martes, febrero 05, 2008

Biopics: Una salida in extremis

De Creta nos fuimos al Pireo, donde compramos boletos de tren para cruzar el Peloponeso e ir a la ciudad de Patras. De acuerdo con la costumbre italiana, compramos los boletos, nos fuimos a desayunar y horas más tarde tomamos el tren. Al llegar a Atenas, nos dimos cuenta de que en Grecia –a diferencia de Italia- los boletos eran para un tren en específico, con lugares asignados, y no para una ruta en general. Para nuestra fortuna, quienes compraron nuestros asientos eran una pareja de civilizados turistas suecos. Diferente le fue a unos gringos con Eurailpass (un mito genial, si los hay), a los que unos griegos corrieron de mala manera y, por andar alegando, se quedaron sin lugar.

Fue un viaje interminable en un tren lentísimo y lleno, con un calor insoportable. Los gringos insistían en sentarse y el conductor les dijo –con la ayuda de un soldado parecido a Jerry Lewis, que estaba en día franco y la hizo de traductor- que tenían dos opciones: viajar parados o bajarse del tren. Mientras avanzábamos entre paisajes áridos, y yo corroboraba que mis pocas palabras de griego antiguo eran absolutamente inútiles para darme a entender con el pasajero de enfrente (quién sabe cómo supe que era un carpintero) del otro lado pasaban convoyes llenos de soldados, que sacaban medio cuerpo –medio torso desnudo- de la ventanilla para saludar efusivamente a nuestro vagón. Al menos cuatro trenes repletos de soldadesca.

Patras era una ciudad de tamaño mediano. En la parte baja era moderna y con un puerto bastante sucio y empacadoras tercermundistas de pasitas, pero con amplias plazas, una hermosa catedral y un bonito malecón en la parte baja. La parte alta, a la que subía por una escalinata, era antigua, con ruinas romanas. Estuvimos cuatro días allí.

La idea –ese romanticismo de los nombres- era bañarnos un día en el Golfo de Patras, y otro en el Golfo de Corinto. En ambos las playas eran de guijarros, con el agregado de que el agua estaba helada y el calor era alucinante. Te metías al mar y querías salir de tanto frío, te pasabas a la playa y sentías que te asabas. La solución era meter parte del cuerpo en el agua y refrescar la cabeza de vez en cuando. Hay una foto –tomada por Janette desde el mar- en la que estoy en esa situación, leyendo El Amor Loco, de André Breton, y se me nota una incipiente calvicie. En una esquina de la fotografía aparece el cofre de un jeep militar que avanza por el camino a mi espalda.

En la madrugada del 15 de julio tomamos el ferry a Ancona, de regreso a Italia. Un barco popular y masivo, en el que las familias griegas y turcas hacían una suerte de picnic interno, para luego dormirse en los pasillos. En la mañana, estábamos viendo por la televisión Los Locos Addams (con larguísimos subtítulos en demótico), cuando la transmisión se interrumpió. Apareció un conductor de noticiero, luego imágenes de Arzobispo Makarios III, etnarca y presidente de Chipre. Un rumor de sorpresa recorrió el barco. Algunas mujeres empezaron a gritar y a jalarse los cabellos. Los mochileros pedimos explicaciones en inglés. Un marino nos dijo que acababa de darse un golpe de Estado en Chipre, y que acababan de deponer a Makarios. Cuando se le preguntó por qué la reacción de la gente era tan agitada, respondió: “Eso quiere decir que Grecia va a entrar en guerra con Turquía”.

Efectivamente, la junta militar griega –que pretendía la anexión de Chipre- estaba detrás del golpe de Estado perpetrado por Nicos Sampson, un político de ultraderecha, y era de esperarse una pronta invasión turca a Chipre, en defensa de la minoría turca de ese país… y también para crear su propio Estado pelele.

Al otro día de nuestra llegada a Italia (¡Ah, qué agradable fue volver a leer en alfabeto latino!) los periódicos mostraban fotos de mochileros intentando huir en masa de Grecia: habían cortado las comunicaciones con el exterior. El nuestro fue el último barco de pasajeros en zarpar de Patras.

La junta militar griega no terminó el mes. El fracaso de Chipre causó división entre los militares más viejos, que la depusieron y convocaron a un gobierno de unidad nacional que reinstauró la democracia. El jefe del parlamento chipriota, Glafkos Clerides, tomó la presidencia interina de ese país, pero no pudo evitar una segunda ola de invasión turca –que ocupó una tercera parte del territorio de Chipre- ni el desplazamiento de miles de refugiados de una zona a otra. Nicosia quedó partida: “la línea divisoria está a tres cuadras de mi casa” –me comentó, unas semanas más tarde, un deprimido Angelos Angelis-; “murió demasiada gente; gente que conozco”.

viernes, febrero 01, 2008

Biopics: Entre Socratitos y Kazantzakis

¿Cómo le hacía Sócrates para pensar?

En Atenas, Janette y yo nos alojamos en un hotelito cerca de la plaza Omonía. La ciudad, a pesar de que arquitectónicamente parecía una multiplicación de edificios sin chiste, tenía muchos encantos. El más impresionante de ellos: la posibilidad de ver la Acrópolis desde muchos ángulos. Caminar colina arriba hacia la Acrópolis te daba una sensación singular: aquello estaba Arriba, sobre un zócalo altísimo, allí donde la mente y el alma del hombre occidental quieren llegar. Extraño, porque la ciudad no es terriblemente alta –comparada sobre todo con las de Norteamérica-, pero siempre generaba la sensación de apuntar al cielo.
Las ruinas griegas dejaban una impresión diferente de las romanas. Sin dejar de ser grandiosas, expresaban mayor reposo, mayor balance, con un extraño juego entre rectas y curvas. Es cierto que en la Acrópolis había grandes estatuas de bronce y ornamentos lujosos, pero resultaba más fácil imaginarlos en las ruinas romanas; aquí la pura proporción arquitectónica bastaba: la proporción era el lujo. Y las Cariátides me impresionaron, tanto en su contexto original, como en el Museo de la Acrópolis, que aún recuerdo como una delicia, así como el Museo Arqueológico Nacional. Aquello fue una sucesión de figuras exquisitas: estatuas, gorgonas, jarras, vasos, máscaras.
Algo muy padre de Atenas era que, como en México, apenas salías de la zona arqueológica, te encontrabas con unas fondas: ahí podías comer, sentado en unas sillas plegadizas de metal con anuncio de chesco, frente una mesa de metal con anuncio de chesco, algo muy parecido a unos tacos al pastor, con tu chesco bien helado.
Y había que andar tome y tome agua (de cebada, de la que había maquinitas en cada esquina) porque he de decir que hacia un calor tremendo. Hubo una pregunta que nos hicimos muchas veces en voz alta: ¿Cómo le hacía Sócrates para pensar con ese calor tan agobiante? Llegó un momento en que nosotros no podíamos. Me tomé una foto en la Academia, en la que estoy mostrando un bloc con la leyenda: “¡Viva Socratitos!”. En ese momento, me parecía admirable que, con ese calorón, pudiera caminar, pensar y echar rollo al mismo tiempo. Días después, llegamos a dos hipótesis: la primera es que había habido un cambio de clima con el paso de los siglos; la segunda, que la Academia ateniense tomaba largas vacaciones de verano.
Otra cosa que aliviaba el calor atroz era el café frío, que los griegos consumían en grandes cantidades y que de inmediato me sedujo para toda la vida.
Yo suponía que el idioma griego sería complicado de entender. Resultó aún más difícil, tanto como el serbio-croata. Desarrollé una suerte de mnemotecnia para algunas palabras elementales: xenoplastion: hotel, donde los extranjeros van y se aplastan; estiatorion: restaurante, donde vas y estiras las piernas; to logoriasmós: la cuenta, o sea el logaritmo; ekatón: cien, una cantidad de hecatombe.
El último día de nuestra estancia en Atenas, Janette y yo fuimos a cenar a la parte más mona de la ciudad, el barrio de Plaka, donde probé grandes cantidades de retsina, el típico vino resinoso, que no me gustó demasiado pero se me subió mucho. Esa noche platicamos y supe que no compartíamos fantasías.

En la tierra de Kazantzakis

De Atenas (o más precisamente, del puerto del Pireo) partimos a Creta, una isla vinculada a mis ensoñaciones de niño lector y, sobre todo, a la vida de un escritor que me había impresionado: Nikos Kazantzakis. Para el efecto, había llevado conmigo la versión inglesa de su autobiografía: Carta al Greco, que devoré durante la semana que estuvimos allí.
Heraklion, la capital y ciudad natal del escritor, nos decepcionó. Sucia, grasienta, caótica, me recordó Minatitlán y el centro de Acapulco. Sin pensarlo más, decidimos dejarla y tomar un camión para Rethymnon, un pueblecito que –a la vista de un folleto- ofrecía buenas playas. En la prisa por alejarnos, se nos olvidó que cerca de Heraklion estaba Knossos, y nos perdimos de ver las mejores ruinas de la cultura minoica.
El viaje a Rethymnon, en camión de ruta, fue entre montañas y música típica. La orografía, el clima, el bamboleo de los pasajeros y de los colguijos a un lado del chofer, el volumen y la alegría de la música me creaban un calorcito en el espíritu: me hacían sentirme de nuevo en México.
Rethymnon tendría entonces unos diez mil habitantes. Era un pueblo tranquilo: un viejo puerto de calles estrechas, escaleras de piedras, restos de una muralla, un castillo guardián y una hermosa playa de arena, que teníamos casi para nosotros solos.
En aquellos años estaban de moda libros tipo “Europa con 5 y 10 dólares al día”. Un ahorro así exigía sacrificios a los que sólo un estoico estaría dispuesto, pero en Rethymnon pudimos pasarla muy bien, gastando menos de 10 dólares diarios entre los dos. Nos alojamos en un hotelito modesto, como a tres cuadras de la playa. De ahí caminábamos y desayunábamos en una palapa, y cotorreábamos en inglés con meseros y marineros. Media sandía cada uno. Nos pasábamos medio día asoleándonos, leyendo y nadando. Luego comíamos una enorme ensalada griega cada uno, con su respectiva chela bien fría, y nos íbamos a pasear por el pueblo. Al castillo, a la mezquita, a la bahía.
Descubrí a Kazantzakis en tiempos de la Librería Leibnitz. Cristo de Nuevo Crucificado era un intento por recuperar a Jesús de las garras de la Iglesia (ortodoxa en el caso del escritor). Me imaginé que la historia de Manolios –el pescador que la hace de Cristo en una representación del pueblo, y que termina linchado a instancias del sacerdote- perfectamente podía haber sido en Rethymnon.

Carta al Greco era una visión de la vida “con ojo cretense”. La búsqueda del gozo, pero no de la esperanza. Hay un par de momentos clave que recuerdo de ese libro: el niño que responde con silogismos intachables y deshace el dogma del maestro-sacerdote; el escritor que va al Monte Athos y hace un ascenso (otra vez esa imagen): trepa afanosamente. Llega y entiende que “Dios está sentado en la cima del hambre, la sed y el sufrimiento”, por lo que el hombre no debe hacer “un paraíso imaginario de ingenuidad y cobardía para cubrir el abismo”. Dios existe, pero no es un ser distinto, no es un ente trascendente: es una fuerza presente en todas las cosas y en todos los seres.
Jesús, Lenin, Buda y Ulises son las cuatro figuras que, en distintas etapas, pasan y pesan en la vida de Kazantzakis. En su recorrido –porque, como el Quijote, prefiere el camino a la posada-.La vida, un trayecto para llegar al lugar en donde sin miedo, sin esperanza, se es libre.
Hacia el final de nuestra estancia, se llevó a cabo en los jardines municipales del pueblo el Festival del Vino. Ya Luis Foncerrada nos había hablado de ellos. Llegas y te venden un vaso o una garrafa: con ella te sirves todo el vino que quieres. Los utensilios tenían hermosos decorados con referencias a la Grecia antigua. El vino era dulce como la noche, como la música y como las risas de todos. Bebimos lo suficiente como para que los vasos se nos cayeran dos veces, pero no terminamos lo suficientemente ebrios como para no llevarnos, con mucho cuidado, la garrafa intacta.


martes, enero 29, 2008

Datos del blog: estadísticas maniacas

Quien me conoce sabe que soy un maniaco de las estadísticas, y el descubrimiento de Google Analytics me ha llevado a revisar -con pasión digna de mejor causa- algunas variables respecto a quienes visitan este sitio.
Hoy se cumplen tres meses de que instalé el programa, y es hora de entregar algunos datos del blog.

En estos tres meses, este sitio ha tenido 1,861 visitas (poco más de 20 al día), provenientes de 387 ciudades de 41 países y cuatro continentes. Los visitantes han pasado aquí un poco más de 70 horas, visitando 203 páginas distintas.
La mayoría viene sólo una vez y se queda menos de 10 segundos, pero hay un poco más de 200 personas (211 para ser más exactos) que visitan el Blog de Piedras de manera regular, ya que han venido más de nueve ocasiones en estos tres meses. Unos cuantos vienen muy poco, pero se quedan largo rato.

El 69.8% de los visitantes llega a través de motores de búsqueda. La palabra clave que más gente ha traído a este blog es "marcha olimpica" (sin acento), seguida por "novelas italianas".
Los marchistas han buscado también al Sargento Pedraza, métodos de entrenamiento y soluciones a las ampollas de los pies. A veces nada más abren la ventana y la cierran; otras, se quedan largo rato. Notablemente, muchas de las búsquedas de Ecuador son por el lado de la marcha: supongo que será por Jefferson Pérez.
Otras dos búsquedas reiteradas son las de deportistas mexicanos en genérico y las de XV años. Mientras que los primeros suelen obtener las listas que buscan, los segundos terminan ante un cuento que no les va a dar lo que piden: buenas ideas para un sermón de XV años, las palabras que debe decir el padrino o fotos de vestidos bonitos, de moda o ridículos. A veces me siento en deuda con estos cibernautas.
Finalmente, están los que le preguntan a Google -que es Dios- y esa mano invisible los lleva acá, por razones que sólo entiende la Divina Providencia. Cuestiones del tipo: "Agencias en Acapulco que contraten estatuas vivientes", "Clases de striptease en Celaya, Guanajuato", "qué pasó con la pepsi en Tuxtla Gutierrez?", "¿Cuándo va a abrir juegos Joakim Soria?" o "la canción en la que un bebé llora y empieza el vals". Lo que me parece maravilloso es que alguien que llega con la petición: "sexo en las escuelas en Coatzacoalcos, Veracruz" o "colegialas que enseñan los calzones" se quede un buen rato leyendo el cuento de don Desiderio.
Pero lo verdaderamente chido de Google es que algunos que saben buscar con afán, de repente encuentran. Un fan que encontró información para él valiosa sobre un concierto de Incredible String Band, alguien que quiere saber más sobre Mauricio Brehm (y tal vez leer uno de sus poemas), otros que desean conocer más sobre Santa Bárbara/Changó, algunos chavos que aprenden sobre José Agustín, Avándaro o el 68, y varios que se encuentran aquí, redivivos de otros tiempos, o encuentran alguna imagen viva de un amigo, un pariente, o de sus seres queridos que ya no están.

El 22.1% de las visitas, lo hace a través de referencias. De entre los sitios que tienen la amabilidad de linkear con éste, he de señalar -en orden del número de visitas que traen- los de Pueblo Bloguero, Relatos de Miguel, El pequeño mundo de Don Camilo (que es el más visitas nuevas aporta, seguido por los Relatos), Prozacstories, El Mai Rayo y Pohl.

41 países de 4 continentes (nomás falta África), pero prevalentemente mexicano. Las diez naciones con más visitas:
México 1049
España 217
USA 110
Venezuela 75
Argentina 62
Chile 46
Perú 46
Colombia 38
Ecuador 34
UK 27

A la hora de quedarse, la cosa cambia, pero se sigue inclinando totalmente por México. Las diez naciones con más tiempo en el sitio:
México 73.5%
España 8.3%
Holanda 2.9%
Uruguay 2.8%
USA 2.3%
Alemania 1.7%
Ecuador 1.6%
UK 1.2%
Argentina 0.9%

Visitantes mexicanos... chilangos si les queremos poner otra etiqueta. Las diez ciudades con más visitas:
México, D.F. 564
Monterrey 66
Madrid 52
Caracas 33
Vicente López (Arg) 27
Santiago de Chile 24
Tijuana 24
La Victoria (Per) 24
Quito 24
Bogotá 23

Pero si nos vamos a tiempo en la página por ciudad, el orden cambia notablemente (salvo los dos primeros):
México D.F
Monterrey
Barcelona
Montevideo
Amstelveen (Hol)
Zaragoza
Oldenburg (Ale)
Oaxaca
Tijuana
Aguascalientes

Termino el recorrido con un análisis de las páginas más vistas. Es obvio que esto depende, esencialmente, de las palabras clave de los motores de búsqueda (que lo que está detrás del concepto comercial de Google Analytics):

Blog de piedras (página de inicio): 671 visitas
Biopics: Marcha olímpica 99
Los XV años 88
Enero 2007 65
Test: ¿eres un chavo de los 70s? 52
Marzo 2006 49
Enero 2005 45
Biopics: Las olimpiadas del 68 39
Diez novelas italianas 36
La Silla del Águila (bloopers, etc) 35

Hago notar que en la página de enero de 2007 está la lista de los 10 deportistas mexicanos del 2006 y, en la página de marzo de 2006 están las lista de los 10 atletas mexicanos más destacados de cada década.

Prometo no volver a tocar este tema en al menos otros tres meses.

miércoles, enero 23, 2008

Biopics: Regreso a Yugoslavia

Antes de salir de vacaciones de verano, pasamos por Roma, nada más para enterarnos de que los siguientes meses de la beca todavía no habían llegado. Tomamos un ferry de Bari a Dubrovnik, en la costa dálmata. Viajamos en tercera clase.

Dubrovnik es una ciudad con encanto. Amurallada, barroca, apacible, elegante. En algunas zonas tiene aire veneciano. Nos quedamos los tres –Jorge Carreto, Janette y yo- en un hotel a las afueras: grande, cómodo, con un buen buffet de desayunos, ocupado mayoritariamente por yugoslavos de la tercera edad, con una alberca enorme e insospechadamente barato (poco más de tres dólares el cuarto triple: el dinar se acababa de devaluar respecto al dólar): el Hotel Stadion.

Si bien el puerto y la ciudad eran hermosos, la playa pública resultó un fiasco. Sucede que, como buen mexicano, yo estaba acostumbrado a dos tipos de playa: con arena gruesa o con arena fina, un talco amable. Esta playa era de guijarros. El agua estaba limpia y deliciosa, pero cada ola arrastraba un montón de piedritas que torturaban pies y talones. Noté que la mayoría de los bañistas europeos traían puestas unas zapatillas de hule que les cubrían hasta el tobillo, especiales para este tipo de playas.

Una de las razones por las que escogimos Dubrovnik era que allí iba a recalar el Licenciado Duhne, socio del papá de Carreto, quien traería algo de dinero para Jorge y para mí, enviado por nuestros padres. Lo fuimos a ver a su hotel, que era de los más elegantes de la ciudad. Había llegado en compañía de su hijo, un cuate de nuestra edad, conocido por un sobrenombre que no requiere explicación: Pepsicola George.
El hotel de Duhne en vez de playa tenía una suerte de muelle. Era cómodo nadar allí. Enfrente había una isla que alguna vez fue propiedad de Maximiliano de Habsburgo –sí, el que terminó en el Cerro de las Campanas- y ahora era, irónicamente, un campamento nudista.
En una de esas, salgo del mar, me dirijo al bar y pido una cerveza. Sentada en la barra, una mujer voltea hacia mí, me desnuda con la vista, y me dice: “Not grande gruppe now?”. ¡Cámara, es la misma que me topé en el hotel de Belgrado! ¡Y se acuerda! Me pregunto si será una suerte de prostituta de Estado.
En su habitación, Duhne le da a Carreto el dinero que le mandó su familia. Comento que a mí también me iban a mandar.
-No tengo idea –dice el señor, con cara de apenado-, nada más me dieron esta carta para ti.
La abro, y afortunadamente adentro hay tres billetes de cien dólares. También Duhne respira aliviado. Luego nos invita a todos a un show folklórico: cantos y bailes dálmatas.

Regresamos al Hotel Stadion. La habitación es extraña: abres la puerta y lo que te encuentras es una larga escalera que te lleva al cuarto. Nos tiramos en la cama y de pronto el techo retumba. Pum pum pum. Alguien está pateando el techo. Mucha gente. Se escuchan gritos de multitudes. Y otra vez las patadas sobre nuestras cabezas. Pum pum pum pum. En ese momento nos damos cuenta de que el hotel es, efectivamente, un estadio. Se disputa un partido de waterpolo y nosotros estamos debajo de las gradas. Pum pum pum pum pum. ¡Gooooooooooool!

A la noche siguiente, tras el rol citadino y la playa, nos le volvemos a pegar a Duhne, quien nos invita al antro del hotel, donde bailan marineros sordomudos y hay un show semiporno (con todo y gringo borracho que confunde al travestí con chamacona) que a Janette le indigna hasta que Carreto consigue trocar su indignación por risotadas.

Lo siguiente era ir a Belgrado. Nos acompañó el buen Pepsicola George. Tomamos un tren lentísimo, que atravesó paisajes extraordinarios (lenguas de mar entre las verdes montañas pasan aún hoy frente a mis ojos) hasta llegar al poblado de Chaplinja, donde probé el yogurt natural más exquisito y tomamos el tren a la capital.
Llegamos a Belgrado temprano en la mañana, coincidiendo con la entrada de los oficiales de estrella roja en la gorra a su trabajo en el Ministerio de la Defensa. Casi todos los cuates estaban ya de vacaciones. Atrapamos a Branko dos horas antes de su partida: nos ofreció café y pastelitos. Quien sí se quedaba unos días más era Lada Muminagic. Con ella rolamos un rato para visitar las mismas cosas que en febrero, sólo que con buen clima: Belgrado no tenía más. Proseguimos nuestro viaje: los dos Jorges irían a Sicilia; Janette y yo, a Grecia.

El tren que nos llevaba a Atenas pasaba por poblados típicos cada vez más empobrecidos hasta que se detuvo en Skopje, capital de la república federativa de Macedonia. Era como llegar a la estación de Oaxaca. Una nube de vendedores ambulantes y pordioseros se arremolinaba en las ventanas. La diferencia con Belgrado, un hormiguero de modesta clase media y sobre todo con Dubrovnik, casi aristocrática, era abismal. Yugoslavia era más parecida a México de lo que había pensado.

viernes, enero 18, 2008

Bobby Fischer y las cucarachas dementes

Dudo que haya habido unos días en los que la humanidad haya puesto más atención en el ajedrez que en el verano de 1972, durante el encuentro por el campeonato mundial entre Bobby Fischer y Boris Spassky.  
Las partidas se publicaban íntegras en los periódicos y, en medio de una verdadera fiebre por el ajedrez, los estudiantes de economía las reproducíamos y pretendidamente las estudiábamos en el asoleadero.
No sólo se enfrentaban dos grandísimos ajedrecistas, sino también dos superpotencias y dos maneras de ser humano. Nosotros, por supuesto, estábamos con el soviético. Pero era por razones más de carácter temperamental que político.
Para Spassky, la velada perfecta era una en la que se pasaba jugando ajedrez y bebiendo vino con los amigos. Para Fischer, una en la que pasaba a solas en su cuarto, estudiando ajedrez. Spassky era un hombre divorciado y vuelto a casar con una campeona de damas (“mi ex mujer y yo somos como alfiles de distinto color: nunca coincidimos”, declaró); Fischer, soltero, sin novia y sin otro interés en la vida que la escaquera.
Así describía Spassky al norteamericano: “Se cubría la cara con las manos para concentrarse. Solamente se le veían los ojos. Me hacían recordar a cucarachas dementes. Se echaban a volar sobre el tablero como si fuera un gran laberinto en el que se está obligado –bajo pena de muerte- a encontrar el camino de salida. ¡Sí! Me hacían recordar a esas cucarachas dementes que los católicos llaman ángeles y que navegan en el infinito.”
Como lo temíamos, Fischer ganó con cierta facilidad. Tal vez era un signo de que un día caería el muro.
Yo había comprado, años atrás, un libro básico de ajedrez de un Gran Maestro soviético. Ahí te explicaba los elementos del ataque y la defensa. Recuerdo que hacía énfasis en el control del medio del tablero. Después del triunfo de Fischer, compré su best-seller. La diferencia entre el texto del soviético y el del estadounidense es la misma que hay entre un paisaje de campos fértiles, casas, bosques y castillos y una fotografía aérea del desierto del Sahara. Pero había otra gran diferencia: en el ambiente enrarecido y semivacío de su libro, Fischer te daba la receta para matar. ¡Cuántas veces había yo controlado la mitad del tablero para terminar con una ventaja en piezas que se revelaba inocua!
Era fácil adivinar que Fischer estaba loco. Recuerdo un reportaje gráfico que lo mostraba viviendo en el caserón que se compró con el dinero del triunfo: tenía un tablero de ajedrez flotante en la alberca, otro en la sala, otro en el comedor… y en todos ellos jugaba constantemente partidas complicadísimas contra sí mismo. Por eso no fue sorpresa que renunciara a defender su título, entre alegatos paranoicos. Ni lo fue que acusara a los judíos de una gran conspiración, dirigida en primer lugar contra él, pero también contra los elefantes.
Acabó su vida como refugiado político en Islandia, el lugar de su éxito histórico, para evitar su arresto en Estados Unidos por haber violado el embargo contra Yugoslavia. Pasó sus últimos años en la ruina, casi como pordiosero. Sólo tuvo un amigo que lo defendiera públicamente cuando iba a ser mandado a una cárcel gringa; un rival que se ofreció a acompañarlo en su celda para jugar con él: Boris Spassky. Bobby Fischer murió hoy en Islandia.
Después de aquel gran duelo de 1972 y del retiro del maniático Fischer, el ajedrez no sería lo mismo. Vendrían un soviético frío, Karpov, y uno cálido, Kasparov. Pero sobre todo vendrían las computadoras a intermediar entre los jugadores de todos los niveles, cuando no a sustituirlos. Se fueron perdiendo los rivales de carne y hueso, y con ellos, las mariposas en el estómago a la hora de jugar. Aprendí ajedrez de niño, con mi padre, que era un maestro moviendo los peones; jugué cientos de partidas contra adversarios de muy distintos niveles. Pero con las computadoras le perdí el gusto. Hace un lustro que no juego.

martes, enero 15, 2008

Biopics: Perugia era una fiesta V

Un grupo tricontinental

En las últimas semanas de nuestra primera estancia en Perugia (porque volveríamos), se formó un grupo amplio de cuates que solíamos rolar juntos. Consistía en los mexicanos que iríamos a Módena, Janette, Helga van Dongen, varios ingleses –simbólicamente encabezados por Ben Watson- que irían a Cambridge (o, más precisamente, que no irían a Oxford), una neozelandesa y algunas australianas. Entre ellas, una de rostro muy interesante –mitad inglés, mitad aborigen- que se hacía llamar Rosa Luxemburgo. En fin, un grupo tricontinental, en el que abundaban las antípodas geográficas. Me he preguntado durante años cuál era el ingrediente que nos aglutinaba. ¿Por qué los mexicanos no nos llevamos más con otros latinoamericanos o con europeos del sur? ¿Por qué los ingleses y las aussies no jalaban con los gringos (Janette era una gringa totalmente atípica en aquel entonces) o con europeos del norte? Creo que la respuesta tiene dos aristas. Una –particularmente notable con los ingleses- es que compartíamos una profunda influencia cultural de los Estados Unidos y éramos, al mismo tiempo, fuertemente críticos de ella (curiosamente, Helga, quien empezaba a andar con Carreto, entraba a ese juego criticando a los alemanes: “Achtung! Alles ist Verboten!”). La otra era nuestra tendencia intelectual a encontrar política en la cultura cotidiana, mientras que los gringos le hacían fuchi a la política y la mayoría de los europeos y latinoamericanos la circunscribían al Estado, los partidos y las clases sociales. Adicionalmente, teníamos en común con los oceánicos nuestra pertenencia a un “nuevo mundo” (y la consiguiente fascinación con cosas que los europeos consideran parte normal de su entorno). Estas similitudes pasaban por encima de diferencias que a veces llegaban al tópico. Paseando por Corso Vanucci me encuentro a un africano fumando y le pido un cigarro (gorrearlos es una inveterada tradición mía); Ben Watson me pregunta si lo conozco y queda muy sorprendido de que haya yo abordado en la calle a un tipo que no me habían presentado.

La fiesta del libio

Hacia el fin de cursos, hubo una buena fiesta en la pensión que compartíamos –al menos nominalmente- Eduardo Mapes y yo. El vecino de cuarto era un libio occidentalizado, que bebía alcohol, tenía novia gringa y quería celebrar su cumpleaños. Armamos el reven uniendo los dos cuartos y utilizando el hall. Fuimos el grupo tricontinental, el cumpleañero, su novia y unos compatriotas suyos, todos machines. Platicamos, bailamos, bebimos, y al final cada oveja andaba con una pareja distinta de la que traía al llegar. Recuerdo una imagen. Estamos todos cambiados, besándonos (viendo también que nuestra pareja besa a otro) y en eso volteo hacia la recámara del libio. De ahí asoman cuatro cabezas asustadas: son los coterráneos del festejado, que miran de lejitos la decadencia occidental. En sus rostros se percibe una irrepetible combinación de asombro, sorpresa y una pizca de envidia. Como de costumbre, Ben acabó en el suelo, seminoqueado por el vino. Para ser exactos, quedó acostado en las escaleras que daban al piso superior de la pensión. Unas chicas italianas que vivían en ese piso salieron al baño y se encontraron con que desde abajo, las miraba beatamente un inglés greñudo, que les hizo la señal de la V. De poco sirvió el escándalo que armaron, al cabo que a los pocos días ya nos íbamos.

Llegaba el verano europeo. Tiempo de vacaciones. Mapes y Castañares irían a Londres, para mejorar su inglés. Los Mártires, de regreso a Roma. Consuelo, a visitar a su hermana en París. Carlos Mársico y Lynn, de camping a Rumanía y Bulgaria. Carreto, Janette y yo, a Yugoslavia. Helga y Ben se quedarían a hacer el curso medio en Perugia, y este resulta ser un dato relevante.

miércoles, enero 09, 2008

(Biopics: La matanza de Brescia, la estrategia de la tensión y el Compromiso Histórico)

En la gracia juvenil de Perugia estábamos, cuando una noticia nos conmocionó: el 28 de mayo de 1974, durante un mitin antifascista en la ciudad de Brescia, estalló una bomba que estaba en un bote de basura, causando ocho muertos y decenas de heridos.
Fue ahí cuando aprendimos que había un proceso llamado “estrategia de la tensión”, del cual esta matanza era solamente otro eslabón. Entre los periódicos y revistas (ya para entonces podíamos leer L’Unità, Il Manifesto y L’Espresso) y las explicaciones de Carlos Mársico, empezamos a desentrañar de qué se trataba.
Utilizo las palabras de alguien mucho más autorizado que yo, o que Mársico, para explicarlo. Escribía en su Memoriale Aldo Moro, dirigente del ala moderada de la Democracia Cristiana: “La estrategia de la tensión tuvo la finalidad, aun si afortunadamente no consiguió su objetivo, de volver a meter a Italia en los rieles de la “normalidad” después de los eventos del 68 y el llamado otoño caliente [revueltas obreras de 1969]. Se puede presumir que países asociados a nuestra política, y por lo tanto interesados en que las cosas tomaran cierta dirección, estuvieron comprometidos en ella, a través de sus servicios de inteligencia”.
En otras palabras, la idea detrás de la “estrategia de la tensión” era deslegitimar al Partido Comunista Italiano, que durante esos años estuvo a poquísimos puntos porcentuales de convertirse en el partido más votado del país (era el más grande en términos de militancia). ¿Cómo hacerlo? Creando alarma y confusión en la opinión pública, a través de atentados sangrientos realizados por la extrema derecha, pero que en ocasiones se atribuían a la extrema izquierda.
Moro da claramente a entender que estaban involucrados los servicios secretos de otras naciones. En la lógica de la guerra fría, es evidente que ahí estaba la CIA. Pero hay indicios de que también participaron otros países de la OTAN (de seguro Grecia y España), e incluso Suiza.
La versión de Mársico iba más lejos. Para él se trataba de mover a la opinión pública para que aceptara la instauración de un Estado policiaco, o inclusive un golpe militar.
A nosotros, en principio, nos parecía bastante fantasioso el concepto de un golpe en una nación europea, de primer mundo (y Carlos no era malo en eso de la paranoia), pero un análisis no superficial del Compromiso Histórico lleva a pensar que nuestro amigo argentino no estaba tan perdido.
El Compromiso Histórico era la nueva línea política del PCI. Había surgido a partir de una serie de artículos publicados en septiembre y octubre de 1973 por su dirigente, Enrico Berlinguer, en Rinascita, la revista teórica del partido.
La parte elemental del Compromiso Histórico era que, aun si la izquierda en su conjunto obtenía el 51 por ciento de los votos, no podría esperar gobernar el país, ya que la reacción de la derecha causaría una situación inmanejable. El reciente ejemplo chileno estaba a la mano (si nos atenemos a las fechas, habría que pensar que el golpe de Pinochet fue el pretexto ideal para sacar a la luz una idea que venía gestándose de años, y para convencer a los escépticos dentro del partido).
Por lo tanto, Berlinguer lanzaba “la perspectiva política de una colaboración y de un entendimiento de las fuerzas populares de inspiración comunista y socialista con las fuerzas populares de inspiración católica y las demás fuerzas democráticas”. Un concepto –aprenderíamos con el tiempo- de profundas raíces en la historia italiana del siglo XX, pero que en principio se entendía como un gobierno de unidad nacional, con la sola exclusión de los neofascistas.
A nosotros, en esos días, nos parecía poca cosa: preferíamos imaginar un gobierno de coalición entre comunistas y socialistas, con el MSI ilegalizado (a partir de la prohibición constitucional de reconstrucción del Partido Nacional Fascista) y, aunque la idea de Berlinguer tenía su lógica y su atractivo, argumentábamos que Italia no era Chile, que las condiciones eran otras. Carlos nos dijo que ese mismo esquema fue utilizado por la CIA para desestabilizar Grecia, que llevaba 7 años bajo la “dictadura de los coroneles”, tras un exitoso golpe de Estado.
Durante los años de nuestra estancia italiana, el tema del Compromiso Histórico sería discutido una y otra vez. Nuestra inexperiencia –léase estrechez de miras- nos impidió ver que la propuesta del dirigente del PCI tenía dos objetivos. El primero, que era el abiertamente declarado, quedó sepultado en 1978 tras el asesinato de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas. El segundo, que había que leer entre líneas, fue alcanzado: la propuesta berlingueriana dio al traste con los proyectos desestabilizadores, al inocular a la Democracia Cristiana y a los grupos medios conservadores contra las tentaciones autoritarias. Los comunistas no llegaron al poder, pero ayudaron a sostener la democracia italiana en un momento complicado de su historia.