jueves, mayo 05, 2016

En este minuto...




Hace tiempo había un noticiero de radio que terminaba diciendo: “ahora usted está perfectamente bien informado”. Más allá del pleonasmo, la frase encierra una gran mentira: nadie puede estar perfectamente informado. Seríamos unos ingenuos si creyéramos que viendo y escuchando los noticieros y leyendo los periódicos estamos perfectamente informados, porque la cantidad de información existente no la puede procesar nadie, ni la más poderosa de las supercomputadoras.

Es cierto que, a través de los medios –y, crecientemente, a través de internet- podemos enterarnos de cosas que suceden en Ucrania, Siria o Guerrero, de algunos intríngulis de la política nacional e internacional y de la vida y milagros de las estrellas del espectáculo y del deporte. Pero lo que todo medio hace es una selección de las noticias y comentarios que despliega ante su público. De eso se trata, en buena medida, el periodismo. El famoso lema del New York Times es “todas la noticias que cabe publicar”, no “todas las noticias publicables”.

Si nos damos cuenta, en el escenario de los medios suelen estar las reuniones y decisiones de políticos, las guerras y actos terroristas, el deporte de alto rendimiento, las opiniones y protestas de grupos activos de la sociedad civil, algunos eventos criminales que ameritan la nota roja y, normalmente, hechos extraños y novedosos: el tipo devorado por una boa, el pingüino que viaja todos los años a Brasil, etcétera. Pero detrás de ese escenario están las vidas de miles de millones de seres humanos, de cuyo conocimiento apenas tenemos una vaga idea. En verdad vemos un pedazo microscópico de la realidad humana; procesamos una proporción minúscula de la información.

Para darnos una idea un poco menos vaga de lo que hay a nuestro alrededor, vale la pena hacer un ejercicio –intentado especulativamente por primera vez por el escritor polaco Stanislaw Lem- acerca de qué es lo que sucede con la humanidad en un minuto. En este minuto.

Demos una probadita de una parte pequeña de ese (de este) minuto promedio, a partir de los datos estadísticos existentes.

En este minuto hay 2 mil 400 millones de personas que duermen. De ellos, aproximadamente 150 millones están soñando. De entre ellos, 7 y medio millones de personas recordarán el sueño que están soñando en este minuto. Dentro de unos minutos o unas horas, les contarán el sueño a sus amigos y familiares; cientos de miles de los soñadores escribirán lo que soñaron. Cada minuto hay un mundo onírico. Ese mundo cambia cada hora y cada día de manera más radical que el mundo de la vigilia.

En este minuto nacieron 250 niños en el mundo. Y hay 30 mil mujeres en el difícil trabajo de parto.
En este minuto murieron 105 personas. Y hay 900 mil que agonizan. Un millón vive su última semana.
De esas 105 personas que murieron en este minuto, 12 lo hicieron por un ataque al corazón; otras tantas, por cáncer; 9, por un infarto cerebral; 21, por enfermedades gastrointestinales; 11, por enfermedades respiratorias.

En este minuto una persona se suicidó (y otra falló en el intento); hubo dos muertos por accidentes de tránsito, una persona murió por caída (lo más probable, un trabajador de la construcción) y otra se ahogó (en el próximo minuto el muerto será por envenenamiento).

En este minuto una persona fue asesinada (y un ser humano asesinó a un semejante).

En este minuto, murieron 4 infantes que habían nacido hace poco tiempo, y una madre, por causas relativas al parto. Murieron al menos tres personas por enfermedades relacionadas con la desnutrición; dos de ellas eran niños.

Mientras eso sucedía en este mismo minuto, hay poco más de 5 millones de personas teniendo actividad sexual (excluyendo masturbación). Aproximadamente 400 mil de ellas tienen actividad homosexual.

En este minuto 423 mujeres están siendo violadas, y denunciarán el hecho ante autoridades u organizaciones de la sociedad civil. No tenemos datos sobre las que no lo denuncian.

Pero también en este minuto 70 mil personas están devolviendo a otra la cartera o bolsa que se encontraron.

En este minuto, 7.1 millones de personas están fumando un cigarrillo. Y al menos 800 mil están fumando mariguana o hashish (si son varios que comparten el porro hay que multiplicar). Un millón y medio de personas destaparon una Coca-Cola en este minuto.

En este minuto hay personas que se están comunicando en 6 mil 900 idiomas diferentes (tal vez un poco menos, si todos los hablantes de un idioma poco usado están dormidos, pero ellos sueñan en ese idioma).

En este minuto se pescaron o sacrificaron 175 mil animales marinos, 90 mil pollos, 2 mil 300 cerdos y 600 vacas para alimento humano (también 22 perros).

En este minuto se produjeron armas por un valor de 751 mil 522 dólares. Y se produjeron medicamentos por un valor de 2.1 millones de dólares.

En este minuto se crearon 300 perfiles nuevos en Facebook, 293 mil personas cambiaron su status en esa red social, los usuarios subieron 316 mil fotografías y dieron 2.1 millones de likes.

En este minuto, 110 millones de personas están practicando algún deporte. La mayoría de ellos son niños y adolescentes (y el deporte que más juegan es el futbol).

También en este minuto, 510 millones de personas están viendo la televisión; casi todos, con un programa de entretenimiento; menos de 30 millones ven en este minuto un programa cultural o informativo.

Como se puede deducir, si bajáramos a detalle estos datos estadísticos –y otros que el lector probablemente ya imaginó- no acabaríamos nunca. Y es sólo un minuto, y sin contar la experiencia personal de cada minuto, que no se puede medir. Por eso, entre otras cosas, son necesarios los medios. Son el filtro necesario para procesar una información de la vida humana que nos aplasta por su cantidad.   
 
La lectura de esta columna toma aproximadamente tres minutos. Multiplique los datos por tres y se dará una idea de la vorágine en la que vive. 
 

martes, mayo 03, 2016

Una joya, una esperanza y hartas desgracias



Mexicanos en GL.

Abril

Llegó la primavera. Con ella, el beisbol de Grandes Ligas y, como ya es costumbre, el análisis de la actuación de los peloteros mexicanos que juegan en la Gran Carpa. Hay que decirlo, el primer mes fue bastante pobre. Lo más destacado: la joya de pitcheo que lanzó Jaime García ante los Cerveceros de Milwaukee y el prometedor debut de César Vargas. Fuera de eso, hartos lesionados.
Aquí el balance del contingente nacional, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 

Jaime García. Si vemos el conjunto del mes de abril, el arranque del tamaulipeco no fue bueno. Apenas una de sus cinco salidas fue de calidad. ¡Pero qué salida! El día 14 tiró juego completo, aceptó sólo un hit, dio una base por bolas y ponchó nada menos que a 13 rivales. Es la mejor actuación de un abridor mexicano desde el sin-hit de Fernando Valenzuela, el siglo pasado. El zurdo de los Cardenales tiene marca de 1 ganado, 2 perdidos, 3.73 carreras limpias admitidas por cada 9 innings lanzados y 35 ponches.

Roberto Osuna rompió, el día inaugural, otro récord de edad. A los 21 años, es el pitcher más joven en anotarse un salvamento en la primera jornada de hostilidades. Derrotó en carrera parejera a Drew Storen por el puesto de cerrador de Toronto y ha cumplido muy bien, no permitiendo carrera en ninguna de las oportunidades de salvamento que ha tenido. Le han pegado, sí, pero en circunstancias que no son de rescate. En la temporada, el sinaloense lleva marca de 0-0, 6 rescates, 2.38 de carreras limpias y 13 chocolates recetados.

Adrián González suele tener abriles candentes. Esta vez el fuego le duró apenas las dos primeras semanas y ha bateado con un poco menos de poder que en años pasados. El tijuanense de los Dodgers tiene promedio de .277 con 3 cuadrangulares y 15 producidas. Suele enfriarse en mayo. Esperemos que no lo haga.

Marco Estrada entró con una semana de retraso debido a problemas en la espalda. De las cuatro salidas del sonorense de los Azulejos de Toronto, dos han sido de calidad. Una fue muy buena, cuando le colgó siete ceros a los Medias Rojas en Fenway Park. Su marca del año: 1-2, 2.92 de PCL y 25 ponches.

César Vargas llegó a mitad del mes a suplir por una apertura, para los Padres de San Diego, a un lanzador lesionado. El de Puebla lo ha hecho tan bien que se ha ganado un puesto en la rotación. Han cuidado que el joven no se pase en la cantidad de pitcheos. El problema es que los Padres no batean nada y así no se puede ganar. En el año no ha ganado ni perdido, pero tiene un extraordinario 0.87 de carreras limpias, con 9 ponches.  

Fernando Salas ha tenido un abril con mucho trabajo en el relevo de séptima entrada de los Ángeles de Los Angeles. Lo ha hecho bien, con marca de 1-1, 5 ventajas sostenidas en situación de rescate (holds), 2.57 de efectividad y 9 enemigos a los que recetó el tercer strike.

Oliver Pérez ahora está con los Nacionales de Washington en su reencontrada labor de especialista zurdo: llega, domina a uno y se va. Con poquísimos innings lanzados ya acumula 1 ganado, 1 perdido, 4 holds, PCL de 2.70 y 12 chocolates (que son su verdadera especialidad)

Sergio Romo, en sus labores de preparador de cierre para los Gigantes de San Francisco, empezó como siempre, acumulando holds, pero algo raro pasaba: no ponchaba a nadie. Un tirón en el flexor de la cadera era la causa. Pasó a la lista de lesionados. Con 0-0, 4 holds y 2.70 de PCL. Un solo ponche.

Daniel Castro logró colarse en el roster de los alicaídos Bravos de Atlanta. El de Guaymas ha jugado ya tres posiciones en el infield, como titular de su equipo. Su bat inició caliente, pero a fines de mes se metió en una racha horrible: de 17-0. Aún así, logró evitar la quema en la que el desesperado manager Fredi Gonzárlez bajó a cinco de sus compañeros a AAA. Sus números de abril: .230, con 4 producidas y un robo de pase.

Joakim Soria inició el año como preparador de cierre para los Reales de Kansas City. Incluso obtuvo un salvamento. Pero en general no ha estado efectivo, por lo que ahora lanza en el séptimo inning. El propio Soria comentaba que había tenido un problema con la mecánica de pitcheo, que están intentando solucionar. Su marca es de 1-1 (aunque el ganado fue rapiñado: le pegaron a él, pero le pegaron más duro al pitcher rival), con 4 holds, un rescate, 5.25 de limpias y 11 ponches.

Luis Cessa debutó en Grandes Ligas con los Yanquis de Nueva York, lanzando dos entradas en las que permitió una carrera. Al joven veracruzano lo regresaron al rato a sucursales.

Yovani Gallardo había firmado contrato de tres años con los Orioles de Baltimore. En la revisión médica se lo bajaron a dos temporadas. No andaban errados. El michoacano cada vez soporta menos lanzamientos, y su velocidad ha ido a la baja. Una buena primera apertura le dio la victoria, las siguientes fueron mala, peor y horrible. Le diagnosticaron una tendinitis en el brazo de lanzar y está en rehabilitación. Lleva 1-1, con un feo 7.00 de PCL y sólo 9 ponches.

Arnold León o la eterna puerta giratoria. Estuvo un rato con los Azulejos y fue enviado de regreso a AAA. La marca del culiacanense: 0-0, 7.71, un salvamento desperdiciado y dos ponches.

Jorge De la Rosa no ha tenido una salida medianamente buena. La que no fue terrible le significó una victoria. En cada una de las otras cuatro le metieron más de una carrera por entrada. Acabó en la lista de lesionados, para alivio de sus Rockies de Colorado, por un tirón en la entrepierna. Eso sí, el de Monterrey ha estado ponchador. Numeritos: 1-3, 10.18 de efectividad y 28 chocolates.

Miguel González fue desechado por los Orioles, tras una pretemporada horrenda. Lo rescataron los Medias Blancas de Chicago, que lo tuvieron en sucursales hasta que hubo una oportunidad. El Mariachi no la aprovechó: lanzó igualito que en pretemporada y lo regresaron a AAA: 0-0, 8.24 de limpias y 6 ponches..

miércoles, abril 13, 2016

Partidos olímpicos de leyenda: Sangre en el Agua



La semifinal olímpica de waterpolo en 1956 fue un partido que se ganó un nombre: “Sangre en el Agua”.  Ha sido, tal vez, el enfrentamiento en juegos de conjunto más recordado en Juegos Olímpicos. Ha sido, sin duda, el match de polo acuático más famoso de todos los tiempos.

El 6 de diciembre, en la alberca de Melbourne se enfrentaban Hungría y la Unión Soviética, buscando el pase a la final. Los húngaros eran los campeones mundiales y los soviéticos, un equipo fortísimo. Pero lo relevante es el contexto político. Apenas un mes antes, en noviembre, los tanques y las tropas soviéticas habían aplastado la revolución democrática húngara, que exigía la desestalinización del país, libertad de expresión y un gobierno encabezado por el reformista comunista Imre Nagy. La sublevación le costó a los húngaros miles de vidas y a Nagy lo acabaron fusilando dos años después.

La Guerra Fría bajaría a la piscina. Los waterpolistas de Hungría vieron el partido contra la URSS como una forma de venganza. No sólo estaban decididos a ganar el partido, también querían provocar a los soviéticos, hacerlos enojar, frustrarlos. Para poner más condimento todavía, a la alberca asistieron cientos de húngaros que se habían refugiado en Australia, muchos de los cuales, además, venían excitados del box, donde había triunfado su compatriota Laszlo Papp.

Ya se sabe que el waterpolo es un deporte en el que hay mucha violencia subacuática. Jalones, patadas y codazos están en la orden del día de cualquier partido, y el réferi sencillamente no puede verlos todos. El Hungría-URSS sería particularmente violento, y también lo fue verbalmente, porque a los húngaros les hacían aprender ruso en la escuela.

La batalla campal que empezó debajo del agua pronto se convirtió en una guerra de codazos, golpes y silbatazos arbitrales. Los húngaros eran mejores tanto en el juego como en los catorrazos. Pronto su estrella, Ervin Zádor, anotó dos goles, en medio de los gritos y las porras de la multitud. A lo largo del juego hubo cinco expulsados. Hungría anotó otros dos goles, y sus jugadores seguían provocando y enojando a los soviéticos. Cuando faltaba un minuto para el final, Vladimir Prokopov, exasperado, propinó un golpe tremendo a Zádor. “Vi como cuatro mil estrellas, me toqué la cara y sentí la sangre caliente que manaba. Me dije: ‘¡Dios mío, no voy a poder jugar la final!’”.

Cuando Zádor salió ensangrentado del agua, el público enfurecido bajó de las gradas y rodeó la piscina, amenazando a los waterpolistas soviéticos. El árbitro, de manera inteligente, dio por terminado el juego y se logró calmar a la multitud.

Al día siguiente, con su estrella imposibilitada de jugar debido a los hematomas alrededor de su ojo, Hungría venció a Yugoslavia 2-1 y se llevó el oro olímpico.

Lo siguiente entre los jugadores fue decidir si regresaban a Hungría. Se dividieron. Zádor y otros dos pidieron refugio. El goleador terminó viviendo en Estados Unidos, donde entrenó nada menos que a Mark Spitz.

En el 2006, que era el 50 aniversario de esa gesta, se filmó un documental sobre el tema. Allí se reunieron casi todos los sobrevivientes húngaros y algunos soviéticos. Estos últimos comentaron que ellos no entendían que se mezclaran política y deporte. El momento cumbre del filme es cuando se unen los antiguos rivales, ahora ancianos, entran a una de esas maravillosas albercas termales bajo techo que hay en Budapest, y se ponen a pelotear.

“Yo no sabía qué pensar”, dijo Zádor después de ver a los adversarios de hace medio siglo, “pero apenas los vi, nos reconocimos en el deporte”. Y todos se abrazaron.


jueves, abril 07, 2016

Los sueños de los estadios laberínticos (Biopics)



Cuando vivía yo en Italia con mis hijos y Patricia, mi esposa de entonces, tuve un sueño, que titulé al escribirlo como “El estadio laberíntico”. 

Tenía yo que conseguir lugares para todos en un estadio de beisbol absurdo –pero basado en el Parque del Seguro Social-, en el que era imposible (pero teóricamente posible) ver el campo de juego. Un estadio en el que la gente se sentaba en las escaleras viendo hacia afuera, en el que al subir al segundo piso te encontrabas con galerías, por el que pasaban trajineras en el jardín derecho.
En aquel primer sueño no conseguía yo esos lugares. Pronto lo interpreté como resultado de que no habíamos logrado establecernos en Italia: no teníamos lugar. También me percaté de que en el sueño yo era quien hacía toda la búsqueda, y Patricia no me ayudaba para nada.

De regreso a México, para mi sorpresa, continuaron los sueños de los estadios laberínticos. La mayor parte de las veces eran contrahechuras del Parque del Seguro Social, de tan gratos recuerdos. En otras ocasiones eran de futbol: versiones del Estadio Azteca (con palcos que sólo dejan ver media cancha o butacas que están tan lejos que sólo puedes ver las butacas de enfrente) o del Olímpico Universitario (a veces, lo complicado era entrar al estadio: para llegar había que dar un rodeo que te llevaba a la Facultad de Filosofía y Letras, te metías por la puerta de vestidores y nunca podías salir siquiera a la altura de la cancha; en otra ocasión, había lugar en el estadio, pero el partido se disputaba en el Estadio de Prácticas, que en el sueño era aledaño; en otro sueño más, toda la gente del estadio estaba parada y moviéndose, tratando de encontrar un sitio en que se viera bien el juego).
¿Qué quería decir eso? De nuevo, que no encontraba yo mi lugar, que no tenía el asiento que quería en el juego de la vida, que –de hecho- no tenía asiento alguno, digno de ese nombre.

Tuvieron que pasar varios años para que yo dejara de soñar en estadios laberínticos. Entonces surgió otro, el Estadio Onírico. Es un parque de beisbol en una Ciudad de México inexistente –pero que, de manera tentativa, se encuentra en una suerte de Colonia Narvarte, como el del Seguro Social-. En los sueños, no tengo la intención de ir al beis. Simplemente, el parque de pelota se me presenta ahí, a la mitad del camino, como una tentación irresistible. Voy, compro los boletos –a veces eso es un lío- y entro, ya sea solo o con Taide, mi esposa. Me ha tocado estar detrás de home, en el segundo piso del jardín derecho y a un lado del dugout de tercera base. Los juegos suelen ser emocionantes e incluso me he llegado a quedar con una bola proveniente de un fuerte batazo de foul.
Evidentemente, el Estadio Onírico es la respuesta victoriosa a los estadios laberínticos.