jueves, octubre 18, 2018

¿Y si Santa Anna hubiera caído del caballo?


En enero de 2016 publiqué en este blog un texto sobre las ucronías, ejercicios literarios de ficción que reescriben la historia, especulando a partir de algunos hechos que la habrían cambiado. Cada una de ellas es la recreación de un mundo paralelo cuyas diferencias con el actual nos deben mover a la reflexión.

En aquel texto me quejé de la notable escasez de ucronías mexicanas que atribuí a que los mexicanos, en el fondo, le tenemos demasiada reverencia a la Historia, con mayúsculas.

Casi tres años después acaba de aparecer una ucronía mexicana, la novela Si tú quieres, moriré, de Gerardo Laveaga. En ella, el autor se imagina que, en uno de sus intentos tempranos por convertirse en el hombre indispensable, cuando va camino a retomar el poder, Antonio López de Santa Anna es expulsado por su caballo, se rompe el cuello y muere. Este suceso, que encumbra como presidente a Valentín Gómez Farías, desencadenará otros, en los que quien participa como principal partera de la historia no es la violencia, sino una bella y astuta mujer, totalmente ficticia.

El quid de la novela de Laveaga es una suerte de “compromiso histórico” entre los liberales y al menos una facción de los conservadores (no de todos: a los extremistas de ambos bandos terminan pasándolos por las armas) que permite, no sin contradicciones, la desaparición de los fueros, el desarrollo educativo y la promoción de la industria y el comercio. Ese país posible que Laveaga imagina pierde Texas –no a través de una guerra-, pero es capaz de conservar el resto del territorio que Estados Unidos se llevó, es una nación respetada, que dirime de manera pacífica sus diferencias internas y que se dirige con claridad a la prosperidad. Una nación que no tuvo guerra civil ni tendría intervención francesa.

La intención de Laveaga, tal vez tardía, es trazar paralelismos entre esa etapa de la historia nacional y la actual. Recordemos que la generación que consumó la independencia de México, que es la de los personajes de la novela, se caracterizó por el oportunismo. Salvo unos cuantos convencidos –que no casualmente son los personajes centrales: el liberal Gómez Farías, el conservador Lucas Alamán, el gran reformador Francisco García Salinas– la mayoría de la clase política de entonces se la pasaba en un vaivén constante de posiciones. En medio de la disputa entre centralismo y federalismo –que en realidad era una batalla en pro y en contra de los fueros– cambiaban de posición a conveniencia, mutaban alianzas y hacían del transformismo político práctica cotidiana. Esbozaban proyectos de nación, pero por encima de ellos a menudo pasaban los proyectos personales: el poder por el poder mismo. Y luchaban encarnizadamente, de espaldas al país, por obtenerlo o mantenerse en él. Todo ello, envuelto en una gruesa capa retórica: cada caudillo se declaraba dispuesto a derramar por la patria hasta la última gota de su sangre.

Esta falta de principios que pretende sustituir con demagogia la falta de rumbo, ese boato y ese gusto por el encono han sido características, también, de la generación de la “consumación de la democracia”. La diferencia, a favor nuestro y en contra de nuestros compatriotas del siglo XIX, es la existencia de instituciones democráticas, que algunos miembros de la actual generación contribuyeron a edificar. Estas instituciones son el valladar contra el caos.

Regreso a la novela. El México pujante de mediados del siglo XIX que pinta Laveaga es posible de imaginar porque se liberaron los detonantes de su desarrollo. Si atendemos las tasas históricas de crecimiento de la economía mexicana, veremos que durante el periodo inmediatamente posterior a la independencia, fue de la mitad del promedio mundial y que a partir de las Leyes de Reforma, que liberaron tierras y capital de “manos muertas”, fue uno de los más dinámicos del mundo: 60 por ciento más que el promedio global. La eliminación de fueros es la clave.

Si analizamos los datos históricos, encontraremos que hay una correlación positiva entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías (en el caso mexicano, esa estabilidad ha tendido a ser autoritaria). La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos, y para acabar con los nuevos fueros, el boato y los privilegios, que siguen estando en el centro de todos los problemas nacionales.


Esto es también un asunto de valores. Los que no tuvo la generación dominada por Santa Anna (y ahí está tal vez la parte utópica de la ucronía de Laveaga: suponer que los hombres de principios eran capaces de imponerse, no sólo a sus pasiones ideológicas, sino a la caterva de oportunistas que les rodeaba). Es un asunto de poner por delante la solidaridad, la justicia, la honestidad, el trabajo como formador de riqueza material y espiritual, la educación integral… No es poco.

Agrego un par de apuntes: una debilidad y una fortaleza de la novela. La debilidad es que la época que aborda Laveaga tiene la desgracia de que, a pesar de su relevancia en el devenir del país, es poco estudiada y poco conocida por la mayoría de los lectores (por ejemplo, yo no sabía de la existencia de ese personaje real que fue Francisco García Salinas) y, como la historia verdadera es a veces tan absurda, es fácil que el lector confunda lo histórico con lo ficticio. La fortaleza es que Laveaga aprovecha bien los espacios que abren las ucronías para ser juguetón. Permiten, por ejemplo, jugar con la relación entre Alexander von Humboldt y Lucas Alamán, con el futuro de Estados (Des)Unidos, con Manuel Payno escritor de ucronías distópicas y con campañas electorales inverosímiles (Juárez contra Miramón) que de repente, en esa realidad alterna, llegan a ser creíbles.

Finalmente, una especulación. ¿Qué tal el mundo en el que vivimos es el alterno, ese mundo raro en el que en Estados Unidos ganó Donald Trump y Brasil vota por un fascista? ¿Si de verdad hay otro México cuya frontera llega a San Francisco y sus historiadores debaten acerca de las presidencias de Alamán y García Salinas?
   

miércoles, octubre 03, 2018

Sólo uno de élite

Mexicanos en GL.  2018

Terminó la temporada regular de las Grandes Ligas en 2018, y en el balance hay más arena que cal. Al final de la historia, queda claro que sólo uno de los peloteros mexicanos está estrictamente en la élite del beisbol organizado: el taponero Roberto Osuna. También, que la generación de abridores que algún día descolló está claramente a la baja.

Aquí el balance del contingente nacional en el año, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 

Roberto Osuna hubiera tenido una temporada histórica de no haber sido por el problema legal en el que se metió y que le costó estar fuera la mitad de los juegos. Inició a tambor batiente con Toronto y terminó siendo la pieza que el trabuco de Houston necesitaba para llegar sin huecos a la postemporada.  Durante septiembre, estuvo sensacional, salvando la friolera de 10 juegos. En la temporada, su  marca fue 2-2, 21 partidos salvados, un solo rescate desperdiciado, 2 holds (ventajas sostenidas en situación de salvamento), 2.37 carreras limpias por cada 9 innings lanzados y 32 ponches.

Joakim Soria demostró que es un jugador muy valioso. En la primera parte de la campaña se llevó el puesto de cerrador con los Medias Blancas de Chicago y luego pasó para reforzar el tremendo bullpen de los Cerveceros, como preparador de cierre. Septiembre no fue su mejor mes, pero empezó octubre sacando un out clave en el partido decisivo para que los de Milwaukee se llevaran el título de su división. Su récord: 3-4, efectividad  de 3.12 y 75 ponches, con 16 salvamentos, 13 holds y cinco rescates desperdiciados.

Oliver Pérez, durante su carrera ha sido una combinación del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. En la pretemporada, Mr. Hyde fue echado de los Rojos porque no sacaba ni un out. Los Indios de Cleveland apostaron a que regresaría el Dr. Jeckyll y así fue. En términos de efectividad, 2018 ha sido el mejor año de su carrera, aunque –claro- no es lo mismo ser abridor que jugar como especialista zurdo en el relevo. Terminó con 1-1, 15 holds, 43 ponchados y un magnífico 1.39 de efectividad.

Sergio Romo inició dando tumbos y terminó la campaña de manera similar. Lo bueno fue que en medio estuvo intratable en la lomita. Se ganó el puesto de cerrador de Tampa Bay, aunque quién sabe si lo retenga para 2019, dada su medición de efectividad. Sus números del año: 3-4, 4.14 de limpias, 25 juegos salvados, 8 rescates desperdiciados, 8 holds  y 75 despachados por la vía de los strikes.

Víctor Arano se asentó como personaje importante en el bullpen de los Filis. El joven veracruzano fue de los pocos que no se cayeron cuando el equipo de Filadelfia se deslizó por un empinado tobogán al final de la temporada. Sus números: 1-2, tres juegos salvados, PCL de 2.73, 60 ponches y 10 holds.

Héctor Velázquez combinó aperturas spot con relevos largos en la fenomenal campaña de los Medias Rojas, y estuvo muy a la altura del equipo. Extrañamente –o, no tan extraño, por no dar la impresión de que invirtieron mal en otros peloteros- no entró al roster de la serie divisional de Boston. Terminó 2018 con marca de 7-2, 3.18 de PCL, 3 holds y 53 chocolates recetados.

Vidal Nuño llegó tarde y estuvo un rato largo en la lista de lesionados de Tampa, pero en lo poco que lanzó el relevista californiano fue muy eficaz. Sus números: 3-0, 1.64 de efectividad y 29 sopitas de pichón.

Christian Villanueva fue el novato del mes de la Liga Nacional en abril. El tapatío mostró poder con un partido de tres cuadrangulares y, más tarde, con tres juegos consecutivos volándose la barda. En la medida en que la temporada se hizo vieja, sus números fueron a la baja, hasta que decidió chocar la pelota y no intentar siempre el batazo grande. Excelente contra los zurdos, pobre contra los derechos, terminó con .236 de porcentaje, 20 jonrones, 46 impulsadas y tres robos de base. Jugó tres posiciones de cuadro, sobre todo tercera base.

Julio Urías salió de una operación que lo tuvo inactivo por más de un año a tomarse una taza septembrina de café con los Dodgers de Los Ángeles. El joven sinaloense no lo pudo haber hecho mejor en ese ratito. Demostró que sigue siendo una estrella en potencia. Lanzó 4 entradas, en las que sólo se le embasó un bateador y ponchó a 7.

Jorge De la Rosa pasó a los Cachorros de Chicago luego de que los Diamantes de Arizona lo dejaran ir. El regiomontano, convertido en especialista zurdo en el relevo terminó la campaña con  0-2, un juego salvado, 9 holds, 3.38 de PCL  y 51 ponches.

Fernando Salas estuvo cuatro meses con los Diamantes de Arizona, que le dieron las gracias. Para el de Topolobampo,  4-4, efectividad de 4.50, 30 ponches y 4 holds.

Adrián González vivió su última temporada de contrato y, probablemente, la final como pelotero profesional. El gran primera base, que jugó un par de meses con los Mets, acumuló en 2018 .237 de porcentaje, 6 cuadrangulares y 26 carreras empujadas.

Marco Estrada tuvo una de sus temporadas más flojas. Peleó por el dudoso honor de ser el lanzador con más derrotas en la campaña, pero estaba difícil con los pitchers de Baltimore. De sus 28 aperturas, apenas 10 fueron de calidad (6 entradas o más; 3 carreras limpias o menos). Sus números: 7-14, 5.64 de carreras limpias y 103 ponches 

Yovani Gallardo inició la temporada desastrosamente, en el relevo de los Rojos de Cincinnati. Tras un rato sin trabajo, el michoacano fue recuperado por los Rangers de Texas. Con ellos abrió 18 juegos, y sólo 4 de sus aperturas fueron de calidad (nunca pasó del sexto inning). Que se le cayera el soporte ofensivo en septiembre puso sus números finales en 8-8, 6.39 de carreras limpias y 58 ponches. Está a tres victorias de igualar a Esteban Loaiza en el segundo lugar de juegos ganados de por vida, entre los lanzadores mexicanos en Grandes Ligas. Falta que lo contraten el año próximo.

Giovanny Gallegos se la vivió entre AAA y las Mayores, primero con los Yanquis, luego con los Cardenales de San Luis: 0-0, un salvado, 3.97 de limpias y 17 ponches.

Luis Cessa, siempre con los Yanquis, funcionó como pelotero de reemplazo, con 5 aperturas (una de calidad), pero esencialmente como relevo largo. 1-4, 5.24 de limpias, un salvado y 39 ponches.

Alex Verdugo fue llamado por los Dodgers en julio y luego en septiembre. La joven promesa bateó para .260, con un jonrón y 11 anotadas.

Jaime García tuvo un mal año. Inició como abridor con Toronto, le fue mal y, tras un rato en la lista de lesionados, lo degradaron al bullpen. De ahí los canadienses lo soltaron y pasó a los Cachorros, donde también actuó como relevista. De sus 14 aperturas, 3 fueron de calidad. 3-7, PCL de 5.82, 4 holds y 73 ponchados.

Luis Urías debutó a fines de agosto con los Padres de San Diego, jugando la segunda base. Se suponía que sería titular durante septiembre, pero se lesionó pronto..208 de porcentaje, 2 jonrones, 5 empujadas y un robo.

Daniel Castro acumuló .176 de porcentaje, 1 cuadrangular y 6 impulsadas, para los Rockies en el ratito que estuvo.

Carlos Torres lanzó un rato para los Nacionales de Washington. 6.92 de PCL y 9 ponches.

Miguel González, operado del hombro de lanzar, tras una lamentable actuación con los Medias Blancas. Tristes, los numeritos del Mariachi: 0-3, 12.41 de limpias y 5 ponches.

Efrén Navarro, un hit en seis turnos, en la tacita de café que se tomó con los Cachorros, antes de emigrar a la pelota japonesa.

viernes, septiembre 28, 2018

La quiebra de Lehman Brothers y los feligreses del mercado


El 15 de septiembre se cumplieron diez años de la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto mayor banco de inversión en Estados Unidos, y del inicio formal de una crisis económica mundial que se venía gestando de tiempo atrás y que marcó el fin de un modelo económico.

Como en toda crisis, lo que teníamos era un exceso de capital que no encontraba acomodo. A diferencia de las tradicionales (pensemos en la Gran Depresión de 1929-33) en las que este exceso era de capacidad instalada o inventarios sin vender, en la primera década del siglo el sobrante estaba en forma de activos financieros, con más créditos concedidos que los que era posible cobrar.

Recordemos: las finanzas del mundo estaba llenas de paquetes de deuda de baja calidad que habían sido vendidas como si fueran muy rentables. Las calificadoras, tan rudas con las naciones endeudadas, recomendaban invertir en empresas financieras que estaban a punto de quebrar. Tras la caída de Lehman Brothers, vinieron otras instituciones aún más grandes, y entonces tuvieron los gobiernos que intervenir para evitar un efecto dominó de consecuencias devastadoras.

Vinieron rescates sucesivos de aseguradoras, bancos, armadoras de autos… se salvó in extremis al sistema financiero mundial y se establecieron algunos, pocos, elementos de control sobre el mismo. Después de ello, volvió el crecimiento mundial, pero más lento que antes, y con la creación de pocos empleos.
Sucedió que se había roto un modelo de crecimiento sin regulación, en el que la acumulación había tenido mucho de especulativa y poco de productiva. Pero no hubo quien se hiciera cargo de este hecho. La política de rescate de los sistemas financieros no fue acompañada de una revisión seria de las políticas a seguir, ni de una regulación digna de ese nombre. En lo fundamental, aunque sin tantos bonos chatarra, el desbarajuste ha seguido.

Al mismo tiempo, no hubo un cambio en las voces económicas. Otra vez hay diferencias con el crac de 1929. En aquella ocasión, se hizo fuerte una teoría, el keynesianismo, que contenía un método para dejar atrás los problemas de la depresión económica global (esa medicina crearía otros problemas, pero se tardaría cuatro décadas en hacerlo). Ahora no hubo nada, los economistas ortodoxos, que tomaron los puestos de control en la academia y en la realidad en los años setenta, siguieron tan campantes: si la realidad no se adecuaba a sus teorías, peor para la realidad.

La crisis mundial pedía a gritos por lo menos releer a Schumpeter, pero no: Friedman y la versión más derechista del liberalismo seguían sentando sus reales.

Pensemos, de entrada, que a lo largo de estos diez años, si bien las entidades financieras se han recuperado, ahora las grandes empresas son Facebook, Google, Netflix, Amazon… se ha llevado a cabo, efectivamente, una alteración de los antiguos equilibrios que ha destruido un tipo de empresas y fortalecido otras, signadas por la creatividad y las nuevas tecnologías.

Los antiguos equilibrios desaparecieron, pero no la forma dominante de ver la economía. Las viejas recetas que le endilgó el FMI a México en los años ochenta las vimos repetidas en Grecia, hace diez años y en Argentina, hoy. Y los magros resultados serán los mismos: estabilidad a cambio de pauperización.

Los “nuevos equilibrios” del sistema tienen la característica de ser desequilibrantes en lo político y lo social. Ya se ha visto que la creación de empleos es lenta, y que éstos tienden a ser precarios. También, que en la mayor parte de las naciones los salarios han crecido muy por debajo de la productividad. El crecimiento es cada vez más desigual, en lo social y en lo regional. Y eso hace que tenga cada vez menos sentido aquella frase de “primero crear riqueza y luego compartirla”, porque la poca que se crea se comparte menos que antes.

Se ha dicho que la crisis que estalló en 2008 (ese “catarrito” que mató industrias enteras y lanzó a millones a empleos precarios) está en la raíz del éxito de distintos personajes políticos que han manejado ideas populistas de diferente corte. El empeoramiento de las expectativas económicas de la gente y el funcionamiento socialmente poco eficaz de las democracias contribuyeron para ello.

Sin embargo, tal vez lo más preciso sea afirmar que lo que trajo los cambios políticos no fue la crisis económica en sí, sino la respuesta a ella de parte de los políticos tradicionales (que, como todos, son esclavos de algún economista muerto). No cambiaron el discurso ni las políticas: el contexto se encargo de hacer de ello una combinación socialmente tóxica. Eso también explica la crisis en la que cayó, a nivel mundial, la socialdemocracia.

No falta el mandatario –por ejemplo, Enrique Peña Nieto– que presuma, honestamente, de cuánto ha crecido el nivel de las exportaciones nacionales en los últimos años. Uno ve que se han multiplicado y a lo mejor exclama “¡Wow!” Y luego nos da las cifras de la Inversión Extranjera Directa, que se han multiplicado exponencialmente, etcétera etcétera.

El problema es que esas cifras, y otros indicadores económicos tradicionales no tienen la misma relevancia que antes a la hora de medir el bienestar de la población. Incluso la tasa de crecimiento del PIB, el indicador por excelencia, a estas alturas mide solamente la dinámica económica, no el proceso de desarrollo. Otra serie de indicadores, de bienestar social, deberían tener más peso. Habría que ser capaces de medir mejor la innovación, la desigualdad, la distribución de oportunidades, las expectativas (porque de eso también se vive).     

Lo más curioso es que, así como hay feligreses de las promesas populistas, existe la comunidad de la fe en las leyes indestructibles de la economía tradicional de mercado, apegados a las teorías aprendidas en la escuela, que pronostican el caos si no se siguen los dictados de sus textos sagrados. 

No es así. El espacio existe para generar otro tipo de economía, con libertades y en la que haya espacios para la innovación y la capacidad empresarial, pero que mida sus metas de manera diferente. Se requieren, para ello, básicamente tres cosas: mantener un prudente sentido común financiero (para evitar fugas hacia adelante), poner por delante los intereses de la gente de carne y hueso (y no de entelequias como los mercados) y entender que se trata de cambiar el sistema, no de liquidarlo.


Tarde o temprano eso pasará. Ya sabemos que, si no, el hartazgo social cobra factura.   

miércoles, septiembre 05, 2018

El Mechón hace su chamba

Mexicanos en GL. Agosto 2018

Cuando la temporada regular de las Grandes Ligas en 2018 se acerca a su fin, el paso de los mexicanos se hace cansino. Pocas cosas que contar a casa, a no sea por el regreso de Roberto Osuna luego de su suspensión, el debut del jovencito Luis Urías y el buen paso como cerrador de Sergio Romo, porque El Mechón está haciendo lo que a muchos otros se les dificulta: salvar juegos. Otro dato, que al cambiar de equipo, varios mexicanos están con amplias posibilidades de participar en la postemporada. Habría hasta 10 con oportunidad de hacerlo.

Aquí el balance del contingente nacional en lo que va del año, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 



Sergio Romo. Tras un arranque de temporada trastabillante, El Mechón acumula tres meses en los que ha estado intratable, recibiendo menos de dos carreras limpias por cada nueve entradas lanzadas. Romo demuestra que el tamaño de un pitcher es lo de menos cuando tiene la habilidad para combinar los lanzamientos. En agosto acumuló, para las Rayas de Tampa dos victorias, una derrota, 6 salvamentos y un rescate desperdiciado. Inició septiembre con otro juego salvado. Se ve que cerrar juegos es lo que se le da mejor. Sus números del año: 3-3, 3.47 de limpias, 19 juegos salvados, 7 rescates desperdiciados, 8 holds (ventajas sostenidas en situación de salvamento)  y 65 despachados por la vía de los strikes.


Joakim Soria, ahora con los Cerveceros de Milwaukee, cambio su función: de cerrador pasó a preparador de cierre. En agosto ganó un juego y empezando septiembre perdió otro, al admitir 4 carreras en una entrada. Lleva récord de 1-4, efectividad  de 2.48 carreras admitidas por cada 9 innings lanzados, y 64 ponches. Tiene 16 salvamentos, 8 holds y cinco rescates desperdiciados.

Roberto Osuna regresó de la suspensión que le decretara MLB, pero incorporándose a los Astros, como cerrador. El de Juan José Ríos ha cubierto con éxito un puesto en el que los de Houston tenían un hueco serio. Con ellos lleva marca de 2-2 y 4 salvados. En la temporada, su  marca es 0-0, 13 partidos salvados, un rescate desperdiciado, 2 holds, 2.45 de PCL y 28 pasados por los strikes.

Oliver Pérez ha sido una de las mejores historias del año. Descartado al principio de la campaña, fue llamado por los Indios de Cleveland para fungir como especialista zurdo y lo ha hecho de maravilla. Tiene record de 0-1, con 12 holds, 30 ponches y 1.07 de efectividad.

Víctor Arano sigue cumpliendo más que bien sus tareas en el relevo de los Filis. El de Cosamaloapan es algo así como la estrella invisible del bullpen. Sus números: 1-2, tres juego salvados, PCL de 2.60, 55 ponches y 9 holds.

Héctor Velázquez se llevó dos derrotas en agosto –una de ellas en una apertura terrible- y no ha estado tan fino como en los otros meses. De cualquier forma, sigue siendo una pieza importante, una suerte de utility de pitcheo, para los Medias Rojas de Boston Tiene marca en el año de 7-2, 3.24 de PCL, un hold y 46 chocolates recetados.

Vidal Nuño salió de la lista de lesionados de Tampa, pero no lo han puesto a lanzar. Sus números: 3-0, 1.50 de efectividad y 17 sopitas de pichón.

Christian Villanueva fue puesto a jugar primera y segunda base con los Padres, aunque su posición natural es la tercera. En eso estaba cuando, al atrapar un tremendo roletazo en segunda, se fracturó un dedo. Pasó a la lista de lesionados y tal vez no regrese. El mes le alcanzó para mejorar su porcentaje, pero bajó su slugging. Sus números: .236 de porcentaje, 20 jonrones, 46 impulsadas y tres robos de base.

Yovani Gallardo ha seguido ganando juegos en los que tira menos mal que el rival, aunque en agosto llegó a tener dos salidas de calidad. Sus números de 2018: 8-3, un feo pero ya no tan horrible 5.97 de carreras limpias, 43 ponches (y casi tantas bases por bolas: 34).

Jorge De la Rosa pasó a los Cachorros de Chicago luego de que los Diamantes de Arizona lo dejaran ir. Funciona como especialista zurdo en el relevo. Lleva 0-2, con 7 holds, 4.08 de PCL  y 38 ponches.

Marco Estrada ha dado una de cal por varias de arena. Tras una gran salida en agosto, donde dejó en un hit a los Marineros de Seattle, tuvo aperturas que van de lo mediocre a lo muy malo. Así ha estado todo el año, y no se sabe si trae una lesión latente. Su marca al momento: 7-11, 5.43 de carreras limpias y 90 ponches  

Fernando Salas, inactivo, tras haber sido dejado fuera por los Diamantes de Arizona. Acumula  4-4, efectividad de 4.50, 30 ponches y 4 holds.

Adrián González en agosto estuvo en una reunión de peloteros con el presidente electo López Obrador, pero ya no jugará. Los numeritos del Titán en 2018: .237 de porcentaje, 6 cuadrangulares y 26 carreras empujadas.

Giovanny Gallegos no ha sido llamado por los Cardenales de San Luis… Sus números (todos con los Yanquis): 0-0, un salvado, 4.50 de limpias y 10 ponches.

Luis Cessa regresó al equipo grande de los Yanquis. El veracruzano, sin embargo, se ha visto inconsistente: Sus dos aperturas fueron muy malas. En cambio logró el primer salvamento de su carrera en un relevo largo. 1-3, 5.34 de limpias, un salvado y 23 ponches.

Alex Verdugo fue llamado por los Dodgers en septiembre. Se pasó octubre en AAA. Batea para .280, con un jonrón y 6 impulsadas.

Jaime García estuvo un ratito en el bullpen de Toronto y rapiño una victoria, pero la química con John Gibbons se había acabado, y lo dejaron ir. Lo recontrataron los Cachorros de Chicago, para reforzar su bullpen con un brazo veterano. Rumbo a la postemporada, el tamaulipeco competirá, en desventaja, con Jorge de la Rosa por el puesto de especialista zurdo. 3-6, PCL de 5.93, 3 holds y 69 ponchados.

Luis Urías. El joven de Magdalena de Kino, Sonora, debutó el 28 de agosto con los Padres de San Diego, jugando la segunda base. En la primera entrada, se lució con un atrapadón. Se dice de él que es un bateador natural, de porcentaje más que de poder. En sus primeros días en las mayores lleva .194 de porcentaje, un jonrón, dos empujadas y un robo.

Daniel Castro Con 176 de porcentaje, 1 cuadrangular y 6 impulsadas, para los Rockies, tiene pocas posibilidades de regresar al equipo grande. Ya está el róster de 40 y el de Guaymas no fue llamado.

Carlos Torres estuvo un rato con los Nacionales de Washington. 6.92 de PCL y 9 ponches.

Miguel González, operado del hombro de lanzar, lo veremos –si acaso- dentro de un año. Numeritos feos en 2018: 0-3, 12.41 de limpias y 5 ponches.


Efrén Navarro, un hit en seis turnos, en la tacita de café que se tomó con los Cachorros. Juega en Japón.

miércoles, agosto 29, 2018

1968: el manotazo a Papá Gobierno


Se cumplen 50 años del movimiento estudiantil de 1968 y será útil para la sociedad hacer un ejercicio de memoria colectiva, que sirva no sólo para entender aquella circunstancia y momento, sino también para comprender mejor algunos de los resortes políticos del México de hoy.

Un problema que se ha hecho notar en las nuevas generaciones es la propensión a condensar la historia reciente en una cosa nebulosa llamada “el pasado”. En vez de una visión más o menos ordenada sobre distintos procesos históricos que se sucedieron en orden cronológico, a menudo tenemos una revoltura confusa en la que se mezclan elementos de décadas muy distintas y, encima de eso, se considera que al final no importa, al cabo que ya pasó.

No es así. El largo y sinuoso proceso de democratización de México tuvo sus prolegómenos en los años cincuenta, pero tiene como base aquel movimiento estudiantil que se gestó cuando el sistema autoritario unipartidista estaba en su cénit, y a punto de presumir al mundo sus logros, a través de la organización de los juegos de la XIX Olimpiada.

Lo que empezó como una represión excesiva a desmanes estudiantiles –probablemente, una torpe maniobra gubernamental para tener encarcelados a los comunistas durante los juegos olímpicos–, continuó con un despertar estruendoso de las clases medias escolarizadas, tuvo su momento más negro en la Plaza de las Tres Culturas y desembocó en una sociedad que exigía más participación política y una relación distinta con el poder. El México moderno no se entiende sin ese cambio.

El concepto de gobierno paternalista es ya lugar común en los análisis políticos. Pero si hubo alguna vez un “Papá Gobierno”, ese era el de Díaz Ordaz. No principalmente por el lado de las dádivas, que ha sido una característica de siempre, sino sobre todo por la idea de que la población era considerada como menor de edad en términos políticos. Al gobierno se le debía respeto y obediencia. Un gobierno que era como don Cruz Treviño, el padre atrabiliario de “La Oveja Negra”.

Cuando estalló el movimiento, la primera reacción gubernamental no fue la de dirigirse a los estudiantes, sino a sus padres. Instaba a los progenitores a hacerse responsables del buen comportamiento de sus hijos, a quienes consideraba abiertamente incapaces, auténticos menores de edad. Bajo esa lógica profundamente miope, era imposible que las demandas democratizadoras fueran obra de los estudiantes porque los niños no piensan por sí mismos: alguna mano ajena y adulta (no podía ser sino otro gobierno) era la que los estaba azuzando.

Durante aquellos meses de 1968 la propaganda del gobierno fue tan abrumadora, que en las secciones de sociales de los periódicos se podían leer consejos a las madres, para que les explicaran a sus hijos pequeños que, aunque sus hermanos fueran estudiantes, eso no quería decir que fueran malos.

Se trataba de un gobierno que se había aislado de la realidad de aquel México en acelerado proceso de modernización, que se había intoxicado en su propia retórica nacionalista y que no entendía que las clases medias que había ayudado a crear no se conformaban con tener electrodomésticos, sino que buscaban espacios más amplios de libertad personal y social.

Frente a ese gobierno se plantaron los jóvenes beneficiados por los gobiernos emanados de la revolución, que habían tenido acceso a la educación superior –a menudo, eran los primeros en su familia– y que, para decirlo en palabras de Luis González de Alba, dieron un manotazo en la mesa de las tías.

Porque, más allá de las demandas de cese a la represión, destitución de mandos y derogación de artículos persecutorios, y más allá del proceso de ideologización que acompañó al movimiento, lo que hicieron los estudiantes aquel año fue una fiesta. Fue romper filas ante quienes los querían dóciles y uniformados y bien dispuestos a continuar llevando el país por la senda del desarrollo, bajo la sabia dirección gubernamental.

También fue un despertar como ciudadanos, entendiendo el concepto de ciudadanía como algo colectivo y participativo. Exactamente lo contrario de lo que suponían las autoridades: para ellas, el individuo que se comportaba de manera ordenada era un ciudadano; quien lo hacía de manera colectiva –y no controlada por el PRI– ya no lo era: se convertía en un agente de la disolución social: en un delincuente, contrarrevolucionario y antimexicano.

En otras palabras, cualquier oposición organizada era vista como obstrucción a las tareas patrióticas del gobierno. ¡Qué sociedad civil ni qué ocho cuartos!

El manotazo del 68 fue cultural y político. No fue, en principio, un movimiento de las clases trabajadoras ni tenía en primer lugar a las reivindicaciones sociales, aunque la dirigencia fuera de izquierda. Fue primordialmente clasemediero, y sus efectos fueron permeando al resto de la sociedad a lo largo de los años.

La cruel represión de que fueron objeto los estudiantes –no debemos olvidar, de paso, que los dirigentes pagaron un duro e injusto precio de tortura y cárcel– creyó haber aplastado ese movimiento libertario, y convertirlo en sólo un momento. Pero no fue así. Ya el cambio estaba en marcha, destinado a romper los moldes de un sistema que había dado de sí.

La transformación fue paulatina, pero constante. Los avances en materia democrática se fueron dando, en parte por necesidades de adaptación del sistema, pero sobre todo porque el 68 mexicano había abierto camino a las libertades, originado inquietudes en las conciencias; porque había sido semilla de muchas organizaciones políticas y sociales, de medios de comunicación de nuevo tipo, de grupos organizados de trabajadores del campo y la ciudad.

Antes del 68 había un erial; después, florecieron la nueva sociedad política y la sociedad civil.

No es cualquier cosa. Por lo mismo, vale recordarlo, y no poner todo el pasado revuelto en una misma cubeta. 

jueves, agosto 16, 2018

20 películas de animación

La que sigue es una lista de los filmes de animación que más me han gustado (actualizada a diciembre de 2022).

           El Viaje de Chihiro

Sen to Chihiro no kamikakushi (2001) -El Viaje de Chihiro-
Belladona de tristeza

Kanashimi no Belladonna (1973) -Belladona de tristeza- 

Corpse Bride (2005) -El cadáver de la novia-

Kimi no na wa (2016) -Tu nombre-

Yellow Submarine (1968) -Submarino amarillo-

Coco (2017)

Beauty and the Beast (1991)  -La Bella y la Bestia-



Yellow Submarine
Hotaru no haka (1988) - La Tumba de las Luciérnagas- 

Vals im Bachir (2008) -Vals con Bachir- 


Hauru no oguko shiro (2004) -El increíble castillo vagabundo-

The Incredibles (2004) -Los Increíbles-

Persépolis (2007)

Finding Nemo (2003) -Buscando a Nemo-


El planeta salvaje

Kirikou et la sorcière (1998) -Kirikou y la hechicera-

Guillermo Del Toro's Pinocchio (2022)

The Little Mermaid (1989) -La Sirenita-

Fantasia (1940)

Mononoke-hime (1997) -La princesa Mononoke-

La planète sauvage (1973) -El planeta salvaje-

WALL-E (2008)


Como puede verse, hay de todo un poco. Disney se lleva la parte del león, pero hay tres de Miyazaki y otras tres más de animación japonesa. La mayoría son infantiles, pero hay varias decididamente para adultos: Belladona, El planeta salvaje, Persépolis, Vals con Bachir, Tu nombre, La Tumba de las Luciérnagas. 



Coco

lunes, agosto 06, 2018

México en los JCC Barranquilla 2018, un balance deportivo



Hacer un balance de la actuación mexicana en los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, realizados en Barranquilla, Colombia, es una tarea que debe ir más en el sentido del análisis estricto que el mero sonar de las campanas porque finalmente México superó a Cuba en unos JCC, cosa que no sucedía desde el ya lejano 1966. Esta vez lo hizo más ampliamente que hace 52 años. Tuvimos 132 medallas de oro, 17 más que en Veracruz (y eso que ahora no hubo pelota vasca) y 30 más que la delegación cubana.

Los papeles se trocaron respecto a hace cuatro años. En aquel entonces, las autoridades deportivas de México pecaron de exceso de optimismo y las cubanas hicieron un análisis realista; para Barranquilla fue al revés. Ahora les toca a los cubanos lamerse las heridas.

El primer elemento a analizar es la evolución general de los países. Las glorias del deporte cubano llevan tiempo desvaneciéndose paulatinamente: hace rato que no es la máquina arrasadora de fines del siglo pasado. Pero los principales beneficiarios de esa baja –relativa, porque Cuba sigue siendo una potencia deportiva- habían sido antes Venezuela y Colombia. El anfitrión esperaba seguir en el camino ascendente, y se topó con pared: apenas tuvo 9 medallas de oro más que en Veracruz. La crisis venezolana, se ve, también golpea a su deporte: obtuvo 18 metales dorados de menos. Es en esas circunstancias que México resultó el ganador neto (y, si vemos el medallero, encontraremos que Guatemala también ha hecho sus avances).

En las entregas de las dos justas anteriores, criticábamos el poco avance mexicano en los programas más importantes del programa olímpico. Una parte importante del buen resultado de Barranquilla se encuentra en ellos.

En atletismo, donde Cuba resintió el avance colombiano y la buena prestación de Jamaica, México aguantó y quedó más o menos como en Veracruz. El avance en las pruebas de campo es marginal, pero es una realidad; encontramos una promesa de futuro en el joven Jesús Tonatiu López, corredor de 800 metros, nos defendimos en el semifondo, Juan Luis Barrios parece eterno (no lo es: se retira) y el gran fondo y la marcha se nos dan mejor que a otros (a estas alturas, ya no importó la mañosa cancelación de la caminata femenil).

Natación es una disciplina que ayuda a explicar el repunte. México fue el principal capitalizador del desplome venezolano, llevándose 15 preseas doradas, además de la prueba femenil de aguas abiertas, cuando en Veracruz tuvo 7. En particular, la natación varonil pasó de cero a 7 medallas de oro. Las victorias en relevos hablan de consistencia; las marcas nacionales y los récords de los juegos mejorados, de que los deportistas llegaron en buen momento y no fue por la caída ajena. Por medallas ganadas, destaca la veterana Liliana Ibañez (en la foto); por posibilidades rumbo al futuro, Ricardo Vargas. De todos modos, el nivel regional de la natación no es muy alto.

Ciclismo también sorprendió positivamente, sobre todo el de pista, donde México se llevó 8 oros. Ahí, el gran perdedor fue Colombia: el anfitrión esperaba arrasar, con la baja de nivel venezolana y terminó con 6 oros menos que en Veracruz. Cuba también bajó, marginalmente. El ciclismo de pista requiere de grandes inversiones y de mucho fogueo. Al menos lo segundo se está teniendo. La doble victoria en ciclismo de montaña, aunque esperada, indica que no se ha perdido el paso.

En otros dos deportes de gran presencia olímpica, las cuentas no pueden ser tan alegres. En gimnasia, aunque no tan mal como en Veracruz, México sigue estancado en niveles que no corresponden ni a su desarrollo deportivo ni a las habilidades naturales de los mexicanos. En boxeo, la buena actuación en femenil no debe eclipsar el estancamiento evidente en la rama varonil.

Pasemos a los deportes olímpicos en donde México se considera contendiente mundial. En clavados, la actuación fue buena en general (y, en la lucha de entrenadores, Ma Jin le ganó un round a Iván Bautista. En taekwondo, México no mandó a algunos de sus atletas mejor ranqueados, y se notó: hubo una caída de dos oros respecto a Veracruz (serían 5, de no ser por la introducción de la modalidad de poomsae). En tiro con arco, las mujeres del recurvo estuvieron sensacionales: oro por equipos, oro en equipo mixto y el 1-2-3 en individual. El equipo varonil ya está claramente por debajo –y sólo el bicampeón Abuelo Álvarez puede considerarse de elite- y en arco compuesto se cumplió con las victorias por equipos y medallas individuales.

Hay disciplinas en las que México es, de lejos, la potencia regional: triatlón, nado sincronizado, gimnasia rítmica, squash y racquetbol. Tenía que ratificarlo y lo hizo.

Y hay dos deportes que son clave para explicar la victoria mexicana sobre Cuba. Uno es el remo. En Veracruz, los cubanos se llevaron los diez oros en disputa. En Barranquilla, México volvió por sus fueros y se llevó 6 de 11. El otro es el tiro deportivo. En la edición pasada, México obtuvo 6 medallas doradas, por 14 de Cuba; en esta, la delegación mexicana se quedó con 13, por 12 cubanas.

Con altas y bajas, pero dentro de las expectativas, estuvieron deportes como pentatlón moderno, canotaje, bádminton, equitación, gimnasia de trampolín, tenis, vela, boliche y tenis de mesa. En judo hubo una mejora marginal. Un poco más notable, en halterofilia. En gimnasia artística, igual de retrasados.

Donde las cosas se ponen preocupantes es en esgrima. México poco a poco había escalado peldaños a nivel JCC, Panamericano y Mundial, y ahora todo parece estar viniéndose abajo. Pasamos de 10 medallas a 5 y de tres oros a ninguno. La gran ganadora de esa debacle resultó ser Cuba. Al parecer, en la federación alguien se mareó al pararse en un ladrillo. En lucha, los pocos avances se disiparon en esta edición, particularmente los que había habido en la rama femenina.

Termino con los deportes de conjunto, donde todavía no se ve la que debería ser superioridad nacional. El único oro fue en futbol femenino (los hombres hicieron el ridículo absoluto); en volibol masculino hemos avanzado en la rama varonil, aunque hubiéramos preferido el oro en la pareja de playa; en hockey sobre pasto pudimos haber tenido oro femenino, pero nos quedamos en la raya con dos platas; algo similar pasó con la plata femenina en softbol; en waterpolo hubo avance femenino y retroceso masculino; en balonmano avance marginal; en beisbol enviamos a un equipo pesado y mal manejado; en baloncesto, un partido malo dejó fuera al buen equipo varonil y las damas llegaron hasta donde podían.


Que el Comité Olímpico Mexicano y la CONADE hayan, por una ocasión, decidido trabajar juntos y coordinados ha rendido frutos. Muestra un camino a seguir, en el que no deben caber –sin embargo- displicencias o triunfalismos. Hay varios deportes que todavía requieren mucha mejoría para ser competitivos, incluso a este nivel, donde México nunca debe abandonar el lugar más alto del medallero. El siguiente paso son los Panamericanos de Lima 2019: ahí la comparación debe ser con la edición de Toronto 2015, no vayamos a confundir peras con manzanas. 

--