Ha muerto el Papa Francisco, el primer papa latinoamericano. Fue un pontífice con el que incluso muchas personas no católicas o no creyentes lograron encontrar una sintonía.
jueves, abril 24, 2025
Francisco y el péndulo vaticano
viernes, abril 18, 2025
Mi Vargas Llosa personal
Ahora que murió Mario Vargas Llosa, un grande de las letras hispánicas, dan ganas de revisar su obra, que fue muy influyente, al menos para mi generación. Escritor prolífico, de prosa cuidada y lenguaje rico, fue también uno de los innovadores en el estilo de sus novelas y relatos.
Me tocó la suerte de que empezó a publicar pocos años antes de que yo empezara a leer literatura en serio y en serie, lo que significa que seguí su carrera literaria más o menos al tiempo que iba publicando. A continuación, porque disto de ser un crítico literario, va mi experiencia personal con los textos de Vargas Llosa.
La primera novela de Vargas Llosa que leí, por recomendación de mi amigo Hermann, fue La Ciudad y los Perros, una crítica profunda a las instituciones educativas verticales, que distorsionan los valores y en vez de formar, deforman. Ahí claramente me identifiqué con El Poeta y odié a El Jaguar, el eterno bully. Me gustó tanto que, pocos años después, le regalé una versión traducida a mi amigo inglés Ben.
En el IFAL me enteré que Vargas Llosa había ganado, años atrás, un premio francés por un libro de cuentos: Los Jefes. Recuerdo que todos los relatos eran buenos, pero sólo recuerdo con claridad uno de ellos: “El Desafío”, que es una desesperante competencia de natación entre dos jóvenes borrachos y machistas del barrio de Miraflores, que por fortuna no termina en tragedia.
En la prepa se puso de moda leer la noveleta Los Cachorros. Habrá quien diga que fue por el fulbito (la cascarita de futbol), habrá quien diga que fue por el manejo novedoso de la puntuación, pero yo creo que interesó por el delirio adolescente de castración. Muy bien escrita, sí, pero a mí, la verdad, me dio ñáñaras (o cringe, como se dice ahora).
Poco antes de entrar a la universidad leí La Casa Verde, el primer intento de Vargas Llosa por hacer gran literatura. Me pareció fascinante, no sólo por las historias entretejidas como rompecabezas, sino por la capacidad del autor para describir tierras, personajes y sensaciones. Uno saca la mirada del libro, reabre los ojos, y ahí están: el prostíbulo, el Amazonas, el trafique.
Inmediatamente después, leí Historia Secreta de una Novela, donde Vargas Llosa explica el proceso de creación de La Casa Verde. De esa lectura recuerdo tres cosas: el concepto de novela-río, la idea de que el autor vomitaba en la obra las cosas dolorosas de la vida que no podía digerir y que tuvo pesadillas con uno de sus personajes, el criminal Fushía, dueño y esclavo del río-mar.
Por esas fechas, Vargas Llosa vino a México y asistí a una conferencia que dio en La Casa del Libro, de Avenida Universidad. No recuerdo nada de lo que dijo, pero sí que llevaba una camisa blanca con puntos negros, de las que se abrochaban en la entrepierna. Muy funky.
Ya en la Facultad, leí Conversación en La Catedral, la de la famosa pregunta: “¿en qué momento se jodió el Perú?”. Y, mientras uno va leyendo esa profunda condena de la dictadura militar, de la corrupción, la mentira y la represión, también se va dando cuenta de que el Perú lleva una joda eterna. Era de cuando leer a Vargas Llosa te reforzaba las convicciones revolucionarias.
La siguiente lectura fue Pantaleón y las Visitadoras, un divertimento experimental que de alguna forma jugaba como contrapunto de La Casa Verde. Dos cosas recuerdo de esa novelita: la capacidad de Vargas Llosa para nunca repetir “dijo” o cualquiera de sus sinónimos, y el calorón que daba viajar por el Amazonas en esa novela menor.
Voy a la que considero la mejor y más completa novela de Vargas Llosa: La Guerra del Fin del Mundo. Sin tantos recursos experimentales, Vargas Llosa hace que el lector penetre en un mundo alucinante, el de la secta encabezada por Antonio Conselheiro. En ese viaje a la locura, repleto de personajes deformes (física, espiritual o moralmente, a según), hay un análisis a fondo de las raíces del fanatismo, de las condiciones en las que se desarrolla y del efecto alienante que tienen ciertas personas sobre sus semejantes.
En La Historia de Mayta, Vargas Llosa hace una disección acerca de las tragedias de la izquierda latinoamericana. Mayta es un trotskista que, al final, es víctima de la incapacidad de su sociedad para dialogar, porque prefiere deshacer al adversario. Lo que, para José Revueltas, por ejemplo, es tragedia negra, para Vargas Llosa es tragicomedia. Pienso en la alucinante discusión entre apristas y comunistas, a los que uno percibe como chiquitos y atenazados, pero incapaces de ponerse de acuerdo. Camarada contra compañero. Un espejo que da pena.
Leí tarde La Tía Julia y el Escribidor, y sólo a insistencia de Taide, mi esposa. Sucede que había visto la película con Peter Falk y no me había gustado. En cambio, la novela es deliciosa. Más allá de la parte autobiográfica, el gran personaje es Pedro Camacho, el escritor boliviano de radionovelas, que las acaba fundiendo y confundiendo, sin dejar jamás su fobia a todo lo argentino (al final se sabe por qué). De las que más me han gustado de Vargas Llosa. Super divertida.
Lituma en los Andes es una buena novela sobre las diferencias culturales entre una parte y otra del Perú (y de América Latina). Ubicada en tiempos de Sendero Luminoso, estudia las reacciones de las comunidades indígenas y las dificultades para comprenderlas de quienes provienen de otras partes. Al sargento Lituma yo ya lo conocía de La Casa Verde.
Otra de las obras maestras de Vargas Llosa es La Fiesta del Chivo. Narra con gran técnica una historia política y de machismo: la caída del terrible dictador dominicano Trujillo, el efecto perverso que tuvo su gobierno sobre la sociedad de su país y, lo supimos, el hecho de que, por un tiempo, cambió todo para que no cambiara nada en lo fundamental (ese personaje sombrío de la vida real que fue Balaguer). Una novela oscura, dramática, fuerte. Imprescindible. Cuando leí el libro, me pasó, como en todos los de Vargas Llosa, que lo imaginé cinematográficamente. Ubiqué su República Dominicana en algo muy parecido a Cozumel.
Termino mi lista con Cinco Esquinas, una descripción descarnada de la perversión del fujimorismo -con los actos terroristas de Sendero Luminoso como fondo-, pero sobre todo de la indolencia moral de la clase dominante. Al final acaba uno de leer esta buena novela con una sonrisa sardónica, prueba de un mal sabor de boca.
Como el lector podrá ver, mis lecturas de la obra de Vargas Llosa están lejos de ser completas. Mejor para mí. Eso significa que aún me quedan por leer varias novelas, algún ensayo y otros textos de este escritor extraordinario.
lunes, abril 14, 2025
La decadencia del Imperio Americano
He escrito que “el gobierno de EU está en la tarea suicida de destruir el orden económico mundial de la segunda posguerra, que fue lo que lo convirtió en potencia hegemónica. Mientras hace eso, China decide aliarse comercialmente con enemigos políticos, como Japón y Corea del Sur, en pos de continuar su discreta búsqueda por ocupar el lugar que ha tenido Estados Unidos por casi un siglo”. Al día siguiente, Donald Trump anunciaba la “liberación americana” con una serie de aranceles a casi todas las naciones del mundo, con lo que confirmaba el propósito suicida de la hegemonía estadunidense.
Revisemos. Tras la II Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods establecieron un nuevo sistema financiero y monetario internacional, cuya intención era crear un sistema estable que favoreciera el comercio mundial y terminara con el proteccionismo que caracterizó el periodo de entreguerras y que contribuyó a la Gran Depresión económica mundial de 1929-33. Parte de la lógica de ese sistema era que Estados Unidos podía tener constantemente un déficit de cuenta corriente, que el resto del mundo financiaba –a través de la acumulación de reservas en dólares-, mientras que las demás naciones se veían obligadas a cuidar el equilibrio en su balanza de pagos. En otras palabras, que los estadunidenses podían vivir por encima de sus medios, porque las demás naciones financiaban su déficit comprando bonos del Tesoro.
En el orden de la inmediata posguerra, las naciones industrializadas (pero afectadas por la guerra) tenían que construir economías jaladas por las exportaciones, EU podía basarse en su demanda interna -con crecientes importaciones e inversiones en el extranjero, además-, y las naciones “en vías de desarrollo” optaban por la sustitución de importaciones: exportar materias primas y poner aranceles o cuotas a productos industriales importados para sustituirlos con bienes producidos por la industria nacional. En la medida en que esas naciones lograron industrializarse -como es el caso de México- fueron también abriendo sus economías.
Ese sistema permitió que el capitalismo mundial viviera décadas de prosperidad más o menos compartida: altas tasas de crecimiento económico estable, combinadas con una mejoría en la distribución del ingreso (si la vemos históricamente).
El resultado de pleno empleo generó presiones salariales, que tuvieron dos reacciones. Una fue la disminución de las inversiones, que servía para crear el desempleo necesario para hacer manejable el mercado laboral. Pero esto se tradujo, sucesivamente, en freno al crecimiento económico y en inflación. La otra fue estrictamente política: la derecha encontró una puerta, a través del monetarismo, el Consenso de Washington y el aplastamiento de los sindicatos, para que la economía volviera a crecer, esta vez bajo condiciones sociales excluyentes y en otro ambiente financiero. Es lo que han dado en llamar “neoliberalismo”.
La falta de regulaciones al capital financiero llevó a la crisis del 2008, que se ha traducido en pequeños intentos de reforma, menores tasas de crecimiento, mayor desazón política y social y cambios en los sectores que jalan a las distintas economías.
Aun cuando la politización del mercado es solamente implícita, en realidad los comportamientos económicos derivan de las reglas fijadas por la potencia hegemónica. En este caso, Estados Unidos.
Ahora Estados Unidos quiere cambiar las reglas, con la malhadada idea de que el déficit comercial -que es precisamente lo que permite a sus ciudadanos vivir por encima de sus medios- es un cáncer que afecta su productividad y empleo, y que los países que tienen superávit se aprovechan de los EU. Ahora resulta que los estadunidenses son las víctimas de las reglas que ellos mismos impusieron, que dieron resultados positivos y que les han permitido, por tres generaciones enteras, gastar más de lo que generan.
Hay cosas curiosas en el asunto. Una es que, en el fondo, la idea de Trump es que Estados Unidos sustituya importaciones, como si fuera país en vías de desarrollo de la segunda posguerra. El mensaje es: si quieres vender productos industriales a EU, tienes que abrir fábricas en EU. Eso implica pensar que esa nación requiere reindustrializarse, cuando sus ventajas comparativas están en otro lado: el de la tecnología digital. Otra, que la intención sea política: tratar de complacer a la base electoral con la oferta de que habrá muchos empleos disponibles para gente con sólo estudios de High School. La tercera, es que hace eso aliado, precisamente, con los multimillonarios de las nuevas tecnologías, que son quienes menos necesitan esa reindustrialización (pero que tienen otras prebendas a cambio).
Lo grave es que, si, en la extraña búsqueda de una reindustrialización, la potencia hegemónica cambia sus reglas, atacando a sus aliados (y de paso, perdonando a Rusia), difícilmente va a poder imponer las nuevas reglas. Cuando las alianzas no están basadas en acuerdos, sino en chantajes, y desaparece la confianza, están destinadas a no prosperar.
La política arancelaria de Trump y su aislacionismo tienen como efecto inmediato una disrupción en las cadenas de valor y de producción de todas las economías del mundo. Terminan con una serie de certidumbres que dieron el piso mínimo para que las inversiones fluyeran y las economías funcionaran. Afectan el funcionamiento de la economía global.
Nadie gana con estos aranceles. Y mal hacen los políticos que creen que haber esquivado un golpe equivale a haber ganado: eso se llama perder menos, pero es perder de todos modos. De poco sirve intentar tapar el sol con un dedo.
En el corto plazo, Estados Unidos perdió el papel de socio confiable. Es particularmente difícil para las naciones, como México, que tienen gran interdependencia con EU, agarrarse a ella como clavo ardiente, porque, por el momento, no les queda de otra. Difícil también, porque, en el mediano plazo, EU va a salir debilitado de este lance y será necesario -insisto- deslizarse, diversificar el comercio, buscar lazos más estrechos con socios más fidedignos.
Trump olvida que, cuando EU pudo poner condiciones al resto de naciones, acababa de ganar una guerra mundial y su PIB era el 50% del PIB mundial. Ahora es del 16%, a paridad de poder de compra. No podrá imponerlas esta vez, y menos comportándose como chivo en cristalería. Es el síntoma de la decadencia del Imperio Americano.
Es posible que, ante las primeras reacciones de los mercados y las protestas de algunos empresarios, el presidente de Estados Unidos trate de moderar su estrategia. Pero es improbable que lo haga en serio. No es su estilo. Lo más que podemos esperar son nuevas posposiciones sobre la puesta en vigor de los aranceles, y eso sólo servirá para abonar a la incertidumbre, y extender la idea de que no se puede contar con un socio que cambia de pareceres sobre la marcha.
miércoles, marzo 19, 2025
En defensa del porcentaje de bateo
Hace tiempo que el beisbol cambió, y ya las cosas no son como antes. Ahora es mucho más eficiente, está mucho mejor calculado, se juega mejor en todos los niveles y es todavía más inteligente de lo que siempre ha sido.
Siempre ha sido, como dice la frase, "un deporte exacto", pero resulta que la exactitud, en ese juego mágico, es una variable. Pasó de la aritmética y la estadística elemental, al cálculo y a la física avanzada. Pasó de un librito inexistente que dictaba una estrategia bastante incierta, a la sabermetría y, poco más tarde, al análisis de ángulos, de la velocidad de salida del batazo, la velocidad de giro del lanzamiento y un largo etcétera lleno de fórmulas cada vez más complejas... que dictan estrategias todavía inciertas, pero menos líricas que antes.
Y en el desempeño individual de los peloteros, las viejas estadísticas -aquellas que decretaron, en mi infancia, mi admiración hacia los jugadores y mi amor por el juego- dejaron su lugar a otras, mucho más certeras en la medición de la eficiencia.
Ya no son las victorias asignadas a los lanzadores, ya ni siquiera es el porcentaje de carreras limpias admitidas: ahora son el WHIP (hits y bases por bolas por inning lanzado), el porcentaje de swings fallados por el rival, el movimiento hacia los lados del lanzamiento, la efectividad con dos strikes.
Ya no son las carreras producidas, ya no es el porcentaje de bateo: ahora es el OPS (porcentaje de embasamiento más slugging), es el xwOBA (porcentaje ponderado esperado de embasamiento), la velocidad de salida del batazo.
Ya no es el porcentaje de fildeo, sino la velocidad de reacción, el rango, la fuerza en el tiro, los OAA (outs sobre el promedio).
Y todo se conjunta en la estadística más compleja (tanto, que hay varias formas de medirla): el WAR, victorias sobre reemplazo (de la que hablo aquí).
Muy bien. Se conocen mejor la eficiencia y las características particulares de cada uno los jugadores y se arma la estrategia con base en ello. Reitero: se juega mejor. Pero el beisbol, como dice John Carlin, es un deporte pastoral del siglo XIX y, como tal, tiene una particular belleza, en la que cuentan la forma del campo de juego, el tempo y las posibilidades que se generan en cada situación. Tras cada lanzamiento (de hecho, tras cada momento) está escondido un posible resultado. No hay dos juegos idénticos.
Hubo un periodo, afortunadamente breve, hace pocos años, en los que se hablaba de los three true outcomes, los "tres resultados verdaderos", que son el ponche, el jonrón y la base por bolas. Es decir, aquellos en los que sólo hay tres protagonistas: el lanzador, el receptor y el bateador, mientras que la defensa no está involucrada. El que eso haya aparecido como concepto es un indicador del cambio en la estrategia en el beisbol, que prioriza el poder y la paciencia en el bateo, y el control y la velocidad en el pitcheo. Todo ello, gracias a la evolución de la sabermetría.
Ya se habla menos de los "tres resultados verdaderos" (como si los otros fueran falsos) y, de hecho, los bateadores con mayor proporción de "resultados verdaderos" en sus apariciones en el plato van de salida. El ejemplo máximo es Joey Gallo, a quien nadie contrató en 2025 como bateador y que ahora quiere ser pitcher.
Pero en el camino ha habido una víctima, y creo que eso no es bueno para el beisbol. La víctima es el porcentaje de bateo.
Todavía, por tradición, se le llama campeón de bateo al jugador que termina la temporada con el porcentaje más alto de hits por veces al bat. Pero ya no se le trata como campeón. Si no pega cuadrangulares, no se le considera una estrella. Hay quienes lo ven como un segundón. Es, notablemente, el caso de Luis Arraez, quien ha sido champion bat por tres temporadas consecutivas: dos en la Liga Americana y una en la Liga Nacional. Como Arraez tiene poco poder, a la hora de medir el OPS cae del primer lugar de la liga al número 46.
Ya no importa batear por el rumbo de los .300; ahora un slugger puede batear alrededor de la Línea Mendoza (debajo de .215) y ser considerado titular indiscutible. 20 jonrones le rinden más a un pelotero, en fama y contratos, que 200 hits.
¿Pero no hay acaso jugada común más emocionante en el beisbol que un hit sencillo? ¿No generan ese hit, ese hombre en base, esos corredores adelantados por el sencillo, el abanico de posibilidades en ataque y defensa que es precisamente el alma estética del beisbol? ¿No se crea, así, la sensación de que viene el rally que le dará la vuelta al juego?
¿Qué sería del beisbol con puros Joey Gallo, Kyle Schwarber o Rhys Hoskins en la caja de bateo? ¿Dónde quedaría la pimienta ofensiva? ¿Cuántas jugadas cerradas en home tendríamos? ¿Cuantos atrapadones en el cuadro y en el jardín? Sin bateadores de porcentaje, esos que siempre logran contacto, que no se ponchan, que siempre buscan llegar a la base (una, normalmente, porque sus batazos nunca romperán récords en velocidad de salida) ¿qué sería?
Cierto, como definió Billy Beane, la gente va a seguir a un equipo ganador. Se requiere eficiencia. Pero también, digo yo, a la gente le gusta ver juegos entretenidos. Y quienes los hacen más entretenidos son los bateadores de contacto (y los pitchers que salen in extremis del atolladero: prefiero el PCL que el WHIP).
jueves, febrero 27, 2025
Alemania y su fallida reunificación
Los resultados de las elecciones en Alemania dan para mucho. De entrada, dejan claro que la reunificación alemana ha sido hasta ahora un proceso fallido (o, cuando menos, muy incompleto). Por otra parte, dan cuenta del empuje, pero también de los límites, del avance de la ultraderecha en el mundo de hoy. Pero hay muchas más aristas.
Han ganado, como era previsible, los democristianos,
con Friedrich Merz, quien se sitúa en un ala más conservadora de esa unión
partidista que donde estaba Angela Merkel. También era previsible, según las
encuestas, un repunte notable de los neofascistas de Alternativa para Alemania,
apoyados, bajo cuerda, por el gobierno de Putin y, a la luz del día, por la
ultraderecha estadunidense que ha tomado el poder en el país del norte. Nadie
se asusta de la caída de los socialdemócratas ni del estancamiento de los
verdes (que en Alemania sí son de a deveras). Lo novedoso de estas elecciones
fue el repunte de Die Linke, que es el partido de la izquierda intransigente,
heredero del SED, es decir, el partido en el poder en la vieja RDA, acompañado
por la salida del parlamento del Partido Liberal y por el hecho de que el
partido de los tankies, el BSW, no alcanzó a llegar al Bundestag.
Todo esto se combina para la formación de una nueva
Gran Coalición entre democristianos y socialdemócratas (tal vez de nuevo
acompañados por los verdes), en la que el cambio está en la definición del
socio mayor y, por lo tanto, del canciller. Pasarán semanas o meses para que se
forme el nuevo gobierno, pero el hecho es que los neonazis quedan fuera.
En cualquier caso, el futuro canciller ya declaró que "es
para mí es una prioridad absoluta fortalecer Europa lo más rápidamente posible,
para que logremos la independencia de los Estados Unidos paso a paso... está
claro que a los estadounidenses -en cualquier caso, a estos estadounidenses, a
esta administración- en su mayoría no les importa el destino de Europa".
Más allá de los resultados generales, resulta
impresionante ver el mapa de los partidos ganadores por distrito electoral,
porque lo que aparece es un mapa de las dos Alemanias existentes antes de la
caída del muro. Mientras la antigua Alemania Federal se pinta del color
democristiano, con unos cuantos puntitos socialdemócratas y verdes, en la
antigua Alemania Democrática el partido más votado fue el de los neofascistas
(con excepciones en Berlín y Leipzig, donde ganó La Izquierda, mientras que en
Postdam lo hicieron los democristianos). Los de AfD obtuvieron más del 40% de
los votos en buena parte de lo que alguna vez fue el estado comunista alemán.
Resulta por lo menos interesante constatar que el
crecimiento de La Izquierda, originalmente un partido fuerte sólo en Alemania
del Este, fue en las zonas de la antigua RFA (el oeste), mientras que el mapa
electoral del BSW es parecidísimo al de los neonazis. El BSW es una escisión de
La Izquierda, que tiene las características de ser, al mismo tiempo que
progresista en términos de política económica, claramente pro-ruso,
antiinmigración y contrario a la comunidad LGBT+. Como era de esperarse, su
dirigente Sarha Wagenknecht (sus iniciales dan nombre al partido, como buena
populista) ha decidido impugnar los resultados, al no alcanzar los votos
necesarios para llegar al parlamento. Los votantes de AfD y de BSW son los
únicos que están mayoritariamente con un entendimiento con Rusia y menos ayuda
a Ucrania.
En términos político-electorales, pero también en
términos culturales, las dos Alemanias divididas por los acuerdos de postguerra
en 1945, lo siguen estando, a pesar de los esfuerzos de unificación verdadera y
muy a pesar del optimismo que reinó cuando la caída del Muro de Berlín. Y estos
resultados dejan dudas sobre si se podrá lograr esa unificación, porque cada
parte no se reconoce en el espejo de la otra, y la desconfianza y el
resentimiento crecen.
Se constata de nueva cuenta -podrían hacerse tomos con
las anécdotas al respecto- que en la antigua Alemania Oriental no se intentó un
proceso de desnazificación tan a fondo como en la antigua República Federal
Alemana. Hay ahí mayor prevalencia de racismo, menor compromiso con la
democracia y, sobre todo, un resentimiento social permanente.
Cuando se reunificó formalmente Alemania, la
preocupación principal era hacer que el Este, que tenía mucha menor
productividad (un pleno empleo engañoso, con muchos trabajadores que estorbaban
más que ayudar), menor calidad de vida y métodos organizativos obsoletos,
alcanzara al Oeste en esos rubros. Este énfasis casi único, acompañado por un
impuesto especial en el Oeste, para financiar las mejoras en la parte oriental,
acabó por no dar resultados.
Por una parte, Alemania oriental sigue rezagada
respecto a la otra parte del país en nivel educativo, tiene un ingreso promedio
30% inferior (a pesar de que el salario mínimo aumentó ahí mucho más que en el
Oeste), un nivel mucho más alto de desempleo (pero quienes trabajan lo hacen
por más horas) y, sobre todo, una menor satisfacción con la vida y enojo porque
los otros alemanes siguen siendo más ricos. Estos últimos elementos se reflejan
en que la mayor parte de los votantes de esa región no se sienten identificados
con ningún partido.
En esas circunstancias, la Alemania que alguna vez fue
comunista recibe mucho menos inmigrantes que la que siempre fue capitalista,
porque hay menos oportunidades. A pesar de ello, es más antiinmigrante, porque
-además de las diferencias culturales- siente el peligro sobre su empleo
precario. Y del lado occidental hay una clara molestia porque siente que su
solidaridad con el Este no ha sido bien correspondida.
Unas notas finales. Una cosa es que los neonazis hayan
sido el partido más votado solamente en el Este, y otra que no hayan crecido
preocupantemente también en el Oeste. La diferencia es de tres a uno, pero
también hay no pocos partidarios de AfD en la antigua República Federal.
También se ha hablado mucho de que los jóvenes están votando por los extremos;
esto es cierto solamente para La Izquierda: uno de cada cuatro alemanes menores
de 30 años votó por esa opción. Del lado del AfD, su fuerza mayor está en los
adultos de entre 30 y 44 años. Los mayores de 60 votan por los partidos
tradicionales, sobre todo los socialdemócratas. Este último dato, y la
venturosa derrota de los Liberales (el partido pro-empresarial que rompió la
alianza de gobierno y obligó a estas elecciones) nos recuerda que las antiguas
coordenadas políticas están en decadencia.
jueves, febrero 13, 2025
El castillo vacío
Este es un cuento que escribí hace 40 años. Corría 1984 o 1985.
-A la memoria de José Carlos Becerra
Hasta antes de que me sucediera lo que les voy
a contar, yo tenía toda una teoría acerca de las arrugas. Las arrugas, decía
yo, son la petrificación de una sola mueca, que a través de los años avanza
precisa, segura, delineando sin indulgencia las miserias y obsesiones de su
poseedor. Una persona emplea toda su vida construyendo esta complicadísima
mueca, en contorsionar su rostro original, hasta lograr, si el tiempo le
alcanza, expresar sus contradicciones en una vistosa, elaborada cara de
anciano. Tal vez por eso, en mi adolescencia tendía a atribuir la fealdad de
los poderosos a su miedo de que alguien los pudiera sorprender por dentro,
pudiera asomarse a su malignidad. Ahora sé que las cosas están peor de lo que
imaginaba. No he quedado desfigurado por accidente alguno (eso pienso): es más,
soy de las personas a las que ustedes se acercarían si, por ejemplo, un
familiar suyo se desmayara en el Metro; pero sin duda preferiría que no lo
hicieran.
De pequeño, me gustaba ir a casa de la abuela del chato Jeremías, mi vecino y compañero de juegos. En realidad, se trataba de la carcasa de lo que una vez fue una hacienda cerca de San Juan del Río. En ese lugar se escuchaban palabras con sabor a viejo: ajorca, entrepaño, alamud. Yo por eso escuchaba siempre con atención, aunque posiblemente se haya debido a que, en el campo, al abrirse un panorama más amplio para mis sentidos, éstos trabajaban con mayor capacidad, y las imágenes quedaban más fijamente impregnadas en mí. Recuerdo que, llegada la tarde, ahíto el paladar del sabor para mí extraño de los dulces hechos en casa, solíamos pasear por los campos cultivados, y enfangarnos pies y manos. Yo lamentaba que junto a esas tierras no pasara alguna carretera y, por tanto, que ningún niño de ciudad, desde el coche de sus padres, nos confundiera con trabajadores niños campesinos.
Hace un tiempo me encontré con el chato Jeremías, ingeniero y casado, con bigote y calvicie precoz. Me invitó a pasar un fin de semana en la que había sido casa de su abuela, pare que recordara viejos aires y descansara del trajín cotidiano. El Chato había reacondicionado la semidestruida casona y dedicaba parte de su tiempo a hacer rentables las tierras que le habían dejado. Fui de buena gana, aunque pronto me di cuenta de que el Chato y yo teníamos muy poco de qué hablar. Jeremías utilizaba el recurso de contar mil y una anécdotas de la infancia para evitar la posibilidad de que nos viéramos frente a frente sin reconocernos. Su esposa se mostró muy amable, y luego de la cena nos trajo coñac y cigarros. Yo pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas. Las paredes no tenían cuarteadoras, Jeremías ya no hacía rabietas y había engordado, en el peinado de su esposa se adivinaba un leve toque de salón de belleza, la casa no olía a polvorones con miel, Qué cortas debieron ser la adolescencia y la juventud de Jeremías.
Nos quedamos en silencio, con la mano correctamente colocada en la copa de coñac, demasiado conscientes, al cabo, de ese silencio. Luego de un rato, Jeremías avisó que ya iba a dormirse, y se fue a la recámara. Quedé entonces solo, pensando en mi infancia y en las nuevas responsabilidades del Chato. Serví más coñac en la copa y me apoltroné como si fuera un rico hacendado de principios de siglo, con lentos movimientos acercaba el tabaco a mi boca y pronunciaba palabras que yo quería tan arcaicas y esplendorosas como las que escuché de niño. La noche empezaba a refrescar, así que decidí encender la chimenea. Lentamente recogía la leña, sintiéndome un curtido hombre de campo, y me inventaba frases señoriales como “páguele al acequiero lo de su raya”.
Luego de hacer el fuego, me incorporé y vi, en el gastado espejo que estaba sobre la chimenea, una figura estirada, ciertamente parecida a mí, pero que no era yo. Me miraba fijamente, con altivez, y vestía una levita tiesa y ajustada. Cuando me di cuenta de que la imagen obedecía estrictamente a mis movimientos y que mi ya temerosa sonrisa se traducía en el espejo en una mueca atroz. Corrí a despertar a Jeremías.
-Era tu cara, tomaste mucho, mejor vete a dormir –me dijo.
De camino a mi recámara me atreví a mirar de nuevo al espejo; descubrí al otro lado a un muchacho pálido, nervioso y vestido como yo. Tampoco me pude reconocer bien a bien en esa persona.
Días después de esa experiencia con los espejos, tomé un tren para Guadalajara. Luego de cenar fui al carro mirador que, de noche, sirve más bien para mirar a los otros pasajeros y para hacerse a la idea –difícil cuando es boleto de camerino- de que se viaja en grupo. Pedí un refresco y me entretuve en observar a las otras personas, para hundirme más tarde en el repaso del periódico de la mañana. A los pocos minutos vi que junto a mí estaba una mujer. Me pareció joven y agradable, me gustó su estilo elegante y sencillo a la vez, y me gustó también la manera directa como me miraba. Le dirigí una mirada sonriente y decidí pasar frente a ella como una persona seria y reservada. Leí de nuevo la sección de culturales y –ostensiblemente- los artículos editoriales. Luego, de manera muy galante, le pregunté si no deseaba un refresco o un trago (utilizando la palabreja “trago”). Aceptó lo primero y nos pusimos a conversar, aunque a mí me dio por ser parco para sentirme más interesante. Tenía yo la sensación de que ella se sentía atraída, tan de movimientos pausados y graciosos como era, por un hombre con ciertas características de firmeza y formalidad. Mantuve discreción sobre mi pasado, no porque hubiera algo que esconder, sino precisamente porque esa discreción me dotaba, ante sus ojos, de un encanto extra. Así debió de haber sido, porque después me descubría acompañándola a su camerino, cosa que jamás me había sucedido en un tren.
Cuando llegamos me encontré con una mala sorpresa. Sobre el lavabo del camerino, el espejo devolvía una imagen extraña. Una serie de surcos desconocidos cubrían mi cara, sustituyendo a los míos. Esta ocasión definitivamente no se trataba de mí, sino de alguien bastante mayor de mis treinta años, con mucha vida atrás, tal vez con ese pasado que nunca le conté a la mujer que ahora rozaba mis caderas con su mano tibia y bien formada. Me lavé la cara, y al reiterar el espejo la seria y apacible (pero vivida) imagen de la persona a la que yo estaba jugando a ser, tuve la tentación de salirme y no regresar, pero pudo más la sonrisa de la mujer.
Hicimos el amor de manera apasionada, pero poco lúdica. Di a mis movimientos precisión y suavidad, pero mi arrebato no podía decidirse entre ser un arma de olvido contra la figura del espejo o una imitación involuntaria de aquel acaso me robaba el alma en esos momentos. Me vi sereno y experimentado, tal vez poco amoroso, y si acaso ella adivinó una chispa en mis ojos al encenderle su cigarro, ésta era demasiado consciente. El ritmo del tren y el cuerpo tibio de la mujer alrededor del mío no fueron suficientes para alejar de mí la brutal idea de que las caricias que sentí delineaban el cuerpo de otra persona.
La serie de conferencias que di en Guadalajara sobre Hegel pareció, por un tiempo, el refugio que necesitaba. Las noches en el hotel me envolvía, en calmada soledad, en el repaso de los conceptos y, más que en Hegel, en mi encanto de estudioso. Mi manera de fumar lo demostraba. No quise regir a los espejos de la habitación por temor a alimentar una fobia que se iba apoderando de mí, acercándose por lentos meandros a la desembocadura de mi ser. A ratos los miraba y sonreía con satisfacción al ver el rostro seguro e inteligente de un intelectual no demasiado severo consigo mismo: ése, sin duda, era yo, qué alivio.
Así, al enfrentarme al auditorio, me sentía dueño de la situación. Era capaz, entonces, de armar frases consonantes, de bordar la conferencia, buscándole la musicalidad al abstracto tema: “ya hay dialéctica en los anales doxológicos de Heráclito de Éfeso” podía sonar como “en noche lóbrega galán incógnito las calles céntricas atravesó”, y para el caso era lo mismo, la mayor parte del público asistía para enriquecer su currículum cultural, no para explicarse la lógica del amo y el esclavo. La profusión de esdrújulas servía como mantra. La última sesión, el broche de oro, fue más un recital que una conferencia: las palabras brotaban a cántaros para defender a Hegel de su condena histórica de reaccionario incorregible, pero no brotaban de mí, con mi historia, mis fantasías y mis enormes, escondidas ganas de regresarme a casa, ni de la idea absoluta de la Historia con mayúscula. Salían de la boca de un intelectual de saco raído onda mitteleuropea, que tenía mi nombre y apellido, mi tono de voz, mis ademanes, pero que tenía mucha más fuerza que yo, más seguridad en lo que decía y un odioso dejo de cinismo que tal vez fui el único en percibir.
Como era de esperarse, en la comida que siguió a la última conferencia, tanto mis anfitriones del Instituto como yo nos pasamos de copas. Incoherentes con nuestros personajes académicos, nos fuimos al futbol a ver si el Atlas seguía sin anotar. Me desgañité gritando y dormí como un bendito.
En el camino de regreso una imagen me asoló, complicándome la cruda: un castillo antiguo, vacío, oscuro, en el que se oyen ruidos de fusilamientos. No me quise desesperar y se lo cargué a mi cansancio: la serie de pesadillas culminaría con mi llegada a México y con un buen sueño. El castillo se desmoronaba poco a poco, pero su presencia y los disparos se mantenían.
Al llegar, la ciudad me pareció irreal: algo había sucedido, pero no era fácil explicárselo. Me entró el miedo y tuve, por un segundo, la tentación de comprar una máscara de Blue Demon para salir tranquilo de la estación. Pensé, al fin que, si yo había cambiado tanto como para ver a la ciudad con otros ojos, el improbable amigo que me encontrara no sabría que era yo; que si la gente me miraba con desconfianza era porque yo la emanaba; que todo se arreglaría en pocos minutos. Deseé ardientemente encontrar a lo lejos un conocido no muy íntimo que agitara los brazos para saludarme y recongraciarme con el mundo. Caminé entre extraños hasta un sitio de taxis.
La llave era la misma, el departamento apenas olía a encerrado. Decidí que lo más cuerdo era tomar un baño. No hay nada como darse un baño en la propia casa: el ritmo de salida y la temperatura del agua protegen verdaderamente; el estropajo y el shampoo, viejos amigos, le dan a uno la agradable sensación de sentirse fuerte para enfrentar lo que venga, así sea la propia imagen.
Seco y abrigado, me dispuse a quitarle el vaho al espejo, quizá con más confianza que la merecida. Y en el medio del silencia estaba yo, en bata, con la barba un poco crecida, mirándome fijamente, esperando saber si mi piel me estaba vedada, rozando mi rostro con los dedos, rozando el espejo con los dedos sin atreverme a romperlo. Para mi horror, descubrí que había que poner las manos donde los guantes quisieran, poner el rostro donde la máscara y empezar la delicada tarea de despellejarla para poder respirar tranquilo, sin que la muerte salga confundida con el aliento, para tener un rostro.
Y así, durante la noche, violé los sellos, y sin reacciones viscerales, tratando de soportar el espanto, fui desprendiendo una tras otra de las capas que, finamente superpuestas, se habían adueñado de mi sangre y de mis sentidos. A ritmo de fantasmas fui separándolas, diseccionándolas con el bisturí de mis recuerdos, a pesar del agotamiento, hasta llegar adonde no parecía haber retorno.
Me detuve frente al espejo otra vez, ya al borde del delirio. Si alguna vez anhelé ser aquello que miraba, ahora esa imagen me hacía señas desde una lejanía que nunca pude mensurar cabalmente. Comprendí que todo me había fallado, pero no tuve valor para romper el espejo, tenía miedo de ser sólo una de sus astillas, de ser la frontera desierta. Arranqué, desesperado, a grandes trozos, las partes que quedaban, hasta comprobar que yo no tenía rostro: en el lugar de la cara se sospechaba, como en un espejismo, un castillo antiguo, vacío, oscuro, en el que se oyen ruidos de fusilamientos.
lunes, enero 27, 2025
Trump y la Nueva Era Chapada en Oro
Donald Trump ha tomado posesión, de nuevo, como
presidente de Estados Unidos y ha vuelto a anunciar todo lo que prometió. Su regreso
al poder es muestra de la crisis profunda de las democracias liberales y
reiteración de que, a nivel mundial, estamos ante una ola de nacionalismo
antidemocrático.
Trump promete el regreso a una “era dorada” para
Estados Unidos. Juega con ello con los sueños de grandeza que maman los
estadunidenses desde pequeños en la escuela, que cotidianamente se repite en
los medios y que es parte fundamental de la cultura de nuestros vecinos del
norte. Para ello, como antes lo hizo, promete fortaleza militar, políticas
proteccionistas “para proteger el empleo de los americanos”, aislacionismo
nativista antiinmigrante y crecimiento económico. Como antes, expresa
desconfianza no sólo ante sus rivales geopolíticos, sino también hacia los
aliados históricos de Estados Unidos. Y ahora agrega deseos de expansión
territorial.
El mensaje para los ciudadanos de su país es que serán
parte de la nación más poderosa de la historia, y que se mantendrán los valores
tradicionales que hicieron grande, años ha, a Estados Unidos. Esa es su idea de
“era dorada”.
En realidad, lo que propone Trump es una suerte de
regreso a la Gilded Age, la Era Chapada en Oro, que es como se denomina al
periodo ocurrido entre las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo
XX. La característica fundamental de esa época fue de crecimiento económico sin
regulación alguna, acompañado por grandísimas desigualdades económicas y
sociales, en la que la concentración de la riqueza y el poder fue enorme: la
época de los monopolios, de los trusts.
Una parte importante del proyecto trumpista -ya
expresada en algunas de sus primeras decisiones, como las referentes a energía-
consiste en limar o acabar con las regulaciones que constriñen la lógica pura
del capital. Regresar a la época anterior a la crisis financiera de 2008 (que
detonó precisamente por la falta de regulación) e ir más allá. Para ello ha
forjado una alianza con los multimillonarios de las nuevas tecnologías, que son
los nuevos grandes capitanes de industria. Tiene trabajando con él a quienes
encabezan la lista de hombres más ricos del mundo. Busca, como bien escribió en
estas páginas Ricardo Becerra, la utopía de los ultracapitalistas.
En principio, el problema para establecer una nueva Gilded
Age es evitar una rebelión de las mayorías que trabajan cada vez más para
obtener lo mismo, mientras que un grupo pequeñísimo se hace de la mayor parte
de la riqueza. Para eso siempre ha servido la ideología. Pero, por encima de
ella, sirve la propaganda y la expansión de posverdades y teorías falsas. Y, si,
supuestamente en defensa de la libertad de expresión, se da rienda suelta (en
realidad, manejada) a toda suerte de desinformación, habrá mejor manera de acallar
a quienes, con datos, afirman que el rey está desnudo (para luego perseguirlos,
posiblemente). Para eso son útiles las
nuevas tecnologías. Por lo pronto, Trump ha decretado el “fin de la censura
gubernamental”, que se traduce en que las redes sociales harán lo que quieran
(más sus dueños que sus usuarios). La victoria final del Tonto del Pueblo,
diría Umberto Eco; sólo que el tonto del pueblo es una marioneta del rico del
pueblo.
Pero lo cierto es que la Era Chapada en Oro terminó, y
no bien, con la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique y el gran
desorden de entreguerras. Esta, si se logra asentar, terminará con fuerza
similar, aunque no sabemos de qué manera.
En el caso de la relación con México hay varias
amenazas. Enumero las tres más importantes de menor a mayor, según mi criterio.
Por un lado, están los aranceles, que Trump ha usado
como amenaza arrojadiza ante cualquier pretexto. La existencia del T-MEC, por
una parte; y el hecho de que a Trump le importa mucho el comportamiento de Wall
Street, por la otra, hacen improbable que -al menos en el corto plazo- el
mandatario estadunidense se lance en serio sobre esa ruta. Habrá, sin duda,
escarceos, pero es de esperarse que la parte mexicana pueda sortear los
problemas.
Más relevante es la declaratoria de los cárteles del
narcotráfico como organizaciones terroristas. Es una manera de presionar al
gobierno de Claudia Sheinbaum para que México deje, de una vez por todas, de
consecuentar a los grupos de la delincuencia organizada, que vivieron años muy
buenos el pasado sexenio. El peligro es que esas presiones se traduzcan en
intervencionismo directo, que es lo que es necesario evitar. La nueva
administración está dando muestras aparentes de tomarse más en serio la amenaza
social que representan los cárteles para la vida del país. Ahí puede y debe
haber un empate de intereses: la clave es no ceder en materia de soberanía (y
parece que Sheinbaum está dispuesta a no hacerlo).
Lo más preocupante en el corto plazo es el tema
migratorio. Entre otras cosas, porque no se sabe bien a bien el tamaño del
ramalazo. Es imposible que se cumpla la promesa de Trump de expulsar a todos
los indocumentados, tanto por razones de logística como de necesidades de la
economía estadunidense, pero es muy posible que exista una política más activa
de persecución y deportación, que genere presiones serias en nuestra frontera
norte (y que, de paso, sirva para disminuir los ingresos de los paisanos sin documentos
y, por lo tanto, las remesas). Puede haber crisis humanitarias coyunturales, y
el gobierno, aunque ya ha tomado cartas en el asunto, tiene que ser muy activo
en la defensa de los derechos de los mexicanos en EU.
Finalmente, está la relación personal entre Trump y
Sheinbaum. No será tan sedosa como con López Obrador, a quien el republicano
veía como una versión Región 4 de sí mismo. Sheinbaum tiene otra formación
política, otra historia personal, otra cultura y otro sexo. No es probable que
haya química. Lo que sí debe de haber es diálogo, dentro de lo posible, y que
México pinte claramente su raya. El peligro sería caer en la lógica de la
política interna, y complicarle las cosas al país por querer complacer a la
gayola. Ya veremos.






