viernes, noviembre 01, 2019

Biopics: Gestión periodística (los suplementos de El Nacional)


Tras haber estado unos meses en la coordinación de la sección Ciudad de El Nacional, Pepe Carreño me confió una nueva tarea, que tenía varias aristas. Me nombró “coordinador de gestión periodística”. El rimbombante nombre quería decir todo y nada pero, viéndolo a la distancia, era bastante correcto, porque yo muchas tareas que, a la postre, se traducían en revisar y coordinar muchas de las partes en las que se dividía el amplio proyecto periodístico que impulsaba Carreño Carlón.

Pepe –quien había ordenado una remodelación del piso donde se encontraba la dirección, para hacer que esa zona fuera más iluminada, un poco más accesible, pero sobre todo más apta para un trabajo colegiado- me asignó una pequeña oficina muy cercana a la dirección, pegada a la sala de juntas.

En el trabajo, asistía normalmente a las juntas de redacción (Paulino Sabugal había pasado de la sección Cultura a Ciudad, mientras que Cultura querdó a cargo de mi conocido de tiempos de La Jornada, Fernando Solana Olivares), me tocaba escribir o revisar los editoriales, dar seguimiento a las diferentes secciones, analizar comparativamente la primera plana de El Nacional frente a la de otros diarios, ver qué temas se nos fueron y en cuáles pegamos y, sobre todo, a los distintos suplementos del periódico, porque Pepe se había hecho el propósito de que El Nacional tuviera un suplemento diario, sobre diferentes temas.

Así, los lunes publicábamos Nuevos Mundos, suplemento de política internacional que coordinaba Rolando Cordera. Normalmente Rolando traía el material, que eran textos sobre distintos problemas mundiales, y yo me encargaba de repartirlo y revisar el formato. Alguna vez fui yo quien sugirió el texto.

Los martes era un día interesante. Cada dos semanas se publicaba Banda Rockera, que no era un suplemento propiamente dicho, sino un fanzine. La idea era que el lector lo doblara y lo convirtiera en una minirevista. Los chavos de Banda Rockera eran sobrevivientes de la cultura de los hoyos fonqui y el contenido tiraba mucho más al rock popular y la cultura urbana ligada a él. Y cada dos semanas se publicaba Post900, un suplemento con inquietudes de chavos universitarios muy jóvenes. Ya en el título se adivinaba que vendría un nuevo siglo-milenio. En los primeros números tuvo una coordinación colegiada entre Fabrizio Mejía y Julián Andrade Jardí, pero Fabrizio se peleó con el grupo, así que quedaron Julián y sus cuates, de quienes yo me hice amigo. Los principales colaboradores de Andrade eran Néstor Ojeda y Arturo Ramos, El Trosko, y sus acompañantes respondían a los apodos de El Monstruo y El Diablo. Pasarían los años y yo terminaría trabajando en más cosas con Julián y Néstor, pero en muchas más con El Trosko.

Un año más tarde, Banda Rockera sería sustituído por un suplemento de carácter jurídico, que tenía el feo nombre de Instancia, nominalmente coordinado por Diego Valadés, pero en realidad por un joven egresado de la carrera de leyes, con quien hice buenas migas: Gerardo Laveaga.

Los miércoles aparecía el suplemento ExtraUrbano, a cargo de Luis Gerardo Salas, el gurú de Rock 101. Ese suplemento llegaba ya hecho y diagramado, bien bonito, listo para imprimirse. Era, por supuesto, sobre rock en inglés.

Otros suplementos de ese día de la semana, que hasta donde recuerdo no tuvieron larga vida, fueron Divulga, dedicado a la información científica y Vagamundo, de turismo.

Los jueves era el día de Política, el suplemento estrella, a cargo de mi amigo Raúl Trejo. Cada número tenía análisis con puntos de vista diversos, era visualmente atractivo y todo estaba trabajado con rigor. La idea de Política era llevar también al área de suplementos una premisa de Carreño: que el periódico fuera espacio de debate y no de una voz única. Los segundos de Trejo fueron, en una primera época José Luis Gutiérrez Espíndola y, posteriormente, Marco Levario. Raúl además, tenía otras tareas en el proyecto editorial: se encargó de una colección de libros sobre temas varios (ya comenté el de Sangre, Sudor y Páginas), entre los que destaca una historia de El Nacional a lo largo de los años (y aquí destaca Un Diario de Contrastes, donde de Fernando Mejía Barquera reseña los años de Miguel Alemán y Adolfo Ruíz Cortines).

Los viernes también había dos suplementos quincenales. Ambos, diríase hoy, dedicados a minorías discriminadas. Uno se llamaba Nuestra Palabra – Totlahtol y fue el primer suplemento en lenguas indígenas publicado por algún diario nacional. Había números dedicados a distintas lenguas, con edición bilingüe en español. Lo coordinaba Natalio Hernández, poeta náhuatl, hombre discreto, de gran sensibilidad y de trato fino. El otro era Sociedad y Sida, coordinado por Francisco Galván. También se trató de un trabajo pionero para sensibilizar a una sociedad prejuiciosa sobre un tema de salud y discriminación que en esos años era muy grande.

El suplemento del sábado era el único que yo simplemente veía pasar. Lecturas, dirigido por Arturo Cantú, que consistía esencialmente en reseñas amplias y comentarios de literatura. También apareció Textual, que eran reseñas bibliográficas más cortas de muchos de los libros que se publicaban en el país. Estaba a cargo de Juan José Reyes, a quien siempre recuerdo cigarro en mano.

Y el domingo era el turno de dos suplementos tradicionales de El Nacional. Uno era la Revista Mexicana de Cultura, cuya dirección pasó a Arturo Azuela. El otro era el Dominical, más ligero. Cuando llegamos al periódico lo coordinaba un señor muy ceremonioso, un tanto extraño, de corbata de moño, apellidado Celaya, y no nos gustaba el resultado. Una de mis tareas fue buscar quién lo sustituyera y le diera un toque más cosmopolita y cotorrón. Celaya acabó como encargado de la biblioteca del periódico y el suplemento pasó a manos de José Luis Martínez S., conocido en el medio como El Santo Oficio (y pronto muchos nos sumamos a los innumerables “cinco lectores” del cartujo escribano).

Hoy en día sería inimaginable un periódico con tantos y tan variados suplementos.


Va de acompañamiento otra anécdota fría, propia de mi vida personal en aquellos años. Patricia ya se olía que yo andaba noviando. Un día le aviso que voy a comer con un tal José Luis Martínez, para que tal vez se haga cargo de un suplemento.
-José Luis Martínez… ya ni para inventar nombres eres bueno –me contestó, enfadada.

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