viernes, mayo 29, 2020

9 reflexiones sobre el futuro que viene


A continuación, algunas reflexiones, más o menos sueltas, respecto a los efectos que tiene y tendrá la pandemia del coronavirus.

1.Todos queremos que se acabe, pero tenemos un problema: una cosa es que lo haga en términos sanitarios -es decir, que se desplomen contagios y muertes- y otra, distinta, que lo haga en términos sociales -es decir, que podamos hacer con normalidad las cosas que antes hacíamos. Tengo la impresión de que el segundo deseo es todavía más fuerte que el primero. El asunto es que, en realidad, no se podrá cumplir hasta que la pandemia se apague en términos sanitarios.

En otras palabras, la nueva normalidad será más nueva que normalidad. Y esa no es una perspectiva agradable.

2. Hay quienes creen que, salvo por las nuevas precauciones y el retraso en los actos masivos, de verdad vamos a poder regresar al pasado. Esta crisis lo movió todo. Sus efectos económicos serán tan devastadores que obligarán a repensar el funcionamiento de las sociedades en más de un sentido, generarán desplazamientos políticos a nivel mundial y terminarán resolviéndose en un nuevo orden que todavía no alcanzamos bien a vislumbrar.

Es el derrumbe de un montón de pequeñas certezas en un mundo que tenía cada vez más incertidumbre.

3. De las pocas cosas ciertas que traerá esta crisis es un aumento de la pobreza a nivel mundial. Sólo en México se calcula que el incremento será de entre 6 y 10 millones de personas. En muchas partes esa mayor pobreza se reflejará en hambre.

También es previsible una mayor diferencia de ingresos entre las naciones. Y será mayor en la medida en que algunas de las que no son ricas cometan el error de no intentar una recuperación inmediata, como México comprenderá.

En resumen, la tendencia al aumento de la pobreza y a la mayor desigualdad entre las naciones tendrá efectos nocivos en las relaciones internacionales.

4. El comportamiento de las diversas naciones ante el fenómeno del COVID, deja en claro que hay una región que está haciendo bien las cosas y otras que no. Los resultados en el Extremo Oriente y en Oceanía son incomparablemente superiores a los obtenidos en Europa y América, independientemente de si se trata de regímenes democráticos o no. La diferencia, me parece, estriba en dos factores: el estado de la salud pública en cada región y el nivel de disciplina de la población.

Tengo la impresión de que el individualismo, llevado al extremo en Estados Unidos, y que se puede expresar en la frase “Tu salud vale menos que mis libertades”, escrita en el medallón de un auto trumpista, está pagando una factura muy cara y no sólo en la Unión Americana. La falta de solidaridad también mata.

5. Ya había evidencias de ello antes de la pandemia, pero ésta desnudó la falta de liderazgo mundial de Estados Unidos. Son cosas que pasan por poner a un narcisista al poder.

Uno se podía imaginar que en Estados Unidos había el suficiente rigor y la suficiente capacidad técnica para mitigar con cierta seriedad el problema. Pero la política pudo más y, sobre todo, la situación desastrosa, en términos sociales, de su sistema de salud.

Trump parece tener la intención de querer efectuar una fuga hacia adelante, apostando a una nueva Guerra Fría, esta vez con China. Eso no puede sino llevar a prolongar la disrupción de las cadenas de valor en el mundo e incluso puede desembocar en una nueva crisis financiera. Lo malo para México es que está muy ligado a EU y no tiene manera de zafarse en el mediano plazo. La única esperanza es que Trump no se reelija.

6. Que la política pueda más que el rigor y la capacidad técnica no es un asunto exclusivo de Estados Unidos. Si hacemos un recorrido por los países que han sufrido la pandemia, encontraremos que, como regla general, las sociedades que están unidas han tenido mejores resultados que las que están polarizadas. El conflicto, a veces propiciado por los propios gobernantes y a veces por los intereses partidistas, ha contribuido a generar respuestas débiles, indisciplina de la población y movimientos contradictorios en la forma como enfrentar las crisis combinadas de la economía y la sanidad.

7. México claramente está dentro de las naciones en donde han predominado la política y la polarización, con los respectivos y esperables efectos negativos. La única cosa verdaderamente buena, sea por visión, por idealismo o por casualidad, ha sido su propuesta en Naciones Unidas para evitar la especulación con material sanitario. Y más allá de la poca capacidad ejecutiva de la ONU, es un oportuno llamado de atención sobre la necesidad de cooperación internacional ante un problema global. Esta cooperación tiene que ser superior a los intereses económicos de laboratorios y fabricantes, y resultará crucial a la hora de que haya vacunas o antivirales probados.

Resulta paradójico que un gobierno encabezado por un nacionalista que sueña a veces con la autarquía haya hecho esta propuesta de globalización positiva.

8. En los próximos meses se desatará en serio algo que empieza a darse: la discusión sobre las bondades del crecimiento económico per se. La humanidad estará, entre contradicciones, a la búsqueda de un nuevo modelo de sociedad, abrumada por los efectos de un pequeño y letal virus. En ese camino, serán arrolladas otras viejas certidumbres, como las de los economistas muertos a los que el mundo obedeció durante las últimas décadas. Lo que no tenemos claro es qué otras certidumbres, igualmente perecederas, las sustituirán.

De entrada, puede suponerse que crecerá la disputa entre quienes abogan por el desarrollo sustentable y los que lo hacen por el crecimiento acelerado; la habrá también sobre el regreso al Estado de Bienestar, sus alcances y sus formas de financiarse; finalmente, también la discusión acerca de las libertades individuales y la solidaridad social pasará a cobrar mayor importancia.,     

9. Será necesario, igualmente, replantearse la organización de las ciudades, que hoy en día suele ser bastante irracional. No es una cuestión de densidad (Seúl, que es más densa, libró mucho mejor la pandemia que Nueva York), sino de cómo se construye en la ciudad, cómo y cuánto se viaja en ella, cómo se distribuyen los espacios públicos y de qué tipo son.

Lo que no habrá, lo siento por los filósofos bucólicos o neohippies, es un retorno al campo.      

domingo, mayo 24, 2020

Masas y pandemia: actualidad de Manzoni



La clásica novela italiana Los Novios (I promessi sposi), de Alessandro Manzoni, se presta para un buen análisis en estos tiempos de pandemia, que son excepcionales en nuestras vidas, pero no tanto en la historia de la humanidad. De resaltarse en particular, es la gran habilidad de Manzoni para describir el comportamiento colectivo, ya sea de turbas o de masas, entendidas las primeras como tumulto de personas y las segundas, como expresión colectiva más generalizada. De la lectura de la novela, ambientada en el Siglo XVII, en un periodo que incluye una epidemia terrible de peste negra, se desprende que ese comportamiento no ha cambiado mucho.

Pasemos primero por los tumultos, con la advertencia de que vienen unos cuantos spoilers (la novela es tan entretenida que, aun con spoilers, se deja leer muy bien).

El primer tumulto sucede en lo que se da en llamar “la noche de los embrollos”. Los jóvenes quieren forzar a un cura timorato a que los case y, simultáneamente, un grupo de bandidos quiere raptar a la novia, suponiendo que está en su casa. Cuando el cura toca la señal de alarma, el pueblo se lanza contra un mal impreciso, que va cambiando de rostro. Al final ese mal son los bandidos, que huyen y son perseguidos. Pero cuando los malos se internan en el bosque, aparece el rumor -falso- de que la novia se encuentra a buen resguardo en una casa del pueblo. Y ese rumor basta para apagar el furor popular. En realidad, lo que apaga el furor es el temor a que, en el bosque, los bandidos sean más peligrosos que en el terreno conocido de la aldea. El rumor era la excusa que necesitaban los pueblerinos para retroceder. La valentía sólo se da cuando la ventaja de la turba es amplia y el terreno, conocido.

Algo muy similar sucede hacia el final de la novela, cuando una pequeña turba se lanza contra Renzo, el protagonista, confundiéndolo con un untor (es decir, con alguien que propaga a propósito la peste) y, al momento en que Renzo se sube a una carreta con cadáveres, puede más el miedo y lo dejan libre.

El otro tumulto relevante es el de los motines por el pan en Milán, que no sólo es descrito por Manzoni, sino también analizado. En primer lugar, está el asunto de origen. Las protestas por el aumento al precio del pan, si bien nacen de la pobreza y de la necesidad, también lo hacen por una falsa convicción masiva: piensan en realidad no es que haya habido una cosecha pobre de trigo, y esté baja la oferta, sino que un grupo de ricos están acaparando grandes cantidades con el fin de enriquecerse todavía más a costa de la gente sencilla. Es una constante que veremos después: existe en todo momento la necesidad de echarle a alguien la culpa de las desgracias, tiene que haber un objetivo visible y, si se puede, personificado, sobre el cual descargar la ira y la impotencia. La idea de que el mal proviene de un sistema, de una circunstancia climática o de una casualidad impredecible choca con la necesidad de encontrar alguien que pague por el sufrimiento.

Para alimentar la seguridad de que se trata de una maldad hecha a propósito no faltan los decires. En el caso del pan, entre otras cosas, “se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de grano que había sido expedida secretamente a otro país…” y se podía terminar con la consigna de “¡Viva la Abundancia!”. En el contexto, de seguro había hambreadores, pero la abundancia era pura fake news o posverdad, como decimos ahora.

Por una parte, está el componente irracional de la turbamulta: si me quejo del precio del pan y quemo los hornos, doy cauce a mi rabia y perjudico a quien veo como el autor de mi sufrimiento, pero al mismo tiempo cancelo la posibilidad de que en el futuro haya pan, y mucho menos, que esté barato. Por la otra, su quehacer en movimiento. Manzoni se detiene a hacer este análisis de la muchedumbre enardecida: “en los tumultos populares, hay siempre un número de hombres que, por calentamiento de la pasión o por persuasión fanática o diseño perverso o por un maldito gusto por el desorden, hacen de todo para empujar las cosas a peor… soplan al fuego cada vez que empieza a languidecer: nunca nada es demasiado para ellos… Pero por contrapeso, siempre hay un cierto número de otros hombres que, con similar ardor e insistencia, operan para obtener el efecto contrario”. La masa que los sigue a veces jala más con unos y luego con los otros. Hay una suerte de oleaje, en el que operan la ferocidad y la misericordia, la provocación y la atención para no caer en ella, el deseo de sangre y el clamor por justicia. Del movimiento de ese oleaje se define el resultado del tumulto.

Pero lo que resulta más aleccionador es el análisis que hace Manzoni del comportamiento colectivo cuando la peste llega a Milán. Lo primero es negar el hecho: la peste no existe. Los primeros en negarla son las autoridades, que reaccionan tarde y burocráticamente: “las medidas de prevención, resueltas el 30 de octubre, no fueron redactadas hasta el 23 del mes siguiente… cuando la peste ya había entrado”. La gente se burlaba de quien lanzara alguna voz de alerta. Lo segundo, es intentar ponerle otro nombre: decir que las víctimas cayeron por enfermedades comunes. Y, cuando paulatinamente se admite la desgracia, buscar culpables e inventar razones.

En la novela, los primeros culpables visibles fueron los doctores que habían advertido sobre la llegada de la calamidad. Matar al mensajero. Estos dos señores “ya no podían cruzar plaza alguna sin ser asaltados por groserías, cuando no por pedradas”.

Posteriormente la gente llega a convencerse de la existencia de untores, personas llevadas por la maldad o por algún designio del enemigo -se combate contra Francia en un episodio de la Guerra de los 30 Años- dirigido a despoblar Milán para ocuparla sin resistencia. Y empieza una caza popular de brujas: al anciano que sacude la banca de la iglesia, a los jóvenes turistas franceses llegados en mal momento. Se llega a la situación en la que la autoridad no puede oponerse más a las exigencias del pueblo, y un barbero termina por ser ejecutado (y será tema de otro libro de Manzoni, un ensayo histórico: La colonna infame). En otras palabras, la irracionalidad popular -esa búsqueda por culpables visibles- se impone a la fuerza y al raciocinio del Estado.

Esa misma irracionalidad provocará que se haga una procesión, por todos los barrios de Milán, con los restos de San Carlos. La muchedumbre que se arremolinará para venerar la reliquia creará un enorme contagiadero, la peste se multiplicará… pero la culpa se achacará a los untores, esos extraños, forasteros, agentes del mal, que habrían aprovechado la circunstancia para esparcir su veneno.

De la negación se pasa a la paranoia. Milán se va convirtiendo en una ciudad fantasmal, en la que las personas se alejan si ven a alguien acercarse, donde reina la desconfianza en el prójimo. Y se da un proceso de locura colectiva, de la que muy pocos se salvan (los que tienen “buen sentido” por encima de la opinión mayoritaria). Esa locura atraviesa las instituciones, que se vuelven perversas, y termina resolviéndose en un caos en el que el verdadero poder reside en los monatti, los encargados de recoger cadáveres o de llevar enfermos al lazareto. Ese lumpenaje empoderado grita sin recato “¡Viva la mortandad!”. 

¿De dónde nace esa locura colectiva? Del miedo a perder la vida y los bienes, sin duda. Pero también de la existencia de un Estado incapaz de garantizar nada más allá de una burocracia cruel y de la expedición de leyes que nadie respeta, porque nadie las hace cumplir: son simulaciones. Nace, sobre todo, de la negativa a escuchar las voces de la ciencia, al doctor Tadino que insiste en que los agonizantes que confiesan ser untores lo hacen porque la enfermedad les afectó el cerebro.

La devastación de la hoy llamada “peste manzoniana” fue enorme. Cuando llegó, Milán tenía 200 mil habitantes; cuando se fue, la población se había reducido a 64 mil. Proporciones aparte, hay varias similitudes con lo que hemos vivido respecto al coronavirus.

El fenómeno de negación era, al principio, común en muchas partes. Muchos creíamos que la expansión del virus sería limitada. Lo importante es que también la mayoría de los gobiernos lo hicieron. Es hipotizable que los países del Extremo Oriente y Oceanía estén teniendo mejores resultados frente a la pandemia, porque gobiernos y poblaciones sintieron desde el inicio que estaba cerca, por cuestión geográfica. Los demás, por mucha globalización que nos comiéramos en los discursos, la vimos lejana.

Algunos gobiernos, como el de Milán hace casi cuatro siglos, siguieron por un tiempo resistiéndose a la evidencia. A veces, incluso, con pensamiento mágico. Pensemos en el milagro que esperaba Trump o en el elogio a los Detentes que hizo López Obrador. Habría que pensar si, como sus émulos del siglo XVII, los gobernantes no estaban interpretando (y a su vez, retroalimentando) un sentimiento popular.

Luego, hemos pasado por diferentes fases. Una es la del rechazo al diagnóstico: hay algo de terrible en tener COVID. Es ser un apestado. Es morir sin el duelo correcto y esperado. Estamos ya en la de la paranoia, en donde la gente se mira con desconfianza detrás de las mascarillas.

En el proceso, hacemos el esfuerzo por mantener el “buen sentido” y no enloquecer con el sentido general. Quién sabe si lo logremos.

Otro fenómeno ha sido el de buscar factores externos, visibles, contra los que descargar la rabia. Los médicos apedreados del año 1630 encuentran equivalente hoy en que los han sido acusados de “inyectar COVID” y en el personal de salud al que le han echado cloro para alejarlo. Se convierten, antes que los apestados mismos, en la representación humana de la enfermedad. Incluso hemos tenido unos cuantos casos de turbas que se comportan exactamente igual que las de la novela de Manzoni.

Es común que, en situaciones extremas, la emotividad prevalezca sobre la razón, y en esas ocasiones sean comunes las distintas versiones del complot. En las redes sociales se generan untores a montones. Los chinos, que quieren acabar con la democracia occidental y lanzaron el virus; Bill Gates, que quiere hacer negocio con las vacunas; Trump, a quien el jueguito se le volteó; o el capitalismo internacional, que quiere acabar con los ancianos para deshacerse del peso fiscal de las pensiones y, en los casos más burdos, los creadores de la 5G o “el gobierno”, que quiere hacer control poblacional esparciendo el virus mortal.

No ha habido procesiones con cadáveres de santos para aplacar esta pandemia, pero sí quien insista en que las aglomeraciones no son problema, porque hay que mantener las economías a todo lo que dan. Suelen promoverlas los miembros de otra poderosa religión: la que adora a Mammón, Dios del Dinero.

En fin, que pasan las epidemias, segando vidas. La humanidad las supera, pero -aunque se disfrace de nueva cultura y alta tecnología- en el fondo sigue siendo la misma. Al menos, sigue siendo muy parecida a la que Manzoni diseccionó.

jueves, mayo 21, 2020

Elogio de la pobreza

A continuación dos textos que pretender ser más que coyunturales. Por fortuna, la unidad de la oposición evitó que el proyecto de darle todo el poder al Presidente fructificara.


Elogio de la pobreza





Ante la evidencia de que la economía mexicana va a decrecer a una tasa jamás vista por esta generación, el presidente López Obrador ha vuelto a sacar la idea de que el PIB es una medición equívoca y que es más conveniente pensar en el bienestar espiritual.

Este giro retórico puede ser visto como una salida por piernas, de entre las cuerdas, ante una situación imposible que se ve venir. No es así. Hay una intención política en ello. Y hay también una visión genuina de las cosas, que podríamos resumir en el concepto del elogio de la pobreza.

Poner el bienestar espiritual por encima del material embona muy bien en la psicología de mucha gente, sobre todo quienes fueron formados en ambientes religiosos. Embona con la idea de moralizar la vida pública y con la construcción de una dicotomía maniquea: materialistas contra idealistas, egoístas contra altruistas, neoliberales contra transformadores. Ya dijo AMLO, con todas sus letras, que quien no está con él es un corrupto.

La idea del bienestar espiritual por encima del material y el reencontrado desdén por las tasas de crecimiento, abona a la fijación de diferencias entre quienes, según la tradición melodramática mexicana, tienen bienestar material (“los ricos”) y quienes tienen bienestar espiritual (“los pobres”). Da también alimento para rechazar los lógicos y a menudo fríos argumentos de quienes abogan por una economía más dinámica… o de perdida menos famélica.

En otras palabras, el discurso del bienestar espiritual legitima políticamente la incapacidad del gobierno federal para dar una mínima respuesta de crecimiento al reto de la crisis del coronavirus y, al mismo tiempo, permite al Presidente prestar oídos sordos a las voces que, incluso dentro de su grupo político, están llamando a un acuerdo nacional entre diferentes actores sociales. Le da carta blanca para seguir actuando de manera unipersonal.

En esa lógica entra perfectamente la idea de que las empresas se tienen que rascar con sus propias uñas. Sólo se salvan, y muy relativamente, las microempresas familiares. El concepto detrás de ello es que las medianas y grandes empresas, no se crearon para la supervivencia familiar, sino fueron creadas para que sus dueños y accionistas ganaran dinero, en pos del vulgar bienestar material. Y que en el camino no crean empleos, sino que explotan a los trabajadores. Rescatarlas, por tanto, no es a favor del empleo, sino de la continuación de la explotación, para favorecer el enriquecimiento de unos cuantos.

La gran mayoría de las naciones han adoptado, ante la crisis, medidas contracíclicas, destinadas a apoyar a los trabajadores que han perdido sus empleos y a dotar de liquidez a las empresas que han tenido que parar, así como dedicar más recursos a fortalecer los golpeados sistemas nacionales de salud. La idea principal detrás de esto es evitar las quiebras y el desempleo masivo, y poder así lograr una más rápida recuperación económica. En México no ha sido el caso.

¿Por qué? En parte porque quienes durante muchos años preconizaron medidas de austeridad que se tradujeron en mayor desigualdad social, ahora abogan lo contrario. El FMI, el Banco Mundial y las organizaciones patronales no pueden tener buenas intenciones, considera AMLO. Pero también porque la política de dejar hacer y dejar pasar, en esta ocasión, debilita a la clase empresarial como un todo. Debilita a las clases medias levantiscas. Nos mueve a todos hacia una pobreza digna, y buena, si es que los apoyos sociales surten efecto.

El problema es que el proceso, como en toda crisis, no se da de manera lineal y aterciopelada. Habrá sectores que se fortalezcan y otros que tiendan a desaparecer. Habrá regiones que resistan y otras que se desplomen. Habrá un nuevo arreglo. Y en ese arreglo, entre 7 y 8 millones de mexicanos se incorporarán al rango de quienes padecen pobreza de ingresos. Que es estar por debajo de lo que se entiende por “pobreza digna”. La mayoría de estos nuevos pobres-pobres vive en las ciudades.

Eso significa también que el paso al bienestar espiritual está lejos de ser automático. En primer lugar, porque el bienestar espiritual no se basa en la resignación o en la abnegación, sino en la existencia de satisfactores no monetarizados: salud, educación, justicia sin distinciones, seguridad pública, un medio ambiente limpio, la sensación de libertad y solidaridad.

Ninguno de estos se logra cuando las economías van en picada, cuando crece el desempleo y el Estado, en el afán de la austeridad, no gasta lo suficiente en servicios públicos. Una cosa es que el presupuesto se destine pensando de manera prioritaria en lo social y no en el crecimiento per se, olvidándose del famoso PIB, y otra es apachurrar el presupuesto como si reducir el PIB fuera saludable y purificador.

En estas páginas he abogado, en distintas ocasiones, en contra de la utilización del PIB y su tasa de crecimiento como equivalentes al bienestar económico. Es un fetiche, y sus límites analíticos fueron expresados por su propio creador en términos modernos, Simon Kuznetz. Es necesario avanzar hacia una medición más certera y más cercana del bienestar. Otros indicadores, relacionados con el desarrollo humano en sentido amplio, apuntan a ello, pero aún son insuficientes. Pero en todas las mediciones la gente tiene y percibe menos bienestar cuando la economía se desploma.

Y en todas hay una correlación entre pobreza y desdicha, sobre todo si la pobreza es nueva. No parece un horizonte deseable.



Todo el poder al Presidente



El Congreso discutirá una iniciativa en la que el presidente López Obrador se da, explícitamente, todo el poder para reasignar el presupuesto federal, por razones de emergencia económica.

Pongo el énfasis en el adverbio “explícitamente”. En realidad, han sido múltiples las ocasiones en las que el Ejecutivo, a través de la Secretaría de Hacienda, ha hecho ajustes al gasto público sin necesidad de recurrir al Legislativo para su aprobación. No recuerdo que algún recorte presupuestal en las pasadas administraciones haya sido consensuado.

Si en el pasado, la Cámara de Diputados se hizo la occisa respecto a sus atribuciones, porque lo predominante era la simulación, lo que se pretende ahora es que quede claro que quien decide cómo se distribuyen los dineros es el Señor Presidente.

Recordemos que para AMLO los símbolos en el mensaje son tan importantes, o más, que el contenido. El símbolo es: el Legislativo se hace a un lado y pone todo en manos del Ejecutivo y de su titular. No será contrapeso a sus decisiones. Ni ahora, cuando el partido del Presidente tiene mayoría en la Cámara, ni en el futuro próximo, cuando pueda no tenerla.

En esas circunstancias –y más, considerando que cualquier cosa puede denominarse “emergencia económica”- la factura del presupuesto federal de parte del Congreso se convierte en una mera pantomima. Todo el poder al Presidente. “Es legal porque lo deseo”, como dijera Luis XIV.

En ese sentido, incluso la definición de “proyectos prioritarios” pasa bajo el tamiz personalista. ¿Quién define las prioridades? El propio titular del Ejecutivo. E igual de prioritarios resultan los programas sociales –a los que se puede acusar de clientelares e insuficientes, pero no de necesarios- que la refinería de Dos Bocas, que es ejemplo monumental de lo que no debe de hacerse en estos momentos.

También hace que, al pasar decisiones que deberían ser colectivas a la voluntad de un hombre, los prejuicios de ese hombre tengan preponderancia. Así con el malhadado concepto de austeridad mal entendida, el mismo que hará que la depresión económica en México termine por ser una de las más profundas de América Latina.

Esta acumulación de poder, en nombre de la emergencia –y, de paso, también de la lucha contra la corrupción- no fácilmente termina ahí. Lo hemos visto muy recientemente en las actitudes de López Obrador respecto a otros actores económicos.

El Banco de México se ha portado a la altura de las circunstancias, en esta crisis. A diferencia de lo que pasa en materia fiscal, el estímulo del lado monetario ha sido muy bueno. Banxico ha utilizado todos los instrumentos a su alcance para que paliar la crisis económica en curso, cuya gravedad reconoce. Sólo manteniendo la capacidad del sistema financiero para otorgar créditos a costos más bajos, y garantizándole la liquidez, puede evitarse la catástrofe total.

Pero a AMLO no le pareció que el Banco haya apelado a la ley para no soltar con un año de anticipación los remanentes (que todavía no tiene) y que haya hecho hincapié en su autonomía. Señala que las reservas no son de Banxico, sino de la nación. Pues sí, pero el problema es que él se confunde a sí mismo con la nación.

Tampoco le parece que, en ausencia de un rescate por parte del gobierno, los empresarios decidan apoyarse entre sí. Criticó con fuerza el acuerdo entre el Consejo Mexicano de Negocios y el Banco Interamericano de Desarrollo para traer créditos a medianas y pequeñas empresas. Llama neoliberalismo a lo que parece ser, en principio, solidaridad empresarial. Y buscará bloquearlo.

En el camino, AMLO confundió las cosas. Dijo que el banco central andaba rescatando empresas, lo que no es el caso, ni está entre las atribuciones de Banxico, que sólo se encarga de garantizar liquidez en el sistema financiero. Y también declaró que Hacienda no aprobaría el crédito del BID, sin percatarse que se trata de un acuerdo entre privados. Incluso, si México absurdamente hubiera votado en contra en el BID, es sólo un socio entre muchos. Perdido y mal aconsejado.

A estas alturas, pareciera que el deseo de AMLO es que no haya apoyo alguno a las medianas y grandes empresas, que no tengan créditos, que se rasquen con sus propias uñas o, tal vez preferiblemente, que se mueran. Todo salvamento de una empresa grande o mediana lo ve como una reedición del Fobaproa. Tal vez vería la desaparición de algunas como una suerte de purificación de la vida económica nacional. Un paso adelante hacia la economía moral que nos depara el porvenir.

Eso sí, parafraseando a Orwell, todas las grandes empresas son iguales, pero hay algunas más iguales que otras. Y las más iguales son las del Grupo Salinas, que ni siquiera son mencionadas a la hora de poner el dedo flamígero sobre las que, sin ser esenciales, no han cerrado durante la pandemia.

Si el Legislativo da luz verde a las modificaciones que pretende López Obrador, será una renuncia explícita a las atribuciones para las que fueron elegidos. Un paso atrás en nuestra democracia. También, por las características del personaje, será un paso atrás en el proceso de toma de decisiones racionales en materia económica, que se acompañará de una buena dosis de retórica para tratar de convencernos de que se trata de acciones de justicia y austeridad republicana.

El tiempo demostrará que las decisiones equivocadas –la que puede tomar la Cámara y las que ya ha tomado López Obrador- las terminaremos pagando todos los ciudadanos, no solamente aquellos que están en la cúpula económica. Más, si el Presidente, se convierte en algo así como Economista en Jefe de la Nación, que es hacia adonde vamos.

miércoles, abril 29, 2020

Las epidemias paralelas



De la mucha información que ha surgido en torno a la pandemia del coronavirus, hay dos datos que me han impresionado.

Uno, el doctor Hugo López-Gatell, en la famosa entrevista con The Economist señaló que la prevalencia de diabetes y obesidad entre los mexicanos equivale a aumentarle diez años en promedio a la población, con lo que se pierde la ventaja aparente de tener una nación joven frente a la pandemia, acercándonos a la situación de naciones envejecidas como Italia o España.

Dos, el doctor José Luis Alomía, en las recientes conferencias donde presenta los datos técnicos de la pandemia, ha presentado un cuadro en el que enfatiza que la población mayor de 60 años tiene una mayor tasa de letalidad que el resto. Pero en el mismo cuadro se ve algo insólito: el 56% de los muertos en México por Covid-19 tiene menos de 60 años.

Revisando los datos de Italia y España, encontramos que el porcentaje de muertes de menores de 60 años dentro del total de fallecidos por coronavirus es bajísimo: en ambos casos roza el 5%. En otras naciones, como China, la proporción alcanza el 20%. En ninguna representa más de la mitad.

La diferencia tan grande no se explica solamente a partir de la diferente longevidad de los países. Si nos vamos a  analizar la tasa de letalidad para el grupo de edad de entre 25 y 59 años, es de 1.2% en Italia, era hace dos semanas de 0.3% en España y es de 4.8% en México. Una parte de la diferencia se explica porque las dos naciones europeas aumentaron notablemente el número de pruebas, luego de no hacerlas al principio de la pandemia. Pero es la parte menor de esa diferencia.

La parte del león que explica que en México están muriendo más adultos de mediana edad es una razón: la diabetes, a menudo acompañada de obesidad. Si vemos las patologías preexistentes entre los fallecidos de los países europeos reseñados, encontraremos en primerísimo lugar la hipertensión, que duplica o triplica como factor de comorbilidad a la diabetes y es siete veces mayor que la obesidad. En México, en cambio, hipertensión, diabetes y obesidad se dan un quién vive.

Por eso tiene razón López-Gatell. En términos de salud, los mexicanos somos, en promedio, diez años más viejos de lo que dice el calendario. Y de entre las enfermedades que nos envejecen, la principal, de lejos, es la diabetes. Es el principal factor para explicar por qué los cincuentones mexicanos con coronavirus tienen tasas de mortalidad similares a las de sesentones o setentones en otras partes.  Y la obesidad, a menudo asociada, contribuye a debilitar al cuerpo ante cualquier enfermedad.

Se sabía que esa combinación era una bomba de tiempo: está explotando en esta pandemia de Covid-19.

Todos los titulares del IMSS o del ISSSTE con los que he tenido la oportunidad de conversar, en algún momento de la plática sacan el tema de la diabetes como una enfermedad cada vez más cara, que se come una porción cada vez mayor del presupuesto de la institución y suele obligar a hacer recortes en otras áreas. El problema de obesidad y diabetes le sale al Estado aproximadamente en $250 mil millones. Un cuarto de billón.

El número de fallecimientos por diabetes se ha multiplicado por siete en los últimos 30 años. Cobra muchos más muertos que el crimen organizado.

Se sabe que el genoma de los mexicanos hace que sean, en términos generales, propensos a la diabetes. Pero ese genoma era el mismo hace tres décadas. El problema se ha recrudecido debito al deterioro en los hábitos alimenticios de la población, el alto consumo de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas, que son detonantes tanto de la obesidad como de la diabetes. Estas son epidemias paralelas a la que nos desvela y a muchos nos mantiene en casa.

Durante mucho tiempo los distintos gobiernos mexicanos han hecho como que quieren combatir esta epidemia, pero han podido más los intereses de la industria. La información que se ha dado a la sociedad, particularmente a los sectores más vulnerables, es insuficiente. “Come frutas y verduras” o “muévete” son frases para quedar bien con la conciencia, pero que sirven muy poco para que la gente pueda tomar una decisión informada.

Ha habido un avance con la nueva regulación para el etiquetado en los alimentos. Tenemos que ir más lejos, tanto en la generación de una mejor cultura alimenticia como en la regulación de una industria que a menudo produce quesos que no son queso, jamones que no son jamón, yogures que no son yogurt, aceites que son de quién sabe qué y jugos que casi no tienen fruta. La gente tiene que saber qué es lo que se está llevando a la boca. 

Ese es uno de los caminos que habrá que recorrer para hacer válido el derecho a la salud, tan amenazado en estos días.


martes, abril 21, 2020

La prima de los Larrazábal



Los Larrazábal eran unos vecinos vascos en la colonia Anzures. Yo era amigo de Iñaki y de Xabier, cuates grandes, tozudos, buenos para andar en bici y que comían ajos crudos como si fuera una golosina. A veces me invitaban a ir con ellos al cine en un testarudo Taunus que el señor Larrazábal amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo. En ocasiones (escasas) nos tocaba una superproducción de aventuras, pero casi siempre íbamos a ver películas ñoñas, que rezumaban moralina.

En una de esas (yo he de haber tenido como once años) nos acompañó una prima que había llegado de España de vacaciones. Se llamaba Pilar. Pilar es un nombre que desde pequeño he asociado con cierto general batistiano de quien se decía "nombre de mujer, corazón de hiena", así que la españolita de pelo rubio, pajizo, tenía, de entrada, un punto en contra. Xabier se encargó de restar varios más de su cuenta, previniéndome contra ella: "es una tipa insoportable, estoy contando los días para que se regrese". Llevaba puesto un sencillo vestidito rosa, de esos que se espera que porten las niñas que se portan bien. Pero el vestidito rosa en el cuerpo de Pilar parecía una especie de contrasentido: Lo llevaba con tal desgarbo -con un desaliño en el que no tenían nada que ver los cuidadosos pliegues, el correcto planchado y la ausencia de máculas- que deban ganas de arrancárselo a desgarrones. Pilar tenía alrededor de trece años.

La película era de Rocío Dúrcal, una gachupinada melcochosa. Cuando nos presentaron, Pilar hizo una mueca apenas perceptible. Pasada la entrada del cine, mientras los papás de Iñaki y Xabier hacían cola para comprar palomitas y mis amigos se entretenían observando los carteles de los próximos estrenos, Pilarica aprovechó para darse la vuelta y sacarme la lengua. Extrañamente, no me molestó que lo hiciera y le respondí con una sonrisa divertida. Mientras pasábamos a la sala me puse a pensar, intrigado, en el porqué de mi falta de enojo (entendámonos: no me había sacado la lengua como capricho de niña maleducada, pero tampoco para decirme "te la mamo", y tales sutilezas eran difíciles de entender para un chamaquito que todavía no sabía de la existencia del fellatio; es más, que tenía, si acaso, pocos meses de enterarse de cuál era la mecánica del coito); descubrí entonces que, aunque su gesto entrañaba una sensación de asco, no me había mostrado una lengua tiesa, sino un órgano flexible y móvil. Había disgusto en ella ¿pero hacia qué? También había vida.

Nos tocó sentarnos juntos. A mi derecha había un cuerpo displicente ceñido en un vestido tieso. En la pantalla, Rocío Dúrcal cantaba acerca de los castizos piropos de su barrio, del diplodocus que acababa de casar, de sus diecisiete años de enfermedad o de otra canción que no recuerdo, porque todas sus películas se me confunden en una sola (y tal vez lo sean). En cambio recuerdo que en aquella vez era en el cine Las Américas y que en la penumbra adivinaba los ojos de Pilar clavados en mi. De cuando en cuando volteaba a verla y ahí estaban sus ojos sobre los míos. Recuerdo unos ojos fijos, reconcentrados, que hacían contraste con un cuerpo aventado así como si nada al sillón. Creo recordar el blanco de sus ojos mejor que la mano fría que se posó sobre la mía y que revelaba una tensión que no se podía notar en el resto del cuerpo. A la hora de las canciones me esforzaba por comprender el significado de aquella mueca a la entrada de la sala, de aquella lengua prensil y corajuda. Hacia el final de la cinta volví a mirarla e intenté una sonrisa. Ella me siguió escrutando, pero no movió un músculo de la cara. Xabier también había dicho que era medio retrasada mental.

Esa y otras dudas me han venido a la mente en las raras ocasiones que recuerdo la anécdota. A favor de Pilar habla que, cuando nos acomodábamos en el coche para el regreso a casa, Xabier dijo en son de broma: "Pancho y Pilar se gustan" y vi que su rostro blanquísimo se volvió del color del vestido. Pero jamás pronunció palabra alguna, no me regaló con otro gesto delator, con alguna clave. Pasados los años, creo poder interpretar su lengua altiva y provocadora como un reproche, como la señal de una constatación: lo nuevo de hoy, lo que acabo de conocer, parece ser igual, ser la misma mierda, que todo lo viejo que he conocido. También era una invitación: sé distinto, niño desconocido, a todo lo que he conocido. Finalmente, era una muestra: mira una parte de este triste cuerpo de treceañera encorsetada, esta partecilla que no sé si merezcas, que no sé si la merezca yo misma.

Años después de aquella ida al cine, vi en Interviú unas fotos de Rocío Dúrcal desnuda. Era la misma persona de aquellas películas, pero esta vez tenía labios, senos, nalgas, piel; había cuerpo detrás de los gorgoreos, un cuerpo que hasta hacía poco era invisible; la mantilla negra que cubría toda España había también cubierto los mejores años de Rocío. Cubría también a Pilarica (no sé con cuántas capas) y ella parecía esforzarse -con la falta de recursos de los trece años- en deshacer ese velo. Se me ocurre desear para Pilar, décadas después de la única vez que la vi, que en el camino de la destrucción de mantillas y vestiditos rosas haya encontrado muchos orgasmos, y que su lengua haya ganado en ubicuidad, sin dejar de ser tan expresivamente misteriosa.


(publicado en El Nacional Dominical, 29 de abril de 1991)

lunes, abril 13, 2020

Rigidez y fetiches presidenciales

Van otros tres textos publicados en Crónica, todos sobre la reacción insuficiente en materia económica del presidente López Obrador, ante la crisis desatada por la emergencia del coronavirus. Hay un nuevo leit-motiv: AMLO se aferra a sus fetiches y a lo que aprendió (mal) hace cuatro décadas.


AMLO nos está saliendo neoliberal



La pandemia del coronavirus ha hecho que muchas cosas que parecían sólidas salten por los aires. El orden mundial no será el mismo tras su paso. En particular, los efectos económicos inmediatos no serán parecidos a los de la crisis de 2008-2009; habrá que ir más atrás en el tiempo, casi un siglo, y pensar en los años de la Gran Depresión. Se habla de caídas de hasta 30% del PIB para el segundo trimestre del año en distintas naciones desarrolladas. De ese tamaño es el mazazo.

El hecho es que muchas economías del mundo están paradas, trabajando al mínimo, en terapia intensiva. Ese paro total será de varias semanas y no se sabe, bien a bien, qué tan rápido pueden recuperarse, dada la interdependencia internacional y la ruptura de las cadenas de valor. El golpe es tanto del lado de la oferta, porque se está produciendo menos, como por el de la demanda, porque se está consumiendo menos.

La gran pregunta es, si se tratará de un fenómeno temporal o de algo más profundo, una crisis de mediana duración que obligue a recomponer la estructura económica mundial bajo una nueva lógica.

Por lo pronto, todos los países serios se han dado cuenta de la gravedad de la situación y han puesto en marcha medidas de emergencia. Se han olvidado de consideraciones propias de los años de estabilidad, como el déficit fiscal, y han desarrollado diferentes estrategias que tienen como denominador común que están soltando enormes cantidades de dinero para estímulos.

La receta varía de país a país. Hay quienes buscan proteger a los pequeños y medianos negocios, como Alemania; hay quienes aplazan el pago de impuestos, como España; quienes pagan la renta y los servicios básicos de las personas, como Francia; hay quienes apoyan masivamente a individuos como Canadá; quienes suspendieron el pago de hipotecas, entre otras medidas, como Italia; quienes pagan el 75% de los salarios de toda empresa que no despida personal, pero lo tenga en casa, como Dinamarca. Y no son sólo los países ricos: Argentina incluyó un bono como “ingreso familiar de emergencia” y prorrogó el pago de los servicios, El Salvador anunció medidas más radicales, incluido el control de precios de la canasta básica.

Todos se alejan de la ortodoxia económica, con paquetes que significan del 3 al 15% del Producto Interno Bruto Nacional. Son mecanismos para evitar el colapso total: el equivalente al respirador artificial. Y son para permitir que las economías puedan reponerse tras el paso mortal del Covid-19.
Todas estas medidas se van a financiar principalmente mediante deuda pública, en una situación en la que el costo del dinero a nivel mundial es prácticamente de cero. Y el costo es tan bajo precisamente porque hay un exceso de capital en busca de colocación, como en la crisis de 1929.

Si los campeones de la prudencia económica, que son los alemanes, le están metiendo 610 mil millones de dólares extra de estímulos fiscales, eso significa que el viejo paradigma tronó en mil pedazos, que el keynesianismo (u otra cosa parecida) renace de las cenizas y que necesariamente el mundo avanzará hacia una mayor intervención del Estado en la regulación de los ciclos económicos.

Lamentablemente, de eso no parece estar enterado el presidente López Obrador, quien estudió ciencia política en los años setenta, pero parece que sus exámenes extraordinarios de economía los aprobó en los ochenta, años de Reagan y Thatcher, cuando resurgía la ola del pensamiento neoliberal.

A López Obrador le preocupan, al hablar de macroeconomía, tres cosas: que no haya déficit, que no haya deuda y que el peso esté fuerte. Esos son precisamente los tres fetiches que usó la derecha mexicana para descalificar como “docena trágica” los gobiernos que el propio AMLO señala como últimos gobiernos revolucionarios (y que sí, cometieron errores graves ante la crisis fiscal del Estado, en aquel entonces). La cuarta cosa que le importa a López Obrador, como a los panistas y tecnócratas en los años ochenta, es no aumentar impuestos. Encima de eso, le tiene fobia al concepto de “rescate”, porque lo asocia con el Fobaproa, como si ése fuera el único tipo de rescate posible a las empresas.

El problema es que, si bien la ortodoxia económica a la que se aferra el Presidente, tenía el pequeño defecto de ser recesiva en tiempos normales, ahora que vivimos tiempos excepcionales puede tener el gran defecto de profundizar una depresión.

Para colmo, el desplome de los precios internacionales del petróleo no sólo echa por la borda la idea de utilizar a Pemex como palanca del desarrollo, sino que pone en serios aprietos a la empresa productiva del Estado en varios otros campos: si el costo de extracción es mayor al precio de venta, la palanca se convierte en un lastre que lleva al fondo no sólo a Pemex, sino también a las finanzas públicas.

En estas semanas la economía mexicana sufrirá un parón muy grande, obligada por la crisis sanitaria. No hay manera responsable de evitarlo. Las entidades federativas y los ciudadanos se han adelantado a la Federación. Y los expertos en el gobierno en materia de salud, aliados con la realidad, terminarán por doblarle la mano al terco Presidente, aunque sigamos padeciendo de disonancia con sus discursos.

Pero falta lo otro. Son necesarias medidas de emergencia, que protejan en primer lugar los ingresos de las personas, pero que también permitan que las unidades económicas vuelvan lo más pronto posible a la normalidad productiva. No puede ser que, a estas alturas, el Presidente pueda seguir tan campante con la política ultraortodoxa del “dejar hacer, dejar pasar”, aderezada con unos apoyitos que más que otra cosa parecen limosnas. Hasta Trump y el Consejo Coordinador Empresarial lo están rebasando por la izquierda. Es tiempo de que la gente sensata del gabinete imponga un paquete económico de emergencia digno de ese nombre.



Rigidez y fetiches presidenciales



Ante las crisis, hay distintas maneras de actuar. Unas tienen que ver con la velocidad y la fuerza de la reacción. Otras, con la flexibilidad o la rigidez. La crisis de dos cabezas que enfrentan México y el mundo, con la pandemia del coronavirus y sus efectos económicos, exige una reacción fuerte, pero también flexible.

Es una crisis tan grande que ha echado por tierra las antiguas certidumbres. Todos los guiones han tenido que cambiar.

Al presidente López Obrador no le gusta que le cambien el guión que tenía programado para el país. Su tendencia es a la inflexibilidad. En lo referente a la crisis de salud ha tenido, a regañadientes, que ir cediendo ante una realidad que ya está aquí, y que son los contagios locales. En el tema económico, sigue aferrado a sus fetiches, tanto en lo que aborrece (deuda, impuestos, déficit), como en lo que ama (sus proyectos emblemáticos y la resurrección de Pemex).

La inflexibilidad presidencial se ha traducido en una respuesta un tanto confusa ante la llegada del coronavirus, marcada por las contradicciones entre el mensaje oficial de salud y la actitud displicente de López Obrador, pero al menos se está avanzando en la dirección correcta. Pero sobre todo se ha traducido en una suerte de pasmo en lo económico, mientras otros países del mundo están destinando sumas importantes para evitar un colapso después del colapso.

En otras palabras, no ha habido una reacción suficientemente fuerte ante el monstruo bicéfalo.

¿Qué significa una reacción fuerte? En primer lugar, darse cuenta de que la inacción es suicida y también entender, como lo han señalado varios especialistas, que los dos problemas están tan enlazados que es un error gravísimo querer separarlos. No hay manera de salir adelante en lo económico si no se ataca con seriedad y decisión el problema de salud. No hay manera de salir airosos en lo sanitario, si no se canalizan recursos económicos cuantiosos a ese sector y al problema del Covid-19 en específico.

La recesión mundial es un hecho. Su profundidad en cada país, está por definirse. Quienes tengan una crisis de salud profunda, no sólo tendrán también una recesión igualmente profunda, sino que cualquier recuperación económica será más difícil y lenta. Por eso, es un absurdo hacernos de la vista gorda ante el problema de salud, y querer dizque proteger la economía hoy, porque mañana sólo quedarán harapos. Posiciones como las que ha expresado el dueño de TV Azteca no pecan sólo de insensibles, sino también de miopes en lo económico.

En otras palabras, en el tema de la epidemia es mejor tener una sobrerreacción que bajar la guardia. Aun así, es necesaria cierta flexibilidad, dada cuenta la situación de precariedad e informalidad de buena parte de los trabajadores en el país.

Y en el tema de la economía, las voces que reclaman al gobierno un programa general de rescate son prácticamente unánimes. Desde los adoradores del libre mercado hasta la izquierda radical, todos coinciden en que tiene que haber medidas excepcionales, que vayan de acuerdo con la situación excepcional que apenas estamos empezando a vivir.

Si continúa la inacción gubernamental, va a haber una destrucción masiva de puestos de trabajo, que llevará a una espiral en la que tanto el consumo como la producción se van tirando hacia abajo. Es lo que vivieron muchos países durante la Gran Depresión (todos recuerdan las medidas proactivas de Roosevelt; nadie se acuerda del pasmo de Hoover).

Todos las propuestas, desde las que tienen como principal objetivo salvar a las empresas hasta las que apuntan, casi exclusivamente, a mantener los ingresos de los trabajadores, derrumban como fichas de dominó a los fetiches del neoliberalismo que ha adoptado López Obrador: el superávit primario en las finanzas públicas, el no endeudarse y, en el mediano plazo, el no aumentar impuestos.

Muchas de ellas subrayan también la inutilidad, a estas alturas del precio del petróleo, de continuar inyectando recursos al proyecto de la refinería de Dos Bocas. Todas, sobre la conveniencia de hacer otro tipo de inversión pública.

Sólo con deuda, déficit, reacomodos en el gasto y proyectos mayores de salvamento de la planta productiva y de los ingresos de los trabajadores podrá el país salir adelante. Los principales sectores productivos del país estarían, sin duda, de acuerdo con un acuerdo de gran calado. A estas alturas, los detalles importan menos que el hecho de realizarlo y soltar el gasto.

López Obrador ha tenido que admitir que no es epidemiólogo. Y eso ha permitido que los especialistas hayan podido empezar a trabajar, a pesar de los obstáculos de todas las mañanas. De seguro ha de haber sido complicado convencer al Presidente de modificar, aunque sea un poco, su discurso. Ese esfuerzo de los especialistas se agradece.

Ahora toca una tarea todavía más complicada. Hacer que López Obrador admita que no es economista (no lo tiene que hacer en público) y permitirle encabezar formalmente un gran programa para la reactivación económica en el que la prioridad ya no sean los fetiches ochenteros del Presidente, sino la salud de la economía nacional.

Si la rigidez presidencial en materia de salud ya tuvo y tendrá costos a la hora de combatir la pandemia, su rigidez en materia económica será catastrófica, si no le doblan la manita. ¿Habrá quien pueda?

El guión inamovible de AMLO



Era la gran oportunidad de AMLO. No sólo no la tomó, sino que la agarró a patadas.

Con la crisis económica y social asociada a la pandemia del coronavirus se ha generado un consenso mundial: son necesarias reformas de fondo, que den un vuelco a la política económica seguida en las últimas décadas, el llamado neoliberalismo. Reformas que implican un mayor papel del Estado en la economía, más peso a los servicios públicos, redistribución del ingreso, fin a los privilegios y redefinición de los mercados laborales, para revertir la precariedad y los bajos salarios. Todos estos objetivos coinciden con el discurso de campaña del Presidente, y la circunstancia excepcional permitía mover las baterías hacia allá, para evitar una depresión económica de dimensiones no conocidas por esta generación de mexicanos.

Pero López Obrador tenía otros datos que, desgraciadamente, no corresponden con la realidad.

La economía mexicana, como otras en el mundo, se está hundiendo debido a la obligada inactividad parcial, decretada por la emergencia sanitaria. Para darnos cuentas del tamaño, hagamos cuentas sencillas: si la economía cae 20% por cada mes de cuarentena, el efecto es de 1.67 puntos del PIB por mes. Sumemos dos meses y un poco más, porque la recuperación será, acaso, paulatina, agreguemos el efecto normal de la caída en la inversión, pues la demanda ha bajado, y tendremos como resultado una disminución de más del 6% del PIB, siendo prudentes.

Esto implica pérdida acelerada de empleos, en casi todos los sectores, y sobre todo en las pequeñas y medianas empresas. Implica pérdida de bienestar para millones de familias.

Por esa razón, casi todas las naciones del planeta han puesto en marcha planes ambiciosos de reactivación económica, que van desde el 3% al 16% del Producto. Naciones con gobiernos de izquierda, de centro y de derecha, en las que sus gobernantes han visto que el panorama que tenían enfrente había cambiado radicalmente y tenían que dar un golpe de timón.

Pero Andrés Manuel cree que su guión es el único, y que apartarse de él significaría traicionarse. Por eso no hace cambios, como si las cosas siguieran igual. El problema es que, al mantener el mismo guión en circunstancias muy diferentes, los resultados serán notablemente peores.

Se lo han advertido de todos lados del espectro ideológico: desde la Coparmex hasta Cuauhtémoc Cárdenas. Lo han dicho grupos de economistas, empresarios grandes y pequeños, gente de su propio partido. Pero él está atado a sus fetiches: no a aumentar impuestos, no al déficit, no a aumentar el gasto público, no a contratar deuda, así sea gratis.

En su triste discurso del domingo, López Obrador, sin darse cuenta del despropósito, citó a Franklin Delano Roosevelt, el presidente del New Deal, que con masivas intervenciones públicas empezó a sacar a su país de la Gran Depresión de 1929-32. Despropósito, porque en el resto del discurso imitó a Herbert Hoover, antecesor de Roosevelt, quien dijo que aquella crisis era “una aberración temporal” y llamó a tener confianza. Creyó que bastaba con un par de grandes proyectos, como la construcción de la enorme presa que hoy lleva su nombre para que la economía se recuperara. No fue así, tenía que cambiar todo el modelo económico. No sobra decir que su partido tardaría décadas en volver al poder.

La clave, hace 90 años como ahora, es salvar el empleo y los ingresos de los trabajadores, no sólo de unos cuantos. El efecto de los microcréditos es muy limitado; la ayuda en efectivo, también. La recesión dará un nuevo golpe a las finanzas públicas, por el lado de la recaudación. Nada de eso quiso ver el Presidente.

Lo que sí vio es una convergencia de actores sociales que le pedían un plan masivo y concertado. Y vio moros con tranchete. Personajes que no están de acuerdo con él, a los que hay que combatir.
Le molesta la idea de un acuerdo o concertación, porque significa negociar (no importa que él siga siendo el que tiene la sartén por el mango). La mera idea de un pacto social, como el que sugirieron el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo de la UNAM o Porfirio Muñoz Ledo  le molesta: demasiados actores involucrados. Lo de Andrés Manuel es el monólogo. Y claro, la descalificación caricaturesca de quien lo contradice.

De ahí que, como se dice, se haya ido más para lo hondo, con su propuesta (u orden, no sabemos) de reducir salarios y eliminar aguinaldos a mandos medios y superiores, su propósito de que el gobierno se apriete el cinturón y pague menos por obras y trabajos, y su concepto, profundamente conservador, de Estado chiquito. No importa que rehusarse a incrementar el gasto sea lo que a la postre genere más desigualdad.

Para López Obrador es mejor continuar con una política de corte neoliberal, en la que cada quien se rasca con sus propias uñas, pero que el propio AMLO define por sus pistolas, que buscar consensos para un cambio profundo y progresista del modelo económico, aprovechando la coyuntura.

No hay espacio para optimismo alguno en materia económica. Los principales colaboradores de AMLO saben, en su fuero interno, que el Presidente se equivoca, que muchos trabajadores quedaron desprotegidos y que la depresión será peor debido a sus medidas.  Que el Presidente está desmantelando las esperanzas que él mismo creó. Pero no hacen nada. ¿Harán algo los diputados y senadores, o el Legislativo es ya, definitivamente, la cámara de eco del Ejecutivo?

Quienes sin duda sacarán fuerzas de la flaqueza, serán los ciudadanos. Pero quién sabe si alcance. 

miércoles, abril 01, 2020

Leyendas olímpicas: Alberto Braglia


Alberto Braglia era un muchacho pobre, trabajaba de ayudante de panadero, pero alcanzó una fama inaudita, en una vida de montaña rusa. De los modestos orígenes, a desfiles triunfales y a ser recibido en las cortes reales, luego polémica, más triunfos, tragedias individuales y familiares, la miseria y una suerte de rescate tardío, con paradojas increíbles.

El joven panadero decidió utilizar su tiempo libre en una sociedad de gimnasia y esgrima, situada en las afueras de su ciudad natal, Módena. Allí destacó de inmediato por su habilidad con los aparatos gimnásticos. Conquistó campeonatos regionales, nacionales, europeos y fue a los juegos intermedios de Atenas 1906 (no reconocidos por el COI), ahí se destacó como el mejor gimnasta del mundo. A su regreso a Módena, se reabrió la vieja puerta citadina para que encabezara un desfile triunfal.

Después vendría la primera prueba olímpica propiamente dicha: Londres 1908. Allí Braglia ganó en todas las pruebas, lo que en aquel entonces se llamaba “el heptatlón de la gimnasia”: piso (ejercicios libres y obligatorios), caballo con arzones, salto de caballo, barras paralelas, anillos y barra fija. Obtuvo el oro individual all-around (no se entregaban medallas por aparato), y ayudó a que Italia se llevara la plata por equipos.

En esa época, los jueces no ponían calificaciones numéricas, sino que adjetivaban: “bueno”, “excelente”, “extraordinario”, “gracioso”, “deficiente”. Con Braglia los adjetivos se les acabaron: “irrepetible” “fuera de toda imaginación” y, en el caballo con arzones, “la perfección”. Fue recibido por el rey de Inglaterra y, a su regreso, por el de Italia.

Pero no sólo de laureles vive el hombre. Tras la olimpiada, y en vista de la escasez de trabajo, Braglia se dedicó a dar exhibiciones públicas de sus habilidades como gimnasta. En tiempos del amateurismo estricto (que en realidad era el pretexto para que los Juegos Olímpicos fueran sólo para los miembros de las clases pudientes), eso significó la expulsión.  En esos días, para hacer más grande la tragedia, se le murió un hijo pequeño y tuvo un agotamiento nervioso.

Paradójicamente, el tiempo que estuvo fuera de acción por su triste situación, sirvió para que el comité italiano lo rehabilitara como amateur. Así fue que compitió en los Juegos de Estocolmo 1912, e incluso fue abanderado de su delegación. En la competencia, de nuevo los adjetivos laudatorios fueron insuficientes. Se llevó el oro individual e Italia ganó por equipos. De nuevo las recepciones con la realeza y de nuevo el regreso a un mundo incierto.

Llega la I Guerra Mundial y Braglia pasó a ser soldado de infantería. De ahí, pasó a formar un espectáculo que mezclaba la gimnasia con el teatro, en el que el campeón olímpico interpretaba un personaje popular, parecido a Chaplin e imitaba movimientos mecánicos. Tiempos de futurismo. El espectáculo tuvo éxito en varios países, pero Braglia perdió sus ahorros en el crack bursátil de 1929.

Pasó a ser entrenador de gimnasia, del equipo italiano que ganó el oro en Los Ángeles 1932. De ahí, a varios oficios modestos. Durante la II Guerra Mundial perdió la casa en un bombardeo, cayó en la miseria y tuvo que vender sus medallas de oro. En los años siguientes tuvo arterioesclerosis y terminó  en un hospicio para indigentes. Fue ahí que un periodista lo reconoció, e hizo campaña para sacar de ahí a esa gloria del deporte.

Llegamos a otra paradoja: tras sacarlo del hospicio y darle un poco de dinero, el municipio decidió darle a Alberto Braglia el puesto de vigilante del Gimnasio Alberto Braglia, muy cerca del Estadio que desde 1936 se llamaba Alberto Braglia. El hombre cuidaba, barría y limpiaba el gimnasio que llevaba su nombre. Así estuvo hasta que el Comité Olímpico Italiano le dio un estipendio que le permitió vivir con cierta tranquilidad hasta el día de su muerte.