lunes, noviembre 05, 2007

Carrera AvilaSport 5Km


Noté que después del viaje a Italia, aunque caminamos muchísimo, mi condición física se resintió. Al menos así lo indicaron los tiempos que hice corriendo en el circuito Gandhi. Tardé un buen en regresar a los niveles de primavera, pero octubre fue un buen mes en términos de kilómetros devorados y de retorno a tiempos decentes -para mi bajo nivel. Incluso, por primera vez, aguanté 8 kilómetros.
Al mismo tiempo, Taide se puso a correr -en caminadora, es ave de gimnasio- y, a las pocas semanas, ya se echaba largas distancias (como calentamiento de lo que en realidad le gusta, que son las pesas). Atribuyo su rápida evolución al hecho de que dejó de fumar hace cuatro meses.
El caso es que la animé y nos inscribimos en una carrera "molera": los 5 kilómetros de AvilaSport. El sábado fuimos a inscribirnos a unas oficinas oscuras y gachas, en Avenida Patriotismo, para la carrera, que sería el domingo. Esta vez el chip iba en los tenis.
El clima estuvo estupendo. Ni frío ni calor. Había sólo unos pocos centenares de corredores.
Habíamos quedado de correr juntos y que al final, se lanzara el que más condición tuviera, que sería Taide. No fue así exactamente. Le aguanté el ritmo a Taide como 600 metros, y luego luego se me despegó. Hice el primer kilómetro en 6.25 y consideré que era un ritmo correcto, pero la verdad le bajé tantito. Me fui persiguiendo a un señor cincuentón, al que rebasé por ahí del kilómetro 3, y entreteniéndome con unos que llevaban camiseta de Seguros Atlas, que sprinteaban, caminaban jadeando mientras yo los rebasaba, volvían a sprintear para frenarse echando el bofe cuando llegaban junto a mí. En el último kilómetro jalo a todo lo que doy, y me doy cuenta de que no es mucho, porque el cincuentón me pasa. Me concentro en ganarle a un señor que tiene camiseta de los Pumas. Tampoco. Checo mi tiempo: 32.24, apenas 4 segundos menos que en la Carrera de la Primavera.
Pasada la meta, me recibe Taide, con su Gatorade en la mano. Pasa un fotógrafo pesetero y posamos. Ella dice que llegó entre paparazzi. Rifan unos relojes para pasar el rato (y gana el cincuentón que me rebasó), dicen que ya están los resultados, vamos a ver y yo digo que me aumentaron un minuto, porque aparezco con 33.23. Taide se había calculado 27 minutos y aparece con 29.10. Es la hora que no salen los datos oficiales en internet. Taide dice que de todos modos logró sus dos objetivos, que eran ganarme y hacerlo en menos de media hora.
Quedé conforme con mi desempeño, pero más que con mi tiempo, con el hecho de que -a diferencia de las dos rutas anteriores- esta vez no llegué semimuerto, no me dolió la cabeza durante el resto del día y a la mañana siguiente amanecí con dolorcitos normales. Eso significa una cosa: mis piernas mejoran, pero mis pulmones de fumador (y eso que ahora uso unos filtros que se quedan con parte de la mierda que antes entraba a mi cuerpo) atentan contra mis tiempos.
En la búsqueda de tiempos y lugares oficiales (vendrá actualización), en el sitio web de la empresa organizadora, me encontré que ya ni el póster estaba en la página, pero -cosas de la red- ví que estaba mi foto entre las de la Carrera de la Primavera. Es a la llegada. Nótese cómo le gano a un chavo... pero como llego al mismo tiempo que una señora mayor.

jueves, noviembre 01, 2007

Biopics: Roma, Perugia, Módena

Llegamos a Roma un domingo por la noche, y por la crisis petrolera no se podían usar automóviles particulares. Una visión rara: junto al sitio de taxis en la estación Termini, había una carreta tirada por caballos.
Nos instalamos en el Hotel Sant’Anselmo, en el monte Aventino, cerca del Circo Máximo y de la sede de la FAO. Allí vivía Solares y decía que era barato. No para nosotros. Mapes, Carreto y yo compartimos un cuarto; Mártir lo hizo con Castañares, quien fungió en los primeros días como un Cicerón bastante despistado.
Pasamos esas primeras jornadas turisteando por una Roma caótica, ruidosa y con pátina de años en sus rojizos edificios. Lo hicimos siempre a pie (tomamos el camión, y fue una aventura, sólo para ir a San Pablo Extramuros), hasta que llegó el momento en que nos dimos cuenta de que era inabarcable.

Tengo en la memoria varias viñetas de esos paseos, que al principio eran grupales.
Un día nos lleva Casta a ver una puerta en el Aventino. Nos pide que nos asomemos por el cerrojo, lo hacemos y vemos, bajo un arco perfecto de flores, la resplandeciente cúpula de la Basílica de San Pedro.
Otra noche estamos rolando por la misma zona, y vemos que hay mucha gente en una iglesia. Nos asomamos, y es Paolo VI quien oficia la misa. Parecía un párroco más, pero con muchos feligreses. Eso se acabó con Woytila y su Iglesia carismática y espectacular.
Visito el Cementerio de los Ingleses, junto a la Pirámide de Caio Cestio. Es uno de los pocos camposantos en los que me ha gustado estar. Un lugar tranquilo, verde, con hermosas estatuas. Descubro una muchacha pálida, de amplias faldas largas, que pasea por ahí con una rosa en la mano. Es como una aparición. En determinado momento, la muchacha se inclina y deposita la rosa sobre una lápida. Es la de Keats, en donde dice “Aquí yace uno cuyo nombre está escrito en agua”.
Una tarde estoy a mitad de Plaza Venecia y veo que, desde el Coliseo se aproxima una manifestación. “¡Ah, la izquierda italiana!”, pienso en lo que se acercan. Para mi sorpresa, porque para mí manifestación era sinónimo de izquierda, la encabezan personas mayores que lanzan vivas al Duce. Una anciana se detiene y lanza besos al balcón desde donde Mussolini lanzaba sus discursos. “Viejitos nostálgicos”, pienso entonces. Pero se acerca otra parte de la marcha, con una gran manta que dice Fronte Della Gioventù. Miles de jóvenes universitarios que corean consignas de su partido, el Movimiento Social Italiano- Derecha Nacional. Son greñudos, van de jeans. No parecen distinguirse de los demás chavos del mundo, salvo por dos detalles: las chamarras negras y los zapatos puntiagudos, también negros. Una consigna me da escalofríos: “Pi-Pi-Pinochet siamo tutti con te!”.

Tuvimos una reunión con Flores, en su despacho en la zona de la EUR, quien nos dijo de entrada: “Ni crean que voy a ser su mamá, ustedes buscan su universidad y no se metan en pedos… me hablan y los saco sólo si los atrapan con droga… y si llegara a haber una gran crisis internacional, se van a Holanda, porque allí sí hay petróleo”. Nos acabaría protegiendo y ayudando más de lo que él mismo sospechaba. También nos advirtió que tendríamos un shock cultural, y que en seis meses estaríamos chillando por regresar a México: nos explicó que era una experiencia pasajera, y que, luego de superarla, todo nos sería más fácil.
Comimos varias veces con él y su gente en el comedor de la FAO (que no era taaaan caro) y solían ser comidas muy divertidas, impregnadas de frases sabias y cotorras. A través de él conocimos personajes interesantes, que incluían buena parte de la colonia mexicana en Roma, entre los cuales destaca María Luisa Puga, con quien hice buena química de inmediato.
Edmundo Flores tenía un equipo breve, pero muy eficiente. Alfonso Solares –quien merece capítulo aparte- era, con Flores, el encargado de la grilla; Rodulfo Figueroa hacía relaciones más institucionales e Irene Ruiz, super chambeadora y eficaz secretaria, era el pilar que los apoyaba. Ahí descubrí un secreto que no siempre he podido aplicar con entereza: la clave de un buen jefe es tener un equipo con cualidades diversas y saber explotar estas cualidades, tratando a cada quien como la persona diferente que es, sin pretender hacerlo todo pero siempre dejando claro quién manda.

Visitamos la Università La Sapienza de Roma, que era una opción de estudio, y el campus fue para nosotros un chasco monumental. Mucho concreto, poco espacio. ¿Dónde estaban las canchas? ¿Dónde, los jardines, los murales, o algo así como una fuente de Prometeo? ¿Dejar Ciudad Universitaria para venir a esto?
Creo que el chasco de La Sapienza, el costo del hotel -cuyo bidet no pude controlar cuando me puse a jugar con él- y la conciencia de que no podíamos intentar agotar una ciudad infinita como Roma, nos empujó a Carreto, a Mapes y a mí a un viaje relámpago a Perugia y a Módena.

A Consuelo le habían dicho que el lugar ideal para estudiar italiano era Perugia, donde se encuentra la Universidad Italiana para Extranjeros. Nuestra amiga yugoslava Lada Muminagic confirmó el dicho. Y Módena era la tierra prometida por Adrián Lajous.
Perugia era una ciudad pequeña, situada sobre una colina o bastión, por la que parecía había pasado toda la historia europea, desde los lejanos tiempos de los etruscos. Blancuzca, llena de callejuelas empinadas, con pequeños castillos y plazas sorprendentes. Allí nos enteramos que los cursos de italiano eran trimestrales e iban de acuerdo a las estaciones. Se acercaba el de primavera. Vimos un poco la oferta de cuartos de estudiante: los que había estaban gachos, pero nos explicaron que muchos se liberarían terminado el curso invernal.
Módena, en comparación, era mucho más moderna, y de inmediato se notaba el bienestar económico. Allí pudimos quedarnos en casa de un cuate, Roberto Livi, que era amigo de una amiga de Irene Ruiz. Lo primero que me sorprendió de Módena fue la ópera. Hablamos con Livi por teléfono y le pedimos vernos “en el restaurante más barato de la ciudad”. Se llamaba La Lirica, y efectivamente era un localucho, cuyas paredes color verde moco estaban adornadas por retratos de boxeadores, tenores y sopranos: unos en guardia y con guantes; los otros, en traje de representación: Rigoletto, Aida, I Pagliacci. Esa noche, Livi invitó a cenar con nosotros a unos amigos de la izquierda extraparlamentaria. Tomamos vino y cantaron. De repente uno se suelta con Che Gelida Manina, reconozco que es de ópera, pero nos explican que la letra del aria está cambiada: la mano helada es la de Scelba, quien era Ministro del Interior en una breve época negra de la política italiana. Otro día fuimos a un bar a comernos un panino (durante un tiempo pensé que la fórmula pan-prosciutto-pan era sólo falta de imaginación) y un obrero, con su overol grasiento, pone una moneda en la rockola. Se escucha un aria operística y el hombre da una sabrosa mordida a su almuerzo.
Fuimos a la sede de la Facultad de Economía, que no estaba en el campus central, ni tampoco en el original del centro histórico, sino que ocupaba dos pisos de un rascacielos moderno. Allí platicamos con Sebastiano Brusco, profesor de economía política, quien nos explicó que el grupo de profesores de la Facultad seguía, en términos generales, las teorías neo-ricardianas, una suerte de post-keynesianismo influenciado por la escuela clásica inglesa, y en particular por Marx. Nos dijo que los planes de estudio eran flexibles y que podíamos diseñar uno a nuestro gusto y conveniencia. También nos recordó algo fundamental: se necesitaban, para la inscripción, nuestros documentos, traducidos y autentificados.
Al día siguiente tuvimos la conversación con Michele Salvati, el profesor que nos había recomendado Lajous, y que era el más respetado en la Facultad. Su primera reacción fue: “México, hmmm, un caso muy interesante de bonapartismo partidista”. El tipo hablaba nuestro mismo idioma. Nos dijo que la Facultad era relativamente reciente, ya que había nacido de un acuerdo entre la Confindustria –la confederación patronal- y la CGIL –el sindicato dominado por el Partido Comunista-, y nos dio a entender, como ya lo había hecho Brusco, que en esa Facultad se preparaba a los profesionales que iban a controlar la política económica cuando el Partido Comunista entrara al poder. Nos pareció maravilloso.
Algunos estudiantes de último año –Mario Noera, Mario Bonifatti- se acercaron a nosotros y nos invitaron a la sede de la organización política que hacía el diario Il Manifesto, cuya sede habíamos visitado en Roma (recuerdo cómo enviaban las notas en el edificio de ese periódico, cruzado por extrañas tuberías: las enrollaban, las metían en un tubito, movían una palanca y el tubo, empujado por válvulas de aire, cruzaba la tubería). Hablaron muy bien de la escuela, pero la conversación fue sobre todo de política. Noera dijo –muy despacio, para que entendiéramos- una frase muy cierta, que se me quedó grabada: “Aquí no será sólo escuela de economía. También de política, porque Italia es hoy el país del mundo en donde se vive más intensamente la lucha de clases”.
La cereza del pastel fue que una de las noches que nos quedamos en Módena –precisamente la del 11 de marzo de 1974- tocó Incredible String Band en el Teatro Storchi. Era un signo de los cielos: había que quedarnos allí. El concierto estuvo delicioso –Robin Williamson era alto y grácil y torpe, Mike Heron tocaba el órgano con un fervor casi religioso- y al final, mientras el público se retiraba, ellos seguían tocando una y otra vez los acordes finales de A Very Cellular Song: “May the long time sun shine upon you/ all love surround you/ and the pure light within you/ guide you all the way on”.

miércoles, octubre 24, 2007

Biopics: Noches de Skadarlija II

Malacostumbrados a la buena vida que nos dimos en la gira (subí cuatro kilos en quince días), decidimos quedarnos la semana yugoslava en el mismo hotel. Una decisión económicamente irracional. Nadé en la alberca techada y me metí, por primera vez, a un sauna, que era mixto. Durante todos esos días nos la pasamos, fundamentalmente, cotorreando con nuestros cuates yugos.


Lo que más hicimos fue platicar. Fundamentalmente en inglés, aunque Lada, políglota, traducía de cualquier idioma. Un mucho fue de política. Nos explicaron qué cosa era la “Republika Federativna Jugoslavija”, con particular énfasis en los delicados equilibrios entre naciones de muy distinto grado de desarrollo económico. Estaban muy orgullosos de ser “eslavos del sur”, y ponían énfasis en el ser sudeuropeos, lo que los acomunaba con portugueses, españoles, italianos y griegos, pero sobre todo los separaba de polacos, ucranianos o rusos.
También nos platicaron del 68 yugoslavo: la toma de la Universidad de Belgrado y el contenido de sus luchas: a favor de la libertad de expresión, de la profundización del socialismo, de la solidaridad con el tercer mundo y en contra de los privilegios de la “burguesía roja” y la rigidez de la burocracia política. Todo su rollo nos sonaba tremendamente familiar; empezábamos a darnos cuenta de que éramos una generación globalizada, aunque la palabreja todavía no se usara. Que queríamos dar respuestas similares a realidades diferentes.
Otro gran tema fue la autogestión. La vía yugoslava al socialismo a partir de los consejos de fábrica o de cooperativas agrarias. El rechazo a la planeación rígida estilo soviético, que daba más libertades, pero también tenía problemas que considerábamos típicos del capitalismo, como la inflación.
De parte nuestra, les dimos la versión de la historia moderna mexicana que habíamos mamado en Economía. La revolución dio como resultado la extirpación de la aristocracia, disminuyó diferencias sociales intolerables y abrió las puertas para la movilidad social, pero conllevó –traicionada- la creación de una burguesía dependiente, que actúa dentro de un capitalismo de Estado. Les explicamos el funcionamiento del ejido, y les dijimos que el problema era su uso político, que a menudo se contraponía a la capacidad productiva de los campesinos.
En algún momento, entre signos de aprobación de sus compañeros, Branko comentó que todos los países del mundo eran amigos de Yugoslavia, salvo la URSS, Estados Unidos, Italia, Austria, Hungría, Albania, Bulgaria y Grecia. Los mexicanos nos reímos mucho: odiaban a todos sus vecinos.
Pero no todo era política. Contamos muchos chistes –y los yugoslavos eran particularmente soeces-, y cotorreamos de a montón. Fuimos al estadio del Partizan y Boban decía que tenía capacidad para 200 mil espectadores. Nosotros le decíamos, “sí claro, 20 mil”. Y él: “¡Nooooo! 200 mil”. Y nosotros, por hacerlo enojar: “¡Síííí! 20 mil, el Azteca tiene capacidad para 114 mil y es cinco veces más grande que éste”.
Otra vez les dijimos que en México sólo había dos yugoslavos populares. En el número uno, para su sorpresa, Mustafá Hasanagic, centrodelantero del Partizan que en un torneo hexagonal se colgó del travesaño de la portería en C.U., y lo partió en dos, y cuyas patoaventuras serían recontadas en la revista Chanoc (donde el equipo de Hasanagic era el Patizamb); y en el número dos ni más ni menos que Velibor Bora Milutinovic, veterano mediocampista de los Pumas (ora que lo pienso, Bora era algo así como el Leandro de los primeros años setenta). Y… bueno, en tercer lugar Tito, sólo conocido en el mundillo político.
Fuimos varias veces a bailar y más de una ocasión regresamos a Skadarlija. El único que no pasaba fríos era Antonio Mártir, hasta que descubrimos que llevaba pijama debajo del pantalón. Consuelo tampoco pasaba fríos, porque estaba en tórrido romance con Boban. Por mi parte, cuando recuerdo a las chavas sólo pienso en lo guapas que eran. A cada rato le decíamos “¡prendida!” a alguna de ellas. Nosotros también les gustábamos. Una de ellas llegó a preguntarme si todos los mexicanos eran tan guapos como nosotros. Le dije que no, que nos habían escogido a propósito para ellas. Julio Figueroa les parecía maravilloso: no recuerdo quién me hizo un comentario sobre “su gran porte indígena”. Consuelo, en tanto, era de una “extraordinaria belleza española”, a decir de los hombres. En fin, una suerte de romance a dos pistas.
Se unieron varios otros cuates yugoslavos, aunque sólo recuerdo el nombre de Godze Trakovskj, que era macedonio y vivía en un enorme edificio para estudiantes, de buen ambiente, aunque bastante sucio y pinchón. De ese mismo edificio salió Pepe Carioca, un brasileño comunista de línea dura que estudiaba en Belgrado. Con él y otros, armamos un equipo “latinoamericano” de fucho que se enfrentó a los yugoslavos en un amistoso en la Fakultet Politiski Nauka. Fuimos derrotados amargamente: Pepe Carioca no jugaba nada, yo di un partido pésimo, Carreto dio un partidazo –pero para su nivel- y el Doc Mapes no pudo cargar con el equipo.
También fuimos al cine, a ver “Estado de Sitio”, que estaba prohibida en México. La vimos en francés con subtítulos en cirílico y la disfrutamos bastante. En algún momento sentí que una chica sentada atrás pronunciaba, incrédula, algo así como “¿Lo torturan porque es comunista?”. Chequé con Branko a la salida del filme y sí, había dicho eso. Me pareció maravilloso que ese pan diario de Latinoamérica a ella le pareciera inconcebible.
Un momento cumbre fue cuando en la Universidad de Belgrado se organizó un acto en solidaridad con el pueblo chileno. Fue en un Aula Magna enorme, con largas barras semicirculares de madera, decorada con decenas de perfiles de famosos yugoslavos, no sé si por comunistas o por universitarios, pero que, sin excepción, se veían bien revolucionarios.
Luego de un par de discursos que no entendimos, apareció el invitado especial, Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista de Chile. Se echó el ya para nosotros consabido rollo de la resistencia que acabará sepultando a la dictadura. Sabíamos, por las discusiones en México, que Altamirano había sido uno de los que impulsaban “la profundización revolucionaria” y se oponían a cualquier acercamiento con la Democracia Cristiana, lo que apresuró el pinochetazo. Pero a esas alturas de la historia, las “diferencias en el seno del pueblo” pasaban a segundo término, como lo dicta la lógica leninista del centralismo democrático. Así que, al final de su discurso, los mexicanos saltamos al unísono, gritando: “¡Allende, Allende, el pueblo te defiende!”. Se levanto Goran y repitió el estribillo. En pocos segundos, el auditorio –que estaba repleto- coreó la consigna. Altamirano sonrió. Nosotros también. Éramos parte de la Internacional.
Aprendimos algo de serbio-croata, empezando por las groserías. Y en ocasiones, hacíamos osos involuntarios, como cuando Jorge quiso ordenar un pastel de chocolate y terminó pidiendo un “pastel de panocha”.
En algún momento de esa semana tuvo lugar, en un viaje relámpago de Flores, la segunda visita al PKB. Lo más relevante, además de conocer un poco mejor a la encantadora esposa de nuestro tutor –una gringa que había sido madre superiora y que Flores se ligó en la UNAM- fue que el segundo de abordo, Alfonso Solares, descubrió que el combinado agroindustrial envasaba chiltepines en salmuera, y se llevó cuatro grandes frascos de regreso a Italia.
En algún momento de nuestros últimos días, le pregunté a Branko qué sucedería en Yugoslavia cuando Tito muriera. Me respondió confiado. Si bien Tito era un autócrata -el chiste local decía que su sobrenombre venía de Ti: to (tú: haz esto)- era también un político sabio que sabía mantener los balances regionales y ceder ante ellos. Como prueba, la nueva Constitución que estaba por ser aprobada, que garantizaba más autonomía a Croacia y a las provincias serbias. Goran abundó a ese respecto, señalando que una característica particular del movimiento estudiantil en Croacia era la búsqueda de mayor autonomía regional. Brindamos por esa constitución y porque hubiera varias más; cada una de ellas, un paso en la construcción de una mejor Yugoslavia. Nunca supe si los cuates serbios tomaban cierta distancia de Goran porque era más oficialista que ellos, o porque era croata.
Aquella ocasión Branko concluyó que después de Tito, habría arreglos para un gobierno colegiado o por turnos… lo que resultó profético, pero por apenas una década. La constitución de 1974, por la que brindamos aquella vez, tenía el germen de la secesión. Por otra parte, había todavía más similitudes con México: el gobierno de Tito, al igual que los de Echeverría y López Portillo, se endeudó en grande durante los años 70, y los programas de ajuste económico que le siguieron, minaron el poder del partido único, sólo que en la Yugoslavia socialista el shock fue más traumático y dio impulso a fuerzas centrífugas que en México nunca existieron.
Al final de aquella semana, un nutrido grupo de amigos yugos nos acompañó a Mártir, Carreto, Mapes y a mí a la estación de trenes. Castañares había adelantado su viaje a Roma; Villamar lo había hecho a París; Figueroa estaba por salir a México y Consuelo se quedaba un tiempo más para seguir con Boban. Hubo muchos besos de despedida. Nos acomodamos, con una gran cantidad de maletas y cajas, en un compartimiento de segunda clase. No sabíamos que era para ocho personas, pero en Belgrado nadie se subió. A eso de las cuatro de la mañana llegamos a Zagreb. Un tipo abrió la puerta corrediza del compartimiento. Entre una nube de humo de cigarrillos ha de haber distinguido a Mártir y su bigote zapatista, y a Carreto dormitando enfrente de él. También ha de haber percibido un fuerte olor a patas. El hombre exclamó: “Turk!”, y cerró la puerta de inmediato, con un gesto de repulsión.

En ese momento comprendí, de lleno, que ya no estábamos en el mundo de los privilegiados.

jueves, octubre 18, 2007

Eslavos con sombrero de charro

¿Por qué creía Branko que Cielito Lindo era una canción yugoslava?
La respuesta está en la política, según he descubierto recientemente gracias a internet (un sitio llamado Yu-Mex). Es una respuesta que también nos puede servir para explicar el apoteósico recibimiento a Echeverría, la reacción de los obreros a los discursos de los mexicanos y, en general, a la buena vibra que mostraron los yugoslavos hacia nosotros.
En 1948, Tito rompe con la Unión Soviética, encarcela a los simpatizantes de Stalin y proclama una vía propia al socialismo. Yugoslavia queda enmedio de los dos bloques en formación.
En esa circunstancia, ¿dónde buscar referentes para no quedarse solos y para no dar a la población la sensación de aislamiento? Los comunistas yugoslavos encontraron uno, convenientemente lejos. Un país en el que había triunfado una revolución social, en el que el partido de la revolución triunfante se había institucionalizado en el poder y separado -al menos en el discurso- de los dos bloques enfrentados. Un personaje como Echeverría, con su discurso tercermundista y alternativo, reforzaba esta visión.
Un elemento clave, que fue exportado con éxito a Yugoslavia (aquí la demanda era la que marcaba el mercado) fue la cultura nacionalista mexicana, fuertemente ligada a los contenidos de la revolución. De los grandes muralistas -con sus referencias marxistas- a las películas del Indio Fernández, pasando por la música ranchera, México era un espejo lejano, pero posible, de una Yugoslavia que se definía por sus diferencias frente a sus vecinos.
Desde principios de los años 50 surgieron decenas de cantantes eslavos con sombrero de charro, interpretando en serbio-croata los corridos de la Revolución y las grandes canciones rancheras de nuestros clásicos, como el gran José Alfredo Jiménez. A lo mejor Cielito Lindo no le sonaba lo suficientemente ranchera a Branko y por eso se confundió.

Aquí algunas portadas de discos... y creo que Nevenka no canta mal las rancheras.

Nevenka Arsova canta Paloma Negra













miércoles, octubre 17, 2007

Biopics: Noches de Skadarlija I

Para la semana en Yugoslavia, el Doctor Flores elaboró –ayudado por Castañares- un programa muy vago, que más bien dejaba mano libre. Incluía, eso sí, una nueva visita al Combinado Agroindustrial PKB. Ante la insistencia de Casta de más actividades, Flores declaró: “¡Por favor, no dejemos que nos persiga el fantasma del Capitán Salinas!”. Flores regresaba a Roma esa misma noche; luego traería a su esposa y a su ayudante Solares. Consuelo estaba muy sentida porque le habíamos dicho que se había visto lambiscona con Echeverría y quería irse ya a Italia. Flores la instó a no hacerlo, y acabó siendo la última en salir de Yugoslavia, por razones que se verán más adelante.

El evento principal del día para una parte de nuestro grupo era discutir con los estudiantes yugoslavos “de verdad” con los que había hablado una parte del grupo la mañana en que los otros fuimos al PKB. Gracias al hecho de que Julio Figueroa estaba zafado de sus tuercas, se acordó que se iba a discutir de sexo.
La cita fue en el café del Hotel Jugoslavija, que era como el del Hotel María Isabel, incluso en el estilo de los comensales. Llegaron bastantes estudiantes –las muchachas, muy bonitas casi todas- y, bueno, se habló de sexo.
La visión de Julio sobre la vida sexual de los mexicanos era apocalíptica y estaba llena de tópicos. A mí me tocó fungir de traductor al inglés y en varias ocasiones tuve que decir que no estaba de acuerdo, porque la vida cotidiana que describía correspondía, si acaso, a comunidades atrasadas del Bajío más mocho e intolerante.
Era una mesa larga y, de hecho, se formaron cuatro conversaciones. En la principal, estábamos Julio, Eduardo, yo y cuatro yugoslavos: Mira Nenezic, Slobodan Marinkovic (Soba), Mira Gnatovic y Liljana Milicic. A mi lado, Consuelo, Medina Araujo y otro Slobodan (Boban) platicaban sobre medios de comunicación; yo intentaba entrar a esa charla, pero tenía que traducir a Julio. En una esquina, Jorge Carreto y Lada Muminagic hablaban en español de no sé qué; en la otra, Jorge Castañares y Branko Nikolic platicaban de política.
La reunión tuvo dos conclusiones. Una, personal de Julio Figueroa: que los yugoslavos, aunque la situación era mejor que en México, tampoco estaban liberados sexualmente. Otra, colectiva: que como era cumpleaños de Carreto había que festejarlo esa noche en Skadarlija, la calle del viejo Belgrado que está llena de restaurantes típicos. No nos acompañaron Medina Araujo ni Castañares, pero sí Antonio Mártir y Vicente Villamar, que habían estado en la otra actividad vespertina. También fue Goran Crnogorcevic, estudiante de ingeniería, del grupo de líderes estudiantiles de la Liga de los Comunistas Yugoslavos.

Nos fuimos en camión, con buen ambiente. Ahí decidí que la yugoslava que más me gustaba era Mira Gnatovic, frágil y de mirada dulcísima, estudiante de economía.
Ella champurreaba el francés, así que tuve que hacer gala de mis escasos conocimientos adquiridos en el IFAL para hablar con ella. Estaba dispuesto hasta a aprender serbio-croata.
Llegamos a una taberna muy parecida a las de Viena, nomás que con los retratos broncíneos de Marx, Engels y Tito. Goran pidió cevapcici, que son unas riquísimas salchichas de carne molida con harta cebolla, y vino para todos.
A los pocos minutos llegaron al mismo lugar Fidel Herrera, Femito, Rodolfo Echeverría, Medina Araujo y Adolfo Desentis. Se sentaron en una mesa junto a la nuestra y pidieron lo mismo.
Yo le hablaba a Mira del Quijote, le decía que había que vivir la vida quijotescamente, de tal manera que, si no hay un más allá, eso sea una injusticia. Le decía que si no vencemos a los gigantes, que si nos repelen los molinos de viento, eso debería ser una injusticia. En esas andaba, cuando Fidel Herrera se acerca y le da una rosa a Mira, diciéndole:
-Hello, I’m Fidel.
-Fidel comme Fidel Castro? –preguntó ella.
-Non, Fidel comme Fidel Velázquez, un homme politique mexicain que’est un traditeur de la classe ouvrier –dije yo, molesto sobremanera con la intromisión de Herrera.
Entonces que Fidel se enoja y comenzamos una discusión fortísima sobre quién es el revolucionario, la realité nationale, les ouvriers, la démocratie, porque el debate fue en francés para que Mira entendiera. Parecíamos dos carneros chocando su testuz para ganar la hembra. Aunque Fidel sabe hablar francés, no me ha de haber ido tan mal, porque él se dio la vuelta, enojadísimo, para hablar con otras personas. Inflamado ya de espíritu revolucionario, hablé con Mira del 68, de Tlatelolco, del 10 de junio, del control corporativo sobre obreros y campesinos. Ella traducía al serbo-croata a Soba.
Llegaron unos músicos a tocar música yugoslava que Lada Muminagic, hermosa y grácil, bailó sobre la mesa. También tocaron Cielito Lindo, y Branko Nikolic insistía en que era una canción yugoslava.
Idos los músicos, Rodolfo Echeverría –ora sí que ya del otro lado de la barricada- empezó a despotricar contra Hernando Pacheco, “ese maricón de mierda”.
-Pero bien que le hace los discursos a tu papá –rebatió Figueroa.
Las cosas estaban tensas y amenazaban con ponerse feas. Fidel me conminó a dar un discurso. Mártir, preocupado, me dijo “no caigas en provocaciones, compañero”, y me pidió en voz baja que no lo hiciera ideológico. Obviamente que no iba a caer en el juego e, inspirándome en Scheel, brindé por el vino, que alarga la vida y refuerza la mente y por el placer de brindar entre amigos. Lada brindó por la amistad mexicano-yugoslava y Fidel Herrera, aún enchilado, gritó:
-Órale, vamos a cantar. El que sea deveras revolucionario que empiece a cantar.
Me dieron ganas de cantar “De ranchero a diputado”, pero se hubiera generado una bronca. Entonces que se escucha a Consuelo: “Yo quiero que a mí me entierren/ como a un revolucionario/ envuelto en bandera roja/ y con mi fusil al lado”. Canto yo, canta Villamar –quien andaba algo ebrio, con eso de que nadie le entendía el ruso-, canta Mártir.
-Continúa, continúa –clamó Fidel cuando dejé de cantar.
-No me sé el resto de la letra –respondí.
Y Villamar en voz altísima: -“Porque yo soy militante/ del Partido Comunista”.
Cinco minutos después, intempestivamente, los priístas se fueron. Fidel farfullaba amenazas.
Branko Nikolic, quien en principio me había caído un poco mal porque me parecía que estaba del lado de ellos, dijo: “Fidel dice que ustedes son estúpidos y pequeño burgueses, que él es hijo de campesinos, que ha luchado toda su vida para hacerse, que para ustedes todo ha sido fácil y que no tienen idea de lo que es su país. Esos son discursos sentimentalistas y subjetivos. Es su excusa porque él es parte del aparato de gobierno. Nosotros somos revolucionarios. No estamos incondicionalmente con nuestro gobierno, como lo demuestran las luchas que los estudiantes yugoslavos hemos desarrollado desde las gloriosas jornadas de junio del 68”. Aplausos de todos.
Goran se alza de la mesa: “El estúpido es él. ¡Que viva la revolución socialista!”. Brindis, risas y descorches de botella. Jorge, con una sonrisa de oreja a oreja, gran cumpleaños. Mártir, satisfecho: es nuestro “veterano del 68”. Villamar repite, saliendo del clóset ideológico: “Camaradas, soy militante del Partido Comunista”.
Descubro que Mira ha dejado caer al suelo la flor que le dio Fidel. Le digo que es bella, que es femenina y libre, como el aire. Sonríe. Se le ve complacida. Eduardo se inspira y se tira tremendo rollo sobre la mujer socialista: para que exista gente como ellas es por lo que luchamos. Mujeres y hombres libres, iguales y participativos. Continúo a tirarle a Mira españoles y revolucionarios piropos de mi colección. Nuestras miradas se cruzan, me siento pleno. Vino, Mira, Skadarlija y Socialismo.

Al otro día me enteré de que Soba era el novio de Mira. Como diría el maese Ballesté: “Esto de jugar a la vida…”

lunes, octubre 15, 2007

Biopics: De gira con Echeverría IX (y último)

El jueves 14 visitamos, temprano en la mañana, el Combinado Agroindustrial Beograd (PKB). Del grupo fuimos nada más Casta, Consuelo, Carreto y yo. En el PKB visitamos primeramente unos establos, con las vacas casi una encima de la otra. El guía explicó que el terreno era un pantano en 1945 y se necesitaron grandes cantidades de trabajo para llegar a hacer este Combinado. Consuelo y yo estábamos hasta el final del grupo y, cuando Echeverría se dio la vuelta –con el grupo de canchanchanes repitiendo el juego de lo que hace la mano hace la tras-, quedamos exactamente enfrente de su carota. Consuelo, convertida ya en echeverrista compulsiva, se adelanta y saluda de mano a Don Luis.
-Muy buenos días, señor Presidente.
-Señorita, tiene usted las manos muy frías, tome mis guantes por favor.
-Ay, señor Presidente –y se los pone con sonrisota.
Luego nos enseñan donde se envasa la leche y nos explican que el secreto del PKB es que todo el proceso productivo se realiza en un lugar pequeño, lo que acrecienta los rendimientos. Nos enseñan unas vacas de mentiritas, a las que cubren de hormonas para engañar a los sementales: hay un cuate dentro, con una bolsita recogiendo el semen del toro que se cree seductor. Castañares, de juego, hace una imitación de lo que haría el toro y se gana un “¡Qué enfermo estás!” de parte de Carreto.
Más tarde, en una mesa modesta, breves comentarios sobre el Combinado con líderes obreros. Se sirven juguitos. Edmundo Flores habla y dice que el PKB es un ejemplo de lo que son la inventiva y la resolución de los pueblos y bla bla bla.

En lo que unos fuimos a lo de la agroindustria, Eduardo, Mártir, Figueroa, Villamar, Desentis y Ochoa habían estado hablando, a petición propia, con “estudiantes normales” de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrado. Todos nos reunimos a comer en el hotel, mientras el alcalde le entregaba a Echeverría las llaves de la ciudad.
Como de costumbre, antes de poder terminar, los del EMP nos apuraron a subir al camión para estar presentes en la siembra del Árbol de la Paz y, por primera vez, llegamos con mucha antelación.
El parque donde se sembraría el árbol estaba bastante gacho. Puro pasto pelón con cinco o seis arbolitos en fila. Enfrente de los árboles, una casita estilo tortería del parque de La Milla, en Chapultepec, pero más pequeña. En ésta jugaban unos Pioneros Rojos, oséase boy scouts comunistas. Villamar comienza a hablar con ellos en su ruso rudimentario, parece que no se entienden muy bien.

Regreso al camión, donde están el chofer, dos tenientes del EMP, Adolfo Desentis y Eduardo (este último en brazos de Morfeo). Desentis y el Teniente Alvizu hablan del ’68.
Desentis: - ¿Y tú estabas ahí?
Alvizu: -Sí, ahí anduve. ¿Y tú?
Desentis: -Yo también, del lado de los estudiantes. Pero entonces yo era base, no líder como ahora.
Alvizu: -Qué hermoso ¿no? Cada uno vivir su juventud idealista, en bandos distintos y ahora estar juntos. Yo extraño un poco esos días ¿tú no? Como que todo se te hacía más claro.
Desentis: -Sí, claro (rísa nerviosa).
Alvizu: -Oye, en Tlatelolco no sentí que los estudiantes dispararan. ¿Dispararon ustedes?
Desentis: -No. Los que dispararon eran los del Batallón Olimpia. Eran policías, creo.

En eso que llega Echeverría, despierto a Eduardo, bajamos todos, plantan el árbol y salimos en la tele mexicana.
El Museo de Arte Contemporáneo está a 200 metros del Árbol de la Paz., pero nos llevan en camión. En cuanto a la pintura, fuera de los naifs que han hecho famosa a Yugoslavia no hay nada qué ver. Esta vez pude irme al mismo ritmo que el resto de la comitiva.
La cena que ofrecía Echeverría tuvo lugar en el hotel donde estábamos hospedados, propiedad de la cooperativa Metropol Kombinat (ahí entendí que el PKB tampoco era del Estado; que el rollo titoísta se centraba mucho en la propiedad social).
Recibiendo a los huéspedes, antes de las escaleras por las que se sube al comedor, están Echeverría y Tito. Llego, saludo con sonrisa de chavo, empiezo a subir las escaleras y pum, que me resbalo y doy el ranazo. Levanto la cabeza y noto que los dos presidentes han volteado hacia mí y mi desfiguro. Nunca me pude “poner a la altura de las circunstancias diplomáticas”.
La cena parecía boda de ricos, de tanto invitado. Me toca entre un funcionario del Banco de Yugoslavia y un periodista medio enano de La Prensa, quien no dejó su puro ni para comer. Enfrente de nosotros, Mario Huacuja, quien entonces tenía un programa en la televisión.
Huacuja fue quien llevó la conversación con el funcionario yugo, quien nos explicó por qué había Marlboro y Coca-Cola en su país (pagan un porcentaje por el uso de la patente y la fórmula, pero los producen empresas sociales yugoslavas) o sus relaciones con Sears (que compraba productos de Yugoslavia pero no podía poner una tienda). Entre sorbo y sorbo de sopa de milpa, observo a Femito y al Doc Mapes intentando ligarse una hermosa invitada yugoslava.

Como dato curioso, cabe anotar que hicieron pasar un enorme sombrero charro de dulce. Todos tuvieron miedo de llegarle… hasta que pasó enfrente de Huacuja.
Después de la comida, la comitiva fue a la casa de Tito, a ver la película Sutjeska, sobre la vida de este líder, con Richard Burton en el papel de Josip Broz.
La casa de Tito es muy grande, con amplios jardines, decorada al estilo turco, llena de tapetes –“bizantina”, la definió Jorge-. A mi occidental juicio, es una casa kitsch.
En una sala con muchas columnas pusieron la pantalla de cine. Yo iba a la cola y, aunque alcancé coca, no alcancé lugar, así que me senté en el suelo, como si fuera el cuarto de la tele. Empezó la película y me senté más adelante, entonces que veo las carotas de Echeverría y de Tito iluminadas por el film, me doy cuenta de que no es el cuarto de la tele y me planto en la segunda fila, al lado del General Castañeda, quien con una señita me manda una fila más atrás.
La película está en serbo-croata, con traductor simultáneo con acento eslavo. También está medio exagerada, pero no deja de ser emocionante. En un momento dado, partisanos y nazis suben una colina por cuestas diferentes, se encuentran en la cima y pelean cuerpo a cuerpo. En eso, un guarura yugoslavo me toca la espalda. Pienso: “este cabrón va a querer que me pare”, pero no, me dice amigable, orgulloso, en un inglés champurrado, apuntando al General Traductor que está junto a Echeverría: “¿Ves a ese hombre? Él era el comandante en esa batalla”.
En el medio tiempo, otro escolta me consigue un sofá y, aunque con riesgo de perecer de tortícolis, termino de ver la cinta. En los momentos culminantes, los guaruras eslavos no aguantan la emoción y se sientan en los respaldos de mi sofá para disfrutarlos más.
Qué raro, estaba yo rodeado por dos agentes de seguridad y no me sentía inseguro.
De regreso, en el pasillo del hotel me encuentro que un militar –no sé quién, lo vi de espaldas- corretea tras Buenona Stajav, a quien se ve divertidísima. Buenona se mete a un cuarto, el oficial la sigue. Escucho que cierran la puerta. Creo que tampoco ella se sentía insegura entre los agentes mexicanos.
El último día de la gira, muy temprano en la mañana, visitamos una fábrica de motores para tractor. Anecdóticamente, cabría comentar que yo no traía corbata, sino mi traje gris y suéter, lo que me ha de haber dado apariencia muy yugoslava. Tuve que enseñar mi gafetito porque me confundieron.
La fábrica era bastante grande y algo oscura. Yo pensaba que el obrero construía esos tractores para el compañero campesino en un esfuerzo colectivo. Los yugoslavos, según me comentó días después mi amigo Branko, lo veían desde otro punto de vista: los obreros producen para sí mismos, productos que venden porque les importa que la fábrica, que es suya, obtenga ganancias.

El más emocionado de todos parecía ser Figueroa (¡Ahh, la clase obrera!). Después de observar el montaje de varias partes de los motores, llegamos a un amplio galerón, donde estaban congregados casi todos los trabajadores. Había gente hasta colgando del techo. Los obreros nos pedían nuestros gafetes y no dudé en dar el mío a uno de ellos. Figueroa se coló entre los trabajadores y en medio de la masa me saludó (de los cuates, el único que no regaló gafete fue Castañares).
De la tribuna habló el Presidente del Consejo de Fábrica, un ingeniero como de 40 años que fue en un tiempo obrero. Grilla y aplausos. Habla Echeverría y grandes aplausos. De repente se le ocurre a Don Güicho aventarse una lopezmateada –es decir, mandar al micrófono a uno que ni sospecha- y dijo: “y ahora, él no lo sabe, pero va a hablar con ustedes un joven estudiante, sentado aquí al frente”. Al frente estábamos Rodolfo, Eduardo, Nafinsito y yo. “Él les va a mandar un mensaje de la juventud mexicana. El joven Ramón Rodríguez, pase por favor”.
Nafinsito se puso translúcido y temblando se dirigió al podio. Su breve discurso abundó en elogios a la Revolución Mexicana, le salió bien y fue muy aplaudido. Echeverría, picado, mandó llamar a Salustio Salgado. Éste, muy seriote como siempre, se aventó un diez. He aquí lo esencial de su discurso:
“Compañeros Obreros Yugoslavos:
Vengo desde México a portarles el saludo de los 3 millones de trabajadores mexicanos del Congreso del Trabajo (aplausos), que representan, con sus familias, a 11 millones de mexicanos (más aplausos”). México y Yugoslavia son países hermanos. Por tanto, con el presidente Tito y con el presidente Echeverría, ¡Arriba y Adelante!” (frenéticos aplausos).
Visto el éxito, Echeverría lanzó al ruedo a Celestino Salcedo, de la CNC. Celestino fue certero:
“En cada tractor que ustedes producen se juntan los corazones de los obreros yugoslavos con los corazones de los campesinos mexicanos” (aplausos hasta el aullido).

Días después comentábamos que en la capacidad de comunicación de masas radicaba una de las grandes diferencias entre el priísmo y la izquierda. “Arriba y Adelante” no significaba nada, pero daba la idea de progreso. Y coincidimos en que Celestino estuvo genial: cruzó océanos, clases sociales aliadas en un rollo sentimental que pegaba mucho más que cualquier explicación sobre la explotación capitalista.
A la salida de la fábrica, preguntaba Salustio: “¿Qué tal estuve, eh?”
Y Soberón, su cuate: -Muy bien, estuvo usted muy bien.
De la fábrica fuimos al Museo Militar, que es más bien histórico y está donde confluyen los ríos Sava y Danubio. El General Traductor enseñó con orgullo dos fotos de la guerra partisana que él mismo tomó, así como una en la que él aparecía.
Nosotros estábamos esperando a que nos dieran el dinero para la estadía de una semana en Yugoslavia (a los otros les dieron 1200 dólares). Fui y le pregunté a un militar y me dijo que no era cuestión suya y que yo estaba mal rasurado.

De ahí al hotel y al autobús para el aeropuerto, otra vez con la valla popular. En el trayecto me puse a imitar a los conductores anticomunistas de la televisión mexicana, que veían la paja en el ojo ajeno, lo que también era una crítica a nuestras costumbres acarreadoras. Hernando Pacheco sonreía, pero Fausto Zapata hizo una mueca de pocos amigos.
En el aeropuerto, nos despedimos del Señor Presidente, quien nos pidió que le echáramos ganas en el estudio y aprendiéramos también de esa semana en Yugoslavia.
Tras él, fue abordando el resto de la comitiva. Entre los últimos estaba Carlos Sansores Pérez, quien con campechana sonrisa se quitó el sombrero de fieltro con listoncito rojo y lo llenó de dinares. Nos llamó para que tomáramos 400 dinares cada uno. Sólo los jóvenes priístas lo hicieron.
La comitiva iría a pasar una merecida vacación de dos días a las Bahamas. Nosotros empezaríamos a gozar de nuestra independencia.

Como corolario, dos de los personajes descritos en esta gira murieron de manera precoz. Rodolfo Echeverría Zuno falleció ahogado en una alberca en 1983, a los 31 años. Del Capitán Salinas me contaron –creo que fue Del Pozo, pero no puedo asegurarlo- que tuvo un papel importante en la logística de la campaña presidencial de José López Portillo, pero una noche durante esa campaña, murió por una bala disparada accidentalmente cuando entraba a un bar, en Nayarit. El accidente le pegó entre ceja y ceja.

viernes, octubre 12, 2007

Biopics: De gira con Echeverría VIII

Yugoslavia era un lugar que me interesaba mucho. Un país socialista. Yo tenía ganas de observar la estrella roja en la gorra de los soldados –Luis Foncerrada me había hablado de ellas- y de saber cómo era la vida en ese lugar, más allá de las propagandas contrapuestas.
La llegada a Belgrado fue apoteósica. Era así como imaginábamos en un principio que sería la norma. El camino estaba atiborrado de escolares con banderas de México y de Yugoslavia; en la medida en que nos acercamos al centro, había gente de más edad (probablemente trabajadores al servicio del Estado, pero para nosotros no tenían tanta cara de acarreados). A lo largo del camino había cartelones grandes con fotos de Tito y de Echeverría. Otros decían: “Viva la lucha del heroico pueblo mexicano” “Viva la fraternidad Mexicano-Yugoslava” “Bienvenido, Señor Presidente Echeverría” (en serbo-croata, pero también en español, porque si no, no las entendía). Grupos abigarrados de chavitas y jóvenes mujeres (las más guapas que he visto en Europa) coqueteaban con nosotros los del camión, y ahí nos tienen con la sonrisa a flor de labio por esta recepción que ya no esperábamos.
Quedamos alojados en el Hotel Jugoslavija, una construcción moderna, funcional, pretenciosa pero sin lujos. Era… ¿cómo decirlo?... un edificio estilo echeverrista. Ese hotel fue destruido en 1999, en un bombardeo de la OTAN, porque ahí se albergaban paramilitares serbios.

Me toca de nuevo con Casta y su despertador. En el elevador me encontré con una mujer de extraña elegancia (o extravagancia), que no era bonita pero sabía putear de lo más bien. Se me quedó mirando de arriba abajo como desnudándome y yo, claro, hecho un idiota. Me dijo que yo era “beautiful” en un inglés pésimo. Vio mi gafetito y dijo: “Oh!, you are with a grande gruppe!” y se rió. En algún momento volveré a hablar de esa señora, pero no durante la gira.
En el restaurante admiramos el río Sava, que confundimos con el Danubio, y el Doctor Flores hacía hincapié en el hecho de que nos hubieran servido comida corrida, sin carta.
De ahí fuimos al monte Avala, por la ofrenda de Echeverría a la tumba del soldado desconocido. Este monumento se encuentra a las orillas de la ciudad, allí donde tuvo lugar una de las batallas más importantes para la liberación de Yugoslavia. De guía nos sirvió uno de los lugartenientes de Tito, quien aprendió español en la Guerra Civil Española. Largas escaleras para llegar, soldados gigantescos que se ponían marciales a ratitos. Jorge declara: “Este monumento es del realismo socialista más pinche”. Para mí que no; me recordó el Monumento a la Madre, en México (lo que no sé si hable bien del Monumento a la Madre).
De ahí, regreso al hotel. Castañares se va de compritas con Ríos y Fidel Herrera
(más tarde entenderíamos que su lógica no era de consumo, sino de comprar barato); los del Estado Mayor se dedican a cotorrear con una coqueta camarista que han bautizado como “Buenona Stajav”.

Los estudiantes no fuimos invitados a la cena de esa noche, que Tito ofrecía a la delegación mexicana, pero sí a una recepción posterior y el gobierno yugoslavo nos ofrecía una cena en el Hotel Excelsior con los líderes estudiantiles del país. (En ese hotel estaba la prensa mexicana, que llenó otro avión D-C 8 para la gira).
Fidel Herrera tenía muchas intenciones de grillar y prefirió ir con nosotros que a la cena con Tito. Luego luego se apoderó de la palabra para fungir como jefe de nuestra delegación y nos introdujo de nombre completo a cada uno, mostrando su prodigiosa memoria de político. Le echó mucha crema a los puestos de los priístas. Entre Jorge y yo nos agarramos a un cuate de la esquina para soltarle una grilla de izquierda. Varios empezaron a prestarnos atención y se han de haber quedado muy confundidos. Otros parecían muy preocupados por los sonidos que provenían de la cocina, y a cada rato se paraban a ver qué onda, hasta que un gordito regresó feliz: Yugoslavia había derrotado a España y calificado al Mundial de fut.
Después de esa comida fuimos al edificio del Consejo Ejecutivo Federal a la recepción y a conocer a Tito. Chingomil gentes del cuerpo diplomático estaban en el mismo rol. Cuando salieron Echeverría y Tito, como por arte de magia Consuelo se metió a saludar a don Luis y acabó requetefotografiada entre éste y Tito, en lo que caminaban al salón donde se ocuparían de saludar al grillerío. Nos formaron a la izquierda de Echeverría en una larguísima cola, en la que estábamos, precisamente, a la cola.
Yo ya me estaba desesperando porque quería estrechar la mano de Tito y me colé. Poco después Echeverría nos presentó oficialmente y se me hace que Tito se dio cuenta y pensó “éste ya me había saludado”. Luego Echeverría y Tito se sentaron junto a una mesita, Tito encendió un puro y comenzó el fotografiadero loco. Echeverría nos llamó –vía Mi General Castañeda- para posar con él y con Tito, cosa que hicimos. Luego un periodista de El Día se sentó al lado del mandatario yugoslavo y comenzó una serie de retratos personales, de los cuales ustedes conocen el mío.

En esa foto aparezco con una gran sonrisa, una solapa del cuello por encima del saco. A mi izquierda está Tito, puro en mano, Echeverría voltea hacia él, y el traductor, en medio, dice algo. Detrás de mí están Mapes, brindando a la cámara, con una copa de champagne, Mártir mirando a la cámara, Fidel Herrera y Jorge Carreto con la mirada hacia abajo, y Ríos totalmente distraído.
Tras las fotos, Echeverría propuso que los estudiantes y los jóvenes nos quedáramos una semana más en Yugoslavia, “el tiempo que ustedes quieran”, para aprender de su particular experiencia socialista. “Debemos ver qué cosas se pueden aplicar a México”, remata.

Casi al final del evento, le pregunté a Julio Figueroa, por qué no se había tomado una foto.
-Ese no es Tito –me dijo-. Ese es un monito que está junto a Echeverría.