lunes, septiembre 28, 2020

El club de los pitchers efectivos

 

Víctor González


Mexicanos en GL.  2020 

Se fue casi tan rápido como llegó. Terminó la breve campaña regular en Grandes Ligas, los aficionados nos preparamos a una postemporada con nuevo formato, en la que participarán diez compatriotas, y llegó la hora de hacer cuentas con lo poco que pudimos ver de los mexicanos en este año. Subrayaré dos cosas. Una es la gran cantidad de debuts nacionales en tan poco tiempo: siete jugadores se estrenaron en la Gran Carpa. La otra es que, salvo por dos de los novatos, los lanzadores mexicanos se caracterizaron por su buena efectividad (de no ser porque el último día le metieron dos carreras a Sergio Romo sin que sacara un out, todos habrían acabado con PCL debajo de las 4 carreras limpias por cada 9 entradas lanzadas).

Aquí el balance del contingente nacional en el año, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado representando a México en el Clásico Mundial o en otro torneo de primer nivel) 

Alex Verdugo fue el mexicano más destacado, una de las pocas bujías que le funcionaron a los tristes Red Sox de 2020. El originario de Arizona quedó en cuarto lugar de porcentaje de bateo en la Liga Americana, con .308 y demostró que es capaz de grandes cosas. Su fildeo es extraordinario, se poncha poco, corre bien las bases. Podría tener algo más de poder. Una lesión de último momento contribuyó en bajarle el porcentaje unas 20 milésimas, porque terminó en un slump. Sus numerotes: .308 de porcentaje de bateo, 6 jonrones, 15 carreras impulsadas, 36 anotadas y 4 robos de base.

Víctor González fue la revelación de la temporada entre los mexicanos y. sin duda, el mejor entre ellos el mes de septiembre. El slider venenoso de este zurdo hizo estragos en los bateadores rivales y lo ha hecho ganar confianza con el manager Dave Roberts, de los Dodgers. Terminó la temporada con 3 ganados y 0 perdidos, un estelar 1.33 de carreras limpias, 23 ponches (sólo dos bases por bolas otorgadas) y dos holds (ventajas sostenidas en situación de rescate).

Giovanny Gallegos no tuvo un septiembre tan espectacular como el mes anterior, en particular porque se lesionó la ingle, tuvo que dejar la casa llena en un partido, entraron tooodas esas carreras y perdió el juego. Aún así, el taponero sonorense de los Cardenales, finalizó la minitemporada con marca de 2-2, 4 salvamentos, un decento 3.60 de PCL,21 sopitas de pichón servidas y un hold.

Julio Urías por fin se afianzó en la rotación de los Dodgers, aunque al ideático manager ya le dio por ponerlo a “abrir” a partir de la segunda entrada. El zurdito de Culiacán tuvo 10 aperturas, en el año, de las cuales 5 fueron de calidad, aunque casi nunca llegó a la séptima entrada. Termina la campaña con 3-0, 3.27 de efectividad y 45 rivales pasados por los strikes.

José Urquidy no reapareció hasta septiembre, porque salía positivo a la prueba de COVID, aun cuando ya había superado la enfermedad. Pocas aperturas, pero muy buenas. Cuatro de las cinco fueron de calidad. Tuvo una suerte del nabo con el apoyo de bateo de los Astros y con el relevo. Por eso acabó con marca de 1-1, 2.73 de carreras limpias y 17 ponches.

Joakim Soria, ya veterano, es parte importante del bullpen más exitoso de Grandes Ligas, que es también el más trabajado: el de los Atléticos de Oakland.  Participó en 15 juegos y sólo en cinco admitió carrera. Su marca de 2020: 2-2, con 2 juegos salvados y 4 holds. Su efectividad quedó en 2.82 y ponchó a 24.

Oliver Pérez, en el año en que estableció su récord, ha dejado en claro que los años no pasan por él y ha sido muy útil en el relevo para los Indios de Cleveland. Culminó la campaña regular con 1-1, un excelente 2.00 de carreras limpias, 14 ponches y 3 holds. Cada nuevo año que juegue en Ligas Mayores establecerá marca de longevidad para mexicanos.

Sergio Romo. El menudo Mechón estuvo muy activo en septiembre, combinando labores de preparación con las de cierre, para los Mellizos de Minnesota. Como suele suceder con este maestro de la moña, normalmente se despacha a todos sus rivales, pero cuando le pegan, le pegan duro. Sus números del año: 1-2, 5 salvamentos, 10 holds, 4.05 de efectividad y 23 pasados por los strikes.

Luis Cessa, aunque suele ser relegado a labores de trapeo de innings por los Yanquis, año con año mejora sus números y su seguridad. El derecho de Córdoba cumplió con marca de 0-0, un salvado y un hold, 3.32 de ERA y 17 ponches.

Roberto Osuna se lesionó en su tercer juego. Su marca del año 0-0, 2.08 de carreras limpias, un rescate y un hold. Reportan que está lanzando de nuevo, en un proceso de rehabilitación con el que busca evitar la cirugía Tommy John, que lo sacaría un año entero del montículo.

Luis Urías disputó la titularidad en el infield de los Cerveceros de Milwaukee, y no la terminó asegurando. Como cuando estaba en San Diego, sigue enorme con el guante y desilusionante con el bat. Sus números: .239 de porcentaje, 11 producidas y dos robos.

Alejandro Kirk tuvo un interesante debut con los Azulejos de Toronto. De este receptor de Tijuana, de apenas 21 años, bajito y pesado, se hablan maravillas, sobre todo en materia ofensiva. Llegó a asustar a Danny Jansen, el titular que estaba en medio slump y probablemente le hubiera arrebatado la titularidad en una temporada más larga. Kirk bateó para .375 con un cuadrangular y 3 producidas. Habrá qué ver cómo funciona a la defensiva y, sobre todo, manejando a los lanzadores. No es buen dato que en dos de sus cinco apariciones como titular en la receptoría, su equipo haya sido apaleado.

Ramón Urías tuvo dos momentos con los Orioles de Baltimore. Mucho mejor el segundo. El hermano de Luis acabó con números casi idénticos a los de Kirk. .360, un jonrón y 3 producidas. Y como el otro mexicano, no se vio muy bien a la defensiva.

Isaac Paredes compartió la tercera base de los Tigres de Detroit, que lo ven como apuesta para el futuro, ya que tiene sólo 21 años. Se le ven hechuras, pero también que está verde. En la temporada: .220 de promedio, un vuelacercas y 6 impulsadas.

Humberto Castellanos fue el mexicano a quien le tocó estar en la puerta giratoria, entre el equipo grande y la sucursal (que esta vez fue el “grupo taxi”). Cuatro veces entre unos y otros. A final, 0-1 en ganados y perdidos. 6.75 de PCL,12 ponches y un futuro incierto en las Mayores.

Jesús Cruz lanzó una entrada con San Luis, ponchó a dos, pero le anotaron dos carreras y a los pocos días perdió la chamba.

Luis González no volvió en septiembre. En agosto tomó dos turnos como emergente para los Medias Blancas de Chicago. La primera vez lo golpearon (y anotó carrera); la segunda lo poncharon.


domingo, septiembre 20, 2020

Mis villanos (fílmicos) favoritos

 Los villanos son indispensables en el cine, y también son abundantes. Si uno ha visto mil filmes, ha conocido a más de mil villanos. Pero hay unos inolvidables, casi siempre porque son particularmente odiosos. Aquí una lista de los que considero los mejores, por razones varias. Son mis villanos fílmicos favoritos.

Harry Powell, The Night of the Hunter (1955)


Harry Powell, interpretado por Robert Mitchum, es el villano más completo que me ha tocado ver. Es un asesino despiadado, que se ceba en las personas débiles. Es un misógino y abusador de niños. Pero además es un falsario, que utiliza la moral y la hipocresía para dar otra imagen de sí. Si tiene un Dios, es el dios de los cínicos. A diferencia de otros, que utilizan las normas morales para hacer el mal (como la enfermera Ratchet, en One Flew Over the Cuckoo's Nest (1975) o que son completamente amorales, como Anton Chigurh, de No Country for Old Men (2007), el Reverendo Harry Powell sí conoce la diferencia entre el bien y el mal. Y elige el mal. Y durante toda la película el espectador no hace más que odiarlo.

Coronel Hans Landa, Inglorious Basterds (2009)


Hans Landa, genialmente interpretado por Christopher Waltz, es el caso más acabado del villano que amas odiar. Astuto, cultivado, cínico, provisto de un fino sadismo, arrogante, pero sobre todo ambicioso y oportunista. Es el político que es cortés porque está esperando el momento para atrapar su presa, el militar capaz de matar a sangre fría. El hombre que no tiene más lealtad que con sus intereses. Y todo lo hace con una vena sarcástica que termina por crear un personaje inolvidable.

Phyllis Dietrichson, Double Indemnity (1944)


En este film, uno de los más logrados del género del film-noir, Barbara Stanwyck es el epítome de la femme fatale. Una mujer fría y manipuladora, que utiliza el arte de la seducción para sus propios fines, y que no se toca el corazón para matar, traicionar y deshacer a todo el que se ponga en su camino. La película tiene la ventaja de que, desde el principio uno sabe quienes son los asesinos, y eso permite ir estudiando el terrible personaje.

El Jaibo, Los Olvidados (1950) 

Hay distintas maneras con las que se responde a la marginación. El Jaibo, en la interpretación legendaria de Roberto Cobo, responde con violencia, traición y una dosis de sadismo, que se ensaña en los más débiles. Es un auténtico hijo de la chingada, aunque en el fondo sea débil, él también.

Hans Beckert, M (1931)


Hay distintos tipos de sicópatas en el cine, todos terribles. Pero hay unos que están tan pirados que no s dan cuenta. como Jack Torrance, en The Shining (1980) o que entienden su condición con cinismo, como el excelente Guasón en The Dark Night (2008), pero Hans Beckert, en la interpretación de Peter Lorre, la sufre. Es algo que puede más que él, un monstruo interno. Eso lo hace humano y, al mismo tiempo, doblemente horroroso.


Julie Roussel/Marion Vergano, La sirène du Missisipi (1969)


El personaje que interpreta Catherine Denueve en esta joyita de Truffaut es un caso de femme fatale que se comporta como el alacrán de la fábula. Ya hizo daño, mucho. Y aún cuando no tiene caso y está acorralada, lo sigue haciendo. El filme también es un estudio de la dependencia: para un buen sádico se requiere un masoquista. Un personaje similar, pero más lineal y que tiene un final horrendo, es el de Leila Hyams en Freaks (1932).

Zé Pequenho, Cidade de Deus (2002)


Zé Pequenho, interpretado por Douglas Silva y Leandro Firmino es una suerte de Jaibo recargado, en un contexto donde el narcomenudeo multiplica la violencia. Pero Zé Pequenho tiene un pie metido en la psicosis: desde niño encontró placer al matar. Era yerba mala (y otra vez hay una película que muestra que la marginalidad no marca caminos únicos). 

Terminator, The Terminator (1984)


Si hay un malvado de trágico destino, ese es Terminator, el original. No importa que sea un robot. Terminator es ese obstáculo que parece irremontable al que se enfrentan tantos buenos en las películas. Pero el guión tiene tantas vueltas de tuerca -algunas se resuelven en la segunda película- que al final resulta que toda la terquedad y la violencia de Terminator, a quien los espectadores quieren ver destruido, tenían una sola finalidad: su derrota. Fue enviado a perecer por sus jefes robóticos porque de su brazo cercenado nacerá la estirpe que dominará al mundo (y en un buen juego de espejos, Kyle Reese es enviado también a morir, pero a engendrar a John Connor, el líder de los humanos rebeldes). Al estar marcado por la tragedia, sin saberlo, me parece que el androide personificado por Arnold Swartzenegger es mucho mejor villano robótico que HAL 900, el de 2001, Odisea Espacial (1969).

Brick Top, Snatch (2000)


Por una parte, Brick Top, actuado por Alan Ford es de los pequeños jefes del crimen organizado más creíbles; por la otra, es cruel, tramposo, mal hablado, iracundo y no exento de torpezas. Eso lo hace un villano particularmente aborrecible. No importa que sea un personaje menor. Esa misma película tiene otro malo difícil de olvidar: Boris The Blade, que es prácticamente inmorible.

Cruella De Vil, One Hundred and One Dalmatians (1961)


Termino, por ahora, con una villana de caricatura. Está en la lista por mala, por fea, y porque es de muy mal gusto usar pieles de perritos dizque para implantar una moda. De niño odié a esa cacatúa.



 


viernes, septiembre 11, 2020

De la sartén al fuego... ¿y de regreso?

 A continuación, tres columnas que tienen un aspecto en común: el análisis de las oposiciones al gobierno de López Obrador en la actual coyuntura.


El púlpito y el huevo de la serpiente

Se ha instaurado en México una forma de comunicación cada vez más simplificada, más en blanco y negro. Con la pandemia de coronavirus la polarización política ha aumentado y se está comiendo la poca deliberación racional que quedaba.

Ya sabemos que el método que ha elegido el Presidente, a través de las mañaneras, es el de la didáctica desde el púlpito. Más que aclarar dudas y explicar sus decisiones de gobierno, se busca definir agenda y machacar en una confrontación, más que ideológica, de definición de escuadrones desplegados en un imaginario campo de batalla.

Con la llegada conjunta de las crisis económica y sanitaria, esta confrontación se aviva desde todos los frentes y el resultado visible es la falta de unidad nacional para enfrentarlas.

En otras palabras, salvo excepciones -casi todas dentro de la prensa profesional- estamos pasando a una discusión sin matices, en la que no se cree o no se quiere oír un solo argumento de la contraparte, “el que no está conmigo está contra mí”.

De esta forma, el discurso político está siendo sustituido por sermones. Pero no son sólo los que provienen diariamente de Palacio Nacional, con citas bíblicas y todo. También del otro lado los vemos, del de los opositores a ultranza. Y todo se resuelve en una situación absurda donde, en medio de problemas terribles que demandan solución, la discusión es sobre quién está derrotado moralmente.

Así ha sido, por ejemplo, con el tema de la estrategia federal contra la pandemia, y el papel de Hugo López-Gatell. Los resultados hacen evidente que ha habido errores y que buena parte de ellos se derivan de la politización de la comunicación. Un buen tema de tesis para licenciatura en periodismo sería analizar el cambio en el tipo de gráficas mostradas en las presentaciones del subsecretario y su equipo a lo largo de la pandemia. Esos cambios, a menudo no explicado, han sido grandes generadores de suspicacias.

Sumemos la suspicacia racional a la intencionalidad política, y encontramos cosas como las interpretaciones sesgadas de las razones por las que se suspendió el semáforo epidemiológico o, peor, disputas sobre si el funcionario es un héroe o un genocida, sin espacios intermedios. 

El tono del debate, que amaga con tocar todos los temas de la agenda nacional, genera algo más que escepticismo: genera incredulidad general. El problema es que cuando la gente ya no cree en nada, es más fácil de manipular.

Si encima, se maneja el escepticismo ante la ciencia, en el fondo se está dejando a la gente a atenerse a la protección divina. El siguiente paso será la pelea para ver quién es el representante legítimo de esa protección. En otras palabras, la aparición de algún nuevo sembrador de esperanzas, aunque sean vanas.

Esto viene a cuento porque la polarización radicaliza, y en esas aguas revueltas -que se revolverán más en la medida en que se prolongue la crisis económica- veremos crecer expresiones de un abierto extremismo de derecha, que en México llevan casi un siglo en las catacumbas. El huevo de la serpiente. La posibilidad de tener un Bolsonaro mexicano, sin que AMLO haya sido jamás Lula.

Hay un grupo, cada vez más activo, que se la pasa diciendo que AMLO es comunista. Es una palabra que utiliza como anatema. Le dicen comunista a un gobierno que no da apoyos a trabajadores que perdieron el empleo, está casado con el superávit fiscal, odia los impuestos, recorta el gasto público, persigue a migrantes, se la pasa hablando de moral y de espiritualidad, se hace pato con los derechos de las minorías sexuales o con la legalización de la mariguana y se lleva de a cuartos con Donald Trump.

Es un absurdo. El que habla de la familia como seguridad social (poner más agua a los frijoles) y los que abogan por la competencia despiadada sin las redes protectoras del Estado (y la reproducción de las formas de explotación más viles). En ningún lado aparece una visión democrática, incluyente, efectivamente igualadora.  

Estamos ante formas similares de comunicación. En ellas, de lo que se trata es de convertir una mentira en una nueva realidad, y convencer a la gente de que se adapte a esa (falsa) realidad. Se planta un monigote enfrente y se pide cerrar filas en su contra, olvidándose de pensar por sí misma (que, al cabo, no es tan fácil). La mafia-conservadora-que-no-quiere-perder-sus-privilegios contra el castro-chavismo-comunismo-ateo. Son dos caras de un mismo fenómeno, que niega la complejidad de la realidad. Y por supuesto, a López Obrador le conviene, coyunturalmente al menos, el enemigo de caricatura.

Ese mundo sencillito, en donde están totalmente definidas las trincheras y el odio, es el de las guerras civiles. Hay que ponerle coto.

Y la primera forma de hacerlo es no comprar la idea de que el país se divide exclusivamente en pro-AMLO y anti-AMLO, porque los matices son muchos. Entender que oponerse al presidente López Obrador no justifica distorsionar la realidad en aras de la propaganda o tolerar actitudes de la demagogia ultraderechista, y entender que apoyarlo no debería significar renunciar a un criterio propio y justificar, “por la causa” los errores e injusticias que comete, que son muchos.

Esa es una de las tareas de los medios profesionales de comunicación.


De la sartén al fuego... ¿y de regreso?



El debate, en principio absurdo, sobre si México era o es un país de clases medias tiene relevancia política inmediata. Por eso vale la pena retomarlo. En estas páginas ya lo ha hecho, en la edición del domingo,Ricardo Becerra. Abonaremos a la discusión.

Concebir a México como un país de clases medias tiene como objetivo reivindicar el modelo de crecimiento económico de los años recientes. Según esto, pasamos de ser una nación prevalentemente de pobres a una en la que un buen porcentaje de la población se autodefine como clasemediera y tiene consumos que así lo justifican.

¿Es cierto eso? Sólo jalando hasta el delirio el concepto. Y no es un delirio nuevo.

En febrero de 2011, el entonces secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, para justificar el supuesto efecto social de la deducibilidad fiscal de las colegiaturas particulares, declaró que había familias “muy luchadoras” que con seis mil pesos mensuales (poco más de $8 mil 500 de hoy), y “muchos esfuerzos”, pagaban hipoteca, mensualidad del carro y colegiatura en escuela privada.

En marzo de ese año, el mismo personaje dijo que México “hace mucho que dejó de ser país pobre” y que, de acuerdo con las mediciones internacionales “ahora es de renta media que viene a consolidar las clases medias”. El entonces presidente Felipe Calderón respaldó la idea y, para demostrar que éramos de clase media, nombró la cantidad de familias con televisión y refrigerador.

El que un país sea “de renta media” en un mundo todavía marcado por la pobreza no significa que sea “de clases medias”, sino que es menos pobres que otros. Y la posesión de electrodomésticos era indicador de pertenencia a las clases medias en los años del desarrollo estabilizador, hace medio siglo. No lo es en el siglo XXI, cuando hasta los payasitos de crucero tienen celular.

En su momento, escribí que esas declaraciones eran como si López Mateos hubiera declarado en 1963, pomposamente, que México era un país de clase media, porque la mayoría tenía zapatos y luz eléctrica (que eran lo que definía a ese estrato a finales de la Revolución).

Y ahí siguen los adláteres de ese pensamiento dando vueltas a la noria, como si la evidencia de decenas de millones de mexicanos con ingresos y carencias en la satisfacción de sus necesidades básicas no fuera suficiente.

¿Por qué lo hacen? Porque creen que es posible convencer a la población de que regresar al viejo modelo de crecimiento es una buena idea. Porque no están dispuestos a entender que se trataba de un desarrollo demasiado desigual en lo social, que había obturado los antiguos mecanismos de movilidad y en el que la economía no había crecido lo suficiente como para hacer que, aún sin esa movilidad, las nuevas generaciones vivirían mejor que las anteriores.

Precisamente por ese divorcio de la realidad, esa ignorancia feliz acerca de las condiciones reales de vida de la población, esa creencia de que las mayorías estaban conformes, pudo López Obrador ganar las elecciones con tanta facilidad. Y ahora insisten en querer vendernos esos espejitos.

Aún antes de la pandemia, había evidencias de que el gobierno de López Obrador no cumpliría la mayoría de sus promesas de justicia social, en parte porque también AMLO está anclado en los años del desarrollo estabilizador, y en su mito. Aparte de los aumentos al salario mínimo y la reforma laboral, lo que vimos fue un gobierno tremendamente centralista y vertical, casado con el superávit fiscal, que hacía recortes ciegos al gasto público y que apostaba a fichas viejas e imposibles, como la resurrección de Pemex.

Ahora, con los efectos de la depresión mundial a cuestas, y cuando más urge dar un giro en la política económica, el gobierno lopezobradorista insiste en negar la realidad. Esto acrecentará la pobreza y generará tensiones sociales de todo tipo. Ha quedado claro que la intención no es la justicia social, sino el uso político de los recursos públicos para mantener el estado de cosas… pero con otro grupo en el poder.

Es seguro que hay muchos mexicanos que esperaban totalmente otra cosa del gobierno de López Obrador. Es la sensación de decepción de quien saltó de la sartén al fuego. ¿Pero no es absurdo pedirles que salten de regreso a la sartén? ¿No es ridículo asegurarles que no está caliente, sino apenas tibiecito? ¿Venderles la idea de que eran clase media cuando evidentemente no lo eran? La reacción lógica será mantener la fe en el nuevo cambio, y aceptar la degradación social como precio por no tener que volver a los tiempos pasados, que eran todo menos una “edad de oro”.

Lo que el país necesita es mirar hacia adelante. Ya ha mirado demasiado hacia atrás. Y si la oposición quiere recuperar a esa parte del electorado que alguna vez fue suyo, requiere, en primer lugar, renovar su forma de pensar; entender que lo que ofreció ya no es apetecible y que la debilidad de López Obrador está en lo que no cumplió, mientras que su fortaleza está en haberse deshecho del viejo grupo en el poder y, al menos discursivamente, del viejo modelo.

México necesita un nuevo pacto social, y eso requiere de un equilibrio político suficiente como para poder forzar a un gobierno poco dispuesto a negociar. Pero ese nuevo arreglo, y más en las actuales condiciones económicas, tiene que poner en primer lugar la justicia social, lo que implica un papel más activo de un Estado con mejores instrumentos fiscales, una economía incluyente, y condiciones para generar inversión.

Ninguna de esas cosas se logra con la nostalgia hacia una época que no favoreció a las mayorías. Lo que se puede lograr, en todo caso, es repetir una derrota estrepitosa.


El dilema de la oposición mexicana 



Dejemos por un momento las tragedias que vive el país en materia de salud y de economía, recordemos que ya ha dado formal inicio el proceso electoral federal para 2021, y pongámonos a hacer unas reflexiones al respecto.

En estos años, Andrés Manuel López Obrador ha dominado de manera absoluta la escena política y, en muchas ocasiones, ha dictado también la agenda. El principal punto político de esta agenda ha sido la polarización del país entre quienes lo apoyan incondicionalmente y el resto de los ciudadanos, ya que cada crítica es calificada de “maniobra de los conservadores”.

Puede decirse que esa parte de la agenda ha sido exitosa. Por un lado, la mayoría de los simpatizantes de AMLO se cuida de no hacer la menor crítica al líder “para no hacerle el juego a la oposición” y, por el otro, el Presidente ha generado, con sus políticas y con sus actitudes un amplio grupo de abiertos animadversores. El mejor ejemplo de ello es el epíteto, bastante significativo, de “Corea del Centro” que los dos bandos aplican a quienes ven como tibios en su apoyo o en sus críticas.

Eso significa que las elecciones federales de 2021 serán vistas como una suerte de referéndum sobre el personaje López Obrador, aunque no esté en la boleta. Y todos están de acuerdo en su importancia; del resultado depende que el bloque morenista mantenga o pierda la mayoría en la Cámara de Diputados, como elemento crucial para definir si la agenda legislativa podrá ser impuesta por la mayoría o si, horror, habrá que negociar las siguientes reformas.

De parte de la mayoría de los opositores a AMLO hay un deseo ferviente de que los partidos busquen mecanismos para evitar una nueva mayoría absoluta del bloque morenista, pero también hay obstáculos reales, que tienen qué ver con el perfil y las aspiraciones de cada una de las organizaciones partidistas (que, sabemos, piensan primero en sus propios intereses). Otros obstáculos tienen qué ver con la imagen desgastada de los partidos, que no es poca cosa.

Tanto el PRI como el PAN tienen problemas para la realización de una gran alianza opositora. El sanbenito del “PRIAN” ha sido exitosísimo: está en las mentes y los corazones de millones. Verlos participar aliados en las elecciones simplemente corroboraría la idea de que, en realidad, eran dos versiones de la misma cosa. Cualquier acuerdo entre ellos sólo puede ser local y condicionado. Adicionalmente, el PRI está pasando a ser visto como oposición dócil, y no falta quien califique al otrora Invencible como “el nuevo PARM” (en relación al partido satélite del tricolor durante la segunda mitad del siglo XX).

El PAN tiene otro problema para las alianzas: al ser el partido de oposición más fuerte por el momento, los demás partidos -salvo el PRI, pero ya dijimos que esa alianza es perdedora- tienen un miedo justificado a ser fagocitados por Acción Nacional. La idea de “pongamos en cada distrito al candidato opositor más fuerte” no funciona cuando el vehículo suele ser más importante que el conductor: el partido más importante que el candidato.

Además, la experiencia de 2018 demuestra que muchos electores no aceptan, a la hora de la verdad, alianzas que perciban como oportunistas o de coyuntura (perredistas que no votaron por Anaya; panistas que no lo hicieron por Barrales). Tal vez ahora se entenderían mejor esas mezclas, ya que la prioridad es evitar el avance del bloque morenista, pero igualmente es riesgoso. En cualquier caso, el PRD está tan debilitado, que muy probablemente buscará una alianza con quien se deje.

Todo esto explica, de entrada, la decisión de Movimiento Ciudadano, apresuradamente anunciada, de ir solo a las urnas el próximo verano, “en alianza con organizaciones de la sociedad civil”. Lo que quiere hacer MC es, por una parte, desmarcarse del “PRIAN”, aprovechando que es un partido pequeño y que en dos ocasiones apoyó a López Obrador, y, por la otra, proteger sus bastiones locales, principalmente el de Jalisco, que son suficientes como para permitirles mantener el registro, la voz en el Congreso y posibilidades para 2024.

Un problema adicional para MC es el de la autodefinición política e ideológica. En sus bancadas y en su entorno hay un grupo de izquierda moderada pero bien plantada, otros que giran en torno al gobernador de Jalisco y uno más, sobre todo en Nuevo León, que parece hecho por tránsfugas del PAN o del PVEM. Tiene que haber una definición en ese arroz con mango. Mientras no la haya, lo que veremos serán generalidades y no la apuesta por llevarse consigo a los muchos que se están decepcionando del gobierno de López Obrador.

Queda por definirse el futuro de México Libre. Por ley los partidos de nuevo registro no pueden ir en alianza en la primera elección en la que compiten. En ese sentido, está claro que su papel primordial en 2021 sería el de pulverizar el voto opositor pero, en la estrategia de sus creadores, eso es menos importante que crear un polo de derecha pura y dura para enfrentar desde ahora al lopezobradorismo y derrotarlo en 2024.

Las reacciones desmedidas, cuando no histéricas, de sus líderes y simpatizantes ante la decisión del INE de no dar registro a México Libre, dan cuenta de que también en esa parte de la población ha cundido la idea de que la democracia existe cuando mi partido es favorecido y se muere cuando no. Igualito que en los morenistas más fanatizados. Mal signo.

En los hechos, el INE deja en manos del TEPJF el veredicto final. Por lo que se ha visto, el Tribunal ha sido más dúctil respecto al gobierno que el Instituto, pero eso no debe interpretarse como que obedece a las consignas de Presidencia. Creo que, dependiendo de la decisión final y definitiva, habrá un corrimiento del PAN hacia su derecha… que será mayor, para recuperar simpatizantes perdidos, si el Tribunal ratifica la decisión del Instituto.

Los partidos de oposición pueden hacer todas las maniobras que quieran, pero una de las claves para la definición de la próxima legislatura federal está en las reglas de juego. La coalición Juntos Haremos Historia se aprovechó de ellas en 2018 para hacer pasar como candidatos de otros partidos a militantes de Morena, para así dar espacio al principal partido de la coalición a tener diputados plurinominales, y una sobrerrepresentación mayor a la que permite la ley.

Ahora esas reglas deben ser más claras. Si se considera como ganador del distrito uninominal al partido más votado de la coalición ganadora -y no al partido que la coalición diga-, no será fácil que con menos del 42% de los votos se pueda tener más de la mitad de las diputaciones. Y eso tal vez acabe pesando más que las consideraciones partidistas sobre quién debe aliarse con quién.

Dejaremos para otra ocasión el tema de la composición lopezobradorista y sus problemas de gestión político-electoral.

martes, septiembre 01, 2020

La marca del duradero Oliver

 


Mexicanos en GL.  Julio-agosto 2020 

La pandemia todo lo trastoca. Empezó una extraña temporada de Grandes Ligas, de sólo 60 juegos, con estadios vacíos, con algunos cambios en las reglas y con nuevo formato de postemporada. A pesar del retraso, ha estado interesante. La nota más duradera para la historia de los peloteros mexicanos en las Mayores es que Oliver Pérez rompió la marca de más temporadas jugadas en la Gran Carpa, con 18, superando a una leyenda, el Toro Valenzuela y a Juan Gabriel Castro.

Como corresponde a una campaña atípica, en la actual vemos un notable cambio de caras entre los beisbolistas mexicanos. En un mes, hubo seis debuts. A cambio, algunos rostros veteranos, sobre todo entre pitchers abridores, parece que ya no se verán más. Y algunos novatos prometedores se perderán parte, cuando no toda la temporada 2020.

Aquí el balance del contingente nacional en el año, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado representando a México en el Clásico Mundial o en otro torneo de primer nivel) 

Alex Verdugo pasó a los Red Sox en el intercambio que llevó al estelar Mookie Betts a los Dodgers de Los Ángeles. Iba a empezar la temporada lesionado, pero el retraso por el COVID le permitió recuperarse, llegar en forma y quedar como jardinero titular de los patirrojos. Ha estado consistente con el bat y bien en el fildeo, donde también ha demostrado tener gran brazo. Es actualmente el segundo mejor del equipo de Boston en WAR (carreras por encima de reemplazo). Sus números en la primera mitad: .306 de porcentaje de bateo, 5 jonrones, 12 carreras impulsadas, 23 anotadas y 3 robos de base. Si la lógica del cambio era, para los Medias Rojas, sacrificar resultados inmediatos para ganarlos en el futuro, es probable que hayan acertado. Verdugo es una estrella en ciernes.

Giovanny Gallegos tuvo en 2019 su primer año como titular. En 2020, a pesar de que en sus Cardenales de San Luis hubo un brote de COVID que los obligó a suspender varios juegos, ha estado absolutamente intratable. En 8 entradas que ha relevado el zurdo sonorense no ha permitido carrera, y sólo dos bateadores se le han embasado. Todo esto le ha alcanzado para ganar un juego y apuntarse dos salvamentos. Tiene perfecta efectividad de 0.00 y 10 ponches. Se afianzó como cerrador del equipo.

Joakim Soria ha tenido bastante actividad con los poderosos Atléticos de Oakland, y ha sido factor para ese poderío. Ha participado en 15 juegos y en sólo tres de ellos ha admitido carrera. Tiene marca de 2-1 (y la derrota fue por la carrera de un corredor que dejó de herencia), con dos juegos salvados y tres holds (ventajas sostenidas en situación de rescate). Admite 1.72 carreras limpias admitidas por cada 9 entradas lanzadas y ha ponchado a 17 rivales. 

Oliver Pérez, en el año en que estableció su récord, ha estado efectivo con los Indios de Cleveland. La suya es una historia de reconversión exitosa de sí mismo: pasó de ser un pitcher abridor que prometía muchísimo a uno que coleccionaba derrotas y, luego, tras un año fuera de las Mayores, regresó como especialista zurdo en el relevo. Lo interesante en 2020 es que, con la nueva regla que obliga a los lanzadores a enfrentar al menos a tres rivales, lo ha hecho mejor que en otros años. Si proyectáramos sus números a toda la temporada, sería la segunda mejor de su ya larga carrera. Además, ejerció un liderazgo inédito en el equipo, contra los pitchers estelares que habían roto la burbuja de protección y se habían ido de fiesta en plena pandemia. Tanto así, que uno de ellos, Mike Clevinger, fue cambiado a San Diego. El culichi tiene marca de 1-0, un salvamento, tres holds, 10 chocolates recetados, y una magnífica efectividad de 1.35. A cambio, cuenta con un rescate desperdiciado… precisamente a costa de Mike Clevinger, el día que éste regresó de su suspensión.

Sergio Romo ha estado más que cumplidor, como preparador de cierre o cerrador de los Mellizos de Minnesota. De 13 juegos en los que ha participado, sólo le han anotado carrera en tres, pero en uno le pegaron hasta con la cubeta. Sus números del año: 0-1, 3 salvamentos, 8 holds, 3.86 de efectividad y 14 pasados por los strikes.

Julio Urías es, por el momento, el único abridor mexicano en Grandes Ligas. El joven zurdo sinaloense de los Dodgers ya no tiene el límite de entradas con el que lo cuidaron en años anteriores. Aun así, no llega muy lejos en los juegos que abre, por su poca economía en los lanzamientos. De 6 aperturas, dos han sido de calidad y se ha llevado la victoria. En las otras, permitió pocas carreras, pero sólo una vez llegó a los 5 innings de rigor. Además del 2-0, tiene un más que decente 3.67 de PCL y ha ponchado a 24 rivales.

Víctor González llegó a tomarse una tacita de café con los Dodgers, lanzó una entrada, recibió una carrera y regresó al llamado “grupo taxi” (esta temporada no hubo ligas menores). Lo volvieron a llamar y cambió la historia, con actuaciones muy buenas en el relevo. El nayarita terminó el mes con 2-0, un muy buen 2.00 de carreras limpias y 8 sopitas de pichón servidas.

Roberto Osuna llegó en mala condición física a los entrenamientos, tras haber pasado varios meses en confinamiento en México. Tal vez los Astros se aceleraron un poco al ponerlo a competir y, tras haber tenido tres excelentes actuaciones, en la cuarta se lesionó seriamente del codo. Es posible que le tengan que volver a hacer la cirugía Tommy John, con lo que se perdería, incluso, parte de la temporada 2021. Su marca del año 0-0, 2.08 de carreras limpias, un rescate y un hold.  

Luis Cessa, tras haber salido positivo al coronavirus, regresó a los Yanquis como relevista largo, y trapeador de innings. Ha participado en 9 juegos, con uno salvado y un hold, 4.09 de ERA y 12 ponches.

Luis Urías fue transferido en el invierno a los Cerveceros de Milwaukee. El de Magdalena de Kino inició en la lista de lesionados, pero luego ha pasado a disputar la titularidad en el infield cervecero. Ha mostrado maravillas con el guante, pero su bat aún no tiene la consistencia que tradicionalmente ha mostrado en las menores y que se le dificulta en las mayores. Sus números: .250 de porcentaje, 5 producidas y un robo.

Isaac Paredes debutó a mediados de agosto con los Tigres de Detroit y actualmente pelea por la titularidad en la tercera base. Se espera mucho de su bateo… lo suficiente como para compensar sus deficiencias fildeadoras. En el rato que lleva jugando, el hermosillense acumula .258, un jonrón con casa llena y 6 carreras impulsadas.

Humberto Castellanos, quien contribuyera a la obtención del boleto olímpico para México, debutó como relevista con los Astros de Houston, con los que se ha tomado dos tacitas de café de tres y dos juegos, respectivamente. Le fue mejor en la primera vuelta. Su efectividad: 6.75, con 5 ponchados.

Ramón Urías, hermano mayor de Luis, y también jugador de cuadro, debutó con los Orioles de Baltimore. Él sólo se tomó una tacita, yéndose de 5-1, para .200 de porcentaje.

Jesús Cruz también degustó brevemente el sabor de Grandes Ligas. Le resultó algo amargo al potosino, porque en una entrada con San Luis le anotaron dos carreras y a los pocos días los Cardenales le dieron las gracias. Ahora está sin equipo.

Luis González no llegó ni a tacita. Tomó dos buchitos, bateando como emergente para los Medias Blancas de Chicago. La primera vez lo golpearon (y anotó carrera); la segunda lo poncharon… y lo regresaron al “grupo taxi”.


miércoles, agosto 26, 2020

Salvador De Lara

Mi amigo Salvador De Lara murió, sorpresivamente, el pasado 21 de agosto. 

Lo conocí en el lejano 1973, cuando éramos estudiantes en la Facultad de Economía de la UNAM. Me lo presentó Luis Foncerrada; habían sido compañeros en la clase de Metodología de las Ciencias Sociales de un maestro muy heterodoxo, Jorge Martínez Contreras, y estaban entusiasmadísimos con su visión, que era fresca, y diferente a la del resto de los profesores. Al semestre siguiente, varios cuates y yo adelantamos la materia de Teoría Económica y Social del Marxismo, para tomarla con Martínez Contreras. Allí estaba Salvador, quien era de la generación inmediata anterior. En aquel semestre nos hicimos amigos, y se formó un grupo amplio al que los ultras de la escuela bautizaron como los socialpadrotes ("por socialdemócratas, por hegelianos y porque se creen galanes").

Es evidente que lo que nos juntaba era ir más allá de las visiones economicistas del marxismo que prevalecían en la época. Abordar asuntos que iban desde la estética hasta la etología, porque de lo que se trataba era de cambiar la vida. Desde entonces, Salvador se caracterizaba por dos cosas: por ser buen amigo y por tener un excelente sentido del humor. Yo le puse un apodo: "Antraspartalox", porque en las publicaciones amarillistas de la época había una señora muy chalada que afirmaba haber tenido contacto con extraterrestres, encabezados por el tal Antraspartalox, "que mide tres mil metros de altura y tiene gran parecido con Nuestro Señor Jesucristo". Salvador medía tal vez un poco menos de esos tres mil metros, era delgado, de cara afilada y barbado. El apodo le duró un semestre... menos para mí, que se lo repetí por muchos años.

Había algo que siempre te hacía sonreír cuando estabas con Salvador. Creo, en primer lugar, que su capacidad maravillosa de burlarse de sí mismo, que nunca perdió.Y también sus respuestas rápidas y finas. En una ocasión, una compañera afirmaba, epatante, que había gente que comía carne humana que conseguía en el anfiteatro de la Facultad de Medicina. La reacción inmediata de Salvador: "¡Ah caray,entonces tienes un amigo cuyo papá está en severos problemas!". Se refería, claro, a sí mismo.

Recuerdo, sin muchos detalles, una conversación desternillante entre él y Anamari Gomis, cuando apenas se estaban ligando, en la que ella platicaba de cómo llegó a los 18 años a ser clasificadora de películas y él la troleaba de manera elegantísima. Y luego, a Salvador diciendo: "Yo no digo 'simondón' o 'Simón Templar´, digo 'Simón de Buvuar' para presumir que tengo novia en Filosofía y Letras". Tiempo después Salvador y Anamari se casaron y, bastantes años más tarde, se divorciaron.

Luego, mientras él hacía una maestría en Nueva York, yo fui a Italia y a Sinaloa, y nos vimos pocas veces, pero divertidas. Coincidimos como profesores en la Facultad de Economía y como miembros del MAP. No sé si Salvador leía muchos libros, pero puedo asegurar que es uno de los mejores lectores de revistas que he conocido. Estaba al día en muchísimas cosas: economía, política internacional, desarrollo de las ciencias y del pensamiento, cambio social. Y, desde siempre, tuvo la generosidad de compartir aquellos que consideraban que serían de interés para sus amigos. Él fue quien me pasó una copia, en los años 80, de uno de los primeros artículos que abordaban lo que después sería conocido como sabermétrica: la nueva forma de medir las estadísticas en el beisbol.

Ese artículo, por supuesto, no se quedaba estrictamente en el deporte, y me sirvió para escribir un ensayo que utilizaba el análisis de las estadísticas beisboleras para examinar otras cosas, que, a su vez, sirvió de fuente para otro ensayo más, con nuevos puntos de vista, sobre el tema. No sobra decir que, a lo largo de los años, Salvador alimentaba con sus recomendaciones de artículos -primero copias, luego hipervínculos- algunas de mis obsesiones. Estoy seguro que hacía algo similar con otros amigos.

Posteriormente, De Lara se dedicó a la diplomacia, cosa que se le daba bien, por su carácter afable, la suavidad de su trato y sus conocimientos variados. Siempre nos veíamos cuando regresaba a México. En una de las ocasiones en que regresó, ayudó a destrabar los trámites de naturalización de mi mamá, que llevaban años atorados, cosa que le sigo agradeciendo. Sus mejores anécdotas son de cuando fue cónsul de México en Atlanta.

Cuando lo conocí, Salvador ya había crecido mucho hacia arriba. En los últimos años lo hizo hacia el frente y hacia los lados. Esto se debe a que era un consabido gourmand. Comía y bebía con gusto, y en cantidades rabelasianas, como constaté en muchas ocasiones, particularmente en 2013, cuando perdí con él una apuesta de la Serie Mundial y me tocó invitarlo a comer. El exceso de peso se cobraría después, causándole problemas en la rodilla.

En años recientes, un grupo de amigos del Instituto de Estudios para la Transición Democrática decidimos, a instancias principales de Salvador, juntarnos mensualmente para comentar la coyuntura. Esa tertulia continuó semanalmente en épocas de pandemia, via Zoom. Allí, Salvador no dejaba su humor: le creció mucho la barba y contrató un barbero; según sus palabras, el hombre "llegó vestido de astronauta, me cortó el pelo y la barba y me cobró como si hubiera ido a la luna". Luego tuvo un extraño accidente: se cayó del sillón en el que había visto una película a las tres de la mañana y se fracturó el tobillo. "Díles a los cuates que la fractura fue porque me barrí en segunda base", le dijo a su mejor amigo, Toño Ávila.

De la operación en el tobillo salió bastante deteriorado, pero no perdió el humor. Todavía la noche del jueves 20 nos platicaba de los diplomáticos en Japón que habían aprendido japonés con sus esposas, salían a la calle y se reían de ellos, porque hablaban japonés femenino. ¿Qué íbamos nosotros a saber que le quedaban pocas horas de vida? Mi reacción al enterarme fue sentir que Salvador no se quería morir. Quería vivir. Vivir mucho porque amaba la vida. Y eso me da más tristeza. 



miércoles, julio 22, 2020

Biopics: el curandero de Yobaín

A mediados de 1989, Patricia me dijo que tenía síntomas de artritis. Yo no sabía si estaba somatizando los problemas, ya severos, que teníamos como pareja, o si se trataba de un problema real. Pero la verdad es que ella estaba muy preocupada, y de peor humor que de costumbre.

Platicando su problema con una prima, la Ñeca, ella le dijo que se había curado de un problema severo de codo de tenista con un curandero que atendía en un pueblo de Yucatán, llamado Yobaín. Según la descripción de la prima, el hombre hacía verdaderos milagros.

Cuando me propuso que todos fuéramos a Yobaín, acepté sin dudarlo. Tanto ella como yo nos íbamos a quitar un chango de encima, sobre todo si el problema no era estrictamente de artritis.

Así que, terminado el ciclo escolar, organizamos un viaje de casi una semana a Yucatán. Allí nos enteramos que el curandero, conocido como “el Sobador de Yobaín”, trabajaba sólo de noche y que agendaba sus citas a partir de las 3 o 4 de la mañana. Rentamos un vocho y, a la medianoche, salimos de Mérida con nada más que esperanzas. Cuando llegamos a Yobaín, fue fácil ver dónde atendía el sobador, porque había ya una cola larguísima enfrente de una de las casitas del lugar. Estacioné en una esquina, Patricia se bajó a hacer cola y yo me quedé cuidando a los niños, que habían viajado con nosotros y estaban en el séptimo sueño.

Desde el auto, veía que la cola avanzaba muy lentamente. Ya nos habían advertido que al amanecer el hombre dejaba de recibir pacientes potenciales. A eso de las 6 de la mañana por fin entró Patricia. Fue la penúltima y tuvo que rogar. Obtuvo una cita para la medianoche de dos días después.

La noche de la cita, Patricia prefirió tomar un taxi que la llevara hasta el pueblo. Ha de haber estado con el curandero, según me dijo, menos de media hora. Pero el hombre, le movió las manos, le acomodó los huesos y le sobó las articulaciones con una maestría tal, que al final de la sesión quedó relajada y sintió que le desaparecían el dolor y la sensación de rigidez. Se sentía verdaderamente aliviada. Y, por lo que sé, nunca tuvo ese problema en décadas.

Por mi parte, sentí que se me había quitado un gran peso de encima.

El huesero de Yobaín -por internet me enteré que se llamaba Enrique Sierra Erosa- fue una leyenda viviente. De él se cuentan curaciones asombrosas. Tal vez entre ellas no esté la de Patricia, pero de que tenía manos mágicas y capacidad de convencimiento, no me cabe duda.

 


miércoles, julio 08, 2020

COVID en México: los costos de la inflexibilidad

A continuación, tres textos coyunturales sobre el tema COVID en México.

Semáforo loco


La única materia que reprobé en segundo de secundaria fue taller de electricidad. El trabajo final era construir un semáforo, y algo he de haber hecho mal. En vez de mostrar en orden sucesivo las luces verde, ámbar y roja, se prendían al mismo tiempo la verde y la roja, y luego la ámbar, como si fueran intermitentes. El maestro me dijo que con mi semáforo todos los coches iban a chocar e iba a haber un montón de atropellados.

Esa anécdota personal me viene a la mente ahora que se ha decretado el final de la Jornada Nacional de la Sana Distancia, pero los semáforos por entidad siguen casi todos en rojo, pero las autoridades de salud insisten en que la pandemia sigue fuerte, pero el Presidente ya sale de gira, pero te piden que sigas quedándote en casa, pero reabren algunas actividades económicas, pero ya estamos en la Nueva Normalidad, pero oficialmente hay más de 16 mil casos activos de COVID, pero el semáforo federal los estados lo obedecen si quieren y si no, no.

Parece que aquel semáforo de secundaria está en pleno funcionamiento. Y, por las señales cruzadas que manda, puede crear muchos choques y aún más atropellamientos.

¿Por qué ha pasado esta monumental confusión informativa? Creo que porque hay dos contradicciones que se han mostrado abiertamente y sobre las cuales no ha podido haber solución. Una es la que ha surgido entre política y ciencia; otra, la que existe entre economía y salud.

La primera contradicción está relacionada con la visión que del problema del coronavirus ha tenido el presidente López Obrador. Primero tuvo una actitud de negación ante el problema mayúsculo que se le venía encima al país, y evidentemente no bastó con sus intentos para exorcizarlo. Su aversión a la ciencia ayudó en ese retraso en la respuesta.

Luego, con la pandemia ya en desarrollo, declaró que se ponía en manos de los expertos, pero al mismo tiempo se casó con el pronóstico más optimista de los epidemiólogos. Conociendo la terquedad de López Obrador respecto a sus planes personales y de gobierno, y en particular a su necesidad de seguir haciendo giras de promoción, la fecha del 31 de mayo se convirtió en inamovible. Estaba harto de que las mañaneras, pieza clave de su estrategia política, fueran cada vez más irrelevantes. Con ello, la Jornada Nacional de Sana Distancia no podía prolongarse, independientemente de las condiciones.

Allí tuvo que darse una negociación entre López Obrador y distintas contrapartes políticas. Los expertos saben que una apertura, aun si es gradual, conlleva el peligro de un repunte en los contagios y que, si se da la idea de que la pandemia está en retirada, la apertura de facto será todavía más amplia y peligrosa. La mayoría de los gobernantes locales, por su parte, está legítimamente preocupada por el bienestar de la población, y ninguno quiere que sean sus servicios de salud los que colapsen. De ahí se generaron una serie de disonancias entre el Presidente y los gobernadores, empezando por opositores abiertos como el de Jalisco, Enrique Alfaro, pero también incluyendo a la jefa de gobierno en CDMX, Claudia Sheinbaum y en algún momento hasta al poblano Miguel Barbosa.

La salida escogida fue pasar a las entidades federativas la responsabilidad de acogerse al semáforo federal y de determinar, ellas, las medidas a seguir. Esto tiene la ventaja de potenciar el federalismo en momentos en los que priva la tendencia a centralizar decisiones, pero tiene dos desventajas: una es el hecho de que el gobierno federal es quien controla el semáforo, y podría usarlo con intencionalidad política al mismo tiempo que deja de ser la única instancia obligada a rendir cuentas; la otra es la más importante: en muchos casos, la población escuchará versiones contradictorias sobre lo que hay qué hacer de parte de los distintos niveles de gobierno: lo que verá es el semáforo con luces intermitentes realizado por el mal aprendiz de secundaria. Y responderá a la luz que le venga en gana.

La segunda gran contradicción es la que se da entre economía y salud pública. Se dio un parón fortísimo a la primera para proteger a la segunda. Pero, de nuevo, este parón fue más grave porque el presidente López Obrador se negó a dejar el fetiche del superávit público y no dio los apoyos suficientes a los trabajadores que se vieron obligados a suspender labores. En la medida en que se prolonga el confinamiento sin las redes económicas de protección que se requerían, se hace socialmente más difícil, cuando no imposible, continuarlo.

Resulta por lo menos sintomático que apresurar el regreso a la normalidad también sirva como un elemento que quita presión al gobierno para dar apoyos. Lo malo del asunto es que la inacción en los meses clave ya arrastró a muchas pequeñas y medianas empresas a la quiebra, llevó a cientos de miles al desempleo y la expectativa, también en economía es de arranque y freno, una y otra vez, como si el semáforo que la dirige se hubiera vuelto loco.

Y, para terminar, ese arranque económico, a como está diseñado, no traerá consigo una mayor inversión en bienes sociales. Si acaso, seguirá habiendo paliativos mediante transferencias directas. El problema con esos paliativos es que difícilmente serán capaces de cambiar la dirección del sistema económico, que es lo que deberíamos de estar planeando durante esta pandemia.

Eso significa que tendremos semáforo loco para rato. Y no sólo respecto al coronavirus.


Será culpa de todos, menos de AMLO 

Una de las características de la pandemia de coronavirus es que en todo el mundo ha sido politizada. La misma globalización que permitió su rápida expansión es la que mantiene, en estos tiempos de comunicación inmediata, a millones informados sobre su evolución, y provoca comparaciones entre países y regiones. También, agrias discusiones.

Es muy difícil, para cualquiera, resistirse a hacer comparaciones. Y es fácil, en estos tiempos polarizados, utilizarlas para hablar bien o mal de personajes o grupos políticos, que se usan como ejemplos positivos o negativos. Eso ha servido en varios lados para hacer política interna, porque se sobreentiende que el saldo de la pandemia habla de la capacidad de liderazgo, la inteligencia y la previsión de los dirigentes políticos. A unos de ellos los fortalece y a otros los debilita.

En México, nación polarizada si las hay, ese factor político se entendió desde el principio. En los primeros días, mientras desde el gobierno, y sobre todo desde la Presidencia, se minimizaba el riesgo que se cernía sobre el país, desde la oposición se insistía en que los datos no eran fidedignos y que, si en Estados Unidos ya había llegado, aquí era mucho peor.

Con el tiempo, se vio que ambas partes exageraban. El peligro era muy real y los contagiados y los muertos tardaron en llegar, pero lo hicieron, desgraciadamente, y en cantidades superiores a las que la mayoría había imaginado.

Era evidente que, en la medida en que se fueran sumando las bajas por el COVID y las de la economía, las críticas por el manejo de la pandemia iban a ir en aumento. La imprecisión de los pronósticos sobre el famoso pico y el comportamiento de la curva, la continuación del confinamiento más allá de lo predicho, los mensajes cruzados y la poca certidumbre sobre dónde estamos parados en esta crisis de muchas caras, han abonado en contra de la popularidad de López Obrador. Y eso es algo que le importa mucho al Presidente.

Un dato adicional es que, en los dos primeros meses del desarrollo de la pandemia en el país, le fue mucho mejor a los estados que se distanciaron de los puntos de vista del gobierno federal y se generó, simultáneamente, una suerte de neofederalismo, con gobiernos locales enfrentados al centro, por lo menos en los temas sanitario y fiscal.

Las respuestas de AMLO han ido variando a lo largo de estas semanas. Por una parte, ha tenido que atemperar su optimismo: ya no somos de los países con menos contagios, y ahora la comparación se hace en muertes por millón de habitantes… con países que ya superaron, en su mayoría, la fase crítica de la pandemia. Por otra, ha pasado de ponerse, de mala gana, en manos de los expertos en epidemiología a convertirse en la voz cantante a la hora de aplicar políticas de desconfinamiento. Finalmente, ha ido paulatinamente traspasando las responsabilidades de la pandemia (y, por lo tanto, de sus costos).

Este último asunto es particularmente interesante. Cuando las cosas iban relativamente bien, con relativamente pocos casos y fallecimientos, la responsabilidad era del gobierno federal. En esos momentos, las críticas fuertes eran sobre el escaso apoyo a la economía y el doctor López-Gatell gozaba de un gran prestigio, y no nada más porque hablara de corrido.

Cuando empezó a verse que la cosa no se arreglaba e iba a peor, y que no se cumplían los plazos previstos, se decidió transferir, al menos nominalmente, la responsabilidad a los estados. Es una transferencia parcial y confusa, con semáforos que pueden estar simultáneamente en distintos colores o que, como en la Ciudad de México, pueden estar cambiando de tonalidad, según como uno interprete.

Detrás de esa transferencia está la idea de que, si hay un brote en algún estado que andaba bien en el manejo de la pandemia, la culpa será del gobernador. Pero, claro, si ese brote se controla, el gobierno local podría terminar llevándose las palmas.    

Tal vez por eso ahora, que estamos revirtiendo el confinamiento sin claridad alguna sobre la situación real de la pandemia, hay una nueva transferencia de responsabilidades. Es, considero, lo principal que está detrás del más reciente decálogo presidencial. La salud en medio de la pandemia ya no es principalmente responsabilidad del gobierno, sino del ciudadano. No le echemos la culpa a López Obrador, sino a nuestros malos hábitos, nuestra mala vibra, nuestro descuido por tomar el Metro atestado, nuestro afán por lo material, nuestro desdén por la espiritualidad.

Si bien ninguna de las recomendaciones del Presidente es mala por sí misma, debe quedarnos claro que lo que necesita el país, más que consejos personales, es una política de Estado. Esa transferencia a la población es una abdicación a las responsabilidades del Estado. Y esa abdicación no está dictada por otra condición que la urgente necesidad de esquivar el golpe político por el manejo errático de la pandemia de coronavirus.

Lo más lamentable de todo esto es que la población, en lo general, sí hizo su tarea en la misión colectiva de aplanar la curva de contagios. La mayoría que pudo se quedó en casa, e incluso algunos de los que en realidad no podían. No sabemos de qué forma estrepitosa hubiera colapsado el maltratado sistema de salud, de no haber habido la disciplina social que se manifestó en los últimos meses. Una disciplina que es más loable todavía porque los apoyos gubernamentales fueron muy escasos.

Ahora esa población es a la que le van a cargar sus propios muertos. En particular, los que vengan después de ahora. Por gordos. Por hipertensos. Por consumistas. Por egoístas.

Y ni crean que el desdén inicial o los malos ejemplos posteriores tuvieron nada que ver.


Covid en México: los costos de la inflexibilidad


Pasan las semanas y cada vez se hace más evidente que la estrategia para combatir la pandemia del coronavirus en México tuvo muchas fallas. Lo menos que se puede decir es que han pasado tres meses, los muertos ya son el triple de lo pronosticado inicialmente y el índice de contagios y defunciones sigue al alza. Uno quisiera que el modelo mexicano hubiera funcionado, pero a la hora de hacer el saldo resultó bastante malo.

Al inicio, las cosas parecían ir según el guion. La decisión de confinamiento y el protocolo de sana distancia parecían oportunos; la prevención para aumentar el número de unidades COVID y unidades con ventilador, no tan oportuna pero sí suficiente. Había, sí, algunos obstáculos, como el mal ejemplo presidencial, pero la consigna de “quédate en casa” y las advertencias eran constantes.

Pero faltó un ingrediente fundamental. A diferencia de otras naciones, México no instrumentó un programa de apoyo económico a los trabajadores que quedaban sin ingresos. En la obsesión de mantener el equilibrio fiscal, el gobierno dejó a la población a su suerte. En un país donde tantas personas viven al día, eso significó que muchas personas tuvieron que salir en busca de sustento. Los índices de hacinamiento contribuyeron a multiplicar el virus.

En otras palabras, el confinamiento sirvió para evitar un salto dramático en contagios y hospitalizaciones, pero fue insuficiente para evitar la reproducción ampliada de la enfermedad. Controló, pero no contuvo. Y a un fuerte costo económico. 

El otro elemento que está detrás del fracaso es la obsesión con el “aplanamiento de la curva”, en su versión más simplona. Esta dice lo que evitan las acciones de distanciamiento social es, estrictamente, que los servicios de salud sean rebasados por la demanda de atención derivada de la epidemia. En esta versión, a final de cuentas, se contagian quienes tienen que hacerlo, pero no hay tantas defunciones porque el sistema de salud es capaz de atender a todos.

De ahí la insistencia informativa diaria sobre la disponibilidad de camas en los hospitales IRAG. Se nos machaca cotidianamente que es suficiente, que el sistema no ha sido rebasado. Pero también vemos que, día a día, crece el número de Unidades COVID, en lo que eufemísticamente han dado en llamar “reconversión hospitalaria”. En otras palabras, hospitales que antes se dedicaban a atender otros requerimientos de salud, ahora están dirigidos exclusivamente a COVID.

En el análisis de la epidemia en Lombardía, saltó un dato de la provincia más afectada: Bérgamo. Las defunciones se habían duplicado respecto al año anterior, pero sólo 31 por ciento de la diferencia se podía explicar por la pandemia de coronavirus. ¿De qué murió el otro 69 por ciento? Sólo hay dos posibles explicaciones: o fue por el virus, y no se registró, o fue por otras enfermedades, pero los pacientes no pudieron ser atendidos porque todo el sistema estaba abocado al combate de la pandemia. Un estudio arroja datos similares para la Ciudad de México en abril: el COVID explicaba sólo el 25 por ciento de las muertes adicionales.

En otras palabras, las autoridades de Salud pueden expandir los hospitales COVID al infinito, y presumir que siempre hay disponibilidad de camas, pero ello no evita que las muertes se multipliquen. Tanto las de los pacientes contagiados por el virus como las de quienes prefirieron morir en casa o tenían otro mal y su atención o su cirugía se pospuso a las calendas griegas.

El éxito en el combate a la pandemia, considero, no se mide principalmente en si el sistema sanitario quedó rebasado o no. Es un elemento importante, pero no definitorio. Se mide en el control de los contagios, la disminución del número de muertes y la rapidez con la que es posible regresar con cierta seguridad a algo semejante a la normalidad. Si México aprueba en el primer punto, reprueba en los otros tres.

Hago una acotación: hay una instancia en la que el sistema de salud ha quedado totalmente rebasado (ahí cargaba con un rezago histórico que se evidenció): la incapacidad para informar con tiempo razonable de contagios y fallecimientos. El desastre administrativo ha dificultado a todo el país seguirle el paso a la epidemia, saber realmente en dónde estamos parados en cada momento y tomar las decisiones conducentes.

Finalmente, también ha habido una enorme resistencia a hacer cambios en la estrategia a partir de la experiencia. Si la pandemia no evolucionó como esperábamos, es que una parte del diagnóstico estaba mal hecha. No podemos convertir la Campana de Gauss en un Lecho de Procusto para hacer que la realidad quepa a fuerzas en nuestros supuestos. Menos, si esa campana es indicadora de muertes de personas de carne y hueso, compatriotas nuestros.

Pero es lo que se ha hecho. Y se ha preferido mantener la ruta a pesar de las evidencias. La ruta de no aumentar el número de pruebas, la de no inducir a nivel nacional el uso obligatorio del cubrebocas, la de no buscar tratamientos preventivos para la población, la de poner oídos sordos a recomendaciones de expertos nacionales y extranjeros. Es una ruta que da cuenta de un empecinamiento atroz. La inflexibilidad ha sido muy costosa.

Detrás de esa ruta, hay que decirlo, está una decisión económica. La de no generar el gasto social para apoyar a todos los trabajadores con un ingreso básico durante la pandemia. Y junto con ella, la de no dotar de recursos suficientes al sector salud, como pretendían leales cartuchos, quemados por la circunstancia, como el de Asa Cristina Laurell. Esas decisiones fueron de AMLO, porque importan más el aeropuerto, la refinería, el tren maya y los dineros para apoyos clientelares. En otras palabras, porque las prioridades del país son dos: los deseos de Andrés Manuel López Obrador y las elecciones de 2021. No es casualidad que, en plena pandemia, el Presidente siga en campaña.