para
protegerlas dentro de una cultura misógina.
En la lógica del asedio, el gobierno se encierra en
su cuartel. Y empieza a hablar para sí mismo. “La gente está feliz, feliz”. “No
hay malestar social”. “México vive un momento estelar”.
Y desde el cuartel, los porristas de la Comunidad de
la Fe lanzan sus invectivas: que las feministas son pagadas por el PAN, que los
reporteros que hacen preguntas incómodas sirven a la Mafia del Poder y un largo
etcétera. Todo esto, en vez de ponerse a dialogar con la pluralidad social.
Es una paradoja: el hombre que llegó a la
Presidencia, entre otras razones, por su cercanía con el pueblo, está
aislándose de la realidad cotidiana cada vez más ruda, y optando por vivir en
un mundo alternativo, en el que la falta de estrategia para afrontar problemas
torales es lo de menos.
En esas condiciones, que equivalen a una ausencia, todo
tiende a moverse para peor. Por el lado de la impunidad, por el lado de la
desconfianza empresarial a la hora de invertir, por el lado de las dificultades
del gobierno para hacerse de más recursos de manera transparente, por el de las
instituciones que se requieren para que la sociedad funcione de manera
adecuada.
El gobierno tiene a su favor que no existe una
oposición organizada digna de ese nombre y ese adjetivo. Que si uno voltea
hacia el pasado inmediato de la clase política se topa con nombres como el de
Emilio Lozoya o el de Genaro García Luna, que son sólo la punta de sendos
icebergs. Eso debería bastarle a AMLO y a Morena para darse cuenta de que
tienen un amplio margen para actuar, hacer cosas de verdad, en vez de
enconcharse en la retórica y la propaganda. Que hay margen para corregir, en
vez de empecinarse en una ruta, que en los temas de la economía y la seguridad
ciudadana, no está funcionando. Que las instituciones a las que torpedean son
fundamentales para el consenso social y no un botín del cual apropiarse.
Pero no. Tenemos un gobierno al que se le está
desgastando el manejo de los símbolos y –con él- su forma de hacer política.
Pero no le importa. En ausencia de contrapesos, es una buena receta para que la
nación entre en una espiral de la que luego va a ser difícil salir.
Con el golpe en la imaginación
En los años setenta, el cineasta Patricio Guzmán
realizó una trilogía documental, La Batalla de Chile, que fue muy popular en
los círculos universitarios de ciencias sociales, porque los estudiantes
seguían con atención la situación chilena, con todo y su fatal desenlace. La
mejor cinta de esa trilogía era la primera, que tenía el subtítulo de La
Insurrección de la Burguesía. En fechas recientes, he tenido la fuerte
impresión de que Andrés Manuel López Obrador vio esa película, que lo
impresionó y que, en realidad, no entendió nada.
Me explico. Esa primera parte de la trilogía aborda
sobre todo los esfuerzos de la derecha chilena para ir minando el poder del
gobierno de Salvador Allende, en consonancia con los intereses de las grandes
empresas transnacionales afectadas y la intervención de Estados Unidos. Se
trató de una escalada, en la que a través de huelgas –la de mineros, pero sobre
todo la de transportistas- y sabotajes, se fueron generando escasez y zozobra,
como precondiciones para el golpe de Estado que derrocaría al presidente
socialista elegido democráticamente.
López Obrador, en la versión grandilocuente que
tiene de sí mismo, suele compararse abiertamente con mandatarios de la historia
que realizaron grandes cambios democráticos. Uno de ellos es Francisco I.
Madero, que terminó siendo traicionado y asesinado. Otro es Salvador Allende,
que corrió con el mismo destino; un hombre, que según las propias declaraciones
del Presidente, hace un par de años, “marcó mi vida”.
A Madero lo recuerda constantemente, y más en estos
días en los que se cumple otro aniversario de la Decena Trágica, que acabó con
su gobierno y con su vida. De paso, agradeció al Ejército mexicano no ser
golpista. Más tarde, aprovechó el asunto de la movilización de Un Día Sin
Mujeres para recordarles a las que quieran participar que “no olviden lo que
hicieron con las cacerolas antes del golpe de Estado en Chile”.
Esa admiración por Allende, transmutada en
identificación, es uno de los elementos que juegan en el síndrome de gobierno
asediado con la que López Obrador se ha comportado: todo señalamiento de
errores, toda crítica –tanto la constructiva como la mordaz- tiene como
objetivo desprestigiarlo a él, a su movimiento y a su gobierno. El objetivo no
es otro, no puede ser otro que reinstaurar el neoliberalismo al que él se
opone. Por lo tanto no importa de dónde vengan las críticas, sea el EZLN, los
padres de niños con cáncer o las feministas: objetivamente se trata de la
derecha, de los conservadores, aunque subjetivamente zapatistas, progenitores o
mujeres crean que están defendiendo su selva, sus hijos o su dignidad. Si están
contra él, alimentan un potencial golpismo.
En el filme de Guzmán hay varias cosas que quedan bien
claras. Una es que se trata claramente de lucha de clases, porque el gobierno
está intentando establecer el socialismo. Otra, que hay una derecha bien
organizada enfrentándose al gobierno: no son barruntos aquí y allá, sino un
plan desestabilizador. Una más, que el sabotaje es real, no inventado (y ahí
están las enormes tachuelas lanzadas a los caminos durante el paro de
transportistas, para ponchar llantas). Finalmente, que la intervención del
gobierno estadunidense, en un momento álgido de la Guerra Fría, resulta clave.
Ninguno de esos elementos está presente en el México
de hoy. En primer lugar no hay lucha de clases, o está adormecida. El
Presidente se reúne con los empresarios para promover una rifa y le va
requetebién. Luego va con la CTM y hay porras y matracas. Lo mismo con otras
organizaciones similares. Presume un presupuesto superavitario, digno de los
Chicago Boys. Le tiene aversión a los impuestos y, pareciera, a la inversión
pública. Pisa unos cuantos callos y ya.
Tampoco hay una oposición organizada, ya no digamos
la derecha pura y dura. Ni los partidos, ni las organizaciones civiles, ni nada:
todos debilísimos. Lo que ha habido son críticas ciudadanas aisladas; algunas
en las calles y otras en las redes. La cosa está tan pobre que AMLO ha tenido
que hacer crecer el monigote del partido en formación de Felipe Calderón para
poder pegarle a algo. Esa oposición con pocas ideas, con diferencias reales
entre sí, es incapaz de armar una alternativa de nación, no se diga un plan de
desestabilización.
Tal vez en algunos casos podamos hablar de
resistencias, pero no de sabotajes. La mayoría de los problemas por los que
pasa el gobierno de la 4T son autoinflingidos. Allí están los ejemplos del
desabasto de medicinas, de la mala entrega de fertilizantes, del incremento de
la inseguridad (pensemos en el operativo de Culiacán), de un sinnúmero de
retrasos y omisiones que van generando molestias. Que el Presidente no quiera
verlo, y le eche la culpa a las oscuras fuerzas del oscuro neoliberalismo es
otro cantar.
Finalmente, la Guerra Fría terminó hace años. El
gobierno de Estados Unidos parece bastante contento con el de México. Negoció
con éxito el T-MEC, que le parece a Trump mejor que el antiguo TLC. Logró que
nuestro país cambiara de actitud hacia la ola migratoria que viene de América
Central. No parece interesado, en lo más mínimo, en ponerle piedras políticas
al presidente López Obrador.
Por lo mismo, reaccionar de manera tan exaltada ante
demandas legítimas, como por ejemplo la de las mujeres que protestan por los feminicidios,
sólo se entiende si es alguien que se está saltando el contexto y está
suponiendo que hay otra cosa.
En resumen, una cosa es lo que está pasando en el
país, y otra, la película que ve AMLO.
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