miércoles, agosto 29, 2007

Biopics: Visitando a Changó

Mi mamá era santera. Los ritos los aprendió de adolescente, de una negra vecina, en La Habana. De entre todos los orishas, le tenía particular devoción a Changó, el dios del color rojo, del baile, de la guerra y de la sexualidad.

En el sincretismo afrocubano, Changó es Santa Bárbara. Según la tradición yoruba, en una ocasión Changó –fiel a su carácter de divinidad sexual- se encontraba entretenido con una diosa, cuando llegó el marido, entonces Changó huyó disfrazado de mujer. Cuando los esclavos vieron la imagen de Santa Bárbara, concluyeron que era Changó en el momento de su travestismo, por dos razones: el color rojo de su capa y la espada que lleva en la mano.

Tanto mi hermano como yo estamos dedicados a Changó, y debajo de la capa de la figura que teníamos en la casa (una imagen hermosa, con cabello natural de mi mamá, que ahora acompaña a mis padres en su nicho) había dos muñequitos de plástico, representándonos.

Cada 4 de diciembre, día de Santa Bárbara, se llevaban a cabo ceremonias en la casa. Mi mamá le hacía una especie de altar a Changó, con velas, rosas rojas y un enorme cesto de manzanas a su lado. Le rezaba a medianoche, y en el día se vestía toda de rojo y recibía visitas; a algunas de ellas, les hacía una limpia con yerbas, agua de colonia y aguardiente, mientras bailaba bajo la música del disco de Celina y Reutilio dedicado a Santa Bárbara (y también a otras de las Siete Potencias y a la gran santera María de la Luz). Había limpia especial para Edgar y para mí y todo visitante recibía una manzana, que había que comer aunque supiera a perfume, y tirar la semilla lo más lejos posible.

Si algo de pensamiento mágico tengo, está relacionado con Changó. Así de fuerte era su presencia en la casa familiar.

Y para muestra, lo sucedido el 4 de diciembre de 1973.

Esa noche, Luis Foncerrada nos estaba dando aventón a Eduardo Mapes, a Edmundo Cox y a mí. Llegamos a la casa y los cuates se encontraron con el altar a Changó. Mi mamá les explicó en qué consistía la devoción. Mapes y Foncerrada se mostraron interesados y respetuosos; Cox, en cambio, se burló y no aceptó la manzana que mi mamá ofreció a todos.

A partir de entonces, se dieron circunstancias muy favorables para mí y para Eduardo. De Luis Foncerrada, algunos cuates dicen que merece el Premio Nobel de la Buena Suerte. Al contrario, entrando el año, el papá de Cox perdió el empleo y tuvieron que regresar a Perú.

En el breve tiempo que duró nuestra relación epistolar, Cox me platicó que había ingresado en una organización llamada Joven Guardia Roja. Años después, miembros del grupo Síntesis que habían ido a Perú (Julio Moguel y Saúl Escobar) me comentaron que Cox estaba “muy acelerado, muy loco”. Lo siguiente que supe es que había perdido, en la tortura, la movilidad de uno de sus brazos. Luego, que se había convertido en el dirigente de Sendero Luminoso en Lima, el número cuatro de la organización. A principios de los noventa lo recapturaron. Actualmente pena cadena perpetua en la cárcel de Lurigancho, y además está condenado a muerte por los residuos que quedan de ese grupo, que lo consideran traidor.

Durante las últimas décadas de su vida mi mamá creyó fervientemente –y era algo que la mortificaba- que la suerte de Cox se debió a la burla que hizo de Changó aquel día de 1973. Yo tampoco puedo evitar hacer la conexión, el paralelismo. Los orishas no perdonan.

lunes, agosto 20, 2007

Biopics: Tres viajes

Un galgo rumbo a Nueva York

Janette llegó a México en sus vacaciones, se quedó en la casa y la pasamos muy bien, aunque ella estaba mucho con Víctor mientras yo andaba en distintos rollos. Onda de que llegaba yo de la Universidad y me los encontraba dizque bailando ballet frente a un espejo en el hall de la casa. Meses después, descubrí en un entrepaño un estudio fotográfico que Víctor había hecho de Janette en esos días.

Con el pretexto de que así nos ahorraríamos unos dólares, Janette y yo decidimos que su regreso (y mi ida) a Nueva York fuera en camión. A Víctor no le dio tiempo para acompañarnos, como era su propósito.

Fue un trayecto interesante, de varios días, muy cansado, en el que perdimos la noción del día y de la noche. Cruzamos el continente en el Greyhound, entre sueños y despertares: un amanecer ocre y deprimente en Tulsa, Oklahoma; el verdor de los campos de Missouri y una máquina expendedora de condones en Joplin, Missouri; la vista del Gateway Arch de San Luis, de nuevo extranjero, en una tarde lluviosa; la fila de fábricas en la entrada de Pittsburgh, los bosques multicolores desde ahí hasta Nueva York. Esos días hoy son en la memoria sólo una ráfaga.

A los pocos días de nuestra llegada, estalló la Guerra de Octubre (o de Yom Kippur) y era una sensación extraña ir al supermercado y escuchar en las bocinas los partes de guerra, siempre parciales. ¿Estaba yo en Estados Unidos o en Israel? La chocante sensación de estar en un país en guerra cuando sabes que no está en guerra (en esa guerra, al menos).

Una noche, con la familia Saddy en pleno, vimos la transmisión en vivo de una sesión en Naciones Unidas. La mayoría de los representantes pedía que se respetara la Resolución 242: el retiro de Israel de los territorios ocupados en la guerra de 1967. En eso tocó hablar al delegado de Arabia Saudita quien, en vez de abordar el problema de las fronteras de Israel, se puso a hablar de hot-dogs y minifaldas. Era una crítica mordaz y radical a la pretensión estadounidense de imponer su cultura, hecha en el corazón de Estados Unidos por el representante de la nación más fundamentalista del Islam, en ese entonces. La transmisión, hasta ese momento, había respetado a todos los oradores: le quitaron el audio al saudita y el comentarista resumió la parte previa de la discusión y terminó glosando: “pero el representante de Arabia Saudita parece ser el Don Rickles del Consejo de Seguridad”. Don Rickles era un cómico famoso.

Todos nos levantamos indignados de nuestros asientos. El señor Saddy decía, a gritos, que aquello era censura, y llamó a la cadena de televisión. La señora Saddy, más profunda, señaló: “no nos gusta escuchar lo más importante, por eso estamos condenados”.

Cuyutlán, Melaque y Anexas

Creo que regresé un jueves de Nueva York (en avión, el famoso ahorro había sido marginal y no valió la pena), y al siguiente sábado ya estaba en ruta para otro viaje –lo que también habla de lo mucho que me interesaban las clases.

Eduardo Mapes me invitó a ese rol, con una banda amplia de satelucos, compuesta en su mayoría por estudiantes de Ciencias Políticas. Eramos como ocho chavos y cinco chavas, acampamos en la playa de Cuyutlán, sede de la famosa Ola Verde de Colima, y luego nos lanzamos hacia Melaque y otras playas cercanas. Un rollo bastante alivianado, aunque había un cuate muy denso de Filosofía, que tuvo desavenencias con nosotros y se fue, dejando tras de sí, para nuestro sagaz esparcimiento, un cuadernito de poemas ridículamente malos. Había uno digno de una visión extrema de Chungtar Chong:

Chip chip La lluvia caía Chip chip Y yo me moría Chip chip Era la agonía Chip chip Chip chip

En un paradero de un pueblito de la costa, mientras tomábamos licuados de plátano con Choco Milk, nos enfrascamos en una discusión, típica de la época, con otra banda de estudiantes de Políticas. Ambos grupos habíamos leído y disfrutado 1984, de George Orwell y Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, pero nosotros decíamos que nuestra realidad se parecía a 1984 y ellos, que a Un Mundo Feliz. Estábamos de acuerdo en que se reprimía el amor, pero nosotros decíamos que la clave del control que se ejercía sobre nosotros estaba en la propaganda, el lenguaje y el totalitarismo político; ellos, que estaba en la tecnología y en la masificación. Sigo pensando que, en ese momento, teníamos la razón –y que la novela de Orwell es muy superior-, pero con los años he venido a dudar si ellos no vislumbraban mejor los problemas que tendría la humanidad en el futuro.

Oaxaca

En las vacaciones de diciembre de 1973, salimos en minigrupo a Oaxaca. Fuimos Eduardo Mapes, Jorge Carreto, Patricia Bracho y yo. Mapes había seguido perreando tras la Bracho aun después de que ella desertó de la UNAM (una vez me llevó a la Ibero a ver con ella la película Metrópolis de Fritz Lang; el ambiente en el auditorio de la UIA esa tarde era el mismito que había en el Cine Polanco la vez que fui a ver Let it Be: vil desmadre adolescente). Supuestamente iría también con nosotros Susana Duprat, la Sister, una amiga de Carreto, tijuanense, muy buena onda, estudiante de psicología y a quien le gustaba lanzar estrellitas en la mesa para gozar el espectáculo de cómo se esparcían. También iba a ir Hermann Bellinghausen. Susana se fue a su tierra; Hermann llegaría unos días después.

Monte Albán, como siempre, estuvo pocamadre: nos quedamos hasta que nos corrieron. A Patricia los indios le seguían dando asquito y era divertido molestarla diciéndole que empezaba todas sus frases con “ay”.

-Ay, no es cierto –decía, y en el momento se daba cuenta y se botaba de la risa.

Una vez quemamos mota y la Bracho hizo un oso. Se puso a llorar, a hablarle en portugués a un novio brasileño que había tenido en el verano. La verdad, se vio muy malita, aunque se molestara de mis burlas. Cambió de cama para consolarse.

Al día siguiente llegó Hermann, rolamos dos días más, que le bastaron a él para concluir: “Yo siempre había viajado para conocer lugares; ustedes viajan para conocerse”.

martes, agosto 14, 2007

Biopics: Entre el rollo y la revolución chilena

En cuarto semestre me inscribí en un montón de materias. Con las que había adelantado se me cuatrapearon los horarios. Eso significa que las materias no siempre fueron las más idóneas ni con el maestro más adecuado.

Tomé Comercio Exterior con el viejito Colina Barranco, Moneda y Banca con el viejito Lobato y Política Económica –una optativa- con Fernando Carmona, un miembro del Instituto de Investigaciones Económicas. Si con los dos venerables aprendí muy poco, con Carmona no aprendí nada. Un apunte en mi cuaderno de entonces: “esto es puro rollo, pura pinche ideología”. Y eso que en aquella época estaba yo muy ideologizado.

Llevé Desarrollo Económico con Levín, y la clase era interesante, pero no la gran cosa; Historia Económica de México I, con Pablo Pascual, un tipo divertido, que dejaba muy buenas lecturas, pero preparaba mal sus clases; Teoría III con Moguel, y era la misma revisión del marxismo y Marxismo II con Jaime Ros, donde estudiábamos valor y distribución, combinando a Marx con los clásicos ingleses. Esa materia fue –junto con las lecturas de historia y algún comentario inteligente de Levín- lo único que académicamente valió la pena de aquel periodo.

El verdadero tema de discusión del momento era lo que estaba pasando en Chile. La revolución con vino tinto y empanadas estaba metida en problemas, que seguíamos apasionadamente. Por una parte, el entusiasmo con la cogestión, con las medidas sociales, con la idea de una gran alianza (“bloque hegemónico”, hubiera dicho Gramsci) expresada en la Unión Popular, que propugnaba por transformaciones profundas sin recurrir a la violencia y usaba los instrumentos del Estado democrático. Por la otra, la preocupación por los efectos macroeconómicos de la política de Salvador Allende (el déficit fiscal creciente) y por la reacción desmedida de la burguesía, a ojos vista cada vez más dispuesta a acabar de un plumazo con el experimento chileno.

Esas eran las grandes contradicciones. Pero también estaban las “contradicciones en el seno del pueblo”. En la escuela las mayores discusiones eran sobre la conveniencia de profundizar o no el socialismo, de armar a los obreros o seguir apostando por la vía institucional. No sólo los “momios” eran tema; también lo era el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, situado a la izquierda de la Unidad Popular: ¿Ayudaban a radicalizar el proceso o en realidad lo estaban torpedeando?

No sabíamos hasta qué grado, pero intuíamos que nuestras mismas largas discusiones se reproducían en Chile a gran escala. Sólo que allí tenían el efecto de paralizar a las fuerzas revolucionarias y allanarle el camino a los momios. En Economía, como en la clase de Carmona, sólo era “puro rollo, pura pinche ideología”.

El periódico –leíamos el Excelsior de Julio Scherer- fue paulatinamente diciéndonos qué es lo que iba a pasar. Era cuestión de días para que hubiera un gran derramamiento de sangre. Aún así, el 11 de septiembre no lo queríamos creer. Lloré al ver que bombardeaban el Palacio de la Moneda y escribí un poema muy malo que no reproduciré en estas páginas.

Tres días después, asistimos a una gran manifestación (más del triple de cuantos habíamos ido a la del año anterior, contra Nixon). Estábamos muy encabronados, pero queríamos aferrarnos a toda esperanza. Así que cuando Pablo Gómez dijo que el leal general Prats estaba al frente de un batallón obrero que se enfrentaría a los golpistas, aplaudimos a rabiar. Era falso. Prats sería asesinado y nuestras esperanzas, sepultadas.

Sólo muchos años después me puse a meditar sobre esa frase del orador aquel 14 de septiembre: algunas personas poseen la facultad de decir mentiras sin recato, manipular a la masa de seguidores, así sea por unos minutos, les causa un extraño placer. De otra manera no me lo puedo explicar.

martes, agosto 07, 2007

(Biopics: La Jornada de un Escrutador)

En 1973 hubo elecciones federales. No le interesaban a casi nadie. Había sólo cuatro partidos legales: el PRI, el PAN, el PPS y el PARM (los dos últimos, satélites del PRI). De antemano se sabía que el PRI ganaría todas las diputaciones y que le darían, como premio de consuelo, un puñado chiquito de curules extra a los otros tres partidos.
Obviamente, yo pensaba abstenerme. Pero ese domingo, poco después de las ocho de la mañana, tocaron el timbre de la casa y escuché un grito desesperado: “¡Paaaaancho!”. Era Miguel Angel Cañizo, el Flais, un vecino de mi edad quien había sido nombrado presidente de casilla y se topó con que ninguno de los otros funcionarios electorales ciudadanos había asistido. Me pedía de favor que lo ayudara, que fuera escrutador. Lo ví tan abatido que acepté, e invitamos a Víctor para que se incorporara (yo estaba en la lista nominal porque una vez, regresando de la universidad, me encontré en el paradero de Tacubaya con un tipo que me ofreció la tarjeta de elector, ahí la hice para tener otra prueba legal de mi mayoría de edad: no hubo necesidad de comprobar mi residencia, y mucho menos foto).
El caso es que instalamos la mesa como con una hora de retraso. Había representantes del PRI (un señor moreno, muy serio) y del PAN (una alegre pareja de recién casados, perdón por el pleonasmo). La gente llegaba a cuentagotas. El señor del PRI les explicaba cómo votar: “mire usted pone una cruz aquí”, y señalaba el logotipo tricolor. Lo dejamos hacer, salvo cuando llegaba gente que nos parecía influenciable, y decíamos: “cruce el partido que más le guste”. Un montón de gente que no estaba en la lista se presentó, pero se podía agregar hasta un diez por ciento más del padrón en una lista aparte (pero los votos iban a la misma urna). Nos pusimos giritos con un policía que quería votar con su pistola, y lo desarmamos por unos segundos. También, con un chavo que insistía en recibir, al momento, propaganda de todos los partidos para decidir su voto. Pero todo transcurrió en calma.
A la hora de la comida, Víctor y yo nos decidimos que nos íbamos a ver mal si no votábamos, así que nos echamos un volado. Él ganó y votamos por él para diputado titular y por mí para suplente. También la sirvienta de mi casa votó por nosotros. El Flais, muy severo, no quiso pagarnos el favor y sufragó por Acción Nacional. De todos modos, al hacer el escrutinio, Víctor y yo derrotamos al PARM por 3 votos a 2, y estuvimos muy cerca de los 5 que obtuvo el PPS. El PAN ganó como 250 a 150, pero la simpática pareja de panistas decidió impugnar el resultado con el argumento de que los directivos de la casilla estábamos muy jóvenes. Les dije: “Allá ustedes si anulan una casilla en la que ganaron”. El priísta agregó en voz alta: “Si ustedes impugnan, yo también”, y la impugnó con base en que un elector escribió “Vota PAN” en la parte interna de la mampara, aunque señalamos en las incidencias que dicha pinta se tachó de inmediato. Creo que el argumento del tricolor tenía más sustancia.
En fin, orgullosos de haber derrotado al Auténtico de la Revolución Mexicana, estábamos pegando la cartulina de resultados en las afueras del edificio en el que se instaló la casilla, cuando llega, en pleno, una familia resuelta a votar.
-Ya no pueden votar, la elección se cerró a las seis de la tarde –les explico.
-Pero venimos de Cuernavaca.
-Sí, pero hasta las seis se podía votar.
-¡Qué bárbaros! ¡Maldito gobierno! Ahora uno no puede ni ir a Cuernavaca de fin de semana, porque lo dejan sin votar.
-Sí señora, maldito gobierno.
El candidato del PRI que ganó nuestro distrito, un señor Carlos Dufoó, se distinguió en esa legislatura por no haber subido nunca a la tribuna.

jueves, agosto 02, 2007

El mes de Amézaga


Mexicanos en GL. Julio

Julio, un mes definitivo en grandes ligas, el parteaguas, vio un duelo magnífico entre Ricardo López y Yovani Gallardo, la consolidación de varios peloteros mexicanos, el propio Yovani, Oliver Pérez, Joakim Soria y un sorprendente Alfredo Amézaga, la crisis de otros, como Jorge de la Rosa y el mismo López y el desplome definitivo (para 2007) de Jorge Cantú. Lo celebrable es que tenemos dos estrellas en ciernes y un jugador que, con base en disciplina y riñones, ha pasado de sustituto perenne a titular indispensable.

Aquí su seguimiento, siempre de acuerdo con el desempeño acumulado en la temporada:

Oliver Pérez. ¿Qué se le puede pedir a un pitcher que tuvo 1.40 de carreras limpias en julio? Que controle sus nervios fildeando. Oliver se mantuvo intratable durante el mes, ya que sus tres salidas fueron de calidad. Las primeras fueron victorias, pero en la última, un error suyo –cuando tenía a los Piratas comiendo de la mano con un mísero infield hit- abrió la puerta para un rally y para su derrota. El sinaloense se consolida como uno de los puntales de los Mets y terminó el mes con 9-7, 2.84 de limpias y 108 chocolates. Inició agosto con una apertura mediocre, pero con muchos ponches y que terminó en victoria.

Adrián González. El inicialista de San Diego tuvo un slump muy largo: de mediados de junio a mitad de julio. En la segunda quincena su bat, al fin, despertó. Está en veremos si se calienta de veras. Sus números en julio: .247 con sólo 2 cuadrangulares y 12 impulsadas, para un total de .269 con 16 vuelacercas y 63 remolcadas.

Joakim Soria. “Si yo fuera Octavio Dotel, no me sentiría seguro en el puesto”, escribimos el mes pasado. Ahora Dotel está con los Bravos de Atlanta y Joakim es el cerrador oficial de los Reales. Ha hecho en menos de un año lo que a otros les toma más de un lustro. Por lo general, se mantuvo intratable, lanzado séptimo y octavo inning en la lomita de Kansas City. La única vez que le pegaron, perdió el partido. Como cerrador, ya en agosto, salvó el juego en su primera oportunidad. Sus números del mes: 0-1, con 2.53 de carreras limpias. Los del año: 1-3, con 2.38 de limpias y 11 salvamentos.

Yovani Gallardo. No podía pasar mucho tiempo antes de que el chico de La Piedad, que había sido mandado al relevo largo por Milwaukee, regresara a la rotación, que es donde pertenece. Una lesión de Ben Sheets le dio la oportunidad. En lo que va de su corta carrera, ha iniciado seis partidos. En todos ha dejado a su equipo con ventaja, pero tres de ellos se los ha tirado el relevo. Derrick Turnbow parece que la tiene contra él, porque le ha echado a perder dos, y estuvo a punto de desperdiciarle otro, si el manager no envía un tapón. Yovani tiene marca de 3-1 (su única derrota fue en relevo), con 2.72 de limpias y 40 ponchados.

Alfredo Amézaga. El sonorense sigue repuntando, y luce en los jardines, en el cuadro, corriendo las bases y –de vez en cuando- hasta con el bat. Suplió con eficiencia a Hanley Ramírez en el campocorto y regresó al central, y a su puesto habitual en el orden al bat, cuando el dominicano regresó. En julio bateó para .299, conectó un jonrón, tres triples y se robó tres bases. Lleva .271, 2 cuadrangulares, 8 triples, 38 anotadas, 24 producidas y 12 robos. Nada que ver con sus números de anteriores campañas.

Luis Ayala. Pronosticábamos que Luis Ayala pronto estaría lanzando la octava entrada, preparando el cierre para los Nacionales de Washington. Ya lo hace, lo que quiere decir que su recuperación física es cierta. Se ha visto dominador, por lo general. Para su desgracia, las únicas dos veces que no lo fue, entró con el partido cerrado y cargó con la derrota. Su récord es 0-2, con 2.70 se carreras limpias.

Rodrigo López. Tuvo dos salidas magníficas en julio. Una la ganó. En la otra, lanzó pelota de un hit (un cuadrangular) y se enfrascó en tremendo duelo con Gallardo, que terminó en extrainnings. Tuvo una salida regular, y dos malas, en las que se llevó el descalabro. A fin de mes, le diagnosticaron problemas en el tendón flexor del brazo derecho, con lo que posiblemente la temporada terminó para él. En el mes: 1-3, con 5.02 de carreras limpias; en el año 5-4, con 4.42.

Oscar Villarreal. Ha tenido bastante actividad como relevo intermedio de los Bravos de Atlanta, y sigue siendo un lanzador confiable. Su PCL subió en julio: a 3.38 su record de ganados y perdidos se mantiene en 1-0.

Dennis Reyes. El especialista zurdo de los Mellizos de Minnesota sigue mejorando y se parece cada vez más al del año pasado. Sólo una vez le pegaron en el mes (que terminó con 2.53 de limpias) y ha aceptado sólo dos carreras en sus últimas 20 apariciones. Nada mal. Rapiñó una victoria, para poner su marca en 2-1 y mejoró su efectividad a 3.86.

Jorge de la Rosa. Buddy Bell se preguntaba, en voz alta, cuál será el Jorge de la Rosa que irá hoy al montículo. Igual sale majestuoso que descontrolado y fácil de batear. En el mes tuvo 3 salidas de calidad, que ganó, y en una blanqueó a los Yanquis, que comieron de su mano como pichoncitos, otra fue malona y las otras dos, un desastre total. A eso le dicen no ser confiable. En julio tuvo 3 ganados, 2 perdidos y 5.68 de limpias; en el año: 8-11 con 5.46. A fin de mes, problemas con sus ampollas y ahora también con el hombro amenazan con enviarlo a la lista de lesionados.

Edgar González. Definitivamente al de San Nicolás de los Garza le acomoda más abrir juegos que entrar al relevo. En el mes, entró siete veces a apagar fuegos para Arizona, y en tres de ellas le pegaron duro. En una se vio muy bien y rapiñó la victoria, poniendo su marca en 4-2 con 5.29 de limpias (julio: 1-0, pero con 7.30).

Juan Castro. El de Cincinatti estuvo un rato a principio de mes, se lesionó, volvió a jugar y se lesionó peor. Le espera una cirugía reconstructiva del codo. Fin de temporada con sólo .180 y 5 producidas (y algunos buenos lances a la defensiva).

Jorge Cantú. El de Reynosa regresó a Durham, en AAA, luego de ser usado muy poco y fallar casi siempre. No dio un solo hit en julio, lleva un miserable .207, con cuatro producidas y sin jonrón y es improbable que regrese a Tampa. Si lo volvemos a ver en grandes ligas –y ojalá sea así, porque tiene un gran talento- será con otra franela.

Elmer Dessens: (1-1, 6.60) sigue lesionado, Humberto Cota (.286, 0, 3), en AAA, Oscar Robles (.238, 0, 2), lesionado y dicen que ahora sí Esteban Loaiza va a regresar de sus lesiones.

martes, julio 31, 2007

Se apaga una luz de invierno














Ha muerto Ingmar Bergman.

Esta es una crítica que escribí, hace décadas, a una de sus cintas.


Luz de Invierno
Un sacerdote en crisis, que ha perdido la fe, celebra misa en una semivacía iglesia nórdica. Rechaza las ofertas de amor de la mujer (atea) que lo ama. No logra convencer a un pescador paranoico de que la vida vale la pena. No logra consolar a la esposa del pescador luego de que éste se suicida. Acaba oficiando una misa a la que sólo asisten el capellán y la mujer que lo ama.
Tema recurrente de Bergman -sobre todo en la época que va de "El Séptimo Sello" a "Silencio"- es el silencio de Dios. El hombre habla con un Dios que insiste en no manifestarse, quizá porque no existe. Y la incomunicación con Dios se reproduce: es incomunicación entre los hombres, es soledad. Bergman habla de esta y otras soledades, de la fatal incomprensión de las cosas a la que el hombre parece estar destinado.
El problema que se deja, ambiguamente, entrever, es la mentira que rodea al pastor, hombre que detenta el poder y efectúa la ceremonia -y la vida como ceremonia-, que se ha casado con las ideas, con las abstracciones, y que éstas se le escapan, dejándolo fuera de la realidad tangible y la mentira que rodea a la mujer que lo ama, incapaz de devolver al pastor al mundo (o, en sus propias, más verídicas palabras, demostrarle que lo ama). Ella es la única fuerza capaz de darle sostén a un hombre que ha ya perdido todo, que se ve frente al espejo y se da cuenta de que detrás de su fachada existe un pequeño ser indefenso, egoísta e incapaz de enfrentar "el mal" (la fealdad, la injusticia, la realidad), pero que prefiere hablarle a los fantasmas de una iglesia desierta, de un templo que el hombre ha dedicado a su idea del absoluto; que a final de cuentas se queda con su poder de utilería y con su soledad.
Marta -la mujer que lo sigue- conoce la fragilidad interior del pastor y lo ama posesiva, un poco maternalmente, pero infundiéndole un ánimo terreno que sería la única posibilidad de salir a la vida, de ser sacado del insoportable silencio de un Dios que sólo se manifiesta en formas feroces. Ella no habita el mundo de las ideas, no es ningún fantasma ideal -a diferencia de la primera mujer del sacerdote, a la que conocemos sólo por referencias-, y si llega a desafiar el silencio de Dios es por cosas concretas (esta característica es general en las mujeres del film: cuando sabe, por boca del pastor, del suicidio de su marido, la mujer del pescador rechaza la oferta ideal de rezar y mejor le da, realista, la noticia a sus hijos).
El hombre no comprende porque está encerrado en las instituciones, en la idea. La mujer sí entiende, pero no puede hacerlo entrar a la vida, porque eso que llamamos vida está dominado por tales abstractas y concretas iglesias. En ese sentido, la mujer sufre de la pasión y de la certeza final de la incomprensión, pero no por eso ceja.
Como se puede deducir, hay muy poca acción en el film, pero Bergman se las arregla para no ser nunca aburrido, dando a la película un tono acompasado, regular, que hace un interesante contrapunto con el ritmo interior de los personajes, que se desarrolla a velocidad desenfrenada. Esta calma exterior, esta aparente estaticidad, evitan que la obra se convierta en un melodrama farragoso y le otorgan, al mismo tiempo, su cualidad grande: una sobria claridad.
Efectivamente, la película nos da una fría, pero muy humana, luz de invierno.

miércoles, julio 04, 2007

Biopics: Buscando chamba

Cuando estábamos en tercer semestre casi todos teníamos unas ganas locas de salirnos de casa. Una especie de himno era la canción “Jugar a la Vida”, de Enrique Ballesté, que decía: “En mi casa las paredes se respetan como a un dios/ en mi casa hay una iglesia que se llama comedor”. Vivir con tus padres era vivir con anclas o grilletes: ser dependiente y, de paso, mantenido. El anhelo era salir, tener un depa chiquito, un estudio, tal vez compartidos. Con dos mil pesos al mes la hacías. El chiste era buscar una chamba que te permitiera seguir estudiando (con el defecto de que en esos tiempos, el concepto chamba descontaba cualquier tipo de trabajo manual: nada de andar mesereando o preparando baguettes).

El hermano de la ex novia de Julián tenía un trabajo padrísimo. Era modelo en San Carlos. Se desnudaba, se ponía en la pose que indicaba el maestro, se quedaba inmóvil y los estudiantes lo dibujaban: ganaba 35 pesos la hora. Me dije: “esa es una buena chamba, te pones a meditar por un par de horas y te llevas 70 baros”. No tomaba en cuenta que este cuate era todo tranquiiilo, leeento, que masticaba 25 veces cada bocaaado.

Y, en vez de hacer lo lógico, que era apersonarme en San Carlos o La Esmeralda, me puse a ver los avisos de ocasión. Así fue que llegué a un estudio de la zona rosa. El cuate me recibió muy amable, me explicó que no era pintor, sino fotógrafo, y que pagaba 40 pesos la hora. Me enseñó algunas de las fotos. Me parecieron medio raras: recuerdo una de un chavo joven, lampiño, desnudo, junto a un maguey muy puntiagudo. Me hizo unas cuantas preguntas, le dije mi edad, que estudiaba, que practicaba atletismo. Me pidió que me desnudara. “Los calzones también”, dijo cuando vio que no me había quitado mis Rinbros. Tenía particular interés en como me veía de espaldas. Yo sé que tengo buena nalga y me veo bien, pero algo no le ha de haber convencido, porque después me dijo que me llamaba y nunca lo hizo. Al salir me hice la siguiente pregunta: “¿Cómo venderá esas fotografías tan raras?”.

Otros anuncios que respondí son los que buscaban maestro de inglés o de literatura para escuela secundaria o preparatoria. Tampoco pagaban mal, para mis pretensiones. En dos escuelas las directoras me hicieron sendas entrevistas, de las que creí haber salido muy bien. Dijeron que me llamaban y no lo hicieron. La única escuela que me ofreció una plaza de profesor de literatura fue la Preparatoria Popular Liverpool (la única y original Prepa Pop, hace rato desaparecida): “qué buena onda”, me dije, pero la buena onda se convirtió en mala cuando aprendí que no pagaban ni quinto.

También concurse para una plaza de ayudante de un investigador gringo que llegaba al Colegio de México, John Coatsworth. Quedé de finalista, ayudado en gran parte por el inglés, pero otro cuate, Pepe Casar, me ganó por un pelito.

Quien finalmente me consiguió chamba fue Oscar Levín, quien trabajaba en la Conasupo, además de dar clases en la UNAM. Un amigo de él estaba haciendo una investigación y necesitaba un ayudante que fuera a las bibliotecas a hacer algunas lecturas en inglés y elaborar las correspondientes fichas bibliográficas en español. Pagaba a cinco pesos la ficha de artículo breve; diez, la de artículo largo y 50, la de libro. Acepté, pensando en que al menos serviría para hacerme un guardadito.

Pasé muchas horas en la biblioteca de Antropología, en la Biblioteca México, en la Biblioteca Central de la UNAM y en la del Colegio de México, leyendo los más extraños artículos de antropología, sobre las costumbres de diversas tribus de Norteamérica, norte de México y alguna que otra de continentes lejanos. Casi todas versaban sobre los efectos económicos de las relaciones familiares –que en algunos casos tenían una complejidad que bordaba con lo portentoso- o sobre los complicados mecanismos de endeudamiento y desendeudamiento social –a través de los regalos, por ejemplo, no importa cuan inútiles.

Mientras leía y resumía, me preguntaba cuál era la relevancia de esos estudios para la distribución de subsistencias populares en México. Al principio me imaginé que Conasupo quería estudiar los efectos de su labor entre las comunidades indígenas del país. Cuando me di cuenta de que había leído demasiada literatura antropológica sobre los Arawak, los Chippewa y los Kikapú, entendí que le estaba ayudando al cuate de Levín con alguna tesis de maestría.

He de confesar que el “guardadito” fue en verdad para viajes. Del dicho al hecho, hay mucho trecho.