miércoles, marzo 27, 2019

Post-neoliberalismo por decreto


Por decreto declarativo, México ya ha dejado atrás “la pesadilla de la época neoliberal” y, a partir de ahora, se forjará la modernidad desde abajo y sin exclusiones. Eso ha dicho el presidente López Obrador.

Tengo un problema con eso. No porque considere que el modelo que privilegiaba los mercados, sin una suficiente regulación pública, no estuviera agotado al menos desde 2008. Lo estaba. Y además, estoy consciente que desde su concepción, tendió a exacerbar las desigualdades sociales y regionales. A prometer a las mayorías un tarro de mermelada para mañana, sin ofrecer nada de mermelada para hoy.

El problema es que el fin de la época neoliberal se ha decretado por arte de magia. Por la voz del demiurgo, tan solo cien días después del cambio de gobierno. En la economía muy pocas cosas han cambiado –no podía ser de otra manera, en tan poco tiempo–, lo que ha habido es un vuelco en la correlación de fuerzas políticas en el país. Se confunde un propósito con un logro. O al menos así se quiere hacerlo pasar.

No se quiere entender, al menos explícitamente, que un cambio de modelo económico, si no hay una revolución radical que haga saltar en pedazos el anterior estado de cosas, es necesariamente un proceso paulatino de reformas sucesivas, que van cambiando los ejes en los que se articulan producción, distribución y acumulación.

Algunas de esas reformas apenas se están poniendo en marcha; otras más se atisban y hay varias –pienso, por ejemplo, en lo fiscal– que se han desechado de antemano. El modelo no ha cambiado, y tampoco están claros todavía rumbo y ritmos de ese cambio. Lo que hay es una serie de frases presidenciales, cargadas de voluntarismo político y de intenciones morales. A estas alturas, el post-neoliberalismo puede ser cualquier cosa, incluso puede ser más de lo mismo pero con otro nombre, otros socios y unos cambios cosméticos. Lo único cierto es que quien pretende definir sus aristas se llama Andrés Manuel.

Lo que me molesta, pues, es que haya algo de pensamiento mágico, religioso, en esa súbita acta de defunción del neoliberalismo. Que la diferencia más de fondo sea que hay otro personaje en la Presidencia de la República. Y que ese personaje considere que su mera presencia como jefe del Ejecutivo baste para abolir un modelo económico que echó raíces a través de décadas, en la economía y en la sociedad mexicana.

Podrán cancelarse con rapidez los excesos y el boato que caracterizaron a los funcionarios públicos de otras administraciones, pero todo lo demás llevará tiempo, y tendrá que navegar contra corriente… a menos que consideremos que la justicia social, el bienestar compartido y la democracia participativa ya llegaron.

Considero que el cambio de gobierno habrá valido la pena si, efectivamente, el Estado se empeña en coadyuvar activamente en la consecución de mejores condiciones de vida y de trabajo para la gente, si busca no solamente en crecimiento económico, sino también en redistribución del ingreso, si atiende las necesidades de la población, en vez de pensar en la lógica extractiva de los recursos humanos y naturales. Si piensa en inversión y en demanda efectiva.

Pero nada de eso está garantizado. Más bien hay indicios de que seguirá primando la lógica extractiva y de que los mecanismos redistributivos tienen más componente político-electoral que económico. También, que el intervencionismo estatal puede, al menos en parte, ser de viejo cuño, con recetas que ya caducaron.

El sepelio y muerte oficial del neoliberalismo económico, lo sabemos, son más retóricos que reales. No se lee en el mapa de ruta un cambio hacia nuevas reglas de convivencia económica. A diferencia de ello, se pueden leer múltiples signos en lo referente a la convivencia política, con la aparición de un nuevo partido hegemónico y una figura omnipresente. El que de verdad está muerto y sepultado es el neoliberalismo como argumento político: quienes insistan en esa retórica están destinados a la irrelevancia, están políticamente muertos y no lo saben.

López Obrador está cumpliendo sus promesas de campaña. Pero si algo tuvo la campaña de AMLO fue que, mientras criticó con claridad la realidad existente –era bueno para los diagnósticos– nunca fue claro al plantear un modelo alternativo para la economía –las soluciones venían de la suma de propuestas, no siempre congruentes entre sí.

Lo mismo está pasando ahora. Sabemos lo que AMLO rechaza, pero no sabemos, a ciencia cierta, lo que quiere. No conocemos, más que por generalidades discursivas, a dónde pretende llegar. Dónde queda la estación del post-neoliberalismo neonato.

Tengo la impresión de que tampoco López Obrador sabe, bien a bien, a dónde quiere llegar, si pensamos en modelos económicos. En lo político, en cambio, está claro: a la consolidación transexenal del poder propio y del grupo que encabeza.

En ese sentido, lo económico está destinado a depender de lo político. Así que no es difícil imaginar que habrá más de un bandazo en el camino del post-neoliberalismo. 



AMLO: inversión o subsidios


Hace unos días, el presidente López Obrador dio un adelanto de su visión general de política económica, que pudiera servir como base para entender la manera en cómo abordó la cuestión durante el informe de los primeros cien días de su gobierno.

López Obrador afirmó que el eje del desarrollo sería la economía popular y no, como en los gobiernos anteriores, el mantenimiento de los equilibrios macroeconómicos. Fue explícito en señalar que lo que a él le interesaba era la gente. Si leemos mínimamente entre líneas, AMLO dio a entender que la gente no era del interés de los otros gobiernos.

Podrá a muchos parecer una exageración, pero yo creo que allí dio en el clavo. Otra cuestión es si el modelo que propone tiene la capacidad para ver efectivamente por el bienestar de los mexicanos de carne y hueso. Si es socialmente eficaz.

Vayamos por partes. Si la economía se maneja a partir de modelos en donde lo importante son variables que no tienen qué ver con la vida cotidiana de las personas, se corre el riesgo de confundir los modelos con la realidad. De hacer una suerte de fetiche. De no entender la diferencia entre instrumentos (como las matemáticas o la estadística) y objetivos. De terminar rindiendo culto a esos entes surgidos de nuestras cabezas, y no entender cuáles son los fines de la economía: la satisfacción creciente de las necesidades humanas.

En esa lógica, con las prioridades de cabeza, economías como la mexicana han crecido de manera lenta y desigual, sin desarrollar su potencial y, sobre todo, sin generar el bienestar social necesario para una convivencia civilizada.

Poner en el centro a las personas de carne y hueso es, entonces, un acto transformador. El asunto es el cómo, porque implica al menos tres cosas: asumir que la economía es indisociable de la política, entender que la manera de medir el éxito de la política económica debe ser distinta a la tradicional y comprender que, de todos modos, hay reglas básicas que no pueden ser rotas, si se quiere llegar a los objetivos de bienestar compartido.

Piensa López Obrador que con acabar con una corrupción que llegó a niveles de pillaje, mantener un gobierno austero que no caiga en déficits excesivos y distribuir directamente apoyos a la población, México tendrá un mayor crecimiento económico, con más bienestar para la gente. Los dos primeros puntos son apenas un punto de partida y el tercero no puede estar en el centro de un programa redistributivo.

Cualquier disminución de la corrupción tiene un efecto positivo tanto en las finanzas como en el comportamiento general de cualquier economía. En el caso mexicano, hay amplio espacio, porque la corrupción fue rampante. Pero como el presupuesto fue tan austero, los ahorros –al menos en el corto plazo- apenas servirán para que el gobierno siga funcionando.

Lo que se requiere es inversión. No hay escuela de pensamiento económico que no subraye su importancia capital. Se requiere inversión pública, privada y mixta. La proporción de la inversión en México, respecto a su producto, es insuficiente y la inversión pública ha caído año tras año, hasta ser menos del 3 por ciento del PIB. La baja en la inversión pública no ha sido contrarrestada por un aumento en la inversión privada capaz de generar la dinámica económica que el país necesita.

Lo que se requiere, asimismo, es reactivar el mercado interno. La demanda efectiva de los mexicanos. Eso no se hace cerrando nuestra economía que, en términos estrictos de su dinámica, se ha visto beneficiada por la apertura, sino generando mayores ingresos para la población. El primer paso, la recuperación de los salarios reales, castigados durante décadas. México no puede competir epidérmicamente, con base en salarios bajos, sino a partir de otras facultades, ligadas a la educación y la capacitación, además de las ventajas geográficas.

AMLO se refirió a este asunto en su informe de los cien días, cuando dijo que “la inversión pública se convertirá en capital semilla para atraer inversión privada nacional y extranjera” y habló de la creación de sociedades mixtas de inversión. El problema es pasar de las palabras a los hechos, y no nada más en los proyectos del sur-sureste.

La inversión pública funciona mucho mejor que las transferencias directas para generar bienestar. Lo hace a través del empleo y la transformación de ciudades y comunidades. Si hay participación social, pueden generarse las condiciones para una economía más humana y cercana a la gente y sus necesidades.

Las transferencias, más si están totalmente monetizadas, tienden a confundir el valor de cambio con la creación de valor, y su potencial para transformar la vida se reduce a un aumento de la capacidad de compra. Eso no es economía popular. Es subsidiariedad.


La inversión gubernamental y la mayor calidad de los servicios públicos –en educación, salud, cultura- no crean clientelas políticas con la facilidad, casi automática, de la que se genera con quien recibe un cheque. Pero su efecto es más duradero, tanto en lo político como en lo social. Lástima que a veces en lo político, el cortoplacismo le gane al verdadero interés en la gente de carne y hueso. 

jueves, marzo 21, 2019

Los videojuegos y yo (biopics)

Se sabe que hay personas más propensas a las adicciones que otras. Hay quienes se enganchan a todos los hábitos y quienes no lo hacen con ninguno. Yo estoy a medio camino, espero. Pero es probable que, si yo fuera de las generaciones que nacieron con la computadora en casa, hubiera terminando siendo adicto a los videojuegos. No lo soy, o eso quiero creer. Lo cierto es que he tenido una muy larga y compleja historia en mi relación con ellos.

Si hay un precursor de los videojuegos es el billar eléctrico, el flipper, las maquinitas de pinball

Descubrí esas maravillas a los 13 años, durante mi estancia para aprender inglés en St. Louis, Missouri. Ponías un nickel y te lanzabas a la aventura de batear y dirigir las tres bolas metálicas, con los bumpers, las lucecitas y los sonidos. Esa inmersión habría valido la pena si le sacabas a la máquina un juego de premio.

De la tienda de donas de Meramec Street, recuerdo cinco máquinas por su nombre. Flying Chariots, Casanova, Ice Revue, Christmas Carols, The Heat Wave. La primera, con claras reminiscencias de la película Ben-Hur,  era la más viejita, muy avara para dar el juego extra y también mi favorita; la última era la más difícil y había un tipo, Douglas Davis, que le sacaba todos los juegos que quería, ante los ojos admirados de quienes lo veíamos jugar. Era un pinball wizard avant la lettre. Ya vendría The Who a explicarnos el tamaño de la magia del jueguito al que nos habíamos hecho adictos.

Con las máquinas de pinball, en esos albores de la adolescencia, se tenía una relación casi sexual. Abrías las piernas frente a ella y le dabas empujoncitos con la pelvis para mantener la bola en juego, para sacarle más lucecitas y puntos, mínimos orgasmos. A veces, muchas más de las que quisiera uno, el empujón era excesivo, la máquina marcaba tilt con letras rojas, y habías perdido la bola, cuando no el juego.  De regreso a México, isla intocada por la modernidad internacional, las extrañé.

Pasarían varios años y, cuando me fui a estudiar a Italia, ahí estaban de nuevo. En los bares, a 50 liras la partida. A diferencia de la adolescencia, cuando uno salía corriendo a jugar y el límite real era el dinero, en los años universitarios el juego de pinball era una distracción de vez en cuando. Pero igual había días que te clavabas.

En Perugia, había una con tema de Tarzán que llegué a dominar. A otra, aparentemente muy difícil, con tema de Black Jack, en el bar junto al teatro Storchi de Módena, una vez Eduardo Mapes y yo, cada uno manejando un flipper y un botón, le dimos la vuelta al marcador. Llegó a 99 mil 999 puntos y regresó a cero porque el artefacto electro-mecánico no tenía espacio para el sexto dígito. El dueño no nos creyó que habíamos hecho la proeza y por eso no nos dio la botella de vino prevista para quienes rompieran un récord, que era la costumbre entonces.

En el bar de Lina, el más cercano a nuestra casa estudiantil, daban una botella de vino a la semana al mejor marcador de pinball. Yo la obtuve dos veces, ambas en coincidencia con la semana de mi cumpleaños, y una de ellas con una máquina viejísima, exactamente el Christmas Carols que había conocido casi una década atrás y aceptaba los empujones mucho más que las nuevas, más sensibles. El vino era de los más baratitos pero qué importa.

En el último año en Italia, en el bar de Hermes, junto a la Facultad, apareció otro tipo de máquina, una que tenía una pantalla y en la que jugabas tenis con unos palitos manejados con una suerte de paleta.  Era un juego de Pong. A muchos les encantó, pero no me pareció atractivo; jugué más la siguiente versión, que era una batalla de tanques, que ibas maniobrando, protegiéndote en barricadas lineales.

De regreso en México, ausencia por unos años de videojuegos o cosas similares (mi hermano tenía una cosa parecida al Atari en la que un cocinero subía a preparar hamburguesas, pero yo ya no vivía en casa y sólo probé a jugarlo un par de veces), hasta que empezaron a aparecer los locales de Chispas, con algunos juegos que serían clásicos en los ochenta. No los frecuentaba mucho, pero cuando lo hacía había dos que me encantaban: Pac-Man y Centipede. Prefería manejar las máquinas que se controlaban con una esfera, por encima de las que usaban el joystick. Poco después, con botones, me aficioné a la primera, muy soviética, versión de Tetris.

En 1988, cuando compré mi primera computadora personal, Jorge Carreto y Chuy Pérez Cota me pasaron algunos videojuegos. Allí conocí a Q-Bert, y a Janitor Joe, un humano que trata de escapar de robots asesinos. Otro de los juegos que me pasaron fue uno de los pioneros de aventuras gráficas: Leisure Suit Larry in the Land of the Lounge Lizards; no le entendía muy bien y nunca pasé de la escena del casino. El que más me gustó, al principio, fue 3-Demon, que era como jugar Pac-Man pero en la perspectiva de primera persona: uno se movía en el laberinto, esquivaba fantasmas asesinos y luego pasaba por encima de un círculo grande y podía perseguir a los fantasmas y devorarlos.

De ese paquete, al que terminé siendo más aficionado fue a Pengo, un pingüino que patea mosaicos para aplastar a unas abejas asesinas. Lo jugué sobre todo en las madrugadas, cuando recién me había separado de mi primera esposa. Superé todos los niveles, hasta que el juego se repetía, sólo que a mayor velocidad. Cuando cambié de computadora, a una con más memoria, el juego se hizo endemoniadamente veloz y terminé por perderle el gusto. Estaba hecho para cacharros de 2 K.

La nueva compu, comprada por ahí de 1992, traía los juegos tradicionales de Microsoft. Al primero que le hinqué el diente fue a JezzBall, que se trataba de encapsular un número creciente de pelotas rebotantes en un espacio limitado –y el truco, en palabras de mi hijo Raymundo, era “hacerle picardía a la pelotita”-  y luego a otro clásico, Buscaminas. Después hubo un tiempo, estaba yo desempleado y mi esposa Taide, embarazada, en el que ambos le dimos con gusto sin igual al Pac-Man, llevando los scores a niveles inimaginables.


Este tipo de juegos también estaban en las computadoras instaladas en Crónica en su primera época. Jugué allí algo de FreeCell en las largas noches de la redacción,  pero nunca con la constancia y habilidad de Hugo Martínez. Pero, contemporáneamente a mis primeros usos de internet, el encargado de la página web del periódico, Juan Antonio Barberá, me pasó los discos de dos de los juegos que disfruté de manera más intensa por un periodo relativamente corto.

Uno es Wolfenstein 3D, que es un laberinto jugado en primera persona en el que un soldado se enfrenta a soldados nazis, perros y hasta zombies. Un juego violento como los de hoy y adictivo como los de hoy. Los principales problema son encontrar al número máximo de enemigos para poder pasar al siguiente nivel y, sobre todo, hallar  los cuartos y los niveles secretos dentro del laberinto. Cuando lo terminé no regresé a jugarlo nunca más.

El que, a mi gusto, ha sido el más bonito videojuego en el que me he metido es Grim Fandango, una aventura gráfica muy divertida, a ratos realmente difícil, pero con una historia muy padre. Se desarrolla en un inframundo estilo mexicano, en algo así como los años 40 y uno juega como el personaje central, Manny Calavera, una suerte de Humphrey Bogart mexicano –y calaca- que descubre un gran fraude en el mundo de los muertos, trata de salvar a Meche Colomar, una guapa muertita a la que le hicieron una transa, se mete a una organización rebelde y es ayudado por un demonio gordo, tonto y leal. En ese inframundo en donde lo peor que puede pasarte es florecer –es decir, morir dos veces- y donde el origen de la maldad es el deseo de vida, uno no puede sino acompañar a Manny hasta que cobra total venganza.

Cuando jugué Grim Fandango, algo que me llevó varios meses, porque también tenía que trabajar, a cada rato me decía que tenían que hacer una película de tan buena historia. Hoy, a pesar de que ya está medio trillado el inframundo de calacas mexicanas, sigo pensando lo mismo, y pienso que no habría nadie mejor para dirigirla que Guillermo Del Toro.

Entrando al siglo XXI, descubrí las redes sociales por internet. No las que ahora tienen a miles de millones de personas, sino otras. A la primera que entré fue a Abuzz, que era una derivación de los foros de opinión de The New York Times y el Boston Globe. De ahí, como grupo escindido, estuve en Raven’s Realm y, hasta ahora en able2know. Durante varios años estas redes sirvieron para estar haciendo cosas interesantes en los momentos muertos del trabajo, así que casi abandoné los videojuegos. Casi, porque en 2004 le entré a unos videojueguitos de la BBC con motivo de los juegos olímpicos en Atenas. A partir de 2005 otro entretenimiento capturó enormemente mi atención: los juegos de fantasía, sobre todo el Fantasy Baseball. Lo llegué a jugar hasta en invierno, en un juego de estrategia en línea que se llamaba Bush League.

Nunca tuve ni GameBoy ni Atari ni Playstation. Ocasionalmente, de visita con familiares en San Juan del Río, me echaba algún partidito de beisbol con un sobrino o torneos FIFA con mis cuñados, normalmente con más juegos perdidos que ganados. Pero una Navidad, mi hijo Camilo trajo un regalo especial: una consola de Wii.

Tras unos meses, mi esposa Taide y yo, mucho más que nuestra hija Taide, nos hicimos fans del Wii Sports Resort, o al menos de varios de los deportes que ahí se practican. Le dimos durísimo al golf, al frisbee, al ping-pong y al boliche. En esa fiebre, un par de navidades después, Camilo trajo el Mario Cart, con todo y volantitos. De nuevo, tremendos campeonatos, sobre todo maritales. Hasta que una noche traía yo la horrible musiquita de una de las pistas metida en la cabeza y no me la pude quitar en días. A partir de ahí le bajamos considerablemente.

Hace unos años, el creador de able2know, puso en el foro, por diversión, unos “juegos tontos”. Rastreé su fuente, y era un sitio llamado, muy apropiadamente, OfficeGameSpot, con cerca de mil juegos. He de haber jugado como 60 diferentes, y me clavo en alguno por días o semanas, para luego cambiar. Hay uno, rápido y sencillo, que se llama Four Second Frenzy, del que he visto tipos que presumen haber llegado a algo así como 10 minutos sin perder, y yo he duplicado varias veces esa presunta hazaña. Veo que no me gustan los juegos de plataforma o acción, y sí los que tienen algo de rompecabezas.


Debo terminar ya esta entrada. Hoy superé los 15 millones de puntos en Dolphin Olympics, mañana tengo draft de Fantasy Baseball y encima, lo que son las cosas, tengo que seguir trabajando.



viernes, marzo 01, 2019

Biopics: tres personajes legendarios (y una anécdota fría)

Hay una anécdota, pequeña y fría, que da cuenta del alejamiento que en esos meses teníamos Patricia y yo. El día de su cumpleaños, la invité a comer a un restaurante del centro. Terminando, le dije que en una hora tenía una cita con un personaje importante para cuestiones del periódico. Se molestó abiertamente. Mientras yo pensaba que había sido buen detalle invitarla, ella imaginaba que iba a dejar de trabajar para celebrarla. Una prueba más de que no andábamos en el mismo canal.
La fría anécdota sirve para dar mis pequeñas impresiones sobre tres personajes famosos –yo diría que legendarios- que conocí en los primeros años de El Nacional.  

Armando Jiménez
La persona con la que tenía cita aquella tarde era Armando Jiménez,  también conocido por el alburero mote de El Gallito Inglés, autor del libro Picardía Mexicana, que posiblemente haya sido el libro mexicano más vendido del siglo XX y tremendo cronista del habla y la vida popular.
Jiménez se había interesado en publicar con nosotros una serie de viñetas acerca de bares, cantinas, congales y otros sitios de diversión en la capital, desaparecidos en su mayoría. Traía varios textos de muestra, bastante buenos. Quedamos en publicarlos bajo el título de“Antros y Letras”.
Uno se imagina que conoce a Armando Jiménez y se la va a pasar muy divertido cotorreando con él, entre refranes y albures elegantes o vulgares. Pero no. El Gallito Inglés resultó ser conmigo un señor muy serio, a veces enfurruñado, que siempre hablaba en términos de negocios, preciso en sus condiciones y pagado de sí mismo.
Cuando, meses después, alguien descubrió que Jiménez había publicado los mismos textos en otros medios, años antes, suspendimos su colaboración y se indignó mucho. Dijo que eran textos diferentes. Eran igualitos.
Pasaría más tiempo, al menos un lustro, y otro diario publicaría, como novedosísima exclusiva, las mismas sabrosas reseñas que El Nacional había publicado entre 1989 y principios de los 90. Efectivamente, Armando Jiménez era un buen pícaro mexicano.

El Mago Septién

Uno de los ídolos de mi infancia beisbolera fue Pedro El Mago Septién, narrador maravilloso de los juegos de pelota de la Liga Mexicana y de  Ligas Mayores. Todo mundo lo tenía por un sabio del rey de los deportes. Era colaborador de la sección de Deportes de El Nacional, donde se quedó muchos años, y ahí fue donde lo conocí.
Don Pedro era un tipo afable, con la mirada ida y una sonrisa alelada. Si te ponías a hablar de beisbol con él –el sueño de muchos aficionados-, te repetía sus frases famosas y, en el fondo, no decía nada. Era un hombre de pocas opiniones, y apenas unas cuantas convicciones sobre el juego de pelota.
Al parecer El Mago creía firmemente que nadie sabía nada de beisbol, pero no por la enorme complejidad de un juego que nadie conoce a profundidad, sino porque suponía que aún sus cosas elementales son complicadas para la mayor parte de los mortales. Te comentaba una regla sencilla como si te estuviera anunciando la Revelación y honestamente creía que su mítico libro de box-scores tenía fórmulas que sólo un demiurgo como él llegaba a comprender (y no, las anotaciones del Mago eran normalitas). Llevaba el libro a todos lados y, tal vez sabedor de la fama que lo precedía, te mostraba las páginas por pequeños instantes. ¡Admira el tesoro, muchacho!   
Para decirlo en una frase. Para mí conocer al Mago Septién fue una decepción.

Fernando Marcos 
“El último minuto también tiene sesenta segundos” es, quizá, la más inmortal de las frases de Fernando Marcos. Jugador y entrenador de selección, árbitro polémico y, por muchos años, hasta la llegada y encumbramiento de Ángel Fernández, el narrador televisivo más influyente del futbol mexicano. Don Fer también tenía una columna en la sección de Deportes.
A Fernando Marcos le gustaba hablar, hacer chistes, burlarse de sí mismo y desplegar su cultura y sus puntos de vista. “Lo único que me faltaba para ser perfecto era el exceso de humildad”, decía, subrayando el tiempo del verbo faltaba. Contaba grandes anécdotas, desde la personalidad del Jamaicón Villegas (y la verdad uno ya no sabía si podía haber alguien así o era ya una caricatura) hasta el famoso último minuto de aquel México-España de 1962, que platicaba a detalle: “…viene el centro, la Tota grita ¡Mía!, pero el Gallo Jaúregui estaba medio sordo del oído izquierdo y cabecea, la bola cae a los pies de Peiró dentro del área…”.  Una vez le preguntamos cuál era el gol más bonito que había visto en su vida y respondió describiendo que el balón estaba en el punto para el tiro libre, la barrera de cinco hombres no estaba en realidad a la distancia y “entonces yo me preparé y tiré un chanflazo por encima de la barrera que hizo una curva perfecta…”. Y, claro, toooda la explicación del incendio del parque Asturias en aquel partido que él arbitró.
A diferencia de otros de su generación, Fernando Marcos era un apasionado de la psicología del deporte. El símil que más gustaba de utilizar era el del globo que se infla o se revienta, según el material, e insistía que el principal problema de los atletas mexicanos era su incapacidad para dar  su máximo bajo presión.
Queda claro que don Fer y yo nos hicimos cuates. Hubo un momento de diferencia cuando se enteró de que no lo habíamos acreditado para los Juegos Olímpicos de 1992. Le dije que suponía que iba a ir por Canal 13, pero allá tampoco lo habían hecho. Su forma de protesta fue escribir exclusivamente de futbol durante la gesta olímpica.
Más tarde volvimos a coincidir en Canal 13, donde él, aunque por la edad y los achaques ya no se veía bien en pantalla, era figura importante del programa de discusión deportiva En Caliente. Allí volví a gozar de sus entretenidas anécdotas y su inteligente punto de vista sobre cualquier cosa, porque el señor opinaba de todo.  

    

lunes, febrero 25, 2019

Biopics: La sección Ciudad de El Nacional (y un universo dantesco)

Tras mi paso por la sección Deportes de El Nacional, con su respectiva limpia, Pepe Carreño me hizo una encomienda similar para la sección Ciudad. Allí me encontré con una situación diferente. En primer lugar, quien había fungido como cabeza de sección, Javier Becerra, no quería sufrir la misma suerte que el encargado de Deportes y fue abierto y colaborador conmigo desde el principio, lo que permitió que trabajáramos muy a gusto y, a final de cuentas, que en Ciudad no se hicieran los temidos recortes.
Al igual que Deportes, había una gran cantidad de personal. De hecho había más reporteros que fuentes. El exceso era menor en la mesa, porque el propio Becerra cabeceaba y editaba.
El equipo era desigual, pero todos trataron de aplicarse. Mi intención, que la sección no fuera una copia de una sección nacional tradicional, con el regente en vez del Presidente y los delegados en vez de los gobernadores. También, que no hubiera tantas notas y titulares en futuro, del tipo “construirán camellones”, “limpiarán la policía” (y ese combate a las notas en tiempo futuro ha sido una brega de eternidad). Busqué que se cubrieran las actividades de la naciente sociedad civil –y no hacerlo le costó la fuente al jefe de información de la sección-, que hubiera la cobertura más amplia posible de la extensísima zona conurbada –y aquí destacó un entonces joven reportero, Francisco Mejía- y, sobre todo, que se escribiera bien, abandonando el estilo boletinesco que predominaba en esos tiempos, y que décadas después sigue afectando a todas las redacciones. Esto último es difícil cuando los reporteros carecen de cultura general, están acostumbrados a la ley del menor esfuerzo y tienen problemas de comprensión. No es algo nuevo.

En la sección Ciudad de El Nacional nuestro primer intento de hacer crónica bien escrita fue la cobertura del viacrucis de Iztapalapa en la Semana Santa de 1989. Hasta a los pies de foto le metíamos algo de literatura.
Pero donde más esmero puse para cambiar las cosas fue en la nota roja, que se presta mucho a la crónica y puede ser lectura muy sabrosa, si se hace bien. Lo primero fue cambiar el lenguaje de barandilla que suele acompañar los boletines; lo segundo, hacer entender a los reporteros que la repetición de hechos de sangre diferentes cada día sólo sirve para llenar planas y dar la impresión de que policía siempre vigila, pero no es informar ni hacer periodismo, y que lo vale la pena es tomar uno de estos hechos que nos parezca representativo y escudriñarlo hasta el fondo, con sus implicaciones psicológicas y sociales. Es lo que yo disfrutaba de la cronaca nera en los diarios italianos con los que me formé como lector adulto.
Con la reportera Rosa María Chavarría trabajamos uno de estos casos: el de una muchacha de quince años que había sido asesinada a puñaladas por su novio, en una colonia del oriente de la ciudad. Rosa se entrevistó con familiares de ambos, reconstruyó los hechos, les dio seguimiento e inyectó en los textos el tono humano, sórdido y social que yo andaba buscando. “En la flor de la muerte”, se llamó la historia por entregas y forma parte de una antología de notas policiacas publicadas a lo largo de los años por El Nacional que, bajo el nombre de Sangre, Sudor y Páginas publicó la investigadora Patricia Ortega meses después.
Con el tiempo, además del cambio en el sentido de la sección, fueron apareciendo cada vez más colaboraciones de opinión. La transformación del periódico había atraído a diferentes personas, sobre todo del ámbito académico. Bajo la guía de Carreño, el diario estaba cambiando de nicho: ahora tenía un público más escolarizado y más influyente. Yo también empecé a escribir con firma, pero sin dejar de hacerlo en La Jornada.

Poco a poco, los miembros del nuevo equipo le fuimos cambiando la cara a El Nacional. Ya he comentado que Fernando Calzada estaba en Economía y que puse a Fernando Cabral en Deportes. En Cultura, Pepe trajo a Paulino Sabugal y en Espectáculos, a Manuel Gutiérrez Oropeza, Manuelez. Quienes se mantuvieron en sus puestos fueron Marcio Valenzuela, de Internacional, el jefe de redacción José Antonio Dávila -mi amigo, hasta la fecha- y el subdirector Rafael Castilleja. Muy pronto cambió al jefe de información, y nombró en su lugar al reportero Juan Manuel Magaña. Con ellos eran las juntas de redacción, donde Pepe tenía una actitud exigente y didáctica al mismo tiempo. También cambió al jefe de la imprenta; se trajo a Armando Olguín, a quien conocía de sus tiempos en El Día; puso un nuevo gerente general, Luis Rubio, y un nuevo gerente de publicidad, Juan José Huerta. 
El Nacional a lo largo del tiempo había formado una mafia interna, con varios reporteros privilegiados y supertransas, un sindicato que era parte del negocio y un manejo de plazas y puestos a partir, fundamentalmente, de la lealtad al grupo que en los hechos manejaba las cosas. Carreño estaba claro que tenía que partir el poder de esa camarilla, deshacerse de los peores elementos y quedarse con quien hiciera bien las cosas. El poder del director era suficiente como para minar severamente la influencia de los reporteros corruptos, pero su problema principal era terminar con la labor de zapa del sindicato.
Las cosas han de haber estado complicadas, porque en algún momento me confesó que “más vale estar seis meses de león que seis años de cordero”. Lo dijo con una sonrisa confiada. Al poco tiempo cambió la dirección del sindicato, los reporteros corruptos que estaban en las secciones de Economía y Nacional fueron despedidos directamente por Pepe y quien fungía como correa de transmisión entre el grupo mafioso y la dirección, el subdirector Castilleja, fue, por lo tanto, perdiendo influencia y poder. 

Quien sería el siguiente dirigente sindical, Clicerio Cedillo, nos sirvió en aquellos días a varios de nosotros como Virgilio por el mundo de El Nacional.
Utilizo el simil, porque de ahí saqué una suerte de universo dantesco, un poco alrevesado: 
El quinto piso, donde se apiñaban los oficinistas de contabilidad, compras y personal, y donde también estaba la máquina que enviaba las planas, vía satélite, a los “Nacionales de provincia” (en Guanajuato, Sonora y Nuevo León),  era “El Metro”, por las aglomeraciones de burócratas. 
El cuarto piso, donde estaba la oficina del director, la sala de juntas y las oficinas de los gerentes, general y de publicidad, era “El Cielo”, porque ahí estaba el poder. 
El tercer piso, con la redacción de Nacional, Economía, Internacional y Deportes, la sala de cables, la biblioteca, la fototeca y la zona para dibujantes, era “El Mundo”. 
El segundo piso, con la redacción de Ciudad, Cultura y Espectáculos, así como la zona de fotomecánica, donde una enorme cámara tomaba foto de las planas formadas para convertirlas, tras su paso por las insoladoras, en láminas para la impresión, era “El Inframundo”, por estar debajo del mundo. 
El primer piso tenía desde antes de nuestra llegada el sobrenombre de “Las Mazmorras”, por oscuro. Ahí estaban el área de captura, en la que un equipo de mecanógrafas copiaba las notas para que salieran en tiritas enceradas que se pegaban en galeras en la adjunta área de formación para hacer las planas, la oficina de Olguín, la del abogado, la caja y un espacio para el equipo de autopsia (correctores que revisaban las páginas formadas en busca de algún gazapo). 
Finalmente, la planta baja era la zona de prensas y empaque, con cuatro potentes rotativas, la Quetzalcóatl, una 825 y dos 835 de un titipuchal de cuerpos: “El Infierno de los Trabajadores”. Un infierno grande, porque iba de puerta a puerta: de la Calle Ignacio Mariscal hasta Puente de Alvarado.
Con el tiempo, conocería cada una de esas áreas al dedillo.


miércoles, febrero 20, 2019

Huachicol, valores, familia, leyes


El trabajo periodístico realizado en Crónica por Daniel Blancas en una de las zonas donde prevalece el huachicoleo, así como la terrible agresión intimidatoria de que fue objeto, dan cuenta de los problemas para erradicar esa y otras plagas que vulneran la economía nacional y la convivencia social.

Hay varios hechos a subrayar. Uno es que el negocio criminal es mucho más grande de lo que parece, y que difícilmente los programas sociales de apoyo podrán suplir los ingresos que muchas familias obtienen transgrediendo la ley. Por lo mismo, la resistencia de los principales beneficiarios será feroz. Pensemos que la investigación y los hechos ocurrieron poco después de la tragedia de Tlahuelilpan, cuando supuestamente los ladrones de combustible andaban a la defensiva y con el perfil bajo.

Otro hecho es que las actividades criminales, en la medida en que generan una derrama económica local y en la que, también, se implantan en ese tejido social y le imponen sus leyes propias y su poder, se genera una suerte de complicidad colectiva. La gente hace como si el delito fuera legal y pretende moverse en un limbo, entre la autoridad constituida y las autoridades de facto.

El tercero es que, aunque la gente cree beneficiarse de esa actitud, en realidad nunca se crean las condiciones para que salga de la pobreza material y moral; al contrario, las nuevas condiciones están hechas para reproducir esa pobreza. Casi no hay comunidades que puedan prosperar en esas circunstancias. Hay una derrama de dinero que viene y va, pero las condiciones materiales de la existencia siguen siendo las mismas, mientras empeoran las condiciones de convivencia.

La apuesta del gobierno de López Obrador parece ser la de intentar romper ese apoyo social, en parte a través de transferencias directas de diverso tipo, en parte apelando a los valores de la familia.

El problema de esa estrategia es que es limitada, porque ambos elementos –las transferencias y el llamado a la intervención moral en la familia- sólo pueden ser complementarios a una estrategia de desarrollo integral de las comunidades, que requiere tanto de inversión pública o privada, como de un proceso de participación que los beneficiarios de la actual situación intentarán impedir.

Es posible que la crisis extrema del huachicoleo pueda ser controlada, y el robo de combustibles disminuya a niveles menos inmanejables. Es, al parecer, lo que está sucediendo. Pero es improbable que esa actividad pueda ser erradicada si no se generan opciones productivas, y no meramente asistenciales. Eso significa que el Estado tendrá que seguir desviando recursos, principalmente en materia de seguridad, para garantizar algo que debería ser normal en un estado de derecho.

Todo esto nos lleva a pensar que el énfasis de López Obrador en el papel positivo de las familias para la educación y la prevención del delito proviene de una aceptación tácita: en México no nos regimos por las leyes, sino por valores tradicionales, donde la familia es el pilar principal.

Si no hay estado de derecho, si no se pueden aplicar las leyes, sólo queda apelar a otro tipo de instituciones sociales, que son anteriores a las normas legales. Familia, religión, moral, patriotismo. Eso.

El problema es que también las instituciones tradicionales han sufrido deterioro en décadas recientes, y más en las zonas donde se ha asentado, en sus diferentes modalidades, la criminalidad organizada.

La “aceptación tácita” de López Obrador a la que hacíamos referencia viene de una visión cultural. De su idea de que aquí se respeta a las madres y no a las policías. Es cierto en lo fundamental, pero no del todo.
Hay mediciones internacionales de valores, a través de encuestas (las World Value Surveys, que se miden desde 1981), que nos dicen mucho acerca de qué es lo que mueve a las sociedades a mantenerse cohesionadas. Algunas, como China, Alemania o Japón, se basan en una estricta observancia de la ley formal. Otras, como India o Kenya, se basan casi totalmente en instituciones tradicionales, como la familia y las iglesias. México, no está entre estas últimas, sino a media tabla, junto con otras naciones de América Latina y algunas del Medio Oriente.

Lo relevante, si vemos la evolución de la tabla a lo largo de las décadas, es que los valores en nuestro país, al mismo tiempo que se han movido hacia la tolerancia y el respeto a la expresión individual de las personas, se han ido alejando del respeto a las leyes formales. Se ha interiorizado la idea de que el estado de derecho es una entelequia, un concepto vago que nunca se hace realidad.

Entonces, si bien es necesaria, en todos los frentes posibles, una lucha cultural por restablecer valores de convivencia, es igualmente necesario insistir en hacer funcionar lo mejor posible el estado de derecho. Sin él, no habrá salida a las crisis recurrentes de valores.


Eso debería significar que la aplicación de la ley debe ser pareja, no sujeta a criterios económicos. En esto AMLO ha puesto el dado sobre la llaga. Pero tampoco sujeta a criterios políticos. Y ahí es donde, se ve, le resulta más difícil, con eso de quedar bien con todos.    

jueves, enero 17, 2019

Biopics: Navegando en la vorágine (y dos licuados de fresa)

Hay etapas en la vida que son puntos de quiebre, en las que pasa una vorágine de cosas que –en ese momento no lo sabes- se combinan para que tomes un nuevo rumbo y te conviertas en una persona diferente, sin dejar de ser tú mismo. Navegas intensamente en medio de un torbellino de eventos, propósitos, tareas, emociones y repensamientos que hacen que a veces sientas que pierdes el control. Pero no lo pierdes, y en el recuerdo se mezclan distintos ingredientes, y aún así eres capaz de distinguir cada uno de ellos.
Una de esas etapas, para mí, correspondió a los primeros meses de 1989. Me gustaría poder describir, al mismo tiempo, la mezcla y el sabor de cada uno de esos ingredientes vitales.
Lo primero que se me ocurre escribir es que el ritmo al que vivía era acelerado, pero yo no me daba cuenta de ello. Lo entendí hasta años después. Empezaba a las 6 de la mañana, cuando salía a nadar un rato, dizque para relajarme, y terminaba después de la una de la mañana, cuando regresaba del periódico y me encontraba a Patricia envuelta en una nube de cigarro, malhumorada, viendo el show de Arsenio Hall. En medio, había mil actividades.

Seguía dando clases en la Universidad, empezando a las 7:30. Mi adjunta en Introducción a la Economía era Taide Velázquez, la prendida. Normalmente después de la clase salíamos a platicar un rato en el asoleadero de Economía. Eran conversaciones ricas, de todo tipo de temas: cine, modas, la situación del país.
Un día de febrero llegó al salón un grupo de estudiantes de la Prepa Pop que habían tomado, con la complacencia de la dirección, medio piso de la Facultad. Preguntaron si no interrumpían. Les respondí que por supuesto estaban interrumpiendo; luego le pedí al salón que votara si querían escuchar lo que los preparatorianos querían decirles. Los alumnos estaban hartos de esos intrusos, que además todo el tiempo estaban pidiendo cooperación, y votaron masivamente que no.
-Entonces, tengan la amabilidad de retirarse –les dije.
-No. Tenemos que dar una información.
-¿Qué no vieron que la clase votó porque se largaran? ¡Váyanse!
-Pinche judicial –fue la frase del que cerró la puerta.
Siguieron aplausos y continuamos con la materia.
Ese día, tras la clase, Taide y yo fuimos a un puestecito que estaba atrás de la Facultad. Pedimos dos licuados. De fresa, porque nos vimos muy fresas con los de la Prepa Pop, y soltamos la carcajada. Seguimos platicando detrás de la Torre de Ciencias (la que había sido antes la facultad del mismo nombre), junto a la fuente ya desprovista del Prometeo. Y ambos sentimos que había pasado algo entre nosotros, una suerte de transmisión eléctrica.
A partir de ahí, las pláticas post-clase se hicieron más largas, se acompañaron de paseos por buena parte del campus universitario. Y las conversaciones tomaron un giro más íntimo. Hablamos de nuestra infancia, de nuestra idea de la felicidad, de nuestros gustos. En algún momento le dije a Taide que sentía que en nuestros diálogos corrían ríos subterráneos que se juntaban. No era sólo la plática, no era sólo la compañía, había otra cosa que todavía no tenía nombre. Una vez, en una banqueta frente a la Facultad de Química nos besamos, nos miramos a los ojos, nos reímos y empezamos a entender cuál era ese nombre. Nos resistimos un tiempo a admitirlo abiertamente. A decirlo. Pero sabíamos.

Después de la universidad solía pasar por Camilo al kínder, llegaba Patricia de su consultorio, Rayo de la escuela y comíamos. De ahí, directo al periódico tres veces por semana; las otras dos, llevaba a los niños a Pumitas. Camilo acababa de entrar y Rayo había subido de categoría. A veces, durante los entrenamientos, me escapaba a mi cubículo a hacer llamadas al periódico, que ya estaba trabajando. Si no, me quedaba a un lado del campo, leyendo algún libro de economía.
El equipo del menor se llamaba Saltamontes. Lo típico, dependía de un niño crack y el monitor se dedicaba más a él que al resto. En los partidos sabatinos, Camilo se entretenía más recogiendo pastitos que jugando. Para colmo, había un niño que sólo se dedicaba a empujar a los demás, tirándolos; la mamá lo justificaba diciendo que “es porque soy madre soltera y le falta la figura paterna”.
Una ocasión, hubo un partido que se jugó cerca del Estadio Azteca. Televisado y en cancha de pasto sintético. Camilo jugó muy bien. Tras felicitarlo, le pregunté por qué no se había sentado como en los otros juegos. Su respuesta: “es que ese pasto falso estaba muy caliente”.
En los pocos meses que duró con Saltamontes, porque luego confesó que no le gustaba, Camilo anotó un gol, que festejó muchísimo. Se llevó la pelota desde medio campo, entre la indiferencia de los demás, chutó y la anidó en la red. Desgraciadamente, fue en su propia portería.
A Raymundo, en cambio, le tocó otro buen monitor, Poli y, a pesar de que las Panteras eran casi todos menores en edad respecto a sus rivales, el equipo se convirtió en uno de los mejores. Al año siguiente, aun con un monitor medio bobo, serían un trabuco prácticamente invencible.
  
Dejaba a los niños en casa y de ahí a El Nacional, a la sección Ciudad. Revisaba –rápidamente, si era día de entrenamiento- lo que tenía, iba a la junta de redacción a las 7 de la noche, y me seguía con la edición y la planeación para los días siguientes, terminando normalmente hacia medianoche. Esa sección resultó más fácil de coordinar que Deportes, entre otras cosas porque ya habían visto lo que había sucedido allá y no querían caer bajo mi espada de ángel exterminador. Abundaré sobre esa experiencia más tarde.
Contemporáneamente, escribía mis columnas para La Jornada, la agencita de Pineda y ahora también para Notimex, a invitación del nuevo director de la agencia, Raymundo Rivapalacio y hasta llegué a darme un rato para asistir a un par de reuniones como asesor de la Unorca (me invitaron y no supe decir que no).
Los sábados eran mi único día de descanso, aunque la primera mitad del día estaba siempre dedicada a Pumitas. Los domingos me despertaba temprano para ir al mercado, que era una suerte de condición que me puso Patricia para luego ir al futbol de Xochimilco, hacía las compras, Eduardo Mapes llegaba por mí, jugábamos hasta mediodía, me echaba una chela, regresaba, me bañaba, ya estaban los de Canal Once para la cápsula, la hacía, comía y de vuelta al periódico.

Junto a todo eso estaba el proyecto de las encuestas. Me había apalabrado con Pepe Carreño y con Rivapalacio para hacer un par para el periódico y Notimex; Pepe Zamarripa había conseguido la promesa de una para la Asamblea Legislativa. Teníamos que formar la empresa.

Lo que era evidente, entre todo ese movimiento, era que yo me percibía en flujo existencial, en proceso de cambio. El periodismo cada vez me apasionaba más, algunas viejas certidumbres políticas saltaban por los aires, vivía con la sensación de que muchas cosas nuevas se presentaban ante mí y quería comérmelas todas. Y pensaba en mí, en que quería sacudirme una insatisfacción profunda que no sabía bien a bien dónde anidaba. A Taide, en una de las conversaciones, le había yo dicho que era feliz, pero ella había entendido que no. No lo era en el sentido de felicidad real: había estado acontentado con la vida, que no es lo mismo. Había aceptado varios huecos, distintos tipos de vacío.Y ahora quería más vida.


jueves, enero 10, 2019

Chairos contra fifís



En estos días, si uno se asoma a las redes sociales, encuentra un nivel de polarización que no existía ni siquiera durante la campaña electoral. Se ha desatado una guerra verbal incontinente entre los incondicionales de AMLO y sus detractores, igualmente tajantes. De chairos contra fifís, para usar los términos en boga.

En esta guerra lo que menos importa son los argumentos. A veces los hay, pero la mayor parte de las veces se trata de sofismas. Los matices no existen. Corren informaciones con falta de fuentes, afirmaciones con falta de pruebas y acusaciones por doquier. También abundan los insultos, que las más de las veces funcionan como prueba de que no se está usando la razón.

Lo que llama la atención de esta disputa por territorios virtuales (supuestamente, una disputa por la opinión pública) es la voluntad de los contrincantes por poner barreras. Por extender, cada quien a su manera, certificados de pureza.

Van tres ejemplos al vuelo. Si un crítico de López Obrador pide que no insulten al Presidente, sino que señalen los efectos nocivos de sus políticas, entonces los insultos le llueven a él y dicen que lo que quiere es un “hueso”. Si El Mijis, ubicado del lado de AMLO pero con ideas propias, critica la idea de la Guardia Nacional o la posición oficial sobre Venezuela, le caen de los dos lados: no falta el fifí que se burle y le diga naco, ni el chairo que lo acuse de chaquetear a favor de la mafia del poder. Si un morenista pide comprender la posición del EZLN respecto al Tren Maya, algunos de sus compañeros le espetan que los zapatistas pactaron con Salinas (¡!), que son una guerrilla de derecha y que él ya está en posición dudosa.

De un lado tenemos una serie de reacciones, más bien caóticas, que critican todas y cada una de las acciones de gobierno; del otro, una estrategia, aparentemente mejor orquestada, para hacer pasar cualquier crítica como conspiración de un bloque que quiere mantener la corrupción y la pobreza. Todo lo que intente ponerse en un lugar intermedio –que puede ser más crítico o más gobiernista– corre el riesgo de ser aplastado.

En ese ambiente enrarecido, las antiguas brújulas ya no sirven. ¿Pueden hacerlo cuando alguien habla de “guerrilla neoliberal” o cuando alguien define el presupuesto 2019 como “comunista”?

¿Qué puede nacer de ese ambiente de encono? Por lo pronto, un corrimiento del frente anti-AMLO hacia la derecha y un corrimiento del frente pro-AMLO hacia el sectarismo más extremo.

Así, las voces, antes aisladas, del capitalismo salvaje, han logrado una mayor penetración en las redes. Y las voces de la propaganda más burda navegan viento en popa hacia la hegemonía dentro del morenismo. No quieren moderados de ningún color.

En la vida cotidiana, las divisiones son mucho menos amplias que como se presentan en las redes sociales. Sin embargo, éstas son capaces de permear en el resto de la sociedad. En la medida en que lo hagan, se generará una polarización que dificultará la convivencia. Hay ejemplos políticos en todo el mundo.

La polarización, hemos señalado anteriormente, no es en torno a ideas, sino en torno a prejuicios. Funciona con mentadas y mentiras. Cancela, por lo tanto, el diálogo, el parlamento. Conviene a los extremos, y no a la democracia.

No ha habido un fortalecimiento institucional para poner freno a esa vorágine. Eso se puede hacer con información fidedigna, con transparencia y con argumentos de fondo. De hecho, hay indicios de que está sucediendo lo contrario. El uso de adjetivos calificativos por parte del Presidente de la República no hace sino atizar la hoguera, al dar la impresión de que el gobierno es parte del pleito, y no gobierna para todos por igual. De que, a pesar de las frases en contrario, es refractario a la crítica.

Cuando redes sociales así de polarizadas se convierten en fuente de noticias, crece la incapacidad para ver lo evidente. Con ella, puede crecer la sensación de inutilidad por mostrar los hechos de la manera más objetiva posible. Eso sería trágico. La realidad es mucho más rica y mucho más compleja que la guerra verbal incontinente de chairos contra fifís.

De ahí que sea estratégico el papel de los medios tradicionales. Del periodismo profesional. Que sea relevante publicar noticias confirmadas, basadas en hechos, narrarlas de manera interesante y, al mismo tiempo, rigurosa. Que importe distinguir entre notas y opinión; también entre las notas relevantes y las que son menos. Que no se banalice la información.


No es tarea sencilla. Menos, en una época en la que los medios plurales son acusados por los maniqueos de servir a una facción o a otra. Pero es una tarea sustantiva para la salud pública de cualquier país.