martes, mayo 03, 2005
Beisbol: estadísticas chuscas
Hay algunas que, no por chuscas, dejan de enseñar el carácter de los equipos. En el beisbol se conoce a la gente.
Estas corresponden al primer mes de juego en las Ligas Mayores.
1. Para jalarse los pelos
Promedio de bateo de Tampa Bay con las bases vacías: .324
Promedio de bateo de Tampa Bay con dos outs y hombre en posición de anotar: .256
Promedio de bateo de Tampa Bay con las bases llenas: .083
2. Equipos diurnos y nocturnos
Promedio de bateo de día de San Francisco: .320
Promedio de bateo de noche de San Francisco: .258
Promedio de bateo de día de Anaheim: .204
Promedio de bateo de noche de Anaheim: .268
Promedio de carreras limpias de Filadelfia, de día: 3.25
Promedio de carreras limpias de Filadelfia, de noche: 6.58
Promedio de carreras limpias de San Diego, de día: 5.99
Promedio de carreras limpias de San Diego, de noche: 2.65
3. Batear a la hora buena
Promedio de bateo de los Yanquis en las 6 primeras entradas: .293
Promedio de bateo de los Yanquis a partir de la séptima entrada: .228
Promedio de bateo de Washington en las 6 primeras entradas: .248
Promedio de bateo de Washington a partir de la séptima entrada: .304
4. Igual por una carrerita se gana
Juegos decididos por una carrera
Medias Blancas de Chicago: 13 (10 ganados)
Marlines de Florida: 5 (1 ganado)
Rockies de Colorado: 2 (1 ganado)
miércoles, abril 27, 2005
La Contraparte ( I )
La pasión amorosa es cabrona. Con ella, o con su recuerdo, se han escrito algunas de las grandes obras de la lírica popular mundial.
El amor apasionado, ese que llamamos “amor del bueno” es tan ciego que no se da cuenta del ridículo.
Si viéramos las cosas de una manera más fría (heladita como cerveza sinaloense), entonces nos percataríamos de que las canciones que tanto nos gustan tienen ese exagerado saborcillo ridículo.
Un ejercicio para hacerlo es cantarlas desde la otra orilla, la de la contraparte, el destinatario.
Aquí van los primeros ejemplos de La Contraparte (en la categoría de: “ahí nomás para tus tunas”):
Yo te acostumbré
(ripio a Frank Domínguez)
Yo te acostumbré
a todas esas cosas,
y yo te enseñé
que son maravillosas.
Sutil llegué a ti como una tentación
llenando de ansiedad tu corazón.
Tú no comprendías cómo se quería
en mi mundo raro y por mí aprendiste.
Por eso te preguntas al ver que te he olvidado
por qué no te enseñé cómo se vive sin mí
La gloria soy yo
(ripio a José Antonio Méndez)
Yo soy tu bien
lo que te tiene extasiado.
Por qué negar que estás de mi enamorado,
de mi dulce alma que es toda sentimiento.
De estos ojazos negros
de un raro fulgor
que te dominan e incitan al amor.
Soy un encanto soy tu ilusión.
Dios dice que la gloria está en el cielo;
que es de los mortales el consuelo al morir.
Desmientes a Dios
porque al tenerme tú en vida
no necesitas ir al cielo tisú
si, alma tuya, la gloria soy yo.
Cuando estás conmigo
(ripio a Armando Manzanero)
Cuando estás conmigo no sabes que es más bello si el color del cielo o el de mi cabello. No sabes de tristezas, todo es alegría, sólo sabes que soy yo la vida tuya.
Cuando estás conmigo no sabes si en la brisa hay mejor sonido que mi alegre risa. Si pongo mis manos cerca de las tuyas dudas de que existan madrugadas frías.
Cuando estás conmigo no existen fracasos todo cuanto quieres lo encuentras en mis brazos. Cuando estás conmigo te llenas de orgullo; quisieras que gritara que eres todo mío.
Cuando estás conmigo no sabes qué es más tierna, mi figura frágil o un ave que inverna. Cuando estas conmigo tú cambias la gloria por la dicha enorme de estar en mi historia
Tú sin mi
(ripio de Arturo Castro)
Cada vez que estás a solas
triste estás y te das cuenta
que sin mí no hay ilusión ni amor.
Ves el mar de inmensas olas
y un sin fin lleno de estrellas
que sin mí pierde su inmensidad.
Falto yo a cada instante
en la luz del sol brillante
tu sin mí no volveras a sonreír como antes.
Pides por favor, ir que me esperas,
Que vaya allí y tome tus manos
Que no te deje, no, morir de amor,
I’ve Made You So Very Happy
(ripio de Al Kooper)
You lost at love before
Got mad and closed the door
But I said "Try, just once more"
You chose me for the one
Now we're having so much fun
I treated you so kind
You’re about to lose your mind
I’ve made you so very happy
You’re so glad I came into your life
The others were untrue
But when it came to loving me
You'd spend your whole life with me
'Cause I came and I took control
I touched your very soul
I always showed you that
Loving me is where it's at
I made you so very happy
You’re so glad I came into your life
You thank me, babe
Yeah, yeah
You love me so much I see
I’m even in your dreams
You can hear me
You can hear me callin' you
You’re so in love with me
All you ever want to do is
Thank me babe, thank me babe
I made you so very happy
You’re so glad I came into my life
I made you so so, so very happy, babe
You’re so glad I came
Into your life
You want to thank me, boy
Every day of your life
You want to thank me
I made you so very happy....
martes, abril 12, 2005
Biopics. Las Olimpiadas del 68
El lunes 6 de octubre de 1968, tempranito, Víctor y yo fuimos al auditorio nacional para comprar boletos para los juegos olímpicos. De entrada, sólo teníamos para la final de gimnasia (nomás para eso había alcanzado mi “Cuenta de Ahorros Olímpica”).
Para nuestra sorpresa –que no debió serlo-, había unos colononones en el auditorio. Como muestra perfecta de la organización mexicana, habían puesto una taquilla por deporte. Así que las de atletismo, gimnasia y natación daban la vuelta.
Como queríamos ver de todo, decidimos dividirnos, y no apostar a lo imposible. Víctor se metió en la cola del basket. Yo, primero en la de pentatlón moderno, que era la más sencillita; luego en la de lucha. Más tarde me metí en la del waterpolo, a donde Víctor me alcanzó a eso de las 6 y media de la tarde.
El caso es que cuando me tocaba comprar los boletos, en ese momento exacto, el taquillero puso un cartón y dijo: “Son las 7 de la noche. La venta se reanuda mañana”. Me encabroné y golpeé el cartón. De inmediato llegó un policía y me tomó por el brazo, para llevarme detenido. Yo protesté: “¡Esto es anticonstitucional!”. Víctor jaloneaba al cuico, con los mismos argumentos. Apenas habíamos dado unos pasos, y apareció, como de milagro, mi papá, a quien le había preocupado nuestra ausencia por doce horas. Ante la autoridad de un señor de traje, la autoridá policíaca no tuvo más que dejarme ir. Mi papá me salvó in extremis.
Para la segunda compra de boletos, nos fuimos más temprano, y mi papá se nos había adelantado. Cuando llegamos, él ya había ordenado a la gente que hacía la cola de atletismo. Cada quien tenía su numerito y todo. A nosotros nos dio el suyo, el 76. El Jefe siempre fue un modernizador de la sociedad mexicana. Años después, cuando vi la película “Una Familia de Tantas”, identifiqué el personaje social de mi padre en el vendedor de refrigeradores y me di cuenta de lo que personas como él significaron para una sociedad tradicionalista: una auténtica revolución de valores y actitudes.
Durante los juegos olímpicos, que empezaron el día 12, la pasamos a todo dar. Fuimos los primeritos en entrar a un evento deportivo (el primer día de básquet, cuando fuimos como seis, en el coche de Pepe Valle). Al día siguiente, Víctor y yo fuimos al atletismo, y nos tocó ver la llegada del Sargento Pedraza al estadio, cuando rebasó al soviético Smaga y estuvo a punto de hacerlo sobre Golubnichy y llevarse el oro. Brinqué tanto que se me cayeron los binoculares.
En los días siguientes fui con Víctor al waterpolo (¡a güevo!), con Pepe Valle al pentatlón moderno y al atletismo, con Víctor y su familia al box (tremendo nocaut del cubano Regueifeiros), con Carlos Contreras y Víctor a la lucha; con José Luis Gutiérrez al atletismo (nos colamos de la zona de boletos de 5 pesos a la de 100 pesos) y con la familia de Víctor al canotaje (donde los xochimilcas ya merito llegaban a las medallas).
Pero hubo otros tres días geniales.
Luego de darnos cuenta de que las jornadas de competencia se vendían boletos para el mismo día en el Estadio Olímpico (obvio, nada más había una taquilla en el auditorio los días de preventa), José Luis y yo decidimos probar suerte y tomamos el camión a CU. Ese día competían Juanito Martínez, nuestra carta fuerte en los 5 mil metros y el Sargento Pedraza iba por la hombrada en los 50 kilómetros de caminata. La cola era enormísima. Por suerte, me encontré a Rebollo, un cuate de la secundaria, y nos colamos con él. Cuando estábamos cerca de la taquilla, anunciaron que los boletos de cinco pesos ya estaban agotados. Chin, y ahora qué hacemos. Nos vaciamos los bolsillos y entre los dos teníamos 53 pesos, buenos para dos boletos de 25, un refresco y dos boletos de camión de regreso. Los compramos; eran del lado del pebetero, en la tribuna contraria a la llegada de los corredores. Gran inversión. Desde ahí vimos a Juanito llegar de nuevo en cuarto, a Pedraza llegar vomitando ¡Pepsi! en octavo lugar, a Tommy Smith y John Carlos alzar el puño con guante negro a la hora de recibir las medallas. Pero sobre todo vimos volar a Bob Beamon. Lo vimos enfrentito, porque la fosa estaba del lado del pebetero. Lo vimos desafiar la gravedad de cerca, con la boca abierta. Es un salto que tengo grabado en la memoria. Un record olímpico que a la fecha, casi cuatro décadas después, nadie ha podido romper.
Otro día fabuloso fue cuando fui con mi papá al atletismo, con boletos mejorcitos. Esa tarde el loco de Dick Fosbury se lanzó de espaldas en el salto de altura, cambió el estilo de la disciplina y se llevó el oro. Esa noche, horas después de que había llegado el penúltimo maratonista, apareció un tanzanio lesionado, que apenas podía caminar, pero que llegó a la meta entre la emoción de la multitud. Pero sobre todo ese día Cuba, que todavía no era potencia deportiva, se llevó dos medallas de plata, y las lágrimas escurrieron por el rostro de mi papá cuando vio la bandera de su país ondear en el estadio. Aún hoy se me pone la piel chinita y se me nublan los ojos sólo de recordarlo. Es casi un reflejo pavloviano.
El último día antes de la clausura, Víctor y yo fuimos a las finales de gimnasia olímpica varonil (sí, los boletos de la cuenta olímpica). Estuvieron muy padres, pero lo relevante –y que, de alguna manera, pinta el extraño patrioterismo de la época- es que no faltó quien llevara consigo un radio de transistores y, mientras veía la gimnasia, escuchaba las finales de box. Nos enteramos de que los dos mexicanos habían ganado porque de repente algunas personas en el público se levantaban y empezaban a cantar el himno. El resto de los asistentes, contentos pero más bien movidos por la mecánica (otro reflejo pavloviano, sólo que de masas) también lo hacíamos y el evento se suspendía un par de minutos. Décadas después, tomé un taxi. El ruletero tenía actitudes y conversación de lunático. Había fotos pegadas por todas las ventanillas de su vocho. Y su juego era que los pasajeros descubriéramos quién era él: Antonio Roldán, uno de los medallistas de oro de aquel día. Así trató nuestro país a una de sus glorias deportivas.
El día después de que terminaron los juegos, Víctor y yo –más decididos que nunca a ser medallistas olímpicos- fuimos a entrenar marcha olímpica al estadio de prácticas de CU. No miento si digo que habíamos más de 200 chavos haciendo lo mismo. Y casi todos caminata. Víctor siguió muy pronto con su gimnasia, y luego se pasaría al futbol americano. Yo, en cambio, continuaría mi pasión marchista, que duró varios años (la pasión olímpica fue para siempre).
Por cierto que para entonces, ni quien se acordara de los presos políticos.
viernes, abril 01, 2005
Poemas Herméticos de Jimmy Johnson
Citando a un Marine
a la manera drogada,
cocina un carnero, un kilate,
cómete al réferi.
Io no, fuchi.
¡Fuchi! ¡Tet! ¡Hey!
Junta un callejón
Junta un callejón
Kay, ¡Fuchi!
Al parecer se trata de una cruda crítica a la guerra de Vietnam, en la que Johnson participó como marine. Las drogas, el soldado como carnero expiatorio, como riqueza desperdiciada, la inexistencia de reglas claras, el no obtener a Io (la luna de Júpiter), el asco, la aprehensión durante la llamada Ofensiva del Tet del Vietcong en 1968, la vida como callejón sin salida, o quizá como laberinto, el asco hacia Kay, la ex-esposa de Johnson, quien lo abandonó cuando supo que regresaba vivo y que ella no cobraría el seguro de vida, todo se junta en un amasijo (¿Acaso la vida no es un amasijo?) lleno de fuerza y de tensión.
Posteriormente se encontraron otros dos poemas de Johnson.
Uno da cuenta de su coqueteo con el Islam y el budismo, que no cuajó porque Johnson se volvió ateo. En él se ve el trayecto hacia la verdad personal del poeta, que pasa del deseo de fusionarse con las cosas vivas (¿O tal vez con la sociedad convertida en una colmena?), a la visión objetiva, sin Dios, de las cosas, a la percepción whitmaniana de ser un Dios de sí mismo, y que culmina con un grito irónico de Estados Unidos como Oz, la tierra del mago (que algunos analistas identifican con Nueva York: nótese que las letras OZ son precedidas por las letras NY en el alfabeto inglés y que la bruja mala, a los ojos de los granjeros de Kansas durante la Gran Depresión de 1929, los banqueros neoyorkinos eran la encarnación del mal). En fín, otro gran poema hermético.
¿Alá? Sé abejas.
¿Alá? ¡Bah! Abejas
¿Ala? Yo veo también.
¡América, América!
Yo también Oz.
El tercer poema también se refiere a Vietnam y a la frustración de Johnson con la ex-esposa:
Como un timbrazo, como un timbró,
el más bajo y loco Eros, el cuerdo Huang,
orina entonces, Pan;
orina entonces, Kay,
tanto menos que el camino de Ung, por tanto
suelta un peón y un rugido de Joe.
Ricky, Ricky, Ricky corrió.
Aquí las referencias son a la locura y perversión de la guerra, que se convierten en un sonido interno, al carácter dionisiaco de la misma (capturado en la imagen del Dios Pan), así como la constante crítica al uso de soldados supuestamente valientes (los G.I Joes que rugen) como meros peones sueltos. Al final, una crítica directa al expresidente Richard Nixon, quien aparece en el poema como un cobarde.
Seguramente todos estos poemas pierden fuerza en la traducción; por lo tanto, lo mejor es transcribir los originales y leerlos en voz alta.
Dating Marine
Dating marine,
the doping way,
cook a ram, a carat,
eat a ref away,
Io no, phooey!
Phoeey! Tet¡ Hey!
Peg alley, peg alley,
Kay, a-phooey!
Allah, Be bees!
Allah? Be bees!
Allah? Bah! Bees.
Alla? I see too.
America! America!
I, the Oz too.
Lowest mad eros, the sane Huang
As a ring, as a rang,
lowest mad Eros, the sane Huang,
Pee then, Pan,
Pee then, Kay, so
less than Ung's way so,
ease a pawn and a Joe roar.
Ricky, Ricky, Ricky Ran.
viernes, marzo 18, 2005
Nana, Su Vida (versión en inglés)
She went to Law School at the University of Havana, and graduated with honors in 1945. She was outgoing, fun, and had many boyfriends. Once she was strolling with her girlfriends in a convertible, when one of them saw a good looking tourist and cried: "Americano, throw me a kiss". Nana rose from her seat and cried: "Americano, throw me a fart".
Nana was also active in student politics. She was a member of the direction of FEU, the University Student Federation, at the times the president of FEU was a sophomore, Fidel Castro (member, like Nana, of the Orthodox Revolutionary Party). Some times the activists met at Nana´s house, and her mother used to take away the guns the boys carried.
After graduation, Nana worked as an appointed defendant for criminal cases at the city of Camagüey, on Eastern Cuba. She lived at a boarding house. One day in 1947, her boarding house mates said a new boarder had arrived, a very handsome gentleman. A salesman. That night, when she saw the man, she exclaimed, loudly: "Is this the guy you were talking about? I don't find him that handsome!". The new boarder moved behind her seat, touched her shoulders, and said: "You are going to marry me". Nana answered: "Never".
Only three weeks later Nana and Abelardo married, though the religious wedding was suspended, since one of Abelardo's previous wives made herself present at the church. It was proven, afterwards, that both former Abelardo's weddings were only civil, and he was divorced. But by then, the couple was not interested on a religious marriage anymore. Abelardo was also a union organizer and the political situation in Cuba had gotten grim, so - a couple of years later- they decided to move to Mexico, where some of Abelardo's siblings lived.
In Mexico, Nana´s husband thrived as a salesman, first, and as a sales manager, later. She got into the business of furnished apartments (she rented them empty, furnished and decorated them, and rented them at a bigger price). On the fifties, Nana was still politically active. As a member of the Directorio 26 de Julio, she hid propaganda and dinamite at her house, which were to be used by Castro and his rebels, who sailed from Mexico to wage war against the tyrant Batista. She met Ché Guevara at a party and declared, later, that he had the deepest eyes.
Nana had two sons: an economist turned journalist and a pilot, which gave her six grandchildren. When the Cuban Revolution triumphed, she traveled to Cuba, with the older son, who was 5 then, and was offered "a high ranking job". She declined, because Abelardo -perhaps in a lucky strike of machismo- considered that Cuba was "too hot for living".
While her life in Mexico was getting better, things got worse in Cuba. Several of her classmates were executed, others fled; others yet, rose temporaly to high ranking jobs, only to be purgued later. As stories of terror developed, she lost her faith on the Revolution and loathed Castro.
But still, the Cuban Revolution had a delicious sweet reserved for Nana. One day in 1968 she received a call from a Cuban couple who wanted to rent an apartment. When she arrived, she felt she knew the man from somewhere. He begged for a discount. As a political refugee he was left penniless. Then his wife said something, calling him by his name. Then everything fell on Nana's head. So she replied: "I have given discounts to many Cuban refugees, but I wont give you one, Pablo N. When I was your girlfriend, you said you left me because I was not one of your social class. You said you wanted to marry a girl from your own class. I see you did. Now get out!". Pablo could only mumble Nana's maiden name, lower his head and leave. Revenge is a dish that tastes best when cold. Nana felt she was floating on air as she walked her way back home.
Nana was the soul of her neighborhood, for she always made many friends. She helped many of them with her solidarity, her relatively liberal counsel, and some swift actions bording on the heroic. She had sugar in her hips and made an amazing dancing couple with Abelardo. She talked all the time, often playing wittily with language. She was a loving mother. She had a great body and was openly proud of her legs and butt. She was vain and liked to spend, never saving for a rainy day. She liked to say dirty words. She smoked a lot, drank a lot of coffee and enjoyed a shot of tequila every now and then. She liked restaurants and disliked cooking. She liked sugar and disliked beet. She liked the oldtime revolutionaries but furiously hated her old pal Castro with all her soul. She read the newspaper every day, as a morning prayer. She read few books. She was manipulative yet easy to manipulate. She loved to go out ("I have dog's paws"). She never learned how to swim. Her favorite saying was: "May you have a lot of fun and spend only a little".
Nana's religion was the religion of the Cuban masses. A mixture of Catholicism and Santería, the religion brought to the Americas by the African slaves. She was a devout of Changó/St. Barbara, the god/goddess of sex, war, dance, thunder and the color red. Every 4th of December she cleansed her family, neighbors and friends, while dancing to the music. Both her children are dedicated to Changó.
Her furnished apartment business thrived in the 70s and until the late 80s. During those years, she was also active teaching crafts and helping low class women build their own businesses. Those were also the years -she was in her fifties and early sixties- when she traveled the most: to Europe, to Egypt, to South America. From the late 80s on, her business went on a downward slope. Still she managed, in the late 90s, the expensive task of getting her sister, and her sister's family, out of Cuba.
On May 2003, after 80 years of a full life, Nana suffered a cerebral stroke which had her between life and death for more than a month. She recovered almost fully -the doctors were particularly impressed by her capacity to regain speech- and lived a quality life until early March 2005, when another stroke impaired her again. Her second agony was mercifully quick. She died on March 14th.
At her wake, besides her family and friends of her children, you could see the whole neighborhood, old apartment leasers and several anonymous humble women who had been helped by her decades ago, and considered her their godmother. Her ashes are now with Abelardo's. And guarding them, the statue of Changó/St. Barbara.
I don't know what lies after death. If there is nothing, there is at least peace. If there is something else, then -as my wife said- my mother is in the Heaven of the Talkatives.
martes, marzo 08, 2005
Los taxistas de la semana
La semana pasada tomé cinco taxis para ir al trabajo, uno por cada día de la semana. Esto fue lo que sucedió:
El Taxista Número 1 tenía su calcomanía en contra del desafuero de López Obrador y de inmediato se lanzó a la política, criticando que la iglesia católica haya anulado el primer matrimonio de Martha Sahagún. De ahí pasó a criticar a Zedillo y a De la Madrid. Para mi sorpresa, habló bien de Salinas: "Fíjese, yo tengo problemas de presión, por eso tomo whisky. Con Salinas el precio del whisky se mantuvo estable. Con el maricón de De la Madrid era imposible. Con Zedillo también. La verdad, con Salinas, vivíamos mejor. Lástima que haya aterrizado tan mal".
Con el Taxista Número 2 no hablé. Tenía el radio en un programa alucinante. "Zona Aguila", exclusivamente para fanáticos del América. Los locutores contaban chismes intrascentes del equipucho de Coapa. Yo nomás le veía la cara al taxista. Alelado. Oligofrénico. Tuve miedo de que chocara.
El Taxista Número 3 era del Club de los Optimistas. Alguien tocó el claxon y exclamó: "¿Por qué tocan el claxon? El día está precioso y no lo ven. Lo que deberían de hacer al despertar es dar gracias a Dios porque están vivos". Asentí, pero para mis adentros pensé en las virtudes del kvetching. Al rato, otro taxista se le metió... y le tocó el claxon.
Tomé el vehículo del Taxista Número 4 en medio de un simulacro de terremoto en algunas ofinicas burocráticas, que desquició el tránsito por algunas cuadras. Con él, el tema fue clásico: el tráfico. De ahí pasamos a la relación entre el precio de los inmuebles y las distancias. Coincidimos en que es absurdo comprar barato para luego tardarse dos horas de ida, y dos de vuelta del trabajo, como la hermana del ruletero. El hombre hasta había calculado que su hermana se pasa un mes al año en el tráfico. "Eso quita tanta vida como el cigarro", cavilé, mientras encendía el primero en la oficina.
Finalmente, el Taxista Número 5 tenía puesta una música bastante interesante. Cuando terminó la canción le dije:
-Está chido este progresivo mexicano.
-No es progresivo. Es metal. Tiene reminiscencias celtas.
-Precisamente porque tiene reminiscencias celtas es progresivo. Acuérdate de Mike Oldfield, y Tubular Bells. También tiene mucho órgano. Es medio dark, pero es progresivo.
-Nel. Es metal. Deja te pongo una rola para que cheques.
Pone una rola, suena totalmente progresivo. Pone otra, igual. Otra más, aquí sí suena pesadón. Deja la rola.
-Es un grupo metálico español. Se llama El Mago de Oz -informa.
-Ah, chido, esa canción sí suena más metalera.
El taxista vuelve a pulsar los botones. Suena otra progresiva. Luego otra.
-Esta sí es metalera heavy -afirma satisfecho.
Se oye la voz de una mujer hablando de muertos o cosas así. Nada de música. Cuando suenan los primeros acordes, llegamos a mi destino.
-Es una propuesta interesante. Gracias -le digo.
-Sí, es un buen grupo de heavy metal.
viernes, marzo 04, 2005
Biopics. 1968, un año axial
De regreso a México, me dediqué, en primer lugar, a escuchar rock. Me ponía unas bermudas de Budweiser, una playera de poliéster verde chillón (la amarilla no, porque atraía las abejas) y me tomaba una chela mientras escuchaba mis discos.
Pronto me enteré de que el rock había entrado también en las cabezas de otros cuates. Señaladamente, de Rafael Pérez y de un cuate suyo, Jorge Bush (sic), muy entusiasmado con Cream, Creedence Clearwater Revival, Jefferson Airplane, los Rolling Stones y un tipo que tocaba la guitarra de manera alucinante: Jimi Hendrix. Pronto Víctor pasó también del mundo de Los Panchos al del maese Mick Jagger.
Era onda de que alguien compraba un disco, o lo conseguía prestado y todos nos íbamos a escucharlo debajo de una consola, porque nadie tenía un tocadiscos con bafles. Las consolas eran unos muebles bastante grandes, de patas flacas, con un tocadiscos integrado. Allí mismo se guardaban los acetatos. Nosotros poníamos la cabeza debajo del mueble para escuchar la música al máximo. Era muy común hacerlo mientras mirábamos interminablemente la portada.
A partir de entonces, y al menos por los siguientes diez años, el rock sería la principal materia prima del soundtrack de mi vida. Probablemente esta época de 1968 sería rock pesadón, con “Hush”, de Deep Purple y con “Summer Time Blues” (“there ain’t no cure for the summer time blues”), creo que de Blue Cheer.
De esos meses son también El Semanario de Milton, un intento de mini periódico local de chismes de barrio, que hacía a máquina, con copias al carbón y vendía en un peso, y mi gusto por el boliche, que empecé a practicar con cierta asiduidad.
Víctor había aprendido a manejar y a ratos se volaba un Mercury 1958, bastante destartalado, en el que íbamos a ninguna parte, rolando por el gusto de rolar, escuchando rock en La Pantera, Radio Exitos y Radio Capital. Quien sabe por qué pero nos identificamos con una canción de los Stones: “I Can Get No Satisfaction”. No había satisfacción en Jauja, en ese mexiquito provinciano y ultranacionalista en el que nos había tocado vivir.
Pero lo que Víctor en verdad quería era una moto. Ideó, con perfecta lógica de quinceañero, un mecanismo para conseguirla. Juntaríamos estampitas olímpicas, que aparecían en los jabones Camay y Ariel. Con 20 diferentes nos ganaríamos una lavadora. Con la venta de la lavadora, compraríamos la moto.
Era obviamente absurdo ponernos a comprar jabones, así que nos dedicamos a robarlos. Entrábamos al súper con nuestra maquinoff, y retacábamos las bolsas de jabones Camay. A las bolsitas de Ariel las rasgábamos para extraerles la estampita (que en ese caso era metálica). Al segundo día no sabíamos que hacer con tantos jabones en nuestras casas, así que muy pronto nos dedicamos a romper ventanas con ellos o a entrar a algún local, pedir permiso para ir al baño y tapar el excusado con pastillas de jabón.
¿Qué había detrás de estas pequeñas muestras de violencia sin sentido? Rebeldía adolescente primaria. Pero también deseos, muy grandes, de crear caos donde había un orden excesivo. Un orden cuya rígida jerarquía nos tenía en una escala muy baja.
Pronto llenamos varias plantillas con 15 estampitas. La decimosexta (que te valía una licuadora) nunca llegó. Pero seguíamos yendo a los supermercados, seguíamos robando, seguíamos rompiendo vidrios. No había tranquilidad en Jauja.
No había tranquilidad. Eso era seguro. La Prepa 4, donde estudiaba Víctor, acababa de entrar a huelga. Los periódicos hablaban de agitación estudiantil. Aparecían fotos de camiones quemados. De repente la palabra “estudiantes” era pronunciada con odio en la televisión. Recuerdo una nota en la sección femenina del “Novedades”, que aconsejaba a las madres explicar a sus hijos pequeños que, aunque sus hermanos mayores eran estudiantes, esto no quería decir que fueran malos (también recuerdo un artículo principal de la revista “Contenido”, cuyo título, en serio, era: “¿Son las mujeres mexicanas iguales a los hombres?”. Se trataba de un título provocador, porque la respuesta de la moral común era que obviamente no).
Teníamos una idea muy, pero muy remota de qué se trataba el movimiento. Sabíamos que los estudiantes estaban por la destitución del jefe de la policía, por la desaparición de los granaderos y porque quitaran un artículo de la Constitución. Sabíamos que los “tecolotes” les habían puestos varias madrizas a los estudiantes. Percibíamos que los mayores estaban, unánimemente en contra del movimiento y que los jóvenes estaban a favor. Sabíamos de algunas puyas humorísticas de los estudiantes contra el Presidente. Y Víctor quería quemar un camión.
El caso es que Víctor, casi todos los roqueros y yo nos decíamos simpatizantes del movimiento. Carlos y Rafael, no. Carlos, porque su papá era jefe policiaco. Rafael, porque su papá era juez, y alguien había disparado sobre la fachada de su casa (años después, el Licenciado Pérez comentaría que esos disparos eran, evidentemente, obra de provocadores).
Una tarde, era el 27 de agosto, estábamos tomando el sol en la azotea de Rafael cuando los gritos que provenían de Melchor Ocampo nos llamaron la atención. Eran camiones repletos de estudiantes que se dirigían al Museo de Antropología. Habría manifestación y se percibía que sería enorme.
Discutimos un rato sobre si ir o no. Rafa no quiso. Víctor y yo fuimos a la esquina de Goethe y Melchor Ocampo. Él le hizo la parada al primer camión que pasaba por ahí al grito de “¡Únete Pueblo!”. Yo me quedé solo, en la esquina, como petrificado, decidiendo si iba a la marcha o no. No sé cuántos minutos fueron, el caso es que emprendí el camino a Chapultepec.
Allí me encontré con Víctor y nos fuimos a Reforma a esperar que pasara el contingente de Prepa 4 para unirnos a él. Aquello era una romería impresionante, guiada por grandes figuras que simbolizaban la unión de los estudiantes del Poli, de la UNAM, de Chapingo y el pueblo. Muchos chavos y por todos lados. Todos sonriendo. Todos cantando consignas que nos parecieron muy divertidas, porque le cambiaban el sentido a las canciones, a los comerciales y a los sempiternos promocionales del gobierno: “Mejores pulquerías harán de nuestros hijos mejores granaderos” (Mejores guarderías harán de nuestros hijos mejores estudiantes); “Es Corona del Rosal un desgraciado” (Es Corona de barril embotellada); “¿Dónde estás? ¿Dónde estás Trompudo?” (¿Dónde estás? ¿Dónde estás Yolanda?). También muchas críticas para la “prensa vendida”.
Para nuestra sorpresa empezamos a saludar gente conocida. Al coreback de los Pointers, a los novios de las hermanas de Rafa, al Moco Maclovio, que también jugaba americano. Llegaron los de Prepa 4 y nos incorporamos. Nos dieron a cada uno una pancarta. La mía tenía la imagen de un tipo que yo no conocía: Demetrio Vallejo, ferrocarrilero, sindicalista, preso político. Exigí que me la cambiaran por una de Emiliano Zapata. Emprendimos la marcha con alegría.
Recuerdo que a la altura del cine Diana, la chava que iba junto a mí me ofreció agua en una botella de Pato Pascual, que frente a la embajada de Estados Unidos gritamos “Ho-Ho-Ho-Chi-Minh, Johnson, Johnson, chin-chin-chin” (yo creía que jochimín eran nada más tres sílabas que rimaban con chin-chin-chin). También vi una banderota del Ché Guevara que me preocupó por unos cinco segundos (“¿Conque comunistas, eh?”). Lo más divertido era gritar las porras de la Prepa 4: “Carambola, taco y pool, carambola, taco y pool, arriba, arriba, Tacubaya High School” y mirar los rostros de la gente que se agolpaba a vernos. Muchísimos, como de tres en fondo.
Pasando la Glorieta de Colón alguien empezó a gritar “¡Zo-ca-lo! ¡Zó-ca-lo!”, cuando la marcha estaba programada para desembocar solamente en el Hemiciclo a Juárez. De hecho, nos avisaron, ya la avanzada había llegado a la plancha de la Plaza de la Constitución. “Somos como setecientos mil”, afirmó un chavo.
Víctor y yo intercambiamos miradas. Lo del zócalo sonaba peligroso. Antes de llegar al Caballito decidimos salirnos. Pasamos a través de la valla del servicio de orden que tenían los estudiantes de medicina (o por lo menos, jóvenes de bata) y emprendimos, a pie, el regreso a casa.
Para nuestra sorpresa, a la altura de Plaza Necaxa nos encontramos con una gran cantidad de soldados, montados en tanques y en vehículos artillados. Se veían tranquilos. Pasamos frente a ellos con disimulo, temerosos de que leyeran en nuestra cara que acabábamos de salir de la manifestación.
En casa, encontramos a mi papá algo preocupado. Le dijimos que habíamos ido “a ver” la manifestación. El nos dijo que no, que quien había ido a ver era él, y nos vio marchando. Pensé, entonces, que me iba a poner una tranquiza. Para mi sorpresa, su reacción fue casi la contraria. Nos dijo que estaba bien lo que habíamos hecho, porque México necesitaba tener una democracia, pero nos advirtió que tuviéramos cuidado.
Tuve la impresión de que a Víctor no le hubiera ido igual, aunque sus papás eran de pensamiento “laico y progresista”, en primerísimo lugar eran orgullosamente priístas. (Años después me enteré de que el hermano mayor de Víctor, oficial del Ejército, pero también estudiante de antropología, fue descubierto en un complot “pro-estudiantil” con sus compañeros de armas y sometido a corte marcial; los papás intercedieron con sus amigos priístas y lograron permutar una larga condena con una expulsión deshonrosa de las fuerzas armadas y el exilio en Alemania).
Esa noche los estudiantes fueron desalojados del zócalo por el Ejército. Cuatro días después, el presidente Díaz Ordaz (“¡chango hocicón, sal al balcón!”) pronunció su famoso discurso en el que dijo que el gobierno había sido complaciente “hasta extremos criticables”.
En esos días, un chavo que pasaba junto al estanquillo de periódicos nos dio a Víctor y a mí unos volantes, que llamaban a la Manifestación del Silencio, y que repartimos por la colonia, subrepticiamente. Vimos un policía auxiliar en una esquina del barrio y corrimos despavoridos.
Tal vez la combinación del discurso amenazador de Díaz Ordaz y nuestra incipiente participación en el movimiento, movieron a mis papás y a los de Víctor a hacernos una oferta muy inteligente, que no podíamos rechazar. Nos dieron lana para irnos a Acapulco. Ahí estuvimos un par de días asoleándonos e imaginándonos que nos ligábamos a las chavas guapas que veíamos en la playa. Luego llegaron nuestras familias, y también los Juárez, unos inquilinos de mi mamá con una hija interesante. Al regreso, nada más pensábamos en el equipo de boliche que habíamos inscrito en el campeonato del DF (“Los Pulgas”) y en las próximas olimpiadas (fuimos a ver un entrenamiento del equipo varonil mexicano de gimnasia).
Los Pulgas quedamos en 15° lugar, entre 16 equipos, y la última fecha del torneo fue el 1° de octubre. La noche siguiente fue terrible, marcada por el sonido, primero, de helicópteros que volaban sobra la zona, y después, de ambulancias, una tras otra, que iban por Thiers rumbo a la Cruz Roja, en Avenida Ejército Nacional. Rumores sombríos y escalofriantes acompañaban el ruido: algo muy grave había pasado en Tlatelolco. Al día siguiente nos enteramos: habían masacrado a los estudiantes.
Los diarios y la televisión dijeron que había sido un intercambio de fuego. En las conciencias de la gente quedaba claro que no fue así, que nos mentían. En mi mente había mucha confusión, y un encabrone difuso. El Ejército había acordonado la Unidad Tlatelolco, donde se vivía en un auténtico estado de sitio.
El 5 de octubre, un domingo, estábamos jugando tochito en la calle, cuando vimos que, en la esquina de Darwin, empezaban a pasar tanquetas y otros vehículos ligeros, en camino de Tlatelolco al Campo Militar Número Uno. El juego se suspendió. Fuimos a ver el inusitado desfile, sintiéndonos impotentes. Víctor fue el primero que les mentó la madre a los militares. Varios le seguimos. “¡Asesinos!”, “¡Hijos de puta!”, les gritamos. Víctor, incluso, aventó una colilla de cigarro contra uno de ellos. Afortunadamente, chocó contra la ventanilla del jeep.
Algo muy profundo en el país había cambiado. Lo suficiente como para que unos adolescentes privilegiados, unos mocosos que estaban entre los grandes beneficiarios del “milagro mexicano”, le mentaran la madre, indignados, a los miembros del Ejército. Para que toda una generación no fuera la misma nunca más.
Esa generación sería fundamental en la lucha por la democracia en México. Pero estábamos muy chavitos. El domingo por la noche les gritamos “¡asesinos!” a los militares. El lunes por la mañana estábamos, desde muy temprano, haciendo cola para comprar boletos olímpicos.
