viernes, abril 20, 2007

Pobre Dante


Los teólogos del Vaticano lo han dictaminado: el limbo no existe. Quienes supuestamente estaban en el limbo, están en el paraíso.

Varias cosas me preocupan al respecto.

La más importante es que Dante estaba equivocado. Cuando inicia su jornada, en la Divina Comedia, busca un guía y lo encuentra en el limbo. Es Virgilio, poeta pagano, quien lleva al toscano por los círculos del Infierno y los montes del Purgatorio para dejarlo, al final, con Beatriz en las puertas del cielo -donde el mantovano no puede entrar por no haber sido bautizado-.
Recuerdo, en mi lectura infantil de la Commedia que el limbo me pareció un lugar bastante atractivo. No sólo carecía de las atrocidades del Infierno y del Purgatorio (vaya, allí una mujer se convertía en araña y miles de almas vagaban con los párpados sellados), sino que no parecía tan aburrido como el cielo. Además, en el limbo se encontraba gente interesante, como Horacio, Homero y Ovidio. Había un noble castillo y un bonito arroyo. Eran los Campos Elíseos virgilianos. Mucho mejor onda que los coros celestiales. Pero yo había sido bautizado: ese lugar paradisiaco (OK, ya sé, pero sin la presencia de Dios) me había sido vedado para la eternidad.
Ahora resulta que no, que los grandes poetas antiguos estaban desde siempre en el cielo, que el universo dantesco es sólo un filamento de la imaginación humana y que aquellos Campos Elíseos que florecen después de la vida no existen. Pobre Dante.

Y pobres de nosotros, engañados por el Poeta. Me pregunto si hubiera sido igual mi escalofrío, al leer los más crudos cantos del infierno (los suicidas convertidos en árboles nudosos, las arpías que se posan en ellos; los traidores inmersos en el hielo, con los ojos congelados) si no hubiera pensado que quizá, tal vez, en algo se podría acercar el verdadero infierno a esos tormentos.

Otra preocupación viene de que el Concilio de Trento, y más explícitamente el 17 de junio de 1536, emitió un Decreto de Fe, según el cual quien afirme que el limbo no existe (y, por lo tanto, que el pecado original de Adán no es un pecado en el sentido de los otros) incurre en anatema. Que yo recuerde, los anatemizados terminaban en la hoguera de la Inquisición. La contraorden llega demasiado tarde para ellos.
De ahí paso a otro punto. Quien, desde la Iglesia, propuso rediscutir el asunto del limbo fue, precisamente, el Cardenal Joseph Ratzinger. Si somos estrictos, el teólogo alemán incurrió en anatema, de acuerdo con el dogma vigente desde Trento. No le tocó pasar por los tribunales del Santo Oficio, entre otras cosas, porque él los presidía. Es más fácil criticar desde el poder, se sabe.

Otra preocupación más viene por el lado del registro civil.
¿Basta con presentar un acta de nacimiento fechada Antes de Cristo para acceder al cielo?
¿Y si las costumbres de mi tribu/nación incluían como actos correctos algunos que son catalogados por la Iglesia como pecados mortales (por ejemplo, lanzar una doncella al cenote sagrado o ser iniciado sexualmente por una anciana del pueblo antes de poder casarme)?
En fin, que los teólogos de hoy tienen bastante material con el cual entretenerse.

Una cosa, finalmente, me llena de gozo.
La Iglesia sigue considerando que la vida y el alma humanas nacen en la concepción. Esto significa que todos los abortos van al cielo y que las clínicas donde se practica son auténticas fábricas de ángeles (muy redituables, las clandestinas) que se la pasan loando al Señor.

miércoles, abril 11, 2007

Resonancia magnética y Óptimo de Pareto

Tomo del blog del Rayo: “Un reciente estudio demostró que la gente “pobre” aprende a asociar una imagen abstracta con una recompensa, en este caso una imagen de una moneda, mucho más rápido que gente “rica”… usaron fMRI (functional Magnetic Resonance Imaging) para hacer –en términos bien simplistas- una película en cámara lenta del cerebro en acción mientras los sujetos aprendían las asociaciones. Encontraron que un área cerca del centro del cerebro llamada estriado refleja esta diferencia en la velocidad de aprendizaje. Durante el aprendizaje el estriado de los “pobres” se activaba más que el de los “ricos”. Ahora bien, no es que el cerebro de los ricos y de los pobres sea diferente, sino que el dinero –la recompensa- es más llamativo para quiénes les da más utilidad, y mientras más fuerte sea la señal de recompensa más fácil es el aprendizaje. ¿En que eres pobre?”.

Los datos de ese estudio británico (publicado en Neuron, nº 54) me retrotraen a viejas discusiones de teoría económica. Uno de los argumentos que primero se le vienen a la cabeza a cualquier estudiante con dos dedos de frente, luego de entender el concepto de satisfacción marginal (aquella que se obtiene cuando tenemos una unidad más de consumo, ahorro o ingreso), es que –ceteris paribus- la utilidad marginal de los pobres será mayor que la de los ricos. Ergo, una distribución más equitativa del ingreso generará una mayor satisfacción marginal “social”.

La respuesta que nos daban a eso es el famoso Óptimo de Pareto, según el cual podemos hablar de una mayor satisfacción o utilidad cuando la situación de alguno de los sujetos económicos mejora y no empeora la de ninguno: el óptimo se obtiene cuando no se puede satisfacer más a algunos sin perjudicar a otros. Detrás de este “óptimo” está el siguiente razonamiento: “¿Y por qué ha de ser superior la satisfacción del pobre que la del rico ante un beneficio marginal?”. Si el nivel de satisfacción personal no es medible en sí, lo único que podemos deducir es que “crecerá” (así, en abstracto, no sabemos cuánto) si aumentan el ingreso, el consumo o el ahorro y “disminuirá” si cualquiera de éstos disminuye. Las satisfacciones personales, al no ser mensurables, no se pueden sumar o restar. Quitar a los ricos para dar a los pobres no garantiza mayor satisfacción social.

El hallazgo de los científicos británicos, aunque parece lindar con las verdades de Perogrullo, abre un camino para deshacer la hipótesis paretiana, sobre la cual se fundan la escuela austriaca de economía, el monetarismo friedmaniano y varias prácticas neoliberales.

Pero juguemos al abogado del diablo. ¿Qué diablos me garantiza que una mayor satisfacción marginal “social” hoy nos puede llevar a una mayor satisfacción marginal “social” mañana? En otras palabras, ¿es esta “satisfacción marginal social” el parámetro a partir del cuál organizar la economía? Aquí valdría la pena pensar en Schumpeter, y el papel de la innovación en el desarrollo económico. Si quitamos recursos de los innovadores y los pasamos a los “conservadores” o meros consumidores, el efecto de largo plazo no puede ser sino de un desarrollo más lento o de un colapso.

martes, abril 10, 2007

Biopics: Los Socialpadrotes

Para el siguiente semestre seguí con la costumbre de adelantar materias, que convertía la creación de un horario escolar en un rompecabezas. Me inscribí en siete. De entrada, me fui a la segura en CEA III, con Elba Bañuelos. Adelanté Estadística I, con el viejito Mercado. Los demás fueron memorables.

Contabilidad Social, que resultó ser una materia muy útil, la tomé con Oscar Levín, aunque la mayoría de las clases las dio su adjunta y esposa, la simpática Nuri Balcells. Me hice cuate de los Levín, que vivían a dos cuadras de la casa. Eran cinéfilos caústicos: después de ver Solaris, la versión original de Tarkovsky, Nuri comentó: “Tanta lana para demostrar la existencia de Dios; mejor se la hubieran gastado en tanques para los compañeros palestinos”, y Oscar –a quien tampoco le había gustado la película, que a mí me encantó- acotó: “Bueno, pero valió la pena ver chichi rusa por primera vez”.

En Historia de las Doctrinas Económicas I, me metí con Edmundo Flores, quien habría de tener importancia en una parte posterior de mi vida. Más que doctrinas económicas, la clase de Don Mumundo era de cultura económica general, con un toque de sentido común y dos de sarcasmos. Ahí aprendí, por ejemplo, que la diferencia entre un paísdesarrollado y uno subdesarrollado no está en su nivel de ingresos o su grado de industrialización, sino que, cuando llueve, en el país desarrollado sacan los paraguas y en el subdesarrollado se ponen un periódico en la cabeza y se echan a correr, y que cuando se rompe un vidrio, en el país desarrollado ponen un hule, llaman al vidriero y lo repone, mientras que en el país subdesarrollado ponen el hule y la ventana se queda así por años. También aprendí que, en la UNAM, si querías, podías tener una educación y una formación integral de excelencia y, si querías también, podías recibirte sin dejar el analfabetismo funcional, mientras que en las universidades privadas llegarías a ser, cuando mucho, un profesionista capacitado, pero normalmente serías uno mediocre, en eterna búsqueda de contactos.

Matemáticas III fue, finalmente, con El Pino, en las tardes. A menudo el Maese Mob (apodo definitivo de Rafael Rangel) nos llevaba a mí y a Cox en su Datsun 72, que adoraba. Todavía lo manejaba treinta años después. Martínez Della Rocca era mejor que mis dos anteriores maestros de mate, además de ser bastante cotorro. Y cuando los problemas se ponían difíciles, Mapes y yo íbamos a Ciencias donde, bajo la escultura protectora de Prometeo, Jorge Lomnitz nos sacaba de dudas, farfullando las fórmulas y su razonamiento mientras escribía con un lápiz mocho. Una vez al hiperactivo Pino se le pusieron al brinco porque no enseñaba “matemáticas marxistas” y él respondió, mientras fumaba y mascaba chicle al mismo tiempo: “Maestrito, las matemáticas son marxistas. Más por más da más, menos por más da menos, pero menos por menos da más: la transformación de lo cuantitativo en cualitativo… ¡dialéctica, maestro!”.

Julio Moguel nos dio Teoría Económica II. Era parte del movimiento para mover el plan de estudios hacia el marxismo. La intención de Julio era demostrarnos por qué la teoría neoclásica no servía. Su problema principal, que no dominaba a plenitud la famosa “teoría burguesa” que debía destruir. Al final del curso lo único que nos quedó claro fue el siguiente sofisma: “La teoría burguesa es subjetiva, porque se basa en la psicología de los agentes económicos, mientras que la teoría marxista es objetiva; por lo tanto, científica”. El tema de la psicología de los agentes económicos da para más, ahora que los científicos, -sí, ellos, paradójicamente- miden los impulsos en el cerebro de “pobres” y “ricos” cuando aparece ante ellos el estímulo de una moneda (si comprueban sus tesis, darán al traste con el Óptimo de Pareto, y con ello a la versión Walras/Böhm-Bawerk de la teoría neoclásica). La cereza en el pastel es que Moguel le puso B a Jonathan Davis, “por burgués”.

Pero la materia que nos daba más gusto era Teoría Económica y Social del Marxismo, con Jorge Martínez Contreras, el maestro tan promocionado por Foncerrada. A diferencia de su semestre de debut, ahora Martínez tenía aula llena. Chavos de varios semestres y de diferentes facultades. Ahí estaba el grupo de La Mira (menos la Bracho, que se cambió a la Ibero cuando la huelga, y Jorge Munguía, separado del grupo y de la escuela por razones que se reseñarán en otro capítulo), Carreto, Jonathan, García Agraz, Cox, Elvia, Gisele, Vladimir. Había varios alumnos de semestres inferiores, como Consuelo Ceceña, la hija del director. También varios de semestres superiores. Y cualquier cantidad de oyentes de otras facultades, entre ellos Maru, la hermana de Salvador De Lara, Beatriz Novaro y mi cuate Víctor Monjarás.

Martínez tenía una visión vitalista y no ortodoxa del marxismo. Y lo combinaba con todo. Uno de sus temas preferidos era la etología, que resumimos en una frase: “somos changos, pero no somos lobos”. Una parte de nuestro comportamiento –decía Martínez- es estrictamente animal. Vean cómo cada uno lucha por ser el Alfa, vean cómo los muchachos abrazan a la novia, vean cómo, al elegir a la pareja, los humanos hacen una selección de los genes que quieren duplicar. Pero fíjense también que, lo que hace distinto al hombre es que domina sus instintos: si fuéramos lobos y un hombre encontrara a su mujer con otro hombre, y éste –al verse descubierto- ofreciera su cuello, el marido no podría hacer absolutamente nada. Pero somos hombres y, dependiendo de la cultura, reaccionamos de manera diferente. El hombre tal vez se dé la vuelta y se vaya, indignado; o tal vez saque la pistola y de todos modos mate al trasgresor. El materialismo histórico, para funcionar, tenía también que ser cultural. Por eso en Rusia no funcionaba.

El segundo tema favorito era la antropología. Diseccionamos la película “Pequeño Gran Hombre” y particularmente la imagen del indio tocando al soldado con un palito, en plena batalla, para “humillarlo”: cómo las diferencias culturales entre pieles rojas y vaqueros fueron determinantes en la conquista del hombre blanco.

Su tercer tema era la libertad: para él, la clave del marxismo no era, como sucedía allende el socialismo “realmente existente”, quitarle al individuo toda su responsabilidad sobre su devenir; era lo contrario: hacer del hombre amo de su destino. Foncerrada y yo dedicamos nuestro trabajo final al tema “estética y marxismo”.

También se suponía que en esa materia haríamos un trabajo de campo (“parte del proceso de pasar de marxianos a marxistas”), pero la historia se fue por otro lado.

Por el origen social, mayoritariamente clasemediero, del grupo de Martínez Contreras, y por el evidente revisionismo de sus lecciones, al grupo nuclear de esa materia (los de La Mira y sus más cercanos) nos pusieron, muy al estilo de la Revolución Cultural China, el mote de Socialpadrotes: “Por socialdemócratas, por hegelianos y porque se creen galanes”.

viernes, marzo 30, 2007

La Carrera del Siglo

A mediados de 1973 escribí un sueño, que transformé en un cuento. Hermann Bellinghausen se quedó con una copia y, sorpresivamente, lo publicó en Nexos, en 1979. Resulta curioso constatar que la aparición de un salvadoreño malherido y una nicaragüense embarazada podía interpretarse, a la fecha de la publicación, como obvia referencia a las respectivas revoluciones en América Central. En 1973 no tenía yo ni idea de cómo se iba a mover la política del subcontinente a lo largo del siguiente lustro.
Y hablando de este tipo de falsas metáforas, hay otro cuento mío, "Retorno N de Amadís", que escribí en 1974, corregí en 1980 y publiqué en 1990, y que hoy podría interpretarse como una crítica a una supuesta blandura de Occidente ante el Islam. En realidad, era la transcripción de otro sueño.


La Carrera del Siglo

A fines de 1966 se estrenó en el cine Diana de la Ciudad de México, una pelí­cula de Blake Edwards titulada "La carrera del siglo", que fue todo un éxito de taquilla. Por aquellos tiempos yo tení­a doce años y estaba perdidamente enamorado de mi vecina, Ana Maria, walkiria pequeña y sutil, dos años mayor que yo y que jamás me correspondió, amargándome los primeros años de la adolescencia. Sólo tengo un recuerdo amable con ella, y fue precisamente cuando fuimos a ver juntos "La carrera del siglo". Compramos unos dulces redondos con pasita enmedio y unos chiclosos, que comí­a uno de la mano del otro. Cuando llegó el beso entre el galanazo Tony Curtis y la dizque liberada Natalie Wood (¡qué senos, cómo me impresionaron!), Ana Marí­a cogió un dulce entre los dientes y, golosa, me invitó a compartirlo. Aquella fue la única vez que pudo mi boca rozar la suya, que recuerdo pegajosa y azucarada. Algunos años después se casarí­a con un cirujano de éxito, actualmente se encuentra en el laborioso proceso de llenarse de hijos.


Fue en uno de esos arranques de nostalgia que me decidí­ a ir al cine Estadio, donde la reestrenaron. Era un domingo y el cine estaba lleno a reventar. La pelí­cula se me hizo divertida, principalmente la caótica guerra de pastelazos en la que Jack Lemmon cae dos veces al gigantesco pastel: primero como el profesor Fate, luego como un rey borrachí­n. Pero, por más que traté, no pude asociarla con aquel dí­a en que mis labios pudieron sentir, efí­meramente, los de su walkiria. Es imposible regresar en el tiempo, me dije. Al final de la pelí­cula me encontraba un poco decepcionado, pero de pronto pensé que no habí­a por qué estarlo: yo estaba por encima de todo aquello, estaba por encima de Ana Marí­a, sobre los demás asistentes al cine, sobre los personajes: yo sabí­a cómo iba a terminar el filme, Ana Marí­a no estaba ahí­ para hacerme competencia y los personajes aún luchaban denodadamente por ganar la carrera. Cerré los ojos con lentitud y calma, a sabiendas de que la pelí­cula iba a terminar cuando Fate, al inicio de la carrera de regreso a Nueva York, disparara el cañón de su carro y mandara la torre Eiffel al suelo.

La primera vez que ví­ la pelí­cula me molestó el final, quizá porque habí­a sido lo suficientemente inocente como para encontrar creí­ble todo lo anterior. En el cine Estadio me molestaba otra cosa: la posibilidad de que el truco de la torre Eiffel haya sido un pretexto para no mostrar la carrera de regreso, en la que de seguro el Profesor Fate derrotó con facilidad al carita Curtis, quien llegó a la meta dí­as después, negro de fango y aceite, perdida la eterna y aséptica pulcritud con la que se pavoneó en la primera parte de la cinta. Y este miedo se confundió con otro: quizá toda la historia habí­a sido cambiada para la glorificación del limpio y maniqueí­sta Curtis.

Se fue la luz del cine, sumiéndonos en la oscuridad total, empecé a escuchar gritos de pánico, o más bien un rumor de excitación, sentí­ una brisa marina golpeándome la cara, ahora estaba yo dentro del filme, entre los espectadores que esperaban la llegada de los contrincantes. Nunca supe exactamente dónde; si en la pantalla del cine Estadio, en Parí­s a la llegada de los competidores, o en el estudio de California, cercano al mar.

Hubo algo que me impresionó: yo era yo, de espectador, pero también era Curtis y era Fate: estaba llegando a la meta, estaba esperando la llegada del Otro y, por otro lado, lo veí­a todo desde arriba, dominando los pensamientos y las acciones de todos. Creo que es hora de contar como terminó realmente la Carrera del Siglo.

Yo, Curtis y yo, Fate, llegábamos al mismo tiempo a Parí­s, decidimos pactar un empate, sin embargo alguno habí­a de llegar primero, porque era necesario cruzar una puerta donde sólo un automóvil cabí­a. Yo, Curtis, eché una moneda al aire, y yo, Fate, ingenuo, acepté que el Otro entrara primero (la moneda tení­a la misma figura por los dos lados). Seguí­ atrás de Curtis, hasta la puerta de entrada, entonces yo, Curtis, le hice una seña al empleado que abrió la reja para que no me dejara entrar a mí­, Fate. Así­ vi, desesperado, pero todaví­a con la remota esperanza de que Curtis cumpliera el trato, cómo gozaba del recibimiento público, y vi también, mientras se me vitoreaba, la cara de rabia de Fate a través de las rejas que nos separaban; me lanzaba miradas de odio y de humilde aceptación de una derrota falsa. Intenté no verlo ni pensar en otra cosa. Al mismo tiempo, yo veí­a desde dentro de todo lo que sucedí­a, la relación entre Curtis y Fate, de amistosa hostilidad, de amor: uno necesitaba del sacrificio del otro para ser él; el otro para saberse vencedor, debí­a de ver con claridad el fin de la historia y gozar, de cierto modo, con la victoria pí­rrica de quien trataba de dominar su remordimiento. Yo era la relación entre ellos, y creí­a saber el final. Pero sucedió algo imprevisto, Curtis decidió disparar hacia el mar el cañón que tení­a escondido en su máquina blanca, en festejo de la victoria, entonces se me reveló el verdadero final y todo lo que habí­a de seguirle. Fui Curtis manejando el coche hacia el malecón californiano-parisino, fui el espectador viendo cómo se acerca el automóvil a la orilla, tratando de hacer un recuerdo de su vida entera antes del bombazo que no sólo caerá al mar, sino que nos destruirá a todos los personajes y que no quedará absolutamente nada de mí­ en el mundo, fui Fate, al fin conocedor del significado de su nombre, accionando mentalmente el botón que disparará la bala y acabará con todos, aceptando la muerte como algo necesario.

Antes de que Curtis disparara el cañón e hiciera caer a la torre Eiffel, yo estaba dentro de la torre observando cómo todas las cosas tení­an lugar. Todos los que nos habí­amos encaramado ahí­ sabí­amos el final y que sólo habí­a oportunidad para la vida subiéndonos en la torre, que todo el mundo serí­a destruido al momento del cañonazo y que sólo algunos de los que cayéramos de la torre nos podrí­amos salvar. Todo esto lo habí­a yo soñado y quizá estuviéramos en la realidad; al momento de llegar Curtis en su automóvil blanco, radiante, supe que tení­a razón, lo supimos todos los que estábamos en la torre. Pasamos los minutos anteriores a la catástrofe buscando con desesperación una manera de evitarla, pero cada vez que abrí­amos una puerta o apretábamos un botón, aparecí­an los cadáveres de toda la humanidad, o sus fantasmas, a roernos la conciencia. Cuando vimos que no habí­a otra salida, nos atuvimos al destino, tratando de abrazar a la mujer más cercana. Escuchamos la explosión y sentimos cómo la torre caí­a perpendicularmente hacia el mar, ya estábamos seguros para entonces de ser los únicos humanos vivos sobre la tierra. Yo sabí­a los pensamientos y los sentimientos de cada uno, estaba en mí­ y en los demás simultáneamente. Por eso, pude sentir mi cabeza chocar contra una viga y tener como última visión en la tierra a los compañeros que se han salvado y nadan en dirección a la playa, pero pude también nadar y sobrevivir y ser al fin yo mismo, en el momento decisivo de la vida.

Los que quedamos somos una raza nueva, verdadera, que camina por la playa hasta llegar a un llano muy verde, donde nos espera un tren, que nos llevará a poblar el mundo y cubrirlo de tractores y cerezos. Me hice amigo de dos salvadoreños y una nicaragüense, uno de ellos está malherido, ella, encinta. Ella, es joven y morena, el pelo castaño le cae sobre su cara mestiza, rí­e con amplios dientes, su vestido es de tela burda, limpio, floreado. Puedo asegurar que toda su vida se ha bañado en un rí­o. Va a ser mi mujer, lo sé, todos los hijos son nuestros, y son nuestros hermanos. Conversamos los cuatro hasta llegar a una gran casa de campo, donde un grupo vivirá y trabajará los próximos meses. Viene a mi mente la imagen de Ana Marí­a lánguida y de transparente mirada, enmedio de la oscuridad del cine Diana, con un dulce entre los dientes, trato de aferrarme al cuerpo de mi mujer. Ya no distingo nada. Beso por un segundo a Ana Marí­a, veo el final de "La Carrera del Siglo", y salgo del cine, tomando orgulloso a Ana Marí­a de la mano, dispuesto a encontrar -al doblar la calle- a la otra mujer, por la que quizá estoy pasando mi brazo cálido en estos momentos.

jueves, marzo 29, 2007

Adopte un angelito

El senador Santiago Creel ha lanzado una propuesta para -según él- solucionar el debate sobre la pertinencia de despenalizar el aborto. Facilitemos las reglas para la adopción, dice, y así evitaremos que las madres se deshagan de hijos no deseados mediante la interrupción voluntaria de su embarazo.

Va una modesta proposición al respecto.

Que la legislación sobre el aborto siga como hasta ahora, a condición de que:
1. Todos los hijos no deseados sean adoptados por los militantes y adherentes del PAN.
2. Que aquellos militantes destacados, con puestos de elección popular o con grandes fortunas adopten en proporción a sus cargos y sus ingresos.
3. Que los infantes adoptados sean tratados exactamente igual que los hijos propios. Que los lleven a la misma escuela, hasta la universidad; que igual les revisen la tarea, les hagan fiesta de cumpleaños con pastel, mago y piñata, los lleven a pasear al parque, les compren su Cajita Feliz y les digan que los quieren mucho.

Veamos una traducción en expresión numérica aproximada:

Según los cálculos de la Secretaría de Salud, en el país se realizan cada dos años tantos abortos como militantes y adherentes del PAN: 1 millón 100 mil. Esto quiere decir que, en promedio, cada panista deberá adoptar un niño cada dos años. Sin embargo, para respetar jerarquías, lo ideal sería que cada uno de los 200 mil militantes del PAN adopte un niño al año, y todo adherente (hay 900 mil) lo haga cada tres años. Queda un sobrante de aproximadamente 50 mil angelitos anuales. Estos pueden ser distribuidos entre la militancia destacada, bajo estos criterios:
Presidente Municipal de localidad inferior a 50 mil habitantes: un niño extra al año.
Presidente Municipal de localidad entre 50 mil y 300 mil habitantes: dos niños.
Presidente Municipal de localidad superior a 300 mil habitantes: tres niños.
Diputado local: dos niños extra al año.
Asambleista del DF: tres niños extra.
Diputado federal: cuatro niños.
Senador de la República: cinco niños.
Coordinador de los Senadores (e impulsor original de la medida): 15 niños extra
Secretario de gobierno municipal panista (localidad superior a 300 mil habitantes): dos niños extra.
Secretario de gobierno estatal panista: cuatro niños.
Gobernador: ocho niños.
Jefe de unidad del gobierno federal: un niño extra
Subsecretario: cuatro niños.
Secretario: seis niños (Secretario de Salud: 20 niños extra).
Presidente de la República: 20 niños extra.
Miembro del CEN panista: diez niños.
Presidente del CEN: 20 niños extra.
Diego Fernández de Cevallos (pensando en el tamaño de su patrimonio): 257 niños extra al año.

Sería una propuesta sana para la nación. Sobre todo porque Diego se la pasaría festejando cumpleaños infantiles y no tendría tiempo para sus múltiples tenebras.
Además, al poco tiempo, los panistas serían los principales impulsores de una reforma que derogara la ley absurda y medieval que rige sobre el aborto en México.
Otra ventaja es que Serrano Limón no es miembro del PAN. Ningún pobre niño caería en sus garras.

miércoles, marzo 28, 2007

25 discos de los sesenta


Más listas.
25 discos de los sesenta (de la segunda mitad; en la primera estaba muy chavito). Va en orden alfabético.
Arthur, The Kinks
Bayou Country, Creedence Clearwater Revival
Beggars' Banquet, The Rolling Stones
Blind Faith, Blind Faith
Cheap Thrills, Big Brother & The Holding Co., featuring Janis Joplin
Disraeli Gears, Cream
Freak Out!, Frank Zappa & The Mothers of Invention
Greatest Hits, Bob Dylan
H.P. Lovecraft II, H.P. Lovecraft
Led Zeppelin I, Led Zeppelin
Led Zeppelin II, Led Zeppelin
Magical Mystery Tour, The Beatles
Santana, Santana
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, The Beatles
Shhh!, Ten Years After
Spooky Two, Spooky Tooth
Strange Days, The Doors
The Doors, The Doors
The Hangman's Beautiful Daughter, The Incredible String Band
Their Satanic Majesties' Request, The Rolling Stones
Tommy, The Who
Ummagumma, Pink Floyd
Vanilla Fudge, Vanilla Fudge
We Are Only in it for the Money, Frank Zappa & The Mothers of Invention
With a Little Help From My Friends, Joe Cocker

martes, marzo 20, 2007

Biopics: Lapsus

A la mitad del segundo semestre, una huelga de trabajadores (el STEUNAM, en ese entonces) paralizó la Universidad unas cuantas semanas, situación que aproveché para echarme otra escapadita a Nueva York, de donde regresé decidido a lanzar otro proyecto editorial marginal: un periódico de crítica cultural y reseña de espectáculos, una versión proletaria (por no decir tercermundista) de la revista Cue.

Los cómplices fueron los mismos. Raúl, quien para entonces había instalado con un par de cuates de Políticas una agencia informativa sobre los asuntos y las grillas de la UNAM, que se llamaba Inforuni –y que ya tenía oficinas, en el edificio de Insurgentes 300- y Hermann, siempre dispuesto a soltar la pluma. A ellos se agregó un cuate mío de Economía, muy cinéfilo, José Luís García Agraz.

Mi intención era hacer algo más serio que nuestros esfuerzos anteriores, y tenía 300 pesotes para invertir. Esta vez venderíamos el producto al doble de su costo, e iríamos mejorando la impresión, número por número. El mimeógrafo de Inforuni era mejor que el personal de Raúl Trejo, pero soltaba demasiada tinta, lo que dio como resultado un número grande de hojas perdidas. Imprimimos varios cientos de ejemplares –no recuerdo cuántos-, pero muchos de ellos tenían hojas casi ilegibles.

El número uno de Lapsus tenía –entre otras cosas- una reseña de Trejo sobre “El Padrino”, yo escribí sobre “Simpatía por el Diablo”, la película de Godard y los Stones, y sobre “Ginecomaquia”, una obra de teatro de Hugo Hiriart (manejé la crítica como desentrañando una telaraña de contradicciones, siguiendo lo aprendido en Metodología de las Ciencias Sociales); una crónica de Hermann de dos conciertos de Mercedes Sosa: en el Auditorio Che Guevara y en Bellas Artes (donde “se equivocó de choza”, según Bellinghausen) y la primera parte de un ensayo de García Agraz sobre el nuevo cine latinoamericano. Ilustraba un cuate de Hermann, de sobrenombre Curt.

Nuestro principal centro de venta fue la Casa del Lago, en Chapultepec. Nos fue más o menos bien, pero resultó demasiada chinga: casi una semana de trabajo y un día entero de distribución para salir a mano, si acaso. Nuestra vocación de promotores alternativos de la cultura no daba para tanto. El número uno de Lapsus fue el único.