jueves, octubre 11, 2007

Biopics: De gira con Echeverría VII

Salimos de Venecia con un frío cortante, primero en barco y luego en avión hasta Viena, donde nos alojamos en el Hotel Imperial (y ahí recalaban, puntuales, las cajas de cartón llenas de libros). Algunos miembros de la comitiva salieron, por no sé qué razones, a Zurich, y a los becados –que ahora también éramos colados- nos dieron sus cuartos. Casta y yo estábamos en el que le tocaba a Hernando Pacheco y a cada rato nos querían meter sus maletas.
En Viena le escribí a Janette, a quien mi beca a Italia no le gustó mucho porque tenía la intención de ir a México e inscribirse en La Esmeralda, diciéndole que viniera a Europa y que la pasaríamos bien. No fue una idea muy inteligente, pero tampoco terrible.
Estaba yo con Consuelo, en su cuarto –una suite que le tocaba a Muñoz Ledo-, tratando de convencerla de que cambiara su peinado aseñorado, cuando llegó la orden de cambiarnos y ponernos el smoking. Eduardo se quedó en el hotel, yo me hice güey con mi traje oscuro y mi corbata de moño, según yo casi indiferenciables del smoking.

Smokinados llegaron los mexicanos a la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial –enfrentito del hotel-. Yo, muy confiado hasta que, gulp, me ví en uno de los espejotes de la sala. El traje se veía gris y la corbata de la chingada.
Regresaba yo del evento, cotorreando con Pablo Echeverría cuando de entre la gente llega una señora mexicana a preguntarnos si éramos los hijos del Presidente. Pablo inmediatamente le dijo que no. La señora insistió en conocerlos, así que fuimos adonde estaban Alvaro y Rodolfo con Jorge Carreto, a quien presentamos como Pablo Echeverría. La señora quedó feliz.
El Capitán Salinas me dijo que no podía entrar a la cena, porque era “de riguroso smoking”, por lo que me sentí aliviado de no hacer el ridículo. Aproveché para decirle a Julio Figueroa que de smoking se parecía a Benito Juárez. Me fui caminando al hotel y esa es la única imagen viva que me quedó de Viena. Luces y gente esperando el tranvía. Me cambié y bajé a cenar al hotel, donde también manyaba el valet de Echeverría. Gran sorpresa me causó encontrarme al salir de ahí a Consuelo y a Mártir. Aunque iban vestidos correctamente, no tenían lugar en el protocolo de los estirados austriacos. Me dijeron que Femito, Desentis y Medina Araujo se quedaron en la puerta, esperando que les dieran chance. Propusieron ir a una discoteca, cosa que acepté.
Mártir y Consuelo bailan bastante mal; los austriacos, peor. Por lo tanto, no me sentí mal. Eduardo y Castañares, en tanto, se pasaron cinco horas caminando por Viena.


Al otro día, de vuelta a levantarse temprano y desayunar harto. Partimos en tren a Linz, a visitar la siderúrgica Ovest-Alpine. Salimos en el tren del presidente austriaco, con meseros de vagón en vagón, sirviendo copas. Como había niebla y no se podía ver nada, me dormí.
En Linz hacía un frío horroroso y nos recibieron una banda y cientos de aprendices agitando banderitas. Me sentí de lo más ridículo caminando en alfombra roja mientras chavos de mi edad, mis iguales, hacían valla. En “lo calientito”, o sea dentro de la fábrica, nos recibieron los dirigentes de la empresa, que nos explicaron el funcionamiento de la fábrica. Dimos una vuelta y el más emocionado era Herstl, el director del IPN, quien nos estuvo explicando (al Rector Soberón, a Eduardo y a mí) el funcionamiento de esta siderúrgica. Tiró una gran neta al decir; “Yo sería feliz en un lugar así, trabajando aquí”. Consuelo, en tanto, andaba, casco en cholla, apunta y apunta tras el Presidente quien, claro, la descubrió y anduvieron del brazo todo el santo rato (fotógrafos dábanse vuelo).
Durante la comida se presentaron danzas tradicionales de Austria, con su musiquita lenta y sus pasos monótonos. El regreso estuvo cubierto por la niebla.
En Viena visitamos la Organización Internacional de Energía Atómica, donde se firmaron dos convenios. Me asomé a ver las firmas del libro de invitados; antes de Luis vino un jeque árabe y un malgache o algo así, pero vino un empleado y se llevó súbitamente el libro.
Saliendo de allí, llegó un grupo de chilenos refugiados, con una bandera, gritando: “¡Chi-le-Mé-xi-co! ¡Chi-le-Mé-xi-co!”. El Presidente improvisó unas palabras y se escucharon vivas a Echeverría. Me aventé un “¡Viva Allende!”, en coincidencia con Rodolfo Echeverría, y se armó el pequeño coro.
En el camión, Julio Figueroa criticaba a los chilenos “por refugiarse en un país burgués”.
El siguiente evento fue un buffet que ofrecía el presidente Echeverría al presidente Jonas. El ambiente fue totalmente diferente al protocolo austriaco. Llegaron unos estudiantes de la “forestal de Durango” que estaban en Viena (eso fue lo que entendí) y cantando “Ya llegó el que estaba ausente” y Femito le dedicó no sé cuál canción al Presidente, pero no se le escuchó nada.
-Fue serenata particular –respondió cuando le dijimos que no habíamos oído.
Regresé bastante cansado, muy dispuesto a dormirme (Eduardo y Rodolfo todavía fueron al bar del hotel). Sucedió, sin embargo, que el Doctor Flores me animó a ir –con Víctor Urquidi, Villamar, Figueroa, Casta y un estudiante mexicano de música- a la parte típica de Viena a tomar vino dulce. Acepté al sentir que conocía demasiado poco esta bella ciudad.
Tomamos unos taxis –ya era cerca de medianoche-, llegamos a la zona típica y nos metimos a un localito. Nomás entrando, unos austriacos nos preguntaron en inglés de dónde éramos.
-De México.
-Gracias por el 39.

Le preguntamos a Flores por qué el agradecimiento. Nos explicó que México fue la primera nación del mundo, y por mucho tiempo la única, que tuvo la decencia de condenar formalmente la invasión nazi a Austria. La piel se me puso chinita. Volteamos hacia los comensales austriacos con ojos de agradecimiento. Había orgullo patrio, reconocimiento a Lázaro Cárdenas, pero también una sensación no sólo de ignorancia, sino también de mezquindad. En México, uno piensa en Austria y lo primero que se le viene a la cabeza son Maximiliano y el penacho de Moctezuma, para concluir en “pinches güeros”. En Viena, pensaron en México y dijeron “Gracias por el ’39”.
Fue la primera vez que ví los ojos de Urquidi brillar de alegría. Trajo músicos que cantaron canciones vienesas tan lentas que un vals parece rock’n’roll. Urquidi meneaba las manitos al ritmo de la música y soñaba en el Siglo XIX.
De ahí pasamos a otro bar, donde defendí –junto con el estudiante de música, lo cual me dio mucho gusto- el valor musical de las canciones de Cri-Cri. El tipo le encargó a Villamar, para que las regalara de su parte al Presidente, una fotografía de Maximiliano -¡a Echeverría!- y un billete de 20 millones de marcos (1923, la gran inflación). Dudo que Villamar lo haya hecho.

Al día siguiente –que era nuestra salida de Austria- nos volvieron a despertar muy temprano y nos llevaron a la construcción de la Ciudad de las Naciones Unidas. Incluso Echeverría estaba desmañanado, porque fue la única vez que lo vi cabecear y porque preguntó el nombre del arquitecto cuando ya se lo habían dicho.
Poco antes de salir para Yugoslavia, el Capitán Salinas pasó a la parte delantera del autobús y con aire adusto, se dirigió a la comitiva.
-Señores, esto es una vergüenza nacional –dijo.
Abundó revelando que el Hotel Imperial de Viena acababa de ser saqueado por la comitiva (es decir, por nosotros).
Empezamos todos a poner cara de occisos. Por ejemplo yo, que me había llevado unas hormas para zapatos, o Carreto, quien expropió un fólder de piel con la papelería del hotel. Cuando Salinas pasó a lo específico, nos dimos cuenta de que éramos bebés de pecho comparados con los demás.
-Se llevaron toallas, almohadas, juegos de sábanas. Carajo, hasta cortinas se llevaron. Por favor devuélvanlas. Ustedes nos dicen y las regresamos discretamente. Es el prestigio de México, señores.
Silencio.

La prensa austriaca, pinches estirados, tomó nota del asunto. Además publicaron que los mexicanos éramos una caterva de mal vestidos.

miércoles, octubre 10, 2007

Biopics: De gira con Echeverría VI

Del evento donde nos dieron la beca fuimos al Instituto Italo – Latinoamericano, donde Echeverría se encontraría con “operadores económicos” (eufemismo italiano para decir empresarios) y se echaría un discurso “unitario”, de signo opuesto al que acababa de dar. Recuerdo la referencia al bajo precio de la mano de obra mexicana.
En el mismo lugar fue la recepción a la colonia mexicana en Italia. A diferencia de los que vivían en Alemania, y que eran más pudorosos, éstos se la pasaron pide y pide dinero, y el hombre del maletín atrás de Echeverría se la pasó saque y saque dólares.
De ahí, un grupo salió a una trattoría. Fuimos los becarios, Pablo y Rodolfo Echeverría, Femito, un amigo suyo de Aguascalientes, Julio Figueroa, Adolfo Desentis, Francisco y Lucrecia (estudiantes de cinematografía), una amiga de Lucrecia y dos putas glorificadas que viven en Roma: una como de 40 años; la otra, como de 25.
Desentis recitó poemas de Pablo Neruda, Femito estaba conciliador y abogó “por la hermandad estudiantil”, el hidrocálido cantó muy bonito, yo recité dos poemas “Yo no lo sé de cierto” y “Masa”, los comensales romanos cantaron algo y nos despedimos de beso (Eduardo fue como tres veces por las chavas).

Todos, menos Francisco, llegamos al Gran Hotel. Varios de confianza –antigua y nueva- nos quedamos cotorreando en el cuarto de Mapes, y de pronto Carreto saca un toque de mota. Nos asombramos.
-Si hay una manera segura de llevar mota a Europa es en el avión presidencial –explica.
Nos echamos un toque, al rato Eduardo medio corre a los que hacíamos mal tercio; a Carreto y a mí no nos queda más que echarnos otro toque, y a mí, ponerme nomás tantito paranoico.

El 10 de febrero otra vez nos despertaron a la apurada y no hubo tiempo más que para ir derechito al camión. Ahí Julio Figueroa me pidió que lo ayudara a cargar unas cosas de unas chavas –estaban en el hall-, fuimos y, para nuestra tremenda sorpresa, nos llamó un encargado del hotel. Las chavas habían intentado robarse toallas y ceniceros. Seguridad había esculcado las bolsas que habían dejado y tenía sus pasaportes. El Capitán Salinas estaba hecho una furia.
-La chingada con ustedes.
Yo: -No sabíamos, Capitán Salinas, palabra.
Salinas: -Qué poca madre, metiendo chavas a los cuartos. Este es el nombre de México. Esto lo va a saber el Señor Presidente.
Figueroa: -Pues dígaselo, a ver qué cosa dice.
Yo (en un momento de iluminación): -Sí, porque las señoritas estuvieron con los hijos del Señor Presidente.
Calmose Salinas y nos mandó al camión. Al rato llegó Mártir corriendo, porque se había quedado dormido. Sobre él se cebó Salinas, cada vez más neuras.

En el camino al aeropuerto, me quedé pensando con tristeza: “Pinches viejas, nos agarraron a mí y a Julio porque nos vieron como los más pendejos. Soy demasiado ingenuo”.

Aterrizamos cerca de Vicenza, porque el primer ministro Mariano Rumor quería mostrarle a Echeverría la casa donde nació. De ahí tomamos un autobús a Venecia.
Llegar a Venecia y recorrer el Gran Canal fue maravilloso e inolvidable. Era algo más allá de lo imaginable, y estaba yo boquiabierto ante la belleza antigua y señorial de sus palacios e iglesias, su serenidad de agonizante. Febrero, frío y gris (creo que nunca he sentido tanto frío en mi vida como aquel día), es el mejor tiempo para visitar esta beldad en derrumbe, decadente. Junto a mí estaba un teniente del Estado Mayor, Carlos Del Pozo –quien años después sería mi cuate el Capitán Del Pozo- y sólo atinábamos a intercambiar miradas, interjecciones y palabras de admiración por lo que se presentaba ante nuestros ojos.
Nos alojamos en el Hotel Danieli, “Hotel de Reyes”. Aquí vivieron Dickens, George Sand, D’Annunzio, Wagner. Atmósfera exquisita, aunque recargadísima, llena de adornos y con candelabros gigantescos. Mi cuarto daba a un pequeño canal y, si sacaba la cabeza, podía ver San Marcos. Almohada y sábanas de seda, sobre las cuales estaba posada, delicada y femenina, una gladiola.
Del hotel salimos a la Plaza de San Marcos, que estaba llena de niños vestidos a la usanza del Siglo XVII con motivo del carnaval, que se avecinaba. Serios, parecían fantasmas de los antiguos habitantes de Venecia.

Pensando que era una visita sólo turística, Eduardo, Julio Figueroa y yo nos fuimos a dar la vuelta por la ciudad. Nos encontramos a Rodolfo Echeverría caminando solo por el Gran Canal, nos fuimos a tomar una cerveza con él y luego al hotel, donde nos esperaban los militares para decirnos que el Señor Presidente había preguntado por nosotros durante su visita a los establecimientos de la fábrica Montedison y que estaba dando una vuelta por la ciudad. Había que encontrarlo. Castañares, el Doctor Flores, Víctor Urquidi, Nafinsito y Peyró tampoco habían ido, así que se formó una gran patrulla en busca del Preciso. Lo encontramos pronto.
Visitamos con Echeverría el Palacio Ducal y ahí nos comentó de un libro en el que él estudió y que habla mucho sobre Venecia. Afortunadamente, nosotros también lo habíamos leído (Historia Económica de la Edad Media, de Henri Pirenne) y algo comentamos. Entonces nos recomendó, ingenuo, que usáramos la Biblioteca de Venecia (sic) para nuestros estudios.
Después de la vuelta nos preparamos para una cena que se ofrecería en uno de los palacios venecianos. En esta cena sucedió algo muy interesante. Nos tocó sentarnos a Consuelo, a Eduardo y a mí con cuatro militares del Estado Mayor.
Quien empezó la conversación fue Gortárez, el hombre del maletín. Dijo que los estudiantes y los militares “somos enemigos, pero quizá es porque no nos conocemos”. Estuvimos de acuerdo y en principio nos dimos cuenta de que son extremadamente jóvenes (entre 23 y 25 años) y para ellos la jerarquía es todo. Preguntaban:
-¿Qué lugar son ustedes en la escuela? Todos nosotros somos de los primeros 20.
-Nosotros también –respondió Consuelo.
-Sí, ¿pero qué lugar exactamente?
Nos preguntaron luego por qué había tantos grillos en la Escuela:
Consuelo
(sin duda coucheada por su apá para decir lo correcto): -Es que hay muchos oportunistas que juegan con los estudiantes.
Yo: -Lo que pasa es que en nuestra escuela se discuten todos los días los problemas que hay en el país y existe un sentimiento de que hay que resolverlos lo más pronto posible.
Consuelo: -Es que hay muchos acelerados.
Gortárez: - Eso es. Que quieren subvertir el orden. Y eso no se puede. Una manifestación va contra el orden público. Es que los militares no pensamos como civiles.
Yo: -¿Y eso los hace sentirse diferentes, o también superiores?
Gortárez (pensativo): -Diferentes… pero también superiores en algunos aspectos, la verdad.
De ahí pasé a hablar de cómo Vargas Llosa se mete a estudiar la vida del militar, y de que los militares, por estar más cerca de la muerte, viven más intensamente. Convenimos en que teníamos que conocernos mejor.
Gortárez: -Pero lo que se necesita es un escritor que sea también militar.
Hablaron de la vida militar y de que los envidiaban porque eran del EMP y que de seguro a la mayoría los iban a mandar a lugares pinches cuando terminara el sexenio, dizque para compensar.
De ahí, pasamos a comentar sobre el golpe de Estado en Chile, y dijeron que admiran a Pinochet, pero sólo porque tiene escritos militares “de gran valor”, pero por supuesto “respetan” posiciones como la del Embajador Corbalá. Afirmaron que les habían mandado “información de inteligencia” que explicaba las razones del golpe, pero estuvieron de acuerdo en que eran “informaciones unilaterales”. Para mí que simpatizan con Pinochet.
Mientras Consuelo y yo hablábamos de Chile con los tres tenientes, Eduardo y Salinas se habían enfrascado en una discusión sin fin sobre el movimiento del 68. Por fortuna llegaron los brindis oficiales y la cena terminó sin mayores contratiempos. Nos dimos un abrazo y quedamos de “entendernos mejor” en el futuro.

viernes, octubre 05, 2007

Biopics: De gira con Echeverría V

Poco después de que Flores nos hiciera la Gran Revelación, Eduardo y Jorge le contaron la situación especial en la que estaba Carreto. Más tarde, llegaron a nuestra mesa tres muchachos que estudiaban en Roma. Uno, economía, es del Opus Dei; otro, estadística y también tiene cara de sacerdote, pero mejor onda; el tercero, cinematografía, y se queja del “carovita”. Del lounge del hotel sale un obispo gordo y enjoyado y se mete a una limosina. Parece una imagen de Fellini-Roma.
Protocolo exoneró a los estudiantes de la fiesta con smoking con el presidente Leone. La comida a la que nosotros fuimos la daba un tercer secretario de Protocolo y era en una de las trattorías más populares de Roma. Asistieron también Flores y sus dos colaboradores más cercanos, Alfonso Solares y Rodulfo Figueroa. Me la pasé hablando con un barboncito (chistes tontos y mi versión de Italia según D’Amicis). El tercer secretario, putísimo, a instancias de Flores se echó un brindis para cubrir formalidades. Nombramos a Castañares representante de los estudiantes para que lo contestara. El bueno de Casta, como me lo temía, habló como diez minutos de la Carta de los Deberes y Derechos de las Naciones y de Nuestro Señor Presidente y de Nuestro Señor Secretario de Relaciones Exteriores.

En llegandito al hotel, varios de nosotros fuimos al Hotel Flora, donde estaba el centro de prensa, para hablar a México. Ahí me quedé platicando con Julio Figueroa, quien me enseñó una Carta Abierta al Mundo que acababa de escribir. En ella planteaba “científicamente” la Única Posibilidad de Constituir una Relación de Amor Chingona, como el mecanismo para acabar con el “dominio de la no-vida” y con “la negación de todo humanismo”. Julio es un tipazo, pero es carne de anarquismo. Vive en la amargura soñando con el Nirvana, concluí.


El primer acto del día siguiente fue en Piazza Venezia, un homenaje a los caídos, en el que estuvimos de puro mirón. El segundo era al otro lado de Roma, un homenaje a Benito Juárez en la plaza del mismo nombre. El tráfico nos atrapó y antes de que llegáramos, ya estaba Echeverría de regreso.
De ahí, al Vaticano. Días antes nos habían preguntado si queríamos ir, y yo dije que no, suponiendo que era lo políticamente correcto. Cuando me enteré de que el único otro que no iba era Lázaro Rubio Félix, pedí que siempre sí me dieran mi tarjeta de visita.
En la Santa Sede, estuvimos paradotes más de una hora en un cuarto vigilado por Guardias Suizos, mientras en la sala adjunta conversaban Echeverría y el Papa. Las conversaciones nuestras se desviaban hacia las pinturas que adornaban el techo, los querubes con las nalguitas y pititos castamente cubiertos, la Virtud, en cambio, ofrecía de beber leche a seno descubierto. A cada rato pasaba un obispo gordo (o cardenal) y los guardias se encuadraban militarmente y presentaban sus hachas, haciendo un ruidero. El Medioevo.
Los militares, divididos entre religiosos y ateos, se molestaban entre sí. Descubrí a Martínez Lambarry, un tipo ultrapopis del Patria, a quien saludé nomás por fregarlo. Echeverría los había invitado a él y a su mamá a ver al Papa
(su padre tuvo algo que ver en el acercamiento entre México y el Vaticano), e hicieron el viaje a Roma ex profeso. Se llevó la sorpresa al vernos a Mapes y a mí en la gira.
De ese cuarto nos pasaron a otro, también lleno de pinturas, pero con asientos. La Comitiva Especial de un lado; el Grupo de Trabajo, tripulación y prensa, del otro. Me tocó entre Carreto y Celestino Salcedo. Fui a preguntarle no sé que cosa a Pablo y me quedé un minuto platicando con los Echeverría. Volteo y miro a Lambarry verde de envidia. Jorge Carreto también lo notó y dijo: “es la gente que no se fija en personas, sino en investiduras”.
Nos regalaron medallas benditas, y nos aseguraron que daban indulgencias. Consuelo tuvo un altercado con Hernando Pacheco y se cambió de asiento con Carreto. Minutos después aparecieron Echeverría y los miembros distinguidos de la comitiva. Poco después, Paulo VI, vestido de blanco.
El Papa leyó en español los acuerdos a los que llegó con nuestro Presidente. Acto seguido, fue a saludar de mano a los Echeverría. Después abrió los brazos y empezó a caminar por el corredor. Parecía flotar, quería mirar con dulzura y pus no. Cristo caminó con los pies sobre la tierra y trabajó de carpintero y sudó y corrió.
Al regresar, Giovanni Montini da su mano a besar a los afortunados a los que les tocó asiento contiguo al corredor. Las azafatas y muchos periodistas le besan el anillo. La suerte en nuestra fila correspondió a Castañares, quien, sonrojado, simplemente aprieta un instante su mano contra la del Pontífice y la retira. Comentario de Consuelo: “Qué asco”.
Se retiran Paulo y Luis, tras ellos la Comitiva Oficial, los Echeverrítos y la Comitiva Especial. No, la Comitiva Especial no: guardias suizos dan un portazo en plena cara de Celestino Salcedo, quien cae sobre el Doctor Flores. Celestino echa humo campesino, casi mienta madres. Consuelo echa pestes todo el tiempo: “No debí de haber venido”. Le digo que valió la pena pero ella sigue enojadísima.
En el camión, el chofer dice: “Da bambino ero un piccolo fascista. Di grande, un grande comunista”. Y Consuelo me aconseja: “No comentes sobre el Papa, nos pueden oir”.


Del Vaticano, la comitiva volvió a dividirse. A los jóvenes nos llevó el agregado cultural Sánchez Mayans al restaurante Alfredo, famoso por los fettuccini. Y de ahí, a la sede de la FAO, donde Echeverría iba a hablar. Allí nos encontramos a algunos de nuestros conocidos del día anterior y nos sentamos en un lugar reservado “para los estudiantes mexicanos”.
Estaban presentes todas las delegaciones menos cuatro: España, Portugal, Chile y Estados Unidos. Dos naciones con las que no teníamos relaciones diplomáticas, otra que tenía régimen fascista y los vecinos del norte, que le aplicaban la ley del hielo a la retórica tercermundista de Echeverría.
El discurso del Presidente aquel día, titulado “Cooperación o caos”, la verdad estuvo bastante bueno. Planteó que el problema del hambre no era de cada país, sino de toda la humanidad y que, por lo tanto, la ONU tenía que trabajar en él: una propuesta multilateralista que en esos años era realmente innovadora. Un discurso valiente y anti-imperialista, muy de Echeverría, pero que cometió el tremendo error de nombrar como genio a Josué de Castro, un demencial economista brasileño.
Cuando el discurso estaba por terminar, un militar nos hizo señal a “los 5” para ir adonde él apenas terminado el evento. Carreto, nerviosísimo, esperaba el momento para plantear su petición. “Díle que somos un grupo de trabajo”, aconsejé.
En un apartado, los militares nos hicieron firmar un recibo y nos dieron a cada uno 750 dólares en efectivo (3 meses de beca). El dinero salió de un maletín repleto de fajos de billetes verdes que tenía hasta arriba una pistolota así de grande. Hablamos un rato con Gortárez, el casi legendario Hombre del Maletín. Nos cuenta que duerme con el maletín, que siempre trae esposado, bajo la almohada. Siempre sueña que se lo roban y se despierta. O que él se lo roba, y lo persiguen. “Es que tengo una responsabilidad muy grande”. Luego de cada gira, vuelve a cada país a pagar cuentas y deshacer entuertos.
Nos llamó Edmundo Flores y fuimos hacia el Presidente. Echeverría, con más enjundia y ganas de hacer las cosas que conocimiento de causa, nos reveló que México se había convertido en un importador neto de alimentos y que era necesario revertir la situación.
-Señor General, ¿ya les dio las becas a los muchachos?
-Sí Señor Presidente. 750 dólares a cada uno, tres meses de beca.
-Señor Presidente, Señor Presidente… -interrumpe Jorge Carreto- yo…
-Mire Señor Presidente –interviene el Doctor Flores- ya que son cinco los becarios, ¿no podrían ser seis? Este joven tiene muchas ganas…
-Sí, sí, cómo no. (A Carreto): Si yo creía que usted venía con beca.
(Carreto nerviosonriente): Es que somos un grupo de trabajo que…
Echeverría: Doctor Flores ¿Cómo con cuanto vive un estudiante promedio en Italia?
Flores se voltea al grupo donde están los estudiantes mexicanos que viven en Roma y le hace la pregunta al del Opus Dei, quien responde que 90 mil liras mensuales.
Echeverría: ¿Y cuánto es eso… en dólares?
Flores: Como 150 dólares.
Echeverría- Pues vamos a darles el doble a los muchachos, para que no tengan problemas y 500 dólares para que se instalen. General Castañeda: 650 dólares a cada uno y 1400 a éste, que también se queda.
Castañeda llama a Gortárez y le da los pellizcos al maletín de los dólares. Mientras reparte el dinero pregunta: -¿Entonces el joven ya no va a Austria y Yugoslavia?
-Claro que sí –responde Echeverría- ¿Quieren ir, muchachos?
-Sí, cómo no (a coro)
-Perfecto. ¿Y usted Doctor Flores?
Flores: -Aquí tengo listo mi pasaporte (lo saca y lo entrega a Castañeda, quien se ve que no le gustan mucho esas cosas).


Durante toda nuestra estancia en Italia recordamos con rencor al estudiante del Opus Dei que dijo que se podía vivir con 90 mil liras al mes. El chavo prángana promedio requería de 150 mil. Por lo demás, esa fue la única vez que nos dieron 300 dólares mensuales. A partir de ahí, la beca bajó a 240 dólares (o más precisamente, a 3 mil devaluables pesos mexicanos). De los retrasos se hablará mucho después, porque en el momento éramos ricos.

La leyenda del Hombre del Maletín dice que, efectivamente, un día Gortárez cumplió su pesadilla y huyó con el tesoro a Nueva York, que el EMP y la Interpol lo persiguieron, pero que él se hizo ojo de hormiga para siempre. Me gustaría creerla, pero no la creo.

jueves, octubre 04, 2007

Biopics: De gira con Echeverría IV

Como los de la Comitiva Especial nomás estábamos para hacer bulto, al séptimo día descansamos. Protocolo organizó una excursión para visitar el radiotelescopio del Instituto Max Planck, pero el clima estaba lluvioso. Así que quedamos con Rodolfo de visitar Colonia y Dusseldorf; él consiguió dos VW de lujo, con chofer, y se impuso a los intentos del Capitán Salinas de mantenernos en un tour destinado al fracaso.
Salimos Rodolfo, Pablo, Consuelo, Castañares, Carreto y yo. Mapes se quedó dormido. Mi recuerdo es de la amplísima autobahn y que todo a nuestro alrededor eran enormes y modernas plantas industriales. Llegando a Köln, Rodolfo nos señaló pequeños restos de edificios destruidos por los bombardeos durante la guerra. Colonia, por lo tanto, era muy moderna, con la catedral al centro, milagrosamente salvada.
Esta iglesia es muy impresionante y sobre todo ostensiblemente austera. Parece, a mis ojos siglo XX que no escatimaron esfuerzo para que así fuera, mortificadora de la carne.
En Colonia nos topamos con la tripulación del avión presidencial y con el grupo que Alvaro Echeverría bautizó como “Los Hermanos Marx”: los de la Iniciativa Privada, Faesler y Conchello.
Paseando, nos topamos con una sex-shop. Entramos a fisgonear y, como echábamos mucho desmadre, nos invitaron a salir (en italiano). Alemanes y alemanas muy serios leyendo y haciendo sus compras. Ya afuera nos dimos cuenta que faltaba Carreto, cuando entramos a buscarlo, pasan los de la IP.
-Estamos buscando a un compañero que se quedó adentro –justifica Rodolfo.
-Ustedes que pueden –responde Conchello. ¿Qué pueden entrar sin pruritos o que pueden, punto y basta?
Carreto se había encerrado a ver una peli, al fin salió, nos fuimos a tomar un helado –que recuerdo carísimo- y de ahí a Dusseldorf.
Dusseldorf tiene calles amplias y gente muy elegante. Jardines y estatuas. Imité a Isadora Duncan bailando con mi bufanda y recordé dos o tres palabritas de mi alemán (reducido a casicero). Caminando por la calle principal decidimos pararnos a ver un rato el río correr y los jardines y la gente. Prendimos un cigarro. Luego decidieron seguir caminando y yo no, porque me mareo. Me quedé sentado en una banca con la esperanza de alcanzarlos pronto. Vi la gabardina de Consuelo y los seguí varias cuadras, todo para ver que la gabardina de Consuelo era en realidad de una señora germana y que yo estaba perdido en una ciudad desconocida.
Regresé a donde los había dejado y los encontré, buscándome.
Luego fuimos a comer al “restaurante de los periodistas” y de ahí a Colonia, donde se iba a efectuar la recepción que ofreció el embajador a la colonia mexicana en Alemania.
Llegamos con anticipación. Las secretarias de la embajada llevaban los mismos peinados de colmena y la misma moda que usaban en México años atrás, como si para ellas el tiempo se hubiera detenido. La mayoría de los miembros de la “colonia mexicana” nos veía con una suerte de admiración: viajábamos con el Presidente. Un tipo se acercó a explicarnos su revolucionario método para la industrialización de la basura en México.
Cuando llega Echeverría, le dice a Consuelo que su jorongo era lo más bonito que había visto en todo el viaje. (No me pregunten si llevaba el jorongo bajo la gabardina),
-Ay muchas gracias, Señor Presidente.
Sirvieron antojitos mexicanos y al rato llega el tipo de la basura emocionadísimo, después de saludar al Primer Mandatario.
-Le comenté sobre mis estudios y le entregué mis escritos, aunque no estaban corregidos. ¿Ustedes creen que el Presidente los lea?
-El Señor Presidente lee todo, se lo aseguro –contesté serenamente.
De esa reunión, nos fuimos a la cena de industriales. Yo, luego luego me puse mareadón por las tres o cuatro copas de champagne que sirvieron a la entrada. Sirvieron más champagne y Pablo y yo andábamos cuetes. Yo quería salir a orinar y tomar aire, pero el ojete del Capitán Salinas no me dejaba. Breve discurso de Echeverría y de un alemán. La I.P ahora sí de cuerpo presente, hasta adelante y puro en boca. Se les cae la sonrisa cuando Echeverría dice: “Y ahora les dirigirá la palabra un representante de los empresarios mexicanos”. Barroso le dice a Yarza: “Ve tú”. Yarza responde. “No, tú”. Total, va Yarza y se echa un discurso todo culero: vengan, necesitamos sus inversiones, en serio, por favorcito.
Durante la traducción alemana del discurso, Alejo –quien se había dado cuenta de nuestro estado inconveniente- nos sacó a Pablo y a mí. Pablo, enojadísimo con el discurso “vendepatrias” de Yarza. Regresamos a tiempo para ver a unos tudescos que miran con desaprobación cómo el General Castañeda se lima las uñas. No la haría como Presidente ¿o sí?


Al día siguiente, tomamos el avión para ir a Italia. Un par de cazas alemanes nos escoltaron hasta llegar a la frontera. Estaban tan cerca que le veías la cara al piloto. Trato de hacer conversación con Alexis Grivas, camarógrafo presidencial, pero no me pela.
Como siempre pasa, la gira en Italia se complicó. Originalmente íbamos a llegar a Nápoles, a visitar la fábrica AlfaSud, pero estaba en huelga. Aterrizamos en Brindisi, donde nos metieron en un camión para ir hasta Taranto, donde visitaríamos la fábrica Italsider.
Durante el trayecto, Castañares (llamado “Casta” desde nuestra furtiva visita a la porno-shop) estaba a mi lado, preocupadísimo. “Ejto ej el sujdesarrollo”, decía con su acento tabasqueño, “yo no me quiero quedar aquí”. Y sí, lo que se veía era una campiña tipo Aguascalientes, pero con mujeres enlutadas, el camión no olía precisamente a rosas y el chofer era un cafre.
El conductor tenía el radio a todo volumen, una canzonetta que decía: “Che viva il nostro grande sole! (se repite tres veces) Viva l’amore!”
En tanto, Grivas sigue grabando y hablando con el chofer, que mueve mucho las manos al responder. Enfrente, un anuncio: “Vietato parlare all’autista”.
Llegamos a Italsider (Taranto se parece a Manzanillo) que es una parte de los proyectos para la industrialización del sur de Italia, que está mucho muy atrasado respecto al norte. Ahí hubo una explicación sobre la planta y sobre la parte del complejo siderúrgico Las Truchas, que realizará esta misma empresa. Casta suda y apunta números, empieza a bajar la neblina.
Salimos del edificio de oficinas y a Echeverría lo recibe un grupo de obreros que le explican que ayer hicieron huelga de 24 horas y que mañana harán otra. Echeverría, político, les dice que espera que todo se arregle bien y se sube al camión a darle la vuelta a la fábrica.
Afuera de las moles metálicas vemos decenas de obreros en actitud burlona o retadora. Un guía trata –inútilmente- de explicarnos lo que vemos. Algunos obreros levantan el puño. Julio Figueroa voltea y me sonríe: ha pintado una hoz y un martillo en un papelito y lo enseña a los obreros por la ventana. Más puños cerrados se levantan. Empiezan las preguntas políticas al guía. Voy en la parte trasera del camión y enseño, temeroso, mi puño. Obtengo, a cambio, sonrisas amplias y más puños que se levantan. Femito, en tanto, le hace competencia a Grivas con la cámara cinematográfica que le regaló Sansores.

De ahí nos fuimos al puerto de Taranto, donde comimos en un barco y sirvieron comida que identifiqué entonces como napolitana. Los meseros no se preocupan de qué lado sirven el plato y los del Estado Mayor otra vez nos dejan sin degustar el café.
Salimos y hacía un frío del carajo. Cuando Echeverría lo hizo, Gran Movimiento en tres barcos, guardias y cañones en acción. Después, himnos nacionales y en el italiano me meto un segundo las manos en los bolsillos, ganándome exagerada reprimenda del mamón de Fausto Zapata (en realidad no era exagerada, pero así era yo de provocador).
Luego tomamos el camión a Bari y de ahí al aeropuerto de Roma, donde lo impresionante era la cantidad de militares con metralleta en pose de francotirador.

En Roma nos alojamos en el Gran Hotel, tremendo lujo. Ya habíamos saludado al Doctor Edmundo Flores en el aeropuerto y en el hotel nos tomamos un trago con él. Allí nos hizo la Gran Revelación.
Flores nos contó que el Señor Presidente planeaba mandar a su hijo Pablo a estudiar fuera del país, pero que no se notara que había salido fuera. Por eso otorgó las becas para estudiar “Ciencias de la Alimentación”. Éramos la cortina de humo tras de la cual se escurriría el hijo del Presidente. El doctor Flores le contestó a Echeverría que muy bien, pero que él no se hacía cargo de la seguridad del muchacho. Le recordó que, recientemente, en Italia habían secuestrado al nieto del millonario Paul Getty, que le habían cortado una oreja y que el correo italiano es tan lento que la oreja se tardó 15 días en llegar de Nápoles a Roma, cuando el tren hace dos horas y media y la carta era de entrega inmediata. El Presidente, al parecer, se había echado para atrás, aunque Pablo se hubiera entusiasmado con la idea.
Es interesante cómo se dan las circunstancias, cavilé años después. Nos escogieron a nosotros, aunque no habíamos terminado la carrera, porque éramos de la misma edad que Pablo. Y de seguro vieron, en el pobre currículum de cada uno, un dato clave: éramos chicos de clase media, de prepa privada. Nos sabían izquierdistas, pero no ultrosos. Ya nos curaríamos. Nuestro trabajo iba a ser el de compañeros de Pablo. Por eso teníamos en esa gira un lugar por el que más de un diputado daría las nalgas. Pero, conexiones del destino, el nieto de Getty perdió una oreja, Flores ganó un argumento para evitarse dolores de cabeza y nosotros jamás volvimos a ver a Pablo. La vida es una tómbola.

Madrax a Pekín

La noticia ha dado la vuelta al país.
Roberto Madrazo Pintado, sí, el mismo que compitió por el PRI para la Presidencia de la República, ganó su categoría (Veteranos entre 55 y 59 años) en el Maratón de Berlín. Y lo hizo con un tiempazo. Aquí su Urkunde, tomado de la página web del maratón.


Roberto Madrazo
33751
Platz / Overall: 146
Platz / Overall: 1 (in Altersklasse / Agegroup: M55)
Nettozeit / chiptotal: 02:40:57
Bruttozeit / clocktotal: 02:41:12
5 km: 00:25:31
10 km: 00:50:36 / 00:25:06
15 km: 01:16:03 / 00:25:27
20 km: 01:42:42 / 00:26:40
25 km: 00:00:00 / 00:00:00
30 km: 00:00:00 / 00:00:00
35 km: 02:03:53 / 00:00:00
40 km: 02:29:34 / 00:25:42


El lector puede constatar que es un tiempazo. Si Madrazo hubiera corrido así en el Mundial de Atletismo de Osaka, hubiera quedado en 54º lugar, por encima del representante de México Rito Régules, entre otros.
Ahora bien, como ha señalado la prensa, hay un dato aún más impresionante. Madrax hizo 1 hora y 42 minutos en los primeros 20 kilómetros. Luego desapareció -el priísta argumenta que su chip no sirvió en esas metas intermedias- para cruzar los 35 k. en 2 horas y 3 minutos. En otras palabras, hizo 21 minutos en 15 kilómetros. Hubiera lapeado a Gabrselassie en una carrera de pista, y corría más rápido que un ciclista del Tour de France cuando va de bajada.
Ha de haber sido por su rapidez que el chip no fue capaz de tomar el tiempo. Sólo los pesimistas, que quieren ver a México reflejado en el espejo negro de Tezcatlipoca, ponen en duda la honorabilidad de ese gran atleta que es Roberto Madrazo. ¡Qué digo atleta! ¡Es Flash, el superhéroe!
Además, Madrazo es un ejemplo de superación. Hace apenas seis meses, en el maratón de Londres, hizo un tiempo de 3 horas, 39 minutos y 35 segundos. La verdad, es un muy buen tiempo y Madrax es un fondista nato. Pero eso también quiere decir que, con arduo entrenamiento, bajó sus tiempos casi una hora.
Si, financiándose por si solo, hizo ese milagro ¿qué no podrá hacer con una beca de CIMA? Fácil le baja otra media hora y nos da medalla en Pekín.
Una última reflexión: ¡Cuánta gloria olímpica nos perdimos en los años mozos de Madrazo, por culpa de la maldita grilla!

miércoles, octubre 03, 2007

Ocasos y soles nacientes


Mexicanos en GL. 2007

2007 no fue un mal año para los mexicanos en las mayores. 20 peloteros aztecas vieron acción, y la lista histórica de connacionales en la Gran Carpa superó el centenar. Amanecieron dos grandes jóvenes prospectos: Joakim Soria y Yovani Gallardo, quienes compiten por el título de Novato del Año (que no ganarán). Un tercero, Luis Alonso Mendoza, puede seguir sus pasos. Hubo una consolidación importante, la de Adrián González como gran tolete. Y también hubo dos renacimientos: el de Oliver Pérez, quien parece haber encontrado la brújula perdida y el de Luis Ayala, que regresó por sus fueros tras una exitosa operación y una larga rehabilitación. Otros, como Alfredo Amézaga y Edgar González, se asentaron como ligamayoristas. En cambio, fue un año sufrido para Jorge Cantú y los veteranos Esteban Loaiza y Rodrigo López; los dos últimos ven cercano el ocaso. Ricardo Rincón fue contratado, pero nunca jugó y se despide de las Mayores.

Este fue su desempeño acumulado en la temporada.

Adrián González. El tijuanense se consolidó en 2007 como un bateador sólido y un guante de primera en la idem de San Diego. El Grand Slam que conectó el último día de la campaña –en el juego que eliminó a los Padres- sirvió al menos para darle redondez y triples dígitos a sus números en la campaña: 30 cuadrangulares, 100 carreras impulsadas, 101 anotadas, con .282 de porcentaje. Más relevante aún, tomando en cuenta que juega de local en el estadio que más favorece a los lanzadores. De hecho, Adrián encabezó las mayores en hits de dos o más bases como visitante. (Y si nos ponemos necios, y simplemente duplicamos sus estadísticas de visita, habría terminado con 64 dobletes, 40 jonrones y 128 producidas).

Joakim Soria. El coahuilense fue la primera gran novedad entre los peloteros mexicanos de grandes ligas. Su efectividad, guiada por una recta cortada extraordinaria, y su calma en el montículo, le hicieron adueñarse del puesto de cerrador de los Reales y, a pesar de lo débil del equipo, obtuvo 17 salvamentos, superando a Salomé Barojas en número de rescates por un pitcher novato mexicano. En octubre estuvo intratable, con 1.59 de carreras limpias. En el año, 2 ganados, 3 perdidos, 2.48 de PCL y 75 ponches (en promedio recetó más de un chocolate por inning lanzado). Una promesa hecha realidad.

Oliver Pérez. El de Oliver fue el regreso del año. Tras un terrible 2006, con 3 ganados y 13 perdidos, el culiacanense fue el mejor en la famosa rotación de los Mets. Cuando estaba controlado no hubo quien le hiciera sombra, y su personalidad ocurrente cayó muy bien entre la fanaticada. En septiembre tuvo marca de 3-1, pero el juego perdido resultó crucial en la debacle de los Metropolitanos. Terminó 2007 con 15 victorias, 10 derrotas, 3.56 de efectividad (el noveno en la liga) y 175 sopitas de pichón (de a una por inning). Un poco más de control y un poquito, sólo un poquito menos de temperamento, harán de este zurdo una estrella muy brillante.

Yovani Gallardo. Si alguien se pregunta por qué los Cerveceros de Milwaukee no pudieron mantenerse en la cima de su división, parte de la respuesta está en que no subieron antes a Yovani Gallardo. El novato michoacano demostró que es un estelar en ciernes, con un variado repertorio de lanzamientos, bastante estabilidad y hasta capacidad de bateo. En septiembre lanzó 21 entradas seguidas sin permitir anotación y tuvo una magnífica efectividad de 1.36. En su campaña de debut, 9 ganados con 5 perdidos, PCL de 3.67 (que hubiera sido de 2.84 de no ser por una apertura desastrosa) y 101 ponches.

Luis Ayala. Otro de los retornos amables del año. Sin grandes números, y llegando de sus lesiones a media temporada, la contribución de Luis Ignacio ayudó en mucho para que los Nacionales de Washington estuvieran lejos de hacer el ridículo que les habían previsto los analistas. Consistencia es el segundo apellido de Ayala, quien en septiembre se agenció 2 victorias y un rescate, para terminar con 2-2, 3.19 y un salvado.

Alfredo Amézaga. Durante buena parte de la temporada, el sonorense lució en distintas posiciones, con los Marlines. Más de 10 juegos en la segunda base, en el short y en la tercera; algunos en primera base y la mayoría en el jardín central. Amézaga ha superado su principal problema, que era el bajo porcentaje de bateo y se ha establecido en otro piso. Terminó el año con .263, 2 cuadrangulares, 30 producidas y 13 bases robadas.

Edgar González. El único mexicano en pasar a los playoffs, fue pieza importante para los Diamantes de Arizona. Como quinto abridor, cumplió a secas, supliendo a Randy Johnson. Como relevista largo, aunque menos efectivo, ganó varios juegos y –sobre todo- se comió muchos innings, lo que permitió que, a diferencia del año pasado, el bullpen de Arizona fuera funcional. En septiembre ganó 2 y perdió 2. Sus dos últimas salidas fueron fallidas, con lo que se le escapó la posibilidad de abrir en postemporada. Termina 2007 con récord de 8-4 y un poco agraciado 5.09 de limpias, debido en parte al problema de que admite demasiados palos de vuelta entera.

Luis Mendoza. El joven veracruzano, conocido como el Harry Potter del montículo, subió al equipo grande de Texas, en un salto desde AA, y lució bastante en su breve periplo, que fue mucho más que una tacita de café. Abrió dos juegos, que dejó ganados, sacó varios lanzamientos de la chistera y terminó con marca de 1-0 con un muy bueno 2.25 de efectividad. Deberá estar en el roster inicial de los Rangers en 2008.

Oscar Villarreal. 2007 fue un año más bien gris para el regiomontano. Se mantuvo en el bullpen de Atlanta, pero sin pena ni gloria, con actuaciones excelentes, regulares y malas. La estadística de 2-2, con un salvado y 4.24 de limpias nos dice que Óscar fue útil, pero no brillante.

Rodrigo López. Empezó muy bien y ayudó a los Rockies a pelear por el campeonato. Se lesionó, volvió sin ser el mismo y eso sólo sirvió para que empeorara y lo tuvieran que operar del tendón flexor de su brazo de lanzar. Se perderá 2008 y esperamos en 2009 su regreso. Podrá ser como el de Luis Ayala, sin perder su efectividad, o como el de Erubiel Durazo, a la Liga Mexicana. Terminó el año con 5-4, y 4.42.

Dennis Reyes. El zurdo de Sinaloa empezó muy mal el año y luego se compuso para ser el que había dominado a los bateadores en 2006. Una inflamación en su codo izquierdo lo dejó fuera de acción. Terminó con 2-1 y efectividad de 3.99.

Jorge de la Rosa. El Señor Inconsistencia lanzó varias joyas de pitcheo, con 8 salidas de calidad, con las que tuvo marca de 7-1. Juega en un equipo –los Reales- que no apoya mucho con el bat y casi todas sus otras salidas fueron de plano malas, por lo que sus números en la campaña fueron de 8 ganados y 12 perdidos. Estuvo un rato en la lista de lesionados. Su gran problema son las bases por bolas.

Esteban Loaiza. A una larguísima espera en la lista de lesionados siguieron dos magníficas salidas con los Atléticos de Oakland y una muy buena con los Dodgers. Después vino la debacle: cuatro derrotas seguidas en las que se vio a Loaiza descontrolado y poniendo la pelota para que se la fongueran. Revisaron su mecánica, vieron que ahí no estaba el problema y diagnosticaron “brazo muerto”. Ojalá reviva en 2008, pero por lo pronto, chapeau para Billy Bean, que lo vendió y demostró que nunca hace malos negocios, aún cuando lo parezcan. Los números del tijuanense en 2007: 2-4, 5.79 de limpias y tantos pasaportes (20) como chocolates.

Jorge Cantú. Quién iba a decir que el tamaulipeco iba a considerar que compartir la primera base de los Rojos era ya un avance. Tampa lo dejó en la banca durante buena parte de la campaña, lo bajó a menores y le llenó el hígado de piedritas. Regresó a la gran carpa vía Cincinnati, y sus números mejoraron. En el mismo número de turnos, Cantú bateó 12 hits con un doble y 4 impulsadas para las Mantarrayas… y 17 hits, 8 dobles, un cuadrangular y 9 impulsadas para los Rojos. Lo mejor de su retorno fue su paciencia en la caja, que le dio el mejor OBP de su carrera. Finalizó con .252, 1 y 13, y con la esperanza de adueñarse de un puesto titular el próximo año.

Elmer Dessens. Trapeó innings con Milwaukee hasta que se lesionó, primero, y lo corrieron, después. Los Rockies lo redimieron y allí también trapeó innings, con una salida de calidad y alguna paliza. Su desempeño no fue suficiente para quedarse en el roster estrecho de postemporada. Sus números: 2-2 y un nada agradable 7.15 de limpias.

Juan Castro. El sonorense, como siempre, brilló con el guante. Y, como de costumbre, estuvo oscuro con la majagua: .180, 0 cuadrangulares y 5 producidas. No acabó la temporada porque terminó lesionado.

Jorge Campillo. El pitcher ganador del partido clave de México en los Juegos Panamericanos fue subido, de nuevo a fin de año, al equipo grande de los Marineros de Seattle. Lo más relevante de su actuación fue la gran bronca que provocó al tirarle pelotazos a la cabeza a Vladimir Guerrero. Seattle perdió en todos los juegos en que participó el de Tijuana. En el año: 0-0 con 6.75 de limpias, una expulsión y una suspensión.

Humberto Cota (.286, 0, 3) perdió no sólo la titularidad, sino también la suplencia en la receptoría de los Piratas; Oscar Robles (.231, 0, 2), estuvo un rato con los Padres, bajó a AAA y regresó sólo para bajar aún más su porcentaje de bateo; Gerónimo Gil jugó un ratito en Colorado, bateó para un microscópico .071.

martes, octubre 02, 2007

Biopics: De gira con Echeverría III

Nos despiertan para ir en tour a visitar Bechtesgarten, un pueblo típico del lado alemán de la frontera. Fuimos por una carretera angosta, con montañas nevadas a los lados, pinos blancos por la nieve, grandes riscos. Ríos toma que toma fotos con la Instamatic (supongo que para cumplir con su tarea de informar a De la Vega). Una de las cosas más importantes del tour era divisar el famoso “Refugio de las Águilas”, de la Segunda Guerra Mundial, con sus túneles y cuarteles en ruinas. El General Castañeda se veía feliz, e imponente, mientras caminaba por la nieve enfundado en su hermoso uniforme, rodeado de sus subalternos. En eso, los oficiales del Estado Mayor se pusieron a jugar guerras de bolas de nieve, tal vez pensando que así empezó Napoleón cuando estaba en el colegio militar. La pobre ruquis estaba sin saber qué hacer, jamás había servido de guía a un grupo tan mal comportado. –“Mister General, Mister General, come back!”, decía.
De regreso a Bechtesgarten, un pueblo hermoso, muy turístico y con una vista escalofriante, tuvimos media hora libre, en la que paseé con Carreto y con Pablo Echeverría. Mapes, en tanto, se echaba un café con Alejo y con Jorge Orvañanos, presidente de la Coparmex, quien se echó un rollo sentimental, del que sólo alcancé a oir el final: “nosotros ya hemos hecho por México todo lo que estuvo de nuestra parte… ahora es el tiempo de las nuevas generaciones: jóvenes, tienen que prepararse…”
De nuevo en Salzburgo, comí con Consuelo y dos personas de la embajada. Me impresionó una señora, tercera secretaria o algo así, quien acaparó la conversación y llegó a decir que los alemanes estaban mejor con Hitler que “con los rusos” y que odiaba a Alemania Oriental “sobre todo porque les falta elegancia”.
Más tarde corrió el rumor de que Carlos Sansores Pérez, presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados, iba a comprarles ropa a los jóvenes que quisieran. Y sí, ahí estaban junto a él Femito, Desentis –de la Facultad de Derecho-, Fidel Herrera, y Medina Araujo –de la Confederación de Jóvenes de México-, apuntadazos al shopping.
Yo salí a dar una vuelta con Consuelo, y al famoso Café Mozart. En el camino nos encontramos a un montón de gente de la comitiva y a periodistas mexicanos, dedicados en cuerpo y alma a las compras. En aquella época, las importaciones de bienes de consumo estaban muy controladas y la fayuca era lo máximo.
(Ahora, una anécdota para la historia, que me contaron los cuates, y que sucedió mientras yo estaba con Consuelo:
Castañares, Eduardo, Mártir y Carreto fueron a tomar un café. Castañares es muy pastelero y se comió como medio kilo. Se sintió mal y dijo que iba a salir a la calle a devolver. Sale, y en ese momento pasa el Presidente. Echeverría lo reconoce y le dice que vaya con él y Casta –sin hablar de tanto pastel que se le atoraba en la garganta- va por los cuates.
Visitaron la casa de Mozart, donde había un viejito tocando el piano. El Presidente le pregunta “si le gustaría visitar México”, el señor dice que sí.
-Pues yo lo invito.
Y lo invitó. El pianista se unió a la comitiva en su paso por Viena.
Cuando Echeverría salió de la Casa de Mozart, lo esperaban coches y policías, pero dejó a los de seguridad con la boca abierta, cuando se fue caminando a tomarse un café, con el General Castañeda, Porfirio Muñoz Ledo, Rabasa… y los cuates.
Se sientan y los guardias se ponen en la puerta del café. Echeverría los manda quitar, “que entre quien quiera”. El General, acostumbrado a dar órdenes, ordena pastel con café para todos, pero leche para el Señor Presidente. Y Castañares tiene que echarse otra pieza, aunque ya no le cupiera nada. Carreto aprovecha para hablar de un tío suyo, que fue vecino de Echeverría en su juventud, pero Castañares, chismoso, vocifera contra el hecho de que toda la comitiva ande de compras: “Hasta Faesler, el del IMCE, está lleno de bolsas”. Echeverría responde: “Bueno, van de compras los que tienen dinero.)

Y, hablando de compras, a nuestro regreso al hotel, vimos regresar a los jóvenes líderes con cámaras de cine, abrigos Pierre Cardin y monerías por el estilo. A Fidel Herrera lo esperan dos o tres paisanos suyos, en busca de favores. El Presidente está en la ciudad, pero un veracruzano siempre busca a otro veracruzano.
En la cena, estuvimos hablando de política mexicana –con tacto, pero sin perder la línea- con Celestino Salcedo, líder de la CNC, Lázaro Rubio Félix, del PPS, y Fidel Herrera. El único decente es Celestino, a Fidel no le creo ni los buenos días y Lázaro Rubio Félix es un pobre diablo.


La Gira Oficial comenzaba el 6 de febrero. Nos levantaron temprano y nos metieron, todos soñolientos, a un camión que nos llevaría a Munich. Yo estaba sentado junto a Eduardo, que dormitaba; a mi derecha, parados, Rodolfo Echeverría, Vicente Villamar y don Víctor L. Urquidi, único miembro mexicano del nefelómano Club de Roma. Hablaban sobre “la proyección a nivel mundial” de las pláticas de Salzburgo, delante de ellos platicaban dos líderes empresariales, uno calvo y bajito; el otro alto, bigotón y distinguiducho. He aquí lo que escuché:
Rodolfo: ¿Señor Urquidi, hasta qué punto cree usted que sea válido el Club de Roma para auspiciar este tipo de eventos, digo, hasta qué punto fue importante la reunión?
Urquidi:
Bueno, desde mi punto de vista la reunión fue muy benéfica, aunque no se haya llegado a ningún acuerdo concreto. Fíjate que fueron varios jefes de estados medianos a discutir. Verdaderamente estamos satisfechos.
Empresario calvo (al bigotón): Muy, muy buena que está la chamaquita.
Villamar: Yo digo que lo que salvó la reunión fue que el Señor Presidente sacara a discusión la Carta de los Deberes y Derechos Económicos de las Naciones, digo, claro, salvación a nivel de grilla.
Urquidi (paternalista): Fue lo más importante de la reunión, sin duda. La posición de Nuestro Señor Presidente. Lástima que siempre anduvo boicoteándolo, con ganas de terminar, el señor Trudeau.
Villamar: ¿Cuál era la posición de Trudeau?
Empresario calvo: Salgo de la fábrica y voy a las oficinas de la Confederación, mando entonces mis guaruras a comer, entonces agarro el coche y me voy con ella/
Urquidi: Ninguna. Nomás quería que se acabara rápido. El señor primer ministro de Canadá vino a Europa a cazar y eso es lo que va a hacer ahorita.
Rodolfo: ¿Y personalmente cómo le cae Trudeau?
Empresario calvo: Tiene 21, ya llevo tres años con ella, tenía 18, sí, una chamaquita y uno que es gato viejo/
Urquidi: La verdad que es un tipo antipático, ya lo presentía yo,
Empresario bigotón. Le has de pasar una lana.
Urquidi: Pero estoy seguro de que fue un éxito.
Empresario calvo: No. Bueno, sólo 500 dólares para que compre alguna ropa. Y su depto, bueno, es mío.

De Munich tomamos el avión a Bonn, donde nos recibió una pertinaz lluvia. En el Hotel Steigenberger me tocó un cuarto estupendo, con excusado forrado de cuero.
Lo siguiente fue un almuerzo que ofrecía el ministerio alemán de relaciones exteriores y de inmediato se vio que la gira oficial era otro pedo. Apenas llegamos, arribaban por todos lados meseros con copas de champagne, cognac, jugo de frutas, cigarros. Se nos hizo parar en semicírculo y cada uno saludó al ministro Walter Scheel.
Me tocó sentarme junto a un director de prensa de la Presidencia alemana, quien me hizo una serie de preguntas sobre México que pretendí contestar con corrección. Recuerdo que le dije que uno de los problemas de la comunicación era que el 80 por ciento de la audiencia de televisión era para una sola empresa privada. Enfrente de nosotros, vacío, estaba el asiento que correspondía a Vicente Villamar.
Los brindis fueron interesantes: por lo acertado de Scheel, quien dijo que era bueno tomar vino en invierno porque tiene el sabor del verano, y utilizó eso para saltar a la calidez que debe de haber en las relaciones entre los dos países; y por lo mediocre de Rabasa, quien habló “de la política revolucionaria de Nuestro Señor Presidente, apoyado por todo México, por la juventud…”
A medio café, nos apura el Capitán Salinas para que tomemos un camión que recorrerá tres cuadras, hasta el parque en el que el Presidente depositará una ofrenda floral en la tumba al soldado desconocido. Nuestra función consiste en hacer bola.
Se hace un silencio. Racatacataca de los tambores. Por primera vez siento suspenso y emoción. Echeverría, adelante, porta la corona. Atrás, Sansores Pérez (Diputados), Euquerio Guerrero (Suprema Corte) y Olivares Santana (Senadores); poco más atrás, los representantes de los tres partidos minoritarios… ¡No! Se coló Fidel Herrera, quien no tenía vela en el entierro, y ahora son los representantes de los cuatro partidos, Herrera Beltrán por el PRI. Se ve chistoso con greña y abrigo claro entre tanto viejo serio.
De ahí vamos a la alcaldía de Bonn y escuchamos a Echeverría y al alcalde hablar de Beethoven, de Humboldt y de la hermandad. (Es de notar que los alemanes ponen tanto énfasis en la unidad europea como los mexicanos en la Carta de Deberes y Derechos… como quien dice, ellos van al largo plazo y nosotros con el Señor Presidente),

No recuerdo cuál era el siguiente evento programado, pero sí que nos pelamos de la comitiva y nos dimos una vueltecita por Bonn, una ciudad chula, que los hermanos Echeverría gritaban como reos recién liberados y que Pablo le echaba los canes a Consuelo, quien no se hacía la remolona.
En eso, Castañares se detiene, eructa y pronuncia una frase célebre:
-Je je. Siempre que como faisán, eructo.
En la noche íbamos a otra cena, y yo estaba cansadísimo. Mientras esperábamos al camión ensayé el Método Celestino Salcedo para dormir, que me habían enseñado el día anterior. Consiste en poner índice y cordial sobre la frente, el pulgar en el pómulo y el meñique y el anular, doblados, tapando un ojo. Parece que estás meditando profundamente, pero te puedes echar una buena siesta. Funciona.
En la cena, me tocó sentarme entre Villamar y un periodista alemán. Villamar me comentó que estaba encabronadísimo por lo que le armaron los militares. No había asistido a la comida porque su esposa fue a visitarlo desde París y los del EMP lo cacharon “metiendo viejas al hotel” y le dijeron que, por instrucciones del General Castañeda, iban a correr a la mujer del hotel. Él les dijo que si la corrían, él se salía de la gira, entonces los milicos se echaron para atrás. Luego habló con el General, quien dijo que ni sabía, que había sido onda de los oficiales.
Al periodista que estaba junto a mí, Femito, que estaba enfrente, lo tenía aturdido con preguntas del tipo “Oiga, ¿cuántos habitantes tiene Bonn? Oiga ¿y cuántas provincias tiene Alemania? Oiga, ¿y cuántos partidos hay? Oiga, ¿y cuántos votos tuvo cada uno?”.
No pudimos acabar el café porque teníamos que salir hechos la mocha a casa del presidente Heinemann. Se me perdió el papelito del guardarropa y el Capitán Salinas hecho una furia y yo más nervioso busque y busque el maldito papel en las innumerables bolsas del saco y el Capitán Salinas “con una chingada” y yo, tímido, “qué quiere, soy retedesorganizado”. Total, me dieron el abrigo sin papelito y encontré el ticket en Yugoslavia.
En el camión, Mártir y Fidel Herrera estaban haciendo burla de Ochoa y sus cuates.
Mártir: Oye Femito, ¿y cuánta gente agrupa tu organización?
Fidel: A cuatro. A tres que están aquí y a las bases.
Luego Medina Araujo, con su cara de toro: Nuestra organización es la verdaderamente revolucionaria.
Mártir (a Medina): ¿A poco tienen campesinos y obreros de verdad?
Fidel: ¿Femitos o feminoides?
Femito: Ya deja de jugar Fidel.
Fidel: Famositos, Futos.
Femito: Vas a ver, te vamos a poner toda nuestra organización en tu contra nomás regresemos a México.
Fidel: Y mi papá le gana al tuyo.

En la mansión de Heinemann nos hicieron pasar en fila a saludarlo. Echeverría nos iba presentando: a Ochoa, como “un líder estudiantil muy progresista”. Echeverría no se sabía mi nombre, que repetí de lo más atolondrado. Nos pasaron a otro salón donde bebimos champagne y donde Porfirio insistió en coquetear con Consuelo. Me acerqué a Figueroa, quien estaba muy serio, con su cara de piedra.
-¿Cómo la ves? –le dije, para hacer conversación.
-Pura Mierda. Tienes que fijarte muy bien, manito, aprender aquí todo esto que ves, así sabrás mejor cómo darles bien en la madre a estos burgueses.
Ese rencor era lo que se escondía detrás del rostro hierático de Figueroa.

Llamaron a “los estudiantes” para que platicáramos un rato con Heinemann. Se forma la bola y el presidente alemán pregunta, como si no supiera: ¿Ustedes son los estudiantes?
Y Castañares, en su día inspirado:
-Sí, pero los estudiantes que estudian.
En el camión de regreso me dormí, pero no tan profundamente como para no darme cuenta de que Pablo Echeverría le había ganado una partida importante a Porfirio Muñoz Ledo.