miércoles, agosto 26, 2009

Biopics: Bolonia y el movimiento estudiantil de 1977

Uno de los momentos centrales de los llamados “años de plomo” en Italia fue el movimiento estudiantil de 1977. Oficialmente, se desató por la propuesta de reforma enviada al parlamento por Malfatti, ministro de Instrucción Pública. Según ésta, los planes de estudio se hacían más rígidos, se creaban carreras intermedias, se dividía a los profesores en titulares y asociados y se dificultaba –nominalmente- la presentación contínua de exámenes. Más allá del pretexto, el movimiento derivaba de dos fenómenos: el crecimiento del desempleo juvenil y el malestar de la ultra ante las posiciones del Partido Comunista Italiano, que –en pos del Compromiso Histórico- se había abstenido en la formación de gobierno (es decir, que ya no era abiertamente de oposición).

Al mismo tiempo, la efervescencia contracultural había creado nuevas tribus políticas: una suerte de movimiento proto-punk, que llevó el nombre de Indios Metropolitanos, y cuya principal actividad fue la “autorreducción”: llegaban en masa a un local –que podía ser el comedor universitario, un bar o una pizzería- consumían y pagaban sólo una parte de la cuenta y otros grupos, llamados “autónomos”, que se decían comunistas revolucionarios y simpatizaban vergonzantemente con grupos armados como las Brigadas Rojas.

Por supuesto, las condiciones objetivas eran las que más contaban. Una parte importante de los graduados universitarios no encontraba trabajo –o, al menos, no en su área de conocimiento- y muchas de las pocas plazas se asignaban en función de contactos y conectes. Por eso se hablaba del “estacionamiento universitario”: la universidad como espacio que difuminaba las tensiones sociales, al mantener “ocupados” a los jóvenes que de otra forma formarían parte del ejército de desempleados –al que, de cualquier manera, estaban destinados a engrosar-. Resulta por lo menos curioso que este útil concepto haya coexistido en el tiempo con el de la “universidad-fábrica”, igualmente promotor de movilizaciones ultrosas, que se desarrolló en México, donde los estudiantes sí encontraban empleo.

El movimiento italiano criticaba que los niveles de calificación fueran funcionales, exclusivamente, “a las exigencias del mercado de trabajo capitalista”. Denunciaba que se buscaba acabar con las profesiones liberales para convertir, por ejemplo, a los ingenieros en “trabajadores del territorio” y a los médicos en “operadores de la salud” (en el fondo yacía el temor a convertirse en proletarios, hecho evidente por el rechazo a las carreras intermedias). Si nos damos cuenta, había un poco de nostalgia por los viejos tiempos en los que el título sí contaba.

En esas condiciones, que el PCI hubiera decidido aceptar la “política de sacrificios” acordada por el gobierno tras la crisis fiscal del Estado, era visto por varios como una traición a las demandas históricas del bloque progresista. Un momento clave del movimiento fue cuando los ultras expulsaron violentamente a Luciano Lama, líder comunista de la más poderosa confederación sindical, cuando fue a echarse un discurso en la Universidad de Roma.

Comparativamente, la Facultad de Economía de la Universidad de Módena era un oasis de tranquilidad. Lo más que hicimos fue una suerte de happening, en el que, para colmo, acabaron participando los maestros.


En Bolonia fue donde la tensión fue mayor. Hay varias razones detrás de ello. La primera, que era una universidad muy politizada, con gran presencia de la extrema izquierda. La segunda, que –a diferencia de otras- todas las facultades se encontraban en el casco del centro histórico. La tercera, que Bolonia era una ciudad emblemática para el PCI: su gran bastión histórico y el ejemplo más notable del estilo de gobierno del Partido: si se quería atacar al PCI, Bolonia era un objetivo ostensible.

A partir de las “autorreducciones” de principios de año, la ultra se apoderó de gran cantidad de espacios de la universidad boloñesa, en un movimiento que se caracterizó rápidamente por su lógica insurreccionalista y por su autoritarismo agresivo (un poco al estilo de lo que fue el CGH en la huelga de la UNAM). La lógica de los “autónomos” era que quien no estaba con ellos, estaba contra ellos y que quien, incluso dentro del movimiento, disintiera abiertamente era “el brazo provocador de los socialdemócratas” (es decir, del PCI).

El 11 de marzo, un grupo de ultras atacó a los miembros de Comunión y Liberación que celebraban una reunión en un auditorio de la Universidad de Bolonia, el rector llamó a la policía que sacó sanos y salvos a los católicos, y cargó contra los izquierdistas. A partir de allí se dio una serie de escaramuzas por toda la zona universitaria, en la que abundaron las bombas molotov: una de ellas pegó en un tanque ligero y lo incendió. Un militante de Lotta Continua resultó muerto, al parecer por una bala disparada por un carabinero. Al final, la ultra tomó la universidad.

Beppe Falavigna, Eduardo, Jorge y yo fuimos a Bolonia un par de días después, para ver qué onda. Efectivamente, los “autónomos” reinaban en Via Petroni, Vía Zamboni Via San Vitale y alrededores. En el centro abundaban los comercios cerrados, las vitrinas rotas, los graffiti llamando a la insurrección.

Nos movimos de la zona universitaria hacia la Plaza Grande y detrás de nosotros empezó a desarrollarse un enfrentamiento entre los “autónomos” y la policía, que buscaba recuperar posiciones. Nos replegamos junto a la masa, hasta llegar a Via Rizzoli (que es la calle contigua a la Plaza Grande), mientras detrás de nosotros los ultras lanzaban una lluvia de molotovs a los policías.

La policía llegó hasta Via Rizzoli, haciéndonos retroceder a participantes y mirones. En esa calle, que es más ancha, lanzó algunas bombas lacrimógenas, que nos hicieron alejarnos aún más.

En eso estábamos, cuando distingo que viene marchando un grupo antimotines en dirección hacia nosotros. “¡Es como el 10 de junio!”, le digo a mis compañeros mexicanos en voz alta. Suponía que vendría una operación sandwich en la que podríamos quedar atrapados. Buscamos una esquina propicia para poder huir, y al mismo tiempo ser testigos de lo que sucedería. Para nuestra sorpresa, los uniformados marchan despacio, ocupando solamente el arroyo y permitiendo a la gente dispersarse, con cierta tranquilidad, por las aceras, los portales y las calles aledañas. Cuando llegan frente a una plazuela, doblan hacia las estrechas calles medievales de la zona universitaria, donde los más audaces de la ultra se siguen enfrentando al contingente policiaco. Quedamos detrás del grupo antimotines, y desde esa posición vemos cómo terminan de hacer la pinza de una manera quirúrgica, reprimiendo sólo a los activistas más belicosos.

Nos retiramos del lugar. A unos cien metros del cruce de calles, recojo un pedazo de bomba lacrimógena. Me tizna la cara de negro.

Años después, se dirá que aquella ocasión, familias pacíficas fueron golpeadas en una represión indiscriminada.

lunes, agosto 24, 2009

Clasificación histórica de marchistas mexicanos

Actualizada al 13 de abril de 2026

En 2009, cuando marcha olímpica mexicana obtuvo de nuevo una medalla en un Campeonato Mundial de Atletismo, a alguien se le ocurrió hacer una encuesta sobre quién había sido el más grande marchista en la historia de México y, aunque el ganador resultó obvio, me sorprendió la desmemoria de algunos. A partir de ahí, desarrollé un método clasificatorio con base en los podios olímpicos, mundiales, de Copa del Mundo y panamericanos.


Esta es la lista:
Raúl González 850 puntos
Ernesto Canto 655 
Daniel Bautista 585
Carlos Mercenario 535
Lupita González 480

Daniel García 465
Bernardo Segura 370
José Pedraza 220
Noé Hernández 200
Joel Sánchez 150 
Enrique Vera 150
Martín Bermúdez 145 
Horacio Nava 130
Éder Sánchez 125
Graciela Mendoza 110 
Alegna González 100
Miguel Ángel Rodríguez 90
Domingo Colín 70
Germán Sánchez 55
Edgar Hernández 50
Pedro Aroche 50
Alejandra Ortega 50
Rosario Sánchez 40
María de la Luz Colín 30
Alejandro López 25
Alberto Cruz 25
José Leyver Ojeda 20
Gabriel Hernández 20
Omar Zepeda 10

María Esther Sánchez 10
José Oliveros 10 
Andrés Olivas 10


El método se basa en los siguientes parámetros: 

Juegos Olímpicos:

Oro 300, Plata 200, Bronce 100
 
Campeonato del Mundo

Oro 150, Plata 100, Bronce 50


Juegos de la Amistad

Oro 150, Plata 100, Bronce 50


Copa Mundial de Marcha

Oro 75, Plata 50, Bronce 25


Juegos Panamericanos

Oro 30, Plata 20, Bronce 10

Y los atletas obtuvieron los puntos de la siguiente manera:

Juegos Olímpicos

Raúl González 1 oro, 1 plata
Daniel Bautista 1 oro
Ernesto Canto 1 oro
José Pedraza 1 plata
Carlos Mercenario 1 plata
Noé Hernández 1 plata
Lupita González 1 plata
Bernardo Segura 1 bronce
Joel Sánchez 1 bronce


Campeonato Mundial

Daniel García 1 oro, 1 bronce
Ernesto Canto 1 oro
Lupita González 1 plata
Alegna González 1 plata
Éder Sánchez 1 plata
Enrique Vera 1 plata
Miguel Ángel Rodríguez 1 bronce
Edgar Hernández 1 bronce


Juegos de la Amistad

Bernardo Segura 1 oro
Daniel García 1 plata


Copa Mundial de Marcha

Raúl González 3 oros
Carlos Mercenario 3 oros
Lupita González 2 oros
Daniel Bautista 2 oros
Ernesto Canto 1 oro, 2 platas
Daniel García 1 oro, 1 plata
Bernardo Segura 1 oro, 1 bronce
Martín Bermúdez 1 oro
Domingo Colín 1 plata
Pedro Aroche 1 plata
Enrique Vera 1 plata
Graciela Mendoza 1 plata
Horacio Nava 1 plata
Alejandra Ortega 1 plata
Éder Sánchez 1 bronce
Alberto Cruz 1 bronce
Alejandro López 1 bronce
Germán Sánchez 1 bronce


Juegos Panamericanos

Carlos Mercenario 3 oros, 1 plata
Raúl González 2 oros, 2 platas
Daniel Bautista 2 oros
Graciela Mendoza 2 oros
Horacio Nava 1 oro, 2 platas, 1 bronce
Bernardo Segura 1 oro, 2 platas
Martín Bermúdez 1 oro, 2 platas
Joel Sánchez 1 oro, 1 plata
Ernesto Canto 1 oro
Germán Sánchez 1 oro
Lupita González 1 oro
María de la Luz Colín 1 oro
Daniel García 2 platas
Miguel Ángel Rodríguez 2 platas
Rosario Sánchez 2 platas
José Pedraza 1 plata
Gabriel Hernández 1 plata
Domingo Colín 1 plata
José Leyver Ojeda 1 plata
José Oliveros 1 bronce
Omar Zepeda 1 bronce
María Esther Sánchez 1 bronce
Andrés Olivas 1 bronce

miércoles, agosto 19, 2009

Mitos geniales VI. Edgar Aeropoeta (Biopics)

Conocí a Edgar List en la Escuela Nacional de Economía. Se inscribió a las clases de marxismo de Jorge Martínez Contreras –que, como señalé en su momento, eran bastante heterodoxas-, porque debía la materia. De inmediato nos hizo saber que era hijo de Germán List Arzubide, el poeta estridentista, y pronto comprendimos que compartía con su padre el interés por lo social, el gusto por la provocación, el estudio y la experimentación estética y, sobre todo, el amor por la poesía. 
Si íbamos con él, por ejemplo, a una exposición al Museo de Arte Moderno, la experiencia se potenciaba con sus actos y sus comentarios. Edgar pasaba varias veces junto a un cuadro de Vasarely, esperando que éste le succionara la boina. Luego afirmaba que así había sucedido y que teníamos que colocarnos en el lugar exacto en el que estábamos cuando la ilusión óptica hizo su travesura, porque sólo así recuperaríamos la boina. 
Conocía mucho de autores europeos y, en particular, disfrutaba con los eróticos, que comentaba cachondamente, porque era un poco perverso, al menos de pensamiento y palabra. Una vez estaba leyendo un cuento mío y se detuvo: “Está muy bueno, ya se me está parando”, dijo. 
Otra de sus áreas de conocimiento especializado era la II Guerra Mundial. Gran conversador, describía puntual y emotivamente las batallas y las tácticas: Stalin que enviaba como primera oleada masiva a los miembros de la infantería ucraniana, cuyas casas habían sido quemadas y cuyas mujeres habían sido violadas y asesinadas, porque eran los más enojados y los que no tenían nada que perder. 
Como estudiante, era más bien desinteresado y nunca supe bien a bien por qué se inscribió en economía. Y escribía poesía. Todo el tiempo. Con tenacidad de mosca. Nos la leía, pedía comentarios. La corregía. Volvía días después con una nueva versión. 
Cuando vivimos en Italia Edgar nos visitó varias veces, porque se dio un tiempo –que al cabo resultaron varios años- para rolar por el viejo continente, manteniéndose con los trabajos más inverosímiles, y empaparse de la decadencia del viejo continente (eso decíamos). Allí cotorreábamos, intercambiábamos libros, escritos y comentarios. Allí arrancaba los suspiros de la vecina de junto (ah, un poeta mexicano, de treinta años, seductor, de ojos verdes y sonrisa lasciva) y los enojos de los vecinos (¿qué está haciendo platicando con la niña de doce años… y con esa expresión malévola?). Edgar y yo comentábamos el ritmo de Becerra, la fuerza de Lizalde, las distintas personalidades de Pessoa. Y todos revisábamos su obra en proceso de creación. Corregida y corregida. Leída y releída. Tengo su primer libro, titulado Poemas, y la edición que me regaló tiene correcciones a mano. El poema siemprevivo, nunca acabado, nunca completo, nunca suficiente. 

Como lo dice el mismo en los primeros versos de Balada de un Fugitivo
Dice la prensa: En el último avionazo del ensueño, murieron los peregrinos. 
Dicen que vieron de muerte lamentándose mis planes. 
Treinta proyectos de mago caídos junto al juglar, junto al gitano, 
y todos en el rostro tenían la palidez del sueño perdido. 
  ¡Ay que duele tanto lo inacabado! 
 
Una vez llegó Margherita Bucciarelli por la llave de una moto antiquísima que había comprado junto con Eduardo. Nuestro amigo Mapes no estaba en Módena, y Edgar y yo no estábamos dispuestos a darle la moto sin que él nos lo autorizara (al cabo ya habían tronado y la Amargurita le caía muy mal a Édgar). Cuando ella llegó yo me estaba bañando en la tina. La reacción de Édgar, a la insistencia de Margherita, fue echar la llave a la bañera. 
-Ve y recógela. Ahí está Pancho. 
Chilladero de la otra. Se está allí suficiente rato como para obligarme a salir de la tina. Lo hago y le entrego la llave a Edgar. Él se la coloca de forma que asome por su bragueta. 
-A ver, agárrala. 
Ella hace un tímido intento, él mueve la cadera, entre risotadas. Ella vuelve a intentar, él la empuja hacia sí, ella escapa. La llave y la moto de Eduardo están a salvo. 
 
Durante sus estancias en Módena, Édgar trabajaba en una obra muy loca. Comentaba y recomentaba con nosotros cada línea. Se titulaba La Infancia de Teseo en su primera edición mimeografiada, y era “un poema a cuatro voces para música electrónica”, que le llevaría varios años; posteriormente se llamó La incubación de Teseo en el oráculo de la noche, “poema dramático-onírico a cinco voces para atril o música insólita”. Leído, es un libro raro, con muchos ideogramas, algunos momentos espectaculares, otros difíciles de entender y unos cuantos aparentemente pobres. Recitado por Edgar List es una maravilla (tal vez el problema es que habría que musicalizar esa suerte de ópera hablada, escribir en texto en papel pautado). 

(La versión que tengo, por supuesto, tiene partes tachadas y corregidas). 

Aquí tres momentos: 

 Esa mujer es mitad rueda y viene pedaléandose hacia mí 
 Te amo - me dice 
 R u é d a m e soy tuya… 
 La tomo 
Me la pongo 
La abotono 
  Aaaaaah Camisa! --- 
  Lo-Otro me habla de espaldas 
Y está vestido de negro 
Me está explicando mis miedos 
Con rara voz miserable 
Y dice que no tengo escape 
Que si otro se sueña en mi sueño 
Yo he sido seré sigo siendo 
El más silencioso culpable 
El que no aprende a susurrar 
ssssssss 
ssssssss 
ssssssss 
  Quiere que me crea culpable 
Para poderme habitar 
  Que me sueñe el águila 
Cayendo al mar 
  Que sea mariposa 
crucificarme 
En una habitación brumosa 
  Y crucificaaaaarme… 
  --- Esa caja es tuya 
Tómala 
Tiene la eternidad guardada 
  Cuando la abras (porque la abrirás) 
Saldrá el castigo 
Ya-no-te-podras-ocultar 
  Y de tu sufrimiento 
Surgirá una mujer de negro 
Hará el amor contigo 
Tú la llamaras 
Lamento 
  De esos amores ha de nacerte otro castigo 
Te cortarán un pie 
Y será domingo 
  Tu pie se lo llevará un cuervo 
Y de lo alto lo dejará caer al mar 
Del mar saldrá tu madre 
Y te llevará a pasear 
  Y en el paseo escucharás carcajadas 

 Módena no era una ciudad muy amable para personajes como Edgar. Más de una vez lo corrieron del Centro Histórico, cuando se ponía a vender marroquinería bajo los portales, y es que él tenía un cierto regusto por la marginalidad y el hambre, tal vez porque creía que esas circunstancias alimentarían su poesía. También por la provocación interna: una tarde regresamos de la Facultad y la casa apestaba: Edgar había hervido el bofe destinado al gato (pedazos de pulmón) y se lo había comido. 
Como buen futurista romántico, buscaba hacer poesía de su vida, a lo mejor desaprendiendo a vivir. En 1977, Edgar List se fue a Francia, a vivir en una buhardilla y buscar comida y vestido de los basureros, más tarde hizo correr el rumor de que había sido asesinado por unos magrebíes en una bronca de bar –en realidad era una estratagema para huir de sus acreedores, dijo después-, superó un cáncer, terminó sus estudios en la Universidad de París, trabajó de taxista en la ciudad de México, pudo encontrar un jazzecito en mis poemas sobre Blade Runner, publicó Aventuras Metafísicas de Edgar Aeropoeta (y se puso ese nombre), colaboró brevemente para El Nacional, dio cursos de poesía allí donde se dejaran, también aparecieron textos suyos en Alforja (la revista de poesía de José Vicente Anaya y Víctor Monjarás), en antologías y en publicaciones varias. 

Muy de vez en cuando reaparece, como un rayo, hablamos de poesía y ontología, y vuelve a las sombras. Ha vivido en y para la poesía. No conozco a nadie con tanta vocación.

Edgar, fotografiado en mi oficina, la última vez que lo vi.
Murió en 2016


martes, agosto 04, 2009

El As, el Conquistador y el ave Fénix

Mexicanos en GL. Julio

Los peloteros mexicanos que destacaron durante julio en Grandes Ligas no fueron los de siempre, sino los lanzadores Alfredo Aceves, a quienes sus compañeros de los Yanquis llaman “Ace”, Jorge De la Rosa, llamado “Conquistador” por los medios de EU y el veterano Rodrigo López, quien volvió de las catacumbas. La otra noticia fuerte fue el terrible pelotazo en la cabeza que recibió Edgar González Sabín, que lo mandó conmocionado al hospital.

Aquí el seguimiento del contingente, siempre de acuerdo con el desempeño acumulado en la temporada:

Joakim Soria. Aunque lo
s Reales le dan muy pocas oportunidades de salvamento, el de Monclova las aprovecha todas. En julio obtuvo 7 rescates, con un magnífico 0.82 de carreras limpias admitidas por cada 9 entradas lanzadas. En el año, su marca es de 2-0, 18 juegos salvados y PCL de 1.71.

Adrián González tuvo un julio bastante discreto, en el que sólo se vio poderoso en los primeros y los últimos días. Durante el mes, bateó para sólo .198, con cuatro jonrones y doce producidas. Se habló mucho de que sería vendido a los Medias Rojas, pero se quedará con los Padres, en la inmensidad del Petco Park y sin un lineup que lo proteja mínimamente. En la temporada lleva .250 de promedio, 28 cuadrangulares y 61 producidas. Lidera la Liga Nacional en bases por bolas recibidas, con 83, y acaba de romper la marca de más juegos seguidos jugados con los Padres, con 314.

Yovani Gallardo continúa brindando aperturas de calidad para los Cerveceros. Así fue en cuatro de sus seis salidas en julio, pero es uno de los pitchers con menor apoyo ofensivo en las mayores. En el mes tuvo 2 ganados y 3 perdidos, con 3.86 de efectividad. En el año, 10-7, 3.13 y la friolera de 147 ponches.

Alfredo Aceves ganó un juego en julio, salvó otro (en relevo largo) y mantuvo tres ventajas. Fue hasta fin de mes que le pegaron al sonorense de los Yanquis. Tiene marca de 6-1, 1 salvado y 3.54 de PCL.

Jorge Cantú no ha hecho gala de su poder, pero sigue consistente con su promedio. En julio bateó para .296, con dos jonrones y 12 producidas. En el año, lleva .283, 11 cuadrangulares, 59 producidas y dos robos. Con la llegada de Nick Johnson a Florida, Jorge fue transferido a la tercera base, donde ya empezó a coleccionar errores.

Scott Hairston pasó de los Padres a los Atléticos de Oakland (quitándole de paso a Adrián González su única protección en el órden al bat). En julio bateó para .250, con 3 jonrones y 10 impulsadas. En el año, .282, 12 vuelacercas, 37 remolcadas y 10 bases robadas.

Jorge De la Rosa se dedicó a acumular victorias durante julio, con cuatro salidas de calidad y una en la que tuvo buen apoyo ofensivo. El zurdo de Monterrey está teniendo una segunda mitad extraordinaria, con 7 victorias seguidas. En julio, lanzó para 2.50 de carreras limpias, con récord de 5-0. En la campaña, 9-7, 4.68 y 117 ponches recetados.

Rodrigo López regresó a las Mayores tras casi dos años de ausencia, luego de la cirugía Tommy John a la que fue sometido. Lo hizo con los Filis, y se suponía que su presencia sería sólo temporal, pero lanzó tan bien que primero aguantó el regreso del estelar Pedro Martínez y sólo podrá pasar al bull-pen con la llegada a Filadelfia de Cliff Lee, ganador del Cy Young el año pasado. Su marca es de 3-1, con 3.62 de carreras limpias.

Jerry Hairston Jr. El versátil pelotero pasó de los Rojos a los Yanquis (y del infield a los jardines). En julio bateó para .268, con un jonrón y 5 producidas. En la temporada, .259, 8 jonrones, 29 impulsadas y 7 robos.

Rod Barajas tuvo una baja en su ofensiva –natural para un receptor que juega a diario-. En julio bateó para .182, con 2 jonrones y 7 producidas. En la campaña, .253, 10 y 46.

Dennys Reyes estuvo cumplidor a secas durante julio. El gordito relevista de los Cardenales perdió un juego en el mes, en el que lanzó para 5.40 de CL. En el año, 0-2, 4.50 de limpias, 14 ventajas sostenidas y un juego salvado.

Juan Castro sigue jugando a cuentagotas, pero cumpliendo con guante y bat. En julio, bateó para .263. En la campaña: .333, 1 cuadrangular, 9 impulsadas.

Elmer Dessens estaba teniendo una actuación más que aceptable, trapeando innings para los Mets, cuando lo mandaron de regreso a AAA. Su marca: 0-0 y 3.65 de limpias.

Ramiro Peña se pasó el mes en Ligas Menores. En el año lleva .267, con 7 impulsadas y tres robos.

Edgar González Sabín recibió un pelotazo en la cabeza por un lanzamiento de Jason Hammel; el casco lo libró de una tragedia como la que mató a Chapman en 1920. Los exámenes dijeron que no hubo fractura de cráneo, pero el hermano mayor de Adrián lleva collarín y todavía siente mareos. Está en la lista de lesionados. Bateó en julio para .208. En la campaña, .190, 4 jonrones y 12 impulsadas.

Augie Ojeda vio algo de acción con Arizona, pero el bat no lo ayuda. En julio apenas pegó para .148; en el año, .232, con un jonrón, 5 producidas y dos robos.

Oliver Pérez volvió a la rotación de los Mets y se ha visto menos mal –pero casi tan descontrolado- que en los primeros meses de la campaña. Seis salidas en el mes, pero sólo una de calidad. En julio, 1-1, con 4.91 de limpias. En el año, 2-3, 7.03, 44 ponches (pero 47 pasaportes).

Jorge Campillo (1.0 y 4.15 de limpias con Atlanta) posiblemente se perderá el resto de la temporada.

Luis Ayala no cambia. Funciona bien, salvo si el partido está cerrado. Ahora con los Marlines, el mochiteco aguantó dos ventajas, pero perdió un juego. En la temporada lleva 1-3, con 4.30 de limpias.

Édgar González sigue trapeando innings en Oakland, con 3.75 de PCL en julio. Su marca en el año, 0-1, con 4.75.

Alfredo Amézaga (.217-0-2) fue operado de la rodilla y está fuera por la temporada. Luis Cruz regresó al roster de Pittsburgh, lleva 3 hits en 8 turnos con una impulsada. Walter Silva (0-2, 8.86 de carreras limpias). Arturo López (0-0 y 19.29) y Luis Mendoza (0-0, con 36.00), siguen en las menores.

martes, julio 21, 2009

(Biopics: "Yo esquié con Tomba, la Bomba")

Panatta, Nastase y Ramírez

Como ya no tenía que ir a clases, me impuse la obligación de estudiar ocho horas diarias para cumplir con los exámenes que me faltaban. El clima y la poca actividad de la ciudad ayudaban a conseguirlo, como promedio diario. Así que solía pasármela pegado a los libros y los artículos especializados de economía internacional.

Como sólo íbamos una que otra vez a la facultad (sobre todo a la ordenada y rica biblioteca), dejamos la saludable tarea cotidiana de pedalear al menos una hora diaria en la bici. Las cascaritas futboleras de la escuela, en las que se enfrentaba el Primer Mundo (emilianos, lombardos y trentino) contra el Tercer Mundo (sardos, venetos, mexicanos y griego) con los romanos jugando de comodín (y con ello, determinando el ganador, porque Beniamino era buenísimo) de bien poco servían para combatir eficazmente el sedentarismo, así que Mapes, Carreto y yo decidimos pegarle al tenis.

Nos compramos raquetas (yo, una Yonex “ligerísima” que no tardó en ser muy pesada cuando aparecieron las de fibra de carbón) y juegos de pants y chamarra idénticos, salvo en el color. El de Eduardo era azul, el de Jorge era negro y el mío era verde bandera. Así ataviados nos íbamos a las canchas de Módena Est, vacías en medio de un frío perro, a jugar nuestros partiditos de reta a tres juegos. Por el color de los uniformes, nos asignamos a los tenistas de moda: Mapes era Adriano Panatta, Carreto era Ilie Nastase y yo era Raúl Ramírez. Era divertido y no importaba que se nos congelaran orejas, narices y mocos (la cancha estaba cerca de las vías del tren y me gustaba imaginar que algún pasajero, al vernos, pensara que estábamos totalmente locos). Al final terminábamos cansados y contentos (Panatta y Ramírez más, porque nos las arreglábamos para hacer encorajinar a Nastase con alguna decisión arbitral y comentar jocosamente acerca del “enésimo berrinche del rumano”).

Jorge –tal vez porque era el que más nalga hacía sentado por horas interminables frente a sus libros- decidió también salir a correr diariamente a la orilla de un afluente del río Pánaro cercano a casa, y se metió a lecciones de tae-kwon-do (“chop-chop”, le decía yo, confundiéndolo con el karate), de donde llegaba agotado. Se picó bastante con el tae-kwon-do: ahora es cinta negra, chorragésimo dan y desde hace años imparte clases de ese deporte que tanta gloria le ha dado a México.

"Yo esquié con Tomba, la Bomba"

El clima, por supuesto, se prestaba mucho más para los deportes estrictamente invernales, pero Módena no tenía pista de hielo (alguna vez fuimos, en bola, a Sasso Marconi, y yo era de los pocos que sabía patinar). Lo que algunos hacían era viajar a esquiar al Apenino modenés o (si tenían mucha lana) a los Alpes italianos.

Las hermanas Bucciarelli tenían una casa en Séstola, el centro de esquí más importante de la provincia de Módena, e invitaron a Carreto y a Mapes un fin de semana. Allí quedamos Claudio Francia y yo de vernos con ellos.

Claudio consiguió que su hermano le prestara su auto (un modelo de lujo) y también que me prestara sus esquís. Colocamos los dos pares en el portaesquís del coche y emprendimos el camino a Séstola. A los pocos kilómetros nos encontramos con un piquete de obreros en huelga. Fieles a nuestra costumbre, los saludamos a puño alzado. Metros después nos damos cuenta y nos carcajeamos: ¿qué habrán pensado los compañeros obreros de los dos chavos que les responden con el saludo comunista desde un auto elegante y con esquís sobre el toldo? “Burgueses snobs de mierda”, por decir algo ligerito.

En Séstola, renté unas botas para esquiar, tomamos el teleférico y llegamos a la zona central de esquí alpino. Había dos pistas: una para principiantes y otra para avanzados –que, entiendo, tampoco era la gran cosa-. Claudio me enseñó los principios básicos y descubrí que esquiar en nieve es muy sencillo; lo difícil es frenar. Hay dos métodos: uno es ir paulatinamente separando las piernas, juntando las rodillas y acercando las puntas de los esquís, con lo que baja la velocidad; el otro es un movimiento de caderas y rodillas que crea una suerte de derrape. Cuando dominas este último método, lo puedes ir graduando y avanzar en zig-zag colina abajo.

Las Bucciarelli, Mapes y Carreto (ya era la segunda vez que mis amigos esquiaban) se lanzaron alegremente por la colina de principiantes. Claudio intentó que perfeccionara, en lo planito, mis métodos de frenado y, cuando sintió que había aprendido lo suficiente, nos lanzamos. La sensación de ir deslizándose por la montaña nevada, a una velocidad bastante grande, mientras te pega el viento helado y ves pasar a tu alrededor a una pequeña multitud multicolor y alegre, es maravillosa y vital. Entiendo por qué quienes pueden esquiar a menudo, lo hacen. Tomaba yo las pequeñas curvas de la colina bastante bien. Lo suficiente como para que Claudio considerara que había aprendido, acelerara y se alejara para siempre.

Seguí gozando la sensación de fresco desliz, con el aire frío y oloroso a pino y el cuerpo que se mueve casi sin esfuerzo… hasta que sentí que había acelerado demasiado y era hora de frenar. Intento el movimiento de caderas y rodillas y lo único que logro, torpemente, es variar la ruta. La compongo y trato de separar las piernas y juntar las rodillas: tal vez ya no acelero, pero la velocidad no baja y no baja. ¿Qué hago? Veo que a mi izquierda se acumula un montón de nieve, cambio levemente la dirección y cuando estoy cerca, me echo un clavado a lo mullidito. La salvé.

Reemprendo mi camino, otra vez la sensación agradable, pero de nuevo la aceleración y las dificultades para frenar. Cuando ya parece que lo estoy logrando, se aparece una reja y me estampo contra ella. Puff. Esquío despacito para el elevador rotatorio que me depositará de nuevo en la cima de la colina.

Arriba, mis cuates me informan que se van a la pista para avanzados. Yo ni de loco. Vuelvo a emprender el descenso en la de principiantes, con idénticos resultados: percibo la sensación agradable, siento que acelero demasiado, veo el montón de nieve y me lanzo… poco después intento frenar antes de la reja y me estampo. Lo diferente fue la subida, porque a la mitad se me desvió el esquí, perdí el equilibrio y caí. Se me hizo larguísimo, casi un Gólgota, el ascenso a pie, sobre todo porque tienes que hacerlo de manera lateral, con los esquis paralelos.

Total, que me quedé sentado tomando el brillante sol (y un brandy), sentadote en una silla, esperando el regreso de los cuates. Eran casi las seis (y me preocupaba por la devolución de las botas) cuando los divisé. Los italianos iban zigzagueando alegremente, Jorge iba tras ellos, en un zigzag algo torpe, y Eduardo –vestido con suéter y saco- los rebasaba rodando. Se volvía a incorporar, esquiaba otro poco, y volvía a rodar. Así hasta llegar abajo.

Mientras esperaba a los amigos, un grupo de niños se lanzó varias veces, de manera vertiginosa, por la pista para avanzados. Uno de ellos gritaba: “Sono una bomba!”. Como el año y el lugar coinciden, he llegado a afirmar que esquié con Alberto Tomba, La Bomba. Desgraciadamente, no tengo forma de comprobarlo.

miércoles, julio 15, 2009

Biopics: Un amigo en llamas

Llegué a una congelada Módena, muy dispuesto a estudiar todos los textos de economía internacional que requería la materia, la siguiente en mi lista de exámenes, pero rápido lo interrumpí.

Alfonso Vadillo había decidido dejar la facultad y cambiarse a Roma, para hacer unos estudios en el Instituto Gramsci. Se estaba quedando con una gringa que tenía un gato castrado, que Vadillo detestaba, así que se lo robó y nos lo trajo de regalo. Era blanco y grande. Nomás por joder a Vadillo, Mapes le puso “Berlinguer” al gato, “porque lo caparon los gringos” (Berlinguer era el secretario general del PCI). El animalejo resultó ser una compañía divertida.

Pero no sólo trajo al gato, sino también malas noticias. Supo que nuestro amigo Carlos Mársico había tenido un terrible accidente en su casa de Perugia. Le sucedió cuando, en un día helado, estaba repintando una de las recámaras de su departamento. Había puesto un calentador de kerosene en el centro de la pieza, y en algún momento lo rozó con sus manos llenas de thinner; las manos y los brazos se incendiaron y él trató de apagar el fuego en sus pantalones, pero sólo logró que también su pierna se viera envuelta en las llamas. Carlos se revolcaba en el suelo, entre gritos, y acudió una de sus inquilinas de turno, una francesa, a quien se le ocurrió echarle un balde de agua al hombre en llamas, con lo que las apagó (pero también terminó pegándole la tela quemada a la pierna). Estuvo en cuidados intensivos y lo iban a trasladar a Roma.
Acompañé a Vadillo a Roma, y visitamos a Mársico al hospital. No teníamos idea de la gravedad del asunto –Alfonso incluso le había comprado un libro al que puso una dedicatoria chusca, y prefirió arrancar la página-. Carlos estaba como los hospitalizados de caricatura: los dos brazos y la pierna vendados y alzados. Lo acompañaban sus padres (la única vez que los ví y estaban afligidísimos). Él se dio ánimos para bromear con nosotros: “lo bueno fue que se salvó el pirrín y eso es lo más importante”, pero hubo un instante en que lo ví mirar mis manos –yo gesticulaba con ellas- con triste y verdadera envidia.
Mársico tendría que estar en terapia “por lo menos un año” para poder recuperar el movimiento de las manos, nos explicó la mamá, y nos dijo que Carlos no se daba cuenta de lo difícil que había sido para él superar los problemas que le dejó la poliomielitis que adquirió de niño (pero nosotros sí nos dimos cuenta de lo difícil que había sido para ella). Los dejamos mientras ella le encendía un cigarro al hijo, se lo ponía en la boca y se lo retiraba (cosa impensable en los hospitales de hoy, pero muy relajante, en ese momento, para Carlos). Era una imagen conmovedora.
Días después, la familia salió hacia Buenos Aires. Carlos tardaría menos del año en volver a usar sus manos (aunque dos dedos quedaron rígidos) y se daría, incluso, un rol por Sudamérica antes de regresar a Italia.

Yo aproveché que en Roma no hacía tanto frío para quedarme un par de días más. Alfonso Vadillo me presentaba con sus cuates como el hijo que había tenido Marlon Brando con una mexicana mientras filmaba Viva Zapata! Era un extraordinario mitómano. A una gringa le dijo que su nombre era Alfonso Pemex, el gran heredero petrolero de México. A varios italianos, que era descendiente de los emperadores aztecas, y hasta se quejaba amargamente de la renta “ridícula” que pagaba el Estado mexicano a su familia por permitir que los turistas visitaran las pirámides en las que estaban enterrados sus ancestros.

jueves, julio 09, 2009

Biopics: Lecciones de manejo

Lecciones de manejo para conductores nerviosos

Antes de aquel viaje a México había tomado la decisión de aprender a manejar. Ya iba yo con retraso respecto a mis compañeros (a diferencia de muchos, jamás me interesó la mecánica y Víctor me había intentado enseñar dos veces, que terminaron en fracaso: la primera, apreté el acelerador en vez del freno y cruzamos Thiers a ciegas; la segunda, un poli nos cachó y nos sacó cincuenta pesas). Hasta Raúl Trejo –flamante papá- ya sabía manejar. Él me comentó que había aprendido en la Escuela de Manejo Ángel, “especialista en conductores nerviosos”. Me dije que si Trejo había aprendido, esa escuela debía de ser buenísima, así que me inscribí.

El curso constaba de una semana. Llegaba el instructor en la mañana, con un vocho de dos volantes (si el alumno se apendejaba, el maestro usaba el otro) y el curso duraba 5 horas: una al día, de lunes a viernes. El lunes, apenas aprendí a sacar el clutch y avanzar, el instructor me mandó al tráfico de Mariano Escobedo y Marina Nacional. El método para conductores nerviosos consistía en meterlos luego luego en el caos citadino. El martes dimos otro rol hacia Azcapotzalco; el miércoles fue tomar el Periférico a CU y de regreso (ya para entonces yo manejaba tranquilo); el jueves, lección intensiva de glorietas y el viernes, lo más difícil, que es estacionarse, sobre todo en espacios reducidos. Pasé el curso pero, fiel a mi costumbre de posponer todo trámite, me tardé cinco años en sacar la licencia de conducir.

Expectativas presidenciales

Poco después fue la toma de posesión del nuevo Presidente, José López Portillo. Recuerdo particularmente dos comentarios al respecto de parte de mis amigos. Luis Foncerrada se mostraba optimista: “Con Echeverría la economía creció, pero muy a lo loco; López Portillo va a poner orden”. Raúl Trejo era un poco más mesurado: “Lo que comentaba con los cuates es que al menos vamos a tener seis años en los que se podrá hacer política sin que te metan a la cárcel”. Ambos estaban equivocados.

Un rol a Acapulco (y algo más)

La de Foncerrada no habría de ser la única boda a la que asistiera en aquellas vacaciones. También se casaron Julián Tonda (con Lourdes Sánchez) y Hermann Bellinghausen (con Blanca Rico, quien luego desarrollaría una buena amistad conmigo).

En el interin entre las dos ceremonias, Jorge Carreto, Susana Duprat, Patricia y yo nos echamos un breve rol a Acapulco.

Primero pasamos por Agua de Obispo, donde teníamos planeado quedarnos una noche. Dimos una vuelta por el ríachuelo, que corría tranquilo entre rocas. Eran un día y un paraje agradabilísimos. Patricia y yo nos perdimos, convenientemente. Al regresar, nos topamos con que el tío de Carreto había llegado y nos veía con cara hosca, así que mejor nos fuimos directamente al puerto. En el camino, en el Cañón del Zopilote, escuchábamos la música de Santana en el carro de Jorge. Con esa música como soundtrack perfecto del momento, cruzábamos velozmente el territorio bajo las montañas y sentíamos la calidez de la mutua compañía. Me sentía feliz. Hay ocasiones en las que unos minutos de felicidad se vuelven determinantes. Lo he pensado muchas veces, años después.

Patricia y yo tuvimos que adelantar nuestro regreso, porque ella había dicho a las guardianas teresianas que se había ido a Iguala con una amiga, y tenía cita con ella, en México, para que la mentira cuadrara bien. En aquel viaje, me pareció que su carácter disconforme era la expresión de un inconformismo de base con “enorme potencial revolucionario”. Eso quise ver. Además, era diferente a otras chicas que había conocido. Por un lado, era dentista –una carrera que los de economía despreciábamos por mero prejuicio-, pero se decía de izquierda; por el otro, tenía una historia romántica detrás: su último novio, un tal Mingo, había muerto de cáncer unos meses antes de que nos conociéramos.

Poco antes de mi regreso, Patricia me dijo: “te quiero”. Tragué saliva. “Yo también te quiero” –respondí de botepronto. Quedamos que a mi próximo regreso ella me recibiría, pero “eso sí, estarás libre e independiente, y no en esa residencia de aspirantes a monjas”.