En 1990, entre las clases que daba en la Facultad y el tiempo cada vez mayor que le dedicaba al periódico, tenía poco tiempo libre. Los sábados estaban dedicados a mis hijos: es decir, ir en la mañana a Pumitas, con el Rayo jugando y Camilo -temporalmente retirado del fut- analizando detalladamente las hojitas que recogía; luego comer con ellos e ir a la casa, donde a veces jugábamos con Taide (recuerdo que nos echábamos un basquet, en el que el balcón del primer piso era la canasta y Camilo jugaba como rechazador de posibles anotaciones, antes de depositarlos de regreso con su mamá. Quedaba el domingo en la mañana, porque al periódico yo iba de domingo a viernes, y entonces Taide y yo nos íbamos a una matiné en el cine y a comer pozole o, cada vez con más frecuencia, a jugar boliche al Bol Bahía.
Jugar boliche nos gustó. Taide lo hacía con una bola que había abandonado una inquilina de mi mamá. Ambos teníamos una técnica correcta, pero elemental. Nos dimos cuenta que a las pocas semanas ya habíamos elevado notablemente nuestro promedio. Uno de esos domingos invitamos a Fernando Cabral, el coordinador de la sección de deportes (buen bolichista de segunda fuerza, con el agregado de que su segundo apellido es Bowling) y nos enseñó algunas cosas, como la utilidad de las flechas y la técnica para tirar de gancho (y, se supone, evitar un split). Me regaló una bola vieja, a la que en el propio bol acomodaron para que se adaptara a mis dedos. En una de esas vemos anunciado un torneo de parejas abierto a jugadores de todas las fuerzas con un horario aceptable para mis tiempos periodísticos: los miércoles a las 11 de la noche. Si me apuraba a la salida del diario, podría llegar. El precio era apenas superior al de rentar líneas de manera normal y además ofrecía premios y trofeos.
Nos inscribimos y decidimos ponerle al equipo Los Evodios, en honor al santo del 6 de mayo, día de nuestro cumpleaños. En la primera jornada nos tocó contra un par de gorditos muy simpáticos. Ya no recuerdo el nombre de su equipo pero, como a uno de ellos, que era jefe de meseros en un VIPs, le decían Garfield, los recordamos como Los Garfields. Se disputaban tres líneas por sesión, cada victoria daba un punto, había otro punto al equipo que tuviera la suma mayor en los tres juegos, y uno más por asistencia. Esa primera sesión empatamos a 3 con Los Garfields, ayudados por el handicap que te daban a partir del promedio. Quedamos felices y tan picados que las mañanas del domingo se hicieron más bolichísticas que cinéfilas.
Cada equipo de esa liga tenía su propia personalidad. Los Sirgos, que eran una pareja de rubios muy serios, nos apalearon 5-1. También perdimos contra un equipo que se llamaba SyS (Ese y Ese), formado por tres peseros que jugaban dos líneas cada uno. Como a Taide no le gusta poner apodos, dos de ellos eran Viruta y Capulina. Viruta tiraba derechito, sin efecto, tenía bastante suerte y, como el actor, creía ser mejor de lo que era. Capulina nomás se reía de todo. Derrotamos, en cambio, a Las Tribilinas (el equipo de dos jóvenes muy risueñas, que tenían la costumbre de susurrar "cébalo-cébalo" cuando era el turno de los rivales, tenía otro nombre, pero Taide las apodó así y es como lo recuerdo). Otros eran Los Picapiedra (típico nombre de equipo de boliche, junto con el de Búfalos Mojados) , con una parte de la familia Avelar, muy cotorros, a los que derrotamos. Otro de los Avelar hacía equipo con un cuate llamado Manuel Pérez, que era todo un caso. Del equipo no recuerdo el nombre, pero sí a Manuel: tiraba con un gancho gigantesco: la bola se iba casi rozando la cuneta derecha para luego clavarse entre los pinos 1 y 3 para la chuza. Contra Avelar y Pérez perdimos 4-2, porque ganamos el único juego en el que Manuel tiró por debajo de 200.
Pero a Manuel Pérez le pasó algo raro. Conforme avanzaba el torneo, sus tiros dejaron de besar la cuneta antes de quebrar y empezaron a acanalarse. El hombre entró en pánico, se compró una nueva muñequera, pidió consejos a personas cada vez más random. De tirar 200 pasó a scores de 60-65, dejó el liderato y se precipitó. La mente es cabrona. El caso es que a nosotros nos tocó el Manuel Pérez estelar, por desgracia.
Taide y yo le echamos la culpa del maleficio de Manuel Pérez al equipo Olben, constituído por una pareja oaxaqueña: Olivia y Benjamín. Olivia era, de lejos, la peor jugadora de todo el torneo. Benjamín era, si somos amables, un bolichista mediocre. Pero por alguna razón, todos los que jugaban contra ellos tenían esa noche una de sus peores actuaciones. No fuimos la excepción y perdimos 4-2. Taide aseguraba que eran brujos. No era la única, porque los Garfields decían lo mismo. Increiblemente, acabaron ganando el trofeo.
Había más equipos, pero sólo recuerdo otros dos nombres: uno es Los Halcones, que eran dos fortachones que tiraban las bolas de boliche en la consideración de que mientras más fuerte lo hicieran tirarían más pinos. El otro es MyM, al que derrotamos dos veces. La segunda fue memorable, porque, en el segundo juego de esa sesión, encontré sendas manchitas en la duela, apunté ahí las bolas que tiraba y engarcé chuza tras chuza. Siete veces seguidas. Hice la friolera de 243 puntos y ese día me llevé los premios de Tiro Mayor y de Serie Mayor del torneo. Además de divertido, nos salió gratis,
Como el primer torneo había sido una gozadera, nos inscribimos al siguiente. Fuimos Los Orishas. Ahí nos volvimos a topar con los amigos Garfields (y los vapuleamos porque en esa ocasión Taide estuvo inspirada) y con el equipo de un taxista y su pareja, con el que llevamos amable rivalidad en otros campeonatos más. El tonto del Viruta se metió con los de primera fuerza y lo hicieron pinole. Ese segundo torneo fue menos memorable que el anterior. Como equipo volvimos a quedar a media tabla, pero sin premios individuales. Una cosa es tener un buen día y otra, muy diferente, es ser consistente.
Una cosa curiosa es que, a partir de 1991, a veces me llamaban al bol desde la redacción del periódico, para consultar dónde poner una nota de última hora. Preguntaban "por el Doctor Báez" y así me voceaban. Un montón de jugadores creían que yo era medico.
Los Orishas fuimos luego Los Correcaminos y, algunos nombres y años después, en una liga dominguera, En Línea. En un torneo quedamos en tercer lugar. Esa liga dominguera en 1992 fue la última en la que participamos, porque nos molestamos con las burlas de un tipito amanerado, compañero de equipo de uno que tiró cerca de 300 y porque las responsabilidades en el periódico eran ya tan grandes que las interrupciones impedían el disfrute pleno.
Posdata: Taide me recordó muchas cosas: que el nombre del equipo de Las Tribilinas era Las Inútiles. Al torneo siguiente cambiaron a Get Up, pero no mejoraron. El equipo de Hugo Avelar y Manuel Pérez se llamaba Ron-pepinos y Manuel llegó a tener promedio de 216 antes de su desplome. El más fornido de Los Halcones era "el gordito Petrie". En el torneo en el que Viruta se pasó a primera fuerza e hizo el ridículo, sus ex-compañeros de SyS se burlaban harto. Todos suponíamos que Los Sirgos iban a ganar ese primer torneo, hasta que inexplicablemente fueron barridos por Olben.
"Estábamos picadísimos", dice. Y asegura que lo que nos sacó en realidad de las ligas de boliche fue el nacimiento de nuestra hija, en 1994.
El Bol Bahía, como muchos otros, ya no existe.

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