jueves, abril 16, 2015

Gûnter Grass... cebollas

El fallecimiento de uno de los más grandes escritores del siglo XX, el alemán Gûnter Grass, da para algunas reflexiones.

Adelanto que de él sólo he leído su “trilogía de Gdansk”, formada por El Tambor de Hojalata, Años de Perro y El Gato y el Ratón, su colección de viñetas titulada Mi Siglo, y algunos artículos periodísticos y entrevistas. Me basta para considerarlo un autor fundamental para entender el siglo pasado, sobre todo a través su juvenil obra maestra, El Tambor de Hojalata.

El destino quiso que Grass fuera uno de los sobrevivientes de su muy particular generación: la de los niños cuya entrada a la primaria coincidió con el ascenso de Hitler al poder y cuya adolescencia coincidió casi exactamente con los años de guerra. Había que ver con ojos de niño o de jovencito todos esos años en los que se gestó el horror, para encontrar metáforas exactas que describieran el absurdo en su cruel integralidad.

Es lo que encontramos en la historia de los chamaquitos cuya diversión es nadar hacia un acorazado polaco hundido cerca de la playa para despojarlo, con ayuda de un ubicuo desarmador, de todos sus tesoros. En la de dos amigos –uno es judío- cuya principal diversión es la fabricación de espantapájaros con el uniforme de la SA (hasta que la guerra los obliga a separarse y también a odiarse: como también termina dividiendo a dos Alemanias).

Es, sobre todo, la historia de un personaje un tanto diabólico, del niño que no quiso crecer –como el alma de su pueblo- y terminó convirtiéndose en la conciencia horrible de un régimen totalitario.

Oskar Matzerath tiene una maldad natural casi tan grande como su inteligencia (no por nada el primer personaje que admira es Rasputín), pero es capaz de romper –con un redoble de tambor, con distintas bandas de excluidos, con su voz vitricida- el orden establecido. Es un falso Niño Jesús, es el parricida que hace evidente la discreta banalidad del mal. Es un ser exitoso por su deformidad, sacrílego constante, carente de ética, jocoso, hipersexuado y amoral. Precisamente por ello es conciencia de sus tiempos. Es el arquetipo del hombre del siglo XX.

También es un aldabonazo en la conciencia del pueblo alemán, que quería pensar, pasada la guerra, que “el nazismo y el fascismo habían sido unos demonios venidos de la noche a mover al crimen a los pobres alemanes, en sí buenos y honrados. Eso era una falsedad”. En ese sentido, la novela es un gran acto desmitificador.

Crear un personaje como Oskar Matzerath, y desarrollar una historia tan delirante,  una historia tan llena de metáforas precisas y dolorosas, es una tarea extraordinaria. Con ella, Grass renovó la literatura europea y contribuyó, hay que decirlo, a que del otro lado del Atlántico se desarrollara el realismo mágico, del que El Tambor de Hojalata es, en cierta medida, predecesor.

Si la literatura es una forma de exorcismo, sin duda las obras de Grass sirvieron para que sacara de sí las experiencias de su primera juventud –es sabido que fue reclutado a los 16 años para las SS- y convirtiera su obra en una denuncia, no sólo del nacionalsocialismo, sino también de toda la hipocresía que le siguió en las dos Alemanias.

Adicionalmente, Grass no cayó en la tentación de simpatizar con la extrema izquierda, sino que fue consecuentemente socialdemócrata el resto de su vida, sin militar por ello en el partido.

Esto le ayudó para tener una visión crítica de la historia. Para no culpar a la realidad de ser lo que es. Para pensar en un socialismo democrático “que es la alternativa ante un capitalismo que tiene la superficie de una superestructura económica formal y los derechos fundamentales liberales, pero en la que corren por debajo la injusticia y la desigualdad”.

Los libros de Gûnter Grass no hablan, más que de paso, de los grandes personajes. Retratan casi siempre al hombre pequeño, al que sufre la historia más que hacerla (o cree solamente sufrirla, mientras también la hace). De eso tratan la mayoría de las viñetas de Mi Siglo, una para cada año.

En Mi Siglo hay un cambio vertiginoso de modas, de inventos, de distracciones, pero se mantienen las relaciones sociales desiguales, se mantiene un cielo gris, y se mantiene una cruel constante: la tecnología termina por estar al servicio de la muerte. Eso no se resuelve siquiera en el alucinante diálogo que Grass inventa entre Erich María Remarque y Ernst Jünger para discutir acerca de la I Guerra Mundial. Hay una suerte de eterna peste en ese libro: a fertilizantes, a escape de automóvil, a Zyklon B. Y ni siquiera la caída del Muro nos salva del pesimismo. Al final queda casi una plegaria, la de la madre resucitada de Grass, quien pide que el siglo XXI no haya tantas guerras.

Grass no deja lugar para el optimismo. Pero, por ello mismo, en todo momento está dando a los lectores ayudas de memoria y metáforas contundentes para que no se dejen llevar por sentimientos epidérmicos y polarizaciones maniqueas: es decir, para que no permitan que los horrores se repitan. Ayudas para seguir siendo humanos.

De otra forma, todos acabaremos yendo al Café de la Cebolla, para escuchar a Matzerath tocar la batería mientras pelamos una y otra cebolla a ver si por fin nos salen las lágrimas.






martes, marzo 17, 2015

Biopics: Il buon giornale



Hay ocasiones en las que la portada de un libro te llama la atención, te imanta por quién sabe qué razones, te hace comprar el objeto y, al cabo de unos años, descubres que ese flechazo resultó ser un momento importante en tu vida. Es lo que me sucedió en una librería de Módena, en febrero-marzo de 1987, cuando mi mirada se desvió a la portada de Il buon giornale (“El Buen Periódico”), un libro escrito por Piero Ottone, quien había sido director del Corriere della Sera en mis tiempos de estudiante en Italia y ahora fungía como capoeditore de La Repubblica, el diario que había cambiado el rostro del periodismo italiano.

El libro tenía un subtítulo muy llamativo: “Cómo se escribe, cómo se dirige, cómo se lee” y Ottone tenía buena fama. Había movido oportunamente el Corriere hacia la izquierda, sin que por ello dejara de ser el referente del stablishment, y había contribuido al proyecto de La Repubblica de Eugenio Scalfari, para convertirlo en el diario más importante del país.

Lo he de haber leído con avidez y como esponja, pues han pasado los años –hace más de un cuarto de siglo lo presté a una periodista, y no lo devolvió- y tengo presentes muchas de sus anécdotas y lecciones, las cuales he aplicado en el oficio al que terminé dedicándome, que es, Gabo dixit, el mejor oficio del mundo.

Relataré, más o menos en desorden, a como los recuerdos, algunos de los puntos de Il buon giornale que se me quedaron para siempre.

Ottone hablaba de los viejos corresponsales, de cuando no había comunicación inmediata con el extranjero, y aquellos mandaban cartas o télex, o al volver contaban sus experiencias. ¿Qué tiene que hacer un corresponsal o un enviado? Relatar como cuando regresas de un viaje y les cuentas las cosas interesantes a tu familia y a tus amigos. Tratas de hacer un relato sabroso, con algún apunte revelador, y no te desgastas en temas trillados: tratas de atrapar lo que descubriste, lo que te platicaron y las sensaciones en frases que puedan decir mucho.

Otro asunto, el del estilo, con el recuerdo del mítico jefe de redacción que pedía que cada frase fuera “sujeto, verbo, complemento, punto y aparte. Si quiere meter una coma, viene y me pide permiso”. Una prevención contra el estilo rebuscado de algunos reporteros que se sienten García Márquez, sin serlo.

Temas todavía más importantes: la precisión por encima de todo. Primero, en el lenguaje: es más conveniente repetir una palabra que, en aras de una supuesta riqueza de vocabulario, transformarla después en falsos sinónimos o en un lenguaje ajeno al lector. Eso es algo que cala en un país donde los hospitales son nosocomios, el agua es el vital líquido, las mujeres son féminas y el Presidente es el Primer Magistrado de la Nación.

Siguiente consejo: no hacer largas citas entrecomilladas al inicio de una nota sin revelar de inmediato quién las dice. El método no crea suspenso, sino fastidio en el lector, y suele ser signo de que el reportero no supo cómo empezar su texto. En el mismo tenor de la claridad, es imperioso no obligar al lector a leer un montón de cosas antes de que empiece a entender de qué se trata el asunto. En otras palabras: la “nota” debe estar en los primeros párrafos.

Ottone trata un asunto fundamental a través de la historia de una hostería clausurada por las autoridades sanitarias a causa de la presunta existencia de ratas. El diario no puede dar por buena, sin más, la presencia de las ratas (a menos de que el reportero las haya visto personalmente): tiene que decir que se trata de una afirmación del inspector de salud. Pero también debe buscar al dueño de la hostería, quien tal vez declare que le cerraron el restaurant porque no quiso pagar una mordida. El buen diario da ambas versiones, y deja al lector la tarea de decidir quién tiene más credibilidad (en este caso, el inspector o el dueño de la hostería).

Esto nos lleva al otro tema capital: el de las fuentes de información. La regla es citarlas, para que el lector sepa cómo nos enteramos del asunto y, también, para que norme su criterio de credibilidad al considerar cuál es la fuente. “Si tu fuente quiere mantenerse anónima, desconfía”, dice Ottone.

Evidentemente hay ocasiones en las que, por razones de seguridad, es necesario no ser explícitos respecto a las fuentes. En esos casos, hay que aproximarse lo más posible a la realidad, para ayudar al lector. Lo que no se debe hacer es escudarse en el anonimato de las fuentes para lanzar versiones interesadas de los hechos. O peor, para dar cuenta de rumores no comprobados.

Otra cosa que dice Ottone es que el lector es como Adán. Es como el primer hombre. O como alguien recién llegado. No está obligado a saber los antecedentes de un asunto, por lo que hay que recordarlos; tampoco, a saber quiénes son los declarantes, por lo que hay que decírselo; mucho menos, a reconocer por sus siglas a personas e instituciones relativamente desconocidas.

Un buen periódico –dice nuestro autor- trata de las personas más que de las instituciones, porque a la gente le interesan las personas. Le interesan los políticos más que los partidos, las historias con las que se puede identificar más que los análisis abstractos.

Ottone admite que no se puede ser siempre objetivos, pero insiste en que hay que intentarlo siempre. Llama a los periodistas a no decir nunca que la objetividad no existe. “Es la coartada de quien quiere contar mentiras”.

Un consejo que me costó trabajo entender -porque lo hice casi a golpes, yo de terco- es el concepto de que "no puedes llevar al público de paseo".

Qué quiere decir esto? Que hay temas de la agenda política y social sobre los cuales los periodistas (o los políticos) pueden insistir una y otra vez, pero que no pegan hasta que la opinión pública está madura para ellos, dispuesta a hacerlos suyos. Entonces pueden volverse un alud incontenible, capaz de cambiar el estado de cosas. Me pasó con el tema de la despenalización del aborto, que no pegó hasta la tercera vez que intentamos ponerlo en el primer lugar de la agenda.

En otras palabras, los periodistas (o los políticos) no son capaces de generar un movimiento social si no están dadas de antemano las condiciones en el ánimo de la opinión pública. En ese caso, pueden intentarlo una y otra vez, para topar con pared una y otra vez.
 

Finalmente, Ottone señala que en los medios de comunicación no hay espacio para la democracia deliberativa: dependen de quien está al mando. Si tiene personalidad, no se limitará a tomar unas cuantas decisiones, sino que le imprimirá a la empresa su propio temperamento, sus peculiaridades personales, al grado que la empresa terminará pareciéndosele (cita varios ejemplos internacionales y yo puedo recordar distintos diarios mexicanos cuyo apellido era el del director que generó un estilo).


jueves, marzo 05, 2015

El búmerang del eufemismo


El jueves 5 de marzo, al menos un par de periódicos nacionales, La Jornada y Ovaciones, tuvieron como encabezado de primera plana que el secretario de Hacienda Luis Videgaray, “Anuncia otro recorte para 2016”.

Surge de inmediato la pregunta: ¿Cómo se puede recortar un presupuesto que ni siquiera ha sido elaborado? ¿Cómo pudieron dos diarios llegar a ese absurdo?

En la redacción de Crónica llegó un adelanto informativo en el mismo sentido. El titular de Hacienda lo habría declarado en Londres, tras la apertura de sesiones del Stock Exchange. Pedí una versión más completa. Ya sabemos que gazapos y tropezones son el pan de cada día de varios altos funcionarios mexicanos, pero esto rebasaba toda lógica. Si era cierto, era un notón, porque hubiera dibujado a un secretario de Hacienda totalmente perdido respecto a su trabajo.

Llegó la versión, y obviamente Videgaray no se refirió nunca a recortes, sino a un dilatado “proceso de ajuste presupuestal”, un rediseño del gasto a partir de la expectativa de menos ingresos petroleros y del eterno miedo de nuestras autoridades económicas a los efectos sobre México de la política monetaria de Estados Unidos. “Continuará apretón presupuestal en 2016”, cabeceamos.

Pero no puedo culpar, en el fondo, a los periódicos que hablaron –incorrectamente- de ajuste. Es más, creo que al menos la mitad de la responsabilidad recae en Hacienda y que, a final de cuentas, le cayó el karma.

Desde hace mucho, pero más notoriamente a partir del sexenio de Miguel De la Madrid, las autoridades –que contralaban verticalmente los medios- se dieron a utilizar, y a la postre imponer, eufemismos en materia económica. Como sabemos, un eufemismo es una expresión suavizada que sustituye a una palabra poco placentera o desagradable.

En términos políticos, se trata de una manipulación del lenguaje. Una víctima civil se convierte en “daño colateral”, una inundación, en un “encharcamiento”, etcétera.
Algunos eufemismos típicos en materia económica son llamar “toma de utilidades” a una baja en la bolsa de valores o afirmar que una empresa “lleva a cabo una restructuración”, para referirse a despidos masivos. Los analistas especializados en economía y finanzas casi no dejan de hablar en ese lenguaje mendaz.

Pero el eufemismo económico más socorrido es “ajustes”, que siempre van en dirección contraria al interés de las mayorías. El PIB se “ajusta” a la baja; los precios se “ajustan” al alza y todo “ajuste” presupuestal equivale a recortes al gasto, preferentemente al de tipo social.

En Londres, Videgaray se refirió a ajustes sin eufemismo. Es decir, al acomodo de los distintos elementos del gasto, adaptándose a las nuevas condiciones externas de la economía.

El problema es que ya no estamos acostumbrados a que nos hablen sin eufemismos. No falta quien escuche “ajuste al presupuesto” y piense en las tijeras, luego no revise y termine escribiendo “recorte”.

En otras palabras, el arma arrojadiza de manipulación lexical lanzada desde el poder fue, en esta ocasión, un búmerang. Merecido se lo tienen.  


jueves, febrero 26, 2015

Construir el México que merecemos



Los pocos segundos que pasaron entre que el actor Sean Penn abrió el sobre que contenía el nombre del filme que se hizo acreedor al Óscar por la mejor película y el fin de la transmisión, han generado un ruido enorme en el país. Tal vez sirvan para mejorar la discusión interna. Ojalá.

Primero, la broma de Penn. “¿Quién le dio la tarjeta de residencia a este hijo de la chingada?”, sería la traducción más mexicana de sus palabras. Increíblemente, la frase sacó de sus casillas a muchas personas en las redes sociales, y a más de un importante “líder de opinión”.

Esa reacción algo que debería preocuparnos como colectivo. Me recordó la vez que mi amigo, el cantautor cubano Virulo, estaba hace décadas en una reunión de artistas socialistas, se le acercó un norcoreano y le preguntó a qué se dedicaba. Virulo respondió que al humor. El norcoreano, muy serio, le respondió: “-Nosotros ya hemos superado esa etapa”.

Hubo quienes tomaron literalmente las palabras de Sean Penn. Hay que ser obtusos para no entender la ironía, que es una figura literaria que da a entender lo contrario de lo que se dice. El golpe estaba dirigido a los racistas que se oponen a la apertura migratoria de Obama y, para darse cuenta, no es necesario saber que González Iñárritu y Penn son cuates, o que el conocido actor es una conocida figura del liberalismo hollywoodense más activo.

Quiero suponer –es más, lo sé de cierto- que la gran mayoría de los mexicanos entiende perfectamente lo que es una ironía. Lo relevante es que a muchísimos se les nubló la inteligencia en ese momento, porque se tocó un tema sobre México y los mexicanos, y empezaron a llover golpes de pecho al canto del “masiosare”

Ese es mi punto. Tenemos la piel demasiado delgada y, aunque a veces entre nosotros nos destrocemos con ferocidad, no queremos que desde afuera se nos toque ni con el pétalo de una rosa. Con esa impermeabilidad no se puede ir a ningún lado.

Como si se quisiera comprobar esta tesis, la reacción desmedida de la Secretaría de Relaciones Exteriores hacia una carta personal del papa Francisco que trascendió a los medios, en la que el pontífice llama a “evitar la mexicanización” de Argentina por el tema de la droga y la violencia, demuestra que solemos comportarnos ante el extranjero como jarritos de Tlaquepaque.

Después, el discurso de González Iñárritu. En un momento dijo: “Ruego que los mexicanos podamos tener y construir el gobierno que nos merecemos”. Eso bastó para que se soltara el alboroto, de todos colores y sabores.

Hay una implicación relativamente clara: no tenemos el gobierno que nos merecemos. Quién sabe si sea cierta, dado que fuimos los mexicanos quienes lo elegimos democráticamente, en sus distintos niveles. Pero se puede convenir en que nos mereceríamos mejores gobiernos. Y creo que hasta los gobernantes estarán de acuerdo con ello.

El ganador del Óscar fue, en realidad, cuidadoso en su lenguaje y políticamente correcto. No le dio alas a los empecinados con el número 43 ni tiró un golpe al plexo solar de ningún político. Fue lo suficientemente sensato como para ayudar a generar un debate útil para el país.

Para mí, la palabra clave de esa parte del discurso de González Iñárritu es “construir”. Y que expresa la acción de construir como recurso colectivo. No se trata de cambiar por el cambio en sí. No se trata de destruir para –supuestamente- después reconstruir. No se trata de que nos pongan un gobierno presumiblemente mejor. Se trata de construir.

¿Y cómo es que los ciudadanos de un país construyen un mejor gobierno? A través de la política, no hay de otra. De la política democrática y la acción concertada, que de ninguna manera se agotan a la hora de depositar el voto. El voto no es delegación de responsabilidades, aunque así les guste manejarlo a muchos partidos políticos; es sólo una parte de un proceso más amplio y que abarca mucho más.

¿Cómo se construye un mejor gobierno? Fortaleciendo nuestra cultura cívica para hacer más llevadera la convivencia social. Pero también vigilando a las autoridades, diciéndoles sus verdades para que mejoren, exigiendo nuestros derechos y cumpliendo nuestras obligaciones. Se construye con propuestas. Y se construye con actitudes verdaderamente tolerantes, lejanas del “ellos contra nosotros”.

El drama nacional es que muchos actores sociales no son capaces de superar la idea excluyente. “Ellos contra nosotros” es exactamente lo contrario a lo que significa política: es mera confrontación. Y con base en esa lógica maniquea varios han hecho su particular interpretación de las palabras del González Iñárritu.
Si sumamos esa actitud prevalente a la solemnidad y la falta de humor, volvemos al inicio: tal vez sí tenemos el gobierno que merecemos. Podríamos construir algo mejor, pero con política incluyente, partidos y ciudadanos

Finalmente, la segunda parte del discurso del cineasta: su llamado a que los migrantes mexicanos sean tratados “con la misma dignidad y respeto que los anteriores que vinieron y construyeron esta increíble nación de inmigrantes”, ha sido la que más chispas ha sacado del otro lado de la frontera.

En particular han reaccionado con dureza quienes precisamente no quieren construir (de nuevo ese verbo clave) y piensan en el “ellos contra nosotros”: el ala derecha del partido republicano, que siempre busca sacar raja del racismo y la xenofobia.

De los tres momentos, me parece que ese último es el que terminará por ser el más perdurable del discurso. Porque habla de un Mexican moment distinto: el que se da dentro de las fronteras de Estados Unidos. A diferencia del otro, que se desinfló muy pronto, el Mexican moment de allende el Bravo está destinado a durar muchos años.

miércoles, febrero 04, 2015

Biopics: Distintos tipos de frío



El invierno de 1986-87 fue particularmente crudo en el norte de Italia. En Módena, la primera nevada fue el 12 de diciembre y la última, el 16 de marzo. Todavía había nieve en Semana Santa.

Llegamos del fin de año en España apenas a tiempo para salvarnos de una nevada de tres días, que puso muy contento a Raymundo, porque por fin podría salir a jugar con una buena cantidad de nieve. Lo llevé a dar una vuelta al parque que está en Viale dei Caduti in Guerra y allí se encontró a un niño un poco más grande que él. La reacción de ambos fue inmediata: hacer bolas de nieve y lanzárselas mutuamente, entre risas. No recuerdo que hayan cruzado una sola palabra, pero es evidente que en esos momentos eran felices.

Quien sufría bastante con la nieve en el patio era el perro Black, que no se podía acomodar en su casita: Alguna vez le dimos asilo en nuestro departamento improvisado, acompañado de una cazuela de arroz con frijoles, que devoraba. Eso permitió que el perrazo –que tenía dos demandas legales por atacar gente- se hiciera muy amigo de los niños. Hay una escena que recuerdo muy bien. En el patio, Black tiene un hueso que mordisquea alegremente, llega Camilo y se lo quita de la boca, el perro se deja y se pone a lamer el hueso, delicadamente, ante la mirada sorprendida de don Nino.

Cuando la nieve se convertía en hielo, caminar por las calles se volvía complicado. Una mañana de domingo fui por el periódico y un café. Me caí dos veces de ida, y otra de regreso con el café en la mano, derramándolo. Tuve que regresar al bar y tomármelo ahí, no fuera a haber otro accidente.

Aprendí a manejar con nieve, que no es tan difícil, si uno va a velocidad prudente y aplica los frenos con la fuerza indicada. Una vez fuimos, con Claudio, a dar un rol por la montaña y dejé el auto en la cuneta de la carretera vecinal. Al regreso de nuestra caminata, la nieve alrededor del auto se había derretido y convertido en un lodazal que impedía arrancar el coche.
 -Vamos a buscar un campesino que nos ayude –dijo Claudio, y recalamos en la primera casa.
 Yo esperaba que el hombre sacara un tractor para jalar el auto. Pero no. Sacó un BMW. Cosas del primer mundo

 El 31 de enero, día de San Gemignano, santo patrón de Módena, fuimos a la feria que se instalaba en el Centro Histórico. Más que otra cosa, se vendía comida típica de Emilia-Romagna, muy rica y a buen precio. A Patricia se le ocurrió ir con unas botas normales de ciudad mexicana, sin percatarse de que eran protección insuficiente para caminar sobre baldosas congeladas. Al regreso me dijo que no sentía los dedos de los pies. Efectivamente varios de ellos estaban azulados. De inmediato se metió a una ducha calientísima.

Las cascadas congeladas
Un sábado, Paolo y Anna nos invitaron a la montaña a ver las cascadas congeladas que se formaban en los arroyos de los Apeninos. Patricia prefirió quedarse a descansar, así que fuimos los niños y yo, la pareja amiga y el perro Black (que Paolo, en su pésimo pero esforzado inglés, llamaba Bleck).

El pastor alemán correteaba feliz en la nieve, y nosotros caminamos por el dique que contenía un canal de riego, antes de emprender una breve escalada, hecha dificultosa por la nieve que nos alcanzaba a media pantorrilla. Yo, toda la subida iba cargando a Camilo en la cangurera. El pequeño abría los ojotes, impresionado por lo que veía, y a cada paso pesaba más. Rayo, en tanto, correteaba con tanta alegría como Black.  

Finalmente llegamos a la zona de las cascadas congeladas, todas pequeñas, menores a dos metros, distantes una veintena de pasos una de la otra. Para uno que es relativamente tropical resulta maravilloso, casi mágico, ver el agua detenida en su caída: el flujo convertido en estatua natural efímera. Sé que a Raymundo lo impresionó porque es de lo poco que recuerda de aquel año.

De regreso –es decir, de bajada- que se rompe la cangurera con la que cargaba a Camilito. Paolo se compadeció de mí, que estaba exhausto, y lo llevó en hombros hasta regresar a donde habíamos estacionado nuestro vehículo.

Otros fríos
Yo había insistido en buscar departamento –aferrado a la cada vez más dudosa, debido a la reticencia de Patricia de buscar un trabajo, posibilidad de que nos quedáramos más allá del año en Italia- y Anna supo de una señora, de nombre Ombretta, que rentaba uno en Modena Est, cerca de donde había vivido yo en mis tiempos de estudiante.

Hice la cita con la señora un día de nevada (mismo en que me dí cuenta que la chamarra que me traje desde México no era la más calientita). Vimos el departamento, que rentaríamos por seis meses, en principio. Estaba bien, pero pronto advertí que la mujer quería aprovecharse de nuestra condición de extranjeros cuando puso condiciones leoninas, tras enterarse de que había dos niños, y no uno, en la familia. Concluí que era una racista y no acepté.

De regreso, platiqué con don Nino, el papá de Anna, para convenir en que nos quedaríamos allí hasta el verano. El hombre, que era un caballero y se había encariñado con mis hijos, quedó muy complacido.