viernes, noviembre 17, 2006

Biopics: La Mira y Playa Azul

En la materia de Centro de Economía Aplicada había que hacer un trabajo de campo. Mapes lo quería hacer cerca de Las Truchas, Michoacán, una zona que había trabajado su papá, como geólogo. Me pareció buena idea. Nos juntamos con Foncerrada y Munguía y decidimos que el eje central del trabajo sería analizar cómo había afectado la nueva carretera a un par de comunidades rurales cercanas a donde se construiría, dentro de poco, una gran siderúrgica. En términos del trabajo: cómo afectaba el desarrollo de la infraestructura productiva a la superestructura ideológica. Mapes quería invitar al equipo a Patricia Bracho, una chava fresa, muy maquillada, coqueta, de labios gruesos, que usaba jeans ajustados y movía la cadera al caminar. El problema era que Patricia siempre tenía al lado a “la Calcomanía”, un cuate barbón que había estudiado con ella la prepa en el Colegio Madrid. La Calcomanía, a su vez, tenía su pegote, un chavo gordito, también del Madrid. Mapes los invitó a todos ellos al trabajo de campo, y de paso también a una amiga de Patricia, Vicky Pérez Cota.

Cuando estábamos a punto de partir, resultó que ni a Patricia ni a Vicky las dejaron ir sus papás. Así que partimos los seis hombres, en dos autos: el vocho rojo de Julián Tonda (que así se llamaba La Calcomanía) y un Safari del Departamento de Defensa del Ambiente (entonces mera dependencia de la SSA), que le había conseguido su papá funcionario a Jorge Munguía. Mapes se encargó de romper el hielo entre los dos grupitos y en la primera parada a comer, Julián ya sabía que era La Calcomanía y entre risas celebró que ese día, 23 de mayo, no sólo fuera su cumpleaños 19, sino también el comienzo de una larga amistad. Tenía razón. El pegote de la Calcomanía se llamaba Rafael Rangel.

Los pueblos que íbamos a investigar eran Playa Azul y La Mira, unos pocos kilómetros al noroeste de Lázaro Cárdenas. Nos quedamos en el Centro de Salud de La Mira, aprovechando el vehículo de Munguía; un volado decidió quienes dormían en cama de hospital y quienes en el suelo. Me tocó piso. En las mañanas levantábamos nuestra encuesta, que en realidad era casi un censo, porque entrevistábamos a una persona por familia, dividiéndonos las zonas, que recorríamos de manera desordenada, traslapándonos a veces, entre otras cosas porque más que calles había vericuetos. Poco después de mediodía íbamos a la playa, que era magnífica y sólo para nosotros seis. Nadábamos un rato, luego comíamos un pescado fresco baratísimo que nos freían allí enfrente en una palapita, platicábamos en las hamacas, nadábamos otro rato y nos regresábamos a dormir y platicar al centro de salud de La Mira. Un día fuimos a Lázaro Cárdenas, donde se construiría la siderúrgica; era un pueblo de apenas cinco mil habitantes. Bien feo desde entonces, y sin nada que hacer.

Mapes fungía como el líder del grupo, el organizador un poco obsesionado con que el trabajo saliera bien. Luis Foncerrada, gran conversador, nos deleitaba platicándonos sus aventuras en Europa –donde fue de viaje luego de que decidió abandonar la carrera de física-: era bastante alucinante escuchar la descripción detallada de la casa de Axel Munthe en Capri mientras mirabas el techo de la clínica rural. Jorge Murguía era simpático, de los que hacen un chiste de cualquier cosa, pero también sentimental. Julián era todo solidaridad y buena vibra. Rafael empezaba a mostrar sus cualidades: un cuate sencillo, noble y leal. Yo, por mi parte, era el cuate de las descripciones socio-psicológicas: la güerita del pueblo, la parturienta de la clínica, el abandonado…

La gente de La Mira y Playa Azul nos trató bien. Vivían su pobreza evidente con dignidad. Estaban entusiasmados con la carretera, sobre todo en La Mira, que estaba en un cerro, porque les facilitaría la entrada y salida de sus mercancías. Creían que su situación mejoraría en el futuro próximo, y se quejaban amargamente de los problemas de comercialización de sus productos (obviamente, lo hacían a través de un acaparador). En otras palabras, no esperaban que la siderúrgica en el poblado cercano les fuera a cambiar radicalmente la vida.

Tuve muchas enseñanzas de ese viaje, además de las que brindó la amistad. Por una parte, era realmente diferente ver (o intentar ver) con ojos de científico social la vida de las comunidades rurales que hacerlo de manera superficial. Me daba cuenta del reto enorme, humano, político y técnico, que me había puesto al decidir estudiar economía. Por otra, que el pueblo en realidad era sabio. En la escuela nos tiraban el rollo maoísta de que el pueblo tiene más que enseñarnos que nosotros a ellos. Le repetí esa frase a un pescador en Playa Azul –usando el “ustedes” en vez de “el pueblo”-. El me respondió que no: “Mire joven, yo a usted le enseño a construir una palapa en tres días; en una semana, cuando mucho. ¿Cuánto se va a tardar usted en enseñarme la secundaria?”.

La otra enseñanza vino por un camino inopinado. El último día de nuestro trabajo de campo nos encontramos a dos güeros nadando en la playa. Eran unos hippies suizos, que nos pidieron un aventón a Pátzcuaro el día siguiente. Se los dimos. Ya llevaban un rato en México. En el camino, les pregunté qué era lo que más les había impresionado del país. El hippie suizo que estaba menos sucio no dudó: “la propaganda”, dijo. “Su país está lleno de propaganda del gobierno”, reiteró ante nuestros ojos sorprendidos. Tenía toda la razón y bastaba ver a nuestro alrededor. En un cerro, escrito con piedritas pintadas de blanco: “CNC con Luis Echeverría”; a lo largo de la carretera, otras rocas, de verde, blanco y rojo, con las siglas CNOP; los pueblos, tapizados por los slogans de las campañas gubernamentales (o de partido, que en aquel entonces eran lo mismo). Bastaba recordar la radio, la tele. Habíamos vivido nuestra vida entera sumergidos en tanta propaganda que no nos dábamos cuenta del tamaño del despropósito. Desde ese momento puse atención a un mecanismo no tan sutil, que no sólo legitimaba a las autoridades en el poder, sino que también embotaba las conciencias. Por cierto, Pátzcuaro era un pueblito chidísimo, silencioso y semimuerto.

martes, noviembre 14, 2006

Diez Novelas Mexicanas

Sigo con las listas, esa manía.

Las diez novelas mexicanas que más me han gustado


1.
Al Filo del Agua, Agustín Yáñez
2. Pedro Páramo, Juan Rulfo
3. Las Buenas Conciencias, Carlos Fuentes
4. Clemencia, Ignacio Manuel Altamirano 
5. Morirás Lejos, José Emilio Pacheco
6. La Sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán
7. La Guerra de Galio, Héctor Aguilar Camín
8. La Muerte de Artemio Cruz, Carlos Fuentes
9. De Perfil, José Agustín
10. Los de Abajo, Mariano Azuela
 

miércoles, noviembre 01, 2006

2º Carrera de la Radio; 5 kilómetros


El domingo pasado corrí los 5 kilómetros en la Carrera de la Radio. Lo hice después de un poco más de un año de entrenamiento. En esa época, apenas me levantaba, me servía un café, prendía un cigarro y me conectaba a internet. Taide, mi esposa, me hizo ver que me estaba jodiendo la salud de esa manera. Así que fui al circuito Ghandi, que queda cerca de la casa. Y corrí. A los 300 metros me detuve jadeando. Caminé otros 200 y volví a la carrera: apenas otros 300 metros. Estaba yo muy mal.
Así, poco a poco le fui aumentando distancia. Cuando ya había llegado a trotar 5 mil metros, empecé a hacer repeticiones. Mi condición física mejoró notablemente y me sentí en condiciones de alcanzar uno de los objetivos que me había trazado: participar en una carrera de calle.
En la oficina, algunos cuates me dijeron de la Carrera de la Radio. Ellos competirían en 10 k. Me animé y me inscribí.
Salí a las 7 de la mañana de casa, con un frío terrible, y caminé al Angel de la Independencia. Me estiré un rato, me encontré a los del trabajo, y salimos a mitad de un enorme pelotón. Mi estrategia era sencilla: trotar los primeros dos kilómetros y medio, y soltarme en la segunda mitad de la competencia. Yendo por Mariano Escobedo, a la altura del kilómetro 2, me esperaban las Taides -esposa e hija-, junto con mi cuñada Hilda, que estaba de visita en México. Les mandé besos de corredor. A la altura del circuito Ghandi fui apretando un poco, pero sí estaba cansadón. Ya de regreso, cerca de la Diana veo que mi hija corre para tomarme una foto con su reciente celular; en el intento, me acompaña como un kilómetro. Mi idea era cerrar con un sprint, acelero pero las piernas no dan para mucho. Cruzo la meta y a los pocos metros me espera un güey con una paleta para medir el chip con el tiempo. Unos cuantos metros más, y veo la sonrisa de Taide la grande. Un beso satisfecho que me sabe riquísimo. Luego me dan media naranja, agua, bebida hidratante y medalla de participación. Regresamos a pie a casa (y ya el trecho me parece bastante más largo que de ida).
Aparecen los resultados en internet. El mío: 35:12, tiempo de balazo. Había hecho como 34 y medio entrenando. Hay que ver qué diferencia hay entre tiempo de balazo y tiempo real.
Al día siguiente, en el periódico, resolvemos el enigma. Por un lado, César Martinez midió su tiempo con su reloj-cronómetro. Tardamos 2 minutos y 1 segundo, desde el disparo, en cruzar la línea de salida. Por el otro, la foto que está en el sitio revela que crucé la meta en 35.00 (los 12 segundos fueron lo que se tardó el monito del chip en verme y yo en llegar a él). O sea que hice 32:59. No está mal, tomando en cuenta que sigo fumando demasiado y que no competía en los 5 mil metros planos desde el lejano 1971.
En la foto, los Crónicos: de izquierda a derecha, abajo: yo, Toño Dávila y Adrián Castillo; arriba: César Martínez. Falta en la foto Erika, la hija de César.

domingo, octubre 22, 2006

Biopics: Aguaceros, besos y medallas no intercambiadas

Irma me gustaba. Me gustaba su sonrisa con incisivos de vampiro. Me gustaba su cuerpo delgado y atlético. Me gustaba su forma de vestir. Me gustaba su cabello. Me gustaba que le gustaran el periodismo, la política, el cine y el atletismo, como a mí. Pero sobre todo me gustaba su olor.

Poco a poco nos fuimos acercando. Un trabajo de historia fue el pretexto para ir a la biblioteca central. Luego las islas eran nuestro refugio. Yo también le gustaba, pero una vez que nos estábamos besando (besitos tiernos) frente a Filosofía me dijo “Estoy casada”. Resultó que su casamiento en realidad era un noviazgo con Fernando, “un chavo chiquito, pero muy inteligente”, que le había explicado El Proceso de Welles/Kafka y toda la cosa; un chavo que “quedó desfigurado por las drogas, pero ya se salió”. El cuate, además, tenía una cabaña en el Desierto de los Leones. Conocí los celos hacia una figura mítica, a quien imaginaba muy abrazado a Irma, viendo desde las alturas de su cabaña a la ciudad. (A Fernando lo conocí años después. Sí era intelectual, pero no era ni tan chiquito, sino de mi edad, ni estaba desfigurado por drogas de las que no había salido, sino que tenía marcas de acné). La maldita me lo mencionaba a cada rato y yo estaba empecinado en ganarle la partida.

En esas fechas, a Richard Nixon se le ocurrió bombardear Camboya y se organizó una marcha de protesta para el 17 de mayo que, rara cosa, esta vez no fue reprimida. Éramos como 20 mil, según nuestros cálculos y yo iba junto a Irma. Ella llevaba una blusa amarilla y jeans, recuerdo. Su cabello brincaba mientras corría coreando consignas, y me impregnaba de su olor. El mitin fue frente al Hemiciclo a Juárez (lo que indica que no éramos 20 mil, sino menos de la mitad). Alguien sacó una cajetilla de cigarros, todos agarraron menos yo, que no fumaba entonces. Cuando se hacía de noche, hablaba Pablo Gómez. Yo tenía abrazada a Irma y nos besamos muchas veces. Empezó a caer un aguacero y nuestros besos se deslizaban con la lluvia y como la lluvia. Terminó el mitin y nos fuimos a refugiar debajo de un techo cerca del Palacio Chino. En una tiendita, otros chavos empapados cantaban su propia alabanza, con letra de Violeta Parra: “Me gustan los estudiantes/ porque son la levadura/ el pan que saldrá del horno/ con toda su sabrosura/ para la boca del pobre/ que come con amargura/ caramba y samba la cosa/ ¡Viva la literatura!”. La invité a un café de chinos, pero me dijo que no podía, porque debía regresar a trabajar (era reportera de la Gaceta UNAM). De hecho, ahí estaba su jefe. Me dieron aventón hasta la esquina de Reforma y Río de la Plata. El jefe de Irma me dijo que me iba a empapar más. “No soy burgués”, le respondí, y él dijo alguna frase burlona. Corrí feliz, pero bañado, más que por el diluvio que seguía cayendo, por aquellos besos.

Irma era la campeona nacional de salto de longitud, en una época en la que las mujeres hacían muy poco atletismo. No entrenaba mucho (y yo, en cambio, corría diario, sin entrenador, con otros cuates del equipo de atletismo de la facultad, porque me daba pena ponerme a marchar solo). En el Interfacultades, a Economía le fue muy bien en la rama femenina, y eso que sólo eran cuatro: pero una era Irma y la otra Charlotte Bradley, posterior campeona centroamericana y medallista de plata en Panamericanos. En la masculina, obtuvimos dos de bronce. Una de Chagoyán y otra mía, en una competencia de 5 kilómetros que caminé en más de media hora. El último día de competencias Irma me regala su medalla de oro en 100 metros (una de varias que había obtenido) y yo la rechazo. ¿Qué no ve que yo sólo puedo ofrecerle una vil medallita de bronce?, pienso. Todavía me cuesta trabajo entender las razones de mi negativa. ¿Incapacidad para recibir? ¿Agresividad pasiva para expresar mi enojo porque seguía con el tal Fernando? ¿Narcisismo herido en mil maneras, también porque ella me puede dar un oro y se queda con mucho, y yo no le puedo dar un bronce porque me quedo sin nada?

jueves, octubre 12, 2006

Cómo decir palabrotas en sociedad

Esta es mi traducción-adaptación al español mexicano de "Come dire parolacce in società", un artículo de Umberto Eco aparecido hace años en L'Espresso y después en el libro La bustina di Minerva.
El subtítulo se refiere a un cuate mío muy dado a la prosopopeya y poco a las groserías.

Cómo decir palabrotas en sociedad
(o manual de groserías de José Hernández)

Umberto Eco
(adaptación: FBR)

Veo en la nueva novela de Kurt Vonnegut (Hocus Pocus) que el protagonista decide no usar palabrotas y se limita a expresiones que (en la traducción de Francisco Báez) suenan como: “¡Qué pelo púbico!”, “¡Diríjase a la ultrajada!”, “¡Es un excremento!”. La invitación surge oportuna en un momento en el que los periódicos registran, de parte de los políticos, insultos de carretonero y en el que en las telepantallas aparecen distinguidos señores que se llaman el uno al otro con referencias explícitas a partes del cuerpo normalmente cubiertas de ropa llamada, precisamente, íntima.

Es cierto que en esta misma columna hace un tiempo reivindiqué el derecho de usar la palabra pendejo en ciertas ocasiones en las que es necesario expresar la máxima indignación. Pero la utilidad de la palabrota la da precisamente su excepcionalidad. Usar palabrotas demasiado a menudo equivale a reescribir un concierto con sólo las percusiones, mientras los demás instrumentos callan. Mussolini, en un momento trágico de la historia de Italia, dijo en el parlamento que habría podido hacer de aquella aula sorda y gris un vivac para sus manipulaciones. Si hubiera dicho (y tal era el sentido de su declaración): “Bola de pendejos, podría metérsela a todos por el culo como si nada” o lo habrían tratado como a un loco, o se habrían dado cuenta de que el condicional estaba fuera de lugar, porque el hecho ya se había verificado.

Se ha perdido aquel arte de la injuria, celebrado por Borges (“Señor, su esposa, con el pretexto de tener un burdel, vende mercancía de contrabando”). Pero al menos se debería reencontrar un arte de la perífrasis. He aquí por qué, para uso de los protagonistas de la política y del espectáculo, se presentan algunas expresiones indudablemente elegantes y bien provistas, bajo el velo de cuya elaborada extrañeza, los expertos podrán reconocer la expresión original, mucho más vulgar y común, que esconden, sin por ello eliminar la fuerza locutoria.

“¡Cállese, pelo que surge de la parte anterior del perineo, hecho con el segmento fusiforme del producto final de un complejo proceso metabólico!”

“Para mí tiene el mismo valor que la parte del órgano externo del aparato genito-urinario masculino, con forma de apéndice cilíndrica”.

“Sin haber abandonado su ropa, se deshizo preterintencionalmente de celulosa, queratina, resíduos biliares, moco, células epiteliales desescamadas, lecuocitos y bacterias varias, a causa del espanto”.

“Fulano, en el día de su nacimiento, estaba unido por cordón umbilical con una señora cuyo mester era conducir la poliandria a manifestaciones casi frenéticas”.

“La razón es que tengo una inflamación en la única bolsa de piel de la que proveyó Natura, con todo lo que ella contiene”.

“¡Glándulas de Bartolino y Trompa de Falopio! ¡Perdí el Portafolio!”

lunes, octubre 09, 2006

Léxico Familiar II

Escribe mi hermano sobre el léxico familiar, con otras aportaciones:

Para mi mamá si [en alguna repartición] no te tocaba nada era "ni piña, mamey ni zapote"; cuando te cortabas o te dabas un golpe te hacias una Yaya; si te rascabas se volvía una miasma que, al continuar rascándote se convertiria en un cáncer, según ella.
No era el talón del calcetín sino el carcañal. Ah!!! y mi mamá no dormia... "se embelesaba", o "estaba con embelesos".
Tampoco había trastes, había "cacharros" o "cacharritas".

Pero hay más. Algunas importantes. Como los zangandongos.
Zangandongo es una palabra de origen bantú. Pero yo digo que es más bien el muy español "zángano" combinado son el muy cubano "borondongo". Un zangandongo es un niño grande tratado como niño chiquito o actuando como chiquito. Zangandongo es el niño de nueve años que meten dentro del carrito de super o el adolescente de 16 que juega con sus cuates en el cachumbambé (es decir, en el subeybaja).

Otro ejemplo del barroquismo cubano que mamé es que mis padres decían: "...y soltó una catilinaria...". En México, lejanos a la popularización de los discursos de Cicerón, diríamos que soltó un rollo, o un choro.

Los aparatos no se descomponían, sino que se desconchiflaban. Y si uno estaba cansado, medio madreadón, también la persona estaba "toa desconchiflada". Si un automovilista iba muy lento, mi padre decía: "ese va fríendo maiz". Y para él, un equipo deportivo o un jugador no eran malos, ni maletas: eran mapeangos.

viernes, octubre 06, 2006

Un año de adversidades en la Gran Carpa


Mexicanos en GL. 2006

2006 fue un año de más oscuridad que luz para los mexicanos en Ligas Mayores. Si bien, como suele suceder, varios peloteros tuvieron la mejor temporada de su carrera, para los que estaban consagrados o camino a la fama, resultó más bien año de adversidades. La intermitencia de Loaiza, el bajón de Cantú, el récord negativo de Rodrigo, la segunda parte de la pesadilla para Oliver y el final de Vinicio será lo que recordemos de la campaña regular. Ojalá que en la postemporada, las noticias positivas opaquen a las negativas, que desgraciadamente abundaron.

Esta es la actuación de los connacionales en Ligas Mayores, según sus resultados a lo largo de toda la temporada 2006.

Adrián González. El de Tijuana fue el primer pelotero drafteado en el año 2000. Esto quiere decir que le vieron potencial de gran estrella. Fue hasta 2006 que pudo demostrar que los scouts no se habían equivocado. Jugando la primera base de los Padres de San Diego, bateó para .304, con 24 cuadrangulares y 82 producidas. Cerró la temporada a tambor batiente, con un porcentaje cercano a .400 en el último mes del año.

Dennis Reyes. Parte fundamental del secreto de los Mellizos de Minnesota para ganar la división central de la Liga Americana fue su staff de relevistas. Entre ellos, quien tuvo el mejor porcentaje de efectividad fue el zurdo especialista, el mexicano Dennis Reyes. Jugando a menudo, para sacar uno o dos outs, el gordito de Higuera de Zaragoza fue usado en situaciones complicadas, de las que casi siempre salió airoso. Así lo marca su minúsculo 0.89 de carreras limpias admitidas por cada 9 entradas lanzadas. Los bateadores rivales apenas alcanzaron un promedio de .197. Un año para recordar.

Esteban Loaiza. El 2006 fue para Esteban un año de rachas. Pésimo abril, en el que perdió todos y recibió casi una carrera por inning lanzado; mayo en la lista de lesionados; junio de paulatina recuperación, con tres victorias y un juego completo, julio de decepción, en el que volvieron a pegarle y él a perder; agosto de ensueño, en el que no se la vieron y logró dos blanqueadas; septiembre de dudas, con tres muy buenas actuaciones y tres bastante lamentables. Terminó la temporada regular con 11-9, 4.89 de limpias y 97 ponches. La postemporada será su prueba de fuego con los Atléticos.

Oscar Villarreal. Después de varios años bastante malos, el regiomontano pudo al fin mostrar su valía en la gran carpa. Fue un relevista consistente para los Bravos de Atlanta, que ahora ven en su joven bullpen la clave de un futuro regreso al primer lugar. Como abridor, cumplió. Su PCL de 3.61 en esa combinación, y su record de 9-1 son señales de que va por buen camino.

Alfredo Amézaga. ¿Quién diría, hace seis meses, que las estadísticas de Alfredo Amézaga podían ser comparables con las de Jorge Cantú? Al haberle dado continuidad, los Marlines de Florida se encontraron con un gran utility. Buen fildeador, pero agresivo en la caja de bateo y, sobre todo, en las bases. El de Obregón tuvo, finalmente, un año decente: .260 de porcentaje, 3 jonroncitos, 20 bases robadas, 42 carreras anotadas y grandes atrapadas en los jardines y el infield (jugó siete posiciones defensivas, ni más ni menos). Más hits, más jonrones, más producidas y más robos que en cualquier año de su difícil carrera.

Jorge Cantú. El año sophomore, el terrible segundo año en Grandes Ligas que separa a los grandes de las leyendas le tocó a Cantú en su tercera temporada. Un tobillo fracturado, espasmos en la espalda y una gripe tremenda lo aderezaron. El tamaulipeco tuvo un buen inicio de temporada, un aceptable final y un largo y mediocre intermedio. Los números no mienten: .249 de promedio, con 14 cuadrangulares y 62 impulsadas (es decir, aproximadamente la mitad que el año pasado).

Rodrigo López. La inconsistencia no deja de perseguir al de Tlanepantla. Tuvo sólo siete salidas de calidad y rompió el récord de más derrotas para un pitcher mexicano, al terminar el año con marca de 9-18 (y 5.90 de PCL). A veces estuvo bien y de malas, pero en otras ocasiones estuvo mal y de pésimas. Se las arregló para perder tres juegos cuando fue degradado a labores de relevo. Tal vez salga de los Orioles.

Elmer Dessens. Inició en el relevo intermedio de los Reales de Kansas City, la hizo bien y lo subieron a cerrador. Echó a perder juegos y terminó otra vez en el relevo intermedio, pero con los Dodgers. El ansiado estirón nunca llegó. Terminó la temporada con marca en 5-8, dos salvamentos y 4.56 de limpias. Estuvo a punto de que los Dodgers lo dejaran fuera de su roster de playoffs.

David Cortés. El de Mexicali jugó discretamente con los Rockies de Colorado. Empezó bien, pero fue bajando en efectividad. Los Rockies le apuestan a la juventud y lo dejaron fuera a media campaña. Sus números: 3-1, con 4.30 de carreras limpias.

Edgar González. Se la pasó entre los Diamantes de Arizona y las sucursales AAA. El de San Nicolás de los Garza abrió cinco juegos y en otros 12 entró de relevo. Fue mejor en su regreso que en su primera fase. Terminó con 3-4 y un aceptable 4.22 en carreras limpias. Uno de sus mejores partidos fue el duelo contra Aníbal Sánchez, que perdió 2-0 y en el que el venezolano lanzó sin hit ni carrera.

Oliver Pérez. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. Oliver Pérez empezó mal con los Piratas de Pittsburgh, uno de los peores equipos de la Nacional, que primero lo bajaron a AAA, pero luego lo cambiaron a los Mets, el mejor de la liga. Tampoco con los Metropolitanos ha brillado. En la temporada sólo tuvo cuatro salidas de calidad y terminó con cifras horrendas: 3-14 en ganados y perdidos y 6.55 de limpias. Pero las lesiones del cuerpo de lanzadores de los Mets han sido sus grandes aliadas. Cayó Tom Glavine y Oliver regresó de AAA. Se lesionó Pedro Martínez y le perdonaron las palizas. Peleó las plazas de cuarto y quinto abridor con Orlando Hernández y el novato John Maine, y perdió. Pero llegan los play-offs y el Duque también se lesionó. A ver si en una de esas…

Juan Castro. Cumplidor y discreto, primero con los Mellizos y luego con los Rojos –con quienes aseguró un buen contrato de dos años-, el de Los Mochis se quedará como utility de reserva el resto de su carrera, por lo visto. En la campaña bateó .251, con 3 cuadrangulares y 28 producidas.

Vinicio Castilla. Era la esperanza en la tercera base de los Padres de San Diego, pero los años le pesaron y los californianos lo dejaron ir. Se tomó su última taza de café ligamayorista con el equipo de sus amores, los Rockies de Colorado. Tampoco hizo gran cosa, pero tuvo una despedida digna, con una carrera impulsada y en medio del cariño de la afición que fue testigo directo de sus hazañas deportivas. Para la historia, los números de su última campaña: .229, 5 jonrones, 27 producidas.

Jorge de la Rosa. El de Monterrey lanzó algunos buenos partidos para Milwaukee y Kansas City, poco a poco va mejorando, pero sin lucir realmente. Su gran problema sigue siendo el control. Terminó 2006 con 5-6 y 6.49 de carreras limpias (pero mejor en Kansas que con los Cerveceros).

Miguel Ojeda estuvo dos ratitos en la Gran Carpa. Al inicio con Colorado; al final con Texas, con un largo intermedio en la Liga Mexicana. Bateó para .221 con 2 jonrones y 15 remolcadas.

Humberto Cota. Estuvo el año completo, pero vio muy poca acción en la receptoría de los Piratas. Bateó sólo para .190 e impulsó 5 carreritas en 100 veces al bat.

Oscar Robles jugó a ratitos cortos con los Dodgers, y no pudo repetir su buena campaña del 2005. Números mínimos: .152 con 6 anotaciones.

Ricardo Rincón se lesionó desde abril. Apenas lanzó tres entradas y un tercio para los Cardenales, suficiente para que le metieran 4 carreras y acabara con 10.80 de limpias.