Esta es tal vez la primera entrega, tal vez la única, de una selección personal de textos publicados en Palabra en el año escolar 1970-71. Añadiré que dos de los autores, mis amigos Raúl Trejo y Hermann Bellinghausen, obtuvieron de adultos el Premio Nacional de Periodismo.
El Juego que todos jugamos
Raúl Trejo D.
Eres un hombre pequeño y común. Quieres ser libre sólo para ser esclavo de quien tú elijas. Sabes recibir pero no sabes dar. Sólo aplaudes cuando otros hombres pequeños lo hacen. No eres tú mismo.
Estás enfermo, hombre pequeño, muy enfermo, y a todo el que no tiene tu enferma normalidad lo llamas anormal.
Cada paso que das hoy es tu vida de mañana. Tu debes proponer, aceptar y rechazar por ti mismo. ¡Hazlo y dejarás de ser pequeño!
No nos conocemos, estamos solos dentro de nuestras propias jaulas. La sociedad actual nos ha aislado de los demás, hemos perdido la verdadera noción del afecto, tenemos miedo del contacto personal, tenemos miedo de amar. Nos han enseñado a ser agresivos, tenemos que vivir sólo para nosotros: nos aburrimos.
El concepto tradicional de los medios de comunicación tiene que acabar. Deben expresar necesidades reales, existentes. El teatro, como lo conocemos, se vuelve obsoleto. “El teatro no necesita acción, necesita verdad”.
Habiendo comenzado como un intento de renovar sistemas improcedentes, la obra “El Juego que Todos Jugamos”, de Alexandro Jodorowski es una muestra de cómo puede la realidad comunicarse al público. “Hay que darle al espectador algo más de lo que paga por su dinero”.
La obra es una constante crítica de una realidad que tiene que ser cambiada. Crítica irónica, apabullante por reveladora, nos prepara poco a poco para recibir una andanada de verdades y un mensaje.
Es una obra extraordinaria. Los actores no “actúan” porque los personajes son ellos mismos diciéndote algo que siente. Los espectadores la recomiendan porque les ha llegado muy dentro. Te la recomiendo, tienes que verla. Estamos rodeados de espectáculos mediocres y esta es una afortunada excepción. Cuando vayas, no pienses en los melodramas que crees son teatro. Prepárate a encontrarte con la realidad. Y en cierta forma, hay que ser valientes para aceptarla,. Está en el Teatro Ofelia. Ve y luego vuelve a leer este artículo. Lo entenderás mejor.
Estamos en vísperas de la tercera guerra mundial, necesitamos cambiar. ¿Qué vas a hacer los días que te quedan por vivir? ¿Vamos a seguir jugando como siempre lo hemos hecho? Cada quien juega a ser algo. Cree que es suficiente con cumplir mediocremente su ocupación, sin pensar más que en sí mismo.
Nacen diez niños por cada adulto que muere. Amontonamiento-miseria-desastre-hostilidad-discordia...
El mundo es horrible pero yo no tengo que vivir una vida horrible. El mundo es horrible pero... ¡tú eres la solución! ¡Asume tu responsabilidad!
El mundo es horrible pero yo no lo voy a destruir, voy a vivir en él.
Le dará lo mejor de mí, lo voy a cambiar, pensaré y construiré mi propia vida y no me dejaré abatir: lucharé, tendré fe. Si yo mejoro, la sociedad mejorará.
Alguien tiene que comenzar y voy a ser yo.
Ahora mismo.
“El que lance la primera piedra”
Pablo MedinaMora
“El que lance la primera piedra es que no ha pecado”.
Si no la lanzo, es que he sido un cobarde. Si la aviento, lo soy más.
Está dicho: soy cobarde: y es lo que más me duele decir.
No soy capaz de cerrar el puño y con todas mis fuerzas sujetar a la realidad.
No soy capaz de vivir ni sentir un ideal, y por eso vivo espantado.
No soy capaz de juzgarme, y por eso juzgo a los demás.
No soy capaz de inquietarme, prefiero estar tranquilo.
No soy capaz de comprender. Tengo miedo a verme reflejado.
No soy capaz de amar, prefiero ser cobarde, y no lo quiero aceptar, pero los hechos son los que hablan.
Sólo hay dos caminos: coraje o cobardía; inquietud o comodidad; valor o temor; búsqueda o castillos en el aire; virtud o pasión.
Pero me he atrevido a decir, me ha costado trabajo, ya no soy tan cobarde.
De la Juventud como Fuente de Actitud
Raúl González Rodarte
Partiendo de las últimas referencias, tales como el movimiento de mayo en París, el de octubre en México y otros movimientos de guerrillas urbanas y rurales, tomando en cuenta también los movimientos urbanos y el movimiento hippie politizado que cundió cuando se creo la semiutópica Woodstock, se concibe que la juventud ha partido de la crisis en que se encuentra el Establishment y ha querido destruirlo por completo.
Es así cómo, por ejemplo, los Panteras Negras en los EU quieren constituir una nación negra de tipo marxista. Se ha hablado de drogadicción y de promiscuidad sexual de los grupos que, paridos por una sociedad burgueso-decadente, se han unido por un ideal de verdadera innovación – o más bien de destrucción.
Pero ¿qué es lo que se merece una sociedad asesina y con la promiscuidad dentro de sus asquerosas alcobas blancas y olorosas a perfumes abortados por el tecnicismo mal llevado, así como multitud de objetos que sirven a los pequeños puercos que, deambulantes en las calles, creen que siempre será lo mismo: siempre será la oficina, la mujer, los hijos estudiosos que seguirán sus mismos pasos, la prostituta que satisfará sus desviaciones morales producidas por la publicidad sexual?
El sistema político abstracto, represivo, sucio; el sistema ahoga a sus individuos en un mar de porquería. Emergente de éste, la revolución en todos los campos, producida por la juventud que ya no cree en la década de los 50s. Esa juventud por lo menos trata y tratará de mejorar las cosas, y de ahí se desprende el sentido crítico que todo joven debe tener para desenajenar el medio. Ese es el caso, aunque quizás el engrane socio-político se los tragará para llevárselos al río pseudo-blanco y pseudo-verdadero.
La actitud es buscar en los escombros de una civilización en ruinas (o casi) para tratar de que el cambio surja por sí solo, casi imperceptible a los ojos de la historia. No vendarse los ojos y ver lo que conviene y no conviene –quizás la causa de la violencia sea la sobrepoblación-. “¿Serán las drogas, la sexualidad? ¿Cuál será la causa de la revolución juvenil?”, dijeron los enanos del sistema.
¿Cuántas veces has oído decir “Nixon me da lástima”? ¡Nunca llegaremos a la utopía sobre nuestra blancas nubes de la sociedad de consumo!
Piénsalo positivamente.
Poemas-con-los-Cuales-Resulta-Imposible-Preparar-Gelatina-de-Pollo
(fragmento)
Hermann Bellinghausen
Quién eres tú?
Eres hielo
Eres agua
Eres deseo
Fuego voraz
Devoradora de mis entrañas
Trastorno nocturno.
Tu eres volcán
Y nube de montaña
Eso eres tú
Niña de hielo y agua,
Había Una Vez Una Coladera Tienda
Hermann Bellinghausen
Hace un tiempo hubo un tiempo. Claro que por supuesto no había tiempo. Pero en ese tiempo vivió un rey alto, rubio y barbado, luchador en las guerras y siempre triunfante. Tenía fama de ser invencible. Redegundo, se llamaba.
Redegunda era su esposa. Mujer noble y callada, de ojos verdes, mirada verde y jardines verdes. Le decían La Reina Verde, aunque a ella le gustaba más el rojo.
Redegundo a veces parecía niño. Jugaba a las canicas en las trincheras y saltaba a la cuerda en los jardines.
Una vez el rey salía a una guerra muy importante y fue a despedirse de su reina consorte:
-Amada señora, voy a la guerra a matar enemigos.
-¿Por qué a matarlos y no a darles de comer? –dijo ella, chupando una paleta roja.
-Qué los monjes les den comida; a mí que me den sangre,
Redegunda lloró como nunca porque su esposo iba por sangre. Qué pena, qué pena, qué pena.
-Pero si la sangre es roja –decía el rey para consolarla- y ti te gusta mucho el rojo.
“No seas tonto”, pensó ella, pero no le dijo nada y siguió llorando.
El rey se puso a cantar: “Melusina Melusina/ Reina de los caracoles/ Reina Crinolina” en el balcón para despedirse de su esposa, pero estaba tan emocionado que se hizo pipí en los calzones bordados que le hizo la reina para el día de su cumpleaños.
A Redegunda le dio tanta risa que se tragó la pelota y ya mero se ahoga. A Redegundo le dio mucha pena y ya no fue a la guerra.
Desde entonces ya no hay guerra, y todo el mundo juego a las canicas y salta la reata.
10 Mandamientos del Sistema Burgués
Luis Pío
1.- Amarás al sistema (gobierno, Estado, sociedad) más que a los hombres.
2.- Apoyarás a los líderes impuestos por el partido oficial.
3.- La Revolución será tu Dios, el partidazo y el presidente, los profetas.
4.- No pensarás, pues todo el que piensa es subversivo
5.- No criticarás, ya que la crítica es la madre de los cambios político-sociales.
6.- Oirás La Hora Nacional y creerás en los informes presidenciales.
7.- Adorarás, glorificarás y rendirás pleitesía a los pastores en turno.
8.- Te enajenarás al sistema y despreciarás la dignidad y libertad humanas,
9.- Aplicarás por lo menos tres veces al día la Ley del Talión y la de Herodes. Tus virtudes deberán ser: demagogia, monólogo, enajenación, servilismo, violencia, venalidad y felonía.
10.- Repetirás de noche, antes de acostarte, las máximas de nuestro gremio: “No pienso, luego no soy subversivo”, “Mejor un fin espantoso que un espanto sin fin”.
México 71
Luis Pío
Para calmar tu hambre
Te cortaron un brazo y los verdugos
Lo cocieron en tinta y en palabras
Y te lo dieron crudo.
Mordiste tu propia carne,
Tu propio hueso,
Tu propio nervio.
Al hambre se unió el dolor.
Probaste tu propia sangre
Servida en vaso-discurso
En vaso-cambio-presidencial
En vaso-todo-lo-anterior-es-malo...
Y sentiste que ni siquiera
Tenías el valor de restregar
Tu muñón ensangrentado
En el rostro cruel y perfumado
De quien cínicamente te prostituía.
lunes, noviembre 21, 2005
Biopics: Palabra
Al regresar de Miami iniciaba un año que recuerdo como particularmente intenso, por la cantidad de actividades que tuve y de ideas y conocimientos nuevos que entraron en mi cabeza. Coincidió con el último de la preparatoria y la espera para entrar a la universidad.
Una de las cosas más representativas de ese año ferviente fue el periódico “Palabra”, órgano no oficial de los estudiantes del Instituto Patria. El año anterior, Palabra había estado de capa caída, porque todo lo hacía un solo alumno con vocación de periodista, Alfredo Domínguez Muro. Lo heredó una troika, formada por Raúl Trejo, Pablo Medina Mora y yo. Nuestro primer número fue una hojita de mimeógrafo, con un tiraje de 50 ejemplares. Llegamos a tirar números de doce páginas, con hojas de colores; mil 200 ejemplares, distribuidos en 13 escuelas. Fue muy divertido y formativo.
Pablo, Raúl y yo hicimos un buen equipo, en el que uno servía de equilibrio a los otros. Medina Mora era el clásico tipo popular, con amigos de todo tipo en todos los salones y en varias escuelas. Su principal tarea era la distribución. Los ejemplares se “encuadernaban” (palabra de Trejo, en realidad se engrapaban) en su casa. Pablo, además, hacía que el periodiquito fuera aceptado por todos, evitando pretensiones excesivas, ya que recordaba la necesidad de publicar algunas notas ñoñas. Trejo era el único que sabía medir los textos y su influencia era determinante para definir las prioridades, en la reunión de los martes después de clases, en la cual conveníamos el dummy de Palabra, que realizaba el propio Raúl. Era el más rígido adversario de los textos malos, que Pablo solía defender por razones “comerciales”. Yo me ponía del lado de Pablo, sobre todo si el texto lo firmaba alguna mujer. A mí me tocaba armar el periódico. Lo hacía en casa, tecleando, sin cinta, con mi máquina de escribir Olympia, sobre las hojas de stencil. Ahí hacía correcciones de ortografía (no siempre: una vez, por ejemplo se me chispó “emfermedad”), enmiendas de redacción, trabajo de edición (las mediciones de Trejo, sobre textos casi siempre escritos a mano eran buenas, pero no perfectas) y rellenado de espacios vacíos, cuando los había. También intentaba añadir un poco de humor. Invité a Víctor para que diseñara un logotipo y para que hiciera unas cuantas ilustraciones (como para las invitaciones a fiestas de paga, en las que no se nos ocurrió cobrar por la inserción).
Los martes por la tarde me la pasaba armando Palabra. Los miércoles en la mañana entregaba los stenciles a un señor que trabajaba en la escuela; recogía las hojas impresas a eso de las cinco de la tarde (pagábamos una pequeña cantidad por esa labor). De ahí me iba en camión, cargando en mi morral oaxaqueño los bonches de hojas, a casa de Pablo, en donde, en la medida en que fue creciendo el periódico, se fue armando una suerte de cadena de montaje para eliminar hojas mal impresas y para engraparlo. A menudo me quedaba a cenar ahí.
Si los Saddy representaban la familia “alternativa” de esa época, los Medina Mora eran como la familia tradicional perfecta para mis ojos. La formaban ocho hermanos (Pablo era el quinto) y sus padres católicos practicantes. Vivían en una casa grande, con muebles antiguos y cuadros oscuros con motivos religiosos. Pero había en esa casa una luminosidad alegre en los corazones. La unidad familiar y el cariño que se percibían podían más que las lógicas diferencias entre hermanos, las cuales eran tratadas de forma por demás civilizada. A menudo había amigos de visita, y las cenas en la gran mesa redonda (la comida se colocaba en un círculo giratorio en el centro) eran siempre amenas, así como los minicampeonatos de ping-pong. Pablo compartía su cuarto con un hermano mayor; en su escritorio siempre había una Coca familiar y, enfrente de su silla, un clavo solitario en el que Pablo “se clavaba” para meditar. Con su hermana, primero; y luego con una banda cada vez más grande, forjábamos los distintos paquetes de Palabra que, al día siguiente, llegarían al Patria y un par de escuelas más, y el viernes –a través de las ligas amistosas de los MedinaMora- a una decena de instituciones educativas.
Palabra tuvo un papel muy activo en la vida estudiantil de ese año. Con un cuestionario, organizamos los debates de los aspirantes a dirigir la Sociedad de Alumnos, a la que luego criticamos. Criticamos profesores y actitudes. Impulsamos la votación para elegir presidente de la generación saliente. Organizamos un concurso literario (Trejo ganó en ensayo; Hermann, en poesía y yo en cuento; lo digo con pena, pero fue con toda legalidad), otro de carteles, una feria del libro y una serie de conferencias. Salvo las pláticas, todo tuvo un gran éxito.
También jugamos un papel importante cuando, en 1971, la Sociedad de Jesús decidió cerrar el Instituto Patria, con el argumento de que estaban faltando a su misión con los pobres (en corto, los jesuitas decían que era porque estaban reproduciendo la ideología burguesa). En esa circunstancia, fuimos la principal vía de información para estudiantes y padres de familia. También para los curas, porque levantamos una encuesta (censo, más bien) sobre las opiniones de los alumnos y sus padres acerca del programado cierre de la escuela.
En el camino que recorrió el periodiquito, aprendimos a negociar con los jesuitas, que eran bastante abiertos y de entrada no nos censuraban, pero que vivían con cierto miedo a los políticos y a sus superiores.
Como en aquel entonces, yo tengo una opinión más positiva que Raúl acerca del papel que jugó Palabra, a pesar de sus grandes limitaciones técnicas y de nuestra débil formación. Él siempre dijo que nos faltó ser más críticos y que, en ese sentido, no cumplimos cabalmente nuestra misión. Me queda la satisfacción de que, cuando al final de cursos, nos dieron un premio especial, el aplauso de los compañeros fue unánime, espontáneo y entusiasta.
Una de las cosas más representativas de ese año ferviente fue el periódico “Palabra”, órgano no oficial de los estudiantes del Instituto Patria. El año anterior, Palabra había estado de capa caída, porque todo lo hacía un solo alumno con vocación de periodista, Alfredo Domínguez Muro. Lo heredó una troika, formada por Raúl Trejo, Pablo Medina Mora y yo. Nuestro primer número fue una hojita de mimeógrafo, con un tiraje de 50 ejemplares. Llegamos a tirar números de doce páginas, con hojas de colores; mil 200 ejemplares, distribuidos en 13 escuelas. Fue muy divertido y formativo.
Pablo, Raúl y yo hicimos un buen equipo, en el que uno servía de equilibrio a los otros. Medina Mora era el clásico tipo popular, con amigos de todo tipo en todos los salones y en varias escuelas. Su principal tarea era la distribución. Los ejemplares se “encuadernaban” (palabra de Trejo, en realidad se engrapaban) en su casa. Pablo, además, hacía que el periodiquito fuera aceptado por todos, evitando pretensiones excesivas, ya que recordaba la necesidad de publicar algunas notas ñoñas. Trejo era el único que sabía medir los textos y su influencia era determinante para definir las prioridades, en la reunión de los martes después de clases, en la cual conveníamos el dummy de Palabra, que realizaba el propio Raúl. Era el más rígido adversario de los textos malos, que Pablo solía defender por razones “comerciales”. Yo me ponía del lado de Pablo, sobre todo si el texto lo firmaba alguna mujer. A mí me tocaba armar el periódico. Lo hacía en casa, tecleando, sin cinta, con mi máquina de escribir Olympia, sobre las hojas de stencil. Ahí hacía correcciones de ortografía (no siempre: una vez, por ejemplo se me chispó “emfermedad”), enmiendas de redacción, trabajo de edición (las mediciones de Trejo, sobre textos casi siempre escritos a mano eran buenas, pero no perfectas) y rellenado de espacios vacíos, cuando los había. También intentaba añadir un poco de humor. Invité a Víctor para que diseñara un logotipo y para que hiciera unas cuantas ilustraciones (como para las invitaciones a fiestas de paga, en las que no se nos ocurrió cobrar por la inserción).
Los martes por la tarde me la pasaba armando Palabra. Los miércoles en la mañana entregaba los stenciles a un señor que trabajaba en la escuela; recogía las hojas impresas a eso de las cinco de la tarde (pagábamos una pequeña cantidad por esa labor). De ahí me iba en camión, cargando en mi morral oaxaqueño los bonches de hojas, a casa de Pablo, en donde, en la medida en que fue creciendo el periódico, se fue armando una suerte de cadena de montaje para eliminar hojas mal impresas y para engraparlo. A menudo me quedaba a cenar ahí.
Si los Saddy representaban la familia “alternativa” de esa época, los Medina Mora eran como la familia tradicional perfecta para mis ojos. La formaban ocho hermanos (Pablo era el quinto) y sus padres católicos practicantes. Vivían en una casa grande, con muebles antiguos y cuadros oscuros con motivos religiosos. Pero había en esa casa una luminosidad alegre en los corazones. La unidad familiar y el cariño que se percibían podían más que las lógicas diferencias entre hermanos, las cuales eran tratadas de forma por demás civilizada. A menudo había amigos de visita, y las cenas en la gran mesa redonda (la comida se colocaba en un círculo giratorio en el centro) eran siempre amenas, así como los minicampeonatos de ping-pong. Pablo compartía su cuarto con un hermano mayor; en su escritorio siempre había una Coca familiar y, enfrente de su silla, un clavo solitario en el que Pablo “se clavaba” para meditar. Con su hermana, primero; y luego con una banda cada vez más grande, forjábamos los distintos paquetes de Palabra que, al día siguiente, llegarían al Patria y un par de escuelas más, y el viernes –a través de las ligas amistosas de los MedinaMora- a una decena de instituciones educativas.
Palabra tuvo un papel muy activo en la vida estudiantil de ese año. Con un cuestionario, organizamos los debates de los aspirantes a dirigir la Sociedad de Alumnos, a la que luego criticamos. Criticamos profesores y actitudes. Impulsamos la votación para elegir presidente de la generación saliente. Organizamos un concurso literario (Trejo ganó en ensayo; Hermann, en poesía y yo en cuento; lo digo con pena, pero fue con toda legalidad), otro de carteles, una feria del libro y una serie de conferencias. Salvo las pláticas, todo tuvo un gran éxito.
También jugamos un papel importante cuando, en 1971, la Sociedad de Jesús decidió cerrar el Instituto Patria, con el argumento de que estaban faltando a su misión con los pobres (en corto, los jesuitas decían que era porque estaban reproduciendo la ideología burguesa). En esa circunstancia, fuimos la principal vía de información para estudiantes y padres de familia. También para los curas, porque levantamos una encuesta (censo, más bien) sobre las opiniones de los alumnos y sus padres acerca del programado cierre de la escuela.
En el camino que recorrió el periodiquito, aprendimos a negociar con los jesuitas, que eran bastante abiertos y de entrada no nos censuraban, pero que vivían con cierto miedo a los políticos y a sus superiores.
Como en aquel entonces, yo tengo una opinión más positiva que Raúl acerca del papel que jugó Palabra, a pesar de sus grandes limitaciones técnicas y de nuestra débil formación. Él siempre dijo que nos faltó ser más críticos y que, en ese sentido, no cumplimos cabalmente nuestra misión. Me queda la satisfacción de que, cuando al final de cursos, nos dieron un premio especial, el aplauso de los compañeros fue unánime, espontáneo y entusiasta.
miércoles, noviembre 16, 2005
Piggies
H0y escuché por radio la batalla campal de lodo entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo. Mientras más mierda se echaban, más animados se les notaba. Esto me recordó un aforismo:
"Hace mucho que aprendí a no pelear con un cerdo. Te ensucias. Y, además, al cerdo le gusta."
Cyrus Ching.
"Hace mucho que aprendí a no pelear con un cerdo. Te ensucias. Y, además, al cerdo le gusta."
Cyrus Ching.
martes, noviembre 08, 2005
Diario de un Votante Indeciso I
Faltan ocho meses para las elecciones presidenciales y no sé por quien votaré. Utilizaré este espacio para algunas reflexiones.
Roberto Madrazo. En algún momento del sexenio me penetró una duda. ¿Votaría por el PRI? Al menos los priistas saben lo que quieren, están más preparados que los panistas y perredistas; además, tienen experiencia: saben tomar decisiones. Confieso que ver, desde adentro, la ineficiencia de los panuchos ("confunden nuestra pendejez con mala fe", frase histórica -a sabiendas de que "nuestra" no nos incluía- de mi compañero de trabajo, Arturo Ramos) me hizo titubear. Un priísta no se culea tanto, un priísta conoce el país, un priísta sabe escuchar a los expertos. A cambio, suele ser un campeón para el robo, la transa y mañas afines. Pensé entonces: tal vez sea un mal menor.
Luego de ver a Madrax y a Montiel en acción, las ñánaras me ganan. El mexiquense tenía a su favor una gestión exitosa en el Edomex, y -ya resignados- una gran proclividad al gasto publicitario, que heredó a su sucesor Peña Nieto. Que robara, todos lo sabíamos. Pero ver sus propiedades (o, típico, las propiedades a nombre de su familia), las megatransas superobvias (el Santuario de Valle de Bravo, propiedad en buena parte de la señora de Montiel, es uno de los lugares con mayor plusvalía en esta era de Acuario, luego de que el Dalai Lama afirmara que es una gran fuente de energía), sus nervios al responder al escándalo (¿qué más esconde?) y la facilidad con la que renunció (a cambio de la omertá siciliana), regresó en mi la sensación de asco.
¿Y quién le puso el cuatro? Roberto Madrazo, but of course. El que hizo un golpe de Estado dentro de su propio partido, para asegurar la candidatura. Si hizo un putsch interno, valiéndose de todas las mañas, para ser juez y parte, ahora que es dirigente de un partido en bancarrota, ¿qué no haría este supertransa de llegar a Los Pinos?
Felipe Calderón derrotó en las primarias panistas a Santiago Creel. Tras cuatro años y medio de trabajar para Creel en la Secretaría de Gobernación, el resultado me parece entendible. Creel es un convencido de la democracia, un hombre trabajador y una buena persona, pero esos valores no son suficientes para ganar una campaña (tampoco para gobernar). Bombón trabajó demasiado en función de sus aspiraciones a futuro, pero sin conocer a fondo a su partido (dicen que el amor es ciego, y creo que Creel ama al PAN), sin conocer a fondo sus propias debilidades personales (frivolidad, amiguismo, desconocimiento de la economía, vanidad, inteligencia limitada) y sin conocer en lo absoluto la realidad nacional. Calderón, en cambio, sí conoce a su partido y sabe lo que piden. Está dispuesto a cumplirlo, a mentir y a aliarse con el diablo en persona con tal de ganar la presidencia. Lo que pide su partido está muy a la derecha de lo que ha sido Fox (que ya es decir).
Aquí hay una contradicción: quiere aliarse con sectores menos conservadores, pero blandiendo los puntos de vista retrógados del panismo clásico. Además, Calderón carece de la cultura y de la gran inteligencia de su mentor Carlos Castillo Peraza.
En lo personal, me he topado dos veces con Calderón. En ambas me ha atacado personalmente, por razones facciosas, por mi relación con Crónica. Eso no me ha sucedido ni siquiera con los perredistas más recalcitrantes.
Más allá de lo personal, esa actitud revela una personalidad poco liberal. La que supone que quien no está de acuerdo con ella, es porque tiene una agenda en su contra. No me gusta imaginar una personalidad así en la Presidencia de la República.
Andrés Manuel López Obrador, lo saben hasta sus partidarios más cercanos, es un tipo peligroso. Poco respetuoso de la ley, a la que se ha pasado por el arco del triunfo (el típico que dice que la ley está bien mientras me convenga), autoritario (o "decisionista", según se le quiera ver), ha coqueteado con el chavismo y se ha aliado, entre otros, con lo peor del PRD y sus alrededores (Bejaranistas y Camachistas). Es moralino, no tiene sentido del humor y, en su libro, dedica apenas unas cuantas páginas superficiales al que debería ser un tema toral para un mandatario de izquierda: la relación con Estados Unidos.
Su autoritarismo y su suficiencia preocupan, porque da la impresión de ser una persona que difícilmente acepta sus errores.
A cambio, ha sido un hombre de obras, interesado -a su manera interesada- en el bienestar de la gente. Un tipo que, aunque sea siempre buscando agua para su molino político, sabe escuchar. Es hábil, es listo y le gusta el beisbol. Parecen virtudes insuficientes.
No creo que AMLO, si gana, vaya a incendiar la pradera. Me preocupa más si pierde.
Bernardo de la Garza. Dicen los que lo conocen que es de las personas pensantes del PVEM, si no es que la única. Eso, por supuesto, no basta para pensar en serio en él: de seguro catafixiará su candidatura para que sus amigos del Verde sigan teniendo huesos.
Jorge Castañeda es un tipo listo y ambicioso como Andrés Manuel, sólo que más culto y con una visión más realista del papel de México en el mundo. Ahí se acaban sus gracias. Desde su amistad con Elba Esther, hasta sus caprichos y veleidades, pasando por la obsesión de quedar bien con los gringos, El Güero tiene características que hacen dudar a cualquiera. Además, no tiene partido. Bajo las condiciones del sistema mexicano, eso es garantía de que no podría gobernar.
Patricia Mercado ha abanderado causas con las que simpatizo. Coincido en la necesidad de formar en el país una alternativa socialdemócrata. Coincido en la necesidad de reformas económicas estructurales, en el cuidado de las libertades individuales y la cultura de respeto a la diversidad. Sin embargo, en su partido hay un tufo a vieja, muy vieja izquierda minoritaria. Y además, está el chisme de que anduvo con Marcelo Ebrard (yuck!).
Dicen los franceses que el sistema de segunda vuelta es muy bueno, porque en la primera votas por el candidato que quieres; y en la segunda, votas en contra del candidato que no quieres. Desgraciadamente, en México sólo hay una vuelta. Así las cosas, decidiré mi voto dependiendo de cómo se realicen las campañas y se muevan las encuestas.
En este momento López Obrador va tranquilo a la cabeza con 39% de la intención de voto, a diez puntos porcentuales del competidor más cercano. Estoy seguro de que las cosas se moverán (algún candidato se desplomará y será competencia de dos). Mientras tanto, si llega un encuestador y me pregunta: "¿Por quién votarías si las elecciones fueran hoy", respondería, sin convicción, que por Patricia Mercado.
Ya veremos después qué pienso.
Roberto Madrazo. En algún momento del sexenio me penetró una duda. ¿Votaría por el PRI? Al menos los priistas saben lo que quieren, están más preparados que los panistas y perredistas; además, tienen experiencia: saben tomar decisiones. Confieso que ver, desde adentro, la ineficiencia de los panuchos ("confunden nuestra pendejez con mala fe", frase histórica -a sabiendas de que "nuestra" no nos incluía- de mi compañero de trabajo, Arturo Ramos) me hizo titubear. Un priísta no se culea tanto, un priísta conoce el país, un priísta sabe escuchar a los expertos. A cambio, suele ser un campeón para el robo, la transa y mañas afines. Pensé entonces: tal vez sea un mal menor.
Luego de ver a Madrax y a Montiel en acción, las ñánaras me ganan. El mexiquense tenía a su favor una gestión exitosa en el Edomex, y -ya resignados- una gran proclividad al gasto publicitario, que heredó a su sucesor Peña Nieto. Que robara, todos lo sabíamos. Pero ver sus propiedades (o, típico, las propiedades a nombre de su familia), las megatransas superobvias (el Santuario de Valle de Bravo, propiedad en buena parte de la señora de Montiel, es uno de los lugares con mayor plusvalía en esta era de Acuario, luego de que el Dalai Lama afirmara que es una gran fuente de energía), sus nervios al responder al escándalo (¿qué más esconde?) y la facilidad con la que renunció (a cambio de la omertá siciliana), regresó en mi la sensación de asco.
¿Y quién le puso el cuatro? Roberto Madrazo, but of course. El que hizo un golpe de Estado dentro de su propio partido, para asegurar la candidatura. Si hizo un putsch interno, valiéndose de todas las mañas, para ser juez y parte, ahora que es dirigente de un partido en bancarrota, ¿qué no haría este supertransa de llegar a Los Pinos?
Felipe Calderón derrotó en las primarias panistas a Santiago Creel. Tras cuatro años y medio de trabajar para Creel en la Secretaría de Gobernación, el resultado me parece entendible. Creel es un convencido de la democracia, un hombre trabajador y una buena persona, pero esos valores no son suficientes para ganar una campaña (tampoco para gobernar). Bombón trabajó demasiado en función de sus aspiraciones a futuro, pero sin conocer a fondo a su partido (dicen que el amor es ciego, y creo que Creel ama al PAN), sin conocer a fondo sus propias debilidades personales (frivolidad, amiguismo, desconocimiento de la economía, vanidad, inteligencia limitada) y sin conocer en lo absoluto la realidad nacional. Calderón, en cambio, sí conoce a su partido y sabe lo que piden. Está dispuesto a cumplirlo, a mentir y a aliarse con el diablo en persona con tal de ganar la presidencia. Lo que pide su partido está muy a la derecha de lo que ha sido Fox (que ya es decir).
Aquí hay una contradicción: quiere aliarse con sectores menos conservadores, pero blandiendo los puntos de vista retrógados del panismo clásico. Además, Calderón carece de la cultura y de la gran inteligencia de su mentor Carlos Castillo Peraza.
En lo personal, me he topado dos veces con Calderón. En ambas me ha atacado personalmente, por razones facciosas, por mi relación con Crónica. Eso no me ha sucedido ni siquiera con los perredistas más recalcitrantes.
Más allá de lo personal, esa actitud revela una personalidad poco liberal. La que supone que quien no está de acuerdo con ella, es porque tiene una agenda en su contra. No me gusta imaginar una personalidad así en la Presidencia de la República.
Andrés Manuel López Obrador, lo saben hasta sus partidarios más cercanos, es un tipo peligroso. Poco respetuoso de la ley, a la que se ha pasado por el arco del triunfo (el típico que dice que la ley está bien mientras me convenga), autoritario (o "decisionista", según se le quiera ver), ha coqueteado con el chavismo y se ha aliado, entre otros, con lo peor del PRD y sus alrededores (Bejaranistas y Camachistas). Es moralino, no tiene sentido del humor y, en su libro, dedica apenas unas cuantas páginas superficiales al que debería ser un tema toral para un mandatario de izquierda: la relación con Estados Unidos.
Su autoritarismo y su suficiencia preocupan, porque da la impresión de ser una persona que difícilmente acepta sus errores.
A cambio, ha sido un hombre de obras, interesado -a su manera interesada- en el bienestar de la gente. Un tipo que, aunque sea siempre buscando agua para su molino político, sabe escuchar. Es hábil, es listo y le gusta el beisbol. Parecen virtudes insuficientes.
No creo que AMLO, si gana, vaya a incendiar la pradera. Me preocupa más si pierde.
Bernardo de la Garza. Dicen los que lo conocen que es de las personas pensantes del PVEM, si no es que la única. Eso, por supuesto, no basta para pensar en serio en él: de seguro catafixiará su candidatura para que sus amigos del Verde sigan teniendo huesos.
Jorge Castañeda es un tipo listo y ambicioso como Andrés Manuel, sólo que más culto y con una visión más realista del papel de México en el mundo. Ahí se acaban sus gracias. Desde su amistad con Elba Esther, hasta sus caprichos y veleidades, pasando por la obsesión de quedar bien con los gringos, El Güero tiene características que hacen dudar a cualquiera. Además, no tiene partido. Bajo las condiciones del sistema mexicano, eso es garantía de que no podría gobernar.
Patricia Mercado ha abanderado causas con las que simpatizo. Coincido en la necesidad de formar en el país una alternativa socialdemócrata. Coincido en la necesidad de reformas económicas estructurales, en el cuidado de las libertades individuales y la cultura de respeto a la diversidad. Sin embargo, en su partido hay un tufo a vieja, muy vieja izquierda minoritaria. Y además, está el chisme de que anduvo con Marcelo Ebrard (yuck!).
Dicen los franceses que el sistema de segunda vuelta es muy bueno, porque en la primera votas por el candidato que quieres; y en la segunda, votas en contra del candidato que no quieres. Desgraciadamente, en México sólo hay una vuelta. Así las cosas, decidiré mi voto dependiendo de cómo se realicen las campañas y se muevan las encuestas.
En este momento López Obrador va tranquilo a la cabeza con 39% de la intención de voto, a diez puntos porcentuales del competidor más cercano. Estoy seguro de que las cosas se moverán (algún candidato se desplomará y será competencia de dos). Mientras tanto, si llega un encuestador y me pregunta: "¿Por quién votarías si las elecciones fueran hoy", respondería, sin convicción, que por Patricia Mercado.
Ya veremos después qué pienso.
viernes, octubre 28, 2005
Viñetas de San Diego
A fines de agosto estuve en San Diego, con mi cuate Robert, alias Craven de Kere. Estas son algunas impresiones de la ciudad.
Bajo el calor californiano, junto a la playa de Belmont, está la montaña rusa más vieja del mundo. Los maderos truenan al paso del cochecito. Es uno entre muchos parques de atracciones de la ciudad, cada uno con su montaña rusa, sus puestos de algodón azul de azúcar y cheap thrills al mayoreo.
Por la calle, junto a uno de los bares que está enfrente del parque de diversiones, pasan las rubísimas chicas bronceadas. California girls. Dice Craven que se aburrió rápido de verlas. La mesera, en cambio, se parece a Sandra Bullock.
Es cada vez más difícil, lo compruebo, disfrutar de una comida verdadera fuera de casa, en San Diego. El imperio abrumador del fast food que es, antes que nada, fake food. Simulacros de comida en simulacros de restaurante, con mucha harina, mucha sal y mucha, pero mucha azúcar.
La ciudad duerme temprano. Después de las nueve de la noche, encontrar abierto un restaurante que no sea de comida rápida puede convertirse en una odisea, absolutamente imposible de recorrer sin un automóvil.
Será por el tipo de turismo (el zoológico, Seaworld, las playas), pero San Diego es, a los ojos del visitante, tierra de niños, de cristianas familias numerosas, con sonrisas Kodak a toda prueba. Tan grandes, tan nucleares y tan risueñas, que parecen venir de los años sesenta. Son grandes consumidores de fast food.
Se ve que es una ciudad rica, aún para los estándares de Estados Unidos. Una ciudad de barrios bajos que no lo son. Dicen que estás en el slum y no lo crees. No es el de Houston, Nueva York o St. Louis. Son clasemedieros disfrazados de pobres.
Es una ciudad atravesada por un bosque, que los pobladores han sabido respetar a lo largo de las décadas. Una ciudad que, por sapiencia, planeación o suerte, no parece haber sido atravesada por la especulación inmobiliaria. Una ciudad sin peatones, salvo por un estrecho espacio del centro. A pie se hace jogging, no se va de un lugar a otro.
El zoológico, mundialmente famoso, vale el boleto, el largo ascenso a la zona africana y los recorridos por los diferentes vericuetos. Vi animales cuya existencia desconocía. Bueyes gigantes, okapis, ofidios de todos los tamaños y colores imaginables, un kiwi al que le inventan una noche americana para que podamos husmear. Vi koalas, canguros y puercos de Borneo. Hipopótamos desde el fondo del estanque. Monos chilladores y gorilas en pose de estatua de Rodin. Pero el mejor lugar son los aviarios. Enormes, de jaulas elevadísimas, con senderos por los que el visitante transita, o se sienta a escuchar los sonidos de los diversos pájaros que creen que están en su hábitat, que son libres y que el mundo les ofrece, opíparo, sus bondades. Por un instante, el visitante también se siente en la selva, hasta que voltea y una reja lo delata.
Otra atracción es el Parque Balboa, que a ojos vista es el centro de una ciudad colonial mexicana con espacios abiertos muy gringos. Pero es una antigüedad falsa, hecha para una exposición mundial en los años treinta. Es un set hollywoodiano con catedral falsa, casitas típicas falsas, ayuntamiento falso. El parque tiene varios museos (de ciencias, de deporte, de botánica). En uno de ellos, el Museo del Hombre, se monta una exposición con estelas mayas (copias), momias egipcias (verdaderas, pero en sarcófago de imitación), unos tejidos interesantes de etnias panameñas y un espacio para los indígenas originales de la región, que –por lo visto- estaban demasiado atrasados para ser considerados chichimecas.
La insistencia en esta pobre tribu me hace pensar en la obsesión de tener una raíz propia, californianiana y no mexicana, porque Balboa, aunque bonito, da la sensación de ser un intento monumental de presentar una historia robada.
Esa misma sensación se percibe en la visita al Pueblo Viejo, que guarda lo más representativo del primer asentamiento en San Diego. Allí están, de entre lo relevante, la catedral verdadera, la vieja escuela de una sola aula (en ella, las fotos de los maestros, las distintas banderas que han ondeado en California y el código de conducta de hace 140 años, que especificaba con claridad el número de latigazos por travesura, y la más castigada era jugar con naipes), la que fue estación de Wells Fargo (me quedó claro, al fin, que Juárez viajaba en carroza de gran lujo) y el viejo cementerio, donde descansan los restos, entre otros, de José Estudillo, fundador de la ciudad. Todo, en medio de restaurantes supuestamente mexicanos, casas solariegas de patio interior y casas más pequeñas, parecidísimas a las que forman, hoy en día, el centro de Mexicali. Pequeños museos –todos privados, por supuesto, el museo público es una especie en extinción en Estados Unidos-, tiendas de souvenirs y un ambiente como de Oestelandia.
Pasando el Pueblo Viejo hay un “sendero histórico”, bastante empinado y bueno para hacer ejercicio. Durante la subida voy reconociendo plantas, olores, la misma tierra, y siento profundamente –a diferencia de San Francisco, a diferencia de Anaheim, a diferencia de Texas y de Albuquerque- que es mi tierra, tierra mexicana que nos fue robada.
En la cima hay dos monumentos. En uno ondea la bandera de las barras y las estrellas, en homenaje a una brigada mormona, que fue traída a defender el lugar para Estados Unidos, a cambio de tolerancia religiosa. Desde ahí se divisan los nudos del freeway.
El otro está a un costado de un amplio parque en el que las familias hacen día de campo. Es Miguel Hidalgo, lo reconozco. Pero lo que se lee muy claramente en la placa es el nombre del presidente que hizo la donación del pueblo mexicano al pueblo de los Estados Unidos: Gustavo Díaz Ordaz.
Redescubro en San Diego que los gringos de verdad se divierten comprando. Es parte integral de su felicidad. Para ellos un mall, como un parque de atracciones, es un lugar divertido y feliz (que en su visión vendrían a ser la misma cosa).
Petco Park, el parque de beisbol, es también un gran mall. Limpio, amplio, abierto a tus dólares. Es también un lugar en el que se ve que los gringos tienen perfectamente desarrollado el sentido del espectáculo popular. Encuentran la manera de mantener siempre interesado al espectador: hay un ritmo paralelo al del partido, el espacio entre innings se hace pequeñito con la ayuda de la gran pantalla y sus patrocinadores (Bimbo incluido). Hay continuidad en la diversión, se cumple el precepto de que no haya un minuto sin nada que ofrecerte (a fin de cuentas, para que no haya un minuto para ti mismo, en el que disfrutes el simple hecho de ser y de ver y sentir el campo de juego).
“En este lugar se permite la emisión de sustancias tóxicas conocidas por provocar cáncer y bajo peso al nacer”, dice un aviso cincelado en la puerta de vidrio del hotel. Es la manera californiana de decir: “aquí se permite fumar en algunas áreas”.
Sin embargo la gente fuma, y mucho, cuando va de un lugar a otro. Consume toda la nicotina que puede mientras es legal, para aguantar el rato que tendrá que estar sin ella. La criminalización del tabaco continuará: es posible que en el mediano plazo se prohiba fumar en las calles californianas.
La Jolla parece caro. Seguramente es más caro de lo que parece. Craven y yo rondamos por las vitrinas de las galerías de arte: cosas bonitas, aunque muy poco arte. Buen tema para una discusión especiosa, envuelta en humo. El conoce un lugar desde donde hay una vista espectacular de la bahía de San Diego. Casas casi tan espectaculares, de grandes ventanales, están a nuestras espaldas. Noto que, si llevamos la vista más allá, apenas cruzando el puente, está una realidad completamente diferente: Tijuana, México.
Bajo el calor californiano, junto a la playa de Belmont, está la montaña rusa más vieja del mundo. Los maderos truenan al paso del cochecito. Es uno entre muchos parques de atracciones de la ciudad, cada uno con su montaña rusa, sus puestos de algodón azul de azúcar y cheap thrills al mayoreo.
Por la calle, junto a uno de los bares que está enfrente del parque de diversiones, pasan las rubísimas chicas bronceadas. California girls. Dice Craven que se aburrió rápido de verlas. La mesera, en cambio, se parece a Sandra Bullock.
Es cada vez más difícil, lo compruebo, disfrutar de una comida verdadera fuera de casa, en San Diego. El imperio abrumador del fast food que es, antes que nada, fake food. Simulacros de comida en simulacros de restaurante, con mucha harina, mucha sal y mucha, pero mucha azúcar.
La ciudad duerme temprano. Después de las nueve de la noche, encontrar abierto un restaurante que no sea de comida rápida puede convertirse en una odisea, absolutamente imposible de recorrer sin un automóvil.
Será por el tipo de turismo (el zoológico, Seaworld, las playas), pero San Diego es, a los ojos del visitante, tierra de niños, de cristianas familias numerosas, con sonrisas Kodak a toda prueba. Tan grandes, tan nucleares y tan risueñas, que parecen venir de los años sesenta. Son grandes consumidores de fast food.
Se ve que es una ciudad rica, aún para los estándares de Estados Unidos. Una ciudad de barrios bajos que no lo son. Dicen que estás en el slum y no lo crees. No es el de Houston, Nueva York o St. Louis. Son clasemedieros disfrazados de pobres.
Es una ciudad atravesada por un bosque, que los pobladores han sabido respetar a lo largo de las décadas. Una ciudad que, por sapiencia, planeación o suerte, no parece haber sido atravesada por la especulación inmobiliaria. Una ciudad sin peatones, salvo por un estrecho espacio del centro. A pie se hace jogging, no se va de un lugar a otro.
El zoológico, mundialmente famoso, vale el boleto, el largo ascenso a la zona africana y los recorridos por los diferentes vericuetos. Vi animales cuya existencia desconocía. Bueyes gigantes, okapis, ofidios de todos los tamaños y colores imaginables, un kiwi al que le inventan una noche americana para que podamos husmear. Vi koalas, canguros y puercos de Borneo. Hipopótamos desde el fondo del estanque. Monos chilladores y gorilas en pose de estatua de Rodin. Pero el mejor lugar son los aviarios. Enormes, de jaulas elevadísimas, con senderos por los que el visitante transita, o se sienta a escuchar los sonidos de los diversos pájaros que creen que están en su hábitat, que son libres y que el mundo les ofrece, opíparo, sus bondades. Por un instante, el visitante también se siente en la selva, hasta que voltea y una reja lo delata.
Otra atracción es el Parque Balboa, que a ojos vista es el centro de una ciudad colonial mexicana con espacios abiertos muy gringos. Pero es una antigüedad falsa, hecha para una exposición mundial en los años treinta. Es un set hollywoodiano con catedral falsa, casitas típicas falsas, ayuntamiento falso. El parque tiene varios museos (de ciencias, de deporte, de botánica). En uno de ellos, el Museo del Hombre, se monta una exposición con estelas mayas (copias), momias egipcias (verdaderas, pero en sarcófago de imitación), unos tejidos interesantes de etnias panameñas y un espacio para los indígenas originales de la región, que –por lo visto- estaban demasiado atrasados para ser considerados chichimecas.
La insistencia en esta pobre tribu me hace pensar en la obsesión de tener una raíz propia, californianiana y no mexicana, porque Balboa, aunque bonito, da la sensación de ser un intento monumental de presentar una historia robada.
Esa misma sensación se percibe en la visita al Pueblo Viejo, que guarda lo más representativo del primer asentamiento en San Diego. Allí están, de entre lo relevante, la catedral verdadera, la vieja escuela de una sola aula (en ella, las fotos de los maestros, las distintas banderas que han ondeado en California y el código de conducta de hace 140 años, que especificaba con claridad el número de latigazos por travesura, y la más castigada era jugar con naipes), la que fue estación de Wells Fargo (me quedó claro, al fin, que Juárez viajaba en carroza de gran lujo) y el viejo cementerio, donde descansan los restos, entre otros, de José Estudillo, fundador de la ciudad. Todo, en medio de restaurantes supuestamente mexicanos, casas solariegas de patio interior y casas más pequeñas, parecidísimas a las que forman, hoy en día, el centro de Mexicali. Pequeños museos –todos privados, por supuesto, el museo público es una especie en extinción en Estados Unidos-, tiendas de souvenirs y un ambiente como de Oestelandia.
Pasando el Pueblo Viejo hay un “sendero histórico”, bastante empinado y bueno para hacer ejercicio. Durante la subida voy reconociendo plantas, olores, la misma tierra, y siento profundamente –a diferencia de San Francisco, a diferencia de Anaheim, a diferencia de Texas y de Albuquerque- que es mi tierra, tierra mexicana que nos fue robada.
En la cima hay dos monumentos. En uno ondea la bandera de las barras y las estrellas, en homenaje a una brigada mormona, que fue traída a defender el lugar para Estados Unidos, a cambio de tolerancia religiosa. Desde ahí se divisan los nudos del freeway.
El otro está a un costado de un amplio parque en el que las familias hacen día de campo. Es Miguel Hidalgo, lo reconozco. Pero lo que se lee muy claramente en la placa es el nombre del presidente que hizo la donación del pueblo mexicano al pueblo de los Estados Unidos: Gustavo Díaz Ordaz.
Redescubro en San Diego que los gringos de verdad se divierten comprando. Es parte integral de su felicidad. Para ellos un mall, como un parque de atracciones, es un lugar divertido y feliz (que en su visión vendrían a ser la misma cosa).
Petco Park, el parque de beisbol, es también un gran mall. Limpio, amplio, abierto a tus dólares. Es también un lugar en el que se ve que los gringos tienen perfectamente desarrollado el sentido del espectáculo popular. Encuentran la manera de mantener siempre interesado al espectador: hay un ritmo paralelo al del partido, el espacio entre innings se hace pequeñito con la ayuda de la gran pantalla y sus patrocinadores (Bimbo incluido). Hay continuidad en la diversión, se cumple el precepto de que no haya un minuto sin nada que ofrecerte (a fin de cuentas, para que no haya un minuto para ti mismo, en el que disfrutes el simple hecho de ser y de ver y sentir el campo de juego).
“En este lugar se permite la emisión de sustancias tóxicas conocidas por provocar cáncer y bajo peso al nacer”, dice un aviso cincelado en la puerta de vidrio del hotel. Es la manera californiana de decir: “aquí se permite fumar en algunas áreas”.
Sin embargo la gente fuma, y mucho, cuando va de un lugar a otro. Consume toda la nicotina que puede mientras es legal, para aguantar el rato que tendrá que estar sin ella. La criminalización del tabaco continuará: es posible que en el mediano plazo se prohiba fumar en las calles californianas.
La Jolla parece caro. Seguramente es más caro de lo que parece. Craven y yo rondamos por las vitrinas de las galerías de arte: cosas bonitas, aunque muy poco arte. Buen tema para una discusión especiosa, envuelta en humo. El conoce un lugar desde donde hay una vista espectacular de la bahía de San Diego. Casas casi tan espectaculares, de grandes ventanales, están a nuestras espaldas. Noto que, si llevamos la vista más allá, apenas cruzando el puente, está una realidad completamente diferente: Tijuana, México.
lunes, octubre 24, 2005
Biopics: Miami y la Boda de Martha
En ese verano del 70 ocurrieron otras cosas. Una es que nos cambiamos de casa. Fue todo menos dramático. Nos pasamos a Milton 45, a dos casas de donde vivíamos. El grueso de la mudanza fue hecho por los vecinos. Parecíamos hormiguitas yendo en fila de una casa a la otra con algo cargado. Sin duda, en aquella época, la Anzures tenía todavía alma de barrio.
La otra noticia fue que se casaba Martha, mi media hermana. La boda era en Miami, y yo iría “a entregarla”, en representación de mi papá (quien no podía ver a la mamá de Martha ni en pintura). Lo curioso es que mi mamá y mi hermano fueron conmigo.
En migración, el agente gringo se la armó de pedo a mi mamá. Supongo que porque tenía pasaporte cubano y no había puesto dirección a la que llegaría. Mi mamá se puso a temblar y a intentar sacar, entre los papelitos de su desordenadísima bolsa, alguno que tuviera la dirección de algún familiar lejano. Yo le increpé al agente que hubiera puesto así a mi mamá, que era una persona decente. Le dije que nos íbamos a quedar con el señor Frank Campos, gerente de Avis Rent-a-Car en Miami, quien nos estaba esperando a la salida. Le pedí que pusiera el nombre de referencia y la compañía. El gringo así lo hizo. Eran otros tiempos.
Eso no quita que, al igual que mi mamá, yo le tenga una gran aversión a los trámites burocráticos. Como a ella, me mortifican muchísimo. Los hago de malas, y siempre los pospongo hasta que de plano no queda de otra. Lo peor es que los tengo siempre presentes. Vivo eternamente con el pendiente del trámite que no he hecho. Con la sensación de culpa por no haberlo realizado, con el temor de que algo terrible va a suceder por mi omisión y con el enojo de sentir que cada trámite es una carga injusta sobre la humanidad. Esta sensación sólo se compara con su equivalente: cuando termino un trámite siento que me embarga levemente la felicidad y yo mismo me siento leve. Supongo que es algo hereditario, porque mi mamá se ponía peor que yo y mi papá de plano les tenía una fobia total.
En Miami nos quedamos en casa de los Campos. Janette, a quien trajo su papá desde Boca Ratón, se quedó en casa de mi hermana. Los Saddy regresarían a México, porque el señor se había asociado con unos inversionistas mexicanos para hacer una empresa de cosméticos vendidos de casa en casa. El nombre de la línea de cosméticos era Laura Elizabeth, el mismo de su hija menor.
En Miami hacía mucho calor. Pero también una suerte de frío, que encontró mi mamá, al buscar a algunas personas, refugiados cubanos que vivían en la ciudad. Sucedía que respondían los hijos o los nietos, quienes afirmaban no saber español. O que visitaba a las personas, y éstas se la pasaban hablando mal de los que se habían quedado en la isla, y mal de los que habían hecho más dinero, y mal de los vecinos, y mal de Estados Unidos.
La mejor conversación a la que yo asistí durante ese viaje, fue a la que tuvo mi mamá con su mejor amiga de la facultad, Clara Luz Martí (pronúnciese Clara Lu’ Madtí). Clara Luz era famosa por su lenguaje barroco (entre cubanos significa que era barroca entre los barrocos). El ejemplo más preclaro de dicho lenguaje fue una vez que fue con mi mamá a visitar a un profesor que estaba enfermo. Cuando llegaron a la casa del maestro, un perro las recibió a ladridos y Clara Luz exclamó: “¡Poned coto a la furia de ese can!”
Clara Luz era hija y nieta de maestras de escuela y, durante su estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, decía insistentemente que no quería terminar como ellas, que no iba a ser “la Maestra Ciruela”. Era muy brillante, y para el triunfo de la Revolución, ya era jueza. La Revolución la dejó sin trabajo y decidió emigrar a Miami. Allí empezó siendo afanadora de hotel. Cuando tuvo algo de dinero, pudo traer al marido, quien era, a decir suyo, un hombre muy guapo, que había trabajado de detective privado (a su descripción, me imaginaba un Sam Spade de guayabera y bigotito recortado). Ella ya había subido de puesto y le consiguió el de afanador del hotel. El hombre dijo que aquello era una bajeza para su categoría y no quiso trabajar. Se divorciaron y Clara Luz siguió luchando por cuenta propia. Nunca más se casó. Cuando platicamos con ella era maestra de High School. “Ya ven, fui cautiva del destino: la Maestra Ciruela”.
En otra ocasión, fuimos a la playa con los Campos. Tomamos dos mesas para el picnic. Una mujer cubana, que llegó horas después, nos pidió que desalojáramos una para ellos. Le dijimos que éramos dos familias (y sí, éramos un montón para mesas tamaño familia nuclear). Después de comer, pensamos en quedarnos con una sola, y dejárselas, pero unos gringos se adelantaron y la tomaron. Entonces vino la mujer a reclamarnos: “Por eso perdimos nuestra patria”, dijo. Mi mamá le respondió: “Yo ya tengo mi patria adoptiva”. Aída Campos la siguió: “Yo también”. En los ojos de aquella mujer se advirtió que no entendía: se había topado con dos cubanas en Miami, y ninguna era refugiada.
Fuimos al ensayo de la boda y después a una cena íntima, donde conocimos más de cerca a Mario, el futuro esposo de Martha. Eran una extraña pareja: él, regordete, artificioso y afectado; ella, como una niña, muy delgada, con brackets, sin figura de mujer. “Martha tiene el cuerpo así porque es maestra de baile”, pensé.
Alcancé a escuchar a Edgar, mi hermano, cuchichearle en voz audible a mi mamá: “¡Mamá, mi hermana se va a casar con un maricón!”, y a ella responderle: “¡Cállate, niño!”. Ya en casa de los Campos, mi mamá me preguntó qué me parecía el novio. Entendí su preocupación y le dije: “Pues se ve amanerado, pero seguro que ya se acostaron. Estamos en Estados Unidos”. Ella respiró con tranquilidad.
La ceremonia estuvo equis. Lo rico fue la pachanga, amenizada por la Sagüesera Bugalú, que llevaba ese nombre por South West Miami, por supuesto. Al día siguiente, medio crudos y a punto de tomar el avión, recibimos las llamadas lagrimosas de algunas viejecitas a las que hijos y nietas habían negado. Ya no había tiempo de verlas.
Llegando a México, nos recibe mi papá. Lo primero que le dice Edgar es: “¡Papá, mi hermana se casó con un maricón!”. Lo primero que le responde mi papá es “¡Cállate, niño!”, pero más tarde nos pregunta acerca del novio. Le decimos que es amanerado, pero no homosexual. Se queda inquieto.
Un año después nos visitarían Mario y Martita. Whiskey en mano, en la sala de la casa, Mario habló hasta por los codos (recuerdo vagamente algo acerca de lanchas de motor, creo que él era vendedor). Esa noche, al irnos a dormir, mi papá nos reprendió a mi mamá y a mí: “Ustedes son unos groseros. Apenas ven una persona educada, y ya dicen que es homosexual”. Le había encantado el yerno.
No por mucho. Apenas había pasado otro año cuando mi mamá recibió una afligida llamada de Martita, pidiendo consejo. La recomendación fue que se divorciara. Aquel hombre tenía novio y llevaba meses sin tocarla. Edgar había tenido razón desde el principio.

Un servidor, la novia, mi mamá y Edgar, el niño con visión
La otra noticia fue que se casaba Martha, mi media hermana. La boda era en Miami, y yo iría “a entregarla”, en representación de mi papá (quien no podía ver a la mamá de Martha ni en pintura). Lo curioso es que mi mamá y mi hermano fueron conmigo.
En migración, el agente gringo se la armó de pedo a mi mamá. Supongo que porque tenía pasaporte cubano y no había puesto dirección a la que llegaría. Mi mamá se puso a temblar y a intentar sacar, entre los papelitos de su desordenadísima bolsa, alguno que tuviera la dirección de algún familiar lejano. Yo le increpé al agente que hubiera puesto así a mi mamá, que era una persona decente. Le dije que nos íbamos a quedar con el señor Frank Campos, gerente de Avis Rent-a-Car en Miami, quien nos estaba esperando a la salida. Le pedí que pusiera el nombre de referencia y la compañía. El gringo así lo hizo. Eran otros tiempos.
Eso no quita que, al igual que mi mamá, yo le tenga una gran aversión a los trámites burocráticos. Como a ella, me mortifican muchísimo. Los hago de malas, y siempre los pospongo hasta que de plano no queda de otra. Lo peor es que los tengo siempre presentes. Vivo eternamente con el pendiente del trámite que no he hecho. Con la sensación de culpa por no haberlo realizado, con el temor de que algo terrible va a suceder por mi omisión y con el enojo de sentir que cada trámite es una carga injusta sobre la humanidad. Esta sensación sólo se compara con su equivalente: cuando termino un trámite siento que me embarga levemente la felicidad y yo mismo me siento leve. Supongo que es algo hereditario, porque mi mamá se ponía peor que yo y mi papá de plano les tenía una fobia total.
En Miami nos quedamos en casa de los Campos. Janette, a quien trajo su papá desde Boca Ratón, se quedó en casa de mi hermana. Los Saddy regresarían a México, porque el señor se había asociado con unos inversionistas mexicanos para hacer una empresa de cosméticos vendidos de casa en casa. El nombre de la línea de cosméticos era Laura Elizabeth, el mismo de su hija menor.
En Miami hacía mucho calor. Pero también una suerte de frío, que encontró mi mamá, al buscar a algunas personas, refugiados cubanos que vivían en la ciudad. Sucedía que respondían los hijos o los nietos, quienes afirmaban no saber español. O que visitaba a las personas, y éstas se la pasaban hablando mal de los que se habían quedado en la isla, y mal de los que habían hecho más dinero, y mal de los vecinos, y mal de Estados Unidos.
La mejor conversación a la que yo asistí durante ese viaje, fue a la que tuvo mi mamá con su mejor amiga de la facultad, Clara Luz Martí (pronúnciese Clara Lu’ Madtí). Clara Luz era famosa por su lenguaje barroco (entre cubanos significa que era barroca entre los barrocos). El ejemplo más preclaro de dicho lenguaje fue una vez que fue con mi mamá a visitar a un profesor que estaba enfermo. Cuando llegaron a la casa del maestro, un perro las recibió a ladridos y Clara Luz exclamó: “¡Poned coto a la furia de ese can!”
Clara Luz era hija y nieta de maestras de escuela y, durante su estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, decía insistentemente que no quería terminar como ellas, que no iba a ser “la Maestra Ciruela”. Era muy brillante, y para el triunfo de la Revolución, ya era jueza. La Revolución la dejó sin trabajo y decidió emigrar a Miami. Allí empezó siendo afanadora de hotel. Cuando tuvo algo de dinero, pudo traer al marido, quien era, a decir suyo, un hombre muy guapo, que había trabajado de detective privado (a su descripción, me imaginaba un Sam Spade de guayabera y bigotito recortado). Ella ya había subido de puesto y le consiguió el de afanador del hotel. El hombre dijo que aquello era una bajeza para su categoría y no quiso trabajar. Se divorciaron y Clara Luz siguió luchando por cuenta propia. Nunca más se casó. Cuando platicamos con ella era maestra de High School. “Ya ven, fui cautiva del destino: la Maestra Ciruela”.
En otra ocasión, fuimos a la playa con los Campos. Tomamos dos mesas para el picnic. Una mujer cubana, que llegó horas después, nos pidió que desalojáramos una para ellos. Le dijimos que éramos dos familias (y sí, éramos un montón para mesas tamaño familia nuclear). Después de comer, pensamos en quedarnos con una sola, y dejárselas, pero unos gringos se adelantaron y la tomaron. Entonces vino la mujer a reclamarnos: “Por eso perdimos nuestra patria”, dijo. Mi mamá le respondió: “Yo ya tengo mi patria adoptiva”. Aída Campos la siguió: “Yo también”. En los ojos de aquella mujer se advirtió que no entendía: se había topado con dos cubanas en Miami, y ninguna era refugiada.
Fuimos al ensayo de la boda y después a una cena íntima, donde conocimos más de cerca a Mario, el futuro esposo de Martha. Eran una extraña pareja: él, regordete, artificioso y afectado; ella, como una niña, muy delgada, con brackets, sin figura de mujer. “Martha tiene el cuerpo así porque es maestra de baile”, pensé.
Alcancé a escuchar a Edgar, mi hermano, cuchichearle en voz audible a mi mamá: “¡Mamá, mi hermana se va a casar con un maricón!”, y a ella responderle: “¡Cállate, niño!”. Ya en casa de los Campos, mi mamá me preguntó qué me parecía el novio. Entendí su preocupación y le dije: “Pues se ve amanerado, pero seguro que ya se acostaron. Estamos en Estados Unidos”. Ella respiró con tranquilidad.
La ceremonia estuvo equis. Lo rico fue la pachanga, amenizada por la Sagüesera Bugalú, que llevaba ese nombre por South West Miami, por supuesto. Al día siguiente, medio crudos y a punto de tomar el avión, recibimos las llamadas lagrimosas de algunas viejecitas a las que hijos y nietas habían negado. Ya no había tiempo de verlas.
Llegando a México, nos recibe mi papá. Lo primero que le dice Edgar es: “¡Papá, mi hermana se casó con un maricón!”. Lo primero que le responde mi papá es “¡Cállate, niño!”, pero más tarde nos pregunta acerca del novio. Le decimos que es amanerado, pero no homosexual. Se queda inquieto.
Un año después nos visitarían Mario y Martita. Whiskey en mano, en la sala de la casa, Mario habló hasta por los codos (recuerdo vagamente algo acerca de lanchas de motor, creo que él era vendedor). Esa noche, al irnos a dormir, mi papá nos reprendió a mi mamá y a mí: “Ustedes son unos groseros. Apenas ven una persona educada, y ya dicen que es homosexual”. Le había encantado el yerno.
No por mucho. Apenas había pasado otro año cuando mi mamá recibió una afligida llamada de Martita, pidiendo consejo. La recomendación fue que se divorciara. Aquel hombre tenía novio y llevaba meses sin tocarla. Edgar había tenido razón desde el principio.

Un servidor, la novia, mi mamá y Edgar, el niño con visión
martes, octubre 11, 2005
Victorias en el Disco Duro
Dice Chucho Ramírez, el entrenador de la selección Sub-17, recién campeona del mundo de futbol, que una diferencia substancial entre estos muchachos y sus predecesores, es que ellos no tienen en su disco duro la memoria del México eterno perdedor.
Tiene razón.
Quienes hoy, en 2005, tienen 17 años no tienen memoria en vivo de los cachirules que nos impidieron ir a Italia, y siempre han visto que la Verde califica y pasa a la siguiente ronda.
Quienes hoy tienen menos de 25 años nunca han visto a México ser eliminado en la primera ronda. Algunos -recuerdo uno en particular- lloraron amargamente cuando Alemania nos derrotó en los malditos penales, allá por el 86. "¿Cómo, llorar por una derrota de México ante una potencia futbolística? ¡Si eso es de lo más normal!", pensé. Me respondí mentalmente: "Es que está chiquito. Luego se acostumbrará".
Afortunadamente no ha sido así.
Hay que ser treintañero para acordarse, aunque sea vagamente, que una vez perdimos ante El Salvador y empatamos con Honduras y Canadá para ser vergonzozamente eliminados. Acercarse a los cuarenta para recordar al inefable Roquita, su equipo que todavía jugaba de zona, las derrotas ante Túnez y Polonia, y la frase del guardameta Soto, quien sustituyó a Pilar Reyes en el medio tiempo contra Alemania: "¡Empatamos, Pilar ! A tí te metieron tres goles y a mí también".
Casi es requisito tener los cuarenta cumplidos para rememorar con incredulidad aquel empatito a cero ante Guatemala y la goliza de 4-0 que nos propinó Trinidad-Tobago para no ir a Alemania 74.
¿Qué podemos decir de generaciones todavía mayores? Cuando yo era niño pequeño no había un sólo campeón mundial mexicano de box, en las olimpiadas se obtenía un solitario bronce y los que hoy se conocen como jugadores del Tri tenían el mote despectivo de "Ratones Verdes".
¿Y antes? (Porque, créase o no, hubo un antes). Antes hubo una propuesta para inmortalizar en bronce a Belmonte, un extremo del Irapuato, por haber logrado la hazaña de anotar el gol del empate de México ante País de Gales y conseguir un punto en un Mundial.
Quienes tienen menos de 15, en cambio, pudieron sentirse algo decepcionados porque Ana Guevara "sólo" consiguió plata olímpica y les parece normal que, en futbol, México le pueda ganar a Brasil, a Argentina o a Holanda.
A veces tengo la impresión de que el bueno de José Ramón Fernández (quien tenía 12 años cuando aquel gol de Belmonte) se quedó circulando con las placas de Manuel Seyde (el periodista de Excelsior autor del tenebroso concepto de "Ratones Verdes") y que todavía entiende aquel periodismo como "ejemplo de crítica".
No haría mal en escuchar a Chucho Ramírez.
Todo esto me hace pensar que, en aproximaciones sucesivas, avanza la mentalidad triunfadora en México. Que las glorias del Gran Púas, la incansable marcha de Raúl González, los goles de Hugo y cada medallita, cada victoria por pequeña que haya parecido, han contribuido en esta importante construcción.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
