lunes, diciembre 07, 2009
Cendrars y los perjúmenes
Dice Eco que toda traducción es, necesariamente, un acto de negociación, en donde quien traduce debe elegir el término que, en su lengua, mejor transmite el contenido. La pregunta que surge muchas veces es cuál es el contenido de una obra determinada: pueden ser las palabras mismas, el ritmo, el sonido. El traductor también tiene que negociar, en ocasiones, entre si llevar al lector a otro tiempo y otra lógica, o hacerle más digerible el contenido. Una gran cantidad de problemas de no siempre sencilla resolución.
El libro tiene abundantes ejemplos, y resulta muy disfrutable para cualquier lector políglota, aunque no sea tan erudito como Eco y varios de sus traductores.
Comentaré uno de los textos-problema y pondré sobre la mesa otro cuya problemática, en mi opinión, Eco sólo tocó tangencialmente (a pesar de lo mucho que dedica su libro a los puns joycianos).
El que cita Eco aparece en la Prosa del Transiberiano, de Cendrars, "donde el poeta, en un momento dado, mientras el tren avanza con sus ritmos y sobresaltos por llanuras ilimitadas, se dirige a su compañera, Jeanne de France, dulcísima prostituta enferma:"
Jeanne Jeannette Ninette Nini ninon nichon
Mimi mamour ma poupoule mon Pérou
Dado dondon
Carotte ma crotte
Chouchou p'tit coeur
Cocotte
Chérie p'tite chèvre
Mon p'tit péché mignon
Concon
Coucou
Elle dort.
A partir de ahi Eco lamenta que la traducción italiana, "para mantener el tono de dulzura, emplee hipocorísticos de tonos claros que no trasmiten el traqueteo oscuro de los vagones", pero concluye que el traductor tuvo que elegir y prefirió la ternura amorosa al traqueteo.
El libro incluye una traducción al español (de García Ortega) que, opino yo, tiene un problema similar al del italiano:
Jeanne Jeannette Ninete La De Los Dos Limones niní ninón
Cariño miamor minovia mipotosí
Dodó dondón
Chupa mi bombón
Corazoncito Queridos mamá y papá gallinita
Cabrita adorada
Mi pecadito
Cuclillo
Coñito
Ya duerme.
Me permití hacer una traducción de la canción, intentando sostener ritmo -pensando en el trenecito del Chocolate Express-, pero también sentido. El lector dirá:
Juana juanita nineta niní tetita ninón
Mimí miamor mi pupú mi Perú
Dado Dondón
Carita bonita
Chiquita cosita
Coqueta
Querida
Chulita cabrita
Pequeño pecado
Cuclillo
Coñito
Durmió.
Paso al siguiente tema, que me parece más peliagudo. ¿Cómo traducir al inglés -o a cualquier otro idioma- "Son tus perjúmenes, mujer", de Los Bisturices Armónicos, popularizada por Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina?
Eco subraya que toda traducción es una transportación cultural y que, si es buena, se trata de una apasionada interpretación del sentido profundo del texto.
En el caso que nos ocupa, el problema es que hay varias transportaciones culturales posibles del texto fuente. Al menos una es la original nicaragüense. Otra partiría de la visión mexicana -en mi caso- del mismo texto, que ya tiene de por sí una carga de traducción (de la cultura nica a la mexicana).
Me explico. Yo sabía, por medio de Hermann Bellinghausen, que "Son tus perjúmenes..." era obra de este grupo de médicos rurales que habían recogido por todo su país la tradición oral campesina. Hermann alguna vez nos había leído un libro de los Bisturices en el que los médicos citaban frases de los campesinos en las que describían sus dolencias. Eran poéticas y, las más de las veces, inentendibles para nosotros.
Lo mismo sucede con algunos verbos de "Son tus perjúmenes...". Para ellos quedan dos posibilidades de traducción: una es rebuscar sobre el significado más preciso posible de la palabra; la otra, jugar con sus posibles significados múltiples.
Así, la mejor definición oficial de "sulibeyo" la da un campesino nicaragüense que, para explicarla, lanza una piedra pómez al lago, y cuando la piedra regresa a la superficie, dice: "Mire, ya sulibeyó". Pero cuando uno, que no conoce el modo nica, escuchó la canción por primera vez, tradujo "sulibeyan" de otra forma: es una palabra que no existe, pero que connota sublevación (y sí, de alguna forma la piedra se subleva y resurge).
Más simple es el significado nicaragüense de "soripeyo", que es una mueca de invitación que se hace con los labios. Para mí soripeyo era un neologismo, relativo a causar leves cosquillas en distintas partes del cuerpo.
"Almareyar" resultó ser una palabra cuyo significado había atrapado. Viene de alma y quiere decir energizar desde adentro.
Pero la que para mí fue un gran chasco es "chúcaros". Me parecía una magnífica imagen de lo azucarado: lo dulce encarnado. Resulta que se refiere al ganado bravo, que podrá ser muy bonito a los ojos de un campesino, pero que no me cuadra.
Siguiente problema: traducirlo al inglés (entendiendo "perjúmenes", "aleteyan" y "reverbereyan" en su sentido estricto de habla popular).
Obviamente hay, por lo menos, dos traducciones (o, mejor dicho, dos grupos de traducciones): la del nica (la que proviene de la cultura campesina generadora del texto base) y la del resto de los países de habla hispana. Imagino/temo que cada uno de los no nicaragüenses bilingües haría una traducción diferente:
Son tus perjúmenes mujer
Son tus perjúmenes, mujer,
los que me sulibeyan,
los que me sulibeyan,
son tus perjúmenes mujer.
Tus ojos son de colebrí,
¡ay cómo me aleteyan!,
¡ay cómo me aleteyan!,
tus ojos son de colebrí.
Tus labios, pétalos en flor,
¡cómo me soripeyan!,
¡cómo me soripeyan!,
tus labios, pétalos en flor.
Tus pechos, cántaros de miel,
¡cómo reverbereyan!,
¡cómo reverbereyan!,
tus pechos cántaros de miel.
Tu cuerpo chúcaro, mi bien,
¡ay, cómo me almareya!,
¡ay, cómo me almareya!,
tu cuerpo chúcaro, mi bien.
It's your perfumations, woman
(traducción de Francisco Báez Rodríguez)
It's your perfumations, woman,
the ones that rebelsuble me,
the ones that rebelsuble me,
it's your perfumations, woman.
Your eyes are of hummenbird,
ah, how they batwing me!,
ah, how they batwing me!,
Your eyes are of hummenbird.
Your lips, flowering petals,
how they surpicate me!,
how they surpicate me!,
Your lips, flowering petals.
Your breast, honey jugs,
how they reverberay!
how they reverberay!
Your breast, honey jugs.
Your body, chugger, my love,
ah, how it resoulates me!,
ah, how it resoulates me!,
Your body, chugger, my love.
martes, diciembre 01, 2009
Biopics: El canto de cisne de la ultra
Este evento, organizado por la ultra a partir del “Manifiesto Guattari”, quería poner en la picota al PCI y a su ciudad emblemática, pero sobre todo al mundo del trabajo. A la burguesía y al proletariado por igual. Quería expresar el rechazo juvenil a la ética con la que se había fundado la república italiana y se había modernizado el país. La falta de perspectivas, ligada a la idea de la universidad como estacionamiento social antes del desempleo, había creado una ruptura con el movimiento obrero… esencialmente de parte de quienes se identificaban con la izquierda y una cierta idea utópica de socialismo, pero nunca lo hicieron con las organizaciones de clase.
La consigna clásica “È ora, è ora, potere a chi lavora” (Es hora, es hora, poder a quien trabaja) fue sustituída, en el 77, por “È ora, è ora, lavora solo un’ora” (Es hora, es hora, trabaja sólo una hora). Revistas como Desire, que publicaba nuestra compañera Valeria Bonifati con su novio Salvo –estudiante de psicología en Bolonia- daba tips al improbable lector obrero para trabajar unos cuantos días al año y cobrar completo… para la estupefacción de Anna y Paolo, típicos pduppinos modeneses (y por lo tanto, en realidad, a la “derecha” del Pdup). Pero aquello no era un intento obrero de reorganizar el proceso productivo. Detrás de la consigna “Tutta la produzione, all’automatizzazione” (Toda la producción, a la automatización) no estaba el interés por tomar el control, sino por echar la güeva. El movimiento tomaba elementos del mundo del trabajo, pero para enfrentarlos: en ese sentido era post-obrero, y por lo tanto post-industrial, si no es que antiobrero, y por lo tanto luddista.
Los autónomos eran revolucionarios en el sentido de que querían abolir el sistema y veían que el Partido Comunista lo prolongaba. No lo eran, en el sentido de que no sabían qué querían, además de abolirlo. Se parecían demasiado, en eso, a los primeros Fasci di Combattimento: lo importante es el movimiento, revolution for the hell of it.
El caso es que los autónomos pusieron una enorme lista de exigencias al ayuntamiento de Bolonia para su evento. Que pusieran comedores a su disposición, que se les dejara hacer un enorme campamento en el parque principal, que les prestaran el Palasport para la convención y les abrieran todas las plazas para los mítines, que los bares y restaurantes les dieran descuentos… El ayuntamiento accedió a todo, comentando que a los dueños de bares y restaurantes les solicitaría que hicieran los descuentos, pero no se los podía ordenar y que la Plaza Grande había sido reservada con anticipación, para el día principal, por una convención eucarística.
Si los organizadores de la Convención contra la Represión esperaban, precisamente, una actitud represiva de parte de las autoridades comunistas de la ciudad, no la obtuvieron. Así, mientras los más militantes entre los “creativos” y los “violentos” largaban interminables y agrias discusiones sobre el futuro del movimiento en la sede del Palasport, en las calles los demás hacían una suerte de gran happening, con algunas consignas chistosas, que aludían a frases infelices de los comunistas: “Covo quì, covo là, covo tutta la città” (Guarida aquí, guarida allá, guarida toda la ciudad), “Zangherì, Zangherà, gli untorelli sono qua” (Zangheri (alcalde de Bolonia), Zanghera, aquí están los untorcillos).
El día de la manifestación final marchó toda clase de grupos. Varios de ellos (los “violentos”) en vez del puño alzado –que al fin y al cabo era cosa de obreros- hicieron el signo de la P-38, como si tuvieran una pistola en la mano. Eran los que se preguntaban, en las discusiones del Palasport, “si las Brigadas Rojas son compañeros que se equivocan o compañeros punto y basta”. Un discreto grupo de carabineros cuidaba las inmediaciones de Plaza Grande, donde se celebraba el famoso convenio eucarístico. Un grupito esperaba a que pasaran los demás, quedara vacía la calle –porque no había casi espectadores- y luego la cruzaba, feliz de que los muros le hicieran eco a sus consignas. Patético. Estaban marchando en el desierto: los boloñeses se habían encerrado en sus casas, los habían aislado. Los autónomos insistían que no: “Macchè provocatori, macchè isolati/ siamo in tanti, e sempre più incazzati” (Pero qué provocadores, ni qué aislados/ somos un chingo, y cada vez más encabronados).
La manifestación desembocó en una plaza grandota, pero que no era Plaza Grande. Allí se hizo un mitin. Apareció un travesti a arengar a la multitud, pidiendo que fueran a Plaza Grande a “acabar con la provocación católica”. Lo callaron con rechiflas. El principal orador fue el dramaturgo Dario Fo –laureado, años después, con el Nóbel de literatura-, que contó un par de chistes malos (los comunistas en su sede de base, preguntándose cuántas vueltas a la manzana habían dado los cuatro gatos del movimiento) y poco más. Los asistentes se dispersaron seguramente más confundidos que antes.
Dice Franco Berardi, Bifo, la cabeza pensante de ese movimiento, que “marzo fue colorido y feliz, creativo e inteligente. Septiembre fue plomizo y rencoroso, ideológico y agresivo”. Paradójico: en marzo fueron los putazos, las detenciones, las bombas lacrimógenas; en septiembre, sólo una marcha vacía en una ciudad que les hizo el vacío, que demostró que sabía ceder y mantener el orden, que les tiró el teatrito.
Como dijo, premonitoriamente, Guido Fabbrini, aquel movimiento sería la celebración de que no habría revolución socialista. La negación del futuro. O como escribió, años después, Ben Watson, lo que el rollo Deleuze- Guattari (delude gut-theory) provocaba eran sólo berrinches edípicos adolescentes.
jueves, noviembre 26, 2009
Glorias olímpicas invernales: Eugenio Monti
Alguna vez escribimos que el Siglo XX fue rojo y veloz. Esas eran dos características de Eugenio Monti, El Rojo Volador. Se ganó el mote como esquiador alpino, era campeón nacional de slalom y disputaba un puesto en el equipo olímpico italiano de 1952, cuando un terrible accidente debido a su estilo temerario resultó en la ruptura de los ligamentos de ambas rodillas.
Obligado por la lesión a dejar el esquí, pero ansioso de velocidad y gloria, el Rojo pasó a competir en el bobsled, en donde rápidamente destacó y ganó, en 1957, el primero de nueve campeonatos mundiales. En los juegos de Cortina d’Ampezzo –localidad cercana a su pueblo natal- compitió en el carrito de dos y de cuatro plazas. Obtuvo sendas platas. Para los juegos de 1960, la competencia de bobsled se canceló por razones económicas, así que Monti tuvo que esperar hasta 1964, en los juegos de Innsbruck para escribir su nombre con letras imborrables en la historia olímpica.
En esos juegos, Monti se quedó con el bronce en la prueba de cuatro tripulantes. Su gran esperanza era en la de dos plazas, con Sergio Siorpaes. El equipo italiano que él capitaneaba hizo un gran tiempo en la primera y en la segunda mangas. A sus principales rivales, los británicos Nash y Nixon, se les rompió un perno del eje de sujeción de su carrito y Monti, en un gesto de los caballeros del siglo pasado, después de su bajada desmontó la parte posterior de su bob y les prestó el perno. El equipo británico ganó el oro; los italianos se tuvieron que conformar con el bronce. Pero a Eugenio Monti se le otorgó la medalla Pierre de Coubertin por su deportivismo.
El deporte premia, y en los juegos de Grenoble 1968, Monti –quien ya contaba con 40 años- obtuvo finalmente sus ansiadas medallas olímpicas de oro, tanto en el de cuatro plazas (con De Paolis, Zandonella y Armano) como en el de dos (con Luciano de Paolis). Un justo final deportivo al primer gran conductor de bólidos sobre hielo.
Tras su retiro, Eugenio Monti se dedicó a entrenar y a diseñar pistas de bobsled. Su matrimonio, con una estadunidense, terminó en divorcio. En 2003, afectado por el mal de Parkinson que le carcomía los músculos y la memoria, deprimido por la muerte de su hijo por sobredosis de droga, envuelto en la soledad después de la visita de su hija, que regresaba a Estados Unidos, el héroe olímpico, el hombre que no temblaba porque no conocía el miedo, tomó una pistola con la mano temblorosa por la enfermedad que lo agobiaba y, en el garage de su casa, se disparó en la cabeza.
jueves, noviembre 19, 2009
Biopics: Festival de L'Unità, daiquirís y sangrías
Una de las constantes de la vida en Módena fue, siempre, el festival de L’Unità, que se organizaba con el pretexto de apoyar el periódico del Partido, pero que en realidad servía como engrudo social. Había festivales de comité de base, de municipio, de federación (provincia) y el Festival Nacional. Los más bonitos eran los de base. En un lote, se juntaban las familias de los miembros y hacían una suerte de kermés con platos típicos. Ponían un stand con fotos de sus actividades y, a veces, invitaban a algún cantante local o agregaban un par de juegos de mecánicos. Pura cultura popular, empezando por la culinaria –que, además, solía ser barata. Los de municipio y provincia eran más elaborados y –si se trataba de una federación poderosa, como la de Módena-, invitaban a partidos hermanos y a naciones socialistas, además de traer artistas de más nivel. En los primeros años, me tocó ver a los Quilapayún, los Inti Illimani (“la musica andina, che noia mortale”, cantaría después Lucio Dalla) y a parte del Ballet Kirov. También escuchar anécdotas como la de cuando se les ocurrió invitar a Corea del Norte, que mandó un stand con las obras completas de Kim Il Sung (que la federación modenesa tuvo que comprar en masa, porque no se vendió una sola) y cuyos visitantes creían estar frente a un teatro cuando les enseñaron la fábrica de estampitas Panini.
El Festival Nacional era un eventotote. Y en 1977 la sede fue Módena, ciudad roja por excelencia. Entre los invitados musicales estaba Santana, y los mexicanos estábamos animadísimos de verlo, pero los ultras le hicieron la vida imposible al gran músico de Autlán en los conciertos previos, llegando al extremo –en uno de ellos- de aventar estopas ardiendo al escenario (estaban pasando a la ofensiva: a Bruno Trentin, un dirigente sindical de la izquierda del partido, le lanzaron tuercas y rondanas). Llegué a escuchar a algún ultra justificar la agresión diciendo que la rola “Europa”, del maese Santana, era “decadente”.
Fuimos varios días al Festival, y escuchamos sobre todo música cubana. En el stand cubano Patrizia de Candia y yo nos tomamos un par de daiquirís muy bien hechos. En el español, otro día, nos tomamos dos buenas sangrías. En ambas ocasiones, alegritos, nos tomamos de la mano y nos quedamos mirando el uno al otro, con una sonrisa plácida. No sé si nuestros ojos estaban avivados por el trago o por el descubrimiento de la otra mirada, pero los recuerdo como momentos felices.
Patrizia se decía de izquierda, pero la verdad era anticomunista. Confesó que había votado por el Partido Socialista porque la hoz y el martillo en el emblema del PCI le habían parecido “demasiado soviéticos” y ella relacionaba
Ella no asistió al discurso de Enrico Berlinguer, que fue megamasivo. Allí, el líder del PCI atacó duramente a la ultra, los llamó untores (una parábola desafortunada, porque los untores, reales o supuestos, habían sido perseguidos por
Mi amigo Claudio no se fiaba mucho de ella. Decía que una de las razones por las que estaba conmigo era mi condición “exótica”, de mexicano. O sea, por snob. Era buen pretexto para mis vacilaciones e incertidumbres.Yo la quería para mí solito y tenía inseguridad. Mil veces habíamos dicho “ti voglio bene” o “mi piaci da morire”, pero nunca nos atrevimos al “te amo”, ni siquiera en inglés, que hubiera sido un poco menos comprometedor.
Una parte de mis temores estaban ligados a su independencia y a que no le molestara ser pretendida por otros. Otra, a su imprevisibilidad. Otra más, a que sentía que su separación afectiva de su anterior novio –un pduppino boloñés, cercano a Guattari, poco apto, según ella, en las lides amatorias y con quien vivió un tiempo en una especie de comuna protopunk que la verdad no le gustó- no había sido completada del todo.
Esto me llevaba a dos cosas. Una, directa, eran una serie de apuntes en mi cuaderno, donde trataba de explicarme la relación y mis propios sentimientos, porque sentía que caía en su vértigo: “Oh oh, parece que me va a tener que tocar usar mi fuerza de voluntad para más de una cosa. I may not be in love, but I’m open to persuassion. La racionalidad me pide cerrarme… dos horas después: crisis resuelta con media botella de vino”.
La otra, fue un ensayo sobre partidos y movimientos (el núcleo de mi teoría del inevitable oportunismo del partido político moderno), que tomaba el centro del debate entre el PCI y la ultra, y en el que me ponía claramente del lado del Partido, y su lealtad a las instituciones: “El Estado democrático es mucho más que un "directorio político de la clase dominante" y reclama para sí el papel de balanza, rompiendo cualquier intento de homogeneizar los intereses de una clase”, escribí, “de la interacción entre Partido Comunista y Estado burgués salieron ambos cambiados y se llevaron -muerto- entre las patas al leninismo como teoría-praxis del movimiento obrero italiano.En ese sentido, el PCI se convierte, naturalmente, en sostén activo de las instituciones democráticas”.
Pero el objetivo iba más lejos, obviamente: “Parecen bastante perdidos los promotores del "Manifiesto Guattari", firmado por una parte de los integrantes de
El putazo era para el pensamiento rizomático y esquizoide de Deleuze y Guattari y, por asimilación, contra el fantasma del pduppino boloñés, contra el anticomunismo de Patrizia, contra sus afirmaciones de clase acomodada, contra el peligro de que lo dicho por el compañero Claudio hubiera sido cierto, contra la parte de mí que estaba perdidamente enamorada y que soñaba con la repetición eterna de los momentos del daiquiri y de la sangría.
Uno de esos días, De Candia salió a visitar a su familia, que todavía vacacionaba en su chalet en la isla de Elba.
miércoles, noviembre 18, 2009
Vértigo de las listas
A menudo he sido acusado de neurótico por mi afición inveterada a las listas. Uno de mis chistes, a fines de los años setenta, era hacer malabares con dos naranjas mientras recitaba la lista (inventada) de todos los miembros del Comité Central del Partido Comunista Chino. Años después, un psicoanalista me explicó que realizarlas es un método a través del cual la persona trata de imponer a su vida un orden que no existe. Logró que estuviera consciente de ello, pero poco más -como puede constatarse con un paseo por este blog. Hoy, si no puedo conciliar el sueño -o si alguna mañana me sobra el tiempo- me invento una lista. Por otra parte, siempre he entendido que la manía clasificatoria occidental, de la que abrevo, es una forma trunca del conocimiento, sobre todo porque suele ser desatenta con los procesos. La enciclopedia de mi infancia, Lo Sé Todo (cuyo original era una obra italiana, Vita Meravigliosa) tenía ese defecto, muy evidente en áreas como la biología.
miércoles, noviembre 11, 2009
Biopics: Inglaterra y Escocia (pero no Gretna Green)
Lo bien que la pasamos en el sur de Italia y lo mejor que lo estábamos pasando tras nuestro regreso a Módena, nos animó a Patrizia de Candia y a mí a dar otro rol veraniego. En esta ocasión la meta era el norte de Escocia, pasando por Francia e Inglaterra.
Estuvimos tres días en París, con un clima maravilloso. Nos hospedamos en un hotelito en el Barrio Latino, hicimos el consabido tour de museos -¿cómo es que nunca te cansan?- y también nos dedicamos, bastante, a observar a la gente.
Llegando a Londres, nos quedamos en un hotel baratísimo cerca de Victoria Station; el cuarto tenía una sola estación de radio, pero que siempre pasaba buen rock (no podías apagar el radio, sólo bajar el volumen a cero). Había un ambiente extraño en la ciudad: el rollo cool británico se mezclaba con un evento muy kitsch: se celebraba el Jubileo (los 25 años de reinado) de Isabel II y había todo tipo de baratijas y adornos royal-patrióticos de más que dudoso gusto. En medio de todo eso, llegó la noticia de que Elvis Presley había muerto (nada más para que aparecieran más objetos kitsch).
En Londres también vimos museos y jardines, y nos dimos una vuelta por el castillo de Windsor. También hicimos un paseo suspirante a Cambridge, que era una suerte de
Cuando yo tenía a De Candia recostada sobre mi hombro, Jansch cantaba: “I don't believe that I've seen/ a woman like you, anywhere/ And I must admit that I can't see/ to making you into a dream/ But if I had a magical wonder word/ I'd send a dove to catch your love/and I’d send a blackbird to steal your heart” y yo era feliz, no pude resistir tararear la canción, pero el tipo de adelante me calló.
También fue en Londres que tuvimos un desencuentro, totalmente culpa-sabotaje mío. Ella sabía que a mí me disgustaba que diera limosna, y yo, que ella aborrecía que yo escupiera en el suelo. Una vez, saliendo del tube, ella dejó que yo me adelantara. Cuando volteé, vi que se inclinaba a dar una limosna. Me alcanzó y escupí al suelo. Discutimos y quedamos en volvernos a ver, allí mismo, tres horas después, cuando se nos bajara. Yo fui a la cineteca, a ver “Morgan, un caso clínico” (y en algún momento del film, Morgan decía, orgulloso: “yo traje inseguridad a tu vida”). Cuando nos reunimos, comprobé que lo mejor de los pleitos es la reconciliación.
Otra cosa extraña que pasó en el metro londinense fue que estábamos por tomar un tren y junto a nosotros había un grupito de adolescentes con todo el tipo de lúmpenes. Quien sabe qué bicho le picó a De Candia, que se arremolinó en la misma puerta que ellos. El resultado fue que le volaron la cartera. Fuimos a hacer la denuncia y una de las primeras preguntas que hizo el oficial fue si los jóvenes eran “de color”. La respuesta de Patrizia fue penosamente inolvidable: “Cuatro eran de color y uno era negro”. Clasificación sudafricana. A la salida de la estación se disculpó por haber contestado (no por haber contestado así) y me dijo que se temía que el policía iba a hacer esa pregunta racista.
El viaje a Escocia y por Escocia fue fundamentalmente en autobús. A ratos íbamos leyendo (yo, un paperback sobre la historia escocesa; ella, un libro de Anaïs Nin, que comentaba entusiasmada); a ratos, admirando el paisaje agreste.
Nuestra primera parada fue en Edimburgo, ciudad señorial e ilustrada, dominada por el castillo construido sobre una roca gigantesca, muro que se desparrama como cascada verduzca hacia las casas medievales. Disfrutamos la escalada al castillo y nos divirtió mucho el relato del guía, que contaba con detalle cómo habían agarrado a María Estuardo de los pelos para arrestarla, y la habían arrastrado por este corredor, doblado por aquí y encerrado por allá, antes de enviarla prisionera a otro castillo. También disfrutamos de la británica costumbre de tomar tea and scones todas las tardes, puntualmente a las cinco y de caminar por las calles –elegantes y austeras, a la vez- que parecían afluentes del río de roca que te llevaba colina arriba hacia el castillo.
Nuestra siguiente parada –y de la que mejores recuerdos tengo- fue en Dunkeld, un romántico pueblo en los highlands escoceses, al norte de Edimburgo. Lo que más hacíamos en Dunkeld era caminar por colinas boscosas y montes llenos de musgo, o por la ribera del río Tay. Caminatas con un clima fresco, en las que platicábamos mucho, en medio de un paisaje que nos brindaba mucha paz. En Dunkeld también había una impresionante catedral gótica y normanda, hecha de piedra, que ya no tenía techo. Tampoco ahí perdonamos el tea and scones.
En Blair Atholl estuvimos un día –igual que en los anteriores lugares, hospedados en un bed & breakfast de tres libras por persona-, y fue parecido a Dunkeld, pero con paisajes menos espectaculares y con un castillo más turístico, que De Candia visitó, pero yo no. A pesar de que era agosto, hacía algo de frío, y preguntamos a nuestros anfitriones cómo era el invierno. Nos dijeron que “no tan malo”, casi nunca tenían que usar la puerta del segundo piso, al bloquearse la de abajo por la nieve. De Blair Atholl recuerdo que servían un magnífico whiskey.
El único trayecto en tren fue de Blair Atholl a Inverness, y era extraño ver a gente con esquís en pleno verano. Inverness resultó ser una ciudad más oscura y menos atractiva de lo que imaginaba, pero que también tenía un imponente castillo y un agradable paseo a lo largo del río Ness. El chiste de ir ahí era dar una vuelta por el Lago Ness, a ver si veíamos el monstruo. Tomamos el autobús que corre, a todo lo largo del lago, de Inverness a Fort Augustus. El famoso Loch Ness es estrecho (normalmente se ve con facilidad de una orilla a otra), de aguas muy oscuras (por eso se esconde Nessie) y muy muy largo (de hecho, el trayecto tomaba más de una hora). A los lados, siempre había verde: a veces boscoso, a veces pastos. Fort Augustus no tenía gran cosa, así que de ahí nos largamos a otra caminata, en las orillas del lago, hasta dar con un castillo en ruinas (quiero pensar que era el de Urquhart, pero tal vez era uno más pequeño y desconocido). Nos sentamos ahí, maravillados con la vista, con la sensación de grandeza de la naturaleza, de que éramos ella y yo en esa soledad. E hicimos el amor.
La última etapa del viaje fue a la isla de Skye, en las Hébridas. El paisaje era muy rocoso, lleno de pequeños lochs, valles sin árboles, montañas de formas caprichosas, cubierto por nubes cambiantes de diversas tonalidades: de repente un rayo encegucedor de sol cruzaba entre dos nubes, una gris y otra negrísima. Más de una vez me repetí: “este es un paisaje marciano”. En Skye, la ruta era entre montañas y la carretera sólo tenía un carril y, en cada curva había un acotamiento: hacia allí iba el autobús, frenaba, veía que la siguiente fase estaba libre y seguía el camino.
Portree, la capital de Skye, era un pueblito acogedor (tea and scones, again) y poco más. De ahí tomamos un tour a las costas salvajes, creo que rumbo a Uig (o algún otro lugar con resonancias borgianas). Eran lugares espléndidos y borrascosos, azotados por una naturaleza salvaje y fría. Nos detuvimos en una de las playas de guijarros y rocas, con un ventarrón desolado que casi nos arrancaba los rompevientos, una ventisca apasionada y gélida a la vez.
De regreso a Portree, Patrizia me propuso que fuéramos a Gretna Green, a casarnos. “Por juego”, acotó. Explicó que Gretna Green era un pueblo escocés en la que la gente se casaba. Supuse que como en Las Vegas. No sé qué me hizo negarme, la idea de casarnos o que ella haya sugerido que era broma. Más tarde me enteré que los matrimonios de Gretna Green eran legales, y no de juego. También me negué (no recuerdo si antes o después del viaje a Escocia) a una propuesta suya de que tuviéramos un hijo “y estuviera seis meses contigo y seis conmigo”. Me pareció muy frívolo, porque o lo teníamos o no lo teníamos, y me negué.
Viajamos de Portree a Glasgow, y en la capital escocesa sólo estuvimos lo suficiente para pelear un lugar de autobús a Londres. Allí nos quedamos en un hotel más bien pinche, regenteado por unos extranjeros que se indignaron cuando les pregunté de dónde eran (ingleses no, en el baño había un letrero: “No splaszwater”) pero que tuvieron la puntada de dar el recibo a nombre de Mr. & Mrs. De Candia.
De esos días son estos versos:
“We’ve gathered togetherness with our arms, and feet, and glances.
I am your experience. You are my behaviour.
It is fathomless, bottomless, painless.
No sky. Only our bodies occupy.”
