jueves, diciembre 06, 2007

Biopics: Perugia era una fiesta II

Qué se decía en el referéndum del divorcio

Decían los compañeros modeneses que Italia era el país del mundo en el que se vivía con más fuerza la lucha de clases. Sin embargo, el primer gran debate político al que asistimos en ese país atravesaba transversalmente las clases sociales, y tenía que ver más bien con la defensa de las libertades individuales, frente a los imperativos de la moral común.

Llegamos a Perugia en las semanas previas al referéndum abrogativo de la ley del divorcio, que había sido aprobada en 1970. Grupos conservadores cristianos habían juntado, con el abierto apoyo del Vaticano, las firmas necesarias para que la ley pudiera ser abatida mediante un referéndum por votación universal.

Todos los partidos políticos tomaron posición: a favor del divorcio (NO a la abrogación de la ley) estaban los partidos Comunista, Socialista, Socialdemócrata, Republicano y Liberal. En contra, (llamando a votar SI a la abrogación) la Democracia Cristiana y los neofascistas. Es de hacer notar que, salvo el PCI, todos los partidos del NO hacían parte de la coalición gobernante con la DC. El tema tenía dividido hasta al gobierno. También hay que apuntar que dos de las fuerzas que apoyaron con mayor pasión el NO estaban fuera de la representación parlamentaria. Los grupos de la ultraizquierda proletaria por un lado, y por el otro, notablemente, el Partido Radical, una organización sui generis, muy revolucionaria en asuntos relativos a las libertades y moderada en cuestiones del sistema económico. Ese pequeño grupo tenía una influencia cultural muy grande, superior en mucho a los votos que llegó alguna vez a conseguir.

El tema se prestaba a simplificaciones, y la iglesia católica era la primera en usarlas. Aprueba el divorcio quien quiere “destruir a la familia” y acabar con un núcleo fundamental de la sociedad, anterior al Estado. De esa época es la canción de Modugno “Llora el Teléfono”.

En contraparte, estaban las condenas radicales al “matrimonio forzado” y la propaganda simple del PCI. Dice un niño: “Mis papás se llevan bien, pero entienden que no todos los papás son así, por eso votan NO”. O el poster que ponía en línea a varias mujeres campesinas: “Las mujeres de la familia Cervi votan NO”. Eran un símbolo: los siete hermanos Cervi murieron luchando en la resistencia contra el nazifascismo.

Más allá de la propaganda para consumo masivo, el tema central de la discusión era mucho más profundo: el carácter laico del Estado y la garantía de los derechos civiles. El divorcio decía que ni la iglesia ni el Estado tenían por qué definir la vida íntima de las personas: era un paso para afirmar que cada quien es dueño de sí mismo.

El referéndum también ponía en la balanza qué tanto había avanzado el proceso de secularización de la sociedad italiana: qué tanto se había alejado de las obligaciones morales impuestas por la Iglesia, y qué tanto más podía hacerlo, en la modificación del derecho de familia, que tenía sus raíces en la legislación fascista.

Para nosotros era un espectáculo excepcional, por el flujo libérrimo de ideas contrapuestas, con todos los matices posibles, aunque por supuesto estábamos abierta y entusiastamente a favor del NO.


Mitin de Almirante (lecciones de italiano)

En esas estábamos cuando se anuncia un mitin del MSI en la plaza central, para alentar a sus bases a votar SI. Iba a presidirlo nada menos que Giorgio Almirante, el líder nacional de los neofascistas. En el Turreno y en el Di Lillo se hablaba de las acciones antifascistas a tomar para joderles la fiesta. No lo sabíamos, pero en Italia se vivían los “años de plomo”, de fuertes enfrentamientos que pasaban de lo ideológico a lo físico, y que terminaron desarrollando excrecencias terroristas de cada bando, de Ordine Nero a las Brigadas Rojas.

En esa ocasión, los extraparlamentarios fueron más prudentes. Decidieron hacer un mitin de repudio en Piazza Fortebraccio, mientras que los del PCI, y algunos socialistas, decidieron hacer frente directamente a los fachos en la plaza central.

El día señalado, fuimos primero a la Fortebraccio, donde un centenar de chavos gritaba en el vacío político. De seguro la onda estaba mejor en Corso Vanucci. Agarramos unas callejuelas y recalamos adonde varios miles de comunistas se mantenían –con una pequeña valla policíaca de por medio- a cincuenta metros de medio millar de fascistas. Las incesantes y alegres consignas de los compagni no permitían escuchar lo que decía Almirante.

Una de estas consignas fue de gran ayuda para mi aprendizaje de italiano:

Almirante testa in giù/ ci piace di più.

Esta consigna clarificaba dos palabras bastante complicadas para un novicio en la lengua del Dante. La primera palabra es giù, y significa “abajo”, y la consigna permite diferenciarla de su, que significa “arriba”. La segunda palabra es ci, y significa “nos”, y la consigna permite diferenciarla de vi, que significa “os” –en español de España- o “les” –en español latinoamericano-. Finalmente, la frase recuerda el uso obligatorio de las preposiciones: in, antes de giù; di antes de più.

Almirante cabeza abajo/ nos gusta más.

Para entender el significado político de esa consigna, había que escuchar otra que se exclamó ese día:

Piaz-za-le Lo-re-to! / Piaz-za-le Lo-re-to!

En una gasolinería de Milán, precisamente la que estaba ubicada en Piazzale Loreto, fueron expuestos, colgados cabeza abajo, los cadáveres de Benito Mussolini y su amante, Clara Petacci, luego de que fueran ajusticiados por una brigada de la Resistencia, durante la II Guerra Mundial.


Ben Watson y mi salida del castillo del horror

Un día, el maestro preguntó por qué queríamos aprender italiano. Me sorprendió la respuesta del muchacho inglés, Ben Watson, un greñudo de 17 años: “Para leer a Dante en su lengua original”. Di Giglio lanzó una mueca socarrona: “Eso es difícil hasta para un italiano”. Yo me dije, mientras tanto: “este güey es buena onda”.

En esa conversación, Ben aprovechó para decir que el cuarto en el que vivía se le hacía muy caro y que estaba buscando compañero. Me le acerqué después de la clase y le dije que estaba interesado. Extrañamente, me preguntó qué opinaba de la exposición de pintura que estaba en la Galería Umbria. Le dije que era una mierda. “Eso quiere decir que tienes gusto”, concluyó, y me aceptó.

El cuarto de Ben estaba en la casa de una señora llamada Vincenzina, en una calle empinada donde había un fresco de Raffaello. Era una recámara amplia, acogedora, limpia; tenía el defecto de que también estaba dentro de una casa. Pero esta era una señora clasemediera, supuestamente dedicada a la pintura.

Ben estaba esperando su momento de entrada a la Universidad de Cambridge, donde estudiaría historia, y era –para su edad- un erudito. Uno de sus temas favoritos era James Joyce (él sí pudo terminar el Ulysses) y le gustaba mucho jugar con el lenguaje. Por ejemplo, hacía sonetos perfectos en un lenguaje inexistente que sonaba como sajón antiguo. Igual quiso componer una canción western, sobre nuestra casera, que le caía muy mal: “Vincenzeeeena was a landladyeeee/ who lived in Perouse Town/ her paintings, walls & skin they were/ a shade of greenish brown”. Iniciamos una buena amistad.

Desde el amplio balcón del cuarto que Ben y yo compartíamos, se podía ver el fin de la ciudad de Perugia, la campiña y, en el siguiente monte, la pequeña ciudad de Asís. Una vista bella, con la que sentí comprender, de un solo jalón, la lógica del feudalismo. La Edad Media en una imagen.

Era lógico nada más ver. Ciudades en el cerro y fértil campo en medio. Cada ciudad peleando por tener a su alrededor más campo, más siervos de la gleba, más tributos a cambio de protección. Y nada más ver se te ocurría una guerra interminable.

En esos días, los mexicanos fuimos de visita a Asís, tierra de mi patronímico. Lo que más recuerdo son las basílicas de Santa Clara y de San Francisco, que son diferentes a otras iglesias: son de antes de que la Iglesia tomara para sí una gran tajada del pastel terrenal. Son diferentes por sus colores ocres, por su parquedad. Y porque el Cristo que las preside está simplemente pintado, triste pero no torturado; y no está solo, sino acompañado de figuras humanas y celestiales.


Casta y “el lecho de los sacrificios
”

Tampoco Jorge Carreto duró más de un mes en el castillo del horror. Más de una vez me encontré, al llegar en la noche, que en lugar de él estaba Jorge Castañares. Sucede que Carreto andaba de ligador y, con toda razón, consideraba que la recámara del castillo del horror no era un buen lugar para culminar el ligue, por lo que le pedía prestado su cuarto a Casta. Éste accedía, se iba al cine, luego paseaba por horas en las calles de Perugia y a veces podía regresar a su casa. En otras, recibía la llave del cuarto en el castillo del horror. Mapes compartía el cuarto con Casta pero, por su lado, andaba en ligues particulares –una neozelandesa que se lo chupaba enterito- y también iba mucho al cine, que era una actividad fundamental.

“Ha convertido mi cama en el lecho de los sacrificios” –decía Castañares, sobre todo luego de enterarse de que una de las muchachas era virgen. Llegó el momento en que se hartó e hizo un pacto con Carreto. Casta se encontró otro departamento y Carreto se quedó a compartir cuarto con Mapes, con todo y “lecho de los sacrificios”.

Adelanto que Carreto no duró ni tres semanas.

Un momento de orgullo

En el grupo del curso elemental de italiano había varios árabes. Uno de ellos era un libio de Trípoli que quería estudiar medicina en Milán. Era muy chistoso porque confundía la be con la pe. Le preguntabas: “Come stai?” y respondía: “Sto pene” y por más que le explicabas la importante diferencia entre bene y pene, no podía pronunciarla.

Un día el maestro Di Giglio hace un dictado. Lo revisa y pasa al libio a que reproduzca en el pizarrón lo que escribió en el cuaderno. Es un desmadre, porque el pobre no distingue bien mayúsculas de minúsculas, y su alfabeto romano es casi ilegible. Se nota, incluso, que le cuesta trabajo escribir de izquierda a derecha. El profesor lo regaña, burlón.

Esa misma tarde, el maestro explica la palabra amico. En determinado momento, le pide al libio una frase en la que le diga que él es su amigo. El árabe se pone rojo y niega con la cabeza, grita: “Non amico! Non amico!”. Entonces Di Giglio abre los brazos y dice: “no entiendo”.

En ese momento me pongo de pie y me largo un breve discurso en el italiano más sencillo posible:

“Yo puedo explicar lo que quiere decir el estudiante libio. El profesor es muuuy amigo de la señorita alemana. El profesor es muy amigo del señor suizo y de la señorita inglesa. El profesor es amigo del estudiante japonés y, bueno… es amigo de los estudiantes mexicanos. El profesor no es amigo de los estudiantes árabes. El profesor no habla con los estudiantes africanos. El profesor es un racista.”

Los ingleses, varios australianos, los mexicanos, un par de suizos, Helga, el español, Angelos, el de Zaire, la gringa y todos los árabes se levantaron a aplaudir. El libio vino a mí, me abrazó y exclamó: “Amico, grazie!”.

Di Giglio se defendió. Dijo que no era cierto, que era amigo de todos. Predicó en el desierto.

Al salir, todos me dieron, cuando menos, una palmada en la espalda. Es un momento de orgullo que atesoro.

martes, diciembre 04, 2007

Biopics: Perugia era una fiesta I

Después de nuestro viaje relámpago a Perugia y Módena, escribimos un breve informe a Flores, explicándole que iríamos a esas dos escuelas. Nos felicitó por nuestra iniciativa. También le pedimos que nos ayudara con los trámites necesarios para inscribirnos; él lo hizo a través de su amiga, la profesora Elena Sandoval, quien después volvería –siempre positivamente- a tener importancia en mi vida.


El Castillo del Horror

Nos fuimos, pues, a Perugia. Lo primero fue buscar acomodo. Obviamente, deseábamos hacerlo en la parte amurallada de la ciudad, que era la más bonita, la que nos permitiría movilizarnos a pie y en donde vivían los estudiantes. Yo renté un cuarto en un antiquísimo edificio que estaba en Piazza Danti, a espaldas de la Catedral de San Lorenzo. Había que subir cuatro pisos de escaleras desgastadas por el tiempo para llegar al amplio departamento en el que vivía una familia propia de una película de Fellini, con todo y tío baboso con una enorme verruga en la nariz.

El cuarto estaba padre; tenía una chimenea sobre la que acomodé los libros que me traje de México y una vista maravillosa. A la izquierda, el campanario de la catedral que se asomaba entre tejados poblados por palomas; al frente y a la derecha, techumbres que se desparramaban cuesta abajo, dando forma a la ciudad; y bajando la vista, una callejuela retorcida que daba, pocas cuadras más adelante al Arco Etrusco –construido en el siglo III antes de Cristo, tiempos inimaginables- y la Piazza Fortebraccio, frente a la cual estaba el magnífico Palazzo Gallenga, sede de la Università Italiana per Stranieri. Era la Europa que imaginaba en las gestas de Amadís de Gaula. En ese cuarto escribí un cuento que quería reflejar esas sensaciones pero como, por supuesto, lo hizo de manera fallida, le aderecé otras cosas para hacerlo un poco surrealista o, cuando menos, onírico.

Pero llegar a esa recámara era una tortura. Primero la subida por las escaleras penumbrosas, la sensación de humedad rancia y fría. Luego, pasar por la sala en donde, indefectiblemente, estaba la familia fellinesca viendo la televisión, con el tío de la verruga echando baba. Para que la cosa pareciera realmente de película, sobre una mesa de la sala había una estatuilla de yeso con la figura de uno de los sobrinos del Pato Donald. Supongo que Paco, porque tenía camiseta amarilla. Una noche llegué del cine cuando ya todos dormían. Decidí deshacerme del horrible pato y encontré, para mi sorpresa, que estaba atornillado a la mesa.

Jorge Carreto consiguió alojamiento en el mismo piso y edificio. Su cuarto tenía la ventaja de que no tenías que entrar al departamento ni ver al tío lelo o a la señora gorda, pero la gran desventaja de que era interno y poco ventilado.

Eduardo Mapes y Jorge Castañares tuvieron más paciencia que nosotros y, a cambio de un par de días más de hotel, consiguieron alojamiento en una pensión mucho más mona, junto a las murallas, cercana al Cinema Modernissimo y a la que se accedía por calles de escalera. Antonio Mártir había conseguido que a su esposa Edith también le dieran beca y los dos vivían en una casa de curas, donde también les daban de comer (a él más, “porque es el hombre”) y Consuelo Ceceña se fue más bien hacia las afueras.

No pasó mucho tiempo para que el privilegio de la vista desde mi cuarto fuera insuficiente para compensar el desagrado de las escaleras sombrías, los rostros grotescos, el olor a comida grasosa y sonido imparable de la TV que provenía de la sala. Carreto, además de las escaleras, tenía la sensación de encierro. Así que pasamos a llamar “El Castillo del Horror” a ese edificio, en el que no duramos mucho.

El grupo de Di Giglio

La Universidad Italiana para Extranjeros estaba en un palacio de fachada magnífica, con grandes columnatas blancas. Y por dentro era una casa estilo barroco aristocrático, con cuartos de tamaños muy diversos (lo que implicaba que los grupos escolares lo eran también). Las aulas eran un poco locas: portones de madera pintada, techos con frisos de guirnaldas… y bancas multipersonales con un pizarrón gacho al frente.

Todos nos inscribimos en el curso básico de italiano, salvo Consuelo, quien prefirió hacerlo en el medio. Pagamos el primer mes. Nos dieron la credencial de la universidad, que fue muy útil, porque con ella obtuvimos credencial internacional de estudiante –base para un montón de descuentos- e hicimos el trámite del soggiorno, que era el permiso legal para estar más de tres meses seguidos en Italia. He de decir que nunca más lo renovamos, a pesar de que hubiera sido casi imprescindible si nos hubiéramos decidido a quedarnos a vivir allá después de la carrera.

A Casta, Eduardo y Carreto les tocó un grupo muy grande. A los Mártires y a mí, uno grande a secas, a cargo del profesor Di Giglio, un viejito reaccionario y cascarrabias. En el grupo habíamos cinco mexicanos (nosotros tres y dos chavas fresa), un japonés, una monja coreana, un español que merece apartado propio, un chipriota, una pareja de hippies neozelandeses, una holandesa, una gringa, como cuatro alemanes, otros tantos suizos, unos cinco ingleses, otros tantos australianos, una decena de árabes (sobre todo libios), un sudafricano blanco, y unos seis africanos negros, de los cuales uno de Zaire y los otros de naciones colonizadas por los británicos (uno de ellos, un príncipe bantú).

Como es fácil de imaginar, la velocidad de aprendizaje del italiano era muy variada, con nosotros y el español en la delantera; los europeos, la gringa y el de Zaire a buena distancia; los asiáticos algo atrás y los árabes y los negros africanos a cola. El profesor tenía un claro favoritismo por los alemanes. “Fascista”, concluí.

Del primero que me hice cuate fue de Angelos Angeli, el chipriota soñador. Un día, en su cuarto, me contó de su Gran Plan. Quería filmar la Odisea, pero en la versión de Kazantzakis –que es como un alucine: Ulises termina conociendo a Buda- y planeaba reclutar a su elenco de entre los estudiantes de la Universidad para Extranjeros. Estaba haciendo apenas el guión y no tenía dinero, pero sí la ilusión. Luego se enamoró de una chica de Chelsea, del mismo grupo, y terminó practicando su inglés mucho más que su italiano. Pero con quienes haría yo una relación más duradera sería con Helga Van Dongen, la holandesa y Ben Watson, uno de los ingleses.


Bares de color político

El centro de la vida perusina era Corso Vanucci, la calle principal de la ciudad, que pasa por varias plazas y palacios, y de la que salen callejuelas con nombres seductores como Via Scura, Via della luna o Via delle streghe (calle de las brujas). Había, en aquel entonces, cuatro bares principales sobre esa calle, y uno más a su final, junto a Piazza Danti. El más importante de todos, el Bar Perugina, con su techo estrellado azul pintado de azul. Otro, pequeño que nos gustaba, estaba en una plazoleta enfrente del Albergo degli Artisti. También estaba el Bar Centrale, pero ahí no entrábamos, porque era el lugar de confluencia de los fascistas, simpatizantes del MSI-DN (Movimento Sociale Italiano – Destra Nazionale), que era el partido legal de ultraderecha, e incluso de los grupos que simpatizaban con los terroristas. En cambio, la izquierda comunista se reunía en el Bar Turreno, propiedad de un viejo organizador de la resistencia antinazi, durante la segunda guerra mundial. Todos los bares cerraban un día a la semana, y cuando le tocaba al Turreno, nos íbamos al Di Lillo, que era chiquito y al que solían recalar los compañeros de la izquierda extraparlamentaria (poco a poco aprendimos los nombres, porque más allá de Il Manifesto, estaban Avanguardia Operaia, Lotta Continua, dos “Partidos Comunistas Marxistas-Leninistas” (oseáse maoístas) y una miriada de microgrupos).

Era interesante ver cómo los extranjeros naturalmente iban recalando a los distintos bares. Muy pocos –casi solamente griegos- al Centrale, unos cuantos –suizos, franceses- al Di Lillo, bastantitos –árabes, españoles, ingleses, latinoamericanos- al Turreno; y algunos otros, señaladamente los gringos, como que no se acomodaban en ninguno, y preferían ir al Bibo’s, también en Corso Vanucci, que no era un bar, sino una de las dos únicas hamburgueserías que existían por aquel entonces en Italia (la otra estaba en Roma, en el Trastevere).

La politización de todo lo politizable era una de las cosas que sorprendían de Italia. Veías a alguien y sabías su posición política, porque toda una semiótica lo delataba: su ropa, su periódico, su calzado (importantísimo), su peinado, su lenguaje corporal. El primer periódico que compramos cotidianamente era Paese Sera, un diario romano con lenguaje sencillo, cercano al PCI, que desapareció a los pocos años. Era un magnífico salvoconducto en el Turreno. No tanto como L’Unità, el periódico del Partido, pero nuestro escaso conocimiento del italiano no nos permitía, todavía, entender bien ese periódico.


La casa del lago (lecciones de italiano)

Una tarde de abril salí del Castillo del Horror con un libro de Borges en la mano y un jorongo azul con dos cabezas de caballo sobre el pecho. Me puse a leer en la escalinata de la Catedral de San Lorenzo, que era otro lugar de encuentro. Mientras leía, empecé a escuchar música latinoamericana de protesta. Canciones de Violeta Parra, de Atahualpa Yupanqui, de Daniel Viglietti, de Víctor Jara. Las cantaba un grupo de muchachas muy jóvenes. Me acerco a ellas y les pregunto si son latinoamericanas. Resulta que son estudiantes de preparatoria de Milán, que vienen a Perugia en viaje “de estudio” con la maestra rascatripas. Al parecer todas son maoístas. Se ponen muy animadas de encontrar un mexicano revolucionario por ahí (y típico, además, con todo y jorongo y libro de Borges). Se acerca un par de estudiantes italianos y todos hacemos conversación ligadora. Vamos a un bar de las callejuelas, bebemos una botella de vino, que es suficiente para que uno de los italianos proponga comprar una damajuana e ir a la casa que tienen él y su hermano frente a un lago. La propuesta es aceptada.

La casa de los estudiantes italianos (Paolo y Carmine, originarios de un pueblecito de Puglia) es un sueño. Una cabaña de dos recámaras frente a un lago mínimo, espejo para la luna de primavera. Llegan otro italiano, un argelino y una inglesa (que supuestamente es su novia). Las chicas de Milán (en realidad son de Cinisello Balsamo, la periferia obrera) son más de media docena.

Tomamos vino y hablamos, por supuesto, de la revolución chilena, me preguntan cómo se tomó el golpe en México. Respondo, en un español muy lento, que reavivó la discusión sobre la vía democrática o la vía armada para llegar al socialismo. También se habla del referéndum del divorcio, que se llevará a cabo en mayo. La iglesia católica juntó las firmas necesarias para intentar revertir la legislación recién aprobada. Digo que es absurdo, que en México la separación entre Iglesia y Estado data de hace más de cien años, con la victoria de Juárez y los liberales. Comento que está prohibido que los curas salgan a la calle con sotana. Grandes risas de aprobación. El italiano que llegó después hace, entonces, una confesión, para horror de las muchachas: es miembro del MSI-DN, partido que apoya la abrogación del divorcio. Pero remata: “sono fascista, ma non scemo”.

-Cosa significa scemo? –pregunto.

-Significa molto stupido.. Sono fascista ma voto NO.

Las milanesas aplauden, pero ya no ven al facho con la misma confianza de antes.

Mientras vamos vaciando la damajuana salimos a la noche. Se hace un vivac, y se cantan canciones. Nada más me siento y ya tengo tres chavitas a mi alrededor. El aire fresco, el agua, el reflejo lunar, ellas que se recuestan en mí. La gloria.

Paolo se va con Fausta, la chava más guapa. Carmine, con otra, el argelino con la maestra, el facho con la inglesa. Dice el árabe de ella, despreciativo: È una pazza.

-Cosa significa pazza? –pregunto

-Matta, ma peggio.

Cuore matto (“Corazón loco”) era una canción de moda en los sesenta. Así que pazza quería decir loca perturbada.

De entre las muchachas que se me acercaron escojo a una de cabello oscuro y maravillosamente rizado. Luisa, una tierna ternana que quiere estudiar medicina. Nos levantamos y descubro que cojea levemente; probablemente tuvo polio de niña.

En algún momento, me pregunta, entre besos:

-Mi ricorderai?

¡Ah, es la conjugación del futuro! Amerai, mangierai, canterai.

La volví a ver otra ocasión, pero con la primera vez bastó para que la recordara por siempre.

jueves, noviembre 29, 2007

Guareschi y la paradoja de Don Camillo



Cuando nació mi segundo hijo, le pusimos Camilo porque el nombre me gustó. De inmediato salió, de varios cuates del ámbito de la militancia izquierdista, la pregunta: “¿Es por Camilo Cienfuegos o por Camilo Torres?”. Por jugar, y por llevarles la contraria, siempre respondía: “Es por Don Camillo, el cura que se enfrenta al onorevole Peppone”. Sólo aquellos con formación cristiana sabían de qué estaba yo hablando.

Me refería a las películas de Duvivier, con los comediantes Fernandel y Gino Cervi, basadas en las novelas de Giovannino Guareschi que tienen como personaje central a un sacerdote católico, “no clerical”, que oficia en un pequeño pueblo de la llanura padana (en la provincia de Regio Emilia, vecina a Módena) y se enfrenta cotidianamente al alcalde (y mecánico), el comunista Peppone. Las películas me divertían, especialmente porque me recordaban los rollos locales de Emilia-Romagna (recuerdo un discurso de Peppone en la URSS, en el que habla de la propiedad diurética del agua mineral emiliana que me tuvo retorciéndome de risa, pero había que haber vivido en Emilia para entenderlo).

Don Camillo y Peppone son enemigos políticos e ideológicos, pero también son coterráneos, copartícipes de una misma cultura y, a fin de cuentas, cómplices. Por ello, muchos vieron en las novelas del derechista Guareschi un anticipo del “compromiso histórico” con el que se quiso unir políticamente al “pueblo trabajador” y el “pueblo católico”, enfrentados desde el inicio de la segunda posguerra.

Al final de una de las cintas, Don Camillo y Peppone se están persiguiendo en bicicletas. Se rebasan mutuamente. Están luchando entre sí, pero con una sonrisa. Viven en una confrontación constante, pero se reconocen, se estiman. Corren juntos el camino de la vida.
Don Camillo es un cura poco ortodoxo, algo mentiroso, listo para la trampa y bueno para los trompones. En la primera película hay un partido de futbol, los “rojos” contra los “blancos”, y el broncudo sacerdote recibe merecida tarjeta roja del árbitro. Luego se sabrá que el alcalde compró al silbante… y que el enojo del cura era porque él también lo había sobornado, sólo que por menos dinero.

Hay alguien que siempre lo cacha en la trampa (en la mentira, en la exageración, en la ira) y es el Cristo crucificado de su parroquia. Ese Cristo le habla con voz tipluda –algo impropia, pienso yo- y Don Camillo le responde. Es una percepción real, que le quita al cura la exigencia de tener fe, de creer sin ningún sostén.

¿Tenía fe Don Camillo? No necesariamente, porque tenía una prueba sensorial de la existencia de Dios. Pero tal vez sí: la tendría sólo si dudaba que la voz viniera realmente de Cristo, y si superaba esa duda. En principio no lo sabemos, y la figura del sacerdote termina siendo engañosa, porque si existe contacto real, la fe se vuelve innecesaria.
Guareschi, de buen cristiano, resuelve la paradoja, al explicar su libro. No es Cristo/Dios el que habla con Don Camillo. Pero tampoco esa voz es un parto de la fantasía del cura, o una alucinación. “Es la voz de mi conciencia”, define el autor, “porque quien habla en mis historias no es el Cristo, sino mi Cristo… cosas mías personales, asuntos míos internos”.

"Me basta siempre lo que Dios me concede”, dice Don Camillo, “Si Dios me pone el dedo no le agarro la mano… aunque a veces querría agarrársela”. Es una filosofía en la que el hombre nunca está solo, está contento de la compañía de Dios, no intenta agarrarle la mano y aferrarse a ella, pero deja que la mano divina tome la suya.

viernes, noviembre 16, 2007

Tres imágenes de Kurosawa

I. Un joven médico está encuclillado frente a la estera en la que yace un anciano moribundo. Escucha la historia de su vida. Tiene que aprender a mirar sus ojos en el momento en que agoniza. Solo así entenderá el significado de ser doctor (Barbarroja)

II. Un joven, a quien hace años el dictador le arrancó los ojos el día que derrotó a su padre, ha encontrado refugio en las ruinas del castillo que una vez fue suyo. Él no lo sabe, pero su hermana, que ha ido por la flauta que le ha acompañado por toda su vida de ciego, cayó víctima de una celada y fue decapitada. Ella le había dejado un Buda para protección. En su inútil espera, el muchacho tropieza y el Buda se cae por un despeñadero. Sigue esperando en el castillo destruido. (Ran)

III. Un joven soldado cruza un túnel (sueña que cruza un túnel); del otro lado se encuentra a los vivos. Éstos le recuerdan que, al igual que sus camaradas, está muerto y que tiene que regresar al túnel (o está soñando que ha muerto). O no, él está vivo y sus camaradas son los que no pueden salir del túnel. Tal vez está soñando todo mientras agoniza en un hospital militar (Sueños).


Etcétera 293, 10 septiembre 1998

miércoles, noviembre 14, 2007

Biopics: El humo

En el primer capítulo de la magnífica novela La coscienza di Zeno, de Italo Svevo, el protagonista inicia a contar su vida, prodigiosamente banal como la de todos nosotros, con un análisis de su adicción al cigarro, de los distintos métodos con los que intentó dejarla y de todas las cosas de la vida que él relacionaba con su dependencia a la nicotina.

Es hasta esta parte del recuento de mi vida que toco el tema, porque si he de poner fecha de inicio a mi tabaquismo, es en marzo de 1974. Una tarde estábamos comiendo Mapes, Carreto y yo en una trattoria romana y les gorreé el enésimo cigarro. Por primera vez se negaron, y me dijeron que fumaba casi tanto como ellos, pero nunca compraba. Salí a la calle, en la tabaquería compré tres cajetillas: unos Players para Jorge, unos Marlboro rojos para Eduardo y unos Gauloises Circle Bleu (¡Gauloise lights, vaya oximorón!) para mí. Desde entonces he sido buen negocio para las tabacaleras.

Mis padres fumaban mucho. Y fue mi papá quien indujo a mi mamá al vicio, cuando se casaron. Hay que abogar, a favor de él, que pertenece a la generación que se identificaba con Humphrey Bogart, con el eterno cigarrillo colgando del labio, que hacía juego con el ala del sombrero. Era parte del sex-appeal. Cada uno de mis progenitores se fumaba, cuando menos, una cajetilla diaria de Pall Mall sin filtro (creo que todavía no habían inventado el filtro), que cambiaban obligadamente a Raleigh sin filtro cuando no conseguían los Pall Mall, que eran importados.

Cuando yo era muy pequeño, mi papá me llevaba a ver el señor que fumaba. Era un anuncio espectacular en la glorieta de Insurgentes: la figura pintada de un señor elegante tenía una mano mecánica y un cigarro en ella, acercaba la mano a la boca (que era un hoyo en el edificio), lo alejaba y, en ese momento, salía de la boca-túnel un gran aro de humo. Eran tiempos en los que la contaminación no se consideraba problema, tiempos en los que –dictaba el anuncio- México crecía, progresaba y se embellecía con Cementos Tolteca. El bello cemento sustituía los agrestes campos, símbolo de atraso y pobreza. La gran voluta de humo que viajaba por la ciudad a partir de la glorieta de Insurgentes era, en cambio, símbolo de industria y modernidad. Supongo que eso es lo que quería inculcarme mi papá.

De cualquier manera, el humo y los cigarros, pero sobre todo los cerillos, me incomodaron mucho de niño. Y no me atraía probar, a diferencia de varios de mis compañeritos. Mi primer cigarro lo fumé, casi forzado, a instancias de Javier Valle, en Tehuixtla, como a los diez años. Nomás para que no dijeran que era sacatón. Me mareó, me supo horrible y me pareció un asco.

Probé otros pocos en el Augustinian Academy, con resultados menos dramáticos, pero igualmente desagradables. Sin embargo, en uno de mis viajes a México, compré en el aeropuerto unos Tareyton, que consumí parcialmente antes de tirarlos en el aeropuerto de llegada.

Durante mi adolescencia, aunque muchos de mis cuates fumaban, a mí me parecía un poco tonto; más aún, cuando probé la mariguana, que –a diferencia del tabaco- tenía un efecto claramente placentero. Alguna vez había promociones de una nueva marca de cigarro y nos topábamos a bellas edecanes que nos ofrecían cajetillas –recuerdo particularmente unas que encontramos Víctor y yo en la colonia Roma-, que aceptábamos nada más porque venían de ellas. Yo solía regalar la mía a algún cuate fumador. Además, practicaba atletismo y ya bastante esfuerzo hacía sin fumar como para agravarlo.

La primera vez que de verdad se me antojó fumar fue en el viaje a La Mira y Playa Azul. Todos los demás fumaban en esa época (aunque Munguía no daba el golpe) y me causaba cierta envidia verlos a todos disfrutar de su cigarrito en la hamaca, después de haber comido un rico pescado en la playa. Sin embargo, me aguanté el antojo, que fue en aumento conforme pasaron los meses.

La primera vez que pedí un cigarro fue en el auditorio de Economía. Era una discusión del megagrupo de CEA II a la que habíamos forzado a los del Partido Comunista, porque no queríamos hacer la investigación que ellos proponían. Después de mi intervención, sentí que las rodillas me temblaban al sentarme: pedí un cigarro porque pensé que calmaría mis nervios. Dudo que lo haya hecho, pero al menos me entretuvo las manos.

En otra ocasión Irma, mi fugaz novia atleta, me ofreció un cigarro en medio de una discusión personal armada por ella. Me dije, justificatorio: “ella fuma y es campeona nacional de salto de longitud”. Al rato la atmósfera del vocho en el que estábamos se volvió irrespirable –afuera llovía- y pensé: “sí, pero la verdad es que en el atletismo femenino no hay tanta competencia”. En mi casa concluí que actué como Víctor cuando regresó de su visita a la Villa Olímpica y exclamó “¡Voronin fuma!”, con la misma excitación con la que Arquímedes habría gritado “¡Eureka!”. Voronin era un gran gimnasta, medallista de aquellos juegos del 68.

Durante largos meses en Economía fui pasando del que acepta un cigarro, al que gorrea uno al día, después dos y tres y cuatro y cinco. Todavía me mareaban, pero ya era un mareo placentero. En los días de la gira y posteriores gorreaba seis, siete, ocho y nueve. Con los precios de los cigarros en Italia, aquello era prohibitivo para los otros. Así que empecé a comprar.

Primero fueron MS (Monopolio di Stato), luego fueron Stop (en la leve expectativa de que fueran “stop smoking”) y de nuevo MS, en la otra vez que viví en Italia. En México fueron, sucesivamente, Del Prado, Baronet, Commander, Marlboro rojos y luego Marlboro Lights. Todo un proceso de hacerse tonto, bajando el nivel de alquitrán y nicotina de cada cigarro, pero aumentando paulatinamente la cantidad.

Escribe Zeno, de la mano de Svevo: “… me atrapa una duda: que yo quizá haya amado tanto el cigarro para poderle adosar la culpa de mi incapacidad. ¿Quién sabe si dejando de fumar me hubiera yo convertido en el hombre ideal y fuerte que me esperaba? Tal vez fue esta duda la que me ligó a mi vicio, porque es un modo cómodo de vivir el de creerse grande de una grandeza latente”:

A partir de ahí, el personaje habla de sus tribulaciones para dejar de fumar. Escribía la hora y el día en el que se fumaba su “último cigarrillo”, para encontrarse con el papelito meses después, cigarro en mano. Se fijaba fechas con características rimbombantes para dejar de fumar “el día 3 del sexto mes de 1912, a las 24 horas”, pero igual no las cumplía. La neurosis del cigarro lo lleva a pasar a otras neurosis, como la de amar “pedazos de mujer”, y a contarnos su vida de una manera profunda, triste y muy amena.

A diferencia de Zeno, yo he intentado dejar el cigarro pocas veces, conformándome con la frase de Mark Twain, quien decía que hacerlo era muy fácil, tanto que él lo dejaba como veinte veces al día. Pero vale la pena relatar las veces que he intentado.

La primera fue la más exitosa, y no se debió a ninguna fuerza de voluntad. En 1984 me dio hepatitis, contagiada por mi hijo, y no sólo no se me antojaba fumar, sino que me parecía grotesco hacerlo en la cama que compartíamos. Rayo se curó, me quedé solo, chupando hartas paletas mientras leía la biografía de Stalin escrita por Isaac Deutscher, y se me fueron yendo las ganas. En los últimos días de mi enfermedad, mi padre solía visitarme, platicábamos y él encendía un cigarro, que fumaba con deleite. Se me antojaba cada vez más. Hasta que un día le pedí uno. Puso una cara de verdadera pena, y me dijo que le acongojaba mucho “haberme heredado el vicio”, me dijo que no, insistí, accedió y volví a fumar.

La segunda consistió en poner en un tarro el dinero que nos gastaríamos mi primera esposa y yo en cigarros. Iba funcionando muy bien hasta que un día de diciembre, camino a España, pasamos por Génova, allí donde la carretera es una sucesión interminable de túneles y puentes entre acantilados y el auto no puede parar. Nuestro hijo Camilo, que apenas tenía un año, vomitó. No podíamos detenernos (no había cuneta) ni abrir las ventanas (por el frío y por las tremendas ráfagas de viento en los puentes, que mecían el auto). Cuando por fin terminó el paso y llegamos a un paradero, no sólo hicimos limpieza. También compramos cigarros.

La tercera fue con los chicles de nicotina, que saben horrible. Iba yo muy bien hasta que me invitaron a una “reunión de expertos” que analizarían el futuro del país a partir de un cuestionario amplísimo. Ahí estaba yo entre intelectuales, políticos y big shots –en la banca de atrás, Carlos Slim- y que una guapa edecán me ofrece un Commander. Híjole, cómo decirle que no. Creo que los psicoanalistas pueden encontrar un patrón, que va desde las edecanes pagadas que me daban la cajetilla, pasa por Irma en el Vocho y continúa con esta otra edecán.

La cuarta quiso ser de güevos, pero terminó con un pequeño choque en el Periférico, camino a Xochimilco, con Taide y los niños. Mis nervios me traicionaron.

¿Puedo decir que estoy en la quinta? Durante la redacción de este capítulo me he fumado dos cigarros, pero con una boquilla anti-nicotina que supuestamente me permitirá sufrir menos el día en que decida dejar de fumar. Ese método le está funcionando a Taide, que no fuma desde hace más de cuatro meses. Por lo pronto, he de admitir que cuando se acabó la dotación y volví a fumar sin boquilla, sentí la garganta carrasposa. Pero la verdad me pregunto, como Zeno, si superar el tabaquismo es tarea de personas superiores. Aunque, a diferencia de él, es un tema que no me obsesiona. Por eso este no es el Capítulo I.

jueves, noviembre 08, 2007

Mitos Geniales IV. Alfonso Solares (Biopics)

Alfonso Solares, el segundo de Edmundo Flores en la representación mexicana en la FAO, era un tipo irrepetible e inolvidable.

Empecemos con la pinta. Cuando lo conocimos tenía unos 28 años. Era un cuate gordo (para la época: hoy se diría que tenía un ligero sobrepeso) y más bien bajito. Usaba trajes –casi siempre de color claro- que parecían quedarle estrechos y largos; parecían a propósito para que se viera más gordo. Los trajes, invariablemente, estaban lamparosos y con manchas de grasa. Pero su principal característica era que sudaba copiosamente, con independencia del clima. Solía continuamente pasarse la manga de la camisa por la frente para secarse el sudor, lo que termina por echar a perder las camisas. Tenía una voz tipluda, con acento veracruzano (obvio, porque era veracruzano) y costaba trabajo imaginar cuanto sudaría en su tierra. A pesar de ello, una anciana mesera del hotel decía que era “bellissimo” porque, según ella, se parecía al Duce.

Sigamos con sus costumbres, que eran lo más difícil de repetir. Se despertaba crudo y pedía de desayunar huevos fritos –una rareza en Italia, donde los sirven a medio cocinar- y una cerveza. A los huevos fritos les echaba, en los primeros días, una cantidad exorbitante de los chiltepines que había conseguido en Yugoslavia. Cuando, meses después, encontramos una tienda cerca de Termini que vendía frascos de jalapeños, tuvimos la malhadada idea de comentárselo a Solares, y ya nunca más los pudimos comprar. Cada que íbamos, nos decían que había venido nuestro amigo a llevarse los 20 frascos. Si comíamos con él, llevaba su frasquito, le echaba chile a todo y, entre plato y plato, tragaba más jalapeños. Por supuesto, eso le aumentaba la sudoración.

Comer con él era toda una experiencia. Usaba los manteles para secarse el sudor y las servilletas para sonarse rotundamente la nariz. Un movimiento constante: bocado, limpieza facial con el mantel, mordida a un chile, sonarse con la servilleta; otro bocado, otra secadita, tal vez acompañada por limpiarse las manos grasosas en el mantel, otra mordida al chile, otra sonora soplada, buscando el lado no moquiento de la servilleta. En fin, un asco hasta para nosotros.

Sus comidas estaban siempre precedidas, decantadas y proseguidas por la ingestión de grandes cantidades de alcohol. A la cerveza matutina seguía una sambuca (o un Campari), y otra sambuca y otra y otra, hasta llegar a la comida, en donde era un vaso de vino, y otro y otro, y luego, para digerir, un anís y otro y otro, con lo que se arribaba a la cena, con más vino y un whiskey y otro y otro.

Nunca he visto un alcohólico tan perennemente desesperado. Apenas lo veíamos, nos decía: “Acompáñenme, teóricos, que necesito una sambuca”. Y se le notaba el ansia en la espera.

No tenía intereses culturales, pero le importaba mucho el sexo. Sus películas favoritas eran las comedietas sexualosas italianas de la época, sobre todo las de Edwige Fenech. Pero presumía no ser teórico. En nada. Andaba con varias mujeres –recuerdo una escocesa pelirroja, mayor que él- y todas tenían el tipo de que hacían cosas divertidas y cochinas con él.

Veracruzano, guarro, muy simpático, egresado de la Facultad de Economía de la UNAM. En otras palabras, grillísimo. Había sido activista en el 68, y una madriza que le pusieron los militares cuando tomaron Ciudad Universitaria le había afectado un pie para siempre, por lo que cojeaba ligeramente. Pero cuando lo conocimos estaba plenamente integrado al sistema, sobre todo a través de su hermano, quien tenía un buen puesto en Gobernación, “con Moya, nuestro próximo Presidente”. Nosotros éramos unos viles teóricos que no sabíamos la realidad de la praxis política.

Su lógica era tan priísta, tan del viejo estilo, que a veces, cuando había mucha cola en un bar y él ya quería su sambuca, sacaba una charola mexicana, la mostraba rápidamente y exigía ser atendido antes que los demás. Normalmente no lo pelaban y eso lo dejaba muy triste.

Grillaba todo el tiempo, y esa era su virtud. Se iba con el representante de Cuba, con el de Yugoslavia, con el de Indonesia, se empedaban juntos y Solares grillaba, grillaba y grillaba. Ser incansable en el chupe y en la grilla fue la clave para que México le arrebatara a Argentina (a la que tocaba por turno) la presidencia del Grupo de los 77 (que no agrupaba a 77, sino a 102 naciones no-alineadas). Las alianzas que tejió al propósito resultarían fundamentales para el éxito de México en la Cumbre Mundial de Alimentación, que tuvo lugar en Roma, en noviembre de 1974. Y varias de las propuestas que se lanzaron, por la iniciativa mexicana, en aquella ocasión siguen vigentes: fue un adelantado del multilateralismo.

Es paradójico que Solares, quien tal vez fue quien más contribuyó a ese buen momento de Echeverría, vio su estrella declinar precisamente el día que llegó el Presidente para asistir a aquella cumbre. En la espera, Solares consumió una sambuca y otra y otra y otra, y cuando llegó el Presidente a saludar a quienes lo aguardaban en el aeropuerto, él terminó por caerse de borracho, literalmente, enfrente del mandatario.

En 1975, Edmundo Flores pasó a ser embajador de México en Cuba. Para allá se llevó a Solares, quien al parecer ya le sirvió de poco, porque estaba siempre en el agua. Solares duró un año en la isla, hasta que un día se fue sin decir nada, como las chachas, para reaparecer en México. Murió, destruido por el alcohol, un par de años después.

martes, noviembre 06, 2007

Galletas de la fortuna: un arte en decadencia



La confección de galletas chinas de la fortuna es un arte en peligro de extinción. Así lo comprobamos el domingo. Las galletas que nos dieron en el restaurante decían puras tonterías. Taide se quejó de la que le tocó en suerte: “Confío en ti”, estaba escrito en el papelito.

-¡Y a mí qué me importa si la galleta confía en mí! –se quejó, antes de comerse a la confiada.

De ahí –estaban con nosotros Camilo y Taidita- surgió la idea de renovar los mensajes contenidos en estas galletas. Aquí algunas de las propuestas:

Galletas pronosticadoras:
“Ganarás la lotería cuando el Atlas gane el campeonato”
“Encontrarás un extraterrestre, pero no lo reconocerás”

Galletas de solidaridad étnica:
“¡Zhenli Ye Gon es inocente!”
“Lo hecho en China está bien hecho”

Galletas preventivas:
“En este restaurante se clonan las tarjetas”
“Si sigues chupando tanto, te dará cirrosis”
“Fabiruchis quiere contigo”
“El cocinero es cómplice del Caníbal de la Guerrero”

Cualquier cosa es mejor que una galleta que confía en ti.