lunes, septiembre 27, 2010

Estabilidad política, crecimiento de largo plazo... y fueros


En estas fechas en las que la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución obliga a un repaso de la historia de México, no han faltado voces revisionistas que, en el afán de relativizarlo todo, señalan que los movimientos armados que se conmemoran, en realidad tuvieron resultados nocivos para la economía nacional.

En el caso de la Independencia, se argumenta que la economía tardó décadas en recuperarse a los niveles de los últimos años de la Colonia. En el de la Revolución, que el ritmo de crecimiento posterior fue notablemente inferior al que persistía durante el Porfiriato. El argumento tiene razón en términos estrictamente numéricos, pero sale de una visión totalmente aislada del país, que no toma en cuenta ni el entorno económico internacional ni una serie de condiciones internas.

Al poner las tasas de crecimiento económico en su contexto, queda claro que los argumentos en contra de independentistas y revolucionarios no son más que un sofisma. También aparecen otras hipótesis sobre crecimiento de largo plazo, sobre las cuales bien podrían abundar los académicos.

En el estudio del crecimiento económico de largo plazo, la obra fundamental son las estadísticas históricas de Angus Maddison, una enorme base de datos sobre la economía mundial a lo largo de los siglos, que cruza información histórica, demográfica y de producción. Si bien es cierto que, mientras más atrás nos vayamos en el tiempo menos precisos son los datos, también lo es que, como se miden tendencias seculares, las imprecisiones no son capaces de nublar la visión general.

Según los cálculos de Maddison, durante la Colonia la economía mexicana creció a una tasa promedio de 0.14 por ciento anual. En otras palabras, y contra la versión revisionista que reivindica para la Nueva España cierta modernización productiva, lo que predominó fue el estancamiento (profundo, en los primeros dos siglos, moderado en el siguiente). Y aunque esta larga época no fue de gran dinámica económica mundial, la economía de nuestro país creció 57 por ciento más lento que el promedio global.

Al inicio de ese periodo de la historia del mundo, el país más rico era Italia, pero rápidamente los mercaderes holandeses y británicos se hicieron de recursos financieros y gestaron las condiciones que posibilitaron la revolución industrial. España no aprovechó su imperio “en el que no se pone el sol”, pero los tributos, alcabalas y prohibiciones en sus colonias americanas baldaron el desarrollo de las mismas. La Guerra de Independencia se hace en un país que está perdiendo posiciones a nivel mundial (de hecho su contribución al PIB global es inferior que al momento de la conquista) y que encuentra en la dependencia colonial un dique a sus posibilidades de desarrollo.

Los datos de Maddison señalan que en el periodo 1820-1870, la economía mexicana creció a una tasa anual compuesta de 0.44 por ciento. Aproximadamente el triple que el siglo precedente. Sin embargo, dadas las nuevas condiciones de la economía mundial, es un desempeño todavía peor que durante la época colonial. En términos dinámicos, México creció 53 por ciento más lento que el promedio mundial y, dado el aumento de su población, al final del periodo, el producto per capita era inferior que al principio. Pasamos (a paridad de poder de compra de 1990) de 759 dólares anuales por persona en 1820, a 674 dólares en 1870. Un empobrecimiento neto.

Ahora bien, ¿Se debió este empobrecimiento a la Independencia o a la incapacidad de una generación de mexicanos para aprovechar el fin de las barreras externas al desarrollo? Baste recordar tres cosas: Primero, que las independencias americanas coincidieron con el inicio de un periodo mercantilista de proteccionismo comercial mundial, que no generó un entorno favorable; segundo, que en México la lucha de los conservadores y la Iglesia por mantener fueros y privilegios mantuvo al país en una situación de constante inestabilidad política, al tiempo que impedía que se liberaran los detonantes del desarrollo; tercero, que en medio de esa lucha, México perdió la mitad de su territorio.

En el mismo periodo se va definiendo una suerte de división internacional del trabajo. El resto de América Latina crece un poco más rápidamente que México, sobre todo los países “vacíos”, como Argentina y Uruguay, que empiezan a recibir inversión extranjera y a especializarse en la exportación ganadera. Para 1870, el ingreso per capita en México es inferior al promedio latinoamericano. Son las décadas en que la de Estados Unidos se instala como una economía pujante y crecientemente industrial.

A partir del fin de la guerra civil en México hay un notable repunte en la economía. De los últimos años del juarismo a los primeros de la Revolución (1870-1913) el crecimiento promedio anual es de 3.38 por ciento, uno de los más dinámicos en el mundo. México crece 60 por ciento más rápidamente que el promedio mundial, su producto por persona se triplica y vuelve a rebasar al promedio de las economías latinoamericanas, se acerca al de varias europeas e incluso acorta distancias con Estados Unidos. El orgullo de Don Porfirio no era gratuito.

Pero, ¿Qué tanto de este auge es atribuible a la Pax Porfiriana? Hay un dato fundamental: el crecimiento detona a partir de la aplicación de las Leyes de Reforma, que liberan tierras y capital de “manos muertas”. En otras palabras, nace del fin efectivo de los fueros y del término de la preponderancia de la Iglesia. Durante el Porfiriato cobra forma y se define como un modelo socialmente excluyente.

El periodo 1870-1913 es conocido económicamente, a nivel mundial, como de “auge liberal” y de formación de una economía integrada y competida; y políticamente, como de “los viejos regímenes”. Todos éstos entraron en crisis a principios del siglo pasado y terminaron sepultados bajo revoluciones internas o la I Guerra Mundial. A la crisis política correspondieron un desplazamiento del centro de gravedad económica mundial hacia Estados Unidos y una vuelta al proteccionismo.

Entre 1913 y 1950 la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 2.62 por ciento. Un poco más lento que la del motor mundial, EU, pero 44 por ciento más rápido que el promedio global y a más del doble que Europa Occidental. En esta época despegan los países escandinavos y se hunden, entre deudas y guerras, España y Alemania.

México creció por encima de la media al tiempo que se formaron instituciones fundamentales, como el banco central o el Seguro Social, se repartieron tierras y se palió, así fuera un poco, la desigualdad en la distribución del ingreso. Pero el ingreso per capita creció poco (36 por ciento), debido al incremento poblacional.

El periodo de más veloz crecimiento económico mundial es entre 1950 y 1973, a partir de los acuerdos de Bretton Woods. Un sistema de economías semiabiertas para la mayor parte de los países desarrollados, de sustitución de importaciones para aquellos “en vías de desarrollo” y de política económica proactiva, con intervención del Estado.

Durante este periodo, México creció a una tasa media anual de 6.38 por ciento, superior en 30 por ciento al promedio mundial. Creció más rápido que Estados Unidos y salvo Japón, Alemania e Italia, que despegaron tras reconstruir sus economías, fue de las naciones más dinámicas. Sus ingresos por persona se duplicaron, pero hubieran alcanzado a los de varios países industriales europeos, de no ser por la enorme tasa de natalidad y de incremento poblacional.

En la década de los setenta hay dos crisis concurrentes: la del patrón oro-dólar, que acaba con el sistema de Bretton Woods y la fiscal del Estado, que pone en crisis la participación pública. Dan inicio procesos paralelos de liberalización de cambios, restricción presupuestal, privatizaciones y apertura comercial y financiera global. Maddison ubica este periodo hasta el fin de sus cuentas, que es en 2001, pero muy posiblemente haya terminado en 2008, con la crisis financiera que derivó en recesión mundial y que exige nuevas reglas de juego.

Pues bien, en ese periodo la economía de México creció a un ritmo de 3.45 por ciento anual, 13 por ciento más que el promedio mundial, pero su ingreso per capita lo ha hecho a una tasa muy inferior, debido al crecimiento demográfico. Mientras que el PIB casi se triplicó en esos 28 años, el producto por persona sólo creció 46 por ciento.

El más reciente ciclo mundial se caracterizó porque las naciones entraron en crisis en etapas sucesivas: a fines de los setenta, las naciones desarrolladas, afectadas por el shock petrolero; en los ochenta, varios países, como México, afectados por la deuda externa; en los noventa, las naciones árabes y –tras la desintegración de la URSS- las de Europa del Este… y durante todo el periodo, África. Los más dinámicos, en cambio, han sido China, India, Noruega y España.

De 2001 a la fecha, el crecimiento en México es todavía más raquítico y, así como la generación de Santa Anna no aprovechó el “bono de la independencia”, ésta parece dejar ir el tren del “bono demográfico”, ahora que un amplio porcentaje de la población está en edad de trabajar.

Hecho este apretado resumen, ¿Qué conclusiones – hipótesis podemos sacar?

Primero, y más obvia, que quienes pretenden poner en la picota los movimientos de Independencia y de Revolución se equivocan de objetivo. Los malos resultados económicos, tras la Independencia, no dependieron de ésta, sino –esencialmente- del severo desorden político, la falta de instituciones y la resistencia de los grupos de poder a dejar las prebendas que los beneficiaron en la era colonial. Y tras la Revolución, los resultados económicos no fueron tan malos.

Segundo, que los periodos de mayor auge relativo de la economía mexicana corresponden a etapas de estabilidad político-institucional, con rasgos autoritarios. En ambos casos, los gobernantes tendieron a priorizar la dinámica económica por encima de la estabilidad social y, en los dos, encontraron severas resistencias sociales al final del periodo, que coincidió con el fin de un ciclo, y un estilo de desarrollo económico mundial. La diferencia entre el fin abrupto y violento del régimen porfirista y la erosión paulatina del priísmo autoritario se explica por el diverso grado de madurez de las instituciones y por la flexibilidad política de supervivencia de parte de la clase priísta.
Tercero, que la correlación entre épocas autoritarias y altas tasas de crecimiento económico no implica causalidad. En cambio, sí la hay entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías. La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos.

Cuarto, que valdría la pena estudiar qué tan fuertes son las correlaciones –y si puede explorarse la causalidad- entre intervención activa de las iglesias en política –la católica en el caso de México, Italia, España…- y las tasas de crecimiento económico. Parece que la hay, y es claramente negativa.

Quinto, que las altas tasas de crecimiento demográfico de México implicaron, en el corto plazo, un menor aumento del producto y el ingreso por persona y, en el largo plazo, un “bono demográfico”, al incrementarse notablemente la cantidad de personas potencialmente productivas. El largo plazo ya nos alcanzó y, si no aprovechamos el bono demográfico, habremos pagado las altas tasas de natalidad al doble de su precio social.

Sexto, que ningún proceso de desarrollo puede hacer abstracción del entorno internacional. Creer que a golpes de ideología se puede forzar un modelo económico es pretender nadar a contrapelo en medio de una fuerte corriente. Y el modelo que nació hace poco más de tres décadas, con la crisis fiscal del Estado, ya dio muestras de agotamiento. Ese camino quedó intransitable. No se puede seguir por él.
Esta conclusión vale tanto para el camino keynesiano tradicional, sellado hace años (aunque no deja de ser tentador constatar que el ingreso por persona en México hoy es similar al de EU del New Deal y al de Europa Occidental de 1960, a quienes ese camino hizo tanto bien), como para el que acaba de derrumbarse, de liberalismo extremo.

Séptimo, que por todo lo anterior, es ingenuo suponer un desarrollo lineal en los próximos años. La pobreza, la desigualdad y la violencia no desaparecerán dentro de cinco décadas sólo porque así lo deseamos o soñamos, como parece sugerir la cápsula del tiempo que tuvo a bien legar el presidente Calderón. El que eso suceda depende de nuestra capacidad para adaptarnos correctamente al entorno mundial y, sobre todo, para crear un ambiente de estabilidad político-institucional que sepa ser socialmente incluyente.

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