miércoles, abril 01, 2020

Leyendas olímpicas: Alberto Braglia


Alberto Braglia era un muchacho pobre, trabajaba de ayudante de panadero, pero alcanzó una fama inaudita, en una vida de montaña rusa. De los modestos orígenes, a desfiles triunfales y a ser recibido en las cortes reales, luego polémica, más triunfos, tragedias individuales y familiares, la miseria y una suerte de rescate tardío, con paradojas increíbles.

El joven panadero decidió utilizar su tiempo libre en una sociedad de gimnasia y esgrima, situada en las afueras de su ciudad natal, Módena. Allí destacó de inmediato por su habilidad con los aparatos gimnásticos. Conquistó campeonatos regionales, nacionales, europeos y fue a los juegos intermedios de Atenas 1906 (no reconocidos por el COI), ahí se destacó como el mejor gimnasta del mundo. A su regreso a Módena, se reabrió la vieja puerta citadina para que encabezara un desfile triunfal.

Después vendría la primera prueba olímpica propiamente dicha: Londres 1908. Allí Braglia ganó en todas las pruebas, lo que en aquel entonces se llamaba “el heptatlón de la gimnasia”: piso (ejercicios libres y obligatorios), caballo con arzones, salto de caballo, barras paralelas, anillos y barra fija. Obtuvo el oro individual all-around (no se entregaban medallas por aparato), y ayudó a que Italia se llevara la plata por equipos.

En esa época, los jueces no ponían calificaciones numéricas, sino que adjetivaban: “bueno”, “excelente”, “extraordinario”, “gracioso”, “deficiente”. Con Braglia los adjetivos se les acabaron: “irrepetible” “fuera de toda imaginación” y, en el caballo con arzones, “la perfección”. Fue recibido por el rey de Inglaterra y, a su regreso, por el de Italia.

Pero no sólo de laureles vive el hombre. Tras la olimpiada, y en vista de la escasez de trabajo, Braglia se dedicó a dar exhibiciones públicas de sus habilidades como gimnasta. En tiempos del amateurismo estricto (que en realidad era el pretexto para que los Juegos Olímpicos fueran sólo para los miembros de las clases pudientes), eso significó la expulsión.  En esos días, para hacer más grande la tragedia, se le murió un hijo pequeño y tuvo un agotamiento nervioso.

Paradójicamente, el tiempo que estuvo fuera de acción por su triste situación, sirvió para que el comité italiano lo rehabilitara como amateur. Así fue que compitió en los Juegos de Estocolmo 1912, e incluso fue abanderado de su delegación. En la competencia, de nuevo los adjetivos laudatorios fueron insuficientes. Se llevó el oro individual e Italia ganó por equipos. De nuevo las recepciones con la realeza y de nuevo el regreso a un mundo incierto.

Llega la I Guerra Mundial y Braglia pasó a ser soldado de infantería. De ahí, pasó a formar un espectáculo que mezclaba la gimnasia con el teatro, en el que el campeón olímpico interpretaba un personaje popular, parecido a Chaplin e imitaba movimientos mecánicos. Tiempos de futurismo. El espectáculo tuvo éxito en varios países, pero Braglia perdió sus ahorros en el crack bursátil de 1929.

Pasó a ser entrenador de gimnasia, del equipo italiano que ganó el oro en Los Ángeles 1932. De ahí, a varios oficios modestos. Durante la II Guerra Mundial perdió la casa en un bombardeo, cayó en la miseria y tuvo que vender sus medallas de oro. En los años siguientes tuvo arterioesclerosis y terminó  en un hospicio para indigentes. Fue ahí que un periodista lo reconoció, e hizo campaña para sacar de ahí a esa gloria del deporte.

Llegamos a otra paradoja: tras sacarlo del hospicio y darle un poco de dinero, el municipio decidió darle a Alberto Braglia el puesto de vigilante del Gimnasio Alberto Braglia, muy cerca del Estadio que desde 1936 se llamaba Alberto Braglia. El hombre cuidaba, barría y limpiaba el gimnasio que llevaba su nombre. Así estuvo hasta que el Comité Olímpico Italiano le dio un estipendio que le permitió vivir con cierta tranquilidad hasta el día de su muerte.

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