Las recientes elecciones húngaras han llamado la
atención porque han puesto fin a 16 años de un gobierno populista y
crecientemente autoritario, encabezado por Viktor Orbán y su partido Fidesz (Alianza
Cívica), de ideología cristiano-nacionalista abiertamente derechista. Implican
un cambio de balance en Europa, donde Orbán era una piedra en el zapato en la
UE, por sus posiciones pro rusas. Pueden también ser un indicador de que el
populismo está experimentando una regresión en la lógica del péndulo político. Y
nos recuerdan que el populismo autoritario, a diferencia de una dictadura pura
y dura, puede ser derrotado en las urnas.
Orbán llegó ser primer ministro húngaro en 1998, en
una coalición de centro-derecha. En 2002 perdió las elecciones ante los
socialistas, pero en 2010, aprovechando el descontento social provocado por la
crisis económica ligada al shock financiero de dos años atrás, regresó al poder.
Su ascenso significó el fin del gobierno del Partido Socialista Húngaro, organización
socialdemócrata y pro europea.
En 2010 el Fidesz se había radicalizado. Una parte
importante del discurso de ese partido se fincaba en el nacionalismo extremo,
con una xenofobia particularmente dirigida a los judíos, vistos como
“especuladores extranjeros” y contra las elites de poder, que -en esa visión-
eran encarnados por el financista húngaro-estadunidense George Soros. Fidesz y
Orbán se presentaron como la encarnación de los deseos del pueblo trabajador
húngaro.
Esa victoria fue arrolladora. Fidesz obtuvo la mayoría
constitucional y Orbán la utilizó ampliamente. De hecho, se redactó una nueva
Constitución, a la que se le hicieron cambios y adiciones según las necesidades
del partido. Esto incluyó, entre otras cosas, la fijación de valores
tradicionales y cristianos en la carta magna, una reforma judicial con la
depuración de jueces desafectos al régimen y una serie sucesiva de cambios a la
legislación electoral.
Entre estos últimos destacan, primero, la reducción
del número de diputados (ahorro para el pueblo); después, el cambio en la
proporción entre diputados de mayoría y de lista (menos pluris, más unis)
y el rediseño a contentillo de los distritos electorales; finalmente, la
“compensación al ganador”, mediante la cual los votos “sobrantes” de los
ganadores de distrito pasan a engrosar a su partido en la elección
plurinominal. Dichas reformas sirvieron para que el Fidesz mantuviera la
mayoría constitucional calificada aun en elecciones donde obtuvo menos del 50
por ciento de los votos, como sucedió en 2018 y 2022.
Esto, más el control cada vez más estrecho de los
medios de comunicación, y sumado a una política de subsidios directos a la
población, permitió a Orbán presumir de una “democracia iliberal” que permitía
su reelección constante. Su modelo fue visto como EL ejemplo a seguir por todos
los populistas del mundo (muy abiertamente, por aquellos situados a la derecha
del espectro político; en la práctica, también por los que se dicen de
izquierda). Parecía que permitiría eternizarse en el poder a un personaje que
llegó por primera vez a la jefatura de gobierno a los 35 años y que ahora tiene
62.
¿Qué pasó ahora? Hay al menos cuatro elementos que
explican lo sucedido.
El primero es que cambió la oposición. En las primeras
ocasiones, las victorias de Orbán fueron contra los partidos tradicionales que
precedieron la victoria del Fidesz, ya sea los socialdemócratas o los
conservadores liberales. Derrotó incluso, en 2022, a una suerte de “coalición
arcoíris” de partidos unidos sólo por el antiorbanismo, y que tenía un
candidato independiente. Ahora se trata de un partido, el Tisza (Respeto y Libertad),
creado por un disidente del Fidesz, Peter Magyar, ex ministro de relaciones
exteriores de Orbán.
Magyar se alejó del partido y de Orbán a partir del
perdón concedido por la presidencia a un pedófilo, renunciando a los puestos
que tenía en empresas estatales y denunciando la corrupción que había
enriquecido enormemente a varios cercanos a Orbán (en el camino, su esposa,
entonces a la cabeza del Ministerio de Justicia, perdió el puesto, y Magyar, su
matrimonio).
El caso es que esta oposición no tiene grandes
diferencias ideológicas con Fidesz, en el sentido de que es conservadora y
nacionalista, pero centró su campaña en tres aspectos cruciales: una, el ataque
al “Estado mafioso” de Orbán, hecho a partir de la detención de una cuota
excesiva de poder y la defensa de los leales, sin importar qué delitos hayan
cometido; la segunda, el compromiso de adhesión a la Unión Europea y de apoyo a
Ucrania, tras la invasión rusa; la tercera, la propuesta de que nadie puede ser
primer ministro por más de dos periodos (Orbán lo ha sido por cinco). Esto le
bastó para hacerse del apoyo de electores de centro-izquierda y socialistas. También contribuyó que el Partido Socialista haya decidido no presentar candidatos y llamado a votar por Tisza: la prioridad era sacar a Orbán; eso es algo que difícilmente puede suceder en otros países con gobiernos populistas autoritarios.
Una característica de Tisza es que no intentó
consolidar sus apoyos en las zonas que habían mostrado oposición a Orbán, tradicionalmente
asentadas en las grandes ciudades, sino que hizo mucho trabajo de campo en las
regiones donde Fidesz tenía una clara hegemonía: en los pueblos pequeños y en
la campiña.
El segundo elemento es que el periodismo independiente
de investigación, el poco que quedaba en Hungría, hizo su trabajo,
documentando, por un lado, los múltiples casos de corrupción gubernamental y,
por el otro, la relación de dependencia de Orbán respecto a Vladimir Putin.
Puso el dedo en la contradicción entre los discursos nacionalistas y
soberanistas del húngaro con su sumisión respecto al ruso… y los húngaros no olvidan
la invasión soviética de 1956. El sentimiento antirruso ayudó a Tisza.
El tercer elemento es que la victoria de la oposición
fue amplia. Durante el día de la elección, los medios públicos y los youtubers
controlados por Orbán empezaron a hablar acerca de un fraude orquestado por los europeístas. Lo hubieran usado en caso de un resultado cerrado. Cuando se
dieron cuenta de que la diferencia era muy grande, se quedaron sin palabras
(porque sólo se sabían el guion).
El cuarto es que Orbán recibió el beso del diablo. Tal
vez fueron tóxicos los apoyos que recibió de la ultraderecha europea, de Meloni
a Abascal, de Le Pen a Wilders. Pero lo que acabó de estropearlo fue el
espaldarazo de Trump y Vance, que no significan más que desprestigio.
A esos cinco elementos hay que añadirles una paradoja.
La sobrerrepresentación que Orbán armó, con su reforma electoral, para consolidar
un largo régimen del Fidesz, ahora ha pasado a Magyar y a Tisza, que tienen la
mayoría constitucional para revertir los cambios antidemocráticos. Ojalá lo
hagan.

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